Incomplete 29

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Fic TOLL de lyra

Capítulo 29

Natalie regresó al claro con paso firme, como si nada hubiera pasado en el bungalow. Pero su mirada estaba más seria, más contenida. La música seguía sonando y las luces de colores brillaban entre los árboles, y el grupo aún se movía entre bailes, charlas y risas dispersas.

Gustav la esperaba con una bebida en la mano sentado en la manta que había extendido sobre el suelo y a su lado estaban los sacos de dormir que usarían esa noche. Natalie fue a sentarse a su lado con cierta brusquedad.

—¿Todo bien? —preguntó Gustav tendiéndole su vaso.

Natalie lo cogió y dio un trago largo antes de devolvérselo.

—Perfectamente —respondió acomodándose con elegancia aunque el suelo no fuera precisamente digno de sus estándares.

Gustav bebió un sorbo también a su bebida y luego se giró hacia ella.

—Si quieres podemos irnos a casa—comentó—O quedarnos aquí, tirarnos en el suelo y dormir bajo las estrellas. Tú decides.

Natalie alzó la cara y se quedó mirando el cielo. Las ramas dejaban ver fragmentos del firmamento, y aunque no era una noche completamente despejada, algunas estrellas brillaban con fuerza. El aire olía a humo de hoguera, tierra húmeda y juventud desbordada.

La idea de irse le tentaba. Podría darse una ducha calentita, ponerse su pijama de seda, dormir en su colchón de firmeza media y olvidarse de todo lo que había pasado. Pero también sabía que si se marchaba algo ocurriría en su ausencia que no vería y luego no podría comentar, juzgar o controlar.

—No me gusta perderme cosas —dijo al fin sin mirar a Gustav—Si me voy seguro que pasa algo interesante y no pienso enterarme por cotilleos de segunda mano. Quiero presenciarlo con mis propios ojos.

—Entonces nos quedamos—dijo Gustav sonriendo—Aunque sea con la espalda hecha polvo y los mosquitos como compañeros de cama.

—Pues si vamos a dormir aquí, al menos que sea con estilo—replicó Natalie empezando a quitarse los zapatos.

Se tumbó sobre la manta mirando al cielo. Gustav se acomodó a su lado, sin decir nada más. Y aunque el suelo era duro y la noche larga, Natalie sintió que estaba justo donde debía estar.

Y no eran los únicos en prepararse para dormir. Aunque algunos ya se habían tumbado sobre mantas o sacos de dormir como ellos, otros seguían aferrados a la noche como si no quisieran que se acabara.

Junto a la hoguera, Bill y Alexander seguían conversando en voz baja con sus rostros iluminados por el fuego, compartiendo palabras que parecían solo suyas. Georg y Louise estaban sentados ante el fuego también hablando de cosas cotidianas, como si el bosque les diera permiso para bajar la guardia.

Más allá y bajo las luces de colores que aún brillaban entre los árboles varios de ellos seguían bailando. No con la energía del principio, pero sí con esa ligereza que llega cuando el cuerpo se mueve por puro placer sin necesidad de impresionar a nadie.

Víctor con su vaso de vino en mano no perdía oportunidad de acercarse a Robert con comentarios ingeniosos y gestos sutiles. Robert parecía disfrutar de su compañía y e reía de sus bromas pero sin que sintiera que hubiera algo más entre ellos, solo un amigo al que acababa de conocer y que le caía muy bien.

Melissa había regresado del bungalow y se sentó cerca del fuego observando a los demás con una expresión tranquila mientras escuchaba la música y se terminaba la bolsa de patatas abandonada por Víctor.

Anouk estaba sentada en silencio a su lado, tras usar ella también el baño se había quedado en el porche un rato fumando en soledad antes de volver al claro. Sus ojos buscaron a Natalie al llegar pero al verla tumbada junto a Gustav decidió buscarse otro sitio para descansar junto a Melissa y su inseparable mochila.

Tom y Andreas regresaban de su paseo más relajados. Tom aún tenía el cigarro entre los dedos, y aunque no decía mucho parecía más presente. Sus ojos se cruzaron con los de Bill por un instante, pero ninguno dijo nada.

La noche avanzaba con lentitud como si supiera que aún tenía cosas por revelar. Y aunque algunos ya pensaban en dormir, otros seguían bailando, hablando y sintiendo.

Porque en ese claro bajo las estrellas cada uno vivía la noche a su manera.

Y una de esas personas era Anouk.

Sentada junto a Melissa sacó de su mochila la pequeña caja metálica que tenía bien guardada en ella, discreta pero llamativa. La abrió con cuidado revelando su contenido que consistía en un mechero y varios porros ya preparados. Sin decir palabra le ofreció uno a Melissa que lo aceptó encantada como si fuera parte de un ritual secreto.

—Esto sí que relaja —dijo Melissa exhalando con una sonrisa.

El aroma suave empezó a mezclarse con el aire nocturno atrayendo la atención de los demás. Primero Robert se acercó curioso seguido de un sonriente Víctor y más amigos suyos. Anouk fue generosa esa vez y repartió sin reservas, sabiendo que en noches como esa la generosidad era inversión.

Fidelidad envuelta en humo.

Louise y Georg negaron con la cabeza cuando Anouk les hizo una señal para que fueran, ellos preferían quedarse al margen y divertirse a su manera. Pero tampoco los juzgaban, lo habían probado pero no les había gustado.

—¿Esto lo preparas tú misma? —preguntó Robert inspeccionando el porro con curiosidad.

—Con mucho cariño y precisión —respondió Anouk con una amplia sonrisa—Y si alguna vez queréis más o buscáis otra cosa, ya sabéis a quién llamar.

La música seguía sonando pero parecía hacerlo con un ritmo más lento. Las risas eran más suaves y las miradas más largas. El claro se llenó de una calma distinta, como si el bosque también se hubiera relajado. Algunos seguían bailando, otros se tumbaron sobre las mantas mientras fumaban mirando el cielo con ojos entrecerrados.

Natalie desde su sitio junto a Gustav observaba la escena con una mezcla de curiosidad y juicio. No quiso probar nada pero tampoco alejarse disfrutando desde la distancia del suave aroma que en el aire flotaba. Como siempre, prefería estar cerca de lo que ocurría aunque no participara del todo.

Tom se había ido un momento al baño y al regresar a la hoguera notó el cambio en el ambiente. Se sentó junto a Andreas quien tras dar una profunda calada a su porro se lo ofreció con una sonrisa muy amplia. Tom dudó si aceptarlo o no, pero finalmente negó con la cabeza. No por moral, sino porque ya tenía suficiente humo en la cabeza. Además trabajaba en el turno de mañana y quería estar totalmente despejado.

La fiesta fue apagándose como una vela que se consume lentamente. Las risas se volvieron susurros, los pasos se hicieron más lentos, y uno a uno los participantes fueron cayendo dormidos sobre mantas, sacos de dormir o directamente sobre la tierra templada del claro. La música seguía sonando, pero ya no era protagonista.

Era un murmullo lejano, casi como el latido del bosque.

Tom se había tumbado en su saco pero no dormía. Su mirada permanecía fija en la silueta de Bill, que se había acomodado en el mismo saco junto a Alexander bajo una de las guirnaldas de luces. Ninguno de los dos había probado tampoco uno de los porros que Anouk había repartido con generosidad. Se habían mantenido al margen, como si su mundo fuera otro para ellos, más íntimo y contenido.

Preferían compartir besos y caricias bajo las estrellas, y sonrisas que solo ellos entendían. No era escandaloso ni exagerado. Era algo que ocurría en silencio, como si el cielo los protegiera con su manto oscuro.

Tom los observaba sin rencor, pero con una punzada difícil de ignorar. No era celos, exactamente. Era la sensación de estar fuera de algo que había deseado entender. De ver cómo alguien que había sido parte de su mundo ahora parecía pertenecer a otro bien distinto.

Andreas medio dormido a su lado murmuró algo incomprensible antes de dar media vuelta acostándose de espaldas a él. El humo del último porro flotaba aún en el aire, mezclado con el aroma de la hoguera y la tierra húmeda. Todo parecía suspendido en una calma extraña, como si el bosque los hubiera envuelto en una burbuja de tiempo.

Tom cerró los ojos pero no para irse ya a dormir. Solo quería dejar de mirar.

Porque a veces, incluso bajo las estrellas, lo más difícil no es lo que se ve sino lo que se siente.

&

Las horas pasaron y en mitad de la noche Alexander se despertó con una ganas imperiosas de ir al baño. Se movió con lentitud para no despertar a Bill que dormía plácidamente a su lado. Salió del saco y se puso en pie tras dejarle bien arropado y se internó en el bosque buscando un árbol que fuera apropiado para hacer sus necesidades.

No era el único en estar despierto, segundos después Gustav fue tras sus pasos y le halló escondido tras un árbol.

Alexander se giró con sobresalto aún medio dormido al escuchar unos pasos descubriendo a Gustav tras de él. La luna apenas se filtraba entre las ramas y el claro había quedado atrás envuelto en el murmullo de los que ya dormían.

—¿Te ayudo? —preguntó Gustav con una sonrisa tan amplia como traviesa.

Alexander parpadeó sintiéndose incómodo, e intentó recomponerse.

—Estoy bien, gracias—murmuró ajustándose los pantalones con rapidez—Solo necesitaba… aire.

Gustav se apoyó contra el tronco de un árbol cercano cruzando los brazos.

—Aire, claro—repitió soltando una risa—A veces uno necesita alejarse un poco para pensar. O para no pensar demasiado.

Alexander lo miró con cautela. No era hostil pero tampoco estaba seguro de sus intenciones. Gustav tenía esa forma de hablar que parecía siempre esconder algo más.

—¿Y tú? —quiso saber Alexander intentando sonar casual— ¿También viniste a buscar aire?

—Digamos que me pareció curioso verte salir solo —respondió Gustav—Y me gusta saber qué ocurre cuando todos creen que están dormidos.

Alexander no respondió. Se giró hacia el claro, donde las luces de colores aún brillaban entre los árboles, y pensó en Bill que seguía profundamente dormido ajeno a todo lo que le rodeaba.

Y también no pudo evitar pensar en Tom, que seguramente aún no habría podido conciliar el sueño debido a su presencia.

En el peso de las miradas, las palabras no dichas y los gestos se acumulaban como hojas secas.

Gustav se acercó un paso más, pero sin invadir su espacio.

—No te preocupes —dijo al fin—No vine a incomodarte. Solo a recordarte que incluso en mitad del bosque, uno no está tan solo como cree. Pero si estás buscando compañía para pasar un buen rato, ya sabes que conmigo siempre hay opciones… incluso con un pequeño empujón extra.

Abrió la mano con gesto relajado, revelando uno de los porros que Anouk había estado repartiendo.

Alexander lo miró sin sorpresa alguna en su cara. Sabía perfectamente a qué se refería Gustav, pero no pensaba meterse en eso allí mismo donde cualquiera podría verlos. Y mucho menos con Bill durmiendo a escasos metros.

—¿Lo has dejado? —preguntó Gustav alzando una ceja con tono inquisitivo—Porque si no me falla la memoria, eres uno de los clientes estrella de Anouk. Le vacías la mochila cada vez que la trae hasta arriba de cocaína.

Alexander bajó la mirada, incómodo.

—Solo han sido un par de rayas, nada más —murmuró con un deje de vergüenza.

—Pues pídele una, seguro que lleva algo encima—sugirió Gustav con una sonrisa—Cuando te colocas te vuelves insaciable. Nadie puede seguirte el ritmo, me sorprende que no lo uses con Bill para no quedarte dormido mientras echáis un polvo.

Alexander se quedó en silencio un instante, como si las palabras de Gustav necesitaran tiempo para asentarse.

Pero no era incomodidad lo que sentía en esos momentos.

Era indignación.

Una punzada de rabia que le subió por el pecho y le obligó a levantar la mirada con firmeza.

—No tienes ni puta idea de lo que Bill y yo compartimos—estalló sin poderse contener—Y desde luego no necesitamos la ayuda de ninguna sustancia para poder sentirnos vivos, basta solo con mirarnos para calentarnos al momento y hacerlo donde sea y cuando sea.

— ¿Ha pasado algo en tu saco que me haya perdido?—siguió preguntando Gustav.

—No es de tu incumbencia—contestó Alexander al momento.

—Vaya, ahora no lo es pero bien que te has explayado contándome con todo lujo de detalles lo soso que es en la cama y que no sabe cómo chuparla—soltó Gustav con una carcajada.

Alexander reaccionó sin pensarlo. La rabia le estalló en el pecho como un latido feroz y en un solo movimiento se abalanzó sobre Gustav, lo agarró del cuello con fuerza y lo empujó hacia atrás. El golpe seco de su espalda contra el tronco del árbol resonó en la quietud del bosque.

Gustav sorprendido intentó zafarse, pero Alexander no cedía. No era solo furia, era una defensa visceral, una línea que no estaba dispuesto a dejar que nadie cruzara.

—¿Te crees con derecho a decir cualquier cosa? ¿A burlarte de lo que no entiendes? —escupió Alexander con los ojos encendidos y la respiración agitada—Lo que Bill y yo compartimos no es asunto tuyo. Y si alguna vez te lo conté, fue un error que no pienso repetir.

—Deberías cabrearte más a menudo—murmuró Gustav sin inmutarse ante sus palabras—Porque estás más sexy que nunca, además de duro como una piedra.

Alexander lo miró confundido por el comentario, hasta que notó la mano de Gustav bajando con descaro. La rabia que lo había invadido segundos antes había provocado una reacción física que no había previsto, y Gustav no tardó en aprovecharlo.

—Déjame terminarlo lo que ya hemos empezado—suplicó en un susurro Gustav—Aquí mismo tras los árboles, no hace falta que me folles pero déjame sentir como te corres en mi boca.

Alexander se mantuvo quieto con el pulso acelerado y la mente enredada entre el deseo, la culpa y la indignación. El bosque, que hasta hacía poco parecía un refugio, se sentía como una trampa mortal. Y Bill dormido a escasos metros, era el último pensamiento coherente que tuvo antes de dejarse arrastrar por la tormenta que llevaba dentro. La rabia, la confusión, el deseo reprimido… todo se mezcló en un impulso que no supo controlar.

Se inclinó hacia Gustav y se apoderó de sus labios con una fuerza que no era ternura, sino furia. Lo besó como si quisiera callarlo, como si ese contacto pudiera borrar las palabras que acababa de decir. Gustav respondió sin sorpresa alguna porque había estado esperando que sucediera desde que llegaron al claro, como si supiera que Alexander terminaría cediendo a sus poco sutiles insinuaciones.

Se dejó besar mientras era aplastado contra el árbol y su mano de perdía bajo la ropa de Alexander hasta alcanzar su objetivo, moviéndose de arriba abajo con rapidez y antes de que Alexander pudiera darse cuenta de lo que estaba ocurriendo le sintió correrse con fuerza entre sus dedos.

El beso quedó interrumpido mientras Alexander trataba de recuperar el aliento jadeando contra su boca y maldiciendo por lo bajo por haberse dejado arrastrar al juego sucio de Gustav quien se mantenía quieto con la espalda aún apoyada contra el árbol observando a Alexander con una mezcla de satisfacción y desafío. Su sonrisa se había desvanecido, sustituida por una expresión más seria, casi contemplativa.

Alexander se apartó lentamente como si necesitara espacio para recomponerse. Se pasó la mano por la cara y fue bajando por su agitado pecho hasta sus pantalones que se abrochó de nuevo. Bajó la mirada al suelo cubierto de hojas húmedas, el silencio del bosque parecía amplificar cada respiración y cada pensamiento que le cruzaba por la cabeza.

—Que sea la última vez que me provocas—murmuró con firmeza aunque su voz aún temblaba por la mezcla de rabia y vergüenza.

—Como quieras —dijo Gustav suspirando—Pero no me culpes a mí de todo lo que decides hacer por ti mismo. Yo solo he encendido una pequeña chispa, y tú has estallado de inmediato porque llevabas toda la noche deseando estar conmigo. Pero ahora no quieres reconocerlo porque te remuerde la conciencia y no quieres seguir engañado a Bill. A buenas horas te acuerdas de él cuando desde el principio me has dejado claro que no lo amas y nunca lo harás. Que solo lo utilizas como haces con todos porque eres una mala persona y no haces nada para impedirlo.

Alexander lo fulminó con la mirada, pero no dijo nada. Gustav le había escupido a la cara todas esas confesiones hechas bajo los efectos de un par de rayas de cocaína que hacia que se le soltara la lengua.

Pero era la única verdad que rondaba por su cabeza, aunque lo último que había dicho Gustav no era del todo cierto. Sí, sabía que era una mala persona pero esa tarde había dado el primer paso para dejar de hacerlo y se había sentido muy bien haciéndolo. Quería cambiar y quería hacerlo por Bill, tras la conversación mantenida en el lago donde ambos habían desnudado su alma había visto en él una persona muy vulnerable a quien quería proteger costara lo que costara.

Dio media vuelta y echó a caminar de vuelta al claro con pasos tensos, sintiendo el peso de lo que acababa de ocurrir. Cada rama que crujía bajo sus pies parecía recordarle que había cruzado una línea que no quería admitir.

Y mientras se alejaba, Gustav se quedó allí solo entre los árboles, con la noche envolviéndolo y una chispa de triunfo en los ojos. Porque aunque Alexander había dicho que no volvería a caer, ya lo había hecho otra vez.

Regresó al lado de Bill y se deslizó con cuidado dentro del saco procurando no hacer ruido, como si el silencio pudiera borrar lo que acababa de ocurrir entre los árboles. Pero el cuerpo de Bill reaccionó al instante, girándose hacia él con naturalidad como si su piel reconociera su presencia incluso dormido.

Los ojos de Bill se abrieron con lentitud aún empañados por el sueño y se quedaron fijos en los de Alexander. No decía nada, solo lo miraba con esa calma que a veces dolía más que cualquier reproche.

Alexander contuvo el aliento. Por un segundo pensó que Bill lo había visto y escuchado todo pero no había reproche alguno en su mirada, solo una ternura silenciosa que lo desarmó por completo.

—¿Estás bien? —susurró Bill con la voz ronca por el sueño.

Alexander asintió con la cabeza en silencio porque sabía que su voz podía delatarle al hablar. Se acomodó a su lado con movimientos lentos, y se quedó mirando el cielo a través de las ramas. Las estrellas seguían allí, indiferentes, brillando como si nada hubiera pasado.

Bill se le acercó un poco más apoyando la cabeza sobre su pecho y cerró los ojos de nuevo. Alexander sintió el calor de su cuerpo, la confianza intacta, y eso fue lo que más le dolió.

Porque en ese momento bajo las estrellas, se dio cuenta de que lo que había hecho no era solo un error.

Era una traición.

Y Bill, sin saberlo, lo abrazaba como si aún fuera digno de merecerlo.

&

El nuevo día se abrió paso entre los árboles con una luz suave filtrándose entre las hojas como si el bosque quisiera despertar sin sobresaltos. El claro aún estaba salpicado de cuerpos dormidos, mantas revueltas y botellas vacías, testigos mudos de una noche larga y cargada de emociones.

Tom fue de los primeros en abrir los ojos. Se incorporó con lentitud, frotándose la cara y estirando los brazos con desgana. Tenía turno de media mañana y no podía permitirse el lujo de quedarse todavía durmiendo como los demás. Se levantó con pereza y empezó a recoger su saco de dormir con cuidado de no despertar a Andreas que seguía profundamente dormido a su lado.

Quería marcharse al bungalow para darse una ducha y tomarse su primer café de la mañana.

A unos metros entre mantas y susurros Bill y Alexander también empezaban a desperezarse. Se habían quedado dormidos entre besos y caricias, y se despertaban igual manera con gestos suaves, miradas cómplices y una calma que parecía ajena al resto del mundo.

Bill se giró al notar movimiento y vio a Tom recogiendo sus cosas entre bostezos.

—Será mejor que nos movamos—comentó Bill en un susurro—Prometí no volver tarde a casa y si mi madre ve que llego con cara de resaca, olor a hoguera y otras cosas me mata.

Alexander asintió con la cabeza mientras se estiraba entre bostezos.

—Necesito café en vena—murmuró Alexander aún medio dormido con los ojos entrecerrados.

—¿Alguien ha pronunciado la palabra mágica? —interrumpió Natalie desde su improvisada cama.

Había hablado en voz demasiado alta sin preocuparse lo más mínimo porque los demás estuvieran aún dormidos. Varios de ellos gruñeron y se dieron la vuelta en sus sacos con la idea de seguir durmiendo, otros se fueron levantando también decidiendo dar por terminada esa agradable velada.

—Si alguien quiere café, que me siga al bungalow —invitó Tom con una sonrisa ya listo para marcharse.

—Yo quiero un cappuccino con leche descremada y unas tostadas de pan integral con mantequilla y miel—pidió Natalie con sus habituales exigencias—Y date prisa, que no se enfríe por el camino.

—Lamentablemente, el camping no incluye servicio de habitaciones —respondió Tom sin poder evitar el sarcasmo—Y hasta las doce oficialmente estoy fuera de servicio. Si quieres algo levántate, sígueme hasta el bungalow y prepárate tú misma lo que te apetezca.

Desde su saco, Alexander soltó una carcajada contenida. La réplica había sido perfecta, afilada y justa como un dardo lanzado con precisión. Podía imaginar sin esfuerzo la mirada fulminante que Natalie le estaría dedicando a Tom en ese preciso instante con sus cejas alzadas, los labios apretados y ese brillo de indignación que solo ella sabía conjurar.

Era un espectáculo silencioso, pero Alexander lo disfrutaba como si lo estuviera viendo en directo. Incluso se tapó la boca con la mano para no reír más fuerte y despertar a los que aún dormían. Bill, a su lado, le lanzó una mirada cómplice, como si también hubiera captado la tensión entre ambos.

—Tom se ha ganado el premio a la respuesta del día —susurró Alexander, aún divertido.

La mañana apenas comenzaba, pero ya prometía estar cargada de momentos memorables. Porque en aquel grupo, incluso los pequeños roces tenían el poder de convertirse en anécdotas que se contarían durante semanas.

—Pues iré al club a desayunar como Dios manda—estalló Natalie sacudiéndose las hojas del pelo con gesto altivo—Puedes coger tu rancio café y bebértelo tú solito en tu minúsculo bungalow de mierda.

Se puso en pie con una energía que contrastaba con el letargo general del claro. Su manta quedó hecha un ovillo a sus pies, y mientras se ajustaba la chaqueta y se calzaba sus zapatos de tacón alto le lanzó una mirada fulminante a Gustav para que se espabilara de una vez y se moviera.

En su saco compartido Alexander se incorporó y le dirigió a Bill una silenciosa mirada viéndole asentir con la cabeza. Ellos querían regresar ya a casa pero necesitaban café con urgencia, y no estaban para ir al club y soportar los reproches de Natalie a esa hora tan temprana.

—Tom, nosotros nos apuntamos a ese café—dijo Alexander poniéndose en pie.

Le tendió una mano a Bill y le ayudó a levantarse mientras que Natalie echaba a andar en dirección contraria con paso firme, como si el bosque fuera una pasarela y ella la única estrella en ella. Algunos aún dormían y otros la miraban con curiosidad, pero nadie se atrevió a detenerla.

Gustav se dio prisa en recoger tanto el saco como la manta y fue tras ella ahogando un profundo bostezo.

Tom permanecía en silencio apoyado contra el tronco de un árbol observando el claro aún salpicado de cuerpos dormidos. Le sorprendía que Bill y Alexander hubieran sido los únicos en aceptar su invitación al bungalow. Daba por hecho que irían al club a desayunar con el resto de sus amigos cuando despertaran disfrutando de un buen desayuno en el que el protagonista sería los deliciosos bollitos de canela que Rose elaboraba cada mañana.

Pero ahí estaban, recogiendo sus cosas con eficiencia e intercambiando miradas cómplices como si hubieran decidido que ese día necesitaban algo distinto o algo más íntimo. Tom los observó con una mezcla de curiosidad y respeto. No era habitual verlos tan sincronizados y tan tranquilos.

A su alrededor, el claro seguía dormido. Louise descansaba profundamente en los brazos de Georg, su respiración acompasada como si el mundo no pudiera perturbarla. A su derecha, Peter y Helen también dormían, envueltos en una manta compartida, con las cabezas casi tocándose. La escena tenía algo de mágico, como si el bosque los protegiera en su pausa colectiva.

Bill y Alexander se dieron prisa en recogerlo todo y tras cerrar su mochila se miraron, sonrieron y echaron a andar junto a Tom camino de su bungalow dejando atrás el claro que poco a poco empezaba a despertar.

La fiesta había terminado, pero el día prometía nuevas conversaciones y nuevas decisiones.

Y quizás, alguna verdad que aún no se había dicho todavía.

Continúa… 

Gracias por la visita. Si te ha gustado, comenta y regresa, porque pronto tendremos más 😉

por lyra

Escritora del Fandom

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