Incomplete 12

Incomplete 12

Fic TOLL de lyra

Capítulo 12

Siguió observando a los recién llegados como si fueran parte de una película que no podía dejar de mirar. Observó como aparcaban los coches y salían de ellos luciendo sus mejores galas para abrazarse y besarse como si hubieran pasado años desde la última vez que se vieron. La energía que traían era distinta, vibrante y casi arrogante. Porque sabían que ellos sí que pertenecían a ese mundo.

Dejando a un lado los saludos les vio echar a andar directamente a la puerta del club. Alexander caminaba con Bill agarrado de su mano pero se paró de golpe y como si hubiera presentido que él estaba ahí también se volvió de repente fulminándolo con la mirada. Y no fue el único, Bill imitó su gesto y al verle no pudo evitar arrugar la frente como si no supiera cómo reaccionar.

—Alexander, por favor, no empieces—suplicó Bill, con voz tensa.

Pero Alexander parecía no haberle escuchado, se soltó de su mano y echó a caminar directamente hacia Tom con paso firme y mirada desafiante.

Bill preocupado lanzó una silenciosa mirada a Georg que captó el mensaje al instante. Sin decir palabra se puso en marcha tras Alexander seguido de Gustav y Natalie. Bill se quedó atrás junto a Louise que le rodeó los hombros con un brazo en un gesto de consuelo.

No podía apartar los ojos de Tom.

Como si pudiera detener lo inevitable con la fuerza de su mirada.

Tom se mantuvo firme con el cigarro aún encendido entre los dedos y el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. No sabía qué iba a decir o hacer Alexander, pero sí sabía que no sería nada bueno.

Detrás de él Georg se movía con rapidez como si fuera su sombra sabiendo que debía estar cerca por si las cosas se salían de control. En cambio Gustav y Natalie parecían disfrutar del momento como si supieran que algo estaba a punto de estallar y no se lo quisieran perder por nada en el mundo.

—¿Qué demonios haces aquí?—escupió Alexander en cuanto estuvo a menos de un metro de Tom.

Tom no respondió de inmediato. Lo miró con calma intentando no dejarse arrastrar por la provocación. Sabía que Alexander buscaba una reacción, algo que pudiera usar en su contra.

—Estoy esperando, como todos—respondió finalmente con naturalidad.

—¿Esperando?—repitió Alexander con una ceja alzada.

¿Esperando qué, exactamente?

¿Qué Bill le mirase otra vez como si fuera especial?

—Vamos Alexander, no es el momento ni el lugar—intervino Georg interponiéndose entre ambos.

Alexander lo fulminó con la mirada pero no se movió de donde estaba. Gustav y Natalie se colocaron a su lado formando una barrera silenciosa. Bill observaba la escena desde la distancia con los labios apretados mientras Louise le susurraba algo al oído que Tom no alcanzó a escuchar.

Tom dio una última calada al cigarro y lo apagó contra la valla metálica.

—No tengo intención de discutir contigo—dijo mirando a Alexander fijamente—Así que si quieres seguir con tu espectáculo, hazlo sin mí.

Alexander sentía la sangre hervir en las venas, apretó los puños dispuesto a lanzarse contra Tom sin pensarlo. Pero entonces recordó las palabras del padre de Bill. No iba a tolerar ningún escándalos más y pelearse de nuevo con él sería la gota que colmaría un vaso que estaba ya a punto de rebosar.

Contuvo el impulso. Inspiró hondo obligándose a calmarse. Cuando volvió a hablar su voz sonaba más serena aunque la tensión seguía flotando en el ambiente.

—No tienes por qué esperar haciendo cola, entra con nosotros—le invitó para sorpresa de todos.

Tom se quedó inmóvil, procesando las palabras que acababa de escuchar.

¿Alexander acababa de invitarle a entrar con ellos?

No era solo inesperado, era desconcertante. La mirada desafiante de hacía segundos se había transformado en una calma tensa, casi diplomática. Pero Tom sabía que detrás de esa invitación había algo más.

No era cortesía.

Era estrategia.

Otro más de sus juegos.

Cansado de esperar Bill decidió acercarse seguido de Louise, llegando a tiempo para escuchar la sorprendente invitación de Alexander.

— ¿Estás de coña, no?—intervino Natalie, incrédula, con los ojos clavados en Alexander.

—Gustav, haz el favor de decirle a tu novia que se calle—siseó con frialdad Alexander.

Gustav se puso tenso pero no dijo nada. Natalie se lo quedó mirando esperando que la defendiera poniendo a Alexander en su sitio. Pero Gustav solo bajó la mirada, atrapado entre la lealtad y el miedo.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Bill sin poder reprimirse más tiempo.

Cogió del brazo a Alexander quien no se movió de su sitio con la mirada clavada en Tom esperando aún su respuesta.

—Solo estoy siendo generoso—respondió con tono neutro—No tiene sentido que se quede fuera esperando. ¿Cuánto tiempo llevas, una hora?

Tom dudó. Podía aceptar la invitación y entrar sin tener esperar aunque eso significaba compartir espacio con Alexander, con Bill y con todo lo que estaba intentando evitar. Sin embargo rechazarla podría interpretarse como una provocación.

Como si no supiera jugar en su terreno.

—Gracias—dijo finalmente con voz firme—Pero prefiero esperar con mis amigos.

Alexander alzó una ceja sorprendido por su respuesta. Durante un segundo pareció estudiar a Tom como si no encajara en el guion que se había imaginado. Entonces su expresión cambió, una amplia sonrisa iluminó su rostro demasiado perfecta para ser sincera.

—Pues que se vengan—les invitó también Alexander.

La invitación cayó como un trueno entre los presentes. No era solo inesperada, era desconcertante. Nadie entendía del todo por qué lo hacía. Pero Alexander como siempre parecía disfrutar del desconcierto que provocaba.

— ¿Vas a invitar a toda la puta cola?—intervino de nuevo Natalie con sarcasmo.

—Invito a quien me da la gana—contestó Alexander con frialdad—Y si quiera lo haría y ni tú ni nadie me lo podría impedir.

—Paso de tus borderías, Alexander—replicó Natalie, lanzando una mirada de reojo a Gustav—Yo he venido a divertirme, no a pasarme toda la noche en el maldito parking esperando que Tom se decida. Me voy al club quien quiera venir que me siga.

No era una sugerencia, era una orden disfrazada y Gustav lo sabía. Si no la seguía la explosión sería inevitable y acabaría teniendo que llevársela a casa cuando la noche siquiera había empezado. Así que se apresuró a ir tras ella resignado dejando atrás el campo de tensión que Alexander había sembrado.

Georg no se movió de su sitio firme como un muro entre Tom y Alexander, preparado para intervenir si la situación se desbordaba. Louise permanecía junto a Bill, quien observaba a Tom con una mezcla de inquietud y esperanza contenida.

—¿Y bien?—preguntó Alexander con impaciencia.

Tom lo miró sin inmutarse aún pensando qué hacer. ¿Volver a hacer cola? ¿O entrar en el club de una vez?

—Tengo que consultarlo con mis amigos—contestó Tom con calma—Lo que ellos quieran hacer.

—Tienes cinco minutos —dijo Alexander con firmeza—Te esperamos en la puerta. Si pasado ese tiempo no has venido, tú y tus amigos os quedáis fuera.

Dicho eso Alexander se dio media vuelta y echó a andar hacia la puerta del club sin perder el aire de superioridad que lo envolvía. Por el camino extendió la mano y agarró la de Bill tirando de él con firmeza. A Bill no le quedó más remedio que dejarse llevar con resignación, no quería negarse y desatar otra discusión donde Tom llevaría todas las de perder.

Georg fue tras ellos manteniéndose como siempre en alerta para poder amortiguar cualquier estallido de Alexander. Louise lo siguió en silencio, lanzando una última mirada a Tom antes de desaparecer entre las luces del club.

Tom se quedó quieto observando cómo se alejaban. El gesto de Alexander no le había pasado desapercibido, esa forma de llevarse a rastras a Bill tratándolo como si fuera suyo o no tuviera voluntad propia ya lo había hecho antes en los vestuarios del lago, cuando fue a pedirle perdón. Y ya entonces le había parecido repugnante. Alexander trataba a Bill como si fuera un perro, solo le faltaba ponerle un collar y una correa.

Con el ceño fruncido y el corazón latiendo con fuerza, Tom regresó a la cola donde sus amigos esperaban ajenos a todo lo ocurrido.

&

No tardó en dar con ellos. Seguían justo donde los había dejado minutos atrás, como si el tiempo se hubiera detenido. La cola apenas se había movido y sus rostros lo decían todo. Estaban agotados, se mostraban impacientes y resignados, sobre todo después de un día largo de trabajo sabiendo que el siguiente será igual o peor.

Tom los observó unos segundos antes de acercarse. Sabía que la invitación de Alexander, por más envenenada que fuera, caería como un regalo entre ellos. Estaba casi seguro de que todos aceptaban sin dudarlo.

—Aquí seguimos—dijo Víctor suspirando al verle.

—Alexander nos ha invitado a entrar con ellos —soltó Tom sin rodeos.

Todos se le quedaron mirando en silencio como si acabara de hablar en otro idioma

—Sí, claro… y los cerdos vuelan —murmuró Víctor soltando una risa escéptica.

—Es en serio—insistió Tom con firmeza.

—¿Y qué le has dicho? —preguntó Melissa arqueando una ceja.

—Le habrá dicho que se meta la maldita invitación donde le quepa—saltó Andreas, incapaz de contenerse.

—Le dije que tenía que antes tenía que hablarlo con vosotros—aclaró Tom con paciencia sin dejarse arrastrar por el sarcasmo.

—¿Pero en serio que nos ha invitado a todos?—preguntó Víctor frunciendo el ceño.

—Al principio solo a mí—explicó Tom—.Quería hacerse el generoso, pero le dejé claro que o entrábamos todos o no lo hacía nadie.

—Pues eso. Nadie—replicó Andreas cruzado de brazos en su firme en su negativa.

Melissa se balanceó sobre sus tacones visiblemente incómoda.

—La cola no tiene pinta de avanzar y no pienso pasarme otra hora de pie con estos tacones—intervino Melissa—Mañana madrugo, y si Alexander ha decidido ser amable por una vez en su vida, yo me apunto.

—Yo también—añadió Víctor sin pensarlo demasiado.

Andreas miró a sus amigos como si no entendiera en qué momento habían cambiado de bando.

—¿No os dais cuenta de que os está comprando?—soltó procurando no gritar.

—Está claro que Alexander no hace nada sin esperar algo a cambio—empezó a decir Tom—Es un cretino, pero por esta vez yo voy a hacer una excepción. ¿Te vienes o te quedas?

Andreas se quedó mirándolo como si no lo reconociera. ¿Tom, el que siempre había mantenido la distancia, cediendo ante Alexander? Pero claro… Bill entraba en el pack. Y eso lo cambiaba todo. Tom no estaba cediendo por Alexander, no era debilidad ni rendición.

Era deseo.

La esperanza de volver a cruzarse con Bill.

De compartir un momento, una mirada, quizás incluso un baile.

No era por el club, ni por la comodidad de evitar la cola.

Era única y exclusivamente por él.

Y aunque Andreas no lo compartiera, sí lo entendía. Porque había visto cómo Tom lo miraba, cómo se le tensaban los hombros cada vez que Bill aparecía. Cómo se le iluminaban los ojos con solo escuchar su nombre.

No era sumisión.

Era amor, o algo que se le parecía mucho.

Lo mismo que le ocurría a él cada vez que Tom estaba cerca y simplemente le dirigía una mirada. Ese tipo de atención que no necesitaba palabras, que bastaba para encenderle el pecho y apagarle la razón. Y aunque por dentro se estaba consumiendo, devorado por los celos y la impotencia, Andreas sabía que no podía hacer nada.

Había perdido a Tom.

No por falta de intentos, ni por falta de sentimientos, sino porque Bill se había cruzado en su camino y se lo había arrebatado en un chasquido.

Y eso dolía.

Dolía más de lo que estaba dispuesto a admitir porque no era solo perder a alguien.

Era ver cómo se iba y se entregaba a otro, y tener que fingir que no pasaba nada.

Por eso cedió, bajó la mirada tragándose el orgullo y asintió con la cabeza para alegría de sus amigos que no perdieron el tiempo en salir de la cola y echar a andar con firmeza hacia la entrada del Sisyphos.

&

Alexander paseaba de un lado a otro como un león enjaulado con la mirada fija en la entrada del club. Con cada paso que daba parecía que su impaciencia iba creciendo más y más. Bill aguardaba a un lado junto a Louise, mientras que Georg parecía su silenciosa sombra todo el tiempo pegado a sus talones.

Y eso le sacaba de quicio.

—Georg, coge a Louise y entrad de una vez en el club—ordenó Alexander con firmeza, sin molestarse en disimular su fastidio.

—No nos importa esperar con vosotros—dijo Georg como si no hubiera escuchado la orden.

Pero sí la había escuchado y había decidido ignorarla. No pensaba dejarle a solas con Tom. Bill se lo había suplicado con su silenciosa mirada y Georg no pensaba fallarle.

—No necesito un maldito niñero, ya sé comportarme—gruñó Alexander aunque ni a él parecía convencerle sus propias palabras.

Georg no respondió. Se limitó a cruzarse de brazos y quedarse allí esperando firme como una estatua silenciosa. No pensaba apartarse de su lado mientras Tom estuviera cerca.

No mientras Bill lo necesitara.

Por suerte, no tuvieron que esperar mucho más. Tom apareció en ese preciso instante, seguido por sus amigos, todos camareros del club del lago. Alexander los vio acercarse y conteniendo el aliento forzó una de sus muchas y falsas sonrisas.

—Y aún te ha sobrado un minuto—soltó, incapaz de resistirse a la ironía.

Tom prefirió no responder. Sabía que cualquier palabra podía hacer que Alexander estallara y le hiciera cambiar de idea. Y era capaz de hacer que les prohibieran para siempre la entrada al Sisyphos.

El silencio fue su escudo pero también una decepción para Alexander que esperaba una chispa que encendiera el fuego medio apagado.

—Entremos de una vez —murmuró Alexander volviéndose hacia la puerta.

Allí les esperaba el portero, un tipo corpulento que parecía un armario empotrado vigilando el acceso con mirada imperturbable. Alexander lo conocía bien y no hizo falta decir nada, al verlo acercarse el portero se hizo a un lado permitiéndoles el paso con un gesto serio recorriéndole la cara.

—Hoy tenemos invitados, Saki—informó Alexander, señalando con un leve movimiento de cabeza a sus nuevos «amigos».

Saki asintió sin decir palabra, y el grupo entero cruzó la puerta sin ningún problema. Alexander fue el primero en entrar de nuevo con la mano de Bill firmemente entrelazada con la suya. Georg siguió tras ellos escoltando a Louise con discreta atención. Y detrás, el resto del grupo capitaneados por Tom que cruzó el umbral con el corazón latiéndole con fuerza, sabiendo que esa noche no había hecho más que empezar.

Una vez dentro del local, Alexander volvió a sorprenderlos. Con un gesto elegante, los invitó a subir a la primera planta donde se encontraban los reservados exclusivos para clientes VIP. Nadie dudó en aceptar, sabían que desde allí podrían disfrutar de la fiesta con mayor comodidad lejos del bullicio de la planta baja, con un servicio más atento por no hablar de los inmaculados baños.

De nuevo Alexander abrió paso como si fuera su casa y se la estuviera enseñando a sus invitados. Subió las escaleras con paso seguro seguido por los demás y los condujo hasta su reservado habitual, donde Gustav y Natalie ya los esperaban relajados con una copa de champán en sus manos.

Entonces pasó una chica por su lado y Alexander se puso tenso al momento, como si su cuerpo reaccionara antes que su mente. Era Anouk, una de las mejores camarera del Sisyphos. La chica que sin proponérselo lo desarmaba cada vez que aparecía.

Estaba enamorado de ella en secreto, aunque lo suyo no tenía nada de sutil. Se le había insinuado más de una vez con esa arrogancia suya que usaba como escudo pero Anouk siempre se lo había dejado bien claro. Ella no salía con niñatos y mucho menos cuando ya tenían pareja.

Y eso lo enfurecía.

Porque cuanto más lo rechazaba, más atraía por ella se sentía.

Le fascinaba esa forma suya de hablarle con voz firme y mirada afilada, como si pudiera leerle el alma y no le gustara lo que veía. Alexander sabía que no tenía ninguna oportunidad, pero aun así no podía apartar los ojos de ella.

Era como una herida que no quería cerrar.

—Dos botellas más, por favor Anouk—pidió Alexander en voz alta—Y trae también más copas, esta noche somos más.

Anouk se volvió esbozando una sonrisa a ver cuántos eran y calcular así las copas que tenía que traer. Entonces vio a Víctor con sus amigos en la zona vip como si ese fuera su lugar natural.

—¿Qué haces aquí arriba con tus amigos? —preguntó sin molestarse en disimular su enfado.

Antes de que Víctor pudiera responder Alexander ya se había adelantado con su tono habitual de superioridad.

—Tranquila, Anouk. Yo los he invitado —dijo con firmeza, como si eso bastara para justificarlo todo.

Anouk lo miró con desdén sin molestarse en responderle. Sus ojos volvieron a clavarse en Víctor, que bajó la mirada por un instante sintiéndose incómodo. No necesitaba que le dijera nada más, Víctor sabía exactamente lo que pensaba.

Ya hablarían en casa, ese no era el momento ni el lugar. Le dejaría claro que no quería que le causara problemas en su trabajo, ni que él y sus amigos se comportaran como si el club fuera su patio de recreo.

La conversación pendiente flotaba entre ellos como una promesa incómoda. Y Víctor sintió esa presión silenciosa que su hermana ejercía sin necesidad de levantar la voz. Porque con Anouk, el verdadero castigo no era el grito.

Era el silencio que venía después.

Anouk dio media vuelta y desapareció entre la multitud para cumplir el encargo.

—Tomad asiento —invitó Alexander con ese tono que mezclaba cortesía y dominio.

Cada reservado contaba con un largo sofá tapizado en terciopelo oscuro lo suficientemente amplio como para que todos se acomodaran. La mayoría ya se había sentado, pero Tom y los demás permanecían de pie pues sus planes no eran quedarse a tomar algo con Alexander sino perderse en la pista de baile.

Aun así, no pudieron rechazar la nueva invitación ni el champán que ya había pedido.

Melissa fue la primera en ceder, sentándose al lado de Louise pues era donde había sitio. Tiró discretamente del bajo de su vestido con cuidado de no enseñar más de lo debido y cruzó sus largas piernas con elegancia notando que el baboso de Gustav no podía evitar apartar de ellas la mirada.

Víctor fue el siguiente en moverse dejándose caer a su lado con un suspiro que parecía arrastrar más que solo cansancio. Se recostó contra el respaldo del sofá, dejando que su cuerpo se hundiera en la comodidad del terciopelo mientras una amplia sonrisa se dibujaba en sus labios. Por un momento logró apartar de su mente el malestar que Anouk le había provocado.

Andreas permaneció de pie negando con la cabeza y con los brazos cruzados, como si sentarse fuera una forma de rendirse.

Tom se sentó al borde sin apoyar del todo la espalda, como si estuviera listo para levantarse en cualquier momento. Sus ojos buscaban sin querer a Bill, que conversaba en voz baja con Louise. No era una conversación íntima, pero tampoco casual. Había algo en la forma en que Bill se inclinaba hacia ella, en cómo sus dedos jugaban con uno de los anillos que en ellos llevaba que le hacía pensar que estaba intentando distraerse. O protegerse.

Mientras esperaban que volviera Anouk con el champán Alexander se puso en pie moviéndose por el reservado como un anfitrión en su propio reino saludando con gestos sutiles a los otros clientes vips que pasaba cerca. Pero su atención, aunque disimulada, volvía una y otra vez hacia Tom. Como si estuviera esperando una reacción por parte suya, su siguiente movimiento.

La música subía de volumen y las luces cambiaban de color, bañando el reservado en tonos dorados y violetas. Era fácil dejarse llevar y fingir que todo estaba bien. Que esa noche podía ser solo eso, una noche más.

Pero ninguno de ellos lo creía del todo.

—No tengo sitio—protestó de repente Natalie—Normal, si invitas a medio club a nuestro reservado.

Se removió incómoda en el asiento mientras lanzaba una mirada de reproche a Alexander.

—Qué tragedia—siseó Alexander devolviéndole la mirada— ¿Y cómo has sobrevivido hasta ahora, Natalie? Si quieres, puedo pedirle a Anouk que te traiga un trono aunque me temo que los de reina están todos ocupados esta noche.

—¿Y crees que Anouk te va a hacer caso esta vez?—soltó Natalie incapaz de contenerse.

No estaba ciega, había visto como Alexander se quedaba mirando babeando cada vez que Anouk pasaba cerca, disfrutando en silencio cada vez que ella lo ignoraba o le daba calabazas.

Era una forma de recibir una dosis de su propia medicina. Que sintiera en carne propia lo que ella sentía cada vez que veía a Bill y Alexander se encargaba de recordarle con cada beso que le daba en toda su cara que se lo había quitado y era solo suyo.

Que sus sentimientos no le importaban.

Alexander no decía nada, solo dirigiendo una mirada a Natalie cargada de veneno. No había ironía esta vez, ni sonrisa arrogante.

Solo odio.

Puro y concentrado.

Natalie sintió el golpe como si le hubieran arrancado el aire. Porque Alexander no necesitaba gritar para herir, le bastaba con mirar como si quisiera borrarte del mapa.

Durante un segundo, nadie se movió. El silencio se volvió incómodo, casi insoportable. Gustav bajó la vista, fingiendo estudiar su copa y Bill se puso tenso, como si esa mirada de Alexander pudiera volverse contra cualquiera en cualquier momento.

Entonces Alexander se giró dándoles a todos la espalda sin decir una palabra, y siguió caminando por el reservado con toda su calma.

Como si Natalie no existiera.

Para alivio de todos, Anouk apareció con el champán. A su lado, otra camarera llevaba las copas que dejó con precisión sobre la mesa del reservado. Anouk se dispuso a abrir una de las botellas sin perder la sonrisa.

—Déjalo, no te vayas a hacer daño—intervino Alexander tomando con suavidad la botella de sus manos.

Ese gesto aparentemente cortés no pasó desapercibido por Natalie, que había permanecido en silencio hasta entonces. Se recompuso del golpe sutil que Alexander le había propinado segundos antes y recuperó su habitual tono irónico.

—Eso, no vaya a ser que te rompas una de tus preciosas uñas—soltó incapaz de mantenerse callada.

Alexander decidió ignorar por completo a Natalie, no se mereciera que le contestara. Con movimientos precisos abrió la botella como quien está acostumbrado a abrir una todos los días. El corcho salió con un leve suspiro y devolvió la botella a Anouk con un gesto seco pero impecable.

—Sirve las copas, por favor—pidió en voz baja.

Anouk asintió y comenzó a repartir el champán mientras que Alexander cogía la segunda botella y la abrió con la misma calma estudiada.

—Yo no quiero más—dijo Natalie con firmeza apartando su copa justo cuando vio que Anouk se disponía a rellenarla.

Pero Anouk ya había inclinado la botella y al retirar la copa con brusquedad el champán se derramó sobre la falda de Natalie que precisamente estrenaba esa noche.

— ¡Lo siento!—se disculpó avergonzada Anouk al momento.

Todos se pusieron en pie sin poderse contener viendo el desastre que sin querer se había formado.

—¿Sabes lo que cuesta esta falda, estúpida?—gritó Natalie muy indignada pasándose las manos por la falda.

Víctor dio un paso adelante dispuesto a intervenir pero una sola mirada de su hermana lo detuvo en seco. No era el momento, y ella no necesitaba que la defendieran.

—Ha sido un accidente—intervino Alexander saliendo en su defensa de Anouk.

Pero Natalie no estaba dispuesta a dejarlo pasar.

—¿Cómo el que tú tuviste esta tarde con Tom?—soltó al momento.

Se volvió para mirar a Anouk con los ojos encendidos de rabia cogiendo la servilleta de papel que Gustav le tendía para que tratara de limpiarse.

—Pues este accidente te va a costar todo tu sueldo de este mes—murmuró fulminándola con la mirada.

—Yo te la pago—dijo Alexander sacando el móvil—Dime cuánto es y te hago una transferencia ahora mismo.

— ¡No quiero tu maldito dinero!—estalló a gritos Natalie fuera de si—Lo que deberías hacer es usar ese dinero del que tanto presumes y pagarle a Tom para que se mantenga bien lejos de Bill. Estás tan cegado por Anouk que ni siquiera ves lo que ocurre justo delante de tus narices.

—Bueno, ya está bien—intervino Louise con firmeza tomando del codo a Natalie—Vamos al baño a tratar de limpiarte la falda.

Natalie se soltó de su agarre y se le quedó mirando por un instante respirando con dificultad. Parecía debatirse entre seguir gritando o aceptar el gesto de Louise como una tregua momentánea. Sus manos temblaban ligeramente aún manchadas de champán y sus ojos brillaban con una mezcla de rabia y humillación.

—Puedo sola, gracias —murmuró al fin volviéndose con brusquedad.

Pero Louise no se quedó atrás y fue tras ella en silencio para tratar de calmarla. Sabía que aquello no tenía nada que ver con una falda arruinada pero había sido el detonante que había hecho estallar a Natalie, todo el dolor que llevaba acumulando desde hacía meses.

La siguió por el reservado como quien sigue a una amiga al borde del abismo sin intención de dejarla caer. Porque Louise conocía ese tono en su voz, esa forma de apretar los labios y fingir que todo estaba bajo control.

Sabía que lo que Natalie necesitaba en esos momentos no era ayuda para limpiar una prenda, sino alguien que no la dejara sola en medio de ese naufragio emocional que tanto la ahogaba.

Continúa… 

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por lyra

Escritora del Fandom

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