Incomplete 15

Incomplete 15

Fic TOLL de lyra

Capítulo 15

Fue llevado al rincón más íntimo del reservado y allí Bill se mantuvo en completo silencio con la mirada perdida en el vacío sintiéndose humillado de nuevo por Natalie. El murmullo del club apenas llegaba hasta allí, amortiguado por las cortinas gruesas y la música que vibraba a lo lejos como un eco lejano.

Alexander lo observaba también en silencio, con los ojos entrecerrados y una expresión que mezclaba deseo con sospecha. Había algo en Bill que no terminaba de encajar esa noche. Su entrega había sido total pero también había estado teñida de una urgencia que no era solo física.

Como si estuviera buscando algo más que placer.

Como si quisiera olvidar.

—¿Estás bien? —preguntó Alexander finalmente, con voz baja casi íntima.

Bill tardó en responder, se recostó en la pared mientras llevaba las manos a la cara y se frotaba las sienes con los dedos temblorosos.

—No lo sé —contestó al fin sin atreverse a mirarle—Esta noche ha sido… demasiado.

Alexander se inclinó hacia él acariciando con suavidad su mejilla.

— ¿Demasiado buena o demasiado confusa?—interrogó en voz baja.

—Ambas—respondió Bill con un suspiro.

Alexander se quedó en silencio procesando la respuesta. No le gustaba no tener el control. Y Bill, por primera vez en mucho tiempo, parecía fuera de su alcance.

— ¿Tiene algo que ver con Tom? —preguntó sin rodeos.

Bill alzó la cara y se le quedó mirando con los ojos brillantes por algo que no era solo el palcohol que se había tomado.

—Tiene que ver conmigo—respondió con firmeza—Con lo que siento y lo que no sé si quiero sentir.

Alexander apretó la mandíbula. No estaba acostumbrado a que Bill se abriera así y menos a que lo hiciera sin incluirlo en sus emociones.

—¿Y yo qué soy en todo eso? —quiso saber con tono más frío.

Bill lo miró fijamente, como si por fin se atreviera a decir lo que llevaba tiempo callando.

—Eres lo que necesito cuando quiero olvidar—confesó en un susurro—Pero no sé si eres lo que quiero cuando quiero recordar.

La frase cayó como una bomba entre los dos. Alexander se quedó inmóvil, con la mano aún sobre la mejilla de Bill pero quieta como si hubiera perdido sus fuerza. Como si esa confesión le hubiera robado el aire.

—Entonces dime, ¿qué vas a hacer ahora? —preguntó Alexander mirándole con firmeza— ¿Vas a dejar de fingirlo todo? ¿Te vas a enfrentar a mi o a tus padres? ¿Vas a contarles cómo te sientes de verdad para ver como te rechazan o te toman por loco?

Bill se quedó en silencio. Las palabras de Alexander le golpeaban como martillazos, cada una más certera que la anterior. No era solo la presión de la pregunta, era la forma en que Alexander lo miraba, como si ya supiera la respuesta y solo quisiera verlo tambalearse.

—Vas a seguir fingiendo—contestó por él Alexander—Seguirás siendo el hijo perfecto, el amante obediente y el amigo que nunca incomoda. Porque nunca tendrás el valor de hacer lo que realmente sientes por miedo a quedarte completamente solo.

—¿Y tú qué?—soltó Bill reuniendo un poco del valor que sabía que apenas tenía— ¿No finges también? ¿No juegas a ser el que lo tiene todo bajo control mientras manipulas a todos a tu alrededor?

—Al menos yo no finjo lo que siento por ti—confesó Alexander sabiendo que era una más de sus mentiras que Bill se creía a pies juntillas—Nunca lo he hecho. Pero si tú no puedes aguantarlo, entonces dímelo y no me hagas perder el tiempo.

Bill se quedó sin habla al escucharle, toda esa rabia que había en sus palabras y que llevaba todo ese tiempo callando. Y sabía que Alexander aún no había terminado de hablar ni de humillarle.

—No quiero que no me arrastres contigo—siguió diciendo Alexander inclinándose más sobre él—Solo para que tu madre no te trate como a un enfermo y te lleve al psicólogo solo para tener tranquila su conciencia de que ha hecho todo lo que estaba en sus manos para tratar de ayudarte, cuando está haciendo justamente todo lo contrario. Es ella quien hace que te hundas cada vez más en el fango que es tu maldita vida.

Bill se quedó helado. Las palabras de Alexander eran como cuchillas afiladas, cada una cortando más hondo que la anterior. No solo por lo que decían, sino por cómo lo decían. Con esa mezcla de desprecio y falsa ternura que Alexander sabía usar como nadie.

—No tienes ningún derecho a hablar así de mi madre —murmuró Bill con los ojos clavados en el suelo.

— ¡Por supuesto que lo tengo!—exclamó Alexander—Después de todo lo que he visto y de todas las veces que te he recogido hecho pedazos por culpa de ella, tengo todo el derecho del mundo a decir lo que me dé la gana de tu madre, porque a pesar de todo…te sigo amando con toda mi alma.

Bill se quedó paralizado. Las palabras de Alexander resonaban en su cabeza como un eco imposible de apagar.

«Te sigo amando con toda mi alma»

Era la frase que siempre había deseado escuchar, pero dicha en el peor momento y de las peores maneras.

—Yo no quiero destruirte, Bill—dijo Alexander suavizando el tono—Solo quiero que despiertes y dejes de vivir en esa mentira que te han construido desde niño. Que te mires al espejo y veas a alguien que merece ser amado sin condiciones.

— ¿Y ese alguien eres tú?—preguntó Bill en un susurro.

—Yo te amo —repitió de nuevo Alexander—Aunque a veces no sé si eso es suficiente para salvarte.

Bill no podía pensar con claridad, esa noche se sentía más confuso que nunca por todo lo que había pasado desde que Tom se había cruzado en su camino. Las cosas se habían salido de quicio y lo que realmente quería decirle a Alexander se quedó dentro de su alma como todo aquello que no se atrevía a expresar en voz alta por miedo.

«No necesito que me salves»—quiso gritarle con firmeza—»Necesito que me respetes y me escuches, que no uses mi dolor como excusa para manipularme»

Entonces Bill cedió de nuevo, como tantas otras veces había hecho tras prometerse a sí mismo que no lo volvería a hacer. Pero ahí está, de pie junto a Alexander con el cuerpo temblando y el corazón latiendo con fuerza como si quisiera escapar de su pecho. Las palabras de Alexander, envueltas en una mezcla de ternura y veneno, lo habían vuelto a atrapar.

Lo conocía demasiado bien.

Sabía perfectamente dónde tocar, qué decir y cómo mirar para manipularle sin que él se pudiera resistir. Porque luchar contra Alexander era como nadar contra una corriente que siempre terminaba arrastrándolo de nuevo a la orilla equivocada.

Alexander le había tomado y llevado al rincón más íntimo del reservado donde el mundo real parecía más lejano. Le había hablado con dulzura, le había acariciado la mejilla prometiéndole que todo iba a estar bien.

Le había confesado que lo amaba y que le entendía.

Que nadie más podría hacerlo.

Y Bill, aunque sabía que esas promesas era solo un espejismo, se aferraba a ellas como si fueran reales. Porque en ese momento necesita creer y sentir que alguien lo veía, aunque fuera a través de una mirada que lo reducía, lo controlaba y lo consumía.

Alexander sonrió aliviado al verle ceder de nuevo, por un momento había llegado a pensar que Bill había reunido el coraje necesario para dejarle y eso jamás lo podría permitir. Se inclinó sobre él y se apoderó de sus labios antes de que dijera algo más dando así por finalizada una conversación que no debió haber empezado jamás.

Bill se dejaba besar y moldear por las manos que lo estaban sosteniendo y empujando al mismo tiempo. Y mientras Alexander lo envolvía en su abrazo, Bill estaba convencido de que quizás eso es lo más parecido al amor que podía llegar a tener.

Pero muy en el fondo de su ser había una parte suya que seguía gritando pidiendo ayuda. Una parte que aún recordaba a Tom, y a la posibilidad de algo distinto a su lado.

A la esperanza de poder ser libre.

Pero por el momento, esa parte debía permanecer aún en silencio.

&

Llegó a la planta baja del club y se detuvo escaneando la pista de baile con rapidez. Las luces giraban sobre los cuerpos en movimiento y la música envolvía el ambiente con una intensidad que contrastaba con el vacío que él sentía por dentro.

Localizó a sus amigos donde los había dejado. Georg reía, Louise giraba con gracia y por otro lado estaba Andreas, que parecía completamente entregado a la música. Pero Víctor… Víctor no estaba allí.

Y Gustav sabía donde poder encontrarle.

Fue directo a los baños de la planta baja entrando en el de hombres. Arrugó la nariz con desagrado, el olor era más fuerte que en los de la primera planta y el suelo estaba salpicado. Por suerte apenas había nadie y localizó a Víctor en una de las cabinas terminando de mear.

—¡Víctor!—lo llamó con una urgencia que no intentó disimular.

Víctor se sobresaltó al oír su nombre. Terminó con rapidez, se subió la cremallera sin molestarse en accionar la cisterna y salió de la cabina con una sonrisa automática que se borró al instante al ver el rostro de Gustav.

Estaba pálido y nervioso, con los ojos encendidos por algo más que rabia. Víctor lo conocía lo suficiente como para saber que no había bajado allí por casualidad. Si Gustav se había rebajado a buscarlo en los baños de la planta baja era porque necesitaba algo.

Y lo necesitaba ya.

Pero él no tenía eso que tanto Gustav necesitaba, aunque sabía perfectamente quién sí.

—Habla mejor con Anouk —dijo en voz baja.

Pero Gustav negó con la cabeza y solo entonces Víctor alzó una ceja volviendo a sonreír.

—¿Cuánto?—preguntó Gustav sacando la cartera con manos temblorosas.

—Depende de lo que hayas venido a buscar—contestó en un susurro Víctor—Ya sabes, 50€ una mamada y 100€ completo.

Gustav sacó un billete de 50€ y Víctor lo cogió al momento haciéndose a un lado para que pasara a la cabina. Cerró la puerta tras él y se aseguró echando el cerrojo. Solo entonces se volvió metiéndose el billete que le había dado Gustav en uno de los bolsillos traseros de su pantalón y sacando del otro un preservativo con su envoltorio.

Se dio prisa en abrirlo y lo sujetó con cuidado entre sus labios mientras llevaba las manos a los pantalones de Gustav. Se los desabrochó al tiempo que se arrodillaba en el suelo y sacaba al aire su miembro masajeándolo hábilmente con una mano. Por suerte era muy buen en su trabajo y Gustav estaba muy necesitado, al momento ya le tenía empalmado entre sus dedos y entonces se inclinó sobre él separando los labios para engullirlo por completo mientras le colocaba el preservativo a su vez.

Gustav separó los labios y empezó a gemir con los ojos cerrados, odiaba tener que recurrir a eso y encima pagar pero cuando estaba necesitado de verdad no le quedaba más remedio. Y mientras que Víctor succionaba con fuerza y le lamia de arriba abajo, Gustav no podía dejar de pensar en Alexander en ningún momento mientras movía las caderas contra su labios.

Alexander siempre hacía que se sintiera vulnerable y expuesto, y que se dejara arrastrar por una necesidad que no sabía cómo controlar. Y Víctor siempre estaba dispuesto a aprovechar el momento recibiéndolo con una sonrisa que escondía más de lo que mostraba.

Y sin poder sacarse a Alexander de su cabeza Gustav siguió embistiendo la boca de Víctor con fiereza hasta que logró eso que tanto deseaba en esos momentos, un profundo orgasmo que le dejó al fin del todo saciado.

Pero lo que Gustav no esperaba era que en medio de todo se le escapara su maldito nombre.

—Alexander…—gimió sin poder contenerse.

Y con ese nombre, se desmoronó una parte de él que había intentado mantener intacta.

Víctor sonrió al escucharlo mientras separaba los labios y le soltaba. Era la primera vez que le escuchaba mencionar a su amigo mientras se corría y eso fue toda una sorpresa. Gustav lo había pronunciado con mucha carga emocional como si se le hubiera escapado desde lo más profundo de su ser.

Como si no hubiera podido evitarlo.

Se puso en pie tras terminar su trabajo y esperó a que Gustav se deshiciera él mismo del preservativo y recompusiera sus ropas mientras se pasaba una mano por los labios.

—Cuando quieras, repetimos—dijo Víctor a modo de despedida.

—Sabes que tienes que mantener la puta boca cerrada—ordenó Gustav sintiéndose avergonzado—No quiero que Natalie lo sepa.

— ¿Qué es exactamente lo que no tiene que saber exactamente Natalie?—preguntó Víctor haciéndose el tonto— ¿Qué te gusta que te la chupe un tío o que estás enamorado de Alexander?

Gustav se quedó helado al escucharle, sabía que Víctor no dejaría pasar por alto que le hubiera escapado el nombre de la persona que amaba durante el orgasmo.

—¿Desde cuándo?—quiso saber Víctor.

—No lo sé—susurró Gustav sin poderse contener—Quizás desde siempre.

Había mucha tristeza en su voz y Víctor lo podía sentir, pero en el fondo Gustav era un capullo y no se merecía que se apiadara de él.

—¿Y él lo sabe?—siguió interrogando Víctor.

Gustav negó al momento con la cabeza.

—No—mintió con descaro—Y no quiero que nunca lo sepa.

— ¡Estás mintiendo!—soltó Víctor sonriendo—Por supuesto que lo sabe y fijo que se ríe en tu cara. Como si no le conocieras, Gustav.

Gustav bajó la mirada, sintiendo cómo el calor le subía por el cuello hasta las mejillas. No había podido evitarlo, se había expuesto ante alguien que no tenía ningún motivo para guardar silencio porque apenas le conocía.

Se maldijo en silencio.

¿Por qué había tenido que abrir la boca?

¿Por qué justo con Víctor?

—No quiero que nadie lo sepa —suplicó Gustav con voz baja—Ni que Alexander sepa que tú lo sabes.

—Demasiado tarde, Alexander no es tonto y tú no eres tan discreto como crees—dijo Víctor encogiéndose de hombros— ¿Y qué hay de Natalie? ¿Te da igual que ella lo descubra?

¡Claro que no le daba igual!

Pero para Gustav era más importante más la reacción de Alexander que la de su novia.

—Tranquilo, que no diré nada a nadie—prometió Víctor quitando el cerrojo y extendiendo la mano—Pero de ahora en adelante, la mamada ha subido a 200€ así que…

Esperó con paciencia hasta que Gustav se echó mano a la cartera y sacó de ella 3 billetes más de 50€ que le entregó sin decir palabra alguna.

Era un chantaje en toda regla y sabía que aceptaría sin remedio. Le sobraba el dinero como siempre le gustaba ir alardeando, y él se pensaba aprovechar de la situación con una amplia sonrisa en los labios.

La misma que tenía cuando cogió el dinero, se lo guardó en el bolsillo trasero del pantalón y dio media vuelta saliendo de la cabina. Gracias a Gustav se estaba ganando un dinero extra a base de mamadas aunque no era su único cliente pero si el más habitual. Pero nunca pasaba de eso, jamás había querido acostarse con él y no era precisamente por problemas de dinero.

Salió del baño mientras por su mente pasaba la descabellada idea de que quizás él y Alexander fueran amantes en secreto. Quizás Gustav solo recurría a él cuando se sentía realmente necesario al ser rechazado por Alexander quien con su habitual sarcasmo fijo que lo ridiculizaba delante de sus amigos sin cortarse un pelo ni importarle lo que Gustav sentía en esos momentos.

Debería sentir lástima por él, pero no la sentía en absoluto.

Se reunió con Andreas y le invitó a una copa con el dinero que le había dado Gustav.

—Necesito algo fuerte que me quite el mal sabor que siento en la boca —dijo Víctor sin entrar en detalles mientras caminaba hacia la barra.

— ¿Has estado vomitando?—quiso saber Andreas preocupado.

—No… pero he sentido muchas arcadas—confesó en un susurro Víctor.

No sabía qué era lo que más le repugnaba, si el sabor de Gustav que sentía aún en su boca o lo cabrón que era por lo que le estaba haciendo a su novia. Aunque Natalie tampoco se quedaba atrás, con sus ironías y la habilidad que tenía de convertir cualquier frase en una daga envuelta en terciopelo.

Sabía cómo moverse, se quedaba observando y cuando intervenía lo hacía con mucha precisión dejando caer sus comentarios como si fueran inocentes cuando era todo lo contrario.

Gustav y ella estaban hecho el uno para el otro. No podían vivir separados pero tampoco se soportaban cuando estaban juntos. Entre los dos había una complicidad que ni ellos mismos sabían manejar. Porque por debajo de las discusiones, los celos y las pullas, había una verdad que ninguno se atrevía a decir en voz alta.

Se necesitaban más de lo que querían admitir.

Y Víctor no entendía cómo podían ser así, y la verdad era que no le importaba lo más mínimo.

&

Gustav salió del baño con el rostro aún encendido, no por el calor del lugar sino por la vergüenza que le ardía bajo la piel. Se pasó la mano por la nuca intentando recomponerse, pero sabía que no podía borrar lo que acababa de hacer.

Ni lo que había dicho entre gemidos.

Alexander.

El nombre seguía resonando en su cabeza como un eco que no quería callarse.

A lo lejos descubrió a Víctor en la barra tomándose algo con Andreas gracias a su dinero. Y en la pista de baile Georg y Louise seguían bailando ajenos a todo.

No le apetecía reunirse con sus amigos, así que dio media vuelta y se arrastró de nuevo al reservado donde se encontró a Natalie bebiendo champán ella sola. Tomó asiento a su lado en silencio y cogiendo una botella recién abierta que Natalie se habría pedido se sirvió una copa que empezó a beberse sumido en sus pensamientos.

—¿Dónde estabas? —preguntó Natalie sin mirarle.

—En el baño —respondió Gustav muy serio.

—¿Tú solo? —insistió Natalie, esa vez mirándolo de reojo.

No era tan estúpida como aparentaba, había escuchado rumores de que Gustav se la estaba pegando con otras chicas y aunque debería sentirse celosa y dolida, en el fondo no lo estaba porque le daba igual ya todo.

Gustav no se molestó en contestar, sabía que no hacía falta porque solo saldrían mentiras de sus labios y Natalie lo conocía demasiado bien para saber cuándo le estaban mintiendo en su cara. Solo dio un sorbo a su copa y siguió con la mirada perdida.

—Solo espero que seas igual de discreto como lo soy yo—soltó Natalie de repente.

Gustav se quedó helado. No por la frase en sí, sino por la indiferencia y frialdad con la que Natalie la había dicho. Como si no le importara, pero sí. Como si no lo dijera por despecho, sino por costumbre.

—¿Eso qué significa? —quiso saber Gustav.

—Nada —respondió Natalie encogiéndose de hombros—Solo que no eres el único que sabe guardar secretos.

La música seguía vibrando en el ambiente, pero entre ellos se había instalado un silencio más ruidoso que cualquier sonido. Gustav apretó la mandíbula, sabía que Natalie no soltaba nunca frases al azar. Cada palabra tenía una intención.

Y esa, en particular, le había dejado una grieta en el pecho.

—¿Hay algo que debería saber? —preguntó mirándola fijamente.

Natalie sostuvo la mirada sin pestañear. Luego sonrió. No una sonrisa cálida, sino una que parecía decir «no te metas donde no te llaman».

—No—contestó al cabo de unos segundos—Pero si algún día lo hay, te enterarás como yo me entero de todo lo tuyo. Por rumores.

Gustav agachó la mirada, no podía fingir que no sabía de qué hablaba. Y lo peor era que, por primera vez, no estaba seguro de si quería saber qué escondía ella.

—Solo te diré que yo también he pasado un rato agradable en el baño—siguió picándole Natalie.

Gustav volvió a mirarla interrogándola con la mirada. ¿En el baño de mujeres? ¿Con quién? ¿Con la inocente Louise? ¿La que no sabía hacer nada sin consultarlo antes con Georg?

—Te lo acabas de inventar—dijo Gustav soltando una risa de alivio.

Natalie lo observó con una media sonrisa, esa que usaba cuando sabía que tenía el control de la conversación. No respondió de inmediato, solo giró la copa entre los dedos, disfrutando del efecto que sus palabras habían causado.

—Y qué importa si lo hice—murmuró con frialdad Natalie—O si me lo he inventado sólo para ver la cara de idiota que has puesto.

Gustav dejó de reír. La seguridad con la que Natalie jugaba con la ambigüedad lo descolocaba. No sabía si estaba bromeando, provocando o confesando. Y eso lo inquietaba más que cualquier certeza.

—Louise nunca haría algo así —insistió como si necesitara convencerse a sí mismo—No sería capaz, está muy enamorada de Georg.

—¿Y tú si serías capaz de hacerlo a pesar de lo mucho que me amas?—replicó Natalie, alzando una ceja— ¿Volverías a repetir lo que hayas hecho en el baño?

Gustav se tensó. El golpe fue directo, sin rodeos. No sabía cuánto sabía Natalie, pero el tono lo decía todo.

Sabía lo suficiente.

—No tienes pruebas —murmuró Gustav más como defensa que como argumento.

—No las necesito —replicó Natalie—Te conozco perfectamente, eres de lo peor que hay suelto por el mundo.

— ¡Vaya! Habló la chica dulce e inocente que va para monja—soltó Gustav entre risas—Y resulta que eres toda una puta.

Natalie no se inmutó. La palabra había sido lanzada como un dardo, pero ella ya estaba acostumbrada a los intentos de Gustav por herirla cuando se sentía acorralado. Lo miró con una calma que solo se consigue cuando uno ha aprendido a dominar el fuego sin quemarse.

—¿Eso es lo mejor que tienes?—murmuró con una sonrisa —Qué pena, Gustav. Pensé que al menos sabías insultar con estilo.

Gustav se encogió de hombros, aún con la sonrisa torcida pero ya sin la misma seguridad de antes. Sabía que había cruzado una línea, y que Natalie no era de las que retrocedían. Ella se acercó, despacio, como si cada paso fuera una declaración.

— ¿Sabes qué es lo peor de ti?—susurró tan cerca que él pudo sentir el perfume que siempre lo desarmaba—Que ni siquiera sabes lo que quieres. Te pasas la vida huyendo de lo que sientes, escondiéndote detrás de chistes malos y palabras feas. Pero al final, siempre vuelves a mí porque no tienes a nadie más.

—Pues como tú—soltó Gustav—Te sientes sola sin mi, y eres tan patética que te acabas de inventar que me has puesto los cuernos con Louise en el baño. Y ya te digo yo que eso es mentira, confío plenamente en Louise más que en ti.

— ¿Y también confías ciegamente en Anouk?—replicó Natalie sin pestañear.

No le importaba revelar lo que sabía. Estaba convencida de que Gustav jamás la tomaba en serio y pensaría que era otra más de sus mentiras solo para seguir un juego que no estaba dispuesta a perder.

—¿Anouk? —repitió Gustav soltando una carcajada seca— ¡Qué más quisieras! Si está loquita por Alexander.

—Ay, Gustav… qué ciego puedes ser cuando te conviene —dijo Natalie con un suspiro cargado de ironía—Anouk no siente nada por Alexander, pasa totalmente de él porque le van más las tías. De hecho está enamorada de mí, me besó en el baño y te aseguro que ese único beso es infinitamente mejor que cualquiera de los tuyos.

Gustav la miraba sin poder procesar lo que acababa de escuchar.

¿A su novia le gustaban las mujeres?

¿Era lesbiana?

¿Bisexual?

¿Lo de Bill nunca fue real?

—Vamos a buscar a los demás y larguémonos de aquí de una vez—murmuró Natalie poniéndose en pie— Esta fiesta ya apesta.

Sin esperar respuesta, se dirigió al rincón del reservado donde Bill y Alexander seguían enredados en su juego de seducción ajenos al terremoto emocional que acababa de sacudir a Gustav, quien se quedó hundido en el sofá con la mirada perdida y el corazón hecho un nudo.

Continúa… 

Gracias por la visita. No te vayas sin comentar 😉

por lyra

Escritora del Fandom

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