Incomplete 35

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Fic TOLL de lyra

Capítulo 35

Al otro lado de la puerta Alexander caminó por el pasillo en silencio y bajó las escaleras con cuidado para no despertar a nadie. Al llegar al vestíbulo ya tenía la mano en el pomo dispuesto a salir cuando una voz familiar lo detuvo.

—¿Alexander?

Se le escapó una maldición entre dientes y se giró con lentitud sabiendo perfectamente lo que iba a encontrar. No hacía falta ser muy perspicaz para saber lo que había ocurrido, llevaba el pelo revuelto, la camisa medio abierta y la chaqueta y la corbata colgando de su mano como testigos mudos de una noche que no había terminado como él esperaba.

Jörg lo observaba desde el umbral del salón con una ceja arqueada y los brazos cruzados, como si no necesitara preguntar nada más pero si exigiera una explicación.

El silencio entre ambos se volvió denso, como si el aire del vestíbulo se hubiera cargado de electricidad estática.

Jörg no dijo nada al principio. Su inquisitiva mirada hablaba por él, firme y con ese matiz paternal que no admitía evasivas. La ceja arqueada seguía en alto, y los brazos cruzados parecían una barrera que Alexander tendría que atravesar con algo más que una sonrisa.

—¿Qué tal lo habéis pasado esta noche? —preguntó finalmente, con voz neutra pero cargada de intención.

Alexander se aclaró la garganta intentando recomponerse sin demasiado éxito. Sabía que no podía fingir normalidad. No con el pelo revuelto, la camisa desabrochada y ese aire de quien ha salido de una habitación que no era la suya.

—Ha sido… intensa —respondió sin mirar directamente a Jörg.

El hombre asintió lentamente, como si confirmara algo que ya sabía. No parecía enfadado, pero tampoco complacido. Solo expectante.

—Espero que no hayas confundido intensidad con imprudencia —añadió sin levantar la voz.

Alexander apretó los labios, sintiendo que la noche no había terminado del todo. No mientras Jörg siguiera allí, esperando una explicación que él no estaba seguro de poder dar.

—Bill y yo vamos en serio, señor—empezó a explicar Alexander con la voz firme pero sin perder el respeto.

Jörg lo observó sin moverse, como si pesara cada palabra antes de responder.

—Eres el primer chico con el que está —dijo finalmente, con tono grave.

Alexander lo sabía, no como él que ya había estado con más chicos antes y Jörg lo sabía perfectamente gracias a la amistad que le unía con sus padres.

—Y es muy joven aún—siguió diciendo Jörg—Espero que hayas tenido mucho cuidado con él.

Alexander tragó saliva, sintiendo el peso de esa afirmación. No era una acusación directa, pero sí una advertencia. Una que venía cargada de preocupación genuina.

—Lo he tenido —respondió con sinceridad—Sé lo que significa para él esta relación. Y también sé lo que significa para usted.

Jörg bajó la mirada un instante como si le costara aceptar que su hijo estaba creciendo y tomaba ya decisiones propias, incluso en asuntos del corazón.

—No se trata de mí —dijo al cabo de unos segundos—Se trata de que no quiero verle herido o confundido. Y mucho menos, utilizado.

Alexander asintió, sin intentar defenderse más. Sabía que cualquier palabra de más podía sonar a justificación, y no quería eso. Solo quería que Jörg entendiera que, pese a todo, sus intenciones eran limpias.

Y tampoco podía echarle en cara que a buenas horas se preocupaba de Bill cuando se había pasado toda su vida ignorándole como si no existiera.

El silencio volvió a instalarse entre ellos, pero esta vez no era tenso. Era el tipo de silencio que precede a una tregua.

—Buenas noches, Alexander —dijo Jörg finalmente, descruzando los brazos.

—Buenas noches, señor —respondió con rapidez Alexander.

Dio media vuelta y salió por fin de la casa, con la chaqueta en la mano y el corazón latiendo un poco más rápido de lo habitual. El aire de la madrugada le golpeó el rostro como una bofetada suave, despertándolo del todo. Caminó por el sendero de grava sin mirar atrás, sintiendo cómo cada paso lo alejaba no solo de la casa, sino de la conversación que acababa de tener.

Intentaba calmar la agitación que le recorría el pecho. No era miedo y tampoco culpa. Era algo más complejo, la conciencia de que había cruzado una línea invisible que Jörg había trazado con su mirada y sus palabras.

Sabía que no había hecho nada malo.

Pero también sabía que a partir de ese momento cada gesto con Bill sería observado con otros ojos.

Y eso, aunque no lo admitiera, le pesaba.

Miró hacia la casa en penumbra y pensó en Bill. En su mirada esquiva y en el silencio que había dejado tras él. Había algo en él que aún no lograba descifrar del todo. Algo que no se resolvía con caricias ni promesas.

Entró en el coche y encendió el motor dejándose llevar por la carretera vacía, con la ciudad dormida a su alrededor y una pregunta latiendo en su interior.

¿Había sido suficiente?

&

Tom se despertó con la luz filtrándose entre las cortinas del bungalow, el cuerpo aún algo entumecido por la noche anterior y por el incómodo sofá. Se desperezó lentamente sin prisas, sabiendo que no tenía que entrar a trabajar hasta la tarde. Pero ya había cogido la costumbre de ir al club a desayunar haciéndole compañía a Rose en su cocina y con la idea de probar otro de sus deliciosos bollos se levantó lleno de energía.

Andreas aún dormía cuando entró en su habitación para coger la ropa que se iba a poner y tras entrar en el baño para lavarse los dientes y recogerse el pelo en un moño despeinado salió del bungalow donde el aire fresco de la mañana le despejó de inmediato. El camping aún dormía en silencio, y el sendero hacia el club estaba cubierto de hojas caídas que crujían bajo sus pasos.

Al llegar saludó a sus compañeros del turno de esa mañana a los que apenas conocía y se dirigió a la cocina que ya estaba a pleno rendimiento. Rose como siempre llevaba su impecable delantal puesto y se movía por la cocina con prisas, preparando la cafetera por enésima vez que burbujeaba sobre una encimera llenando la cocina de un delicioso aroma a café recién hecho. Al verlo entrar, le dedicó una sonrisa cálida.

—Puntual como siempre —dijo sirviéndole una taza de café sin necesidad de preguntar.

Tom se sentó en su rincón habitual junto a la ventana mientras Rose le servía un bollo de naranja con una tostada con aguacate y tomate. Hablaron poco como era habitual entre ellos. No por falta de confianza sino porque el silencio compartido tenía su propio lenguaje.

Tras el desayuno Tom se dirigió a la playa para darse un baño en la orilla más alejada lago donde no sería molestado ni incomodaría a los habituales clientes. El agua estaba fría pero revitalizante. Se sumergió sin pensarlo dejando que el cuerpo se despertara del todo. Era su forma de resetearse antes de cada jornada.

Estuvo nadando casi media hora y cuando sintió que ya no podía más se puso de espaldas dejándose mecer por el agua. Decidió regresar al bungalow antes de que se le hiciera tarde, las horas volaban cuando disfrutaba de la libertad y paz que ofrecía al lago.

Salió del agua y se secó con rapidez en una de las toallas del club que había cogido y con ella de la mano regresó a dejarla en su sitio junto con las demás que también habían sido usadas y esperaban a ser recogidas y lavadas. Llevaba el pelo aún mojado y la camiseta pegada al cuerpo cuando se encontró con David caminando por la playa comprobando que las tumbonas estuvieran bien colocadas y con una toalla limpia bien doblada a sus pies.

—Tom, no sabía que estabas por aquí—dijo David con expresión algo apurada—Tengo que pedirte un favor, uno de los camareros del turno de mañana se encuentra indispuesto y se ha tenido que ir a casa. ¿Podrías cubrirle?

—Claro, no hay problema—contestó Tom sin dudar.

—Será solo hasta media tarde—informó David—Sé que después de lo de anoche estarás cansado y no puedo exigirte que trabajes dobles turno. Y para compensarte tienes el lunes libre.

—Muchas gracias David—contestó Tom sonriendo ampliamente.

David le dio una palmada en el hombro agradecido él también y siguió con su trabajo dejando que Tom se dirigiera a los vestuarios para secarse y cambiarse. Se puso el uniforme con movimientos ágiles y se peinó el pelo de nuevo en una coleta. Al mirarse en el espejo se sintió completamente listo.

No solo para trabajar, sino para seguir formando parte de ese lugar que poco a poco se había convertido en algo más que un simple empleo.

&

Ese día y como todos los domingo, el desayuno en la casa de los Kaulitz se retrasaba hasta las 9 en punto. A esa hora Bill y sus padres ya estaban reunido en el comedor donde la luz del sol se colaba suavemente por los ventanales, tamizada por las cortinas de lino blanco que Simone cuidaba con esmero, siempre impecables y perfectamente planchadas.

El aroma del café recién hecho se mezclaba con el del desayuno dominical que Greta preparaba siguiendo al pie de la letra las instrucciones de Simone. En la mesa y dispuestas con precisión sobre la vajilla de porcelana se ofrecían tostadas de pan integral con aguacate, tomate rallado y semillas de sésamo. También había versiones con queso fresco y mermelada casera sin azúcar, la favorita de Simone que no perdonaba ni un detalle en su rutina matinal.

Bill en cambio prefería algo distinto. Mientras sus padres se inclinaban por las tostadas integrales y las mermeladas sin azúcar, él se decantaba por un desayuno más cálido y reconfortante compuesto por copos de avena, plátano y huevo, servidas con fruta fresca y un delicado toque de canela. Acompañaba el plato con un vaso de leche de almendra o, según el día, con un smoothie de frutos rojos, yogur natural y avena.

Se sentó en su sitio habitual aún con el rostro algo pálido y los ojos hinchados por la falta de sueño. Vestía adecuadamente para la ocasión y el pelo lo llevaba recogido en una coleta aún ligeramente húmedo tras la rápida ducha matutina. No había protestado por la hora, aunque su cuerpo pedía a gritos seguir en la cama. En esa casa, el desayuno a las ocho era ley, incluso después de una fiesta que había terminado en plena madrugada.

Greta servía en silencio el desayuno empezando como siempre con el té de jengibre de Simone. Jörg por su parte ya tenía desplegado el periódico frente a él mientras esperaba su café con el ceño ligeramente fruncido.

—Aquí está —murmuró golpeando suavemente la primera página con los dedos—La inauguración de la galería Vandael. Han puesto una foto nuestra en el vestíbulo y mencionan a los patrocinadores.

Bill alzó la vista con desgana, mientras partía con el cuchillo su tortita de avena.

— ¿Nos mencionan?—preguntó Simone con mucho interés.

Jörg asintió sin apartar la mirada del papel.

—Mencionan a la familia Kaulitz como amigos íntimos de lo anfitriones del evento—leyó por encima— Y a Eleonore como máxima responsable de la selección artística.

Simone alzó las cejas con una sonrisa contenida, claramente satisfecha. Bill en cambio mantuvo la mirada fija en su tortita que cortaba lentamente con el cuchillo como si el movimiento pudiera distraerle de lo que acababa de escuchar.

La mención de la madre de Alexander no le sorprendía. Sabía que su madre había trabajado estrechamente con ella en la organización de la galería, aunque siempre desde las sombras sin figurar demasiado. Pero lo que sí le incomodaba era esa etiqueta de «amigos íntimos», que en su mundo no era más que una fórmula elegante para decir «aliados estratégicos».

—Todo ha salido muy bien, tal y como se esperaba—comentó Jörg pasando página y siguiendo leyendo el periódico.

—Pero ahora toca mantener el nivel—apuntó Simone con firmeza tomando un sorbo de su té de jengibre—Las inauguraciones son fáciles, lo difícil es sostener el prestigio.

Bill no respondió. Sabía que esa frase no iba dirigida a la galería, sino a él. A su imagen, a sus decisiones y a la forma en que debía moverse en ese mundo donde cada gesto podía convertirse en titular.

Y aunque no lo dijera, Bill sentía que cada palabra era una prueba silenciosa. Una forma de recordarle que, en esa casa, todo se observaba.

Incluso lo que no se decía.

El desayuno terminó como siempre, en silencio con los platos siendo recogidos por Greta y las tazas alineadas con precisión sobre la bandeja. Simone se levantó con su habitual porte impecable alisándose la blusa antes de dirigirse al despacho.

—Tengo que hacer unas llamadas —anunció con tono ligero, aunque todos sabían lo que eso significaba.

Bill la observó marcharse con una mezcla de resignación y alivio. Su madre se pasaría toda la mañana al teléfono comentando la fiesta con sus amistades destacando la elegancia del evento, los vestidos, los invitados, y por supuesto, el éxito de la galería. Era su forma de reafirmar su lugar en ese mundo de apariencias bien cuidadas.

Jörg se quedó sentado unos segundos más doblando el periódico con precisión antes de dejarlo sobre la mesa. Luego se levantó y se acercó a Bill que ya se disponía a levantarse para preparar su mochila y esperar estudiando un poco a que Alexander le fuera a recoger para reunirse en el club con los demás.

—Antes de que te vayas —dijo Jörg en voz baja deteniéndolo con una mano sobre su hombro—Quiero pedirte que seas muy cuidadoso en tus relaciones con Alexander.

Bill se quedó sin aliento al escucharle, no pudiendo evitar ponerse tenso bajo el contacto de su padre.

—Tu madre no sabe nada —continuó diciendo Jörg con tono firme pero sin dureza—Y así tiene que seguir siendo. No quiero que se entere por terceros ni por gestos que no sepáis controlar.

Bill bajó la mirada, sintiendo el peso de esas palabras. No era una amenaza, pero sí una advertencia. Una que venía de alguien que conocía demasiado bien el mundo en el que vivían.

—Entiendo que sois jóvenes y estáis en la edad de descubrir el sexo—dijo Jörg con voz firme—Solo te pido que vayas con mucho cuidado, que seas precavido y sobre todo discreto.

Bill se quedó inmóvil, sintiendo cómo el aire se volvía más denso entre ellos. La frase de su padre le había golpeado con más fuerza de la que esperaba. No por el contenido, sino por el hecho de que viniera de él que durante años había mantenido una distancia emocional casi quirúrgica, y en esos momentos se mostraba preocupado.

Y eso, lejos de reconfortarlo, lo descolocaba.

—Lo seré —murmuró finalmente, sin levantar la vista.

Jörg lo observó unos segundos más, como si buscara en su rostro alguna señal de duda, alguna grieta que pudiera anticipar un error. Pero Bill se mantuvo firme, aunque por dentro se sintiera expuesto.

—Ve y pásatelo bien con tus amigos en el club—dijo Jörg soltando a su hijo y dando la conversación por finalizada.

Bill asintió y se retiró con pasos lentos camino de su habitación sintiendo su corazón algo más pesado que al despertar. Sabía que la fiesta había sido un éxito, pero también que cada paso que daba con Alexander podía convertirse en una grieta en la fachada que su familia se empeñaba en mantener intacta.

Mientras subía por las escaleras podía escuchar a lo lejos la voz de su madre en su despacho, ya inmersa en su ronda de llamadas. La fiesta seguía viva en los comentarios, en las impresiones y en las apariencias.

Pero para Bill el día apenas había comenzado y con él la necesidad de seguir caminando sobre una cuerda floja invisible.

&

A las 11 en punto dejó de estudiar y recogiendo la mochila bajó a reunirse con Alexander que ya le esperaba dentro del jeep aparcado ante la puerta. Entró en el y le saludó con un breve beso. Alexander arrancó de nuevo y emprendió el camino por la carretera secundaria que llevaba al club.

Bill iba en su asiento con las gafas de sol puestas y el pelo aún recogido en una coleta baja. Alexander conducía con una mano en el volante y la otra apoyada en la ventanilla, relajado pero atento a cada gesto de Bill.

—¿Hablaste con mi padre anoche? —preguntó Bill de pronto sin mirarlo, como si la pregunta se le hubiera escapado sin permiso.

Alexander tardó unos segundos en responder, como si estuviera eligiendo con cuidado las palabras.

—Me pilló saliendo de la casa —dijo al fin con una sonrisa irónica—Y yendo como iba con la camisa desabrochada, el pelo revuelto y la chaqueta colgando del brazo… no necesitó preguntar mucho.

— ¿Y qué te dijo?—quiso saber Bill volviéndose para mirarle fijamente.

Alexander soltó un suspiro breve, sin dramatismo.

—Que eres joven—empezó a relatar—Que sabe que soy el primero con el que estás. Que tenga cuidado contigo, que sea discreto…ya sabes, lo típico que dice un padre preocupado por su hijo.

Bill se quedó en silencio procesando oda la información recibida. La verdad era que le sorprendía escuchar que su padre había verbalizado todo eso le removía algo por dentro. No por el contenido, sino por el hecho de que se hubiera tomado la molestia de decirlo.

— ¿Le dijiste que vamos en serio?—preguntó en un susurro.

—Sí —respondió Alexander sin dudar—Y también que sé eres lo más importante para él y lo último que quiero es hacerte daño.

Bill bajó la mirada, jugando con el borde de su camiseta.

—Gracias por no salir corriendo—murmuró suspirando.

—No soy tan fácil de espantar— dijo Alexander sonriendo con ternura—Aunque tu padre tiene una mirada que podría congelar el vino tinto.

Bill soltó una risa suave y por primera vez esa mañana se permitió relajarse. El coche siguió su camino, y aunque el día apenas comenzaba, entre ellos ya se había dicho lo esencial.

El jeep se detuvo suavemente en el aparcamiento del club y Bill bajó primero ajustándose las gafas de sol mientras Alexander cerraba la puerta tras él.

—Mira, Georg y Louise ya están aquí—comentó Alexander, señalando el coche aparcado unos metros más allá.

Los vieron acercarse por el sendero de grava, ambos con ropa informal pero impecable, como si incluso en domingo supieran cómo mantener el estilo sin esfuerzo. Se saludaron con abrazos breves y sonrisas cómplices, aún con la energía de la noche anterior flotando entre ellos.

—¿Habéis visto la prensa? —preguntó Louise sacando el móvil de su bolso—La inauguración ha salido en portada. Han puesto una foto vuestra en el vestíbulo y mencionan a todos los patrocinadores.

—Incluido a nuestros padres, a los que denominan «amigos íntimos de los anfitriones» —añadió Georg con una sonrisa irónica—Qué elegante forma de decir «los que pagan las facturas».

Alexander soltó una risa breve, mientras Bill se limitaba a asentir.

Caminaron juntos hacia la entrada del club, cruzando la playa donde los primeros clientes empezaban a instalarse en las tumbonas. El día prometía sol, café y conversaciones que aún arrastraban el brillo de la noche anterior.

Decidieron empezar el día tomando el sol, se dirigieron a sus habituales tumbonas dispuestas en perfecta simetría con sus toallas blancas dobladas sobre el respaldo y el sol comenzando a calentar la superficie de madera. Bill se acomodó en la suya dejando caer la camiseta sobre el asiento y estirando los brazos con languidez. Alexander se sentó a su lado quitándose la camiseta también.

—¿Me echas crema en la espalda? —preguntó Bill con esa voz suave que no pedía permiso, solo complicidad.

Alexander sonrió y tomó el frasco de crema solar que le tendía Bill al tiempo que se tumbaba dándole la espalda. Se acercó con naturalidad y comenzó a extenderla con movimientos lentos y precisos, recorriendo su piel desnuda con la palma abierta, como si cada gesto fuera parte de un ritual íntimo y silencioso. Bill cerró los ojos disfrutando del contacto y del calor que emitía, y del murmullo lejano del agua.

Fue entonces cuando Louise se incorporó en su tumbona al ver a Tom acercarse con la bandeja de servicio.

—¡Tom! No sabía que estarías trabajando esta mañana —exclamó saludándole con una sonrisa radiante.—Después de la fiesta de anoche, pensé que te habrían dado la mañana libre.

Tom se detuvo junto a ellos con el uniforme impecable y el pelo recogido en una coleta aún húmeda por el baño en el lago.

—Estoy cubriendo a un compañero que se ha puesto indispuesto —explicó con tono amable—Solo hasta media tarde.

—Vaya, espero que se recupere—comentó Louise.

— ¿Nos traes dos cafés con hielo y algo ligero para picar, por favor?—pidió Georg desde su tumbona.

—Por supuesto—respondió Tom sacando la libreta y anotando con rapidez.

Pero mientras escribía su mirada se desvió inevitablemente hacia Bill y Alexander. Las manos de este seguían recorriendo la espalda de Bill con una delicadeza casi reverente, extendiendo la crema en círculos lentos, como si el tiempo se hubiera detenido solo para ellos. La piel de Bill brillaba bajo el sol, y la intimidad del gesto, aunque discreta, era imposible de ignorar.

Parecían estar sumergidos en su mundo, como si los demás no existieran.

—¿Algo más? —preguntó en un murmullo con la libreta aún en la mano, antes de retirarse.

—No, gracias, Tom. Con eso estamos perfectos—dijo Louise sonriendo.

Georg asintió también, ya recostado en su tumbona hojeando una revista de coches con mucho interés.

Mientras tanto Alexander ya había terminado de darle crema a Bill y se inclinó ligeramente hacia él con restos de crema en las manos.

— ¿Te apetece un zumo fresquito o una limonada, cariño?—susurró con tono suave, casi cómplice.

Bill abrió los ojos con lentitud, girando apenas el rostro hacia él. La palabra «cariño» le rozó como una caricia más, distinta a las físicas pero igual de íntima. Sonrió sin decir nada al principio disfrutando del momento, del sol y de la forma en que Alexander lograba que todo pareciera sencillo.

—Una limonada —respondió al fin en voz baja—Pero que no esté muy dulce.

Alexander asintió y se incorporó mirando fijamente a Tom que permanecía de pie esperando a tomar nota de sus pedidos.

—Bill quiere una limonada para y yo un zumo de naranja, todo sin azúcar añadido—pidió.

Tom hizo una leve inclinación de cabeza y se dio la vuelta, caminando hacia el club con paso decidido. El sol le golpeaba la espalda pero lo que ardía era otra cosa. No eran celos, no exactamente. Era esa punzada incómoda que aparecía cuando uno se da cuenta de que lo que desea ya está ocurriendo pero sin él.

Alexander se acomodó en su tumbona al lado de Bill que seguía tumbado con los ojos de nuevo cerrados, como si el mundo entero se hubiera reducido a ese instante.

Y aunque el gesto había sido simple, Tom lo sintió como una confirmación.

No solo estaban juntos.

Estaban cómodos.

El sol ya caía con fuerza sobre la playa del club cuando Gustav y Natalie aparecieron por la playa ambos con gafas oscuras y expresión de haber dormido poco o nada. Natalie llevaba un pareo anudado con descuido y el pelo recogido en un moño alto que parecía haber sobrevivido a una batalla. Gustav por su parte caminaba con paso lento, como si cada músculo le recordara la intensidad de la noche anterior.

—¿Habéis dormido algo? —preguntó Louise al verlos acercarse.

—¿Eso era una opción?—murmuró resoplando Natalie dejando caer su bolso sobre la tumbona.

Se acomodaron junto al grupo estirándose con dramatismo bajo el sol. Bill abrió los ojos apenas para saludar, mientras Alexander les dedicaba un gesto de bienvenida sin interrumpir su conversación con Georg.

Justo entonces, Tom regresó con la bandeja llevando dos cafés con hielo, una limonada, un zumo de naranja y un pequeño bol de fruta fresca que dejó sobre la mesita que había ante las tumbonas.

—¿Os traigo algo? —preguntó a los recién llegados sacando de nuevo su libreta.

—Café—dijo Gustav, sin rodeos—Pero bien cargado.

—Y otro para mí también—añadió Natalie observándole con una ceja alzada—Si David tuviera algo de visión os debería dejar usar el uniforme de gala más a menudo. ¿No crees, Tom?

Tom sonrió con cortesía, aunque no pudo evitar que se le escapara una mirada rápida hacia el grupo, especialmente hacia Bill que se había incorporado ligeramente para tomar su limonada. El comentario de Natalie flotaba en el aire como una provocación suave, una de esas frases que decían más de lo que aparentaban.

—Lo anotaré en el libro de sugerencias —respondió Tom con tono neutro, aunque sus ojos brillaban con una chispa de ironía.

Natalie se recostó en su tumbona satisfecha mientras que Tom se alejaba de nuevo hacia el club. El día apenas comenzaba, pero las dinámicas ya estaban en marcha. Había ya gestos, miradas y comentarios que tejían el subtexto de una jornada que prometía ser todo menos aburrida.

Continúa… 

Gracias por la visita. Si te ha gustado, comenta y regresa, porque pronto tendremos más 😉

por lyra

Escritora del Fandom

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