
Fic TOLL de lyra
Capítulo 33
La llegada de los Kaulitz y los Vandael a la galería fue tan medida como si hubiera sido ensayada para esa noche. La limusina paró justo a la puerta de la galería y el chófer se dio prisa en salir y abrir la puerta con gesto serio.
Simone fue la primera en bajar con cuidado de no arrugar su impecable vestido, Jörg la siguió con paso firme y Gordon y Eleonore descendieron detrás, sobrios y refinados, como dictaba el protocolo. Bill salió del coche junto a Alexander con su maquillaje ligero suficiente para no provocar, pero insuficiente para sentirse él mismo.
Una vez todos fuera de los coches el chófer regresó a su asiento y puso de nuevo el motor en marcha para dejar la limusina bien aparcada en el parking. El coche de Alexander quedó en manos de uno de los aparca coches que habían sido contratados.
Se pusieron en marcha y desfilaron por la alfombra roja que había desplegada sobre la acera. Alrededor de ella estaba la prensa sacando innumerables fotos que saldrían al día siguiente en las mejores revistas. Todos posaron unos minutos mostrando su mejor sonrisa y luego se reunieron en la galería con el resto de los invitados.
Tom los vio llegar desde su puesto, se mantuvo firme mientras ofrecía copas de champagne con una sonrisa discreta, pero su mirada se detuvo en Bill por un instante. Fue un cruce breve y silencioso, pero cargado de significado.
Les observó moverse por la galería como si fueran los dueños junto a otro matrimonio que Tom imaginó que serían los padres de Alexander y los verdaderos anfitriones. Era la madre de Bill quien saludaba con educación a quienes se encontraba a su paso mientras que Jörg era algo más discreto y se dedicaba a observar con atención todo lo que le rodeaba.
El incluido, por supuesto.
Y Bill seguía sus pasos como si no tuviera más remedio, cogido de la mano de Alexander que lo exhibía como si fuera un trofeo.
Tom respiró hondo, cogió con firmeza la bandeja entre sus manos y con paso discreto pero decidido se acercó al grupo. Su presencia no interrumpía, pero tampoco pasaba desapercibida.
—¿Champagne? —ofreció con una leve inclinación, la voz suave pero firme.
El sonido de su voz bastó para que todos se giraran. Simone lo ignoró con la elegancia ensayada de quien domina el arte de la indiferencia. Jörg, más pragmático, cogió una copa con naturalidad y otra más para su mujer. Bill, en cambio, no hizo ningún movimiento.
Solo se le quedó mirando.
Fue una mirada silenciosa, cargada de todo lo que no podía expresarse en ese entorno. No había palabras, pero tampoco hacían falta. En ese cruce de miradas había tensión, deseo y miedo. Todo lo que se había dicho y todo lo que aún quedaba por decir.
—Puedes seguir con tu trabajo —intervino Alexander tomando dos copas de la bandeja con naturalidad—Hay más gente sedienta.
Su tono era casi amable pero firme, como si quisiera marcar una línea clara entre lo personal y lo profesional. Tom asintió sin decir palabra manteniendo la compostura mientras la bandeja seguía equilibrada entre sus manos.
—Gracias, Tom —añadió Alexander.
Había pronunciado su nombre con clara intención, como si quisiera recordarle que pese a todo él si lo veía. Luego le entregó una de las copas a Bill que la aceptó sin decir nada y ambos comenzaron a caminar por la galería siguiendo los pasos de sus padres entre las obras expuestas y los murmullos elegantes de los invitados.
Fue entonces cuando, como si el guion lo exigiera, aparecieron Natalie y Gustav. Ella con su vestido provocador y su sonrisa afilada, y él con su chaqueta desabrochada y ese aire de quien siempre está a punto de soltar una broma.
—Vaya, vaya… —dijo Natalie al verlos—El desfile de porcelana ya ha comenzado.
Gustav soltó una risa breve, mirando a Bill con complicidad.
—Y tú, Bill, pareces sacado de una vitrina —comentó Gustav, echándole un repaso descarado de arriba abajo—¿No te falta un cartelito con «no tocar»?
La frase, envuelta en su habitual tono irónico, flotó en el aire como una provocación disfrazada de halago. Pero lo que realmente cargaba de intención el momento fue su mirada, que se desvió sin disimulo hacia Alexander. No había necesidad de palabra alguna, el mensaje era claro y casi desafiante.
¿Para qué tocar a Bill, cuando él estaba cerca?
Alexander lo notó, por supuesto.
Su expresión no cambió pero sus dedos se afianzaron con más firmeza alrededor de la copa que sostenía. Bill por su parte mantuvo la compostura como si no hubiera escuchado nada. Pero en sus ojos brilló una chispa que no tenía que ver con incomodidad, sino con algo más complejo: una mezcla de orgullo, tensión y una pizca de diversión.
La galería, con sus luces suaves y sus obras silenciosas, parecía ajena a ese cruce de miradas. Pero entre los invitados, las copas y los cuadros, las verdaderas exposiciones eran las que no colgaban de las paredes.
—Si nos disculpáis, nuestros padres nos esperan—murmuró Alexander.
Sin esperar respuesta, tomó con decisión la mano de Bill y ambos se alejaron, perdiéndose entre los invitados y las obras expuestas.
—Vamos a por champagne —murmuró Natalie, aunque no tenía sed.
Lo que realmente había visto era a Tom con su bandeja llena de copas y no pudo resistirse a la idea de divertirse un poco a su costa.
—Así que aquí estás—dijo acercándose a él y tomando una copa directamente de la bandeja—Te ves más camarero que nunca.
—Y tú más cliente que nunca—respondió Tom con una sonrisa elegante sin perder la compostura.
Louise apareció justo en ese momento del brazo de Georg y soltó una risa breve al escuchar el intercambio.
—Hoy no le provoques, Natalie —intervino con tono ligero—Déjale hacer su trabajo.
Tom le dedicó una sonrisa sincera y ofreció la bandeja para que ambos tomaran una copa. El gesto fue pulcro, profesional, pero en sus ojos brillaba una chispa que no se dejaba intimidar fácilmente.
Natalie giró la copa entre los dedos observando cómo las burbujas subían con lentitud. Luego alzó la mirada hacia Tom, con esa sonrisa suya que nunca dejaba claro si estaba bromeando o lanzando una advertencia.
—Sabes, deberías estar en una de las paredes—dijo con tono juguetón—Serías una obra interesante: «El camarero que no se deja intimidar». Seguro que más de uno se quedaría mirando.
Tom sostuvo su mirada sin perder la elegancia.
—Y tú podrías ser la crítica que no se calla—soltó sin poder contenerse—Aunque no sé si eso sería arte o solo ruido.
Natalie soltó una carcajada, genuina y algo más fuerte de lo que el ambiente exigía.
—Touché—admitió, dando un sorbo a su copa—Me gusta cuando no te achicas. Hace que todo esto sea menos aburrido.
—Contrólate Natalie—pidió Louise con firmeza—Esta noche no es para escenitas.
—¿Y cuándo lo es?—replicó Natalie con una ceja alzada—Si vamos a estar rodeados de cuadros, al menos que alguno respire.
Tom no respondió, pero en su sonrisa había algo más que cortesía.
Había juego.
Y en ese juego, Natalie sabía que él no era tan fácil de manejar como parecía.
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Mientras la exposición avanzaba y los invitados recorrían la galería entre copas de champagne y comentarios sobre las obras, Jörg se apartó discretamente hacia una zona menos concurrida donde David supervisaba al equipo de catering con mirada atenta.
—David—llamó Jörg con tono tranquilo pero firme— ¿Tienes un momento?
David se giró, sorprendido por la cercanía del empresario, y asintió de inmediato.
—Por supuesto, señor Kaulitz—murmuró carraspeando.
Jörg observó a Tom desde la distancia, moviéndose con soltura entre los invitados, atento pero sin servilismo, profesional sin perder naturalidad.
— ¿Cómo le ves?—preguntó Jörg, señalando a Tom con un leve gesto de cabeza.
—Es muy bueno en su trabajo—respondió David—Ha destacado desde el principio. Tiene algo… difícil de definir. No es solo eficiente, conecta con la gente.
—Lo he notado—murmuró Jörg— No es común. Y menos en alguien tan joven.
—Ha tenido que adaptarse rápido—siguió diciendo David—Y lo ha hecho sin perder su esencia. No busca impresionar, simplemente hace bien su trabajo.
Jörg se quedó en silencio unos segundos, como si estuviera sopesando algo más allá de lo evidente.
—Simone no lo aprueba—dijo finalmente—Pero ya sabes que lo que piense mi mujer no me preocupa. Lo que me interesa es entender por qué despierta tanto interés. Y si ese interés es sostenible.
David asintió, comprendiendo que Tom había entrado en una esfera distinta. Ya no era solo un camarero. Era alguien que había captado la atención de Jörg Kaulitz.
Y eso, en ese mundo, podía cambiarlo todo.
El también quería descubrir si Tom era la persona que aparentaba ser o escondía otra personalidad esperando el momento de ser revelada. Y esperaba que eso no ocurriera, porque tendría que despedirlo definitivamente y no querría llegar a esa solución tan drástica.
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Mientras tanto, en otro rincón de la galería Simone se inclinaba ligeramente hacia Eleonore sosteniendo su copa con elegancia estudiada. Sus ojos se habían posado en Tom que se movía con soltura entre los invitados, ofreciendo copas con una sonrisa discreta pero segura.
—Tiene buena presencia —admitió en voz baja, sin apartar la mirada—Pero no deja de ser un camarero. No entiendo por qué Jörg insiste en darle protagonismo.
Eleonore, siempre más diplomática, se limitó a dar un sorbo a su champagne antes de responder.
—Quizá porque no se comporta como uno —dijo con tono neutro—Hay algo en él que llama la atención. Y Jörg lo ha notado.
Simone frunció levemente el ceño, como si esa posibilidad le incomodara más de lo que estaba dispuesta a admitir.
—Llamar la atención no siempre es una virtud —replicó—En este entorno, puede ser una distracción. O peor, una amenaza.
Eleonore no respondió, pero su mirada se desvió también hacia Tom, que en ese momento ofrecía una copa a Louise con una sonrisa sincera. No parecía intimidado ni parecía fuera de lugar.
Y eso, en ese mundo de apariencias, era lo que más desconcertaba a Simone.
La noche seguía su curso, pero las opiniones, como las miradas, empezaban a dividirse. Y Tom, sin saberlo del todo, ya era parte de una conversación que no se había pronunciado en voz alta.
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Tom seguía recorriendo la galería con paso firme bandeja en mano ofreciendo copas de champagne a los invitados. Su gesto era profesional, pero sus ojos no dejaban de observar los movimientos sutiles que ocurrían entre las conversaciones y las miradas cruzadas.
En un rincón cercano, Gustav se mantenía apoyado contra una columna con una copa medio vacía en la mano y la mirada fija en Alexander. No era la primera vez que lo observaba así, pero esa noche el gesto tenía algo más crudo y más evidente. Alexander no se había girado ni una sola vez hacia él. No había buscado su mirada, ni compartido una palabra. Toda su atención estaba volcada en Bill, que caminaba a su lado como si el resto del mundo no existiera.
Gustav apretó los labios, sintiendo cómo la rabia se mezclaba con una punzada de tristeza. No era solo celos. Era esa sensación de haber sido desplazado, de no tener ya lugar en un espacio que antes parecía suyo. Alexander reía con Bill, le hablaba al oído, le ofrecía otra copa. Y Gustav, desde la distancia, se sentía como un espectador de una obra en la que ya no tenía papel.
Víctor pasó cerca de él y le ofreció un canapé que Gustav cogió sin mirarlo, murmurando un escueto «gracias», pero su atención seguía clavada en Alexander.
—¿Todo bien?—preguntó Víctor en voz baja.
—Depende de a quién mires—murmuró Gustav soltando una risa seca.
Víctor no respondió pero entendió a lo que se refería.
Porque en esa galería llena de arte, lo más valioso no eran los cuadros.
Eran las miradas que no se correspondían, los gestos que se escapaban, y los silencios que decían más que cualquier palabra.
Gustav se removía con impaciencia y la mirada fija en Alexander que seguía conversando con Bill sin prestarle la más mínima atención. La frustración le hervía por dentro, y sin pensarlo demasiado se volvió a Víctor.
—Vamos al baño—soltó de repente.
—Estoy trabajando—murmuró Víctor negando con la cabeza.
—Te pagaré el doble—insistió Gustav con urgencia en la voz—Es una puta emergencia.
Víctor soltó una risa seca, sin perder el ritmo de su tarea. La oferta era muy tentadora pero David andaba vigilando de cerca y si le pillaba en el baño en horas de trabajo y encima encerrado con Gustav mientras se la chupaba o haciendo algo más sabía que estaría de patitas en la calle en un pestañeo.
—Pues tendrás que apañártelas tú solito—replicó con tono cortante—No pienso perder mi trabajo por un tío que no sabe lidiar con sus propias frustraciones.
Gustav se quedó en silencio apretando los dientes. No era solo deseo lo que lo movía, era esa mezcla de celos y rabia que lo hacía sentir invisible. Pero en ese entorno donde cada gesto podía ser visto y cada palabra juzgada, no había espacio para arrebatos. Así que se giró de nuevo tragándose el impulso y volvió a mirar a Alexander que seguía sin verlo.
Y eso dolía más que cualquier rechazo explícito.
Al momento se le acercó Natalie con una copa en la mano y una ceja ligeramente alzada. Había estado charlando con unos conocidos de sus padres, pero al ver a Gustav con el rostro tenso y los ojos encendidos, no pudo evitar acercarse.
—¿Estás bien? —preguntó bajando la voz y ladeando la cabeza con curiosidad.
Gustav no respondió de inmediato. Tragó saliva, como si estuviera conteniendo algo más que palabras.
—Vamos al baño—repitió con urgencia.
Natalie lo miró con atención, captando al instante que no se trataba de una necesidad física. Era otra cosa, algo más visceral y emocional. Su mirada se desvió brevemente hacia Bill, que seguía conversando con Alexander ambos ajenos por completo a la tormenta que hervía a pocos metros.
No podía evitarlo.
Cada vez que sus ojos se posaban en Bill con ese conjunto que parecía hecho para desafiar las normas del evento, sentía cómo algo se encendía dentro de ella. Era un fuego lento que comenzaba en el pecho y descendía por su cuerpo como una corriente eléctrica.
No era solo atracción.
Era una necesidad urgente casi física de romper con la contención de la noche.
Miró de reojo a Gustav que seguía tenso y frustrado, con la mirada clavada en ella. Y en ese instante la idea de escapar con él al baño aunque fuera por unos minutos para dejar que esa energía encontrara una salida le pareció de lo más buena.
No por amor, ni siquiera por consuelo.
Solo por el deseo de sentirse viva, deseada y libre.
—Vamos —murmuró sin dar explicaciones.
Gustav la miró sorprendido por su respuesta, pues se esperaba que en el fondo se negara por si le estropeaba su vestido nuevo o la despeinaba. Pero no preguntó.
Porque en los ojos de Natalie había algo que no admitía dudas.
Desde su puesto Tom no perdía detalle de todo lo que pasaba. Mientras seguía ofreciendo copas con la misma elegancia medida de toda la noche, sus ojos se desviaban con discreción hacia Gustav que parecía a punto de estallar. Había visto cómo no dejaba de mirar a Alexander, cómo su frustración se acumulaba en cada gesto y cómo finalmente se marchaba con Natalie casi arrastrado por una urgencia que no necesitaba explicación.
Los siguió con la mirada observando cómo se perdían por el pasillo que conducía a los baños. La forma en que Natalie lo guiaba con paso decidido y la copa aún en la mano decía más que cualquier palabra.
No era consuelo lo que buscaban.
Era escape.
Una fuga emocional.
Un intento desesperado de recuperar algo que ya no estaba en sus manos.
Tom suspiró sujetando con firmeza la bandeja entre sus manos. La noche estaba lejos de ser solo una exposición de arte. Era una coreografía de deseos, celos y silencios que se entrelazaban entre los cuadros y las copas.
Y él, aunque invisible para muchos, lo veía todo.
Sabía que cuando volvieran no serían los mismos. Y que en ese mundo de apariencias, cada paso hacia el baño podía tener más peso que una conversación en voz alta.
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La inauguración estaba llegando a su fin. La música había bajado de volumen y los invitados comenzaban a despedirse con abrazos medidos y promesas de futuros encuentros. Las luces de la galería eran más cálidas en sesos momentos envolviendo los cuadros en un resplandor dorado que parecía suavizar los bordes de la noche.
Louise y Georg conversaban animadamente con Bill y Alexander cerca de una escultura abstracta que parecía observarlos desde su pedestal.
—Mi madre ha comprado uno de los cuadros de la sala principal—comentó Louise con entusiasmo—Dice que le recuerda a su juventud en Marsella.
—Yo creo que solo le gustó el marco—bromeó Georg.
Bill soltó una risa breve mientras que Alexander asentía con una sonrisa diplomática.
—Mi madre tiene buen ojo, entiende de arte—defendió Louise a su madre entre risas—Ese artista está empezando a sonar fuerte en Berlín.
Fue entonces cuando Natalie apareció seguida de Gustav, ambos con el aire relajado de quienes han dejado atrás una gran tensión. Natalie se acercó con paso firme cogiendo por el camino una de las copas de champagne que Melissa llevaba en su bandeja cuando se cruzó en su camino.
—Los baños de esta galería son los más limpios y amplios que he visto en mi vida—comentó con tono despreocupado—Podrías vivir ahí dentro.
Alexander alzó una ceja, sin poder evitar el gesto. Su mirada se clavó en ella con curiosidad contenida.
— ¿Se puede saber qué has hecho en ellos para llegar a esa conclusión?—quiso saber, aunque sospechaba la respuesta.
Natalie se giró hacia él con una sonrisa tan amplia que parecía iluminarle el rostro. No respondió de inmediato. Solo dejó que el silencio hiciera su parte mientras sus ojos brillaban con una mezcla de picardía y satisfacción.
—Digamos que… me inspiraron —dijo finalmente, con un tono que no dejaba claro si hablaba de arte, deseo o simple provocación.
Georg soltó una carcajada suave mientras que Louise se llevó su copa a los labios para disimular una sonrisa. Gustav por su parte se limitó a mirar a Alexander con una expresión neutra, pero sus ojos decían más de lo que sus palabras podrían.
La noche, aunque en sus últimos compases, aún tenía espacio para insinuaciones, miradas cruzadas y secretos que no colgaban de las paredes.
—Espero que al menos hayáis sido discretos —murmuró Alexander tratando de mantener la calma—No me gustaría que mi madre se enterara de que los baños de su galería se utilizan para algo más que… lo habitual.
—¿Para aliviar tensiones?—sugirió Natalie con una sonrisa traviesa—Pues sí, la verdad. Yo salí como nueva, y Gustav… bueno, parecía que llevaba siglos conteniéndose. Un poco más y no espera ni a cerrar la puerta.
Louise giró levemente los ojos aunque no pudo evitar sonreír ante la desfachatez de Natalie. Georg por su parte se limitó a beber un sorbo de su copa, como si el comentario no le sorprendiera en absoluto.
—Agradecemos la imagen mental, pero no es necesaria —intervino Louise alzando la copa con elegancia—Algunos preferimos mantener el misterio.
—Siempre tan gráfica —murmuró Alexander con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—Me pregunto si también te inspiran los pasillos o las escaleras.
—Depende de con quién los recorra —respondió Natalie sin perder su habitual ironía—Aunque los baños tienen ese encanto de lo prohibido. Gustav estuvo… entregado.
Gustav se encogió de hombros con una media sonrisa que no ocultaba del todo su incomodidad. Sabía que Natalie disfrutaba provocando dando a entender más de lo que decían sus palabras, pero él aún sentía el peso de las miradas, especialmente la de Alexander que lo observaba con una mezcla de juicio y curiosidad.
—¿Y tú, Bill? —preguntó Natalie, girándose hacia él con aire juguetón—¿Has encontrado algún rincón inspirador esta noche?
Bill se la quedó mirando con calma como si midiera cada palabra antes de pronunciarla. Sabía que no debía caer en su juego de provocaciones, pero había veces que no podía evitarlo para no quedar como un tonto ante los ojos de Natalie.
—La inspiración no siempre necesita rincones. A veces basta con una mirada —murmuró, y sus ojos se desviaron hacia Alexander por un breve instante.
El silencio que siguió fue denso, como si todos hubieran captado el subtexto. Louise carraspeó suavemente intentando devolverle ligereza al momento.
—Bueno, al menos esta exposición ha despertado más pasiones que críticas —comentó con tono diplomático—Eso ya es un éxito.
—O un escándalo—añadió Georg divertido.
Natalie alzó su copa como si brindara por ambas posibilidades.
—Que viva el arte, entonces —dijo—Y que nunca nos falte inspiración… ni baños amplios.
Las risas fueron suaves pero cargadas de complicidad. La noche estaba cerrando su telón, pero las verdaderas escenas apenas comenzaban a gestarse en las sombras de la galería.
Terminaron sus bebidas y dejaron las copas sobre una de las mesas de la galería donde no quedaba ya nada del catering. Apenas quedaban invitados ya y decidieron que era el momento de regresar cada uno a su casa. Se despidieron entre besos y abrazos quedando en verse al día siguiente en el club como hacían cada uno de esos días de verano.
Louise y Georg ya caminaban hacia la salida con pasos tranquilos. Natalie y Gustav se habían perdido entre las sombras del pasillo, y aunque habían regresado con rostros relajados, sus miradas decían que algo había cambiado.
Alexander cogió a Bill de la mano y se fueron a reunir con sus padres.
Los padres de Bill se despedían con cortesía medida repartiendo sonrisas y apretones de manos entre sus conocidos. Simone mantenía su porte impecable, mientras que Jörg, siempre más sobrio, se limitaba a asentir con la cabeza como si cada gesto estuviera calculado. Bill los observaba desde una distancia prudente, aún de la mano de Alexander, como si no supiera del todo si debía acercarse o dejarles espacio.
Los padres de Alexander, como anfitriones, se mantenían cerca de la entrada, despidiendo a cada invitado con una sonrisa estudiada. Eleonore ofrecía palabras amables, mientras Gordon estrechaba manos con la seguridad de quien sabe que ha cumplido su papel.
— ¿Nos vamos? —preguntó Bill mirando a Alexander con una mezcla de alivio y nostalgia.
—Sí. Pero no sin despedirnos de mis padres —respondió Alexander guiándolo con suavidad hacia ellos.
El intercambio fue breve, formal. Eleonore le dedicó a Bill una sonrisa cálida, mientras Gordon se limitaba a un gesto de cabeza. No había reproches, pero tampoco entusiasmo. Solo esa neutralidad elegante que decía más de lo que mostraba.
—Bill, no olvides que el lunes por la mañana tenemos sesión—le recordó Gordon con tono neutro, justo antes de que se marchara.
Bill asintió sin decir nada. Sabía que no era iniciativa de Gordon, sino de su madre que insistía en que acudiera al menos una vez por semana. Decía que le ayudaría.
¿Ayudarle a qué, exactamente?
Bill lo tenía claro, Gordon no podía ofrecerle lo que su madre esperaba.
No podía revertir lo que ella consideraba un error, ni desmontar con palabras lo que él sentía. Lo que su madre quería era que poco a poco a través de esas sesiones «entrara en razón». Que se convenciera de que estaba equivocado y que lo suyo no era más que una fase, una confusión pasajera.
Que dejara de pensar que era gay.
Que abriera los ojos y volviera a ser el hijo que ella había imaginado.
Pero Bill hacía tiempo que había abierto los ojos.
Y lo que veía no era confusión, sino claridad.
Los padres de Bill se acercaron también para despedirse de los de Alexander intercambiando unas palabras finales. Simone ofreció una sonrisa cortés a Eleonore, mientras Jörg estrechaba la mano de Gordon con la firmeza de quien sabe que las apariencias importan.
—Una velada impecable —dijo Simone con tono diplomático—La exposición ha sido todo un éxito.
—Gracias, Simone —respondió Eleonore con amabilidad—Nos alegra que lo hayáis disfrutado.
Tras los saludos todos salieron juntos a la calle donde la brisa nocturna acariciaba los rostros con un frescor inesperado. Los coches aún no habían llegado del parking, y el grupo se quedó esperando en la acera bajo la luz tenue de las farolas.
Fue entonces cuando Simone, como si no pudiera contenerse más, se inclinó ligeramente hacia su hijo sin preocuparse de que Alexander estuviera a su lado.
—Esta noche has estado muy callado—soltó con su voz firme cargada de intención—Varias personas me han preguntado si estabas enfermo. Te han visto muy pálido y más delgado que la última vez.
Bill se puso tenso al momento pero no respondió. Alexander a su lado apretó suavemente su mano, como si quisiera recordarle que no estaba solo.
—Estoy cansado, ha sido una noche larga—murmuró Bill carraspeando.
—Debes esforzarte en ser más comunicativo —insistió Simone sin disimular el reproche—No puedes ir por la vida como si estuvieras ausente. La gente se preocupa innecesariamente y no es la primera vez que tengo que escuchar un comentario así.
Bill se mantuvo en silencio, tragando esas lágrimas que sentía agolparse en su garganta.
Una vez más, quedaba claro que a su madre le preocupaba más la opinión de los demás que lo que él pudiera estar viviendo por dentro. Todo su esfuerzo por encajar e interpretar un papel que no le pertenecía, se sentía como una carga invisible. Estaba fingiendo ser alguien que no era, solo para no incomodar a quienes lo rodeaban.
Y esa impostura cada vez le pesaba más.
—En la próxima reunión espero que sepas comportarte —siguió diciendo Simone con tono firme casi cortante—No quiero que la gente piense que no te he sabido educar. Ya he tenido bastante con los comentarios de esta noche.
Bill tragó saliva conteniendo el nudo que se le formaba en la garganta. No era la primera vez ni tampoco sería la última que su madre hablara de él como si fuera un reflejo de su reputación, como si su existencia estuviera al servicio de las apariencias.
Y cada vez que lo hacía, él sentía que se alejaba un poco más de sí mismo.
Alexander deslizó su mano por la espalda de Bill con discreción, un gesto silencioso de apoyo. No hacía falta decir nada. Bill lo sintió, y eso bastó para que no se derrumbara.
Los coches llegaron en ese momento, rompiendo la tensión con el sonido de los motores. Simone se giró con elegancia hacia el chófer que mantenía abierta la puerta de la limusina dejando atrás sus palabras como si fueran parte de una conversación trivial.
Pero para Bill, aquellas palabras no eran triviales.
Eran una piedra más que su madre colgaba alrededor de su cuello, una carga silenciosa que se sumaba a tantas otras. Sentía que le faltaba el aire para respirar, como si cada reproche disfrazado de preocupación apretara un poco más la soga invisible que lo mantenía atrapado entre lo que era y lo que se esperaba de él.
Continúa…
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