Incomplete 31

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Fic TOLL de lyra

Capítulo 31

Bahnhofspassagen Potsdam estaba en plena efervescencia esa mañana. El centro comercial situado justo junto a la estación vibraba con el ir y venir de gente entre escaparates de moda, tiendas de tecnología y aromas tentadores que salían de los locales gastronómicos. Bill caminaba al lado de Louise, intentando mantener el ritmo mientras ella se detenía cada pocos metros para inspeccionar una prenda, un accesorio o simplemente comentar lo mal iluminado que estaba cierto escaparate.

—¿Y esto? —preguntó Louise, levantando una camisa de lino azul claro—Podría funcionar para la exposición. Es elegante pero no parece que lo hayas intentado demasiado.

Bill la miró con una mezcla de resignación y gratitud. Sabía que sin ella estaría perdido entre cortes, colores y etiquetas.

—¿Crees que a mi madre le parecerá bien? —preguntó mientras tocaba la tela con cuidado.

—Tu madre quiere que parezcas salido de una revista de arte, no de una pasarela —respondió Louise con una sonrisa—Esto tiene el equilibrio justo.

Entraron en varias tiendas más donde Bill se estuvo probando chaquetas, pantalones y zapatos. Louise era incansable, y Bill agradecía su entusiasmo, aunque empezaba a sentirse abrumado por la cantidad de opciones. En una tienda de diseño alemán, encontró un conjunto que le gustó de verdad: pantalones negros de corte recto, camisa blanca con cuello mao y una chaqueta también negra de textura suave.

—Este sí —dijo Louise sin dudar—Te ves como tú, pero con un toque de sofisticación. Y si tu madre no lo aprueba, la culpa será solo mía.

Bill soltó un suspiro de alivio al salir de la tienda, con el conjunto definitivo ya asegurado. Por fin tenía algo que ponerse para la inauguración, aunque la idea de asistir seguía sin entusiasmarle. Aun así, entre todas las bolsas que cargaban, ese conjunto era el único que realmente le gustaba. El resto sabía sería sometido al escrutinio implacable de su madre, quien probablemente descartaría la mayoría con un simple gesto de desaprobación.

Pero Bill tenía un plan, iba a atreverse a decir a su madre que el conjunto había sido elección de Louise y así su madre lo aceptaría sin objeción alguna confiando en su buen gusto.

—Ahora ya somos libres —dijo Louise soltando un largo suspiro—Vayamos a comer, nos lo hemos ganado.

—Gracias por acompañarme—respondió Bill, sonriendo con sinceridad—Si hubiera venido solo, estaría volviendo a casa con las manos vacías y la autoestima por los suelos.

—Sabes que para mí ir de compras es casi una vocación —bromeó Louise devolviéndole la sonrisa— ¿Vamos al club o comemos aquí mismo?

—Aquí mismo —dijo Bill sin pensarlo—Estoy agotado.

—Y yo me muero de hambre —añadió Louise entre risas.

Se dirigieron a la zona de restauración del Bahnhofspassagen Potsdam donde los aromas de curry especiado, pasta al dente y pan recién horneado se mezclaban en el aire como una sinfonía gastronómica. Tras dar algunas vueltas se decidieron por un restaurante de cocina fusión con mesas junto a los ventanales que daban a la estación. El bullicio de los trenes y los viajeros se sentía lejano, como si estuvieran en una burbuja de calma.

Ocuparon una mesa y Bill se dejó caer en su silla con una expresión de descanso absoluto. Por primera vez en todo el día, se sentía tranquilo y relajado. Louise hojeaba el menú con entusiasmo comentando cada plato como si fuera una crítica culinaria profesional.

—¿Sabes? —dijo Bill, mirando por la ventana—A veces me gustaría que todo fuera así de simple. Comer, reír, estar contigo. Sin exposiciones, sin juicios, sin tener que demostrar nada.

—Pues hoy es uno de esos días—murmuró Louise mirándole con ternura— Así que disfrútalo.

—Espero no haberte estropeado algún plan con Georg—empezó a decir Bill en voz baja.

—¿Estropear? Para nada —respondió Louise con una sonrisa despreocupada mientras seguía estudiando la carta—Georg está ocupado echando una mano a su padrastro con los planos de la ampliación de la cocina que quieren hacer y ya sabes que cuando se trata de compras, no hay competencia posible.

Bill se echó a reír relajándose aún más en su asiento. El restaurante, con sus ventanales amplios y el murmullo lejano de la estación, parecía el lugar perfecto para esa conversación ligera que tanto necesitaba.

—A veces pienso que deberías cobrar por esto —bromeó él también—Eres como una estilista personal con sentido del humor incluido.

—Y tú como un cliente con más dudas existenciales que prendas en el armario —replicó Louise guiñándole un ojo—Pero sabes que me gusta mucho ayudarte en lo que sea, me hace sentir útil. Y además, me divierte ver cómo te transformas cuando te sientes cómodo con lo que llevas puesto.

—Hoy me siento más yo gracias a ti—murmuró Bill bajando la mirada.

Louise apoyó los codos sobre la mesa y lo miró con ternura.

—Pues guarda esa sensación para cuando estés en la galería rodeado de gente que te juzga sin conocerte—dijo con firmeza Louise—Vas a necesitar recordarla.

Bill asintió con la cabeza y soltó un suspiro largo, como si intentara liberar la tensión que llevaba acumulada desde que empezó el día. Por suerte no estaría solo en la inauguración. Sus amigos también estaban invitados y asistirían acompañados de sus padres, y eso le daba cierto consuelo. Al menos tendría rostros conocidos cerca, gente que lo comprendían y no lo juzgaba por cada gesto o palabra.

Y sabía que su madre no se contendría.

Era casi como un cruel pasatiempo suyo soltar algún comentario mordaz o corrección innecesaria, una crítica disfrazada de consejo. Y hacerlo delante de sus amigos lo hacía aún más humillante. Pero esa vez, Bill se aferraría a la idea de que no estaría completamente expuesto. Louise estaría allí y también Georg, además de Alexander y bueno, Gustav y Natalie.

Con ellos cerca podría soportar lo que se le viniera encima aunque fuera en silencio.

—No sé qué haría sin vosotros —murmuró Bill más para sí mismo.

—No tienes que hacerlo solo—dijo Louise dejando la carta a un lado—Nunca lo has tenido que hacer solo.

Bill sonrió agradecido. Por primera vez en mucho tiempo sentía que tenía una red bajo sus pies. Y aunque la noche de la inauguración prometía ser larga, al menos no sería solitaria.

&

Terminaron de comer y salieron del centro comercial montados en el coche de Louise. Estaban parados en un semáforo y cuando estaba a punto de ponerse verde Bill miró a su derecha arrugando la frente.

— ¿No es David?—preguntó de repente.

Louise giró brevemente la cabeza, intentando seguir la dirección de la mirada de Bill, pero el semáforo cambió justo en ese instante y el coche tuvo que avanzar. El tráfico de Potsdam no perdonaba distracciones.

—¿David? —repitió ella mientras cambiaba de marcha— ¿Estás seguro?

Bill se quedó pensativo mirando por el retrovisor como si esperara confirmar lo que había visto.

—Creo que sí—murmuró—Salía de un edificio de apartamentos y cruzaba la calle.

Louise frunció el ceño, intrigada.

—¿Y qué hace por aquí?—preguntó Louise frunciendo el ceño intrigada— ¿No debería estar en el club?

Bill asintió con la cabeza, a esas horas estaría terminando el turno de comida en el club y David siempre estaba controlándolo todo.

—Tal vez tenía una reunión—comentó Louise—Algo relacionado con la exposición del sábado. Ya sabes que todo el mundo está en movimiento estos días.

Bill asintió, pero no dijo nada más. Había algo en la imagen de David caminando solo por Potsdam que le había inquietado. Como si esa aparición inesperada fuera el preludio de algo más.

El coche siguió su camino entre calles arboladas y escaparates iluminados. En el asiento trasero las bolsas de ropa se balanceaban con cada giro recordándole que la inauguración estaba cada vez más cerca.

Y que, por alguna razón, David también parecía estar más presente de lo habitual.

Llegó a su casa sintiéndose exhausto pero satisfecho. Louise le dejó ante la puerta y ayudó a sacar las bolsas del coche dejando en el las compras que ella también había hecho aprovechando esa inesperada salida. Se despidió de él con un beso en la mejilla y la promesa de verse en el club ya fuera más tarde o al día siguiente. Bill la vio entrar en su deportivo rojo de nuevo y marcharse rumbo a su casa.

Entonces entró en su casa, apenas le había abierto Arthur la puerta cuando su móvil vibró en su bolso. Sabía perfectamente de quién era el mensaje recibido y se apresuró a leerlo con rapidez dejando que Arthur le cogiera las bolsas agradeciéndole el gesto con una sonrisa.

«Enséñame lo que te has comprado»

Era lo único que le había escrito su madre.

Soltó un suspiro y subió al despacho de su madre cabizbajo seguido de Arthur. Llamó en la puerta y solo entró cuando segundos después su madre le dio permiso. Se quedó en mitad de la estancia mientras que Arthur entraba también y dejaba en el suelo a sus pies las bolsas retirándose con el mismo sigilo con el que había entrado y cerrado con suavidad tras él la puerta.

No hizo falta que su madre dijera nada, empezó a sacar una a una las prendas que había comprado y las exhibió ante su madre, que desde la cómoda silla de su despacho las fue examinando con mirada crítica, como si cada prenda pudiera revelar una falta de criterio. Camisas, pantalones y chaqueta todas recibieron un gesto de desaprobación o un comentario escueto.

—Demasiado informal…esto no tiene estructura…—murmuraba Simone con el ceño fruncido— ¿Y esta tela? Es de lo más vulgar, parece sacada de un mercadillo.

Bill aguantó en silencio hasta sacar el último conjunto y que era su preferido, y antes de que su madre pudiera decir algo él ya se había adelantado.

—Es el favorito de Louise—se atrevió a mentir con todo descaro—Fue elección suya.

Simone se quedó observando el conjunto con mucha más atención, como si el nombre de Louise le diera una nueva perspectiva.

—Bueno, por fin algo con sentido común—dijo Simone para gran alivio de Bill—Es sobrio y elegante, justo lo que yo quería. Puedes llevarlo en la inauguración, y puedes también guardar el resto en tu armario, quizás para otra ocasión más adecuada.

Bill asintió aliviado. No era una victoria completa, pero al menos había salvado lo que realmente le gustaba.

Tomó de nuevo las bolsas y salió del despacho de su madre en silencio. Al llegar a su habitación, aunque sabía que si dejaba las bolsas en el suelo Alice se encargaría de colgar la ropa sin decir una palabra, prefirió hacerlo él mismo. Aun así, era consciente de que más tarde ella reorganizaría todo el armario como acostumbraba siguiendo las estrictas órdenes de su madre por colores, por tallas, y con una precisión casi obsesiva.

Cuando terminó miró la hora que era en el móvil, dándose cuenta de que la tarde se le había escapado. Decidió que ya no iría al club, necesitaba desconectar. Se cambió de ropa, bajó al jardín y se dejó caer en una tumbona junto a la piscina. El agua brillaba bajo el sol, y por primera vez en horas el silencio le pareció reconfortante.

Cogió el móvil y escribió a Alexander, ya le había puesto al corriente de sus planes de pasar casi todo el día de compras con Louise y aunque le había invitado Alexander se negó, odiaba ir de compras y no le apetecía pasarse todo el día metido en el centro comercial.

Quedaron en verse más tarde cuando Bill hubiera terminado.

«Me quedo en casa esta tarde, no me apetece ir al club. ¿Quieres venir?»—escribió con rapidez.

Esperó unos minutos pero Alexander no contestaba ni leía el mensaje. Dejó el móvil a un lado y cerró los ojos suspirando, hasta que escuchó el sonido de un nuevo mensaje recibido y se apresuró a leerlo.

«No puedo, estoy ocupado aquí en casa. Nos vemos mañana, ¿te parece bien?»

Bill suspiró resignado mientras le enviaba otro mensaje quedando en verse al día siguiente para ir al club como siempre. Eso solo significaba que se iba a pasar el resto del día solo en casa por no hablar de la cena donde sería de nuevo el centro de atención de su madre.

Por un momento se le pasó por la cabeza en quedar con Louise que seguramente estaría en el club con Georg, pero no quería molestarles. Ya la había tenido ocupada toda la mañana y estaría deseando pasar un tiempo a solas con su novio.

Dejó el móvil a un lado, se acomodó en la tumbona y cerró los ojos de nuevo. El sonido del agua sumado con el calor del sol y el sonido lejano de los pájaros lo envolvieron. Pasó la tarde en soledad, preparando en silencio el ánimo para la cena que se avecinaba.

&

Pasaron las horas y cuando quiso darse cuenta estaba ya sentado a la mesa cenando con sus padres con su habitual silencio. Todo parecía seguir el guion previsto de siempre hasta que su padre levantó la mirada del periódico y se dispuso a hablar.

— ¿Qué tal lo pasaste anoche en la hoguera?—preguntó con naturalidad.

Bill parpadeó sorprendido. No esperaba que su padre lo mencionara y mucho menos con ese tono de interés genuino. Se recompuso rápido.

—Fue una velada muy agradable —respondió cuidando cada palabra que salía de sus labios—Buena música, algo de comida… todo muy tranquilo.

No quería decir nada de las bebidas que habían circulado ni los porros que Anouk había estado regalando. No era el momento ni el público adecuado.

Jörg asintió con la cabeza como si estuviera evaluando la información con curiosidad más que juicio.

—Me alegra que lo pasaras bien—murmuró dando la conversación por finalizada.

Pero entonces intervino Simone, que había estado muy pendiente de la conversación.

— ¿Y quiénes asistieron exactamente?—interrogó con tono inquisitivo.

Bill dudó un segundo, pero sabía que no podía evitar la pregunta.

—Los de siempre—empezó a decir—También estaba Peter, el primo de Georg y más amigos suyos. Y bueno, algunos camareros del club también asistieron.

Sabía que era inútil mentir a su madre o tratar de engañarla, al igual que su padre parecía tener ojos por todos lados y fijo que sabría de sobra quienes habían asistido a la hoguera, pero quería escucharlo salir de sus propios labios.

Vio como fruncía ligeramente el ceño, como si la palabra «camareros» le resultara fuera de lugar en ese contexto.

—¿Camareros?—repitió, pareciendo atragantarse con esa palabra— ¿Y qué hacían allí con vosotros? ¿Eran los encargados de serviros la comida y la bebida?

—Estaban allí para divertirse y pasar también una velada agradable—contestó Bill procurando mantener la calma.

— ¿Y también asistió ese camarero que David no quiso despedir?—interrogó su madre de nuevo—Creo que se llamaba Tom.

Bill cogió aire antes de contestar, su madre siempre hacía que le faltara el aliento cada vez que le hablaba.

—Si, Tom también estaba—contestó.

Simone dejó el tenedor sobre el plato con una lentitud calculada, como si cada gesto estuviera cargado de significado. Su mirada se clavó en su hijo, fría y escrutadora como siempre.

—No entiendo aún la decisión de David—dijo finalmente, con tono cortante—Ni que él y los demás camareros anden mezclándose con los clientes, y mucho menos contigo.

Bill apretó los labios sintiendo cómo la incomodidad se le instalaba en el pecho. Su madre siempre encontraba la forma de reducir a las personas a su función, como si el uniforme definiera su valor.

—Ni Tom ni nadie hizo nada inapropiado —respondió con calma—Solo estuvieron allí divirtiéndose como los demás y disfrutando de una noche tranquila.

—Pero que no se convierta en costumbre—dejó Simone bien claro— Hay que saber distinguir los espacios entre unos y otros. Y si Tom es problemático, no te quiero ver cerca de él.

Bill no tuvo más remedio que asentir con la cabeza mientras que padre se le quedaba mirando en silencio, como si estuviera viendo algo nuevo en él.

Algo que no había querido ver antes.

La cena transcurrió en su habitual silencio tenso, pero Jörg apenas prestaba atención a los platos. Su mente seguía dando vueltas a lo que acababa de escuchar. Ese tal Tom parecía haberse convertido en una figura destacada dentro del club. No era común que los empleados despertaran tanto interés entre los clientes, y menos aún entre los jóvenes como Bill.

Quería conocerlo en persona. No por desconfianza, sino por curiosidad. Quería verlo en su entorno, observar cómo se desenvolvía y entender qué lo hacía tan especial y había llamado tanto la atención de su hijo como para defenderle ante quien quisiera dañarle.

Y qué mejor ocasión que la inauguración de la exposición, donde el club se encargaría del catering.

Decidió que hablaría con David y le pediría que incluyera a Tom como parte del equipo de camareros esa noche. No como una prueba, sino como una oportunidad para verlo en acción.

Si Tom realmente tenía ese magnetismo del que todos hablaban, Jörg quería comprobarlo por sí mismo.

&

Tom recibió la noticia al día siguiente un tanto extrañado.

Sabía que el club ofrecía trabajos adicionales en eventos externos, y Andreas ya le había mencionado que el catering era una oportunidad bien remunerada aunque reservada normalmente para los camareros más experimentados o con mayor antigüedad. Por eso le desconcertaba que, siendo prácticamente nuevo, lo hubieran seleccionado para el servicio de la inauguración de ese sábado.

—¿Estás seguro de que no hay un error? —preguntó finalmente mirando a David con expresión seria.

Le había llamado a su despacho nada más empezar el turno y Tom ya se imaginaba que sería despedido de nuevo, pero era todo lo contrario.

—No hay ningún error, Tom—contestó David sonriendo—Eres muy bueno en tu trabajo y eso debe recompensarse y qué mejor manera que incluirte dentro de la lista de los camareros del catering. Pero ya te advierto que el sábado estará presente Jörg Kaulitz, y ya ha oído hablar de ti. Ha sido él mismo quien ha ordenado que asistas, quiere verte en acción y comprobar por sí mismo qué es lo que te hace destacar tanto entre los clientes.

Tom se puso totalmente recto, incómodo con la idea de estar bajo observación y más aún por alguien como el padre de Bill.

— ¿Y eso es bueno o malo?—quiso saber.

—Eso ya depende de ti—contestó David—Pero si te sirve de algo, no lo veo como una amenaza. Al contrario, es una oportunidad y no todos la tienen.

Tom asintió lentamente, aún sin saber si sentirse halagado o inquieto. Sabía que en ese tipo de eventos todo debía salir perfecto, y que cualquier error podía costarle caro. Pero también sabía que había algo en él que conectaba con la gente, aunque no supiera explicarlo del todo.

—Lo haré lo mejor que pueda—prometió con firmeza.

—Eso es todo lo que espero de ti—dijo David dando la conversación por finalizada—Y Tom, sé tú mismo. No intentes impresionar, solo haz lo que haces aquí cada día con la mejor de tu sonrisa. Habla luego con Andreas, que te proporcione uno de los uniformes que se usan en los catering.

Tom asintió con la cabeza y salió del despacho, ya se imaginaba que en un evento de esa clase igual tendría que ir de traje con pajarita o corbata. Tenía la cabeza llena de preguntas.

¿Por qué quería verlo Jörg Kaulitz?

¿Qué esperaba encontrar?

¿Y qué pasaría si no cumplía con sus expectativas?

Mientras caminaba hacia la barra, Andreas lo vio venir y le lanzó una mirada cómplice.

—¿Así que vienes con nosotros al catering?—preguntó con una sonrisa—Ahí si que te vas a codear de lleno con la alta sociedad.

—Voy a servirles copas, que no es lo mismo—apuntó Tom con una sonrisa.

—A veces, desde detrás de la barra se ve más de lo que ellos creen—murmuró Andreas mirándole fijamente.

Tom no respondió, pero esa frase se le quedó rondando en la cabeza. Tal vez, después de todo, esa noche sería más reveladora de lo que imaginaba.

Decidió no darle más vueltas al tema y se centró en su trabajo. Se encontraba recogiendo una de las mesas del embarcadero cuyos clientes le habían dejado una generosa propina y en esos momentos escuchó un murmullo a su espalda. Se volvió comprobando quien lo había provocado, descubriendo a Bill y sus amigos llegando a la playa para pasar el día como era ya una costumbre en ellos.

Tuvo que reconocer que los había echado de menos. El día anterior apenas se habían dejado ver, solo Louise y Georg habían pasado por el club durante la tarde y según había escuchado Bill había estado toda la mañana de compras con Louise en el centro comercial de Potsdam e incluso habían almorzado allí. No hubo señales de Alexander, y para su tranquilidad, tampoco de Gustav ni de Natalie.

Los vio aparecer por el embarcadero, saludando con familiaridad a varios clientes sentados en la terraza. Era imposible ignorarlos. Siempre llegaban envueltos en una especie de magnetismo, como si su presencia alterara el ritmo del lugar y como si el aire se volviera más ligero cuando estaban todos juntos.

Les vio ocupar una de las mesas más cercanas al embarcadero, justo donde la brisa del agua suavizaba el calor del mediodía. El grupo se acomodó con naturalidad como si ese rincón les perteneciera por derecho propio. Bill se sentó entre Louise y Alexander, mientras Georg y Gustav se acomodaban frente a ellos. Natalie como siempre se colocó estratégicamente en el centro, lista para observar y comentar.

Fue Víctor quien se acercó a atenderles en vista de que Tom estaba aún ocupado limpiando la mesa que acababan de dejar libre. Caminó hacia ellos con su habitual sonrisa que parecía estar siempre a medio camino entre la cortesía y la complicidad. Conocía bien al grupo, sabía sus preferencias y sus manías, y se movía entre ellos con la soltura de quien ha aprendido a leer el ambiente antes de hablar.

Tomó nota de su pedido con rapidez intercambiando alguna broma con Louise y Georg, y esquivando con elegancia el comentario sarcástico de Natalie sobre el menú. Bill por su parte se mantenía en su habitual silencio, distraído. Su mirada se había desviado hacia la mesa donde Tom recogía los vasos usados y dejaba sobre su bandeja. No había cruzado palabra con él, pero su presencia era imposible de ignorar.

Alexander lo notó y apretó ligeramente su mano sobre la mesa, como si quisiera recordarle que él estaba allí y se cortara un poco. Bill reaccionó con una sonrisa automática, pero su atención seguía dividida.

Víctor terminó de tomar el pedido y se retiró con una inclinación leve.

—Hoy está todo tranquilo —comentó Georg—Hasta Tom parece más en su mundo que de costumbre.

—Será porque mañana tiene que servirnos en la exposición y estará nervioso—añadió Natalie con una sonrisa maliciosa—Ya me imagino la escena. Copas de cristal, arte moderno y nuestro camarero estrella enfundado en traje y corbata. No sé vosotros, pero yo estoy deseando verlo vestido así…

Bill bajó la mirada, incómodo. No sabía si Natalie lo decía por provocar o simplemente por diversión. Pero lo cierto es que Tom ya no era solo un camarero más. Y al día siguiente, todos lo verían en otro escenario.

—¿Cómo te has enterado de eso? —quiso saber Gustav frunciendo el ceño con curiosidad.

—Las noticias vuelan—respondió Natalie con una sonrisa traviesa—Solo hay que saber escuchar con atención.

Todos se quedaron mirándola fijamente, esperando que continuara con su explicación.

Bill se removió en su asiento, incómodo. No le gustaba que Tom fuera tema de conversación y menos en ese tono. Miró de reojo hacia la barra, donde seguía trabajando con la misma concentración de siempre, ajeno o fingiendo estarlo a lo que se decía de él.

Natalie se tomó su tiempo disfrutando del efecto que sus palabras habían provocado. Se inclinó ligeramente hacia el centro de la mesa como si estuviera a punto de revelar un secreto.

—Esta mañana mi madre recibió una llamada—empezó a contar Natalie con tono teatral— Era Simone, la madre de Bill. Estaba furiosa. Al parecer, Jörg había hablado con David para pedirle expresamente que Tom estuviera en el catering de la exposición. Y ya sabéis lo que eso significa.

— ¿Qué lo quiere evaluar en persona?—preguntó Louise alzando una ceja.

—Exacto —asintió Natalie—Quiere verlo en acción. Supongo que después de tanto revuelo, quiere comprobar si el famoso camarero tiene algo más que buena presencia.

Gustav soltó una risa breve, mientras que Georg se limitaba a asentir pensativo con la cabeza. Alexander por su parte, se mantenía en silencio con la mirada fija en el horizonte.

A su lado Bill sentía cómo se le aceleraba el pulso. No sabía si sentirse nervioso por Tom o por lo que esa atención significaba. Que su padre se interesara por alguien como él no era habitual. Y que Tom estuviera en el centro de esa curiosidad, menos aún.

—Pues va a estar todo el mundo pendiente de él —murmuró Louise—Espero que no se sienta agobiado y pueda hacer tranquilamente su trabajo.

—Tom sabe moverse —dijo Bill en voz baja casi sin darse cuenta—Lo hará bien.

—Seguro que sí—murmuró Natalie con una amplia sonrisa—Aunque no todos estarán allí solo para ver cómo sirve copas.

Bill sostuvo la mirada de Natalie por un segundo, intentando descifrar si había algo más detrás de sus palabras. Pero ella ya se había girado hacia Gustav, retomando la conversación como si nada.

Louise se inclinó hacia Bill esbozando una cálida sonrisa.

—No le hagas caso a Natalie—susurró con tono más suave— Ya sabes cómo es, siempre tiene que dejar caer algo solo para hacer sentir mal a los demás.

Bill asintió, aunque la incomodidad persistía. No era solo el comentario, era la forma en que todos parecían estar al tanto de lo que ocurría entre bastidores. Tom ya no era solo «el nuevo camarero simpático», ahora era parte de una narrativa que se tejía entre sus amigos, sus padres, y quién sabe cuántos más.

—Lo que está claro es que mañana va a ser interesante—siguió diciendo Natalie— Y no solo por el arte.

Tom desde la barra levantó la vista justo en ese momento. No podía escuchar lo que decían pero sentía las miradas, las vibraciones y el peso invisible de las expectativas. Sabía que la exposición no sería solo una noche de trabajo.

Sería una prueba.

Y todos estarían allí observando.

Continúa… 

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por lyra

Escritora del Fandom

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