
Fic TOLL de lyra
Capítulo 30
El bungalow que Tom compartía con Andreas se alzaba entre los árboles como un refugio discreto pero cálido. Al entrar el contraste con el bosque fue inmediato, el aire olía a madera y a esa mezcla de vida cotidiana que se siente en los espacios habitados con cariño.
Tom entró el primero y se puso manos a la obra sin perder tiempo. Encendió la cafetera, sacó pan del armario y comenzó a preparar tostadas en silencio. El sonido del café burbujeando llenaba el ambiente con una promesa reconfortante.
—Estáis en vuestra casa—dijo Tom viendo como Bill y Alexander se quedaban quietos en mitad del bungalow—Poneros cómodos, aunque tampoco hay mucho espacio.
— ¿Puedo usar el baño?—preguntó Bill con timidez.
Tom asintió con la cabeza y tras indicarle donde estaba Bill se dirigió a el con paso ligero, agradeciendo la oportunidad de arreglar un poco su aspecto ante el espejo.
Alexander mientras tanto seguía de pie en medio del salón, observando el bungalow con curiosidad. Los había visto siempre desde lejos pero nunca había entrado en uno de ellos.
—Es más acogedor de lo que me imaginaba—comentó casi para sí mismo—Muy pequeño, comparado con mi casa claro. Pero tiene todo lo necesario para vivir con comodidad.
—Yo no necesito más—murmuró Tom desde la cocina—Aquí tengo una cama, una ducha caliente y silencio cuando lo quiero. ¿Qué más se puede pedir?
Alexander asintió recorriendo con la mirada el espacio. Había algo en ese lugar que le transmitía paz, como si fuera inmune al ruido emocional que había arrastrado desde el claro.
—A veces lo más simple es lo que realmente se valora—comentó con una sonrosa tranquilla.
Justo en ese momento Bill regresaba del baño con el pelo más arreglado y Alexander fue también al baño dejando a solas con Tom que ya estaba sirviendo el café recién hecho en 3 tazas mientras que Alexander desaparecía por el pasillo. El silencio que quedó entre ellos no era incómodo, sino tranquilo, como si el aroma del café bastara para llenar el espacio.
—El café ya está —comentó Tom girándose con una taza en la mano— ¿Cómo lo tomas?
—Con leche—respondió Bill con una sonrisa.
Ocupó uno de los taburetes que había ante la barra americana y Tom dejó ante él la taza para coger el cartón de leche y dejar que él mismo se sirviera.
—No es leche descremada como le gusta a Natalie, pero hace el trabajo—comentó con una sonrisa que hizo reír a Bill.
— ¿Alexander también lo toma con leche?—preguntó Tom de nuevo.
—Si, pero muy poca—contestó Bill.
Tom asintió con la cabeza y dejó el cartón de leche sobre la barra para que Alexander se sirviera cuando regresara. Se volvió de nuevo y cogió el plato a rebosar de tostadas que dejó también sobre la barra.
—Me temo que no hay mucho donde escoger—empezó a decir abriendo la nevera—Mantequilla y mermelada de frambuesa.
—Perfecto, no te preocupes—dijo Bill quitándole importancia.
Tom cogió ambas cosas y las sacó de la nevera dejando todo en la barra. Tomó asiento él también y cogiendo una tostada empezó a untar mantequilla en ella mientras que Bill cogía la mermelada.
Fue entonces cuando Alexander se reunió con ellos agradeciendo con una sonrisa el banquete preparado.
—Este sitio tiene su encanto—comentó Bill tras morder su tostada—No sé porqué no vamos más a menudo de camping al claro.
—Porque con una sola noche ya tienes la espalda hecha trizas —murmuró Alexander con una sonrisa perezosa mientras se acomodaba en el taburete.
Tom soltó una risa mientras removía el café en su taza.
—Eso es porque hay que saber elegir bien el sitio para poner el saco —añadió—Hay que buscar terreno blando, sin raíces ni piedras.
—O directamente traer un colchón inflable, como habría hecho Natalie —sugirió Alexander con una sonrisa—Aunque eso ya sería hacer glamping, ¿no?
—Glamping suena bien —dijo Bill—Pero con café caliente y tostadas como estas, hasta dormir en el suelo tiene su gracia.
El ambiente en el bungalow era cálido, casi familiar. La luz de la mañana entraba por la ventana, y por un momento el mundo se redujo solo a eso.
Café, tostadas y la compañía justa.
Estaban casi terminando el desayuno cuando la puerta del bungalow se abrió y entró Andreas seguido de Víctor, Melissa y Anouk. El aire fresco de la mañana se coló con ellos junto con una energía más ruidosa que la que reinaba hasta entonces.
— ¡Anda, que esperáis!—exclamó Víctor al verlos sentados con las tazas en la mano—Seguro que no queda ni café ni tostadas. Qué nivel de egoísmo.
Tom levantó la vista desde su taza con una sonrisa tranquila.
—Si hubieras madrugado, tendrías tu café recién hecho—murmuró con una sonrisa—Suerte que he hecho café para todo un regimiento, y tostadas también.
Anouk se dejó caer en el sofá con un suspiro exagerado mientras que Melissa se acercaba a la barra olfateando el aire como si pudiera rastrear el café.
—¿Hay mermelada? —preguntó con tono esperanzado.
—De frambuesa—respondió Bill señalando el tarro medio vacío—Pero tendrás que pelear con Alexander por lo que queda.
Alexander terminó de untar su tostada y se la ofreció a Melissa quien la cogió agradecida.
—Creo que tengo más en mi bungalow, ahora vengo—murmuró Melissa dando media vuelta.
Bill observó como salía del bungalow y entraba en el que estaba enfrente, sorprendiéndose de que vivieran tan cerca.
Andreas se había acomodado en una esquina y se tomaba su café con calma observando el ambiente con una sonrisa discreta. El bungalow aunque pequeño se había llenado de voces, risas y el aroma persistente del café. La mañana avanzaba, y con ella, la sensación de que lo vivido la noche anterior empezaba a diluirse en la cotidianidad.
Melissa regresó con una bolsa de magdalenas y un bote nuevo de mermelada de naranja que hizo que Víctor lo celebrara como si fuera un manjar exquisito. Hicieron más tostadas y siguieron desayunando entre risas al ver como Víctor abría el bote de mermelada como si estuviera descorchando una botella de champán.
—¡Esto sí es vida! —exclamó untando generosamente su tostada—Nada como un toque cítrico para despertar el alma.
Melissa se acomodó en el sofá al lado de una silenciosa Anouk y le ofreció un sorbo de su café para ver si así se despertaba del todo y se animaba. Bill y Alexander intercambiaron una mirada divertida, estaba disfrutando del jovial ambiente que reinaba.
—¿Quién diría que un desayuno improvisado podía parecer una reunión familiar?—comentó Víctor tomando otra tostada.
—Es que el secreto está en la compañía —murmuró Tom sin poder evitar dirigir una fugaz mirada a Bill—Y en no tomarse la vida demasiado en serio.
El sol ya entraba con fuerza por la ventana iluminando el pequeño espacio con una calidez que parecía envolverlos a todos. Lo que había comenzado como una escapada nocturna se transformaba poco a poco en un recuerdo compartido, uno de esos que se quedan grabados por los detalles simples como el olor del café, las bromas entre amigos, y una mermelada de naranja que, por un momento, fue lo más importante del mundo.
Terminaron de desayunar entre risas y conversaciones suaves, con el sol ya iluminando por completo el interior del bungalow. Las tazas vacías y los restos de mermelada sobre la barra eran testigos silenciosos de una mañana que había logrado borrar, al menos por un rato, las tensiones de la noche anterior.
Bill se levantó primero estirándose con calma, y Alexander lo siguió tras dejar su taza en el fregadero. Antes de marcharse se despidieron de los demás.
—Gracias por todo—dijo Bill con una sonrisa sincera dirigiéndose a Tom en particular—No solo por el desayuno, también por la noche. Fue especial.
Alexander asintió, mirando a Tom y luego al grupo que seguía charlando en el salón.
—Sí, gracias—murmuró—Por el café, las tostadas y por el espacio. A veces, eso es lo que más se necesita.
Tom les devolvió la sonrisa, con ese gesto tranquilo que parecía decir «cuando queráis repetir, ya sabéis donde estamos».
Bill y Alexander salieron del bungalow despidiéndose de todos y dejando atrás el murmullo de voces y el aroma persistente del café. Caminaban juntos sin prisa, con esa complicidad silenciosa que no necesitaba explicaciones. El claro los esperaba, pero algo había cambiado.
Ya no era solo el lugar donde habían dormido, sino el escenario de una noche que quedaría grabada en ellos por mucho tiempo.
Tom los observó marchar en silencio con su segunda taza de café aún caliente entre las manos. La complicidad entre Bill y Alexander era evidente, algo en sus miradas parecía guardar una mezcla de afecto y reflexión. Cuando la puerta se cerró tras ellos Tom se terminó el café de un solo trago como si necesitara ese último impulso para arrancar el día.
Se dirigió al baño sin decir nada, la ducha lo esperaba y con ella el ritual de dejar atrás la noche y prepararse para la rutina.
Víctor y Anouk también se pusieron en pie poco después. Se despidieron con gestos rápidos, recogieron sus cosas y salieron del bungalow rumbo a su casa. El aire fresco de la mañana los recibió con esa familiaridad que solo tiene lo cotidiano.
Melissa se quedó unos minutos más terminando su café en silencio. Luego se levantó y le echó una mano a Andreas recogiendo y fregando las tazas usadas. Cuando terminó se despidió de él con un breve beso en los labios y salió por la puerta rumbo a su propio bungalow sin mucha prisa, aún faltaba 1 hora para entrar al club a trabajar.
La vida seguía con sus ritmos, sus horarios y sus pequeñas rutinas. Lo que había sido una noche especial se transformaba lentamente en recuerdo, mientras cada uno retomaba su camino. El claro quedaba atrás, y con él, las emociones que habían florecido bajo las estrellas.
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Tras salir del bungalow de Tom, Bill y Alexander regresaron al claro para ver si Georg y Louise seguían dormidos. Ya estaban todos en pie y tras recoger sus pertenencias regresaron juntos al club para coger su coche que continuaba en el parking desde la noche anterior. Y allí les dejaron desayunando mientras regresaban a casa.
Alexander condujo en silencio y dejó a Bill frente a la puerta de su casa con una sonrisa tranquila.
— ¿Te lo has pasado bien?—preguntó apagando el motor.
—Mucho—contestó Bill con una sonrisa—La compañía ha sido agradable y tú has estado perfecto.
Alexander se le quedo mirando en silencio, era verdad que después de haberse pasado toda la tarde anterior trabajando de camarero en el club había visto desde otra perspectiva lo que allí sucedía y empezaba a entender la vida desde otros ojos.
Algo en él había cambiado, y Bill lo había notado.
— ¿Nos vemos más tarde en el club?—preguntó antes de arrancar de nuevo.
Bill asintió con la cabeza y se inclinó para despedirse con un beso. Bajó del coche y entró en la casa cerrando la puerta con suavidad tras entrar. El frío silencio del hogar por primera vez le pareció reconfortante, casi terapéutico después de la intensidad de la noche anterior.
Por suerte su madre estaba ocupada en la habitación que usaba como despacho organizando su día entre una comida con sus amigas, una visita a la peluquería y alguna llamada que parecía más social que laboral.
Y su padre, como era habitual, ya estaría trabajando en el despacho que tenía en Potsdam en la zona de Babelsberg y no regresaría hasta la noche.
Avanzó con cuidado por el pasillo procurando no hacer cualquier tipo de ruido que pudiera molestar a su madre y fue a su habitación cerrando la puerta de con suavidad tras él. Entró al baño dispuesto a darse una ducha relajante, dejando que el agua caliente le despejara la cabeza y ayudara a disipar los pensamientos que amenazaban con distraerle, como aquel instante en el que tras acomodarse entre los brazos de Alexander y dejarse llevar por el sueño, abrió los ojos y vio a Tom acostado a unos metros, con los ojos cerrados en su propio saco.
Pero entonces Tom abrió los ojos como si supiera que alguien le estaba observando. Y durante unos breves segundos, sus miradas se cruzaron. No hubo palabras, pero en ese silencio compartido pareció flotar todo lo que no se habían dicho, todo lo que no sabían cómo expresar, o que simplemente no debía ser pronunciado en ese momento.
Se dio prisa en ducharse y una vez que terminó se vistió con ropa cómoda pero presentable, y se sentó frente al escritorio. Abrió uno de sus libros de texto y empezó a estudiar antes de que su madre fuera a vigilar que estuviera haciendo aquello que le correspondía como marcaba su estricto horario.
Y como si lo hubiera invocado, la puerta se abrió de golpe minutos después. Su madre entró sin previo aviso como siempre hacía, ya que para eso era su casa y en ella no debía haber secretos ni barreras.
Bill se quedó totalmente inmóvil en su asiento escuchando el eco de unos tacones tras él y percibiendo el aroma inconfundible del caro perfume que su madre solo usaba cuando salía a cumplir con sus compromisos sociales.
—¿Estás estudiando? —preguntó Simone con su habitual tono duro.
—Sí—susurró Bill sin levantar la vista del libro.
Simone avanzó un par de pasos haciendo que su perfume envolviendo la habitación como una declaración silenciosa de autoridad.
—Perfecto. Recuerda que este sábado es la inauguración de la exposición en la galería de Eleonore y no podemos faltar —dijo con firmeza Simone—Aún no has ido de compras, necesitas ropa adecuada y sabes que tengo que dar mi visto bueno. Hazlo hoy o mañana sin falta, y seguro que Louise estará encantada de acompañarte y ayudarte. Queda con ella y cuando termines invítala a comer como muestra de agradecimiento por hacerle perder su valioso tiempo contigo.
Bill tragó saliva y volvió a asentir. Su madre tenía una admiración evidente por Louise, siempre elogiaba su estilo y criterio. Además, sus padres eran propietarios de un viñedo cuyo vino se serviría en la exposición, y Simone sabía que Louise les ayudaba con la contabilidad, lo que ocupaba buena parte de su tiempo libre.
Simone dio por concluida la conversación con un gesto breve, pero antes de marcharse se detuvo un instante para lanzar una última mirada a Bill. Era la clase de inspección silenciosa que evaluaba cada detalle como la postura que tenía al estudiar, el orden de la mesa y la pulcritud del entorno. Todo debía estar en su sitio, como reflejo de una disciplina que ella consideraba esencial.
Se giró con elegancia lista para marcharse, pero justo en el umbral de la puerta se volvió de nuevo.
—¿Has fumado?—preguntó con una frialdad cortante.
Bill cerró los ojos por un segundo mordiéndose el labio. ¿Por qué no preguntaba si había disfrutado con sus amigos? ¿Por qué nunca mostraba interés por su bienestar, por sus emociones y por lo que realmente sentía?
Para su madre, lo único importante era que siguiera el camino trazado por ella sin desviarse ni un milímetro.
—Huelo a humo —insistió Simone arrugando la nariz con desdén.
—De la hoguera de anoche —respondió Bill en un susurro sin atreverse a moverse.
Rezaba para que en su pelo no quedara rastro de ningún
Rezaba internamente para que en su pelo no quedara ningún rastro de ningún olor que delatara que aparte de una hoguera también se habían encendido unos cuantos porros a su alrededor que él no se había atrevido a probar consciente del riesgo de que su madre lo descubriera y eso trajera graves consecuencias.
—Toda tu habitación apesta—exageró Simone frunciendo el ceño—Abre las ventanas de inmediato y baja la ropa a la lavadora antes de que ese olor se extienda por toda la casa.
Y sin esperar una respuesta que sabía que era innecesaria se marchó dejando tras de sí el eco de sus tacones y el perfume que siempre parecía más fuerte cuando se iba que cuando llegaba. Bill se quedó por unos segundas más quieto donde estaba sintiendo que el aire se había vuelto más denso y frío. Luego se levantó en silencio para obedecer sus ordenes sin rechistar, como siempre hacía.
Recogió la ropa usada del cesto en el baño y bajó con ella en brazos hasta la cocina donde Greta limpiaba con esmero la ya reluciente encimera. Como ese día nadie comería en casa, aprovechaba las horas libres para ocuparse de otros asuntos antes de comenzar con la cena siguiendo al pie de la letra las instrucciones dadas por su madre.
Metió él mismo la ropa en la lavadora y luego volvió a su habitación. Aunque tenía los libros abiertos sobre el escritorio, no sentía ganas de seguir estudiando. La orden de su madre de ir de compras le pareció la excusa perfecta para salir a despejarse y respirar algo de aire fresco.
Cogió el móvil y escribió a Louise para proponerle que lo acompañara de tiendas y luego la invitaba a comer con él. No tuvo que esperar mucho para recibir su alegre respuesta afirmativa, lo que le sacó una sonrisa.
Louise quedó en pasar a recogerlo en media hora. Bill cerró el libro que apenas había tocado, se levantó y se cambió de ropa. Aprovechando que su madre no estaba en casa se atrevió a usar un poco de maquillaje, ese que siempre evitaba por temor a las miradas críticas que tanto lo incomodaban.
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El turno de Tom comenzó sin sobresaltos. Aquella mañana le tocaba encargarse nuevamente de las mesas del embarcadero, algo que agradecía profundamente. Prefería mil veces estar al aire libre caminando bajo el sol que pasar horas encerrado entre las paredes del club. No le molestaba recorrer el embarcadero de arriba abajo atendiendo a los clientes mientras sentía la fresca brisa acariciarle la cara.
En uno de esos trayectos, volvió al interior del club para que Andreas le preparara las bebidas que le habían solicitado. Esa mañana no era Melissa quien atendía la barra y Tom la tenía como compañera de trabajo en el embarcadero.
—Tres zumos de naranja, una botella de agua y un batido de fresa —pidió Tom dejando su bandeja sobre la barra con gesto ágil.
Andreas asintió y se puso manos a la obra, sin perder tiempo.
Justo entonces David salió del almacén con unos papeles en la mano y se detuvo al ver el ambiente que reinaba. Aunque era media mañana el club estaba ya en plena actividad, con la música suave de fondo y el murmullo constante de conversaciones que llenaban el aire indicando que todo funcionaba como debía.
Desde su posición, observó cómo Tom esperaba con paciencia mientras Andreas terminaba de colocar las bebidas en la bandeja. En cuanto estuvo lista, Tom la tomó con naturalidad, giró sobre sus talones y salió del club rumbo al embarcadero.
David lo siguió con la mirada con curiosidad y luego echó a andar tras él, intrigado por la soltura con la que se movía entre las mesas. Saludaba a los clientes con una sonrisa fácil, irradiando una energía que parecía contagiarse. Lo que más le sorprendió fue la cercanía con la que muchos lo trataban llamándole por su nombre, saludándole e incluso algunos le hacían bromas como si fueran viejos amigos.
—¡Tom! Lo de anoche fue una pasada —exclamó uno de los chicos alzando su taza de café como si brindara—Esa hoguera ha sido lo mejor del verano hasta ahora.
—Tendríamos que hacerlo todas las noches —añadió otro, con entusiasmo.
—Mi espalda no está tan convencida —respondió Tom entre risas mientras dejaba las bebidas en la mesa contigua—Una noche más y me despierto doblado.
—Anda ya Tom, que no tienes edad para quejarte tanto—bromeó el primero—Esta tarde hay otro partido de voleibol a las siete. Si estás libre, te hacemos hueco en nuestro equipo.
—¿Y podemos ir a animar? —preguntó una chica que no podía apartarlos ojos de Tom.
—Solo si no nos distraéis—intervino otro chico, guiñándole un ojo mientras Tom sonreía divertido por el ambiente que se había creado.
Siguió con su trabajo bajo la atenta mirada de David que empezaba a ver algo en Tom que iba más allá del uniforme. Algo que conectaba. Y empezaba a entender por qué su nombre se repetía tanto últimamente.
Tom proyectaba una imagen seria y casi distante, como si llevara siempre una coraza bien ajustada. Pero bastaba con que bajara la guardia para descubrir una personalidad completamente distinta. Cercana, cálida e incluso divertida.
Sin embargo, había algo en su mirada que inquietaba a David. Un matiz difícil de descifrar, como si detrás de esos ojos se escondiera un secreto cuidadosamente guardado. Era una intuición persistente, una sombra que no podía ignorar.
Había algo que Tom protegía con mucho recelo, como si supiera que si salía a la luz podría llegar a cambiarlo todo.
David solo esperaba que si ese día alguna vez llegaba no trajera consigo consecuencias desagradables. Sería una verdadera lástima tener que prescindir de alguien tan competente, solo porque en el fondo resultara ser alguien que nadie jamás se podía haber imaginado.
Regresó a su despacho con paso tranquilo justo cuando sintió el móvil vibrar en el bolsillo. Lo sacó sin prisas y al leer de quien era el mensaje recibido esbozó una amplia sonrisa.
«¿Comemos juntos?»
Se acercó a la barra y tomando asiento en un taburete se apresuró a contestar con rapidez.
«Creía que estabas hasta arriba de trabajo»—escribió sin dejar de sonreír.
La respuesta no tardó en llegar.
«He podido adelantarlo para sacar un hueco, últimamente apenas nos vemos»
David se quedó mirando la pantalla por unos segundos mientras pensaba. Era cierto que apenas podían pasar juntos el poco tiempo libre que ambos tenían, entre sus trabajos y las urgencias familiares que siempre aparecían empezaba a abrir entre ellos una brecha. Y aunque ninguno de los dos lo quería decir en voz alta, eso les estaba empezando a pasar factura y necesitaban tomarse un respiro para volver a ser ellos mismos.
«Perfecto. ¿Dónde te apetece? ¿El sitio de siempre o algo nuevo?»—escribió al cabo de un silencioso minuto.
Mientras esperaba la respuesta levantó la mirada y observó por la ventana del club. Desde allí podía ver parte del embarcadero, donde Tom seguía trabajando con esa mezcla de eficiencia y carisma que lo hacía destacar. No pudo evitar pensar en la conversación que seguramente ya habría tenido lugar en casa de Bill, cuando su padre le hubiera preguntado por la hoguera y los asistentes. Seguro que su madre no habría visto con buenos ojos que su hijo se hubiera mezclado con los camareros, y que Tom en particular habría sido objeto de escrutinio.
Su responsabilidad era clara, la de mantener informado a Jörg Kaulitz de todo lo que ocurría en el club, tanto dentro como fuera de sus instalaciones. Así que en cuanto se enteró de la hoguera organizada por algunos camareros junto a varios clientes no tuvo más remedio que comunicarlo. No era una cuestión de juicio personal, sino de protocolo.
Y Jörg, como siempre, agradeció la información con ese gesto contenido que decía más que cualquier palabra.
El móvil vibró con la llegada de un nuevo mensaje que se apresuró a leer.
«Vayamos al sitio de siempre, tengo ganas de algo tranquilo y no quiero que nadie nos moleste. ¿Nos vemos en media hora?»
«Perfecto, allí nos vemos»—contestó de inmediato con una amplia sonrisa en los labios.
Sabía lo que ese mensaje implicaba.
No era solo una simple comida.
Era un reencuentro.
Un momento para ellos dos lejos del ruido y de las obligaciones. El postre sería la intimidad compartida en la gran cama del lujoso apartamento que tenían alquilado en Potsdam, ese refugio que parecía existir fuera del tiempo.
«Te quiero» —llegó el siguiente mensaje, breve pero cargado de significado.
«Yo también te quiero mucho» —escribió David sin dudar.
Guardó el móvil y se quedó en silencio mirando de nuevo por la ventana. El embarcadero seguía lleno de vida, Tom atendía con esa mezcla de eficiencia y carisma que lo hacía destacar, y el club funcionaba como un reloj bien engrasado.
Pero en ese instante lo único que importaba era que por unas horas, él también tendría su espacio.
Uno donde no tenía que informar, decidir ni observar.
Solo estar.
—Vaya, alguien ha recibido buenas noticias —comentó Andreas sin poderse contener.
Había estado observando desde la barra cómo David respondía a los mensajes con una concentración inusual sin perder la sonrisa ni un segundo. Era raro verlo tan absorto en algo que no fuera trabajo, y más aún con ese brillo en los ojos que no se escapaba a nadie con un mínimo de intuición.
—Tengo que ausentarme unas horas —dijo David sin entrar en detalles mientras se levantaba del taburete—Te quedas al cargo de todo. Asegúrate de que el turno de comidas transcurra sin complicaciones.
Andreas asintió con naturalidad, acostumbrado a que David delegara en él cuando era necesario. Pero esta vez, algo en el tono de David le hizo levantar una ceja.
—¿Algo importante? —preguntó más por costumbre que por curiosidad real.
—Una aburrida comida de trabajo—murmuró David resoplando.
Pero el brillo en sus ojos lo traicionaba. Esa sonrisa que se había mantenido intacta mientras respondía los mensajes decía mucho más que sus palabras. Andreas lo había notado claramente pero no quiso decir nada. Sabía sin necesidad de palabras que esa comida iba a ser de todo menos aburrida.
Y también David era un hombre de compartimentos cerrados, alguien que separaba con precisión quirúrgica lo profesional de lo personal. Nunca hablaba de su vida privada.
Jamás.
Ni siquiera con él que era su sombra en el club y mano derecha. Lo conocía solo en el ámbito profesional pero más allá de eso, David era todo un misterio. Un hombre que mostraba lo justo y guardaba lo esencial.
Andreas lo aceptaba. Sabía que había límites que no se podían cruzar y cosas que no se debían preguntar. Y que si alguna vez David decidía compartir algo más sería porque él lo había elegido. Hasta entonces, solo le quedaba hacer lo que siempre hacía. Encargarse del club en su ausencia, mantener el orden y respetar el silencio que David cultivaba con tanto cuidado.
Sabía que esa «aburrida comida de trabajo» era en realidad un paréntesis. Uno que David necesitaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Le vio salir del club con paso ligero mientras que fuera el sol brillaba sobre el embarcadero y el murmullo de los clientes se mezclaba con el sonido del agua.
Era un día perfecto para desaparecer unas horas.
Y volver siendo otra persona.
Continúa…
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