
Fic TOLL de lyra
Capítulo 103
Abrió los ojos de nuevo sin saber cuánto tiempo había dormido, solo que hacía días que no descansaba de esa manera. Bill seguía acurrucado contra él respirando de forma tranquila casi imperceptible, como si por fin hubiera encontrado un lugar donde su cuerpo pudiera rendirse.
Tom no se movió. No quería romper ese frágil equilibrio.
El salón permanecía en silencio y a través del ventana podía ver el cielo completamente azul, el día que prometía ser cálido aunque dentro del apartamento el aire seguía siendo suave, silencioso e íntimo. La manta a cuadros los cubría a medias, y el sofá a pesar de lo amplio que parecía los mantenía pegados el uno al otro.
Bill fue el primero en moverse dejando escapar un suspiro mientras se movía tratando de cambiar de postura. Parpadeó lentamente y cuando abrió los ojos tardó unos segundos en recordar dónde estaba y con quién.
Tom lo sintió tensarse apenas, como si temiera haber cruzado una línea. Pero antes de que pudiera apartarse le habló en voz baja.
—Buenos días.
Bill alzó la mirada todavía adormilado con el cabello revuelto y los ojos hinchados por lo poco que había dormido esa noche , pero había algo distinto en su expresión. Una calma tímida, un agradecimiento silencioso.
—¿Pudiste dormir algo? —preguntó Tom en un susurro.
Bill se le quedó mirando fijamente mientras jugaba con el borde de la manta antes de contestarle con total franqueza.
—Contigo a mi lado, sí—contestó esbozando una sonrisa cálida—Gracias por no dejarme solo.
—Nunca voy a hacerlo—murmuró Tom observándole con ternura.
Bill tragó saliva, como si esas palabras le pesaran y al mismo tiempo lo sostuvieran. Se incorporó un poco pero no se alejó, simplemente apoyó la frente en el hombro de Tom buscando un contacto más discreto y más manejable.
—No sé cómo voy a enfrentar el día —admitió suspirando.
—Paso a paso—dijo Tom acariciándole la espalda con suavidad—No tienes que hacerlo todo hoy.
Bill asintió respirando profundamente sintiendo que por primera vez desde que todo había ocurrido no parecía a punto de romperse. Solo se sentía cansado y vulnerable, pero acompañado.
—¿Recuerdas lo que pasó hace unas horas entre nosotros? —preguntó Tom sin poder contenerse.
Bill asintió mirándolo a los ojos fijamente sin el menor rastro de vergüenza, no se arrepentía en absoluto de lo que había ocurrido ni se había sentido mal por ello.
—¿Estás bien? —preguntó Tom en un susurro.
—Creo que ya lo voy superando —contestó Bill con firmeza—La alternativa era derrumbarme cada vez que lo recordara y no quiero permitirme hacerlo. Solo fue otro de los juegos de Alexander, y no voy a dejar que me gane. Solo tengo que caminar con la cabeza alta porque no he hecho nada de lo que deba sentirme culpable.
Tom lo escuchaba con atención sin interrumpirlo y sin apartar los ojos de los suyos. Había algo nuevo en él, una determinación tranquila y una claridad que no había visto la noche anterior.
—Bill… —murmuró, casi incrédulo—Hablas con una seguridad…
—Porque es verdad —interrumpió Bill sin que le temblara la voz—No voy a dejar que Alexander me robe nada más. Ni mi tranquilidad, ni mi dignidad ni mi forma de mirarme al espejo. Lo que pasó fue todo culpa suya, no mía. Y si me hundo cada vez que lo recuerde, entonces él habrá ganado de nuevo y no pienso volver a darle ese poder.
Tom sintió un nudo en la garganta. No era alivio, ni orgullo o tristeza, era una mezcla de todo. Una emoción tan intensa que tuvo que bajar la mirada un segundo para recomponerse.
—Me impresiona escucharte así —admitió al fin—Después de todo lo que has pasado… que puedas decir eso sin que tiemble la voz…
Bill se incorporó un poco en el sofá pero sin alejarse de él.
—No significa que no me duela ni que no vaya a tener días malos—añadió con sinceridad—Pero no voy a vivir con vergüenza, no voy a esconderme y no voy a dejar que lo que él me ha hecho defina quién soy.
Tom levantó la mirada, encontrándose con esos ojos que horas antes estaban llenos de miedo y en esos momentos brillaban con una fuerza distinta.
—No tienes idea de lo orgulloso que estoy de ti —susurró.
Bill sonrió apenas, una sonrisa pequeña, cansada, pero real.
—Gracias por estar a mi lado cuando más lo necesitaba—dijo mirándole fijamente a los ojos—No sé qué habría hecho si hubiera tenido que pasar por esto yo solo.
—No voy a dejarte solo—prometió Tom con firmeza—Ni ahora, ni nunca.
Bill se le quedó mirando unos segundos más como si quisiera grabar esas palabras en su memoria. Luego apoyó la cabeza en su hombro, esta vez sin miedo y sin tensión, solo buscando cercanía. Cuando volvió a hablar lo hizo casi sin aire, como si las palabras le hubieran estado quemando por dentro toda la noche.
—Tenía miedo de que nunca más volviéramos a estar como estamos ahora —confesó en voz baja—Pensaba que te había perdido para siempre.
Tom bajó la mirada buscando la suya, y en cuanto Bill sintió ese gesto levantó la cara como si algo dentro de él supiera exactamente lo que Tom buscaba y él tanto necesitaba. Sus labios se encontraron en un beso breve, suave y casi tembloroso. El primero que se daban desde que todo había empezado.
Un beso que no estaba cargado de dudas, ni de miedo, ni de confusión.
Solo de ellos dos.
Un instante pequeño, pero tan claro que ambos supieron que algo había vuelto a encajar. Que lo que habían temido perder seguía ahí, intacto, esperando a que se atrevieran a tocarlo de nuevo.
Se quedaron mirando en silencio y antes de que pudiera decir nada más sus labios se buscaron de nuevo. Tom le estrechó con suavidad entre sus brazos haciéndole recostarse de nuevo en el sofá y sonrió contra sus labios al sentir que le devolvía el beso sin ningún rastro de miedo.
Solo se separaron cuando el aire empezó a faltarles y aun así tardaron un segundo más en alejarse, como si ninguno quisiera romper ese hilo invisible que los mantenía unidos. Se quedaron mirándose fijamente respirando el mismo aire con el corazón acelerado.
—¿Estás bien? —preguntó Tom preocupado, con la voz apenas un murmullo— ¿He hecho algo que te haya molestado?
Bill negó lentamente sin apartar de él la mirada. Había una seguridad nueva en sus ojos, una claridad que Tom no recordaba haber visto en mucho tiempo.
—Me has hecho muy feliz —respondió con firmeza.
Tom sintió cómo algo dentro de él se aflojaba, como si hubiera estado conteniendo la respiración durante días. La tensión, el miedo, la culpa… todo se deshizo un poco al escuchar esas palabras.
Bill no solo no estaba arrepentido, estaba agradecido., aliviado y presente.
Le vio alzar una mano y rozar con los dedos su mejilla en un gesto suave y casi reverente.
—No tienes que preocuparte por hacerme daño —dijo Bill en voz baja—Porque sé que nunca me lo vas a hacer y solo me siento a salvo en tus brazos.
Tom cerró los ojos un instante dejándose sostener por ese contacto, por esa certeza. Cuando volvió a mirarlo, lo hizo con una mezcla de ternura y asombro.
—No sabes lo que significa escucharte decir eso —confesó en un susurro.
Lo atrajo de nuevo hacia él no para besarlo otra vez sino para simplemente abrazarlo. Un abrazo firme y cálido, que Bill aceptó sin dudar hundiendo de nuevo la cara en su cuello y dejando escapar un suspiro que parecía llevar horas conteniendo.
El apartamento estaba en silencio, la luz del día entraba por el ventanal, y por primera vez desde que todo se había torcido, el mundo no parecía tan amenazante.
Allí, recostados en ese cómodo sofá con los brazos del otro alrededor, ambos entendieron que lo que habían recuperado no era frágil ni accidental.
Era suyo.
Y esta vez, no pensaban soltarlo.
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Sentía que si permanecía un segundo más allí con Andreas dándole la espalda y confesándole por primera vez que lo estaba usando sin querer iba a romperse del todo. No quería que lo viera de esa manera, no quería añadir más peso a lo que él ya cargaba.
Se levantó lentamente sin hacer ruido y dio un par de pasos para recuperar la ropa interior que Andreas le había quitado, se la puso con movimientos rápidos y tras terminar de vestirse echó a andar hacia la puerta del dormitorio. No era una huida pero sí una retirada para poder respirar.
Andreas le vio y volvió a ponerse tenso.
—¿A dónde vas? —preguntó con un hilo de voz sin moverse de la cama.
Víctor se detuvo con la mano apoyada en el marco de la puerta cerrando los ojos un instante para contener las lágrimas que amenazaban con caer.
—Solo… necesito un momento —respondió con sinceridad con la voz quebrada pero suave—No quiero que me veas así.
Andreas se movió apenas, lo suficiente para ver su silueta temblorosa.
—Víctor… —le llamó en un susurro, como si acabara entonces de entender el daño que había causado.
Víctor negó lentamente con la cabeza sin volverse del todo.
—No te culpo —susurró—Sé que no lo haces a propósito pero aún así duele y si me quedo a tu lado fingiendo que no pasa nada sé que voy a decir cosas que no quiero decir.
Andreas bajó la mirada, sintiendo un nudo en la garganta.
—No quiero perderte a ti tampoco —confesó en un hilo de voz.
Aquello detuvo a Víctor en seco. Se volvió lentamente con los ojos brillantes sorprendido por esas palabras que Andreas llevaba demasiado tiempo guardándose.
—¿Eso es lo que sientes? —preguntó sin reproche, solo con una mezcla de alivio y dolor.
Andreas asintió, tragando con esfuerzo.
—No sé cómo manejar todo esto —admitió al fin—Lo de Tom… lo suyo con Bill… lo nuestro. Tengo miedo de perderlo todo y a veces… a veces me aferro a ti porque eres lo único que me mantiene en pie. Pero también tengo miedo de hacerte mucho daño y alejarte para siempre de mi lado.
Víctor respiró profundamente dejando que esas palabras lo alcanzaran.
—Ya me haces daño —dijo con una honestidad suave sin querer acusarlo—Pero también me importas mucho, más de lo que debería y por eso sigo aquí.
Andreas cerró los ojos, como si esas palabras fueran un golpe y un abrazo al mismo tiempo.
—No voy a irme a ningún lado —añadió Víctor desde la puerta—Solo necesito un minuto para recomponerme y cuando vuelva seguimos hablando si eso es lo que quieres.
Andreas asintió suspirando aliviado viendo como salía lentamente de la habitación dejando la puerta entreabierta.
No era un adiós, era un respiro.
Y por primera vez en mucho tiempo, Andreas se quedó a solas con sus pensamientos y con la certeza de que Víctor no era un refugio temporal sino alguien a quien también podía perder si no empezaba a mirarle de la misma manera que lo miraba a él.
Permaneció sentado unos segundos con la espalda rígida y las manos temblorosas sobre las sábanas. El silencio que había dejado Víctor al salir no era un alivio sino más bien un vacío que le apretaba el pecho. Y cuanto más intentaba respirar, más sentía que algo dentro de él se estaba rompiendo.
Finalmente no pudo soportarlo y se levantó de golpe casi tropezando con la sábana y sin molestarse en coger nada para cubrir su desnudez salió del dormitorio siguiendo los pasos de Víctor. Lo encontró en el baño apoyado en el lavabo con la cabeza inclinada y los dedos apretados contra el borde como si necesitara sujetarse a algo para no venirse abajo.
Se detuvo en el umbral sin saber si tenía derecho a acercarse pero incapaz de quedarse lejos.
—Víctor… —llamó en un susurro.
Víctor no se volvió, permaneció donde estaba respirando con dificultad tratando de no romperse.
Andreas entró del todo en el baño hasta quedar a su espalda abrazándole desde atrás sintiendo que ponía tenso bajo su contacto.
—No quiero hacerte daño —confesó con la voz rota—Y aun así no dejo de hacerlo.
Víctor cerró los ojos, como si esas palabras fueran un golpe suave pero certero.
—No me he ido de la habitación para que vinieras tras de mi a pedirme perdón —dijo con tono cansado—Tenía que alejarme porque necesitaba un momento, porque no quería derrumbarme delante de ti y que te sintieras culpable.
Andreas sintió un pinchazo en el pecho. Lo abrazó un poco más acercándose todo lo que podía a su cuerpo, lo suficiente para que su voz llegara sin esfuerzo.
—No quiero que te alejes —confesó de nuevo—Y no quiero perderte tampoco.
Víctor levantó la cabeza despacio fijando la mirada en el espejo, viendo que Andreas se mantenía con la cabeza inclinada como si no se atreviera a mirarle.
—Entonces mírame —pidió con un hilo de voz.
Andreas levantó al momento la cabeza y sus miradas se encontraron. Víctor tenía los ojos llenos de lágrimas pero ya no intentaba ocultarlo, y esa vulnerabilidad lo golpeó más fuerte que cualquier reproche.
—Estoy intentando permanecer a tu lado—siguió diciendo con esfuerzo Víctor—Quiero estar contigo, sostenerte y ayudarte cuando te veo abatido pero a veces siento que estoy luchando yo solo y que no pones nada tu parte.
Andreas tragó con esfuerzo sintiendo cómo las lágrimas acudían a sus ojos. Cogió aire y le hizo volverse dejándole ante él para poder mirarle fijamente a los ojos.
—No estás solo—empezó a decir llevando una mano temblorosa a su mejilla—Solo… es que no sé cómo hacerlo bien, no sé cómo dejar de tener miedo de perderte ni cómo alejar a Tom de mi cabeza de una vez..
Víctor apoyó su frente contra la de él en un gesto pequeño pero lleno de significado.
—No te pido que dejes de tener miedo, solo que no me apartes cuando lo sientas—pidió en un susurro.
Andreas cerró los ojos, dejando que ese contacto lo sostuviera.
—No volveré a hacerlo —prometió con la voz quebrada—No quiero hacerte pasar de nuevo por algo así cuando no tienes la culpa de nada, cuando siempre estás ahí esperando pacientemente a que abra los ojos y te vea.
Y por primera vez en mucho tiempo no era Tom la sombra que ocupaba todo el espacio, era Víctor.
Ahí, frente a él, con el corazón en las manos.
Y Andreas, por fin, lo estaba viendo.
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Decidieron compartir una ducha rápida, no querían perder más tiempo por mucho que se hubieran echado de menos. Eran tan pocas las ocasiones en las que podían estar juntos sin mirar el reloj y sin miedo a ser interrumpidos que en esos momentos, sabiendo que por fin tenían toda una vida por delante, no les importaba esperar un poco más.
Una vez duchados y vestidos, fueron a la cocina. David improvisó un desayuno con lo que había traído del club el día anterior y colocó sobre una bandeja los bollitos de canela hechos por Rose y un trozo de su deliciosa tarta de manzana. Mientras tanto Jörg preparaba café llenando la cocina con un aroma cálido y familiar.
—Echo de menos desayunar contigo en el apartamento —comentó Jörg de repente—Pedir un copioso desayuno, tomarlo en la cama mientras hacemos planes…
David soltó una risa suave.
—Pues siento mucho que hoy tengas que conformarte con estas sobras —dijo, sonriendo mientras colocaba un trozo de tarta en un plato.
Jörg negó con la cabeza, acercándose para darle un beso breve en la sien.
—Si estás tú, no son sobras —murmuró.
David se quedó quieto un segundo sorprendido por la ternura inesperada, y luego sonrió con esa calidez que siempre lograba desarmar a Jörg.
—No digas esas cosas tan temprano —bromeó—Me vas a malacostumbrar.
Jörg dejó las tazas sobre la mesa y se sentó frente a él. Por un momento se quedaron en silencio disfrutando de la normalidad y de la intimidad sencilla de compartir un desayuno sin prisas.
Terminaron de desayunar en silencio y cuando se levantaron para recoger la mesa Jörg respiró profundamente, como si se preparara para un día que sabía que sería intenso. David se acercó por detrás y le rodeó la cintura con los brazos, abrazándolo con una calidez que lo ancló al momento.
—¿Estás listo para ir a ver a nuestro hijo? —preguntó con suavidad.
Jörg sonrió al oírle decir aquello. Desde ese instante tuvo claro que tanto él como David serían los únicos padres que Bill iba a tener ya que su mujer jamás lo había querido. Le conmovía escuchar la palabra hijo salir de los labios de David, siempre lo había considerado y tratado como tal y en esos momentos después de todo lo ocurrido ambos compartían la misma angustia y sentían el mismo nudo en el pecho al preguntarse cómo estaría Bill y deseando con toda el alma poder protegerlo un poco más.
—Sí—contestó con firmeza sintiendo que la tensión volvió a apoderarse de sus hombros—Necesito ir a ver a nuestro hijo y saber que está bien.
David apoyó la cabeza en su hombro y se volvió lo justo para rozar su piel con un beso suave en la curva del cuello.
—Lo está —dijo con convicción—Le has dejado en buenas mano, y si no lo estuviera lo ayudaremos entre todos. Tiene la suerte de contar con buenos amigos que no le van a dejar caer en ningún momento.
—Gracias por venir conmigo—murmuró Jörg sonriendo agradecido.
—No tienes que darme las gracias —respondió David—Estoy contigo y estoy con él.
Se pusieron en marcha y subieron al coche de David. Mientras él conducía rumbo al apartamento Jörg revisaba el correo en su móvil. Frunció el ceño al ver un mensaje de la clínica encargada de las pruebas de ADN que había solicitado por segunda vez, ya estaban los nuevos resultados y viendo la prisa que le corría le habían sido enviados de inmediato.
Jörg abrió el correo y lo leyó por encima sintiendo que con cada palabra que leía se iba poniendo cada vez más tenso.
—¿Malas noticias? —preguntó David, mirándolo de reojo sin apartar la vista de la carretera.
Jörg no respondió. Simplemente bloqueó el móvil, lo guardó en el bolsillo interior de su chaqueta y se quedó en silencio el resto del trayecto con la mirada perdida en la ventanilla.
Cuando llegaron al edificio dejaron el coche en la plaza del parking privado y subieron. Jörg llevaba las llaves de David en la mano y las usó con cuidado de no hacer ruido. No sabía si Bill y Tom seguirían dormidos y no quería sobresaltarlos.
Abrió la puerta con suavidad y apenas dio dos pasos cuando escuchó voces procedentes del salón.
Se detuvo a escuchar viéndoles tumbados en el sofá, abrazados y hablando en voz baja como si acabaran de compartir un momento íntimo y privado. No parecían haberse percatado de su presencia, Jörg se quedó quieto observándolos y afinando el oído para escuchar lo que estaban diciendo justo en ese instante.
—¿Estás bien? —preguntó Tom preocupado, con la voz apenas un murmullo— ¿He hecho algo que te haya molestado?
—Me has hecho muy feliz —respondió con firmeza Bill—No tienes que preocuparte por hacerme daño porque sé que nunca me lo vas a hacer y solo me siento a salvo en tus brazos.
—No sabes lo que significa escucharte decir eso —confesó Tom en un susurro.
Jörg vio cómo Tom estrechaba a su hijo entre los brazos, dándole un abrazo firme y cálido. Bill lo aceptó sin dudar hundiendo de nuevo la cara en su cuello y dejando escapar un suspiro que parecía llevar horas reteniendo.
Entonces Jörg dio media vuelta y salió del apartamento con el mismo sigilo con el que había entrado cerrando la puerta con cuidado para no interrumpir el bello momento que Bill y Tom estaban compartiendo dentro. No quería que lo vieran con los ojos vidriosos ni con el gesto crispado, necesitaba un momento para recomponerse y sobre todo para actuar.
Desde el pasillo donde había estado esperando David lo siguió con la mirada sin entender del todo la razón por la que fruncía el ceño de esa manera mientras negaba con la cabeza. No podía evitar mirarle con esa mezcla de preocupación y serenidad que solo él sabía manejar.
—Llévame a mi despacho, por favor—pidió Jörg en voz baja sin mirarle directamente.
David asintió sin hacer preguntas, sabía que Jörg necesitaba espacio para pensar y también que no debía dejarlo solo.
Mientras caminaban por el pasillo hacia el ascensor Jörg sacó el móvil y marcó un número con rapidez.
—Arthur —dijo en cuanto escuchó la voz al otro lado—Necesito que vaya al apartamento y les lleve algo de ropa a Tom y a mi hijo además de sus móviles, por favor. Anoche se los dejaron con las prisas, y dígale a mi hijo que voy a hacerle una transferencia para que tengan todo lo que necesiten hasta que resuelva un asunto pendiente, necesito tiempo mientras decido qué va a pasar a partir de ahora.
Colgó sin añadir nada más cuando al otro lado Arthur prometió hacerlo de inmediato. El tono de su voz no dejaba lugar a dudas.
Estaba organizando, controlando y protegiendo porque era lo único que podía hacer para no venirse abajo.
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No pensaba quedarse de brazos cruzados, aún podía sentir la humillación arder bajo su piel. Primero por el comportamiento «escandaloso» de su hijo y después por su marido pidiéndole el divorcio justo en esos momentos rematando la herida al restregarle por la cara su romance secreto con David.
No, Simone Kaulitz no iba a permitir que la trataran de esa manera dejándola como a una mujer desechable.
Con un plan perfectamente calculado se levantó más temprano de lo habitual, ya estaba vestida impecablemente como siempre y entonces bajó por las escaleras dejando que el sonido firme de sus tacones resonara por toda la casa, como un aviso de tormenta.
Al llegar a la primera planta Arthur apareció de inmediato haciendo que Simone frunciera el ceño al verle salir de la habitación de su hijo.
—¿Qué haces? —preguntó con un tono duro, casi cortante.
—El señor Kaulitz pidió que preparara algo de ropa para su hijo —explicó Arthur con prudencia.
Simone se le quedó mirando como si la respuesta le molestara más de lo que estaba dispuesta a admitir.
—Deja eso ahora mismo, necesito que me lleves de inmediato a casa del doctor Vandael —ordenó sin titubear.
—Por supuesto, señora Kaulitz —respondió Arthur inclinando ligeramente la cabeza.
Simone retomó su camino sin mirarlo siquiera.
—Luego continúa recogiendo sus cosas, las va a necesitar allí donde voy a enviarlo—añadió con frialdad—Y recoge también las del camarero, no quiero ver ni rastro suyo en mi casa cuando vuelva. Haz lo que quieras con ellas, tíralas a la basura que es exactamente el lugar al que pertenece.
Arthur no respondió pero su expresión se tensó apenas, sabía que estaba herida… y que una Simone herida era capaz de tomar decisiones impulsivas, incluso peligrosas.
Simone siguió bajando las escaleras avanzando con paso firme hacia la puerta convencida de que aún podía recuperar el control de su vida o al menos destruir lo suficiente como para que nadie pudiera olvidar con facilidad quién era Simone Kaulitz.
No se molestó en entrar al comedor, seguramente Greta habría dejado su desayuno preparado pero no podía perder más tiempo. Ya tomaría algo en casa de Eleonore, con quien necesitaba hablar con urgencia.
Minutos después Arthur le abría la puerta del coche y Simone entró sin dirigirle la mirada ni darle las gracias. Arthur cerró la puerta con suavidad y se apresuró a ocupar su asiento para llevarla a la casa del doctor Vandael tal y como le había ordenado.
El trayecto fue rápido, en cuanto el coche se detuvo Arthur volvió a abrirle la puerta antes de que Simone pudiera impacientarse.
—Regresa a casa —murmuró Simone al bajar—Le pediré a John que me lleve de vuelta cuando termine de resolver un asunto.
Arthur asintió y sin añadir nada volvió a entrar en el coche y se fue. Simone se quedó frente a la puerta llamando con cierta impaciencia hasta que John abrió saludándola con una leve inclinación de cabeza.
—Debo ver a Eleonore de inmediato —dijo Simone entrando sin esperar ser invitada.
No esperó réplica alguna, se dirigió directamente hacia el porche donde sabía que su amiga desayunaba cada mañana de verano. En cambio ella detestaba el sol, siempre decía que era perjudicial para su piel y prefería permanecer dentro de casa sin disfrutar del jardín en los calurosos días de verano.
Tal y como había imaginado encontró a Eleonore sentada ante la mesa aunque no había tocado nada. Se la veía demacrada y agotada, algo que Simone encontró normal por los problemas que había causado su hijo.
—Eleonore, querida, perdóname por presentarme sin avisar —dijo acercándose—Tienes mala cara, siento mucho que estés así por culpa de las molestias causadas por mi hijo.
—¿Bill está bien? —quiso saber Eleonore invitándola a sentarse.
En ese momento apareció Nora para servirle a Simone un té con total discreción antes de retirarse.
—Bill está desatado, lo que ha hecho es imperdonable —contestó Simone frunciendo el ceño—Ha mentido con todo descaro inventándose que Alexander lo había atacado, debemos actuar de inmediato. He sido demasiado permisiva y demasiado ciega pensando que unos días de terapia con tu marido serían suficientes, pero ha quedado claro que no lo son.
Eleonore la escuchaba en silencio sintiendo que cada palabra se le clavaba en su alma como una espina. No podía creer lo que estaba escuchando, para ella, Bill no era el problema. Era la víctima y Simone estaba tan perdida en su orgullo herido que no vería la verdad aunque la tuviera delante.
Eleonore cogió aire profundamente, preparándose para decir algo que sabía que Simone no quería escuchar. No quería herirla pero tampoco podía permitir que siguiera alimentando una versión distorsionada de lo que había ocurrido. Cuando habló, lo hizo con esa mezcla de suavidad y firmeza que siempre la había caracterizado.
—Simone, sé que estás dolida—empezó a decir apoyando con delicadeza una mano sobre la suya—Y sé que todo esto te ha golpeado más de lo que quieres admitir pero hay algo que necesito que escuches con atención.
Simone frunció el ceño, pero no la interrumpió.
—Bill no ha hecho nada malo —continuó diciendo Eleonore manteniendo la mirada fija en la de su amiga—No ha mentido ni se ha inventado nada. Lo que Alexander le ha hecho es real, Simone. Muy real, y tú en el fondo lo sabes aunque ahora mismo te cueste aceptarlo.
Simone abrió la boca para replicar, pero Eleonore levantó ligeramente la mano pidiéndole un segundo más.
—Tu hijo no está «desatado» Simone, está herido y asustado—dijo con firmeza Eleonore—Lleva demasiado tiempo intentando sobrevivir en un entorno que no le ha dado el apoyo que necesitaba. No es quien ha causado el problema, es quien lo ha sufrido.
Simone apretó los labios incómoda, pero dejó que Eleonore siguiera hablándole con esa calma que siempre transmitía.
—Entiendo que quieras proteger a Alexander porque sé que le tienes mucho aprecio—murmuró Eleonore sintiendo que le costaba hablar de su propio hijo en esos momentos—Pero protegerlo no significa echarle toda la culpa a Bill de lo sucedido, no significa negar lo que ha pasado y mucho menos significa tener que castigarlo porque no lo merece después de lo que le ha pasado.
La expresión de Simone se tensó, pero Eleonore no retrocedió.
—Bill necesita ser comprendido—repitió Eleonore con suavidad—Necesita cariño y un lugar donde sentirse seguro. No castigos ni reproches.
—Mi hijo necesita ayuda —insistió Simone alzando ligeramente la voz y retirando su mano de la mesa— ¿De verdad crees que Alexander podría haberle hecho algo así? ¿Crees capaz a tu hijo?
—Lo creo capaz Simone, y ahora mismo está recibiendo toda la ayuda que necesita—contestó suspirando Eleonore—Gordon se ha encargado de todo como ya sabes, lo ha ingresado en una de las mejores clínicas psiquiátricas y aunque me duele que lo haya hecho a mi espalda en el fondo sé que es necesario.
—Ahí es donde debería estar Bill en estos momentos, y no tu hijo —replicó Simone con frialdad apretando los labios indignada—Es él quien necesita ayuda para dejar de comportarse como lo está haciendo. ¿Sabes que ayer se fue de casa? Le estaba pidiendo explicaciones y ese camarero se entrometió levantándome la voz y diciendo cosas horribles. Lo eché sin dudar y Bill se fue cogido de su mano. ¿Y qué hizo Jörg para detenerlo? ¡Nada! Como siempre, lo único que hizo fue decirme que quería divorciarse para poder pasar más tiempo con su amante.
Eleonore la escuchó sin interrumpirla, pero su expresión se endureció poco a poco. Cuando habló, su voz era suave pero firme como una pared.
—Bill no se fue porque quisiera desafiarte—empezó a decir con calma—Se fue porque nunca se ha sentido seguro estando contigo y porque nunca quieres escucharle. Porque estaba asustado y encontró apoyo en la única persona que en ese momento tan delicado lo estaba tratando con el cariño que está necesitando.
Simone abrió la boca pero Eleonore continuó antes de que pudiera replicar.
—Y Jörg tampoco te ha traicionado al no detenerlo—siguió diciendo Eleonore—Lo estaba protegiendo como siempre ha hecho desde su silencio, protegiéndole de una situación que estaba haciéndole daño.
—¿Y tiene que pedirme justo ahora el divorcio? —estalló Simone sintiendo cómo algo dentro de ella empezaba a quebrarse—En cuanto se sepa lo de Bill voy a sentirme de lo más humillada, y el divorcio es la guinda del pastel. Pero espera a que se sepa que me ha dejado por otro hombre, por alguien de quien lleva años enamorado y con quien mantiene una relación que jamás me habría podido imaginar.
Eleonore se quedó sin habla al escucharla, no sabía nada y ni siquiera lo sospechaba. Esa revelación la había dejado helada y su gesto la delataba.
—No pongas esa cara, seguro que Gordon ya te lo ha contado —murmuró Simone con amargura.
—No tenía ni idea, cariño —dijo Eleonore con firmeza sin apartar de ella la mirada—Mi marido jamás me ha dicho nada al respecto.
—Está con David, el encargado del club —soltó Simone cargando cada palabra de rabia contenida—Y todo el mundo lo va a saber, y entonces yo…
La frase se le rompió en la garganta.
Llevaba horas sosteniéndose a base de orgullo y furia, y ya no podía más. Se vino abajo de golpe sintiendo como las lágrimas que había reprimido con uñas y dientes finalmente se derramaban por sus mejillas encendidas.
Eleonore no dijo nada, no había palabras que pudieran arreglar nada en ese instante.
Simplemente se le acercó tomándola de nuevo de la mano y la sostuvo mientras Simone lloraba temblando, dejando escapar por fin todo ese dolor que había estado acumulando.
El porche quedó en silencio, roto solo por la respiración entrecortada de Simone. Eleonore la acompañaba sin juzgarla ni presionarla, sabiendo que lo único que podía ofrecerle en ese momento era presencia y calma.
Porque aunque Simone estuviera equivocada en muchas cosas, seguía siendo su amiga.
Y en esos momentos estaba completamente rota.
Continúa…
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