Incomplete 10

Incomplete 10

Fic TOLL de lyra

Capítulo 10

Estaban a punto de terminar la cena cuando el sonido de la puerta principal anunció que Jörg Kaulitz hacía acto de presencia. Arthur fue a su encuentro y se hizo cargo de su maletín sabiendo sin necesidad de que se lo pidiera que debía dejarlo sobre la mesa de su despacho de inmediato.

Entonces Jörg se dirigió al comedor con paso firme para empezar él a cenar con su familia.

—Buenas noches—saludó al cruzar la puerta con voz grave.

—Buenas noches, querido—respondió Simone, secándose los labios con la servilleta antes de devolverla a su regazo con precisión.

Justo entonces, Greta apareció una vez más, empujando el carrito con el plato reservado para Jörg. Lo colocó frente a él con la misma pulcritud de siempre, sin emitir palabra.

—Cerdo asado—comentó Jörg, observando el plato con aprobación—Delicioso como siempre, Greta.

Ella asintió con una leve inclinación de cabeza sin romper el silencio y se retiró a la cocina mientras que Jörg cogía su tenedor con naturalidad y empezaba a cenar como si no hubiera llegado tarde.

—¿Cómo ha ido el día?—preguntó Simone sin levantar la vista de su plato.

—Intenso, como siempre —respondió Jörg con tono neutro—El juicio se alargó más de lo previsto.

Simone asintió con una leve inclinación de cabeza como si esa fuera toda la información que necesitaba o debiera saber. No preguntó más. Nunca lo hacía.

Alexander que había estado escuchando con atención intervino con cautela.

— ¿Era un juicio importante?—quiso saber.

—Un caso de propiedad intelectual que llevaba meses estancado—explicó Jörg, levantando la vista del plato—Al final, todo se resolvió con una buena negociación.

Le gustaba cuando alguien se interesara en su trabajo, no como su propio hijo que parecía no escucharle al tener la mirada fija en su plato.

—Debe ser fascinante trabajar en casos así—comentó Alexander — ¿Alguna vez ha tenido que defender a alguien que sabía que estaba mintiendo?

—La verdad es irrelevante en muchos casos—contestó Jörg—Lo que importa es lo que se puede probar y lo que se puede negociar.

Bill sintió un escalofrío. Esa frase, dicha con tanta naturalidad, le recordó por qué nunca había confiado del todo en su padre. Porque para él, todo era una transacción. Incluso las emociones.

Simone volvió a tomar el control de la conversación con un gesto sutil.

—Alexander, ¿qué tal han ido tus exámenes finales?—preguntó mirándole por primera vez en toda la cena— ¿Sigues interesado en seguir los pasos de tu padre?

—Sí, señora Kaulitz—respondió Alexander con su sonrisa medida—Aunque últimamente me atrae más el derecho. Tal vez influenciado por su marido.

—Entonces deberías venir a mi despacho algún día—dijo Jörg sorprendido por su confesión—Ver cómo se maneja un caso real. Aunque te advierto: no es tan glamuroso como parece.

—Me encantaría mucho—comentó Alexander sin perder la compostura.

Bill siguió cenando en silencio sin poder evitar pensar que todo en esa cena parecía encajar demasiado bien. Como si Alexander supiera exactamente qué decir para ganarse a cada miembro de su familia. Y él mientras tanto seguía sintiéndose como un invitado en su propia casa.

— ¿Qué te ha pasado en la cara?—preguntó Jörg de repente.

Alexander se llevó una mano a la mejilla, justo el sitio donde Tom le había golpeado horas antes. La marca era leve y apenas visible, pero suficiente para que el ojo entrenado de un buen abogado la detectara sin esfuerzo.

—Nada importante—contestó Alexander restándole importancia al asunto—Un pequeño accidente en el club, nada grave.

Jörg no insistió más, no lo necesitaba. La verdad era que ya sabía todo lo que había pasado pues David ya le había informado con precisión. Pero no podía dejar pasar el detalle sin mencionarlo. Como mejor amigo del padre de Alexander, su deber era al menos mostrar interés aunque fuera superficial.

En cambio, su comentario solo sirvió para que Simone se fijara en la mejilla de Alexander y sacara sus propias conclusiones.

— ¿Te has peleado con alguien en el club?—preguntó Simone tensando los hombros y enderezándose en la silla.

Su tono no era de preocupación, sino de control. Como si una pelea no fuera un incidente, sino una amenaza a la imagen que tanto se esforzaba por preservar.

—Fue solo un malentendido sin importancia—respondió Alexander manteniendo la calma.

Pero Simone no parecía convencida con su escueta explicación. Su aguda mirada estaba entrenada para detectar fisuras en cualquier fachada. La dirigió con precisión hacia su hijo que mantenía la vista baja, los hombros tensos, y la respiración apenas contenida. El silencio que lo envolvía no era casual, era defensivo.

—¿Bill? —inquirió Simone, con ese tono firme que no admitía evasivas.

Bill alzó la mirada con lentitud, como si le costara atravesar el muro invisible que lo separaba de su madre. Sus ojos se encontraron por un instante, y en ellos Simone leyó más de lo que Bill hubiera querido mostrar.

— ¿Has tenido tú algo que ver?—quiso saber Simone.

Bill sintió cómo la pregunta de su madre le atravesaba el pecho como si fuera una aguja. No era solo la firmeza en su voz, su madre no preguntaba para tratar de entender lo que había pasado, sino para confirmar lo que ya había decidido creer.

—¿Sí o no?—insistió Simone con una pausa calculada entre cada palabra—Y mírame cuando te hable.

Bill alzó la mirada al momento y la dirigió a su madre sintiendo que le secaba la garganta. Sabía que cualquier respuesta sería insuficiente, que su madre no buscaba una explicación sino un culpable.

—No—respondió con voz baja pero firme—No he tenido nada que ver.

Simone lo miró fijamente sin pestañear, como si intentara leer la verdad directamente en sus ojos. Bill sintió cómo se encogía en su asiento, atrapado entre la mirada inquisitiva de su madre y la indiferencia calculada de Alexander, que permanecía impasible a su lado, dejando que el peso de la conversación recayera por completo sobre él.

—Que no se vuelva a repetir—murmuró Simone dirigiéndose a ambos con tono cortante—No quiero escándalos en mi casa.

Sus palabras no eran una advertencia, eran una sentencia. No importaba lo que hubiera pasado ni quién tuviera la culpa. Lo único que importaba era la reputación y el orden que ella se empeñaba en mantener a toda costa.

Bill bajó la mirada de nuevo, sintiendo cómo el nudo en su garganta se apretaba. Alexander no quería decir nada porque sabía que en esa casa el silencio era la forma más eficaz de sobrevivir. Pero no podía evitar sentirse de nuevo humillado por lo ocurrido, porque el padre de Bill sabía toda la verdad y eso le estaba dejando a él como un idiota que se había dejado golpear sin haber devuelto el puñetazo. Como si fuera débil o prescindible.

—Fue culpa de un simple camarero—apuntó Alexander mirando con firmeza a Simone, como si esa frase pudiera restaurar algo de su dignidad.

Tal y como esperaba Simone se tensó de inmediato irguiendo aún más su espalda y dirigiendo los ojos a su marido con una mezcla de exigencia y desdén. Jörg por su parte no apartó la mirada de Alexander. Lo observaba con una intensidad que rozaba el desprecio, como si cada palabra que salía de su boca fuera una ofensa a la lógica.

Bill soltó un pequeño gemido, apenas audible, pero cargado de desolación. Sentía que la escena se le escapaba de las manos, que todo lo que intentaba ocultar estaba saliendo a la luz, y que nadie, absolutamente nadie, lo estaba protegiendo.

—Espero que entonces David lo haya despedido de inmediato—dijo Simone con firmeza sin apartar la vista de su marido.

No era una pregunta sino una orden disfrazada de expectativa. Porque en su mundo los problemas no se resolvían con diálogo sino con reacciones. Y los escándalos, por pequeños que fueran, debían ser eliminados antes de que dejaran una mancha.

—David ha hecho lo que ha considerado oportuno—murmuró Jörg procurando mantener la calma.

Simone lo miró con el ceño fruncido, claramente insatisfecha con la respuesta. Para ella, «lo oportuno» no era suficiente. Lo oportuno debía coincidir con lo correcto, y lo correcto era que alguien pagara por haber alterado el orden que tanto se esforzaba en mantener.

—¿Y qué ha considerado oportuno exactamente? —preguntó, con esa frialdad que usaba cuando quería ejercer control sin perder la compostura.

Jörg se tomó su tiempo antes de responder. Bebió un sorbo de vino, dejó la copa sobre el mantel con cuidado, y luego miró fijamente a su mujer.

—Hablar con los implicados—contestó al fin—Escuchar ambas versiones, evaluar lo ocurrido y decidir que no era necesario despedir a nadie.

Simone apretó los labios sabiendo que por el tono usado por su marido no había lugar a más insistencia. Pero su mirada seguía fija en su marido, y en ella había una promesa silenciosa.

Eso aún no había terminado.

Mientras Alexander se mantenía en silencio con la mandíbula tensa. Sabía que la conversación lo estaba dejando expuesto, y que la imagen que tanto cuidaba se estaba resquebrajando frente a los ojos de quienes más le importaba impresionar.

Y Bill sentía que el aire se volvía más denso con cada palabra. Quería desaparecer, fundirse con la silla o escapar de esa mesa que parecía más un tribunal que una simple reunión familiar.

&

Cuando la cena finalmente concluyó todos se pusieron en pie dejando que Greta se encargara de retirar los platos usados en cuanto se hubieran marchado. Pasaron al salón contiguo al comedor para tomar allí un café como siempre hacían, pero parecía que esa noche iba a ser distinto.

Simone aún con el gesto tenso por la tensa conversación mantenida se retiró a su habitación alegando que necesitaba descansar. No era una huida, pero sí una declaración. No estaba dispuesta a seguir tolerando la incomodidad que se había instalado en la mesa.

Jörg aprovechó el momento para hacer lo que no había hecho durante la cena, hablar con claridad con su hijo y el que era su novio. Se sentó en uno de los sillones, cruzó las piernas con elegancia y los miró a ambos con esa expresión que no admitía evasivas.

—Hablemos de lo que realmente ha pasado—dijo con firmeza.

De pie ante su padre Bill sentía cómo el aire se volvía más denso. A su lado Alexander se mantenía erguido, preparado para defenderse. Y Jörg como el buen abogado que era estaba listo para escuchar pero también para juzgar.

—Todo fue un malentendido—repitió Alexander de nuevo.

— ¿Quién lo empezó todo?—quiso saber Jörg.

Alexander sabía que era inútil mentir, David le habría contado todo con pelos y señales y si lo hiciera quedaría como un imbécil.

—Fui yo, pero ya está todo arreglado—explicó por encima Alexander—Le pedí perdón al camarero y a David que no le despidiera por mi culpa.

—Me alegra que al menos hayas tenido la decencia de aceptar tu error y disculparte —dijo al fin con voz grave—Pero no confundas el perdón con la reparación. Lo que hiciste tuvo consecuencias, y no solo para ti.

Alexander asintió con lentitud, sin replicar. Sabía que cualquier intento de justificarse solo empeoraría las cosas.

—No quiero que se vuelva a repetir—continuó diciendo Jörg con firmeza—Ni en el club, ni en esta casa, ni en ningún lugar donde mi nombre esté vinculado. Si no sabes manejar tus impulsos Alexander entonces no tienes cabida en ninguna de mis propiedades.

Alexander bajó la mirada, tragando el orgullo que le quedaba. Sabía perfectamente a qué propiedad en particular se estaba refiriendo Jörg. No le estaba hablando solo de bienes materiales. Le estaba hablado de lo que consideraba exclusivamente suyo.

Le estaba hablado de Bill.

—Le prometo que me sabré comportar de ahora en adelante—dijo sin mucha convicción Alexander.

Era una frase pronunciada por obligación, no por arrepentimiento.

Jörg asintió con la cabeza sin apartar la mirada de Alexander. A él no podría engañar, sabía que no era del todo sincero y le había visto demasiadas veces fingir ante él y su mujer como si fueran estúpidos y se tragaran sus educados actos y palabras. No le pensaba quitar los ojos de encima, como lo llevaba haciendo desde hacía escasos meses cuando su hijo tuvo el mal gusto de escogerlo como novio.

Alexander era hijo de sus mejores amigos pero eso no le convertía en el mejor candidato para ser novio de su hijo. Tanto él como su mujer lo toleraban solo por cortesía, romper esa relación de forma abrupta implicaría una grieta en su círculo social que Jörg estaba dispuesto a asumir.

Aún no.

Estaba esperando con una paciencia milimétrica a que Alexander cometiera un error, uno lo suficientemente grave como para justificar una intervención definitiva. Mientras tanto se limitaba a vigilarle, a medir cada gesto y palabra suya.

Y aunque le costara admitirlo Alexander pertenecía a su misma clase social. En eso Bill si había sabido escoger, no se había rebajado. Pero eso no bastaba. No era solo cuestión de la sangre y el apellido, estaba el saber estar y eso podía fingirse.

Lo que no se podían ocultar eran la intenciones.

Y Jörg estaba convencido de que Alexander tenía demasiadas.

— ¿Pensáis salir ahora?—preguntó cambiando de tema con una brusquedad que no dejaba espacio para evasivas..

—Hemos quedado con los demás—explicó por encima Alexander como si no quisiera entrar en detalles.

Jörg frunció el ceño. Detestaba las respuestas vagas, las medias verdades y los rodeos innecesarios. Y Alexander a estas alturas ya debería saberlo.

— ¿En el club del lago?—murmuró Jörg con con una impaciencia apenas contenida.

—No, iremos al Sisyphos—aclaró Alexander manteniendo la mirada firme..

Jörg sabía lo que eso implicaba, conocía perfectamente el lugar. El Sisyphos no era un simple club nocturno, era un espacio donde las reglas se diluían y donde el alcohol fluía sin restricciones. Un refugio para jóvenes que buscaban escapar de la rigidez del mundo adulto.

Y, por supuesto, uno de los favoritos de Bill y sus amigos.

En el club del lago Jörg tenía a su hijo más controlado, pero lo que ni Bill ni Alexander sospechaban era que conocía al dueño del Sisyphos y estaba enterado de todo lo que allí ocurría como que era el lugar favorito de su hijo y sus amigos.

Lo que Bill y Alexander creían un espacio de libertad, Jörg lo tenía vigilado desde la distancia, con la misma precisión con la que manejaba sus casos.

—No os paséis bebiendo—dijo Jörg poniéndose en pie con gesto firme—Tengo que seguir trabajando, buenas noches.

La frase no era una recomendación, era una advertencia disfrazada de cortesía. Alexander lo entendió al instante

—Buenas noches—respondió Alexander aliviado de que terminara al fin esa tortura.

Jamás volvería a aceptar una invitación a comer o a cenar en esa casa, muy desesperado se tenía que ver para volver a pasar por lo mismo. Por no hablar de que se había tenido que comer toda la piña que Greta le había servido en su plato pensando que le gustaba.

Bill observó cómo su padre se marchaba sin dirigirle una sola palabra, como había hecho en toda la cena. La conversación había girado en torno a él pero solo su madre le había incluido en ella aunque fuera para exigirle explicaciones. Su padre de nuevo le había ignorado por completo y ni siquiera había querido saber la versión de los hechos, o porque se había empeñado en defender a Tom con todas sus fuerza.

Antes de salir del salón Jörg se detuvo por un instante. Se volvió y se quedó mirando fijamente a su hijo.

—Bill, procura no volver muy tarde—pidió en un murmullo.

Bill asintió con la cabeza, sin decir nada. Esa había sido todo el interés que su padre le había dedicado.

Y la única frase que le había dirigido en todo el día.

&

Sintiéndose al fin libres, salieron de la casa como quien abandona un escenario tras una función agotadora para dirigirse a de Alexander y que este se pusiera algo de ropa más adecuada para la noche que les esperaba. Caminaron en silencio por la entrada de piedra flanqueados por los setos perfectamente recortados que Simone mandaba podar cada semana. Subieron al coche de Alexander sin intercambiar palabras. No hacía falta hacerlo, el silencio entre ellos no era incómodo sino necesario. Un espacio para respirar y poder recomponerse tras esa cena interminable.

Minutos después llegaban a la casa de Alexander. Los Vandael vivían en una mansión también con mármol en el recibidor, arte moderno en las paredes y una iluminación diseñada para impresionar sin parecer ostentosa.

Pero más pequeña y contenida en comparación con la de los Kaulitz.

Alexander entró primero seguido de Bill dejando caer su mochila sobre el pulido suelo del vestíbulo con total despreocupación. Sabía que la criada la vería, sacaría de ella la toalla aún húmeda y el bañador arrugado, y lo metería todo en la lavadora para que al día siguiente amaneciera en su armario perfectamente doblado y perfumado, listo por si lo necesitaba de nuevo.

Bill observó su gesto con resignación. Él también vivía rodeado de criados que sabían exactamente qué hacer sin que nadie se lo pidiera. Pero había aprendido a no comportarse como si fuera parte de la realeza como hacía Alexander. Siempre daba las gracias pero nunca en presencia de su madre que consideraba la cortesía una debilidad innecesaria, y no dudaba en echárselo en cara, incluso si Greta o Alice estaban delante. Para ella, la gratitud era una grieta en la armadura.

En realidad, Bill nunca se había sentido cómodo con tantos privilegios. No los había elegido ni pedido. Era su jaula dorada y por mucho que lo incomodada no podía hacer nada. Era la vida que le había tocado., y en ese mundo la incomodidad no era suficiente para cambiar las reglas.

—Voy a cambiarme—dijo Alexander rompiendo el silencio—No puedo ir al Sisyphos con estas pintas, parezco el hijo del jardinero.

—Te espero aquí—murmuró Bill sin moverse del vestíbulo.

— ¿No quieres acompañarme a escoger la ropa?—preguntó Alexander con una ceja alzada, un gesto que siempre parecía esconder algo más..

Bill negó con la cabeza, sabía cual era el verdadero sentido de esa invitación. Era uno más de los juegos que Alexander parecía disfrutar sin medida. Y aunque Bill no lo admitiera en voz alta, ya estaba agotado.

No le apetecía en absoluto volver a entregarse a Alexander quien parecía encantado con pasarse el día revolcándose por donde fuera, como si el sexo fuera una forma de marcar territorio o propiedad. Porque Bill le pertenecía, y podía hacer con él lo que le viniera en gana sin resistencia alguna.

Bill era todo lo contrario. Le costaba mantenerse lejos de sus besos y sus caricias, sabía que cada uno de esos gestos lo arrastraba a un lugar incómodo donde no quería estar otra vez. Ya había tenido más que suficiente con las dos veces de ese día. Ambas habían sido forzadas solo para mantener calmado a Alexander y evitar que siguiera haciendo daño.

Aunque al final, siempre se lo terminaba haciendo a él.

Alexander lo sabía. Y aun así no paraba en su empeño con esa mezcla de ternura y arrogancia que lo hacía irresistible y peligroso al mismo tiempo.

Bill se preguntaba si el amor podía doler tanto sin dejar de ser amor. O si en realidad lo que sentía era otra cosa. Algo más parecido a la dependencia o a la necesidad de no estar solo. Porque cuando Alexander lo miraba como si fuera lo único que importaba, todo lo demás se volvía borroso.

Incluso todo el daño que le infligía.

— ¿No?—insistió Alexander de nuevo.

—No tenemos tiempo, se nos hace tarde—murmuró Bill como excusa.

—Lo sabrán entender—replicó Alexander.

Dio un paso hacia él con esa familiar intención que Bill ya conocía demasiado bien y que le hizo retroceder instintivamente mientras negaba con la cabeza. Para alivio suyo llegaron a sus oídos las voces de los padres de Alexander procedentes del salón. Un recordatorio oportuno de que no estaban solos.

—Están tus padres—negó con firmeza, marcando una línea que no se pensaba cruzar

—De acuerdo, me rindo—cedió resignado Alexander—Pero no te quedes aquí de pie en el vestíbulo como si fueras un repartidor, entra y saluda a mis padres que no te van a comer.

Alexander dio media vuelta sin decir nada más dejándolo allí plantado en el vestíbulo para subir las escaleras con paso firme rumbo a su habitación. Bill se quedó quieto unos segundos respirando hondo, como si necesitara reunir valor antes de enfrentarse a los padres de Alexander que se le quedarían fijamente mirando.

Caminó con lentitud al salón donde Gordon Vandael estaba sentado en su sillón hojeando un libro con gesto concentrado. Eleonore se encontraba junto a la ventana acomodando unas rosas en un jarrón de cristal mientras le comentaba a su marido lo preciosas que estaban para esa época. La escena era tan ajena al torbellino que Bill llevaba por dentro, que por un momento dudó si debía interrumpirla.

Pero Gordon alzó la mirada del libro y le descubrió de pie ante la puerta indeciso. Era su psicólogo, le conocía demasiado bien y una mirada bastaba para saber lo mal que se sentía en esos momentos.

— ¡Bill! Que sorpresa—saludó Gordon poniéndose en pie.

Eleonore se giró con una sonrisa cálida sorprendida también por la visita a esas horas pero genuinamente encantada. Gordon y ella adoraban a Bill, le conocían desde que había nacido y tenían una especial predilección por él.

—Qué alegría verte —dijo dejando el jarrón sobre una mesa— ¿Has venido a acompañar a Alexander?

—Sí, hemos quedado con unos amigos—respondió Bill manteniendo la compostura.

—Siempre es bueno salir un poco—comentó Gordon— ¿Vais al cine?

—Sólo a tomar algo—contestó Bill sin entrar en detalles.

—Pues pasadlo muy bien —añadió Eleonore acercándose para darle un beso en la mejilla sin un motivo especial— No olvides que esta también es tu casa.

La frase dicha con tanta sinceridad le provocó una punzada inesperada en el pecho. Eleonore era todo lo que su madre no había sido nunca. Atenta y capaz de ofrecer cariño sin que se nadie lo pidiera. Siempre tenía una palabra amable, un gesto de ternura y una forma de hacerle sentir bienvenido.

Su madre en cambio hacía años que no le daba un beso o un abrazo. Y lo más inquietante era que Bill no los echaba de menos. No porque no los necesitara, sino porque había aprendido a vivir sin ellos. El afecto de su madre era frío como el invierno y Bill había dejado de esperar que alguna vez se diera cuenta y cambiara.

Por eso, cada gesto de Eleonore le desarmaba un poco. No por lo que decía, sino por lo que le recordaba.

Que había otra forma de ser madre.

Otra forma de querer o amar.

—Gracias —murmuró Bill antes de que el silencio se volviera incómodo.

Eleonore salió del salón dejándolos a solas. Gordon cerró el libro que tenía en las manos y sin decir nada le señaló una de las butacas para que se sentara a esperar que terminase de arreglarse Alexander. Bill así lo hizo suspirando resignado, no estaba en condiciones esa noche de ser psicoanalizado.

— ¿Qué tal van las cosas?—preguntó Gordon con tono cordial aunque cargado de mucho interés.

Bill se encogió de hombros como respuesta evitando el contacto visual. No era una respuesta clara, pero la verdad era que no tenía ganas de hablar de ningún tema porque no sabría por dónde empezar de tantos problemas que le atormentaban.

Gordon alzó una ceja al ver su gesto, con Bill había aprendido a leer entre líneas. Sabía que con él palabras debían dosificarse. Lo había aprendido con el tiempo que llevaba tratándole, desde que Simone Kaulitz se lo entregara como si fuera un objeto roto esperando que alguien lo reparase. Para ella la homosexualidad de su hijo era un defecto, algo que debía corregirse. Gordon, en cambio, había visto en Bill una sensibilidad que no necesitaba cura, sino espacio.

—No tienes que contarme nada si no quieres—añadió Gordon con suavidad—Pero sabes que hablar ayudarte más de lo que piensas.

A lo lejos, los pasos de Alexander descendiendo por las escaleras rompieron el silencio como una señal de escape. Bill se levantó de inmediato como si ese sonido le ofreciera una excusa para huir de una conversación que no estaba preparado para tener. Por una vez, la presencia de Alexander le resultaba útil, casi salvadora.

—Tenemos que irnos, vamos a llegar tarde —dijo con rapidez aunque su tono sonó más cortante de lo que pretendía.

Gordon no se inmutó. Estaba acostumbrado a ese tipo de reacciones. Sabía que, en el fondo, Bill no era brusco por falta de educación, sino por exceso de carga emocional. Y también sabía que aunque se resistiera había algo en él que deseaba ser escuchado.

—Podemos seguir hablando de esto en nuestra próxima sesión —comentó con calma dejando la puerta abierta sin presionar.

Bill soltó un suspiro, más de agotamiento que de molestia. Gordon siempre insistía en escarbar en sus problemas como si su ayuda fuera imprescindible y solo él tuviera las herramientas necesarias para arreglar el caos que Bill llevaba dentro. Y aunque a veces le molestaba esa insistencia, también sabía que era lo más parecido a una preocupación genuina que recibía.

Asintió en silencio y salió casi a toda prisa del salón reuniéndose con Alexander en el vestíbulo. Nada más verlo forzó una sonrisa y tomó la mano que él le tendía. Salieron juntos rumbo al Sisyphos, y mientras cruzaban el umbral de la casa Bill pensó que esa noche necesitaba distraerse más que nunca.

No para divertirse, sino para tratar de olvidar.

Continúa… 

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por lyra

Escritora del Fandom

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