Incomplete 32

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Fic TOLL de lyra

Capítulo 32

La noche del sábado llegó envuelta en una atmósfera de expectación.

Simone permanecía erguida en el centro de su habitación, examinando con meticulosa atención cada detalle de su atuendo frente al espejo. Su peinado, recogido en un moño tirante, realzaba la elegancia de su rostro, mientras el vestido largo de seda marfil caía con perfección sobre su figura. Las joyas que había elegido eran discretas, pero brillaban con la exactitud que exigía la ocasión.

Tras una última mirada de aprobación asintió con la cabeza satisfecha con el resultado. Tomó su bolso de mano y salió con paso firme hacia el salón donde todo estaba dispuesto para recibir a Gordon y Eleonore Vandael. Habían acordado compartir un pequeño refrigerio antes de subir a la limusina que habían alquilado para asistir juntos a la inauguración de la nueva exposición de Eleonore, una velada que prometía ser tan impecable como su preparación.

Alexander vendría también con ellos y sería el encargado de llevar a Bill en uno de los coches de Gordon, más apropiado para la ocasión que su habitual jeep.

Descendió por las escaleras con paso firme con el eco de sus tacones resonando por toda la casa como una declaración de presencia. Al llegar al salón Greta se acercó con precisión sosteniendo una bandeja con una única copa de champagne ya servida. Vestía el uniforme especial que solo utilizaba en reuniones íntimas o cenas formales con los amigos de la familia.

Simone tomó la copa con elegancia y dejó su bolso de mano sobre la bandeja sabiendo que lo recuperaría justo antes de salir. Cruzó la estancia con movimientos medidos y se sentó en una butaca de respaldo recto con cuidando de que el vestido no se arrugara ni un milímetro. Cada gesto suyo parecía coreografiado para la perfección.

Apenas un minuto después Jörg apareció en el salón impecable en su traje azul noche cortado a medida con la precisión que lo caracterizaba. Tras él Bill caminaba con paso lento llevando el conjunto que había escogido junto a Louise días atrás atrás que le daba un aire sofisticado y moderno.

Simone observó a su hijo en silencio aprobando cada detalle sin necesidad de palabras. Jörg, en cambio, se volvió hacia ella con una sonrisa leve.

—Estás perfecta, cariño —dijo con naturalidad, y luego dirigió una mirada a su hijo—Y tú también, Bill. Muy acertado.

Bill asintió en silencio, había algo en el ambiente que lo mantenía en alerta. Tal vez era la expectativa, o el hecho de que esa noche no solo se expondría arte, sino también miradas, gestos y silencios.

Justo entonces Greta reapareció con la misma precisión de siempre llevando una bandeja con dos copas de champagne perfectamente servidas. Jörg tomó la suya sin pensarlo, acostumbrado al ritual. Bill, en cambio, dudó un instante antes de coger la suya. No le apetecía, pero sabía que negarse habría llamado más la atención que simplemente fingir.

Se llevó la copa a los labios y apenas los humedeció con el líquido dorado. Detestaba el champagne. Lo encontraba empalagoso, pretencioso, y sobre todo, impuesto. En cada reunión con sus padres, en cada evento social, parecía obligatorio sostener una copa como parte del decorado. Y él, aunque lo odiara, había aprendido a hacerlo sin que se notara.

—¿A qué hora dijeron que llegarían? —preguntó Jörg tras dar un sorbo a su copa.

—A las ocho en punto—contestó muy seria Simone.

Faltaban menos de cinco minutos y estaba ansiosa porque llegaran sus amigos que sabían que no debían retrasarse ni un minuto.

Bill se acercó a la ventana observando el camino que daba acceso a la entrada. El cielo comenzaba a oscurecerse, y las luces de las casas vecinas se reflejaban en los cristales como si anticiparan algo importante. En su interior, una mezcla de nerviosismo y curiosidad lo mantenía inquieto.

Sabía que esa noche iba a ser distinta.

Que Tom estaría allí y sus padres lo verían.

Que todo podría cambiar con un chasquido de los dedos.

Justo entonces, las luces de dos coches se recortaron en la entrada principal, deslizándose con elegancia por el camino de grava. Simone se incorporó ligeramente en su asiento alisando con su vestido mientras que Jörg dejaba la copa sobre la mesa con gesto contenido.

—Ya están aquí —murmuró Simone, como si el reloj interno de la casa se hubiera sincronizado con la puntualidad de los Vandael.

Desde la ventana Bill observando cómo Alexander descendía de su coche con su habitual seguridad y esperó a que sus padres bajaran de la limusina alquilada, ambos vestidos con la sobriedad refinada que exigía la ocasión.

Caminaron juntos hacia la entrada principal, y justo al llegar Arthur abrió la puerta con precisión apartándose con una reverencia silenciosa.

—Buenas noches—murmuró sin levantar la vista.

Los recién llegados no respondieron. Cruzaron el umbral con naturalidad y se dirigieron directamente al salón donde los anfitriones ya los esperaban con todo dispuesto para la velada.

—Querida, estás realmente elegante —dijo Simone con una sonrisa medida, acercándose a Eleonore con la copa en la mano.

Su tono era cortés pero cargado de intención. No era solo un cumplido, era una forma de marcar el inicio de la velada con el tipo de elegancia social que ella dominaba a la perfección. Eleonore respondió con una inclinación leve de cabeza agradeciendo el comentario sin exageraciones, como dictaba el protocolo entre viejas conocidas.

Greta apareció de nuevo esta vez con una bandeja más amplia llevando tres copas de champagne perfectamente alineadas. Con una leve inclinación se acercó primero a Eleonore, luego a Gordon y finalmente a Alexander, quien tomó su copa con una sonrisa contenida. Simone observaba la escena con satisfacción como si cada gesto y cada burbuja en las copas confirmara que todo estaba saliendo según lo previsto.

Los adultos empezaron a conversar animadamente con sus copas de champagne en mano sobre los últimos detalles de la exposición que incluía la disposición de las obras, la lista de invitados confirmados y los medios que cubrirían el evento. Eleonore hablaba con entusiasmo sobre la instalación principal, mientras Gordon y Jörg intercambiaban impresiones sobre el discurso de apertura y los patrocinadores.

&

En el pequeño bungalow que compartía con Andreas, Tom se miraba en el espejo con una mezcla de incredulidad y resignación. El traje oscuro que llevaba puesto le quedaba demasiado bien, casi como si no fuera suyo con su camisa blanca impecable y la corbata negra perfectamente anudada.

Tal y como le había explicado Anderas era el otro uniforme que usaban cuando eran requeridos para trabajar en el catering que ofrecía el club y esa misma mañana había estado buscando uno de su talla dentro de la taquilla donde se guardaban todos perfectamente limpios y planchados después de haber sido usado.

No podía negar que se ajustaba a su cuerpo como un guante y no se veía mal del todo con el, pero se sentía muy incómodo ya que no era su ropa habitual. Y no podía apartar la mirada del espejo estudiando de arriba abajo su aspecto y comprobando que su pelo recogido se mantenía en su sitio, lo que le daba un aspecto que no reconocía del todo.

—Parezco otra persona —murmuró, alisando con los dedos la solapa de la americana.

Andreas se encontraba sentado en el borde de la cama terminando de calzarse y se le quedó observando con una sonrisa divertida.

—Pareces alguien que va a servir champagne en una galería de arte muy cara—bromeó—Aunque tengo que admitir que te queda bien. Te has recortado la barba, te has peinado con gomina… ¿Quién eres y qué has hecho con el Tom de siempre?

Tom soltó una risa breve, pero no del todo relajada.

—No sé si me gusta—murmuró arrugando la frente—Me siento como si estuviera disfrazado. Como si tuviera que actuar todo el tiempo.

—No estás actuando —respondió Andreas con tono más serio—Solo estás adaptándote y eso también es parte de ser tú.

Tom se quedó en silencio un momento, observando su reflejo. Sabía que esa noche no sería como las demás. No solo por el lugar, ni por los invitados, sino por quiénes estarían allí empezando por Bill y sus padres.

Todos con sus propios juicios y sus propias expectativas.

—¿Crees que me van a mirar raro?—preguntó mirando a Andreas a través del espejo.

—Sí —respondió Andreas sin dudar—Pero eso no significa que tengas que cambiar quién eres. Solo haz tu trabajo. Y hazlo bien, como siempre.

Tom asintió, respiró hondo y se giró hacia la puerta.

—Vamos—dijo con voz firme— Que empiece la función.

Y tras decirlo salió del bungalow con paso firme seguido de Andreas, dejando atrás la incomodidad y abrazando el papel que le tocaba interpretar esa noche. Aunque no fuera el protagonista, sabía que todos los ojos acabarían posándose en él.

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Mientras conversaban, Simone esbozó una sonrisa y con un gesto elegante señaló el jarrón que adornaba la consola lateral donde unas rosas recién cortadas desplegaban su color y fragancia. Ambas se acercaron para admirarlas más de cerca dejando a sus maridos conversando sobre iluminación y logística. Se inclinaron ligeramente para captar su aroma y fue entonces, aprovechando ese momento íntimo entre flores y confidencias cuando Simone se atrevió a sacar a relucir un asunto que llevaba tiempo rondándole la cabeza, uno que sabía que solo podía compartir con Eleonore en la seguridad de su complicidad.

—¿Sabes que mi marido ha insistido en que ese camarero esté presente esta noche? —murmuró Simone, bajando aún más la voz mientras fingía admirar las rosas del jarrón.

Eleonore la miró con una mezcla de sorpresa y desconcierto como si no hubiera entendido del todo. Pero lo había entendido perfectamente, Simone ya le había informado de todo lo ocurrido en el club relacionado con el altercado en el que su hijo se había visto involucrado y cómo uno de los camareros le había agredido.

Lo más desconcertante era que, a pesar de todo, no había sido despedido.

—Pensé que después de lo ocurrido sería despedido—murmuró Eleonore—O al menos apartado de este tipo de eventos.

—Yo también—dijo Simone suspiró, visiblemente molesta—Pero Jörg no solo no lo ha apartado, ha pedido expresamente que esté en el servicio esta noche. Dice que quiere observarlo, que ese chico tiene «algo».

— ¿Algo?—repitió Eleonore frunciendo el ceño pensativa—¿Qué tipo de «algo»?

—No lo sé —respondió Simone con un tono que mezclaba frustración y desconfianza—Pero me incomoda. Esta noche es demasiado importante para ti, querida, como para que se convierta en escenario de pruebas personales.

Eleonore asintió lentamente, sin quitar la vista de Simone.

—Quizá Jörg quiere asegurarse de que no haya más sorpresas.—murmuró—Ver con sus propios ojos si el chico es de fiar… o si hay que tomar medidas definitivas.

Simone apretó los labios, incómoda con la idea.

—Espero que no cause problemas—dijo Simone con los labios apretados, incómoda con la idea—Esta noche no es para distracciones o escándalos.

Ambas se quedaron en silencio por un momento, mientras el murmullo de los hombres al fondo del salón seguía girando en torno a luces, discursos y patrocinadores. Pero en ese rincón, entre rosas y confidencias, el nombre de Tom ya había empezado a pesar más de lo que ninguna de las dos quería admitir.

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Se reunieron en el aparcamiento trasero del club donde la noche ya había caído por completo y las farolas proyectaban sombras alargadas sobre el asfalto. Una furgoneta plateada esperaba con el motor encendido lista para llevar al equipo de servicio hasta la galería. El vehículo, discreto pero pulcro, era el transporte habitual para eventos de alto perfil que David ponía a su disposición con chófer incluido.

Allí les esperaban ya Melissa, Víctor, Paul y Patrick. Todos vestidos con el uniforme formal del catering que consistía en camisa blanca, pantalón oscuro, chaqueta entallada y corbata negra. Cada uno revisaba los últimos detalles de su atuendo, ajustando puños, comprobando que su aspecto fuera impecable y repasando mentalmente las instrucciones del servicio.

Tom los saludó con un leve gesto de cabeza, aún sintiéndose extraño dentro del traje, pero decidido a mantener la compostura. Melissa le lanzó una mirada rápida, aprobatoria.

—Te ves muy diferente —comentó Melissa con una sonrisa, observando a Tom de arriba abajo.

— ¿Diferente?—repitió Víctor lanzando un silbido juguetón—Está más sexy que nunca.

Tom se limitó a sonreír con discreción, aunque por dentro se debatía entre la incomodidad y el deseo de que todo saliera bien. El traje, la corbata, el peinado… nada de eso era parte de su rutina, pero esa noche no se trataba de rutina.

Se trataba de presencia.

Y aunque no lo admitiera en voz alta, sabía que todos lo estaban mirando de otra forma.

Subieron a la furgoneta y ocuparon sus asientos, sentándose Anderas a su lado soltando una risa breve.

—No te acostumbres a los piropos, ¿eh?—murmuró sin dejar de sonreír—Que mañana volvemos al uniforme de siempre.

Tom se acomodó en su asiento, mirando por la ventana cómo la ciudad pasaba veloz mientras se dirigían a la galería. No respondió, pero en su silencio había algo más que nervios.

Había expectativa.

Porque esa noche, aunque fuera solo un camarero, él también tenía algo que demostrar.

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Mientras Simone y Eleonore hablaban en voz baja junto al jarrón de rosas ajenas a todo lo demás, Bill y Alexander se habían apartado unos pasos refugiados en una conversación más ligera, aunque no menos cargada de matices.

—Estás más guapo que nunca—dijo Alexander con una sonrisa sincera observando el conjunto que Bill llevaba puesto.

Bill bajó la mirada un instante agradeciendo el cumplido, pero sin poder evitar que una sombra de incomodidad se colara en su expresión.

—Gracias aunque no siento que sea yo del todo—respondió en voz baja.

— ¿Por qué lo dices?—quiso saber Alexander con curiosidad.

Bill se encogió de hombros, acariciando con los dedos el borde de su chaqueta nueva.

—Este conjunto lo elegí con ayuda de Louise—empezó a decir—Es el único que fue aprobado de entre toda la ropa que escogí. Al final siempre termino vistiéndome como mi madre quiere, y ni siquiera me he atrevido a maquillarme como a mí me gusta.

Alexander se le quedó mirando en silencio entendiendo a lo que se refería. Bill solo llevaba puesto un poco de brillo en los labios y algo de color en las mejillas. Nada en los ojos ni en los labios como cuando salían de fiesta juntos con sus amigos.

—Me he sentido observado desde que bajé las escaleras—siguió diciendo Bill—Y no quise provocar llevando algo que mi madre desaprobaría.

Alexander frunció el ceño, como si no entendiera del todo esa autocensura.

—Tú eres tú, Bill—dijo tratando de consolarle—Y eso es lo que te hace especial, no deberías tener que esconderlo.

—Lo sé, pero esta noche no es mía. Es de ellos—susurró Bill sonriendo con tristeza—Y en su mundo, yo solo puedo existir si encajo.

Alexander no respondió de inmediato. Lo miró con atención como si quisiera memorizar cada gesto y cada palabra. Y luego, con suavidad, colocó una mano sobre su hombro.

—Pues yo prefiero la versión completa de ti—dijo con una amplia sonrisa—No la que se ajusta a un estúpido protocolo.

Bill sostuvo su mirada por un momento y aunque no dijo nada, algo en su interior se aflojó.

Tal vez no podía ser él mismo del todo esa noche.

Pero al menos, alguien lo vería.

—Será mejor que nos vayamos ya —dijo Gordon con tono firme tras consultar la hora—Somos los anfitriones, no debemos llegar tarde.

Jörg asintió, dejando su copa sobre la mesa con precisión.

—La puntualidad también es parte del protocolo —añadió, mirando a su mujer de reojo.

Simone asintió de inmediato y se puso en marcha seguida de Eleonore recogiendo su bolso de mano de la bandeja que Greta sostenía aún con impecable postura. Había aparecido en el momento justo, como si llevara todo ese tiempo a la espera para entrar en escena.

Alexander y Bill también se movieron antes de que alguien les riñera por hacerles llegar tarde.

Todos dejaron sus copas usadas sobre la mesa del salón siendo la de Bill la única que continuaba aún intacta. Empezaron a moverse con naturalidad como si la coreografía de la noche ya estuviera ensayada. Greta se retiró discretamente, cerrando la puerta del salón tras ellos.

Arthur les abrió la puerta de inmediato y salieron de la casa caminando por el camino de grava hacia la entrada donde la limusina esperaba ya con las luces encendidas y el motor en marcha. A su lado estaba el coche que usarían Bill y Alexander, más discreto pero igualmente elegante.

Simone y Jörg subieron primero a la limusina seguidos por Gordon y Eleonore, mientras que Bill y Alexander subían a su coche.

Las puertas se cerraron, los motores arrancaron, y la comitiva se puso en marcha hacia la galería. La noche había comenzado oficialmente y con ella, todo lo que estaba por revelarse.

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Durante el trayecto en la furgoneta reinaba el silencio hasta que Víctor lo rompió con una de sus típicas frases cargada de descaro y humor.

—Esta noche la galería va a estar llena de ricachones con sus trajes de diseñador y sus relojes que valen más que este coche—comentó estirándose en su asiento con aire despreocupado—Y más de uno estará disponible, creedme. Yo no pienso perder la oportunidad de entretenerme un poco.

—No puedes evitarlo, ¿verdad?—dijo Melissa negando con la cabeza.

—¿Y por qué debería? —replicó Víctor con una sonrisa traviesa—Ellos vienen a ver arte, yo vengo a ver posibilidades.

Paul rodó los ojos, pero no pudo evitar sonreír.

—Solo no te olvides de que estamos trabajando—murmuró Andreas desde su asiento.

—Trabajando, sí —respondió Víctor—Pero nadie dijo que no se podía disfrutar del paisaje mientras.

Tom no dijo nada, pero la conversación le arrancó una sonrisa discreta. Aunque la noche prometía tensión, también estaba llena de matices. Y entre bandejas de champagne y miradas cruzadas, cada uno parecía tener su propio plan para sobrevivir o destacar en la velada.

Suspiró y desvió la mirada hacia Melissa, que había sacado un pequeño espejo de su bolso. Con movimientos precisos comprobaba que su moño estuviera perfectamente recogido y se repasaba el maquillaje retocándose los labios con un toque de color y asegurándose de que resaltara justo lo necesario.

Tom la observaba en silencio no por curiosidad sino porque algo en esa escena le evocó otra imagen.

La de Bill, aquella noche que salieron de fiesta con Andreas y los demás.

Llevaba los ojos delineados con sutileza, los labios pintados en un tono profundo que contrastaba con su piel y un toque de iluminador que le daba un aire casi etéreo bajo las luces del club. Se movía con seguridad con esa mezcla de rebeldía y elegancia que parecía desafiar cualquier norma impuesta.

Tom se preguntó si esa noche en la galería lo vería así, si se habría atrevido a mostrarse como realmente era o por el contrario habría cedido a las exigencias de su entorno. Sabía por los comentarios que había escuchado cuando no era más que un simple camarero que la madre de Bill tenía una influencia poderosa sobre él y sabía que en eventos como ese la libertad personal solía quedar relegada a segundo plano.

Suspiró sin darse cuenta, volviendo la vista al cristal de la ventana. La ciudad seguía deslizándose afuera, pero en su mente la imagen de Bill seguía presente. No como el hijo de una dinerada familia ni como el joven que debía encajar en un mundo de apariencias. Sino como el Bill que se reía con los ojos pintados y bailaba sin miedo a ser visto.

Y aunque no lo dijera en voz alta, Tom esperaba que esa versión de él apareciera esa noche.

Porque era la única que realmente quería ver.

&

Llegaron a su destino tras casi 40 minutos. La galería estaba ubicada en Jägervorstadt, uno de los barrios más elegantes y tranquilos de Potsdam, cerca del parque Sanssouci y compuesto de casas históricas y ambiente exclusivo.

La furgoneta plateada descendió lentamente por la rampa del parking subterráneo de la galería donde las luces eran tenues y el silencio casi absoluto. El edificio de líneas modernas y sobrias se alzaba sobre ellos como un templo dedicado al arte y a las apariencias. Al detenerse bajaron uno a uno ajustándose chaquetas y repasando mentalmente sus tareas.

Tom fue el último en salir. El aire fresco del subsuelo le golpeó el rostro con una mezcla de nervios y determinación.

En la puerta de servicio los esperaba David vestido también con traje y corbata, y con una carpeta negra en las manos y el gesto serio de quien sabe que esa noche no puede haber errores.

—Bien, ya estáis todos—dijo sin levantar la voz—La galería está casi lista, los primeros invitados llegarán en veinte minutos. Quiero que os mováis con discreción, sin ruido y sin protagonismo. Esta noche no es vuestra, pero eso no significa que no seáis vistos.

David abrió la carpeta y comenzó a repartir indicaciones sobre quién estaría en la zona de recepción, quién se encargaría del vino y quién circularía con las bandejas de canapés y champagne. Tom recibió su asignación sin sorpresa, estaría en la sala principal entre los invitados, ofreciendo copas, escuchando sin intervenir y observando sin ser parte.

—Tom—añadió David, mirándolo directamente—Procura mantente cerca del ala norte.

No podía decir nada más, era allí donde estaría Jörg Kaulitz con su familia y donde querría observar a Tom con discreción.

Tom asintió sin decir nada, sabía que esa noche no solo serviría copas. Sabía que cada gesto suyo sería observado y cada palabra medida. Y aunque no lo dijera en voz alta, estaba preparado.

La puerta se abrió y el grupo entró en la galería por el pasillo de servicio, donde el murmullo de los preparativos comenzaba a mezclarse con el eco de los pasos. La noche estaba en marcha.

Y Tom, aunque en segundo plano, ya formaba parte del cuadro.

Todos ocuparon sus puestos y se encargaron de los últimos preparativos como abrir botellas de champagne y retirar las tapas plateadas que cubrían los canapés y demás comida que sería servida.

Tom estaba concentrado alineando las copas de champagne con precisión sobre una bandeja, cuidando que cada burbuja brillara bajo la luz tenue de la galería. El murmullo de los primeros invitados comenzaba a llenar el espacio, y el ambiente se cargaba de esa tensión elegante que solo los eventos importantes saben provocar.

David se acercó sin hacer ruido deteniéndose a su lado. Lo observó durante unos segundos con la carpeta aún en las manos y luego asintió con aprobación.

—Estás impecable —dijo con voz baja pero firme—Mantén la calma y haz solo lo que sabes hacer.

Tom levantó la vista captando la seriedad en el rostro de David. Asintió en silencio con la seguridad de quien sabe que no puede permitirse ni un paso en falso. Volvió a su tarea moviéndose con soltura entre las mesas, ajustando la bandeja y ofreciendo copas con una sonrisa medida.

Era consciente de que todas las miradas no se limitarían a David. Había alguien más, alguien cuya atención podía pesar más que cualquier protocolo.

Aunque su papel era pequeño, todo lo que hacía y cómo se movía contaba una historia sin palabras. Y esa noche, llena de tensión y expectativas, cualquier cosa que hiciera podía cambiar lo que todos esperaban de él.

Continúa… 

Gracias por la visita. Si te ha gustado, comenta y regresa, porque pronto tendremos más 😉

por lyra

Escritora del Fandom

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