Incomplete 104

Incomplete 104

Fic TOLL de lyra

Capítulo 104

Después del momento compartido en el baño Andreas regresó a la habitación para empezar a vestirse aún con los ojos un poco enrojecidos por la conversación anterior. Víctor se había refugiado en la cocina intentando recomponerse y preparaba algo sencillo para desayunar. Hizo café, unas tostadas y nada más pero suficiente para mantener las manos ocupadas y la mente centrada.

El ambiente era frágil, como si una palabra mal puesta pudiera volver a romperlos.

Justo entonces llamaron a la puerta, un golpe rápido y nervioso que le hizo levantar la mirada sorprendido. Andreas salió en esos momentos del dormitorio ajustándose la camiseta aún con el gesto tenso.

—¿Esperamos a alguien? —preguntó Andreas caminando hacia la puerta.

—Seguro que son las chicas—contestó Víctor dejando el cuchillo sobre la encimera.

Andreas abrió la puerta comprobando que efectivamente eran Melissa y Anouk, en sus rostros se veía marcada la preocupación y lucían ambas profundas ojeras.

—Menos mal que ya estáis despiertos —dijo Melissa entrando en el bungalow—No hemos pegado ojo en toda la noche.

—No podíamos dejar de pensar en Bill —añadió Anouk cerrando la puerta tras ella— ¿Sabéis algo? ¿Ha llamado Tom? ¿Está mejor?

Andreas se quedó inmóvil por unos segundos, la mención de Tom hizo que se le tensara la mandíbula pero respiró profundamente para no dejar que se le notara demasiado.

—No… todavía no sabemos nada—contestó intentando sonar más tranquilo de lo que se sentía—Pero es muy temprano aún para tener noticias y tenemos que irnos al club cuanto antes.

—Es que… no sé, Andreas—empezó a decir Melissa pasándose una mano por el pelo— Lo de Bill es muy fuerte y Tom… Tom debe estar al borde del colapso.

—No podemos quedarnos de brazos cruzados sin saber si están bien—apuntó Anouk mordiéndose el labio.

—Ayer llamé a Tom varias veces sin resultado, ahora le voy a mandar un mensaje y a ver si tenemos pronto noticias suyas—murmuró Andreas.

Regresó al dormitorio a por el móvil mientras que Víctor se quedaba en la cocina preparando dos tazas más de café bien cargado para las recién llegadas intentando mantener la calma.

—No sé cómo voy a poder mirar a Bill a la cara cuando le vea por el club—confesó Melissa suspirando—Seguro que nota al momento que sabemos lo que le ha pasado.

—Entonces tendremos que controlarnos —dijo Víctor con una fría firmeza—Y si vemos que no podemos, mejor evitar estar mucho rato con él. Aunque piense que pasamos de él o que ya no queremos ser sus amigos, es preferible eso a que descubra la verdad.

Anouk se le quedó observando con atención frunciendo ligeramente el ceño. Era quien mejor conocía a su hermano como para notar cuando algo dentro de él estaba torcido, cuando hablaba desde un lugar que no tenía nada que ver con sucedido a Bill sino con su propio dolor. Y ese tono duro, casi cortante, no era normal en él.

—Víctor… —llamó en voz baja, temiendo que cualquier palabra que ella dijera pudiera hacerlo estallar.

Víctor evitó su mirada cambiando de sitio una taza sin necesidad alguna.

—Solo digo lo que es mejor para Bill —añadió con demasiada rapidez y frialdad.

Melissa lo miró también sorprendida por la dureza de sus palabras.

—No creo que evitarlo sea lo mejor —dijo con cautela—Bill necesita apoyo, no que desaparezcamos.

—Apoyo sí, pero no más presión—apuntó Víctor clavando la mirada en la encimera—Si nos ve nerviosos, si nota algo raro… se va a venir abajo y no pienso ser yo quien provoque eso.

— ¿Estás bien?—preguntó Anouk sin poderse contener—Estás… tenso y no es por Bill.

Víctor apretó la mandíbula, como si esas palabras le hubieran dado justo en el punto que intentaba ocultar. Por suerte en ese momento Andreas regresó del dormitorio con el móvil en la mano aún con el gesto tenso tras haberle enviado a Tom un mensaje. Había optado por algo breve y directo, esperando que él entendiera que todos solo querían estar ahí para Bill, sin presionarlo.

«Lo sabemos todo. ¿Hablamos cuando puedas?»

Había vuelto a tiempo de escuchar lo dicho por Anouk y se detuvo en seco mirando a Víctor, y por un instante sus miradas se cruzaron sintiendo que había algo flotando entre ellos.

Culpa, cansancio y una herida abierta que ninguno de los dos sabía cómo tapar.

Víctor apartó la mirada con rapidez carraspeando.

—No importa por qué estoy tenso —dijo intentando sonar firme—Lo único que importa es que no podemos fallarle a Bill.

Melissa y Anouk intercambiaron una mirada silenciosa, no entendían del todo lo que estaba pasando pero sabían que entre ellos había pasado algo que ninguno de los dos quería comentar.

Andreas cogió aire profundamente como si necesitara anclar todo lo que estaba sintiendo antes de seguir adelante. Dio un paso hacia la encimera, tomó su taza de café y se la bebió casi de un trago buscando en el amargor un poco de claridad.

—Vamos al club —murmuró esforzándose por mantener la voz firme mientras dejaba la taza de nuevo sobre la encimera—No debemos llegar tarde, hoy empiezan los camareros nuevos y David querrá que Melissa o yo les expliquemos cómo funciona todo.

Melissa asintió al momento agradecida por tener algo práctico a lo que aferrarse. Anouk, sin embargo, siguió observando a su hermano con atención como si intentara descifrar cuánto de esa calma era real y cuánto era puro instinto de supervivencia.

Víctor, por su parte, no podía dejar de pensar en Andreas, había algo en la forma en que se recomponía que le dolía y lo aliviaba a la vez. No era el momento de hablar de ellos, ni de lo que había quedado suspendido entre ambos. En esos momentos tocaba centrarse en Bill, en Tom y en lo que fuera que les esperara al llegar al club.

—Pues venga —dijo Melissa intentando sonar animada—Quizás con un poco de suerte se pasen por el club y podamos ver qué tal están.

Andreas asintió y poniéndose en marcha se dirigió a la puerta seguido por las chicas. Víctor fue el último en moverse, fue tras los pasos de Andreas en completo silencio con la mirada fija en él.

Había mucho que resolver y mucho que hablar, pero no en esos momentos cuando tocaba avanzar.

&

Entraron en el ascensor y David se le quedó observando de reojo, había escuchado parte de la conversación mantenida entre Bill y Tom y sabía porque Jörg reaccionaba de esa manera marchándose con sigilo sin quedarse a ver primero como estaba su hijo.

— ¿Estás haciendo lo correcto?—preguntó en un susurro intentando aliviar un poco la tensión que veía en sus hombros.

Jörg no respondió, solo respiró profundamente mientras bajaban al parking y entraban en el coche. Sacó de nuevo el teléfono mientras que David arrancaba y llamando esa vez al restaurante cercano al apartamento al que siempre llamaban él y David para que les llevara desayunos y comidas cuando se veían allí lejos de miradas indiscretas.

—Buenos días —saludó con una cortesía automática—Soy Jörg Kaulitz, tendré invitados en el apartamento durante unos días y quiero que carguen a mi cuenta todo lo que pidan, lo que sea. Sí, sin límite. Gracias.

Colgó y antes de guardar de nuevo el teléfono realizó una transferencia generosa a la cuenta de su hijo, quería asegurarse de que tal y como le había dicho a Arthur no les faltara absolutamente nada mientras él intentaba aclarar su mente y decidir con calma si estaba haciendo lo correcto.

Se mantuvo en silencio hasta que llegaron al despacho y salió del coche con rapidez. David iba tras él procurando seguirle el ritmo, no entendía que hacían allí. ¿Tenía trabajo pendiente que no podía esperar?

Era muy temprano aún y no estaba Helen, la secretaria de Jörg. David caminaba junto a él por el largo y silencioso pasillo que llevaba a su despacho sin poder evitar pensar que eran pocas las veces que había estado allí para poder verse con total discreción, siempre entrando como si fuera un cliente más obligado a a mantener las apariencias ante Helen y los demás socios del bufete.

Jörg le recibía en su despacho y una vez que la puerta se cerraba podían permitirse unos minutos de intimidad para darse un abrazo rápido, un beso robado y poder respirar un poco en medio de esa relación que llevaban años escondiendo.

Había momentos en los que David detestaba vivir rodeado de tanto secreto, le pesaba tener que mentir a quienes lo rodeaban fingiendo normalidad, ocultando gestos y miradas para que nadie sospechara lo que realmente ocurría entre ellos.

Le dolía más de lo que jamás iba a admitir y aun así nunca se lo había reprochado a Jörg porque sabía que para él también era difícil y que cargar con una doble vida no era una elección ligera. Por eso callaba y por eso aguantaba, porque entendía que no era el único que estaba sufriendo en silencio.

Entraron en el despacho y Jörg tomó asiento apoyando las manos en el escritorio inclinándose hacia adelante. Por un momento, dejó caer la cabeza al tiempo que cerraba los ojos. No iba a echarse a llorar, pero estaba cerca.

David se acercó lentamente sin invadir su espacio pero lo bastante cerca como para que Jörg sintiera que no estaba solo.

Jörg levantó la mirada despacio, como si cada movimiento le costara un esfuerzo enorme. David lo observaba con el ceño fruncido, intentando descifrar qué estaba pasando por su cabeza.

—¿Estás bien? —preguntó con suavidad, acercándose un paso.

Jörg negó lentamente mientras se incorporaba, apoyando las manos en el escritorio para no perder el equilibrio emocional que le quedaba.

—No puedo permitirme venirme abajo ahora —respondió con la voz tensa, pero firme—Bill me necesita… y Tom también. Si yo me derrumbo, ¿quién va a ayudarlos?

David sintió un vuelco en el estómago.

—¿De qué estás hablando? —preguntó preocupado por el tono extraño que estaba usando.

Jörg carraspeó, como si necesitara despejar algo más que la garganta.

—De algo que tengo que hacer —dijo al fin—Algo que sé que Bill necesita que haga…

David se le quedó mirando fijamente, no entendía nada de lo que estaba diciendo. Las palabras de Jörg parecían venir de un lugar demasiado profundo, casi febril.

—Jörg… —llamó en voz baja empezando a preocuparse.

—Tengo que hablar con ellos —empezó a decir Jörg como si hubiera sentido su malestar y debiera explicarse—Tengo que dejar las cosas claras y dejarlo todo bien atado para que nadie pueda dudar jamás de nada.

David sintió un escalofrío, aquello no sonaba a una simple conversación pendiente. Sonaba a una decisión tomada, a una de esas que iban a cambiar el rumbo de todo.

—Y para eso necesito que me apoyes en la decisión que ya he tomado—añadió Jörg mirándolo por fin a los ojos.

David no dudó ni un segundo, no porque entendiera de lo que le estaba hablando sino porque le conocía perfectamente. Sabía que, cuando hablaba así, era porque había llegado a un punto de no retorno.

—Sabes que hagas lo que hagas, contarás siempre con mi apoyo —dijo con firmeza.

Jörg cerró los ojos unos segundos como si esas palabras le dieran permiso para respirar.

—Gracias —susurró.

—Pero necesito que me expliques qué vas a hacer —pidió David con calma—Porque no puedo ayudarte si no lo sé.

Jörg abrió los ojos, y por primera vez desde que salieron del apartamento, dejó ver el miedo que llevaba escondiendo.

—Voy a tomar un difícil decisión y asumiré toda la responsabilidad si algo saliera mal—dijo mirándole a los ojos fijamente—Y Bill nunca se debe enterar, y Tom tampoco. Sé que le prometí que no habrían más secretos entre nosotros y a ti que no le volvería a manipular pero me veo en la obligación de hacerlo por una última vez.

—Jörg… ¿qué quieres decir con eso?—preguntó David tragando con esfuerzo.

Jörg respiró profundamente como si se preparara para decir algo que llevaba quizás días guardándose.

—Significa que les voy a contar al fin toda la verdad—dijo finalmente—Tengo que hacerlo, los dos se merecen saber todo lo que he descubierto …no puedo quedarme sin hacer nada viéndolos sufrir.

David se quedó inmóvil, procesando esas palabras.

Y entonces entendió que lo que iba a venir después no iba a ser fácil para ninguno de ellos.

&

Decidieron dejar del sofá unos minutos después cuando sus estómagos protestaron al mismo tiempo. Se echaron a reír todavía sintiéndose algo adormilados mientras doblaban la manta y colocaban de nuevo los cojines sobre el sofá.

—¿Qué te apetece hacer? —preguntó Tom— ¿Desayunamos aquí o vamos al club? Seguro que Rose nos prepara algo delicioso en cuanto nos vea.

—Aún no tengo fuerzas para ver a nadie—admitió Bill mordiéndose el labio.

—No pasa nada —dijo Tom al momento—Tu padre tiene en la nevera un imán con el anuncio de un restaurante que trae comida a domicilio, podemos pedir algo y que nos lo traigan.

Bill asintió, agradecido por la alternativa. Pero antes de que pudieran moverse llamaron a la puerta.

—Quizá sea tu padre —murmuró Tom—Dijo que hoy nos veríamos.

Ambos se dirigieron al vestíbulo del apartamento y Tom se encargó de abrir la puerta viendo que era Arthur cargado con varias maletas.

—Buenos días, el señor Kaulitz quería venir en persona pero un imprevisto se lo ha impedido —explicó Arthur con su habitual serenidad—Greta y yo hemos preparado algunas cosas que puedan necesitar, el resto pueden recogerlo ustedes o si lo prefieren nos encargamos nosotros mismo de empaquetarlo todo.

—Gracias, Arthur —dijo Bill, apareciendo detrás de Tom.

Arthur se le quedó observando con atención, estudiándole de arriba abajo con una mirada discreta sabiendo que el señor Kaulitz querría saber de su estado y le preguntaría por cada detalle.

Y lo que vio lo sorprendió, había una luz nueva en el rostro de Bill que jamás le había visto antes.

—Su padre también me ha pedido que les entregue los móviles —añadió Arthur, sacándolos de su bolsillo—Anoche se los dejaron con las prisas, y quiere que sepan que no deben preocuparse por nada. Le ha hecho una transferencia para que cuenten con lo necesario hasta que resuelva un asunto pendiente y puedan decidir con calma qué hacer a partir de ahora.

Tras entregarles los teléfonos, Arthur se despidió con su discreción habitual mientras que Tom se encargaba de las maletas y cerraba la puerta.

—¿Qué te apetece hacer primero?—preguntó echando a andar— ¿Desayunamos o colocamos la ropa?

—Desayunemos —respondió Bill suspirando—Llama tú al restaurante mientras veo si tengo algún mensaje de Louise o Georg.

Tom asintió y dejando las maletas en medio del salón se dirigió a la cocina con el móvil en la mano. Al desbloquearlo lo primero que apareció ante sus ojos fue un mensaje de Andreas que le dejó sin aliento.

«Lo sabemos todo. ¿Hablamos cuando puedas?»

Tom decidió ignorarlo por el momento, necesitaba tiempo para averiguar cómo lo habían descubierto y si había más gente enterada. Cogió el anuncio del restaurante y marcó el número siendo atendido al segundo tono.

—Buenos días, quería encargar un desayuno para dos —pidió Tom.

—Por supuesto, señor. ¿Podría darme su dirección?

Tom se la facilitó al momento.

—¿Son los invitados del señor Kaulitz? —preguntaron al otro lado.

—Sí, lo somos—contestó Tom carraspeando.

—El señor Kaulitz dejó instrucciones para que cargásemos en su cuenta todo lo que pidieran, si quieren podemos enviar lo que siempre pide el seño Kaulitz. Estoy segura de que será de su agrado.

—Sí… sería estupendo —murmuró Tom, sorprendido por lo natural que sonaba aquello.

—En veinte minutos tendrá su pedido. Que tenga un buen día.

Tom se despidió y colgó sin poder evitar imaginar cuántas veces habrían desayunado allí Jörg y David, y qué clase de desayuno pedirían para que el restaurante supiera exactamente qué era «lo de siempre».

Una vez hecha la llamada fue al dormitorio donde Bill revisaba el móvil.

—No tengo ningún mensaje o llamada de Louise o Georg—explicó suspirando—Pensarán que necesito tiempo para descansar y no querrán molestarme.

—Traerán el desayuno en veinte minutos—informó Tom—Primero desayuna y luego los llamas si quieres.

Bill asintió y dejando el móvil a un lado se entretuvo deshaciendo las maletas con ayuda de Tom. Hicieron espacio en el armario del dormitorio y colgaron la ropa que Arthur y Greta les habían preparado con tanta rapidez.

—¿Me da tiempo a darme una ducha rápida? —preguntó Bill cogiendo una muda limpia.

—Claro —respondió Tom—Yo iré preparando la mesa para cuando llegue el desayuno.

Bill desapareció en el baño y apenas unos minutos después llamaron a la puerta. Tom fue a abrir, esperando ver a un repartidor con una modesta bolsita de papel marrón con un par de cafés recién hecho y unos croissants.

Pero lo que encontró lo dejó sin palabras.

Era el desayuno si, y era enorme además de abundante, variado e impecablemente presentado. Tom tuvo que respirar profundamente antes de poder decir siquiera «gracias» mientras cogía en sus manos esa bandeja enorme sin poder evitar echar un vistazo por encima a lo que había descubriendo café recién hecho, pan caliente, fruta cortada, algo que olía peligrosamente a mantequilla y azúcar, y más cosas que quedaban ocultas.

Era un desayuno digno de un hotel de lujo… o de alguien como Jörg Kaulitz.

—Vaya… —murmuró sin poder evitarlo.

El repartidor sonrió, acostumbrado a esa reacción.

—El señor Kaulitz es uno de nuestros clientes habituales y siempre pide lo mejor —comentó antes de marcharse.

Tom cerró la puerta con el pie aún procesando la cantidad de comida que llevaba mientras dejaba la bandeja sobre la mesa del salón que quedaba justo frente a la chimenea. Se la quedó mirando por unos segundos en silencio sin poder evitar pensar en Jörg y David pasando tardes enteras en ese mismo espacio, refugiados del frío mientras compartían una intimidad que nadie más conocía.

Entonces por su cabeza pasó otra imagen, Bill y él sentados sobre la alfombra mullida que había frente al fuego con un chocolate caliente entre las manos mientras fuera la lluvia golpeaba los cristales y el viento anunciaba la llegada del otoño. Se miraban fijamente a los ojos sonriendo por cualquier tontería antes de dejar sobre el suelo las tazas de chocolate para fundirse en un apasionado beso ante el fuego.

La escena era tan vívida que Tom tuvo que parpadear para volver al presente, a ese apartamento que en esos momentos se sentía demasiado lleno de historias ajenas y al mismo tiempo lleno de posibilidades nuevas.

Sacudió la cabeza carraspeando y empezó a colocar sobre la mesa todo el contenido de la bandeja. Al momento tuvo sobre ella dos cafés enormes, zumo de naranja recién exprimido, una cesta de bollería variada, tostadas, mantequilla, una variedad de mermeladas, croissants, fruta fresca y algo que parecía un pequeño y delicioso pastel individual.

—Jörg Kaulitz desayuna como un rey… —susurró para sí, medio divertido, medio intimidado.

Terminó de preparar la mesa pero su mente estaba lejos de allí, no podía evitar pensar en lo bien que vivía Bill hasta hacía apenas unos días y en cómo todo se había desmoronado de repente.

Había sido expulsado de casa por su propia madre que incluso le había amenazado con desheredarlo, una amenaza vacía porque su padre jamás lo permitiría ya estaba de su lado dispuesto a apoyarlo en todo lo que viniera.

Pero aun así, el daño estaba hecho sumado al hecho de que sus padres iban a divorciarse y Bill sería inevitablemente el centro de todos los rumores, miradas y comentarios que correrían por el club y allá por donde fuera. Aunque en realidad eso era lo de menos, lo verdaderamente duro era que Bill estaba viendo cómo su vida había cambiado sin que él hubiera podido hacer nada por evitarlo, viendo cómo todo lo que conocía se tambaleaba.

Dejó el último plato sobre la mesa y cogió aire profundamente, sabía que ese día no iba a ser fácil para nadie y mientras escuchaba a Bill terminar de ducharse solo pudo pensar en una cosa.

No dejaría que Bill se enfrentara a todo eso él solo.

&

Tardó varios minutos en poder respirar con normalidad, las lágrimas le habían dejado la voz rota y las manos temblorosas pero poco a poco fue recomponiéndose. Eleonore no la había soltado en ningún momento, simplemente había permanecido a su lado en silencio dándole todo el tiempo y el espacio que necesitaba para desahogarse.

Cuando Simone logró hablar, lo hizo con un hilo de voz.

—Jörg… quiere ser muy generoso con el divorcio —murmuró limpiándose las mejillas con torpeza—Dice que me puedo quedar con la casa pero yo no puedo vivir ahí, está llena de recuerdos dolorosos y es enorme para mi sola porque sé que Bill no querrá volver a verme y preferirá irse a vivir con su padre en cuanto pueda.

Eleonore intercambió una mirada rápida con Gordon que había permanecido escuchando en silencio desde que Simone llegara y en esos momentos hacía acto de presencia atraído por la tensión que inevitablemente flotaba en el ambiente. Se había acercado lentamente sin querer interrumpir pero con la expresión seria de quien había entendido demasiado.

—Simone —dijo Eleonore con una suavidad que no dejaba lugar a dudas—No tienes por qué quedarte allí ni pasar por esto tú sola.

Gordon asintió de acuerdo con cada una de sus palabras apoyando una mano en el respaldo de la silla de su esposa.

—Puedes quedarte con nosotros una temporada —añadió—Todo el tiempo que necesites mientras se resuelve el divorcio, aquí estarás acompañada y podremos ayudarte con todo lo que necesites.

Simone los miró sorprendida, no esperaba esa oferta después de todo lo que había dicho desde su dolor.

—No quiero ser una carga… —susurró aunque su voz traicionaba lo mucho que necesitaba esa compañía y refugio.

—No lo serás —dijo Eleonore con firmeza—Somos amigos desde hace años y ahora mismo necesitas un lugar seguro. Quédate con nosotros, yo te ayudaré a buscar una casa más pequeña, más manejable y cerca de aquí. No tienes por qué pasar por todo esto tú sola.

Simone apretó los labios, y por primera vez desde que había llegado, algo en su expresión se suavizó. No era alivio del todo, pero sí un pequeño respiro en medio del caos.

—Gracias… —logró decir con la voz quebrada—No sé qué haría sin vosotros.

—Para eso estamos—dijo Eleonore acariciándole con suavidad la mano—Y lo primero será que descanses un poco ya tendremos tiempo de hablar de todo lo demás. Come algo querida mientras le pido a Nora que me ayude a preparar tu habitación.

Simone asintió agotada, por primera vez en horas sentía que quizás no estaba completamente perdida.

Eleonore se levantó y la dejó en compañía de su marido para prepararle la habitación tal y como había dicho. Gordon tomó asiento a su lado sin decir nada, dándole ese espacio silencioso que solo alguien que conoce bien el dolor sabe ofrecer.

Simone se secó las mejillas con la punta de los dedos, intentando recomponerse mientras Eleonore se alejaba respirando profundamente todavía temblorosa.

—¿Cuánto tiempo hace que sabes lo de Jörg? —preguntó al fin incapaz de contenerse.

—Desde siempre —contestó con honestidad Gordon.

Simone se le quedó mirando con incredulidad, como si esa respuesta le abriera otra grieta más.

—¿Y por qué nunca me dijiste nada? —inquirió con voz acusadora.

—No era yo quien debía hacerlo, Simone—contestó con firmeza Gordon—Jörg me lo contó porque sentía la necesidad de hablarlo con alguien y yo le mostré todo mi apoyo. Él nunca quiso hacerte daño, sé que ahora mismo no puedes verlo pero Jörg lleva muchos años intentando ser lo que él creía que necesitabas, lo que la familia esperaba de él. Y eso también lo ha destrozado por dentro.

Simone apretó los labios luchando entre la rabia, la humillación y un cansancio que le pesaba en los huesos. Estaba demasiado agotada para contenerse, y aun así, cada palabra que decía parecía salir envuelta en filo. Gordon la escuchaba si defenderse ni intentar suavizar nada. Sabía que lo que estaba diciendo y toda esa rabia que mostraba no era contra él, sino contra todo lo que ella había perdido en cuestión de horas.

—Has guardado silencio todo este tiempo porque él te lo pidió, pero ¿qué hay de mí? —inquirió Simone con la voz temblorosa pero cargada de reproche— ¿Cómo crees que me siento ahora sabiendo que tú lo sabías? Todas esas veces que nos hemos reunido por una comida, una celebración o simplemente para pasar una tarde agradable… he hecho el ridículo delante de ti. Seguro que pensabas en lo tonta que era por no ver lo que pasaba en mi propia casa ante mi.

—Jörg ya te confesó cuáles eran sus verdaderos sentimientos hace mucho tiempo —le recordó Gordon con suavidad.

Evitó pronunciar la palabra homosexual o gay delante de Simone, lo mucho que le dolía escucharlas como ya le había dejado claro desde la primera sesión a la que llevó a Bill. Para ella su hijo no era gay, su hijo estaba muy enfermo y él debía curarlo, como si debiera tratar de arreglar algo que nunca había estado roto.

Y a ojos de Simone no había podido o sabido hacerlo, y siempre había encontrado la forma de recordarle que había fracasado. Se lo había echado en cara más de una vez como si él fuera el único culpable de que su hijo no encajara en la imagen que ella quería mantener a toda costa.

—¡No me refiero a eso! —estalló Simone incapaz de contener la rabia y el dolor que llevaba tiempo acumulando—Sabías que se estaba viendo con alguien, sabías que era David y aun así permaneciste callado todo este tiempo.

Gordon respiró profundamente apoyando los brazos sobre la mesa, inclinándose un poco hacia ella.

—Simone, no guardé silencio por falta de respeto hacia ti—empezó a decir con calma sin elevar la voz—Guardé silencio porque no era asunto mío, porque Jörg tenía que decírtelo cuando estuviera preparado. Y créeme no lo estaba, ha vivido años dividido entre lo que sentía y lo que creía que debía ser. No justifico nada, pero sí entiendo su miedo.

Simone apretó los labios sintiendo que de nuevo temblaba, no quería echarse a llorar otra vez pero la herida seguía abierta.

—¿Y yo qué? —susurró con la voz quebrada— ¿Quién pensó en mí?

—Yo pensé en ti —respondió con sinceridad Gordon mirándola con una mezcla de compasión y tristeza—Y por eso mismo no quise que te enteraras de la peor manera pero tampoco podía traicionar la confianza de Jörg. No habría ayudado a nadie, solo habría hecho más daño.

Simone bajó la mirada respirando entrecortadamente, no tenía fuerzas para discutir más pero tampoco para aceptar del todo lo que estaba escuchando.

—Sé que ahora mismo todo te parece una traición y que te sientes muy dolida—siguió diciendo Gordon en voz baja—Pero no has hecho el ridículo, Simone. Has sido una mujer que confió en su marido y eso no te hace parecer tonta, te hace humana.

Simone cerró los ojos dejando escapar un suspiro tembloroso, por primera vez desde que había llegado no sabia qué responder. No porque estuviera de acuerdo, sino porque ya no le quedaban fuerzas para seguir peleando.

En ese momento, Eleonore regresó al porche.

—La habitación está preparada—anunció con suavidad—Cuando quieras te acompaño y te ayudo a instalarte, puedes llamar a Alice y que empiece a preparar tus cosas para enviarlas aquí.

Simone asintió lentamente sin levantar la mirada. Gordon se puso en pie y le ofreció una mano para ayudarla a levantarse que Simone aceptó dejando por primera vez en mucho tiempo que alguien la sostuviera.

—No voy a quedarme mucho tiempo, no quiero ser una carga —murmuró aunque su voz dejaba claro que necesitaba ese refugio más de lo que quería admitir.

—No lo serás —aseguró Gordon—Eres familia para nosotros y ahora mismo necesitas un lugar donde poder pensar y respirar.

—Gracias… —dijo Simone con la voz quebrada—No sé qué haría sin vosotros.

Gordon le apretó suave la mano, un gesto sincero y sin dramatismos.

—Para eso estamos—susurró—Dedica el día de hoy solo a descansar, mañana verás todo con más claridad.

Simone asintió sintiéndose muy agotada sintiendo por primera vez desde que todo había estallado que no estaba completamente sola.

—Si hablas con Jörg dile que me quedaré con vosotros mientras busco una nueva casa —pidió con voz cansada—Y que firmaré los papeles del divorcio en cuanto pueda, quiero terminar con esto cuanto antes.

Gordon asintió sin discutir, sabía que no era momento para contradecirla.

Una vez hecha su última petición, Simone dejó que Eleonore la guiara hacia la que iba a ser su habitación a partir de esos momentos siendo observada por Gordon, caminando con paso rígido intentando mantener la dignidad incluso cuando estaba derrotada.

Cuando desaparecieron en el interior de la casa, Gordon se quedó a solas en el porche dejando que el silencio lo envolviera. Ocupó su asiento de nuevo dejando escapar un suspiro largo casi de alivio, no porque quisiera librarse de Simone sino porque por fin había soltado parte del peso que llevaba tiempo soportando. Simone podía ser una mujer difícil, orgullosa e impulsiva, pero también era alguien que estaba sufriendo más de lo que jamás admitiría y él lo sabía.

Se pasó una mano por la cara, como si quisiera despejarse.

Simone no era mala persona, solo estaba herida.

Y cuando Simone Kaulitz estaba herida se convertía en una tormenta que arrasaba con todo lo que tenía cerca, pero incluso así Gordon no podía evitar sentir compasión por ella. Había perdido a su marido, su estabilidad y a su hijo, y en esos momentos se enfrentaba a un futuro que no había elegido.

Él solo quería ayudar, ayudarla a recomponerse y a no destruir lo poco que aún podía salvar.

En esos momentos escuchó pasos suaves, Eleonore regresaba para avisarle de que Simone ya estaba instalada y Gordon se puso en pie respirando profundamente preparándose para lo que vendría a continuación.

Porque eso no era el final, era apenas el comienzo de un proceso largo, doloroso y necesario.

Continúa… 

Gracias por la visita. No te vayas sin comentar 🙂

por lyra

Escritora del Fandom

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