Incomplete 22

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Fic TOLL de lyra

Capítulo 22

Siguieron conversando de temas más amenos y no tan tristes. Sintiendo que molestaban en la barra decidieron trasladarse a una de las mesas del embarcadero y pedirse una patatas fritas con un refresco mientras conversaban.

Melissa se quedó trabajando tras la barra, desde donde no les quitaba los ojos de encima viéndoles mantener un diálogo que parecía fluir sin esfuerzo aunque bajo la superficie cada palabra seguía midiendo distancias.

Entonces Tom miró la hora que era en el reloj de pulsera de oro que llevaba Louise en su muñeca. Era casi las 2 y tenía el tiempo justo de ir al bungalow a ducharse y regresar al club esa vez como camarero y no un cliente más.

—Tengo que irme —anunció levantándose con calma—Ha sido un placer disfrutar de la mañana con vosotros.

—Nos vemos más tarde—dijo Louise sonriendo—Pasaremos el día en el lago, como siempre hacemos.

Bill se limitó a asentir y sonreír también. Tom le devolvió la sonrisa y dio media vuelta echando a andar por el embarcadero saludando con la cabeza a Patrick que servía en esos momentos una de las mesas.

Los ojos de Bill le siguieron hasta que bajó las escaleras del embarcadero y se perdió caminando por la playa. Louise se acomodó a su lado cruzándose de brazos suspirando.

—Georg y los demás deberían llegar en cualquier momento —comentó, como si quisiera llenar el hueco que había dejado la marcha de Tom.

Bill soltó un leve suspiro también y se acomodó también mejor en el asiento observando lo que ocurría a su alrededor. El sol empezaba a calentar con más fuerza y el club parecía entrar en una calma expectante, como si todo estuviera a punto de reanudarse con la llegada de los demás.

Louise se volvió y le quedó mirando notando cómo la sombra de una molestia se había instalado en sus ojos.

—¿Te imaginas a dos personas exactamente iguales?—preguntó, retomando el hilo que Tom había dejado flotando—No solo físicamente, sino en gestos y en silencios. Como si compartieran una raíz invisible.

Bill frunció el ceño apartando la mirada hacia el embarcadero.

—No deberías haber tocado ese tema—dijo con voz baja pero firme—Lo de su hermano gemelo al que Tom nunca ha conocido. No es justo remover algo que ni siquiera sabe si existe de verdad.

—Fuiste tú el primero que tocó el tema de su familia—le recordó Louise—Tom mencionó que había crecido en un hogar de acogida y tú preguntaste primero.

Bill no pudo rebatirlo. Tenía toda la razón pero cuando Tom mencionó lo del hermano, él había querido dejar el asunto ahí. Fue Louise quien insistió, incluso ofreciéndole ayuda.

— ¿Has notado cómo observa fijamente a la gente que lo rodea?—preguntó Louise de repente—Es como si buscara a alguien en cada rostro. Como si le faltara una parte de sí mismo, y creyera que al encontrarla, volvería a sentirse completo. Como si fueran dos mitades de un mismo ser.

Las palabras de Louise sonaban muy poéticas y Bill se quedó mirándola con atención. Era una de sus mejores amigas, quien mejor le conocía aparte de Georg y quien solía ofrecerle los consejos más acertados. Pero esta vez sentía que se equivocaba.

Porque Louise hablaba con doble sentido. No hablaba solo del hermano perdido, se estaba refiriendo a Tom y su búsqueda desesperada de una persona que le hiciera sentirse vivo.

Y Bill sabía que él jamás podía ser esa persona que tanto buscaba.

—Que no lo busque en mí —murmuró Bill mirando fijamente a Louise—Yo estoy con Alexander, no necesito que nadie me empareje con el reflejo de alguien que ni siquiera sabemos que existe.

El silencio cayó entre ellos, espeso como el calor que empezaba a envolver el club. Louise bajó la mirada, avergonzada. Había deseado con tanta fuerza que Bill abriera los ojos respecto a Alexander, que no pensó en cómo sus palabras podían herirlo.

Le había ofendido con sus palabras, y lo último que deseaba era perder para siempre a su amigo.

Solo quería que él fuera feliz.

Y tanto ella como Georg sabían con certeza que con Alexander jamás lo sería.

—No quise incomodarte, lo siento—se disculpó en un susurro.

Bill no respondió de inmediato. Observó el horizonte, donde el agua brillaba como si guardara secretos, respuestas que nadie se atrevía a formular.

—Solo quiero que dejemos de buscar fantasmas—soltó con un suspiro prolongado.

Louise asintió con la cabeza prometiéndole en silencio no volver a intentar nada parecido.

La conversación se apagó entre ellos, como si las palabras hubieran decidido tomarse un descanso. Permanecieron así, envueltos en una quietud incómoda, hasta que el sonido del móvil de Bill rompió el momento como una piedra lanzada al agua.

Él lo tomó con lentitud, frunciendo el ceño al leer el mensaje que acababa de llegar.

—Alexander y los demás están en camino —anunció sin apartar la vista del móvil—Les diré que los esperaremos en el embarcadero.

Envió su respuesta, guardó el móvil con gesto automático y se colocó las gafas de sol. Su mirada se perdió en el lago donde el agua susurraba con cada movimiento. El sonido le envolvía y sin poder evitarlo la imagen de Tom nadando esa mañana se coló en su cabeza.

Podía verle claramente nadando con fuerza como si de esa manera pudiera sacar de su cabeza eso que tanto le atormentaba por dentro y no le dejaba respirar.

Como si el agua pudiera limpiar lo que no lograba olvidar.

&

Tom cerró la puerta del bungalow con un leve chasquido y dejó caer la toalla sobre el sofá. El calor del mediodía aún se aferraba a su piel y la idea de una ducha rápida antes de volver al club a trabajar le parecía casi un lujo. Se dirigía al baño cuando escuchó la voz de Andreas desde su habitación.

— ¿Dónde estabas? —preguntó Andreas desde la puerta.

—Necesitaba tomar aire fresco—contestó Tom sin entrar en más detalles.

—Pensé que querrías que hablásemos de lo que pasó anoche en el Keller—murmuró Andreas.

Tom se detuvo un segundo, con la mano en la manilla de la puerta del baño. No tenía ganas de hablar del tema.

No en esos momentos.

No con Andreas.

—Estoy bien —respondió con tono neutro sin mirar a su amigo.

Andreas no insistió. Ya conocía ese muro invisible que Tom levantaba siempre que había algo que le incomodaba.

Lo había visto antes en demasiadas ocasiones.

—Y has estado paseando toda la mañana—comentó cambiando de tema.

—He ido al lago —explicó Tom mientras se quitaba la camiseta—Estuve nadando un poco y luego almorcé en el club.

— ¿Tú solo?—quiso saber Andreas.

—Sí—contestó Tom sin dudarlo un segundo.

No quería que supiera que había estado con Bill y Louise. Aunque sabía que no tardaría en enterarse ya que todo el club los había visto juntos. Sus compañeros, los clientes y sobre todo Melissa, que no perdía detalle tras la barra.

Cerró la puerta del baño sin añadir nada más y despojándose del bañador entró en la ducha. El agua empezó a correr por todo su cuerpo pero su mente seguía atrapada en la imagen de Bill en el embarcadero, en su tenso silencio y en como le había mirado con la preocupación brillando en sus ojos al saber un triste detalle de su pasado.

Cerró los ojos y se dio una ducha rápida tratando de no volver a pensar en todo lo que había intentado dejar atrás esa mañana.

Cuando salió del baño vio con alivio que Andreas no estaba en la habitación y entró en ella llevando una toalla ajustada a la cadera. Abrió el armario y se vistió con rapidez, solo entonces salió de la habitación y fue a la cocina donde su amigo se preparaba la comida antes de ir al club a trabajar con él.

Por el camino Tom se recogió el pelo y se acomodó en uno de los taburetes, observando a Andreas moverse con soltura entre los utensilios. Cocinaba con una naturalidad que siempre le había impresionado. Siempre habían bromeado entre ellos diciendo que debería abrir su propio restaurante y hacerse rico.

—Hoy he conocido a Rose —dijo Tom de repente rompiendo el silencio.

Andreas se giró con una sonrisa amplia, dejando a un lado la preocupación que lo había acompañado toda la mañana. No quería que Tom notara cuánto le afectaba verlo en ese estado y que no dejara que le ayudara.

—Es encantadora, ¿verdad? —respondió con calidez.

—David me enseñó la cocina y me la presentó —explicó Tom—Me invitó a desayunar antes de ir al lago.

—Seguro que te dio uno de sus bollitos de canela —murmuró Andreas, sonriendo con nostalgia—Están de muerte.

—Y luego me recomendó que nadara en la otra orilla del lago para no ser molestado—añadió Tom, como si aún saboreara la tranquilidad de esa mañana.

Andreas continuó cocinando con precisión, como si cada movimiento le ayudara a ordenar también sus pensamientos.

—No tenemos prohibido usar también las instalaciones del lago pero David prefiere que pasemos desapercibidos—explicó sin volverse.

Tom asintió suspirando, era como si no pudieran mezclarse con los hijos de la alta sociedad por miedo a que les contagiaran algo o les robara.

Terminado de cocinar Andreas se volvió con su plato y se sentó frente a él con una sonrisa.

—Coge si quieres, es mucho para mi—invitó.

Tom aceptó encantado y cogiendo el tenedor que le tendía empezaron a comer en silencio compartiendo ambos el mismo plato.

Andreas no podía dejar de mirarle, como si estuviera estudiando su cara y pudiera ver en ella que era eso que tanto le atormentaba. Aunque ya se hacía más o menos una gran idea, necesitaba corroborarlo.

— ¿Me he manchado?—preguntó Tom al ver que no apartaba de él la mirada.

—No, solo pensaba que se te ve muy cansado—comentó Andreas con tono suave— ¿Qué te pareció el sofá? ¿Pudiste dormir bien?

Tom se encogió de hombros, jugueteando con la servilleta entre los dedos.

—No lo suficiente—confesó en un susurro.

Andreas asintió, como si se imaginara que aparte de un sofá incómodo había otra cosa más que le había impedido poder descansar. Se tomó un momento antes de hablar de nuevo, esperando que Tom no se tomara mal sus palabras.

—Desde lo del Keller siento que no eres el mismo de siempre—confesó en un susurro—No quiero presionarte, pero si necesitas hablar, sabes que estoy aquí. Que siempre lo voy a estar.

Tom cedió por fin con una mezcla de gratitud, Andreas siempre había sido ese tipo de amigo. Presente y paciente, pero también demasiado observador.

—No es solo por lo del Keller —admitió Tom en voz baja sin querer entrar en detalles—Es todo. A veces siento que estoy en medio de algo que no entiendo, como si todos supieran qué papel tienen que jugar menos yo.

Andreas lo observó con atención, dejando que las palabras calaran.

— ¿Tiene que ver con Bill?—se atrevió a preguntar.

Tom dudó por unos segundos antes de contestar.

El nombre de Bill flotaba en el aire como una nota suspendida.

Luego asintió levemente con la cabeza reconociendo al fin que era lo que tanto le atormentaba.

—No sé qué siento por él o qué debería sentir—confesó en voz baja—Solo sé que cuando estoy cerca de él todo se complica.

Andreas no respondió de inmediato. Se limitó a apoyar los codos en la mesa y entrelazar los dedos.

—Tal vez no tienes que entenderlo todo ahora —dijo con calma—Solo vivirlo. Y si duele, que duela. Pero que sea real.

Tom bajó la mirada, sintiendo que algo dentro de él se aflojaba. No era una solución, pero era un alivio.

Andreas no pedía explicaciones.

Solo ofrecía espacio.

&

El club estaba en plena actividad cuando Tom y Andreas llegaron. Fueron directo al vestuario y se pusieron allí sus uniformes para luego ir a ocupar cada uno el sitio que le había tocado en ese turno.

Tom de nuevo le había tocado servir mesas en el embarcadero y lago. Saludó con un gesto a Paul que estaría con él sirviendo en el embarcadero, y se dirigió a la barra para coger una bandeja y empezar a ver qué necesitaban sus clientes.

Melissa lo vio acercarse desde lejos, sus ojos fijos en él como si intentara leerle la mente.

—¿Mañana movida?—preguntó Tom con aire despreocupado mientras observaba a Melissa secar unos vasos.

Ella asintió con un suspiro. Le había tocado cubrir un doble turno y acababa de regresar tras su breve descanso para almorzar.

— ¿Qué tal en el embarcadero con Bill y Louise?—no pudo evitar preguntar con aparente inocencia— ¿Disfrutaste de su compañía?

Tom se tensó por un instante, aunque enseguida retomó su actitud indiferente mientras repasaba la lista de pedidos.

—No se parecen en nada al resto de sus amigos, y Georg tampoco—comentó con sinceridad Tom—Estuvimos charlando, nada más.

Melissa esbozó una sonrisa, pero no era cálida. Era de esas que insinúan más de lo que dicen.

—No sabía que hubierais planeado veros esta mañana—murmuró tratando de aparentar naturalidad.

—No lo hicimos, y de hacerlo no sabía que tenía que avisarte —replicó Tom, sin levantar la voz.

El silencio entre ellos se volvió denso. Melissa se giró para atender a un cliente, pero antes de alejarse, dejó caer una última frase.

—Aquí todo termina sabiéndose, Tom—dijo con firmeza—Que no se te olvide nunca.

Tom se quedó mirando la barra, sintiendo que cada palabra de Melissa había sido una advertencia disfrazada de conversación. Sabía que no podría mantener sus encuentros con Bill en secreto por mucho tiempo.

Y lo que más le inquietaba no era que Melissa lo supiera, sino lo que pudiera hacer con esa información.

No creía que fuera a correr a contárselo a Alexander, no era su estilo. O al menos eso quería pensar Tom.

Pero también sabía que en el fondo Melissa seguía dolida. Aún no había digerido su negativa a continuar después del beso que compartieron la noche anterior. Tal vez le había dado falsas esperanzas, tal vez Melissa sentía por él algo más profundo.

O tal vez simplemente no soportaba ver cómo Bill ocupaba un espacio en Tom que ella nunca podría llenar.

Porque Bill era distinto.

Era esa presencia constante que se colaba en sus pensamientos sin pedir permiso. Y Melissa lo sabía. Lo notaba en cada mirada y en cada tenso silencio que habían compartido.

Y eso, más que cualquier secreto, era lo que la hacía peligrosa.

Tom intentó apartar los pensamientos que lo rondaban y concentrarse en su trabajo. Pasó buena parte de la tarde caminando entre las tumbonas, yendo del club al lago, atendiendo a una clientela sedienta que no dejaba de pedir bebidas como si el calor les hubiera borrado el sentido de la moderación.

Fue entonces cuando lo llamó un grupo y al acercarse pudo comprobar que nuevamente estaba allí toda la pandilla reunida. Respiró hondo, se ajustó la sonrisa como si fuera parte del uniforme y se acercó procurando no mirar directamente a Bill, que compartía gestos cariñosos con Alexander recostados ambos en la misma tumbona.

—Buenas tardes, ¿qué desean pedir? —preguntó con cortesía impecable.

—Después de lo de anoche puedes tutearnos cielo—respondió Natalie con su sonrisa afilada como una navaja envuelta en terciopelo.

—Louise y yo queremos uno de tus famosos cócteles, por favor —intervino Georg con rapidez, intentando desviar la conversación antes de que se desatara otra tormenta.

Tom anotó el pedido con pulso firme, pero por dentro sentía que cada palabra era una prueba. No solo por lo que había pasado en el Keller, ni por el beso con Melissa, ni siquiera por la conversación con Andreas esa mañana.

Era por Bill.

Por esa mirada que evitaba cruzarse con la suya, por ese silencio que decía más que cualquier gesto.

Pero lo que realmente le removía por dentro era lo que había descubierto en los baños del Keller. Ese secreto que aún no había compartido con nadie. La relación clandestina entre Gustav y Alexander, oculta tras sonrisas ensayadas y gestos perfectamente calculados. Y allí estaban en esos momentos cada uno con su pareja riendo como si nada hubiera pasado y como si no se hubieran traicionado a sí mismos ni a quienes los rodeaban.

Tom los observaba desde la distancia, con la certeza de que ninguno sospechaba que él los había escuchado. Que había estado allí en el momento exacto cuando las palabras que no debían pronunciarse se deslizaron entre las paredes húmedas del baño como confesiones robadas.

Y aunque no era de los que usaban la información como arma, sabía que tenía un as en la manga. Uno que no dudaba en jugar cuando fuera necesario.

—¿Alguien quiere algo más? —preguntó recorriendo con la mirada al resto del grupo.

—Yo sí —respondió Natalie sin perder el tiempo—Una Coca-Cola light con mucho hielo, estoy muy sedienta y acalorada.

Su tono era ligero, casi despreocupado, pero Tom sabía que con Natalie nada era completamente inocente. Su forma de pedir, su sonrisa ladeada, incluso la manera en que lo miraba tenía una intención oculta, como si cada palabra fuera una pieza más en un juego que solo ella conocía.

Tom anotó el pedido con gesto neutral, procurando no dejar que nada se reflejara en su rostro. Sabía que en ese grupo, cada gesto podía ser interpretado, cada silencio podía volverse sospechoso.

—Ahora me toca a mi—dijo Gustav sonriendo ampliamente mientras levantaba una mano como si estuviera en clase—Quiero otro de esos cócteles sin una sola gota de alcohol, por supuesto.

A su lado Natalie se partía de risa como si pensara que su novio era el más gracioso del planeta.

Tom asintió con profesionalismo aunque por dentro no podía evitar que la frase le resonara con cierta ironía. Gustav, tan seguro de sí mismo, tan aparentemente transparente y sin embargo, él sabía lo que había escuchado perfectamente en los baños del Keller.

Sabía que detrás de esa sonrisa había secretos que aún no habían salido a la luz.

Mientras anotaba el pedido evitó mirar a Alexander que seguía riendo junto a Bill como si el mundo fuera un escenario y ellos los protagonistas de una comedia ligera. Pero Tom ya no veía la escena con la misma inocencia.

Desde la noche anterior todo tenía matices, sombras y dobles sentidos.

Y aunque aún no había decidido qué hacer con la información que guardaba, sabía que no podía ignorarla por mucho tiempo.

Se quedó en silencio esperando con la bandeja en una de sus manos mientras sentía cómo su paciencia estaba llegando al límite. El sol seguía cayendo con fuerza sobre la playa del lago y el murmullo del agua parecía burlarse de su incomodidad.

—Chicos, ¿vais a pedir? —intervino Georg con tono firme— Tom tiene trabajo, no puede quedarse toda la tarde esperando por vosotros.

Desde la tumbona Alexander emitió un gruñido apenas audible antes de separarse ligeramente de Bill, como si el comentario lo hubiera sacado de una ensoñación. Alzó la mirada y se quedó mirando a Tom sin decidirse, atrapado en una indecisión que parecía más emocional que gastronómica.

—Yo solo quiero agua —murmuró Bill sin levantar la mirada, con la voz tan baja que casi se perdió entre el sonido del lago.

Tom anotó el pedido sin decir nada, pero el gesto de Bill no pasó desapercibido. Esa falta de contacto visual y ese tono apagado decían más que cualquier conversación. Y aunque intentaba mantenerse profesional, algo dentro de Tom se removía con cada palabra que no se decía.

—Pues yo no sé aún que pedir—dijo Alexander alargando las palabras con fingida pereza— ¿Qué me recomiendas, Tom? Tú, que pareces conocer tan bien los gustos de todos…

Natalie soltó una risita suave, venenosa como siempre. No perdía nunca detalle de las conversaciones dispuesta siempre a participar y dar su toque personal.

Tom mantuvo la sonrisa profesional, aunque por dentro sentía que cada palabra era una provocación cuidadosamente medida.

—Depende —respondió con calma— Si buscas algo refrescante, puedo traerte un té helado con menta. Si prefieres algo más dulce, tenemos limonada casera.

Alexander ladeó la cabeza, como si estuviera considerando algo más que bebidas.

—¿Y si quiero algo… inesperado?—preguntó con una sonrisa.

—Entonces te recomiendo que lo pidas rápido —replicó Tom sin perder la compostura—Así todos podemos seguir con nuestro día.

Natalie se acomodó en su tumbona, disfrutando del intercambio como quien observa una partida de ajedrez.

Entonces Bill intervino sin decir palabra. Solo deslizó una mano sobre el muslo desnudo de Alexander, un gesto sutil pero cargado de intención. Alexander se volvió hacia él, con una mirada interrogante, buscando una explicación que no necesitaba ser pronunciada.

No hizo falta que Bill dijera nada. En sus ojos había una súplica silenciosa, casi una orden disfrazada de ternura. Le estaba recordando lo que su padre había dicho durante la cena.

Nada de escándalos.

Nada que pudiera poner en entredicho la reputación de su hijo en el club.

Alexander tragó saliva con dificultad sintiendo que el aire se había vuelto más denso de repente. Se giró de nuevo hacia Tom y con voz rápida y neutra pidió su bebida sin añadir nada más.

No quería prolongar el momento.

No quería que Tom ni nadie pudiera leer entre líneas lo que acababa de ocurrir.

Tom anotó el pedido sin levantar la mirada pero consciente del gesto de Bill y el cambio en el ambiente que había sucedido.

Y aunque no podía decir nada, sabía que acababa de presenciar algo que hablaba de poder, de control y de miedo.

Dio media vuelta sin añadir palabra y se dirigió al club, dejando atrás al grupo que retomó la conversación en su ausencia como si nada hubiera pasado. Melissa lo vio llegar resoplando y se apresuró a preparar las bebidas con la eficiencia de quien ya intuía que algo se cocía bajo la superficie.

Minutos después, regresaba a la playa con la bandeja bien cargada equilibrándola con precisión mientras el sol le golpeaba la nuca. Se acercó a las tumbonas y sin perder la compostura comenzó a enumerar los pedidos con voz clara y profesional, dejando cada bebida frente a quien la había solicitad, sobre la mesita baja que servía de centro improvisado para el grupo.

—Coca-Cola light con mucho hielo para Natalie —murmuró colocándola ante ella con cuidado.

Natalie ni le miraba mientras le hablaba, gesto habitual en ella y que Tom ya se esperaba.

—Cóctel sin una gota de alcohol para Gustav—no pudo evitar decir con ironía—Y también para Georg y Louise.

—Muchas gracias, Tom—contestó Louise con una amplia sonrisa que Georg también le dedicó.

—Agua para Bill —susurró dejando el vaso frente a él sin atreverse a mirarle—Y por último una piña colada sin alcohol para Alexander.

Alexander recibió su bebida sin comentarios, aunque sus ojos siguieron a Tom con una mezcla de incomodidad y algo más difícil de descifrar.

Tom terminó de repartir y se enderezó, sintiendo que cada gesto había sido observado, medido, interpretado. Sabía que en ese grupo incluso servir una bebida podía convertirse en un acto cargado de significado.

—Debe pesar mucho la bandeja que llevas—soltó de repente Natalie mirando a Tom fijamente

Tom se detuvo un instante con la bandeja aún en equilibrio entre sus manos y dirigió la mirada hacia Natalie. Su tono había sido casual, pero la mirada fija y la sonrisa ladeada dejaban claro que no era solo una observación inocente.

—Tienes que tener fuerza para poder llevarla con tantas bebidas—siguió comentando con su voz dulce y afilada.

Tom sostuvo su sonrisa profesional, aunque por dentro sabía que Natalie no hablaba solo del peso físico. Era una frase con doble filo, como casi todo lo que salía de su boca. Una insinuación, una provocación, un juego que ella disfrutaba más que nadie.

—Uno se acostumbra —respondió con calma sin apartar la mirada—Al final, lo importante es saber buscar el equilibrio perfecto.

Natalie entrecerró los ojos como si saboreara la respuesta.

—Saber buscar el equilibrio perfecto—repitió como si la frase le hubiera hecho gracia—Qué concepto tan interesante.

Alexander soltó una risa breve y se acomodó en la tumbona, observando a Tom con una mezcla de curiosidad y algo más difícil de descifrar. Bill, en cambio, seguía en silencio, con la mirada clavada en el vaso de agua que tenía delante.

—No creo que sea para tanto—soltó con desdén Alexander.

—Pues prueba tú a ver—replicó Natalie al instante.

Tom se mantuvo en silencio, observando el intercambio de indirectas con la bandeja aún en las manos. Sabía que Natalie no solo estaba defendiendo su comentario anterior, sino que también disfrutaba empujando a Alexander fuera de su zona de confort. Y Alexander por su parte parecía debatirse entre mantener su aire de superioridad o aceptar el reto solo para no quedar en evidencia.

—Tom, deja que pruebe Alexander—pidió Natalie alzando una ceja mientras señalaba la bandeja con fingida amabilidad.

Alexander se quedó mirando la bandeja que Tom llevaba en sus manos y por un segundo pareció considerar la idea. Pero finalmente se limitó a encogerse de hombros.

—No, gracias—contestó suspirando—No quiero quitarle el protagonismo a nuestro camarero estrella.

—O será que no eres tan fuerte como aparentas —murmuró Natalie con una sonrisa que destilaba veneno suave.

La frase lanzada con aparente ligereza era en realidad una acusación directa. Alexander lo entendió al instante. Lo estaba llamando cobarde delante de todos, y eso no podía permitirlo.

—Pásame la bandeja —pidió sin apartar la mirada de Natalie.

—Vamos chicos, que Tom tiene mucho trabajo —intervino Georg, intentando calmar las aguas antes de que la situación se desbordara.

—Ahora es Alexander quien tiene mucho trabajo —rectificó Natalie con firmeza—Que lo sustituya el resto del turno.

—¿Y qué va a hacer él mientras?—preguntó Gustav en el fondo encantado con la idea— ¿Quedarse aquí de brazos cruzados?

—Que ocupe el sitio que ha dejado Alexander —respondió Natalie señalando la tumbona de Bill.

Todas las miradas se dirigieron a la tumbona que Alexander acababa de abandonar. Bill seguía allí, incómodo, como si el sol de repente le quemara más de lo habitual. No sabía dónde meterse, deseando que Tom interviniera y rechazara aquel juego absurdo.

Pero la respuesta de Tom lo dejó aún más descolocado.

—Si David está de acuerdo, por mí no hay problema —dijo con calma como si no le afectara en absoluto.

—Pues vamos a preguntarle —sentenció Alexander con la misma firmeza con la que se había puesto en pie.

Echaron a andar juntos hacia la caseta donde David gestionaba el alquiler de las lanchas. Sus pasos levantaban la arena de la playa tras ellos marcando el inicio de una escena que ninguno de los dos había planeado.

A sus espaldas, Natalie aplaudía con entusiasmo fingido como si celebrara una victoria en un juego que solo ella entendía. Gustav por su parte se reía a carcajadas disfrutando del espectáculo con la despreocupación de quien no tiene nada que perder.

Bill cerró los ojos resignado como si el sol le hiciera más daño de lo habitual. Sentía que todo se le escapaba de las manos, y la mirada triste que Louise le dirigía no hacía más que confirmar lo que él ya sabía.

Aquello no era una broma.

Era una humillación cuidadosamente orquestada.

Y mientras los dos se alejaban, el grupo quedaba atrás envuelto en una tensión que ni las risas ni los aplausos lograban disimular del todo.

Continúa… 

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por lyra

Escritora del Fandom

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