
Fic TOLL de lyra
Capítulo 27
Entró en casa con paso contenido, como si no quisiera alterar el equilibrio frágil que siempre parecía reinar allí. Subió directamente a su habitación, se duchó con calma, dejando que el agua caliente le despejara las ideas, y se cambió de ropa: algo sencillo pero pulcro, como si el atuendo pudiera suavizar lo que estaba a punto de decir.
Se dio prisa en bajar al comedor y ocupar su asiento antes de que lo hicieran sus padres y les estuvo esperando en silencio con la mirada fija en la mesa, que estaba servida con la precisión habitual que a su madre le gustaba que se siguiera. No tuvo que esperar mucho, un minuto después entraba su padre seguido de su madre que retiró la silla sin hacer ni el más mínimo ruido y se sentó en ella con la espalda muy recta. Su padre tomó también asiento y cogiendo el periódico lo empezó a hojear sin demasiado interés.
Bill se quedó esperando en silencio el momento adecuado para poder exponer sus planes. Greta entró como hacía siempre y sirvió la cena para luego desaparecer como si fuera un fantasma. Empezaron a cenar sin apenas conversar entre ellos, siendo su madre como siempre la que sacaba algún tema a debatir ya fuera el clima o algún vecino que había decorado de nuevo la casa, como si fuera algo que se hacía habitualmente.
Hasta que terminó la tensa cena, momento en que Bill se aclaró la garganta y decidió tomar la palabra.
—Voy a pasar la noche fuera—dijo con voz firme, sin mirar directamente a su madre—Hemos quedado todos en ir al camping y quedarnos a pasar la noche, será solo una reunión de amigos nada más.
Su madre arrugó la frente al escucharle y dejó la servilleta sobre la mesa con un gesto lento, como las palabras de su hijo hubiera caído como una bomba sobre la mesa.
— ¿Al camping?—repitió Simone con ese tono que mezclaba incredulidad y desaprobación— ¿Pasar la noche en el bosque?
—Sí —respondió Bill sin dejarse achantar por su madre—Ya lo hemos organizado todo, llevaremos los sacos de dormir, algo de comer y algunos refresco. Habrá música también y no vamos a hacer ninguna locura.
Su padre levantó la vista de su periódico, observándolo en silencio. No dijo nada, pero sus ojos no eran indiferentes.
Y Bill lo notó.
Era la misma mirada que había visto aquella mañana, la que decía más que cualquier palabra.
—No me parece adecuado —dijo con firmeza Simone—No es un entorno para alguien de tu clase. Dormir en el suelo, entre árboles… ¿qué necesidad hay?
Bill respiró hondo. Esta vez no se iba a callar.
—La necesidad de sentirme parte de algo—replicó él también con firmeza—De decidir por mí mismo por primera vez. No estoy pidiendo permiso para hacer algo irresponsable, solo quiero que confiéis en mí.
Hubo un silencio tenso. Su madre parecía debatirse entre el impulso de negarse y la sorpresa de ver a su hijo hablar con tanta convicción. Su padre, aún callado, bajó lentamente el periódico y lo dejó sobre la mesa para quedarse mirando fijamente a su mujer con una expresión que no era de reproche ero sí de advertencia.
Simone separó los labios dispuesta a negarle a su hijo ese momento de libertad que le estaba pidiendo, pero un gesto fulminante de su marido hizo que permaneciera en silencio como si en vez de palabras usaran la mirada para mantener una conversación que solo ellos podían entender.
Bill podía sentir todo lo que estaba pasando a su alrededor aunque nadie dijera nada.
Notaba el peso de la mirada que su padre le estaba dirigiendo a su madre, el mensaje silencioso que se cruzaba entre ellos. Su madre por un instante parecía desarmada, la autoridad con la que solía envolver cada decisión se estaba tambaleando y en sus ojos se dibujó una sombra de duda.
— ¿Vendrá a recogerte Alexander?—preguntó su padre sin apartar los ojos de ella, como si la pregunta fuera también una advertencia
Bill asintió con la cabeza, sintiendo cómo el silencio se volvía más denso. Esperaba aún que su madre dijera algo, que levantara la voz para prohibírselo recuperando así el control perdido.
Pero no lo hizo.
Permaneció inmóvil, con los labios apretados y la mirada clavada en el su padre. Luego, sin decir palabra, volvió a tomar los cubiertos y terminó de cenar como si nada hubiera pasado.
Pero Bill sabía que algo sí había pasado.
Algo se había roto, o al menos había cedido.
—Acuérdate de llevarte algo de abrigo, las noches en el bosque suele ser frías —comentó Jörg.
Y por primera vez en mucho tiempo, sus ojos se posaron directamente en los de su hijo.
Bill se quedó quieto, sorprendido por el gesto. No era solo una advertencia práctica; era una forma de cuidado, una grieta en la distancia que siempre había sentido entre ellos.
—Y mañana procura no venir tarde —añadió su padre, con voz serena pero cargada de significado.
Bill asintió, sintiendo cómo esas palabras tan simples se le quedaban grabadas. No eran una orden ni una prohibición, era una forma de decirle que le importaba todo lo que hacía aunque no lo dijera en voz alta.
Y también le estaba diciendo que era libre por una noche, pero que al día siguiente debía volver a sus responsabilidades.
Bill asintió en silencio con la cabeza mientras que su madre continuaba en silencio como si la conversación hubiera terminado para ella. Pero Bill sabía que algo había cambiado, que esa noche por primera vez en su vida había cruzado una línea invisible trazada con firmeza.
Había hablado con voz propia.
Y que aunque el permiso no había sido pronunciado con claridad, el silencio que lo rodeaba ya no era el mismo.
Se levantó de la mesa con una mezcla de nervios y alivio. Alexander estaría a punto de llegar en cualquier momento. Y él, por fin, estaba listo para salir.
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De pie ante el sofá que era su cama Tom ayudaba a Andreas a enrollar los sacos de dormir que les habían prestado. Se alojaban en un camping y ya habían pedido permiso al dueño para encender una hoguera en un amplio claro que quedaba cerca para pasar la noche con un grupo de amigos. Les habían dado permiso a condición de no molestar a los demás inquilinos del camping y también les había proporcionado el material que iban a necesitar como sacos de dormir y leña para la hoguera.
—¿No deberíamos llevar más leña?—preguntó de repente Andreas.
—Tenemos suficiente, y sino la buscamos en el claro —contestó Tom sonriendo—Vamos a dormir en un bosque, rodeados de toda la leña que podamos necesitar.
En ese momento entraron en el bungalow Melissa y Víctor con una nevera portátil donde meter las bebidas que habían cogido del club además de hielo y vasos de plástico.
—He invitado a Anouk, espero que no os importe—anunció Víctor.
Andreas se le quedó mirando sorprendido.
—¿Anouk?—repitió alzando una ceja—Pensé que no le gustaban estas cosas.
—No le gustan —admitió Víctor—Pero me dijo que necesitaba despejarse. Y creo que le vendrá bien estar con nosotros esta noche.
—Cuantos más seamos, mejor—dijo Tom con una amplia sonrisa—Esta noche no se trata de quién encaja o no. Se trata de estar juntos.
—Además que no va a venir con las manos vacías—apuntó Víctor—Traerá más alcohol y bueno, alguna cosilla más para que la noche sea más entretenida.
Tom se le quedó mirando alzando una ceja sin entender a lo que se refería.
—¿Alguna cosilla más?—repitió sin ocultar su desconcierto.
—Ya irás conociendo cómo es mi hermana—dijo Víctor encogiéndose de hombros como si no quisiera entrar en detalles—Siempre tiene algo guardado que nadie espera. Puede que música, puede que… otra cosa.
Melissa soltó una risa breve, aunque sus ojos mostraban cierta cautela.
—Mientras que no nos meta en líos…—intervino Andreas cerrando la cremallera de su mochila con más fuerza de la necesaria—No quiero tener que dar explicándole a nadie de por qué hay humo raro saliendo del claro.
—Tranquilos —dijo Víctor alzando las manos en señal de paz—Solo quiere pasarlo bien como todos nosotros.
Tom sacudió la cabeza suspirando, no sabía si confiar del todo en esa «cosilla más» pero tampoco quería empezar la noche con reproches.
Cogió su vieja mochila la abrió para meter en ella parte de la comida que tenían repartida sobre la barra americana que dividía el salón de la cocina. Habían preparado bocadillos y planeado llegar antes para encender la hoguera y cenar ante ella mientras esperaban que llegara el resto de los invitados.
Entre Melissa y Andreas llenaron la nevera portátil con hielo y las bebidas que iban a llevar al claro. Las botellas tintineaban al chocar entre sí y el frío empezaba a condensarse en las paredes.
Mientras tanto Víctor se había acomodado en una esquina del bungalow para abrir una bolsa de patatas fritas y empezar a comer con aire despreocupado, observando cómo sus amigos hacían todo el trabajo pesado.
—¿Lo llevamos todo? —preguntó Melissa, cerrando la tapa de la nevera con un golpe seco— Tenemos comida, bebidas, hielo, leña…
—Y condones—apuntó Víctor con una amplia sonrisa, metiéndose otra patata en la boca.
— ¿En serio llevas condones?—murmuró Melissa alzando una ceja.
—Nunca se sabe con quién te puedes encontrar en mitad del bosque —contestó Víctor encogiéndose de hombros como si fuera lo más lógico del mundo.
Andreas soltó una carcajada breve mientras que Tom negaba con la cabeza, divertido pero algo resignado.
—Seguro que es lo primero que has metido en tu mochila, como si lo viera—murmuró Andreas entre risas.
—Eh, la prevención es sexy—replicó Víctor alzando la bolsa de patatas como si brindara con ella—Y ya le he echado el ojo hace tiempo a uno de los amigos de Peter que está bien bueno.
Melissa se giró hacia él con los ojos brillantes de curiosidad.
— ¿Cuál de ellos?—preguntó Melissa con mucho interés.
—Robert—respondió Víctor, suspirando como si solo pronunciar el nombre le provocara mariposas—El cachas que jugaba en el mismo equipo de Tom esta tarde. Tiene unos brazos que parecen esculpidos en mármol y una sonrisa que te derrite hasta el orgasmo.
Tom que seguía guardando los bocadillos en su mochila se quedó inmóvil mirando a Víctor con una mezcla de sorpresa y diversión.
—Robert es hetero—soltó Melissa para desilusión Víctor.
—Lo sé—confirmó Víctor de nuevo suspirando—Pero eso lo hace aún más interesante, no voy a parar de insinuarme hasta lograr que me mire al menos una sola vez y quien sabe lo que puede pasar esta noche. Y por si acaso, quiero ir preparado con el arsenal de condones que he metido al fondo de mi mochila.
Todos se echaron a reír y siguieron con los preparativos para esa gran noche. El ambiente era ligero y lleno de complicidad. La fiesta aún no había comenzado, pero ya se sentía la promesa de algo especial.
Fuera, el cielo empezaba a oscurecerse, y el grupo se preparaba para salir rumbo al claro, donde la hoguera esperaba ser encendida.
La noche comenzaba a desplegarse como un telón sobre la escena que estaba por comenzar.
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Aún no había terminado de preparar su mochila cuando escuchó que llamaban a la puerta y ya se imaginaba que era Alexander. Arthur estaría en esos momentos abriéndola para dejarle pasar y que le esperara en el vestíbulo.
Se dio prisa en terminar, ya había guardado su saco de dormir que Alice le tenía bien colocado y guardado en un estante alto del armario y acordándose de las palabras de su padre decidió llevar ropa de abrigo para no pasar frío esa noche. Abrió un cajón y sacó una sudadera negra con un logo blanco que guardó tal y como estaba perfectamente doblado en la mochila, como si ese gesto fuera también una forma de aceptar el consejo de su padre que por primera vez había sonado a afecto.
Había dejado el móvil cargando en la habitación mientras cenaba, además de que sabía que estaba prohibido llevarlo al comedor para no ser molestados con ruidos inapropiados mientras comían o cenaban como su madre siempre decía. Lo desenchufó y metió en la mochila también aparte de una linterna extra por si acaso y asegurándose de llevarlo todo cerró la mochila y se miró al espejo para ver si su ropa era la adecuada para una noche de camping.
Llevaba un jersey de manga larga a rayas blancas y negras, vaquero negro y playeras del mismo color. El pelo lo llevaba liso y aunque iba a pasar la noche durmiendo bajo las estrellas no había podido evitar aplicarse un maquillaje ligero y darse brillo en los labios que se fue a retocar al baño antes de reunirse abajo con Alexander.
Y mientras terminaba de prepararse en su habitación, Alexander esperaba en el vestíbulo de pie junto al perchero. El ambiente en la casa era silencioso, era temprano para que se hubieran ya acostado pero Alexander sabía de las estrictas reglas además de ridículas que allí reinaban. Y una de ella era que tras la cena los padres de Bill se retiraban cada uno a sus habitaciones y Bill tenía que irse también a la suya donde leer antes de dormir o ver la televisión que allí tenía con el volumen al mínimo para no molestar a nadie.
Mientras pensaba en cómo podía soportar esa vida sin volverse loco apareció de repente Jörg caminando con suavidad para no hacer ruido y con una expresión serena, aunque cargada de intención.
—Buenas noches—saludó Jörg.
—Buenas noches—murmuró Alexander al darse cuenta de su presencia.
Por un momento Alexander llegó a pensar que le venía a informar de que Bill no asistiría a la fiesta de esa noche, pero desecho esa idea ya que se lo habría dicho él mismo con una llamada o mensaje.
No, Jörg estaba allí para conversar con él, y al momento ya supo de qué se trataba pues una vez más había sido informado por David de todo lo que ocurría en el club y debía saber de inmediato.
— ¿Has pasado una buena tarde en el club?—preguntó Jörg yendo directo al grano.
Alexander asintió con la cabeza sin querer entrar en detalles, pero sabía que Jörg odiaba que hiciera eso cuando hacía una pregunta y se le contestaba con evasivas.
—Ha sido…instructiva—contestó Alexander tragando con esfuerzo.
Quería dar con la respuesta que Jörg buscaba, no decepcionarle usando las palabras inadecuadas.
—Has sustituido a uno de los camareros del club—murmuró Jörg mirándole fijamente—Has estado toda la tarde cargando con una pesada bandeja y atendiendo a los clientes sin haber recibido ni una sola queja. Has hecho un trabajo impecable, David se ha quedado muy impresionado con ello y yo también.
Alexander se irguió un poco sin saber si debía sentirse halagado o examinado.
—Todo empezó como un juego, pero me lo tomé muy en serio —respondió con sinceridad sin apartar la mirada—Un trabajo no es un juego, es una responsabilidad. Y no quería defraudar a nadie.
Jörg lo observó en silencio, como si midiera el peso de cada palabra. Luego asintió lentamente, con una expresión que no era de aprobación total, pero sí de reconocimiento.
—Eso es lo que David me dijo—murmuró—Que no te rendiste nuca, que trabajaste con disciplina y no buscaste excusas. Y eso Alexander, es lo que empieza a contar.
Alexander se mantuvo firme aunque por dentro sentía cómo la tensión se aflojaba apenas un poco.
—Gracias—susurró carraspeando.
—Es un buen comienzo —admitió Jörg—Pero no es suficiente.
Alexander se le quedó mirando atención sin atreverse a interrumpir sus palabras.
—Ayudar al mismo camarero que casi despiden por tu culpa el día anterior demuestra que tienes iniciativa y que sabes mirar más allá de ti mismo —continuó diciendo Jörg—Pero no basta con una tarde de esfuerzo ni con una buena intención. Si crees que con eso ya has demostrado que eres el candidato ideal para estar con mi hijo estás muy equivocado.
Alexander tragó saliva, manteniendo la compostura.
—Yo solo he querido demostrar que cuando hay algo que me importa más que mi propia vida, hago lo que sea necesario por conseguirlo—dijo Alexander con firmeza—Solo quiero que Bill sepa que siempre estaré a su lado y que puede contar conmigo.
Jörg lo miró con atención como si buscara algo más allá de las palabras. Luego se acercó un poco más, bajando el tono pero sin perder firmeza.
—Entonces sigue demostrándolo—murmuró mirándole fijamente—No con gestos aislados, sino con constancia y respeto. Bill no necesita que nadie lo salve. Necesita alguien que lo sepa entender y valorar.
Alexander asintió, sintiendo el peso de esas palabras como una promesa que debía cumplir.
No eran una advertencia.
Era una invitación a estar a la altura.
En ese momento Bill bajó las escaleras con la mochila al hombro, interrumpiendo el silencio entre ambos. Al verlos juntos se detuvo un segundo como si intuyera que algo importante acababa de ocurrir.
— ¿Ya estás preparado? —preguntó Alexander recuperando la sonrisa.
Bill asintió con la cabeza esbozando una sonrisa también aunque en su interior sabía que esa noche sería mucho más que una simple escapada al bosque.
Jörg los observó mientras salían por la puerta. No dijo nada más. Pero en su mirada había algo nuevo.
Una mezcla de vigilancia y esperanza.
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Salieron de la casa y Bill cerró la puerta con una mezcla de nervios y determinación. Alexander le abrió la puerta del coche con una sonrisa tranquila, como si quisiera transmitirle que todo iba a salir bien. Bill se acomodó en el asiento del copiloto, ajustando la mochila entre sus piernas mientras Alexander arrancaba el motor.
El coche se deslizó por las calles tranquilas del barrio envuelto en la luz tenue de las farolas. Dentro el ambiente era cálido, casi protector. La radio sonaba en un volumen bajo, una canción suave que acompañaba el silencio cómodo entre ellos.
—¿Algún problema en la cena? —preguntó Alexander sin apartar la vista de la carretera.
—Ninguno—respondió Bill con la mirada fija al frente también—Solo estoy pensando en todo lo que ha pasado hoy y en cómo han cambiado las cosas.
Alexander asintió, comprendiendo sin necesidad de más palabras.
—Tu padre ya está enterado de lo que ha pasado en el club—explicó Alexander con una sonrisa leve—Le he impresionado pero que aún tengo que demostrarle mucho más.
— ¿Habéis estado hablando?—quiso saber Bill mirándole sorprendido de reojo,
—Mientras terminabas de coger tus cosas— contestó Alexander— Fue un momento… intenso.
Bill se quedó en silencio procesando lo que eso significaba. Que su padre, el mismo que tantas veces había sido una figura distante en esos momentos estaba prestándole atención interesándose por sus gustos y por la persona que había escogido para ser su pareja.
Y Alexander estaba dispuesto a enfrentarlo, a estar a su lado incluso cuando no era fácil.
El coche giró hacia la carretera principal y poco a poco comenzaron a ver las luces del club a lo lejos. En el parking ya se distinguían las siluetas de Georg y Louise sacando sus mochilas del maletero mientras que el coche de Gustav apagaba el motor en esos momentos.
—Ahí están todos—dijo Alexander, bajando la velocidad.
Bill sintió cómo el corazón le latía con más rapidez. No por miedo, sino por la emoción de lo que estaba por comenzar. Una noche bajo las estrellas con sus amigos en libertad. Y con alguien que había decidido estar a su lado, sin condiciones.
Alexander aparcó junto al grupo, apagó el motor y se giró hacia él.
— ¿Listo para la aventura?—preguntó con una amplia sonrisa.
—Listo—contestó Bill con seguridad.
Ambos bajaron del coche sintiendo que la noche empezaba a desplegarse ante ellos como una promesa. Se reunieron con los demás tras colgarse sus mochilas al hombro y se saludaron alegremente con abrazos breves y bromas que flotaban en el aire como si todos compartieran una complicidad silenciosa.
Todos vestían ropa cómoda y de abrigo, nada comparado con la llevada la noche anterior cuando fueron de fiesta al Sisyphos y después al Keller.
—¡Siempre sois los últimos en llegar! —exclamó Natalie con su ironía habitual— Pensábamos que habían secuestrado a Bill para otra cena formal.
Bill decidió ignorarla porque no quería que ninguna de sus palabras estropeara esa noche que se estaba quedando maravillosa. Y comprobó asombrado como Alexander la ignoraba también, como si hubiera dejado atrás el juego de indirectas llenas de sarcasmo y orgullo por quedar por encima de la otra persona sin importar pisotear sus sentimientos.
En lugar de contestarla le cogió con firmeza de la mano y se volvió dándole la espalda a Natalie que se quedó con las ganas de empezar una de sus habitual batalla. Se dedicó a saludar a Georg con un apretón de manos y a Gustav con un gesto con la cabeza.
—Peter nos está esperando tomando algo con Helen y sus amigos en la terraza del club —comentó Georg mientras cerraba el maletero.
—Tenemos tiempo de tomarnos algo nosotros también antes de ir a la hoguera con los demás—dijo Alexander mirando a Bill.
Bill asintió con la cabeza en silencio sintiendo que necesitaba ese momento de transición, algo que lo ayudara a aterrizar del torbellino emocional del día.
El grupo se encaminó hacia el club cruzando el aparcamiento con paso ligero. Las luces del edificio estaban ya encendidas y desde la terraza se oía música suave y risas lejanas. Era temprano, pero la noche ya prometía.
Mientras caminaban Bill pensaba que cuando estaba con sus amigos no sentía que tenía que esconderse. Estaba rodeado de personas que lo entendían y lo respetaban. Y eso más que cualquier permiso de sus padres era lo que hacía que esa noche valiera la pena.
Subieron por las escaleras que llevaban a la terraza del embarcadero del club y al momento divisaron a Peter sentado con Helen y sus amigos. Reían con naturalidad, rodeados de vasos medio vacíos y platos con restos de tapas. Peter los vio acercarse y alzó la mano en señal de saludo.
—¡Eh, por fin! —exclamó con entusiasmo—Pensábamos que os habíais perdido en el bosque.
—Todavía no—respondió Alexander con una sonrisa—Pero estamos en camino.
Como la mesa de Peter estaba llena decidieron juntar la que estaba justo al lado, vacía y con las sillas perfectamente alineadas. Alexander y Georg se encargaron de moverla mientras que Louise y Bill colocaban las sillas con ayuda de Gustav. Natalie esperaba a que terminaran para ocupar su asiento, no quería estropearse su perfecta manicura francesa.
Tomaron asiento y al momento una camarera se acercó con una libreta en mano y una sonrisa profesional.
Bill no pudo evitar pensar que echaba de menos alguna de las caras ya conocidas, sabía que había dos grupos de camareros y Tom pertenecía al de Melissa, Andreas y Víctor. Los de esa noche apenas los conocía aunque ellos eran de sobre bien conocido sobre todo el carácter de Natalie quien ya estaba haciendo que la chica que les iba a atender se pusiera a temblar de arriba abajo sin poder evitarlo.
— ¿Qué van a tomar?—preguntó la chica sin poder evitar que su voz temblara.
—Pues veamos… Nora—dijo Natalie, leyendo la placa con su nombre—Yo quiero un cóctel de frutas que tenga piña, maracuyá y algo de lima. Y que venga en uno de esos vasos bonitos y con sombrillita, ¿vale?
Nora asintió rápidamente, agradecida por no tener que lidiar con ella de nuevo cada vez que pedía algo que llevara alcohol cuando sabía de sobra que no podía servirlo siendo la mayoría de ellos menores de edad.
Alexander pidió una limonada con menta, mientras Georg optó por un té helado de melocotón. Louise pidió un batido de fresa con leche vegetal, y Gustav, fiel a su estilo despreocupado pidió «lo que sea que venga con hielo y no sepa a medicina».
Bill tras pensarlo un momento pidió un zumo natural de naranja con un toque de jengibre. Algo que lo despertara un poco, pero sin agitarle el corazón.
Nora tomó nota de su pedido y se retiró con rapidez hacia la barra deseando desaparecer antes de que Natalie volviera a abrir la boca. En su prisa tropezó con una de las sillas vacías de una mesa cercana, tambaleándose ligeramente antes de recuperar el equilibrio.
—Qué torpe, por favor—murmuró Natalie sin molestarse en bajar la voz—Espero que no me tire la bebida encima, esta cazadora de piel no se lava sola.
Alexander se giró hacia ella con calma, sin perder la compostura decidiendo intervenir esa vez.
—Solo está nerviosa por hacer su trabajo—murmuró mirando a Natalie fijamente—No deberías incomodarla más de lo necesario.
—Vaya, como has sido camarero por una tarde ya te crees todo un experto—dijo Natalie con una sonrisa afilada.
—Me ha servido de mucha ayuda —replicó Alexander sin perder el control—Deberías probarlo alguna vez, te sorprendería lo que se aprende cuando estás del otro lado.
—¿Y estropearme mis uñas?—replicó Natalie alzando las manos como si fueran reliquias— No gracias. Prefiero ver cómo trabajan los demás mientras yo disfruto del resultado.
Gustav soltó una risa breve, mientras que Louise murmuraba algo sobre «la realeza del club». Bill por su parte se limitó a mirar a Alexander con una mezcla de admiración y complicidad. No era solo que supiera defender a los demás, era que lo hacía con elegancia sin necesidad de levantar la voz.
La música seguía sonando de fondo y mientras esperaban el regreso de Nora con sus bebidas Peter tomó la palabra y siguió con lo que estaba contando antes de que llegaran el resto del grupo. Era una anécdota muy graciosa sobre lo ocurrido en un viaje que hicieron él y Helen con sus padres.
Todos escuchaban entre risas por lo divertida que era mientras que la noche avanzaba lentamente, como si supiera que aún tenía mucho que ofrecer.
Continúa…
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