
Fic TOLL de lyra
Capítulo 17
Salieron del club y tras saludar a Saki con una amplia sonrisa Alexander se llevó a los labios la mano de Bill y la besó en silencio. Ese gesto descolocó a Bill, nunca antes había visto a Alexander tan romántico.
Fueron al coche y una vez dentro Bill cogió aire y lo soltó en un profundo suspiro.
—Gracias—dijo en un susurro.
Alexander se le quedó mirando sin saber a qué se refería.
—Por haberme defendido ante Natalie otra vez—aclaró Bill de nuevo suspirando—Por hacerlo siempre aunque yo no te lo pida.
—No tienes que darme las gracias—murmuró Alexander con una sonrisa—Natalie nunca sabe cuándo parar, alguien tenía que ponerle un límite alguna vez.
—Sí, pero tú siempre lo haces—dijo Bill con firmeza— Aunque no te toque o no sea tu responsabilidad o problema.
Alexander se encogió de hombros.
—Tú sí eres mi responsabilidad—respondió con voz baja casi como si no quisiera que se notara demasiado.
Bill lo miró entonces, con una mezcla de ternura y desconfianza.
—¿Y eso qué significa?—quiso saber.
—Que no me gusta verte en medio de sus juegos—contesto Alexander—En los de Gustav, ni de los de Natalie. Tú no perteneces a ese tipo de guerras.
Bill bajó la mirada, como si las palabras le pesaran más de lo que esperaba.
—A veces siento que no pertenezco a ningún sitio—susurró.
Alexander lo miró de reojo con una expresión que mezclaba preocupación y algo más difícil de definir.
—Conmigo sí —dijo simplemente.
Bill giró lentamente el rostro hacia él. Sus ojos se encontraron y por un instante ninguno de los dos dijo nada.
No hacía falta.
La tensión entre ellos era palpable, como si el coche se hubiera convertido en una cápsula suspendida entre lo que habían sido y lo que estaban a punto de ser.
Alexander se inclinó con una calma que contrastaba con la intensidad de su mirada.
—¿Estás bien? —preguntó en voz baja, aunque sabía que la pregunta no era solo por cortesía.
Bill asintió pero no apartó la vista de sus ojos.
—Estoy cansado de que todo duela—susurró de nuevo.
Alexander no respondió. Solo levantó una mano y la apoyó con suavidad sobre su mejilla. El contacto fue suficiente para que el mundo se redujera a ese instante.
Y entonces, sin más palabras, se acercaron.
El beso no fue explosivo. Fue lento y contenido, como si ambos necesitaran asegurarse de que era real. Los labios se encontraron con una mezcla de urgencia y cuidado, y en ese momento, el coche se convirtió en un refugio, era todo lo que no podían decir en voz alta.
Cuando se separaron Bill cerró los ojos por un segundo, como si necesitara guardar ese momento en algún rincón seguro de sí mismo.
Alexander lo miró, sin decir nada. No hacía falta.
La noche seguía ahí fuera.
Pero dentro del coche, algo había cambiado.
Lo supo en cuanto vio moverse a Bill, como se deslizaba lentamente en su asiento con una determinación silenciosa que no necesitaba palabras. Le vio pasar con cuidado una pierna sobre la palanca de cambios y acomodarse a horcajadas sobre su regazo como si ese gesto fuera la única respuesta posible a todo lo que habían callado.
Alexander no se quedó quieto, puso las manos sobre sus muslos de Bill sintiendo su peso y el calor de su cuerpo tan cerca que le costaba respirar con normalidad. Sus miradas se encontraron, y en ese instante, el mundo fuera del coche dejó de existir.
No había música, ni ruido, ni pasado.
Solo ellos dos, suspendidos en una noche que parecía hecha para romper reglas.
Bill se acomodó sobre él con una lentitud calculada, como si cada movimiento fuera una decisión que no podía deshacerse. Sus rodillas se apoyaron a ambos lados de Alexander, y sus manos buscaron apoyo en sus hombros, firmes pero temblorosas.
Alexander lo miraba desde abajo con los ojos encendidos por una mezcla de deseo y vulnerabilidad. Sus manos pasaron de sus muslos a la cintura de Bill, como si temiera que al tocarlo con demasiada brusquedad el momento se desvaneciera.
—¿Estás seguro? —preguntó en un susurro.
Bill no respondió con palabras. Se inclinó hacia él rozando su nariz con la suya y luego sus labios. El segundo beso fue distinto, más profundo y decidido. Ya no había dudas, ni contención. Solo la necesidad de sentirse el uno al otro.
Alexander respondió con la misma intensidad, sus manos recorriendo la espalda de Bill atrayéndolo más cerca como si quisiera memorizar cada curva y cada gesto. El calor entre ellos empezó a crecer envolviéndolos en una burbuja donde no existía nada más.
Por un instante, no eran Bill y Alexander.
No eran parte de un grupo, ni de una historia rota.
Eran solo dos cuerpos buscando consuelo, dos almas que se reconocían en el silencio.
Y en silencio empezó Bill a mover sus caderas frotando su sexo contra el de Alexander marcando un ritmo suave. La tela que los separaba no impedía que el calor se transmitiera o que cada roce encendiera algo más profundo que el deseo.
Alexander cerró los ojos por un instante dejando que la sensación lo envolviera, que el momento se volviera más real que cualquier palabra.
No era solo físico. Era una forma de borrar las discusiones y los malentendidos, las veces que se habían herido sin querer. Con sus movimientos silenciosos Bill buscaba algo más que placer.
Buscaba una tregua.
Por unos minutos, dejaron de ser dos personas enfrentadas por el orgullo y el miedo. Se convirtieron en un solo cuerpo con un solo corazón latiendo con más fuerza que nunca.
Bill cerró también los ojos y se dejó llevar por segunda vez esa noche sin importarle nada más. Que estuvieran en un abarrotado parking, que la gente les pudiera mirar…
Y que desde un coche cercano Natalie les estuviera mirando con una amplia y maliciosa sonrisa en los labios.
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Natalie seguía con la mano en el tirador de la puerta con el cuerpo tenso y la rabia aún palpitando en su pecho. No podía moverse, no quería salir del coche y mandar a Gustav a la mierda porque le iba a dar el gusto a Alexander de que lo utilizara contra ella para burlarse con alguno de sus comentarios venenosos y cargados de odio.
Soltó el tirador con un suspiro y se giró hacia Gustav que seguía con la mirada fija en el parabrisas como si no esperara que ella se quedara.
—¿Sabes qué?—dijo con esa voz sensual que a Gustav tanto le gustaba—Me pareces increíblemente provocativo cuando te enfadas.
Gustav la miró de reojo sorprendido por el cambio de tono. No dijo nada, pero sus ojos se encendieron con algo que no era rabia.
Era deseo.
Y reconocimiento.
Natalie se inclinó hacia él con lentitud como si cada centímetro que acortaba fuera una declaración. Sus labios rozaron los de Gustav con una suavidad que contrastaba con todo lo que habían dicho minutos antes. Y él respondió sin pensarlo, como si ese beso fuera la única forma de apagar el incendio que llevaban dentro.
El coche se llenó de respiraciones entrecortadas, de manos que buscaban y encontraban, de cuerpos que se acercaban como si el mundo fuera a acabarse esa noche. Natalie se deslizó sobre él acomodándose en su regazo con sus piernas rodeándolo con una urgencia que no necesitaba explicación.
Gustav la sostuvo por la cintura mientras que con sus labios recorría su cuello y subía hasta su boca.
Por unos minutos dejaron de ser dos personas que se atacaban por miedo. Se convirtieron en un solo cuerpo, con un solo corazón latiendo con fuerza.
En ese instante lo único que querían era perderse el uno en el otro. Aunque fuera solo por esa noche.
—Fóllame—ordenó Natalie en un susurro—Aquí y ahora.
Gustav asintió con la cabeza y metió las manos bajo su falda aún manchada por el champán derramo hacía una hora escasa. Llegó hasta el elástico de su tanga y lo deslizó a un lado sintiendo las manos de Natalie desabrocharle el pantalón y buscar dentro de el hasta dar con su dura erección.
Soltó un gemido contra los labios de Natalie al sentir sus dedos empezar a masturbarle, no le hizo falta mucho tiempo para sentir que estaba a punto de correrse de inmediato.
Entonces Natalie se alzó sobre sus rodillas y con una mano le guio hasta la entrada de su cuerpo pero no se movió de allí.
—Júrame que siempre has usado condones con cada una de tus putas—pidió Natalie entre jadeos.
—Siempre he sido muy cuidadoso con eso—prometió Gustav—Y nunca dejaré de serlo.
Era la respuesta que Natalie esperaba, aunque la segunda parte no le gustó un pelo. Gustav seguiría pagando por sexo a pesar de tenerle a ella como novia, pero se tendría que conformar con eso antes que ver la estúpida risa burlona de Alexander.
No quería pensar en él en esos momentos, pero era inevitable. Gustav vio en su mirada que algo parecía haber cambiado y antes de que se arrepintiera de lo que estaba sucediendo alzó con fuerza las caderas y entró en su cuerpo con un cierta brusquedad.
Natalie dejó escapar un grito de dolor, le había pillado desprevenida…y eso le había excitado como nunca. Se aferró con ambas manos a su nuca y dejó que la siguiera embistiendo siguiendo el ritmo que marcaba moviendo las cadera.
Le sentía entrar y salir de su cuerpo con mucha velocidad y brusquedad, pero siempre le había gustado esa clase de sexo aunque no se consideraba masoquista pero le gustaba disfrutar de algo de dolor.
Gustav había dejado los labios de Natalie y bajando la cara la enterró entre sus pechos, cogiendo uno de ellos con la mano para sacarlo por el escote de su vestido y apoderarse de su pezón que empezó a lamer y succionar con fuerza.
Natalie cerró los ojos al sentir su lengua hacer círculos sobre su pezón que se había puesto duro a su contacto. Abrió los ojos de nuevo al sentir un ligero mordisco y ladeando la cabeza vio algo que jamás se hubiera imaginado.
Cerca del coche de Gustav estaba aparcado el de Alexander y desde donde estaba podía ver claramente lo que estaban haciendo en esos momentos. Al igual que ella Bill estaba sentado sobre el regazo de Alexander y por sus movimientos se notaba que también estaban follando.
Sonrió ampliamente disfrutando de esa escena y llevando una mano a la mejilla de Gustav se la acarició con suavidad para que parara de chuparle el pecho y le mirara.
—No estamos solos—susurró Natalie sin dejar de sonreír.
Gustav frunció el ceño sin saber a qué se refería, hasta que Natalie le hizo volver la cabeza y entonces divisó eso que había llamado la atención a su novia. Vio a Alexander abrazado con fuerza a Bill en su coche, y ya se podía imaginar el resto.
—A ver quien termina antes—susurró de nuevo Natalie.
Gustav asintió con la cabeza devolviéndole la sonrisa y acelerando las embestidas no paró hasta que sintió que Natalie obtenía un profundo orgasmo que le hizo correrse de placer con los ojos cerrados mientras que se mordía con fuerza los labios para que de ellos no volviera a salir el nombre de Alexander en un momento tan íntimo e inesperado.
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Bill tuvo que reconocer que ese segundo orgasmo había sido mejor que el anterior y con más intensidad. Alexander no había parado de moverse contra él, llegando incluso a colar una mano en sus pantalones para acariciarle con destreza hasta que se derramó entre sus dedos mientras jadeaba de puro placer.
Y Alexander no se había quedado atrás, obtuvo su propio orgasmo corriéndose en su ropa interior mientras sentía una calidez descender por sus dedos. Se quedó quieto por unos segundos mientras recuperaba el aliento sintiendo a Bill jadear contra su cuello y entonces se movió sacando la mano de sus pantalones.
Bill alzó la cara para observar como Alexander se quedaba con la mirada fija en su esencia que resbalaba gota a gota por cada uno de sus dedos. Entonces le vio llevarse la mano a la boca y lamer uno a uno sus dedos para recoger cada una de esas gotas.
—Eso es asqueroso—no pudo evitar decir.
Alexander se le quedó mirando sonriendo y antes de que pudiera reaccionar se movió con rapidez y se apoderó de sus labios entrando con fiereza en su boca.
Bill no tuvo tiempo ni de protestar, al momento pudo notar su propio sabor en su boca y se tuvo que dejar besar por Alexander que no le soltó hasta que sintió que los pulmones estaban a punto de estallar por la falta de aire.
Solo entonces le soltó y Bill se incorporó mientras se pasaba una mano por los labios.
—Siempre terminas convirtiendo algo que debería ser muy hermoso en una película porno—susurró Bill decepcionado.
— ¿Y tú qué sabes como son si nunca has visto una?—quiso saber Alexander alzando una ceja— ¿O eso es lo que me has hecho siempre creer? Fijo que cuando estas a solas en casa y nadie te ve enciendes el portátil y te haces una paja mientras ver porno gay…
Bill bajó la cabeza pero no porque sintiera vergüenza al ser descubierto, lo que era totalmente falso. Sino porque volvía a sentirse insultado por Alexander.
Alexander se quedó en silencio, con la respiración aún agitada y las manos apoyadas suavemente sobre las caderas de Bill. Su comentario había estado fuera de lugar después de las confidencias que habían compartido. Había golpeado a Bill más fuerte de lo que se esperaba, como si en medio del deseo se hubiera olvidado de cuidar lo que realmente importaba.
—No fue mi intención incomodarte —se disculpó Alexander en voz baja—Es solo que… contigo todo se intensifica. Me cuesta contenerme.
Bill continuaba con la cabeza agachada aún sentado sobre él, pero con el cuerpo más rígido como si el momento se hubiera quebrado.
—No quiero que esto sea solo eso —susurró Bill—No quiero que me mires como si solo sirviera para encenderte.
Alexander levantó una mano y le acarició la mejilla con suavidad obligándolo a mirarlo.
—Yo te miro como si fueras lo único que me calma —susurró a su vez—Lo demás… es solo ruido.
Bill lo observó en silencio buscando en sus ojos alguna señal de verdad. Y aunque aún dolía algo en esa frase le hizo quedarse donde estaba. Porque a veces, incluso en medio del caos, bastaba una mirada sincera para reconstruir lo que parecía perdido.
Bill se apartó lentamente pero con la mirada clavada en sus ojos. Había algo en él que no terminaba de calmarse, una decepción suave que no se gritaba, pero que dolía igual.
—A veces siento que no sabes lo que significo para ti —dijo en voz baja, como si temiera romper el silencio que los envolvía.
Alexander lo seguía sosteniendo por la cintura con suavidad, sin apretar ni exigir nada más. Solo lo miraba con una expresión que parecía la más honesta que Bill jamás había visto nunca.
—Lo sé —respondió—Pero no siempre sé cómo demostrarlo sin estropearlo.
Bill bajó la mirada, con sus dedos jugando con el cuello de la camisa de Alexander.
—No quiero ser solo el momento que te enciende—repitió de nuevo—Quiero ser el que te calma cuando todo se desmorona.
Alexander tragó saliva sintiendo cómo esas palabras le atravesaban. Levantó una mano y la apoyó en la nuca de Bill acercándolo con cuidado.
—Entonces quédate conmigo—suplicó en un susurro—Pero no solo esta noche. Quédate a mi lado para siempre cuando me equivoque, cuando no sepa hablar o me encierre en mí mismo. Quédate a mi lado incluso cuando no lo merezca.
Bill se le quedó mirando y por primera vez en mucho tiempo no sintió la necesidad de protegerse. Se inclinó y lo besó de nuevo con un beso verdadero, con todo su sentimiento.
— ¿Quieres ir al Keller con los demás, o que te lleve a casa?—preguntó Alexander aún con la voz templada por el beso
—Mejor llévame a casa—respondió Bill con un suspiro largo—No quiero que mi padre te monte una escena porque se haya hecho tarde.
Alexander asintió sin decir nada más. Con delicadeza le ayudó a recomponer su ropa con gestos suaves y a que volviera a su asiento. Entonces arrancó el coche y recorrieron el parking con una calma que contrastaba con lo que acababa de ocurrir.
Al pasar junto al coche de Gustav sus miradas se cruzaron por un instante sin que Bill lo notara. Alexander le guiñó un ojo con una amplia sonrisa en los labios. No fue un gesto casual, estaba cargado de mucho significado.
Gustav sonrió al verlo sabiendo su significado mientras Natalie continuaba sobre su regazo exhausta tras el orgasmo y con un pecho al aire que Gustav acariciaba sin ser consciente de ello mientras pensaba en el mensaje que le acababa de transmitir Alexander con solo una mirada.
Sabía que, en cuanto dejara a Bill bien arropado en su cama y con la luz apagada Alexander iría en su búsqueda.
Iría al Keller.
Iría a por él.
Y el le estaría esperando con impaciencia con una amplia sonrisa en los labios.
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La noche aún no había alcanzado su punto más alto cuando Georg y los demás llegaron al Keller que ya estaba en su ritmo habitual con sus luces rojas, música electrónica envolvente, y un ambiente cargado de humo, risas y miradas que decían más que las palabras.
Georg aparcó con precisión como quien no deja nada al azar. Tras asegurarse de que el coche quedaba bien cerrado, tomó la mano de Louise con naturalidad y se unieron al paso de Andreas, Tom y Víctor, que avanzaba unos metros por delante guiándolos con la soltura de quien conoce perfectamente el camino.
Víctor cruzó la entrada seguido de los demás como si el Keller le perteneciera. No era arrogancia, era magnetismo. Su sonrisa amplia, su andar relajado y sus ojos atentos que absorbían cada detalle con la curiosidad de un cazador elegante, hacían que incluso los desconocidos se giraran a mirarlo.
Georg tuvo apenas unos segundos para observar el ambiente antes de seguir a Víctor hasta la barra donde se hizo hueco volviéndose para mirar a sus amigos. Tom y Andreas se habían quedado unos pasos atrás charlando animadamente con Louise mientras que Georg estaba en la barra junto a él.
—Este sitio tiene algo —dijo Víctor apoyando un codo en la barra y mirándole fijamente—No sé si es el humo, la música o que tú estés aquí. Pero algo lo hace más interesante.
Georg se le quedó mirando de reojo, sin responder. Sabía que Víctor no estaba coqueteando, su tono era juguetón pero no insinuante.
Era puro carisma.
—¿Vas a pedirte algo? —preguntó Georg señalando al camarero que esperaba pacientemente tras Víctor.
—Lo mismo que tú te vayas a pedir—respondió Víctor sin perder la sonrisa—. Aunque si me das a elegir… algo que no me haga parecer un paleto.
Louise se acercó entonces seguida por Tom y Andreas y Víctor se giró hacia ellos con aire teatral.
—¿Sabéis qué sería perfecto ahora?—preguntó con una ceja alzada— Una buena ronda pero nada extravagante ni con esas ridículas sombrillitas que tenemos que poner en el club. Unas buenas copas, algo que diga «esta noche va de puta madre».
Georg alzó una ceja, divertido.
—¿Y quién las va a pagar?—quiso saber.
—Tú, claro —respondió Víctor con naturalidad—No por obligación, sino por estilo. Porque si alguien sabe cómo marcar el tono de una noche, ese eres tú.
Louise no pudo evitar soltar una carcajada, le gustaba mucho Víctor porque siempre estaba haciéndola reír incluso en el club del lago. Era uno de los camareros más divertidos con el que se había encontrado.
Tom sonrió con discreción y Andreas se limitó a asentir fulminando con la mirada a Víctor para pedirle que se relajara. Le conocía demasiado y sabía que era todo un caradura si se lo proponía, pero estaban con otra clase de amigos que no le conocían tan bien y podían sentirse ofendidos con sus palabras. Ya era todo un logro haber conseguido que Georg que les hubiera traído en coche hasta el Keller.
Georg se quedó en silencio un segundo, calibrando el gesto. No había presión, ni doble sentido. Solo una invitación a ser el anfitrión sin que nadie lo exigiera. Y para él no era un problema el dinero, no como para Víctor, Tom y Andreas que se ganaban la vida como camareros y les tenían que aguantar todos los días. Se merecían una buena recompensa, sobre todo cuando estaban Natalie y Alexander cerca con sus caprichos y exigencias.
—Está bien —dijo al fin cediendo—Pero si alguien pide agua, lo echo del Keller yo mismo.
—Aceptamos las reglas del juego —dijo Víctor alzando las manos—Y tampoco nada de mojitos ni piñas coladas ni esas chorradas. Solo veneno elegante.
Georg se acercó más a la barra y le pidió al camarero cinco copas sin preguntar a los demás. Víctor le guiñó un ojo a Andreas satisfecho, había conseguido de nuevo lo que quería sin cruzar ninguna línea.
Porque Georg no se parecía en nada a Gustav.
No se dejaba seducir, no por falta de oportunidades sino porque era hetero sin fisuras, y además tenía una novia preciosa que no solo era encantadora sino también una buena persona. No necesitan alzar la voz para hacerse notar como hacía la arpía de Natalie, Louise brillaba por lo que era y no por lo que aparentaba.
Pero Georg, pese a su fidelidad y convicciones, sabía reconocer el encanto bien administrado. Y Víctor lo manejaba con maestría sin insinuaciones ni dobles intenciones. Solo con esa mezcla de descaro y elegancia que convertía una sutil petición en una cortesía difícil de rechazar.
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El coche de Alexander se alejó del parking con la calma de quien ha dejado atrás una tormenta emocional. Bill miraba por la ventanilla sin decir palabra aún con la respiración entrecortada. Alexander respetó ese silencio, sabiendo que a veces no había nada más elocuente que el eco de lo que acaba de ocurrir.
Condujo él también sumido en sus pensamientos hasta que llegó a la mansión de los padres de Bill. Detuvo el coche observando que todo estaba en silencio y apenas había luz a pesar de las farolas que rodeaban el camino de grava que daba acceso a la puerta principal. Apagó el motor y se volvió hacia Bill, que permanecía aún con la respiración algo agitada por todo lo que había ocurrido en el parking del Sisyphos minutos atrás.
Bill permanecía quieto con las manos sobre su regazo como si no quisiera romper el momento. Pero Alexander ya estaba en otra frecuencia. Su mirada aunque cálida tenía ese brillo de urgencia que Bill conocía bien.
—¿Te vas al Keller, verdad? —preguntó Bill sin rodeos.
— ¿Te importa que vaya?—preguntó Alexander a su vez.
Bill negó con la cabeza, no podía obligarle que se fuera ya a dormir a su casa cuando esa noche habían planeado salir de fiesta y él como siempre tenía que regresar pronto por no atreverse a romper las estrictas reglas de su madre.
Pero no pudo evitar bajar la mirada mientras se mordía el labio. No quería preguntar más. No quería saber si lo que había pasado entre ellos iba a quedarse suspendido en el aire mientras Alexander se iba sin el de fiesta al Keller y se sumergía en otro de sus muchos juegos.
Porque sabía que Alexander se desataba y daba todo de si en cada fiesta que en la que él no estaba, había escuchado algunos rumores como que se pasaba con la bebida y probaba ciertas sustancias que no tenía ni idea de donde las conseguía, Y nunca preguntaba ni le echaba nada en cara, no le correspondía hacerlo pero sentía que le dolía que le siguiera mintiendo.
—¿Vas a estar bien? —preguntó Alexander.
—Sí —respondió Bill, aunque no lo parecía del todo—Solo… no tardes en volver a ser tú por favor.
Alexander lo miró con una mezcla de ternura y culpa. Le acarició con suavidad la mejilla con la punta de los dedos, como si quisiera dejarle algo suyo antes de marcharse.
—Gracias por esta noche—susurró inclinándose.
Rozó sus labios con un casto beso antes de dejar que bajara del coche. Le vio hacerlo con movimientos lentos, como si cada paso lo alejara de algo que aún no quería soltar. Alexander esperó a que sacara las llaves del bolso, abriera la puerta y entrara en la casa, y solo entonces arrancó de nuevo.
Mientras el coche se alejaba su mente ya estaba en el Keller.
En Gustav.
En todo lo que aún quedaba por decir, por hacer y por resolver.
La noche no había terminado aún para él.
Solo había cambiado de escenario.
Continúa…
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