Incomplete 13

Incomplete 13

Fic TOLL de lyra

Capítulo 13

Todos permanecían de pie tras la abrupta salida de Louise y Natalie. El ambiente había cambiado, la música seguía sonando pero nadie parecía tener ganas de seguir con la fiesta. Pero Alexander no estaba dispuesto a permitir que la noche se desmoronara.

—Anouk, no te preocupes por nada —dijo con firmeza—Vuelve al trabajo. Si tienes algún problema, hablaré con Saki.

Anouk asintió en silencio. Antes de volverse cruzó una mirada rápida con Víctor, una mezcla de incomodidad y resignación, y luego se dirigió de nuevo a la barra.

—Será mejor que nos vayamos —dijo Melissa rompiendo el silencio con voz suave pero decidida.

—¿Por qué? Apenas habéis probado el champán —replicó Alexander.

—Porque este no es nuestro lugar —murmuró Andreas sin mirar a nadie en particular.

—¡Chorradas! —exclamó Alexander alzando la voz—Sentaos, tomad un poco de champán y disfrutad de la música.

—Alexander, se sienten incómodos—intervino Georg con calma—Déjalos ir.

Alexander se quedó quieto unos segundos, como si evaluara si valía la pena insistir. Finalmente, se dejó caer en el sofá, tomó su copa y la vació de un solo trago. Sus amigos lo imitaron, ocupando de nuevo sus sitios, aunque el entusiasmo se había evaporado.

—Gracias por la invitación—dijo Melissa, con tono cortés pero distante.

—Estaremos abajo en la pista de baile, por si os queréis unir —añadió Víctor intentando suavizar la despedida.

—Gracias, lo pensaremos—respondió Georg en nombre de sus amigos.

Alexander los observó mientras se daban media vuelta y salían del reservado VIP. Bajaron por las escaleras hacia la primera planta donde la música era más cálida, menos pretenciosa y donde, al menos por un rato, podían sentirse ellos mismos.

&

Nada más poner un pie en la pista de baile Melissa se llevó las manos al pelo y se lo soltó suspirando, como si el simple acto de bajar las escaleras hubiera aligerado el peso que llevaba sintiendo toda esa noche.

Se hicieron hueco entre la gente que abarrotaba la pista y buscaron un rincón donde poder acomodarse aunque tuvieran que estar de pie al carecer de los cómodos sofás de los reservados vips.

Allí no había jerarquías ni tensiones. Solo cuerpos que se dejaban llevar por el ritmo.

—Mucho mejor—murmuró Andreas sonriendo con satisfacción.

— ¿Alguien quiere tomar algo?—preguntó Víctor.

—Agua—apuntó al momento Melissa.

—Una cerveza—pidió Tom.

—Yo necesito algo más fuerte, te acompaño—dijo Andreas.

Víctor asintió con una sonrisa y se abrió paso entre la gente hacia la barra, seguido por Andreas. La música envolvía el ambiente como una manta cálida, y por primera vez en la noche, el grupo se sentía libre de las miradas inquisitivas y las tensiones del reservado.

Fueron a la barra y Andreas se pidió un whisky con hielo, algo con fuerza mientras Víctor pedía dos cervezas y el agua. El camarero los atendió rápido, sin preguntas ni juicios. Allí nadie necesitaba explicarse.

—¿Crees que bajarán?—preguntó Andreas refiriéndose al grupo del reservado.

—No lo sé—contestó Víctor se encogiéndose de hombros—Pero si lo hacen, tendrán que dejar el ego allí arriba.

Andreas soltó una risa breve y seca, y alzó su vaso.

—Por las fiestas que sí valen la pena—gritó mirando a su amigo.

Víctor chocó su botella de cerveza con el vaso de Andreas y juntos regresaron donde habían dejado a sus amigos viendo que Melissa ya comenzaba a moverse al ritmo de la música con una sonrisa que no había mostrado en toda la noche.

Repartieron las bebidas y ellos también empezaron a bailar. Melissa cerró los ojos dejándose llevar por la música. Andreas bailaba cerca de ella con una energía contagiosa. Víctor marcaba el ritmo con los pies, mientras que Tom al ser aún nuevo se movía con discreción, observando a su alrededor con una media sonrisa.

Nadie parecía acordarse de lo que se habían quedado en el piso de arriba, aburridos como muermos sentados en su cómodo sofá sin bailar desatados como ellos, sumergidos en un mar de personas y oliendo a tabaco y sudor. Solo había buena música, y una noche que por fin empezaban a sentir como suya.

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Arriba en el reservado el ambiente se había vuelto denso, casi fúnebre. Nadie hablaba y a su alrededor la gente iba cada uno a lo suyo como si ellos fueran invisibles.

Alexander se reclinó en el sofá con la copa vacía aún entre los dedos, como si se aferrara a ella para no admitir lo evidente.

Había perdido.

Otra vez.

Y lo peor no era el silencio, sino el eco de las palabras de Natalie que lo había humillado delante de Tom como si fuera idiota al no saber disimular lo que sentía por Anouk.

A su lado, Bill permanecía inmóvil y tenso. No había dicho una sola palabra desde el incidente. Alexander no sabía si estaba enfadado o simplemente indiferente. En cualquier caso, el silencio dolía.

Gustav esperaba el regreso de Natalie rezando para que se hubiera calmado lo suficiente para dejar de dar el espectáculo.

Georg esperaba también el regreso Louise pero no tan nervioso como su amigo.

Alexander rompió el silencio con un suspiro largo casi teatral. Se sirvió otra copa con movimientos lentos, como si el ritual le devolviera algo de control.

— ¿Alguien quiere otra copa?—preguntó al aire.

Pero nadie contestó.

Ni siquiera lo miraron.

El reservado, antes símbolo de poder y exclusividad, se había convertido en una sala de espera emocional.

Y él lo sabía, la fiesta había seguido abajo sin ellos.

&

Mientras, dentro del baño de mujeres Natalie había entrado haciendo resonar sus altos tacones tras empujar con fuerza la puerta. Louise iba en silencio tras ella cerrando con suavidad la puerta.

Natalie se colocó frente al espejo observando la mancha de champán que se extendía por su falda como una burla. Su reflejo le devolvía una imagen que no quería ver, con los ojos brillantes, la mandíbula tensa y su orgullo herido.

—No hacía falta que vinieras —siseó sin mirar a Louise.

Louise se acercó despacio, cogió unas toallitas de papel que había en el baño y las dejó sobre el lavabo.

—No vine a ayudarte con la falda—murmuró Louise con calma— Vine porque no quería que estuvieras sola.

Natalie apretó los labios. Quería responder con sarcasmo marcando la distancia pero no le salía. El nudo en la garganta era más fuerte que cualquier frase ingeniosa.

— ¿Viste cómo me miró y habló Alexander?—estalló sin poderse contener—Y Gustav… ni siquiera se inmutó. No sé qué demonios hago con él si es un cobarde, me insultan en su presencia y se queda callado el muy cabrón. Soy su novia joder, ni en sueños habría imaginado tener alguien a su lado como yo y él me trata como si fuera una cualquiera…

Louise la dejaba hablar, sabía que necesita desahogarse y sacar fuera de una vez toda esa rabia que la estaba consumiendo por dentro.

—Soy idiota—siguió diciendo Natalie—Debería ir fuera y cruzarle la cara a Alexander por hablarme así, y también a Gustav por ser tan cobarde.

— ¿Piensas pelearte con todo el club?—preguntó Louise con una mezcla de ironía y preocupación.

—Solo con cualquiera que no me trate como me merezco—siseó Natalie con una fría mirada—Regresa al lado de Georg, tu perfecto novio. Aquí no estás haciendo nada, solo consigues darme dolor de cabeza.

Louise se la quedó observando unos segundos más en silencio sin moverse. Quería decirle que estaba equivocada, que no estaba sola y que no era idiota. Pero también sabía que Natalie no quería escuchar. No en esos momentos. Así que se volvió lentamente dejando la puerta entreabierta por si Natalie cambiaba de idea.

Y dentro del baño, bajo la luz blanca y el silencio tenso, Natalie se quedó sola. Con su reflejo y su rabia.

Y con la certeza de que algo tenía que cambiar de inmediato.

&

Natalie se quedó a solas apoyada en el lavabo con la mirada perdida en el espejo. La mancha en su falda ya no importaba. Lo que dolía era el silencio de Gustav y la humillación de Alexander.

Lo sola que sentía incluso estando rodeada de gente.

La puerta del baño se abrió con suavidad y Anouk entró con lentitud como si temiera interrumpir algo. Al ver que Natalie estaba sola se la quedó observando.

—¿Estás bien?—preguntó en voz baja.

—¿Tengo pinta de estar bien?—soltó Natalie con amargura.

Anouk se le acercó todo lo que pudo sin que su presencia fuera más molesta. Se apoyó en el lavabo junto a ella, dejando que el silencio hablara por ambas.

—Siento mucho lo del champán—se disculpó de nuevo—No fue mi intención.

Natalie la miró de reojo. Sus ojos ya no estaban furiosos, solo cansados.

—No estoy así por el maldito champán—confesó sin poderse contener—Es por todo, como me habló Alexander y que mi novio no tuviera los huevos de defenderme. Nunca lo hace, Alexander es cruel conmigo y Gustav lo permite porque le tiene miedo.

Anouk asintió, sin intentar justificar nada. Solo estaba escuchándola sin juzgarla. Y eso para Natalie era más de lo que había recibido de los demás.

—No deberías dejar que te traten así —dijo Anouk, con una firmeza inesperada.

Natalie la miró, sorprendida por el tono y por la seguridad con la que le hablaba. Por el hecho de que alguien por fin dijera lo que ella necesitaba oír justo en esos momentos.

—¿Y tú qué sabes? —preguntó en un susurro.

—Sé lo que se siente cuando te hacen sentir menos—respondió suspirando Anouk—Y tú no eres menos. No esta noche ni nunca.

El silencio volvió pero esta vez era distinto. No incómodo, sino cargado de algo que no se podía nombrar. Natalie bajó la mirada, y Anouk dio un paso más cerca de ella.

—No tienes que volver ahí fuera si no quieres —dijo—Podemos quedarnos aquí las dos y montarnos nuestra propia fiesta.

Natalie levantó la vista. Sus ojos se encontraron y en ese cruce sin palabras ni promesas, Anouk se inclinó y la besó en los labios. Fue un beso suave y contenido, pero lleno de todo lo que no se había dicho.

Un gesto que no pedía nada, solo ofrecía.

Natalie no se apartó.

Cerró los ojos y por primera vez en toda la noche, dejó de sentirse sola.

Anouk se apartó apenas unos centímetros tras el beso, lo justo para mirarla sin invadirla.

—Siento mucho si he hecho algo mal—dijo en un susurro—Lo último que quisiera es confundirte.

Natalie abrió los ojos lentamente. No parecía confundida sino sorprendida. Como si algo dentro de ella hubiera encontrado un lugar donde encajar.

—Ha sido justo lo que necesitaba—respondió en voz baja.

Se apoyó en el lavabo aún procesando lo que acababa de ocurrir. Su rabia seguía ahí, pero se había transformado. Ya no era una llama descontrolada, sino una brasa a punto de extinguirse.

—No quiero volver al reservado—empezó a decir en un susurro—Pero tengo que hacerlo.

Anouk la miró en silencio sin intentar convencerla de lo contrario. Había algo en la forma en que lo decía que no pedía permiso ni consuelo. Era una decisión tomada desde el dolor, no desde el deseo.

—¿Por qué?—quiso saber Anouk.

Natalie se pasó una mano por los labios como si intentara borrar el rastro de todo lo que había sentido en los últimos minutos.

—Porque si no lo hago, ellos ganan—contestó recuperando esa rabia que creía haber dejado atrás—Alexander, Gustav y todos los demás me quieren ver sumisa y rota. Y si me quedo aquí, sólo les estaré dando la razón y no me da la gana.

Anouk la observó en silencio. La chica temblorosa que había encontrado minutos en el baño antes se había desvanecido. Frente a ella estaba de nuevo la Natalie que hablaba con frialdad, la que no pedía permiso y se mantenía erguía incluso cuando todo a su alrededor se derrumbaba.

Y en el fondo, esa era la Natalie que siempre le había gustado y de la que se había enamorado, y la única capaz de sacar de quicio a Alexander que se lo tenía muy creído.

—¿Qué demonios estás mirando?—preguntó Natalie, incómoda por la intensidad de esa mirada.

—Lo preciosa que te pones cuando estás rabiosa —respondió Anouk sin poder contenerse.

Natalie soltó una risa seca, sin dulzura.

—No te confundas, guapa—dijo con ironía—Tú y yo nunca seremos nada.

Y sin esperar respuesta giró sobre sus tacones y salió del baño dejando tras de sí el eco de sus palabras y a Anouk sola con el alma rota dando un sonoro portazo.

Anouk se quedó quieta, como si el aire se hubiera congelado tras el portazo. El sonido de los tacones de Natalie alejándose por el pasillo resonaba como una sentencia. No había gritos, ni lágrimas. Solo ese silencio que dolía más que cualquier palabra.

Se apoyó en el lavabo con las manos temblorosas intentando recomponerse. Pero no había forma de hacerlo. Natalie se había ido con la misma intensidad con la que había entrado, como un huracán que arrasa con todo lo que encuentra a su paso.

Anouk había creído ver una grieta en su coraza, pero se dio cuenta de que esa grieta no era una invitación.

Era una advertencia.

El espejo le devolvía una imagen que no reconocía. No era ya esa camarera segura de sí misma ni la chica que sabía moverse entre miradas y secretos.

Era solo ella.

Con el corazón latiendo demasiado rápido y el alma hecha pedazos.

Anouk cerró los ojos, respiró hondo y salió del baño para regresar a su trabajo sin mirar atrás.

&

De vuelta al reservado Louise ocupó de nuevo su sitio al lado de Georg con una expresión serena, aunque algo distante. Se había cruzado con Anouk por el camino yendo con paso firme en dirección al baño quizás a pedirle perdón a Natalie una vez más. Le deseó suerte con una cálida sonrisa y siguió caminando hacia el reservado.

—¿Y Natalie? —preguntó Gustav alzando la mirada con inquietud.

—Sigue en el baño —respondió Louise en voz baja sin añadir más.

—¿Todavía? —soltó Gustav con una mezcla de impaciencia y desconcierto.

Alexander, que ya había recuperado parte de su arrogancia habitual, se inclinó hacia delante con una sonrisa burlona.

—Se estará meando o algo le habrá sentado mal —dijo entre risas, como si el comentario pudiera aliviar la tensión que aún flotaba en el aire.

Louise lo miró de reojo sin responder, Georg apretó los labios incómodo y Gustav le fulminó con la mirada. Nadie se estaba riendo de su broma.

—¿Se puede saber qué os pasa esta noche?—quiso saber Alexander, intentando recuperar el control de una situación que claramente se le escapaba—Estáis de lo más soso.

—La noche iba bien hasta que tú quisiste hacer de buen samaritano invitando a la plebe—murmuró Gustav con ironía.

—Tom y los demás no tienen la culpa de nada—intervino por primera vez Bill.

— ¡Como no!—estalló Alexander sin poder contenerse—Es nombrar a Tom y sales en su defensa. Por lo menos te ha hecho reaccionar, llevas callado toda la noche que ya pensaba que te había quedado dormido.

—Venga chicos, hemos venido a divertirnos—dijo Georg tratando de poner paz.

—Pues hacedlo, joder—siguió con su enfado Alexander—Esto parece un puto funeral.

El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier respuesta. Nadie se movía ni se reía. El reservado con sus luces tenues y copas intactas parecía más una sala de espera que el epicentro de una fiesta. Y Alexander por más que gritara no lograba resucitar lo que ya estaba muerto.

—Me voy a casa —dijo Alexander, poniéndose en pie con con brusquedad.

—Alex, por favor, no lo hagas —casi le suplicó Georg levantándose él también.

—Deja que se vaya, aquí no pinta nada—apuntó Gustav acomodándose en su asiento.

Alexander se volvió hacia él con los ojos encendidos.

—El que no pinta nada eres tú —espetó—No sabes defender a tu novia de mis ataques. Nunca abres la boca cuando la humillan delante de todos.

El silencio se volvió más denso. Louise bajó la mirada y Georg apretó los labios. Y justo cuando parecía que Alexander iba a marcharse sin más Bill se levantó con calma interrumpiendo la tensión.

—Alexander, vamos a que nos dé un poco el aire —dijo con voz firme pero serena.

Alexander estuvo a punto de negarse a gritos, pero no quería descargar toda su rabia contra Bill y que llegara a oídos de su padre. Había prometido tener un comportamiento ejemplar y tenía que cumplir su promesa aunque le costara hacerlo.

Asintió con un leve movimiento de cabeza y echó a andar seguido por Bill.

El reservado quedó en silencio.

No por falta de palabras, sino porque todas las que importaban ya se habían dicho.

— ¿Me he perdido algo?

Natalie hacía acto de presencia con la falda aún manchada pero el orgullo intacto. Había llegado a tiempo de observar el último estallido de Alexander y como se arrastraba con su ego herido hacia la calle seguido de Bill, su fiel perrito faldero siempre dispuesto a apagar incendios que no había provocado.

La tensión aún flotaba en el aire pero Natalie la respiró profundamente como si de oxígeno se tratara. Ocupó de nuevo su sitio sin pedir permiso, cruzó las piernas con elegancia y dejó que el silencio hiciera su trabajo.

No necesitaba gritar.

Su sola presencia era suficiente para recordarles a todos que no se había roto.

Que había vuelto y no pensaba quedarse nunca más callada.

—¿Te encuentras mejor?—preguntó Louise con tono suave al ver a Natalie acomodarse en el sofá como si nada hubiera pasado.

—¿No se me nota en la cara? —replicó Natalie arqueando una ceja sonriendo.

Gustav, intentando recuperar terreno, se inclinó hacia ella con una expresión que pretendía ser afectuosa.

—Estás más guapa que nunca —susurró mientras se inclinaba para besarla.

Pero Natalie giró el rostro con elegancia esquivando su beso en silencio. No quería que sus labios se encontraran con los de Gustav. No después de lo que le había hecho sentir cuando Alexander la humillaba.

Y muchos menos después del sabor que Anouk había dejado impreso en ellos.

Gustav se quedó a medio camino desconcertado.

—¿Hay algún problema? —preguntó intentando sonar casual.

—Más de uno, pero ahora no me apetece enumerarlos—respondió Natalie sin mirarlo— ¿Vamos a pasarnos toda la noche en este maldito sofá o vamos a bailar de una vez?

Georg se incorporó de golpe como si la propuesta le hubiera despertado de un letargo.

—Vayamos abajo—dijo con decisión.

—¿Qué se nos ha perdido ahí? —preguntó Gustav aún molesto.

—Hay mejor ambiente —respondió Georg sin darle más vueltas.

—Por una vez te doy la razón—dijo Natalie poniéndose en pie—Abajo si que se saben divertir, aquí arriba en cambio parece que estamos en misa.

Echó a andar sin esperar a que nadie la siguiera. Caminó hacia la salida del reservado con paso firme, como si cada escalón que bajara fuera una declaración.

No iba a quedarse donde no la defendían.

No iba a fingir que todo estaba bien.

Y si la noche aún tenía algo que ofrecer, lo encontraría donde la música no juzgaba y las miradas no pesaban.

&

Alexander caminaba con pasos firmes, como si cada movimiento fuera una forma de expulsar la rabia que aún le hervía por dentro. Bill lo seguía en silencio, sin intentar calmarlo, solo acompañándolo.

En vez de dirigirse a la salida del club fue hacia la barra y se pidió una copa sin molestarse en preguntarle a Bill si quería algo él también.

—Esto es una mierda —murmuró—Me tomo la bebida y me largo.

Bill le observaba en silencio, pensando qué hacer o decir para que no se fuera.

—Baila conmigo—soltó lo primero que se le pasó por la cabeza.

Alexander lo miró desconcertado.

—¿Qué?—preguntó en un susurro.

—Quiero que bailes conmigo—repitió Bill acercándosele—Solo una canción. Y luego si aún te quieres ir, nos vamos los dos juntos.

— ¿Aquí abajo?—preguntó Alexander de nuevo, viéndole asentir con la cabeza.

Alexander echó un vistazo a la pista de la planta baja repleta de gente que se apretujaba tratando de bailar en condiciones. Arriba gozaban de una amplia pista al lado de los reservados aunque la música era bien distinta, casi aburrida.

Bill aún estaba esperando que le respondiera, mirándole con un brillo especial en sus ojos.

—Una canción —cedió Alexander en voz baja.

Bill sonrió y le tendió la mano que Alexander aceptó de inmediato. Se adentraron en la pista, entre cuerpos que se movían sin mirar por encima del hombro ni juzgar.

Al principio Alexander se mantuvo rígido como si el baile fuera una obligación. Pero poco a poco la música empezó a hacer su trabajo. El ritmo le aflojó los hombros y la cercanía de Bill le devolvió algo que había perdido arriba en el reservado, la sensación de estar completamente solo.

Y mientras la canción envolvía su mente Alexander dejó de pensar en Natalie y en todo el maldito reservado.

Por un momento solo eran él y Bill.

Y una noche que aún podía salvarse.

Estrechando con fuerza a Bill entre sus brazos Alexander empezó a moverse al compás de la música. Poco a poco se fue relajando y empezaba a disfrutar del momento sin pensar en todo lo que había ocurrido antes.

A pocos pasos de ellos, Tom se movía con soltura entre sus amigos. Había dejado atrás la timidez inicial y ahora se desplazaba por la pista como si fuera el rey de la pista. Entonces Melissa se puso a bailar justo delante de él provocándole con una sonrisa traviesa y Tom no pudo resistirse a rodear la cintura con ambas manos y la atrajo hacia él pegándola a su cuerpo sin disimulo.

Ese gesto no pasó desapercibido.

Bill los había localizado enseguida tras echar un vistazo a su alrededor. Vio a Melissa bailando con sensualidad frente a Tom, y luego cómo él la abrazaba sin pensarlo dos veces. La tensión se apoderó de su cuerpo haciendo que se pusiera rígido entre los brazos de Alexander. Observó cómo Tom bajaba la cabeza y se apoderaba de los labios de Melissa en un beso que parecía eterno.

El calor de la pista no era nada comparado con el fuego que ardía en su pecho.

Tom no lo hacía por provocarlo. No sabía que estaba allí con Alexander. Pero Bill no podía evitar pensar que si lo supiera… lo haría igual de todos modos. Solo para herirle. Solo para recordarle que él no le pertenecía y nunca sería suyo.

Alexander seguía bailando ajeno a la tormenta que se desataba dentro de Bill hasta que lo sintió moverse entre sus brazos para tomarle por la camisa con fuerza y atraerle hacia sus labios. El beso fue repentino y sin aviso, cargado de rabia y deseo contenido.

Alexander se quedó quieto por la sorpresa. Pero luego respondió el beso con todas sus ganas. No por amor ni por ternura, sino por orgullo.

Porque si Bill quería jugar, él también sabía cómo hacerlo.

Bill no pensaba, solo sentía. El sabor de los labios de Alexander no era lo que buscaba, pero era lo único que tenía para apagar el incendio que Tom había encendido en su pecho. No era el deseo lo que lo impulsaba, sino necesidad

Necesitaba que Tom lo viera.

Que supiera que él también podía entregarse a otro.

Que Tom no era el único capaz de provocar celos.

Y por supuesto, Tom lo vio.

Separó lentamente sus labios de los de Melissa, sin dejar de mirar fijamente a Bill. Su expresión cambió. Ya no era diversión ni deseo. Era algo más profundo parecido al dolor.

¿Celos?

¿Quizás arrepentimiento?

Melissa, ajena a la guerra silenciosa que se libraba entre los dos chicos, seguía moviéndose al ritmo de la música aunque empezaba a notar que algo había cambiado en Tom. Su cuerpo seguía cerca, pero su atención ya no estaba en ella.

Se giró levemente siguiendo la dirección de su mirada, y descubrió a Bill y Alexander besándose en mitad de la pista como si estuvieran ellos dos solos. Su sonrisa se desvaneció, no entendía del todo el comportamiento de Tom.

Se sentía usada.

Como si hubiera sido solo una distracción o un escudo contra algo que él no quería enfrentar.

—¿Quieres que nos vayamos a otro lado? —preguntó en voz baja.

Intentaba hablar sin que se notara la punzada que sentía en el pecho. Pensaba que sería menos doloroso para Tom si le alejaba de Bill. Que quizás, al no verlo, podría respirar.

Pero Tom negó con la cabeza en silencio mientras la estrechaba con más fuerza entre sus brazos, como si aferrarse a ella pudiera evitar que se rompiera por dentro.

Siguió bailando con ella, moviéndose al ritmo de la música, pero sus ojos no se apartaban de Bill. Lo miraba como si intentara descifrar algo que se le escapaba. Como si ese beso le hubiera robado una parte de sí mismo que aún no le pertenecía.

Melissa lo sintió.

No solo el peso de sus brazos, sino el de su silencio.

Y en ese momento comprendió que estaba bailando con alguien que no la deseaba.

Continúa… 

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por lyra

Escritora del Fandom

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