
Fic TOLL de lyra
Capítulo 24
El agua del lago lo envolvió como un abrazo fresco y por un instante todo pareció detenerse en una quietud casi mágica. Tom se sumergió por completo buscando apagar el fuego que le ardía bajo la piel desde que ocupara su sitio en las tumbonas. No era solo por la cercanía con Bill sino por las palabras de Gustav, tan punzantes que lo habían hecho estallar revelando que sabía lo que había ocurrido en los baños del Keller.
Salió de nuevo a la superficie con un suspiro contenido pasándose las manos por el pelo húmedo para peinárselo hacia atrás con gesto automático. A su derecha Georg salpicaba a Louise con una sonrisa cómplice, ambos riendo mientras se dejaban llevar por la ligereza del momento. Tom no pudo evitar unirse al juego lanzando agua también sobre Louise hasta que ella entre risas y manotazos levantó las manos en señal de rendición.
—¡Sois dos contra uno, eso es trampa! —protestó Louise, frotándose los ojos con una sonrisa que no lograba ocultar del todo.
Georg fue hacia ella y la estrechó en sus brazos apoderándose de sus labios. Tom se les quedó mirando con cierta envidia, se les veía muy enamorados y con la vida resuelta.
— ¡Louise! ¡Georg!
El aludido se volvió y sonrió al ver quien le llamaba.
— ¿Venís a jugar a voleibol? —gritó desde la orilla Natalie con esa energía contagiosa que parecía no agotarse nunca.
Georg asintió con la cabeza y se volvió hacia su novia. Louise asintió también sin pensárselo dos veces ye giró hacia Tom con una sonrisa suave, como si el agua hubiera lavado cualquier rastro de tensión.
—¿Te apetece? —preguntó.
Tom asintió también y Georg fue el primero en moverse echando a andar a la orilla del lago. Tom y Louise fueron tras él, había unas canchas al fondo de la playa y hacia ellas se dirigieron. Mientras caminaban Louise se acercó a Tom bajando un poco la voz.
—Yo… —empezó a hablar en un tono serio—Quería pedirte perdón por lo de esta mañana. No debí tocar el tema de tu hermano. Fue muy insensible por mi parte.
Tom se detuvo un segundo, mirando al suelo como si las palabras le hubieran golpeado más fuerte de lo que esperaba. Luego alzó la vista, con una expresión serena pero firme.
—No fue insensible —respondió—Fue honesto. Solo que… hay cosas que aún no sé cómo manejar.
Louise asintió sin intentar justificar nada. Solo le ofreció su presencia, sin presión.
—Si algún día quieres hablar de ello, aquí estoy—dijo Louise recuperando su sonrisa de nuevo— No como curiosa, sino como amiga que te quiere apoyar y ayudar en lo que sea.
Tom le dedicó una sonrisa leve, agradecido por la delicadeza. Georg, que caminaba unos pasos por delante, se giró y les lanzó una pelota con gesto burlón.
—¡Venga, no os quedéis atrás! —exclamó sonriendo—Que Natalie ya está montando equipos y nos va a poner con Gustav si tardamos.
Louise soltó una carcajada, y Tom se permitió reír también. El sol brillaba alto y por un momento el pasado parecía menos pesado.
El presente, al menos, les ofrecía una tregua.
La cancha se llenó de risas, arena y movimientos torpes pero entusiastas. Tom se recogió automáticamente el pelo para que no le molestara y fue presentado al resto del equipo, más amigos que aún no había conocido y que estrecharon su mano con una sincera sonrisa en la cara.
Natalie, con su energía contagiosa se encargó de repartir los equipos adjudicándose para ella el centro del campo, decidida a ser el alma del partido.
Tom se dejó llevar por el juego agradeciendo el ritmo frenético que le permitía no pensar demasiado. Cada saque, cada salto, cada grito de victoria o queja por una falta, lo alejaba un poco más de la conversación con Gustav y del silencio de Bill que desde su tumbona los observaba.
No participaba en el juego ni lo comentaba, ni siquiera se movía en la tumbona. Solo sus ojos, ocultos tras sus gafas oscuras seguían cada movimiento de Tom con una intensidad que contrastaba con su aparente indiferencia. Su cuerpo permanecía relajado, pero sus dedos se tensaban sobre el brazo de la tumbona cada vez que Tom reía con Louise o las demás chicas del grupo, o se chocaba las manos con Georg tras un punto ganado.
Louise, ajena a esa mirada se giró hacia Tom tras un remate fallido y le lanzó una sonrisa cómplice.
—No eres tan bueno como pensabas —bromeó empujándolo suavemente con el hombro.
—Solo estoy calentando —respondió Tom devolviéndole la sonrisa.
Natalie se acercó con la pelota en la mano y una expresión de triunfo.
—¡Cambio de equipos! —gritó— Vamos a mezclar un poco las cosas.
Mientras reorganizaban posiciones, Tom se volvió un instante hacia las tumbonas. Bill seguía allí inmóvil, pero sus ojos ya no estaban ocultos. Lo miraba directamente sin expresión alguna, como si intentara descifrar algo que no terminaba de entender. Tom sostuvo la mirada por un segundo y luego volvió al juego sin decir nada.
La pelota volvió a volar, los cuerpos a moverse y el sol a caer lentamente sobre el lago. Pero entre cada punto, cada risa y cada salto, la presencia de Bill seguía allí, como una sombra silenciosa que no jugaba, pero tampoco se iba.
Solo observaba en silencio con el sol acariciando su piel, pero que no lograba calentarle por dentro. Todos se habían ido hacia la cancha dejándolo solo como si su presencia fuera prescindible una vez que el juego había comenzado. A él nunca le había gustado jugar al voleibol, prefería mantenerse al margen observando jugar a los demás.
Pero esa tarde, el margen se sentía más como un exilio.
Sus ojos seguían cada movimiento de Tom. Lo veía divertirse como nunca entre carreras y risas, charlando amigablemente con los compañeros del equipo que le había tocado que apenas le conocían pero le había dado una cálida bienvenida.
Y lo peor no era eso.
Lo peor eran las miradas.
Las chicas que se habían acercado fingiendo leer mientras tomaban el sol sin apartar la mirada de Tom. Algunas reían con cada gesto suyo, otras se mordían el labio como si no pudieran evitarlo.
Y Bill lo notaba todo.
Cada mirada, suspiro y gesto que no iba dirigido a él.
Se sentía apartado. No solo del juego, sino de todo lo que estaba ocurriendo. Como si el mundo se hubiera desplazado unos metros más allá, justo donde Tom estaba. Y él se había quedado en la sombra, en una tumbona que ya no parecía tan cómoda.
Tom saltó para rematar y las chicas silbaron y aplaudieron. Bill apretó los dedos contra el brazo de la tumbona sin saber si era rabia, tristeza o simplemente esa punzada que aparecía cuando uno se da cuenta de que está perdiendo algo que nunca fue suyo del todo.
No dijo nada.
No se movió.
Solo siguió mirando, como si al hacerlo pudiera recuperar un poco de ese espacio que parecía ocupado por todos menos por él.
&
Alexander observó a Gustav alejarse con paso firme, como si se sintiera más ligero tras haber descargado peso al pronunciar aquellas palabras. La barra volvió a llenarse de ruido, de vasos tintineando y conversaciones cruzadas, pero Alexander ya no escuchaba nada. Su mente se había sumido en un silencio denso, como si cada pensamiento se moviera bajo el agua.
Apoyó las manos sobre la madera pulida, sintiendo el calor acumulado por el sol. La bandeja permanecía a su lado ya preparada con la siguiente ronda que Melissa había terminado de colocar sobre ella. Pero él no se movía.
En su cabeza, las piezas comenzaban a encajar.
No era solo Tom.
No era solo el Keller.
Era el juego que todos estaban jugando, y él había decidido que no iba a perder.
«Si vuelve a insinuar algo, se acabó la diplomacia.» —pensó con firmeza—»No voy a dejar que Bill se entere de todo por boca de otro. Y si Gustav también quiere guerra, que se prepare para las consecuencias.»
— ¿Estás esperando que la bandeja se sirva sola?—preguntó Melissa al ver que no se movía—Vamos, tus clientes te esperan y como tardes ya puedes despedirte de la propina.
Alexander espiró hondo tratando de calmar el pulso que se le había acelerado. No podía permitirse perder el control en esos momentos. No delante de David ni de Melissa que lo observaba con una ceja arqueada y la intuición afilada.
Tom estaba en la playa, rodeado de risas y miradas con Bill sentado a su lado. Y aunque Alexander no podía verlos desde allí, lo presentía. Como si su presencia fuera una fuerza invisible que lo empujaba a actuar.
Tom había cruzado una línea.
Y Alexander no pensaba quedarse esperando a ver si volvía a hacerlo.
Tomaría nota de cada gesto, cada palabra y cada mirada. Y cuando llegara el momento, no habría advertencias. Solo consecuencias.
Tom no sabía con quién se había metido.
Cogió la bandeja con firmeza, se giró hacia la salida del club y echó a andar recorriendo el embarcadero hacia la playa.
En esos momentos ya no era solo un camarero improvisado.
Era un estratega en movimiento.
Y el campo de batalla estaba justo delante de él.
Caminó por la arena con la bandeja en equilibrio sorteando toallas, cuerpos tumbados y risas dispersas. Al llegar a la zona de las tumbonas sus ojos buscaron a Bill entre el bullicio. Lo encontró a solas, con las gafas oscuras puestas y la espalda ligeramente encorvada, como si el sol no bastara para calentarle el ánimo.
Dejó las consumiciones en su sitio esbozando una sonrisa automática y volvió sobre sus pasos hacia el club. Al llegar a la barra fue directamente hacia Melissa.
—¿Me preparas un té helado? —pidió con voz firme—Y me tomo un descanso. Llevo más de una hora sin parar y lo necesito.
Melissa lo miró de reojo como si evaluara si era una excusa o una petición legítima. Luego asintió sin decir nada y comenzó a preparar la bebida. Alexander esperó en silencio mientras lo preparaba y cuando estuvo listo lo tomó con cuidado de la mano y dejando atrás su bandeja salió de nuevo hacia la playa.
Se acercó a Bill con paso tranquilo, como quien no quiere interrumpir pero tampoco pasar desapercibido.
—Su bebida, caballero—dijo sonriendo tendiéndole el té helado.
Bill alzó la mirada y lo aceptó sin decir palabra, asintiendo apenas con la cabeza. Alexander se sentó a su lado, dejando que el silencio hablara por ellos durante unos segundos.
Al fondo de la playa Tom jugaba al voleibol con sus amigos con una energía que parecía inagotable. Saltaba, reía y chocaba las manos con sus compañeros como si los conociera de toda la vida.
Había un grupo de chicas tomando el sol cerca de ellos que lo miraban como si fuera el centro de gravedad de la playa. Algunas fingían leer, otras simplemente lo observaban sin disimulo alguno.
Alexander se dio cuenta de ello.
Y también que Bill había notado, y de ahí que estuviera más silencioso de lo habitual.
—Está en su elemento —murmuró Alexander sin poder contenerse—Con todas las miradas fijas en él.
Bill solo se encogió de hombros como respuesta y tomando su vaso dio un sorbo del té antes de dejarlo de nuevo sobre la pequeña mesa junto a la tumbona. Se recostó en ella y se cruzó de brazos suspirando, no podía evitar sentirse muy solo en esos momentos. Hasta Louise le había abandonado, pero no podía pedirle que se quedara haciéndole compañía cuando la veía divertirse con Georg y los demás.
Ella no tenía la culpa de que él fuera tan raro.
O que no pudiera evitar sentirse muy silencioso esa tarde, más de lo habitual.
Aunque solía ser muy reservado, aquella tarde su silencio tenía otro peso. La conversación que había escuchado esa mañana entre sus padres no dejaba de resonar en su mente, como un eco persistente. La palabra pacto se había instalado en su pensamiento, girando una y otra vez sin descanso. No lograba apartarla, ni entender del todo su significado. Lo único que tenía claro era que debía descubrir qué se escondía tras ese secreto que sus padres protegían con tanto recelo.
Costara lo que costara.
—¿Estás bien? —preguntó Alexander en voz baja.
Bill tardó unos segundos en responder. Desvió la mirada fijándola en el lago, como si el reflejo del sol sobre el agua pudiera darle alguna pista o señal. Finalmente, giró apenas el rostro hacia Alexander, sin mirarlo del todo.
—¿Alguna vez has sentido que todo lo que creías saber sobre tu familia… no era más que una fachada? —preguntó en voz baja.
Alexander frunció el ceño sorprendido por la pregunta. Se sentó en su misma tumbona lo más cerca que pudo de él, dejando que el silencio entre ellos se llenara de tensión.
—¿A qué te refieres?—quiso saber.
Bill bajó la mirada, jugueteando con el borde del vaso de té que tenía entre las manos.
—Esta mañana escuché a mis padres hablando—empezó a explicar—Fue justo después del desayuno, como siempre mi madre logró hacerme sentirme un inútil, y cuando me retiré a la habitación mi padre dijo algo que jamás pensé que pudiera escuchar viniendo de él.
Alexander se quedó en silencio esperando que siguiera hablando, cogiendo una de sus manos entre las suyas.
—Se enfrentó a mi madre defendiéndome—susurró Bill—Le dijo que se había excedido hablándome de esa manera y madre le dijo que recordara el pacto que habían hecho, que ella no se metería en sus turbios asuntos y él dejaría mi educación en sus manos.
— ¿A qué tipo de pacto se referían?—preguntó Alexander muy interesado.
—No lo sé, uno que habrán hecho hace años—contestó Bill encogiéndose de hombros—No dieron más detalles, pero sonaba serio. Como si todo lo que somos estuviera condicionado por eso.
Alexander se quedó en silencio, procesando las palabras. Sabía que la familia de Bill era reservada y de lo más rara, pero nunca había imaginado algo así.
—¿Crees que tiene que ver contigo? —preguntó con cautela.
—No lo sé —respondió Bill apretando los labios—Pero tengo que averiguarlo. No puedo seguir fingiendo que no pasa nada, no cuando esa palabra me persigue como un eco.
Alexander se le quedó observando con atención. Había algo distinto en Bill esa tarde. No era solo su silencio habitual, era una inquietud que parecía haberle calado hasta los huesos.
—Si necesitas ayuda sabes que puedes contar conmigo, ¿verdad?—murmuró.
Bill lo miró por fin, con una mezcla de gratitud y desconfianza.
—Gracias. Pero esto… esto tengo que descubrirlo solo—dijo con firmeza.
Alexander asintió, respetando la decisión. Sabía que había batallas que uno debía librar por sí mismo. Aunque doliera ver a alguien enfrentarlas en soledad.
Y mientras las risas seguían resonando desde el lago, Bill se quedó allí, con la palabra pacto resonando en su mente como una promesa rota que aún no entendía.
— ¿Quieres que me quede a hacerte compañía? —preguntó Alexander de repente—No quiero que te pases toda la tarde solo mientras los demás están jugando ignorándote. Le digo a Tom que se acabó nuestro juego, que me rindo. Que vuelva a ocupar su puesto.
—No —respondió Bill mirándole con una expresión serena pero firme—Debes jugar hasta el final.
—¿Por qué?—quiso saber Alexander frunciendo el ceño.
Pero Bill no podía decirle lo que realmente estaba pensando. Quería que Tom disfrutara de una felicidad que sabía que no había tenido nunca, estaba seguro que nunca antes había sido tan feliz en la vida. Después de la conversación que habían mantenido esa mañana con Louise sabía que la vida de Tom no había sido para nada fácil y en esos momentos podía comportarse como si fuera uno más de ellos que solo estaban ahí para divertirse sin preocupación alguna.
Estaba disfrutando de una libertad que no había conocido nunca y no quería que nada ni nadie se la estropeara. Ni él mismo con su apatía ni Alexander mucho menos.
—Has aceptado las reglas del juego con todas sus consecuencias—murmuró Bill mirando fijamente a Alexander—Debes cumplir tu palabra, ¿o vas a decirle a David que ya te has rendido?
Alexander se quedó en silencio procesando esas palabras y el cambio que se había experimentado en Bill, había pasado de estar triste y pensativo por un secreto que pensaban que tenían sus padres a mostrarse sereno y contundente en sus palabras.
Sabía que no lo estaba diciendo por David, no era él quien vería que había fracasado en su intento de demostrar que podía con todo lo que se le ponía delante. Era a su padre a quien le estaría demostrando que no era fiel a su palabra y en el fondo que era débil.
—Está bien —dijo finalmente levantándose—Pero si en algún momento quieres que me quede, solo tienes que decirlo.
Bill no respondió, solo asintió con un gesto leve casi imperceptible mientras sus ojos volvían a posarse en la cancha de voleibol. Alexander se quedó unos segundos más a su lado, observando también. Tom reía con Louise, chocaba las manos con Georg y las chicas seguían lanzándole miradas que hablaban más de deseo que de admiración.
Alexander se giró lentamente y comenzó a caminar hacia el embarcadero. El sol le golpeaba la espalda, pero lo que pesaba más era la sombra de las palabras de Bill.
«¿Vas a decirle a David que ya te has rendido?»
No era solo una pregunta.
Era más bien un recordatorio.
Un desafío.
Y una herida que aún no había cerrado del todo.
Mientras avanzaba, pensaba también en su propio padre. Todas las veces que le había exigido más de lo que podía dar y en la mirada decepcionada que le dirigía con cada error que él cometía. No era solo al padre de Bill a quien quería impresionar, era también al suyo.
Cumplir su palabra no era solo por una cuestión de orgullo.
Era una forma de poder sobrevivir.
Entró de nuevo al club y fue a la barra a coger la bandeja que seguía en el mismo sitio donde la había dejado.
—¿Ya has terminado tu descanso? —preguntó Melissa con tono burlón.
—No del todo —respondió pasándose una mano por el pelo—Pero tengo que seguir con el trabajo, he dado mi palabra.
Melissa lo observó con curiosidad, pero no preguntó nada más. Alexander volvió a tomar la bandeja esta vez con menos entusiasmo pero con más determinación. Sabía que no podía rendirse.
No aún.
No mientras Tom seguía brillando en la cancha con Bill lo observando desde la distancia.
Y mientras caminaba de nuevo hacia la playa no podía dejar de pensar que por una vez en la vida, estaba haciendo lo correcto y lo seguiría haciendo con una amplia sonrisa.
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Dieron el partido por finalizado cuando el cansancio se apoderó de ambos equipos. Entre risas y bromas decidieron que lo mejor sería dirigirse al lago para darse un baño refrescante y hacia allí comenzaron a caminar comentando lo mucho que habían disfrutado del juego.
Tom caminaba con una sonrisa radiante. La tarde le había regalado momentos inolvidables y nuevas amistades que le hacían sentir parte de algo. Georg, siempre atento, se había encargado de integrarlo en el equipo y le presentó a quienes serían sus compañeros de juegos.
Pronto descubrió que no se parecían en nada a Alexander, Gustav o Natalie. Aquellos chicos eran cercanos, cálidos, y lo acogieron con entusiasmo. Tom se sintió cómodo desde el primer instante, y en esos momentos caminaba al lado de Peter mientras conversaban animadamente. Resultaba que Peter era primo de Georg y le estaba saliendo con una chica preciosa llamada Helen, quien además era íntima amiga de Louise.
—Yo los presenté —dijo Peter con aire orgulloso, señalando a su primo—Digamos que me debe la vida… o al menos unos cuantos favores.
Tom soltó una carcajada ante el comentario de Peter, mientras el grupo llegaba a la orilla del lago. El sol comenzaba a descender, tiñendo el agua de tonos dorados y anaranjados que hacían que todo pareciera sacado de una postal. Algunos ya se habían lanzado al agua, entre gritos y chapoteos, mientras otros se deshacían de camisetas y zapatillas, preparándose para el baño.
—¿Y tú, Tom? ¿Te animas? —preguntó Louise, que se había acercado con una sonrisa traviesa y el cabello recogido en una coleta improvisada.
—Claro —respondió Tom al momento.
Peter se adelantó corriendo y se lanzó al agua con un grito de guerra que hizo reír a todos. Georg lo siguió, y pronto el lago se llenó de risas, salpicaduras y carreras acuáticas. Tom se sumergió lentamente dejando que el agua le envolviera como un bálsamo. Cerró los ojos por un momento disfrutando de la sensación de ligereza, como si todo lo que le pesaba se hubiera disuelto en el agua.
Todo esto siendo observado por Bill desde su tumbona. Tras la marcha de Alexander se dedicó a beberse el té con calma mientras los observaba jugar. Hasta que se cansó y sacando una revista de la bolsa de Louise se puso a leerla hasta que escuchó que el partido terminaba y todos se fueron a dar un baño al lago.
Dejó la revista sobre su regazo y de nuevo se quedó espiando tras sus gafas de sol. Observó como Tom se rezagaba charlando animadamente con Peter y le escuchó echarse a reír a carcajadas por algo que Peter habría dicho. Su risa era contagiosa y Bill no pudo evitar sonreír desde la tumbona donde llevaba todo el tiempo disfrutando de una tarde en soledad.
No había participado del juego, pero tampoco se sentía incómodo porque le hubieran dejado solo. Estaba acostumbrado y lo prefería a escuchar las frases de doble sentido que Natalie siempre soltaba cuando se aburría y quería darle algo de emoción a sus reuniones.
Prefería quedarse en su tumbona y observar lo que pasaba a su alrededor, con esa expresión indescifrable que Tom empezaba a reconocer como su forma de estar presente sin intervenir.
Y en eso estaba cuando sintió que alguien se acercaba y unas gotas de agua fría cayeron sobre su brazo. Alzó la mirada descubriendo a Louise de pie ante él, se había dado un chapuzón rápido en el lago y salió con rapidez para hacerle compañía sintiendo que le había abandonado casi toda la tarde.
—¿Estás bien? —preguntó con dulzura sentándose en su tumbona.
Bill asintió lentamente, sin apartar los ojos de Tom, como si su mirada estuviera anclada en algo más que el movimiento del agua.
—Solo contemplo el paisaje —dijo con voz serena.
Aunque en su tono se percibía una carga invisible, como si el paisaje al que aludía no fuera el lago sino la figura que se movía entre risas y salpicaduras.
Louise se sentó a su lado aún con gotas de agua resbalando por su piel y se lo quedó observando con ternura.
—¿No te apetece darte un chapuzón? —preguntó con suavidad.
Bill esbozó una sonrisa leve, casi imperceptible.
—Estoy bien aquí —murmuró, y aunque sus palabras eran sencillas, su mirada decía mucho más.
—Entonces me quedo contigo —dijo Louise con determinación acomodándose a su lado— Te hemos dejado aquí solo toda la tarde.
—Ve a bañarte con Georg —pidió Bill con suavidad—No le dejes solo por mí.
—Está bastante entretenido ahora mismo —comentó ella con una sonrisa divertida.
Bill siguió su mirada y comprendió a qué se refería.
Natalie, con su energía inagotable, había organizado una carrera de relevos en el agua. Los chicos se agrupaban entre risas y gritos, listos para lanzarse al juego.
La tarde aún tenía promesas de diversión, pero en ese instante Tom sentía que lo más valioso no era el juego, sino esa calma compartida con alguien que, aunque distante, estaba empezando a formar parte de su mundo.
Desde su tumbona Bill no podía evitar pensar que Natalie siempre lograba lo que se proponía. Cuando el aburrimiento la alcanzaba, bastaba una idea suya para poner a todos en movimiento. Y lo curioso era que nadie se resistía. Era como si ejerciera una especie de magnetismo invisible que los empujaba a seguirla sin cuestionamientos.
Una vez más, las mismas chicas que habían estado observando el partido desde la orilla se unían al bullicio. Reían, gritaban y animaban a los participantes con entusiasmo, como si el lago se hubiera transformado en el centro de un pequeño universo donde todo giraba alrededor del juego… y de Tom.
Tom se había convertido sin proponérselo en el epicentro de aquella tarde luminosa. Las risas, miradas e incluso los suspiros de las chicas que le rodeaban eran todos dirigidos hacia él. Y cuando cruzó la línea final de la carrera acuática, con el agua salpicando a su paso y una sonrisa triunfante en el rostro, un estallido de gritos y aplausos se elevó desde la orilla.
Y un Tom empapado y jadeante alzó los brazos en señal de victoria, sin poder evitar reírse también contagiado por la energía que lo rodeaba.
Bill seguía observándolo todo en silencio. No era solo la celebración lo que le llamaba la atención, sino la forma en que Tom brillaba sin esfuerzo, como si el mundo entero se hubiera alineado para rendirse ante su presencia. Y aunque no lo decía en voz alta, algo dentro de él se removía con fuerza. No era celos, exactamente. Era más bien una mezcla de admiración y miedo.
Miedo de que Tom se alejara demasiado, de que ese universo que lo celebraba no tuviera espacio para él.
Observó con la frente arrugada como una de las chicas se atrevió a dar un paso y se acercó a Tom para tenderle una toalla con una sonrisa cómplice.
—Oficialmente le están coronando como el rey del lago —bromeó Louise a su lado entre aplausos.
Tom aceptó la toalla y se secó con ella la cara aún riendo mientras que sus ojos buscaban instintivamente a Bill. Lo encontró quieto e su tumbona donde había pasado toda la tarde con la mirada fija en él. No había sonrisa, pero tampoco reproche.
Solo esa intensidad que parecía decir más que cualquier palabra.
Y en ese cruce de miradas Tom entendió que aunque el mundo lo celebrara, había una parte de él que solo quería saber si Bill también lo hacía.
Pero Bill no era el único que observaba a Tom en silencio.
Desde la caseta del lago David no perdía detalle de lo que ocurría a su alrededor. Había escuchado con atención los comentarios de las chicas, fascinadas por ese chico desconocido que sin que él lo supiera había revolucionado sus corazones.
Andreas, por su parte, no podía ocultar la envidia que sentía al ver cómo se divertía Tom como si el mundo le perteneciera, mientras que él y los demás camareros seguían trabajando sin tregua, sudando bajo el sol y deseando estar en cualquier otro lugar.
Gustav también estaba observando con atención aunque fingía indiferencia. No dejaba de escuchar las conversaciones emocionadas de varias chicas que no apartaban los ojos de Tom, como si bastara una sola mirada suya para hacerlas desmayar.
—No sé quién es ni de dónde ha salido, pero no voy a parar hasta averiguarlo —escuchó decir a una de ellas con los ojos brillantes de emoción.
—Es uno de los camareros—soltó Gustav con tono seco incapaz de contenerse—Y es gay, así que ya os lo podéis quitar de la cabeza.
—¿Trabaja aquí en el club? —preguntó otra de las chicas sin inmutarse por su comentario.
—Pues dime en qué turno está que le quiero dejar una propina que no va a olvidar—añadió una tercera con una sonrisa pícara.
—¿Gay?—replicó la primera frunciendo el ceño—Vamos Gustav, si te mueres de envidia te aguantas. Pero no te inventes tonterías solo para hacerte el gracioso.
Gustav se quedó en silencio sintiendo que su intento de sabotaje había fracasado.
Tom seguía brillando y él solo podía mirar desde la sombra.
Como todos los demás.
Continúa…
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