Incomplete 38

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Fic TOLL de lyra

Capítulo 38

La habitación era silenciosa apenas interrumpida por el zumbido constante de los monitores. La luz era tenue filtrada por las cortinas cerradas y el aire olía a desinfectante y a algo más difícil de nombrar, vulnerabilidad.

Bill entró despacio guiado por el médico que le indicó con un gesto que podía acercarse. Alexander estaba tumbado en una cama con el rostro pálido y los labios resecos, una vía conectada al brazo y el cuello sostenido por el collar cervical. Respiraba con ayuda pero su cuerpo parecía en pausa, suspendido entre el dolor y la espera.

Bill se acercó con pasos lentos como si temiera que el suelo pudiera romperse bajo sus pies. Se sentó en la silla junto a la cama y, tras unos segundos de duda tomó la mano de Alexander con cuidado. Estaba tibia, pero inerte.

—Estoy aquí —susurró más para sí que para él.

Se le quedó observando en silencio buscando algún signo, alguna contracción mínima que le dijera que Alexander lo escuchaba. Pero no había nada. Solo el sonido de las máquinas y el peso de todo lo que no se había dicho.

Se inclinó un poco más con la frente casi rozando la mano que sostenía.

—No sé si puedes oírme —continuó con la voz quebrada—Pero si puedes… solo quiero que sepas que lo siento. Que no fue por odio, fue por miedo. Por todo lo que no supe manejar.

Las lágrimas que hasta entonces se habían contenido empezaron a deslizarse sin ruido. No eran dramáticas. Eran lentas, como si el cuerpo las liberara por fin sin permiso.

—No me importa si no me perdonas —dijo con firmeza—Solo quiero que vuelvas. Que estés bien y que vuelvas a reír otra vez aunque no sea conmigo.

Se quedó así, en silencio, con la mano entre las suyas mientras el monitor seguía marcando el ritmo constante de una vida suspendida.

El médico se acercó con gesto tranquilo pero firme, colocando una mano en el respaldo de la silla mientras Bill seguía junto a la cama de Alexander.

—Debes dejarlo descansar —dijo con tono suave—Y tú también necesitas hacerlo, has pasado por mucho.

Bill asintió sin discutir. Se levantó despacio soltando la mano de Alexander con delicadeza como si temiera que el más mínimo movimiento pudiera romper algo más. Al salir de la habitación el médico lo acompañó por el pasillo sin prisa hasta detenerse en una zona más apartada, lejos de los oídos del grupo de amigos que le esperaban.

—Sé que eres muy importante para Alexander—empezó a decir en voz baja—Y probablemente quien mejor le conoce por eso quiero hablar contigo antes.

Bill lo miró poniéndose en alerta, sintiendo que algo se tensaba en el aire.

—No debería compartir esta información contigo —continuó el médico—Pero en los análisis toxicológicos que hacemos por protocolo tras un accidente hemos detectado rastros de cocaína en su organismo. No es una dosis elevada, pero suficiente para que debamos informar a la policía y a sus padres.

El silencio que siguió fue denso. Bill se quedó quieto sin saber si el temblor que sentía era suyo o parte del pasillo entero.

—¿Tú lo sabías? —preguntó el médico con cuidado— ¿También has tomado algo?

Bill negó con la cabeza al instante, con una mezcla de vergüenza y desconcierto.

—No —contestó en voz baja—No sabía nada y yo no he tomado nada, jamás lo he hecho.

El médico lo observó unos segundos más calibrando su reacción. Luego asintió sin juicio.

—Está bien, solo necesitaba saberlo. Esto no cambia el tratamiento, pero sí los procedimientos legales. Lo que ocurra a partir de ahora puede complicarse, y quiero que estés preparado.

Bill tragó saliva sintiendo que el peso de todo lo ocurrido acababa de adquirir una nueva dimensión. No solo había sido el accidente, no solo era la culpa.

Había algo más.

Algo que podía romper aún más el frágil equilibrio que le quedaba.

—¿Puedo volver con mis amigos? —preguntó sin mirar al médico.

—Claro —respondió él—Pero si necesitas hablar, aquí estaré.

Bill asintió y caminó de vuelta por el pasillo con pasos más lentos que antes. No sabía cómo contar lo que acababa de escuchar. No sabía si debía hacerlo. Solo sabía que el silencio en esos momentos seguía siendo su refugio.

No tuvo oportunidad de decir nada a sus amigos, apenas había regresado al pasillo cuando las puertas del hospital se abrieron de nuevo esta vez con una energía distinta. Los padres de Alexander llegaron acompañados por los suyo con sus rostros tensos, pasos decididos y una autoridad que desplazó al grupo como una marea silenciosa.

Gordon y Eleonore exigieron hablar con el médico que había atendido a su hijo y Simone se encargó de disolver al grupo de amigos con su habitual tono cortante, como si cada palabra estuviera diseñada para cerrar puertas.

—Gracias por venir —dijo sin mirar a nadie en particular—Pero ahora lo que Alexander necesita es calma y supervisión. No tiene sentido que sigáis aquí, no pintáis nada.

Louise abrió la boca para responder, pero se detuvo al ver la fría expresión de Simone. Helen bajó la mirada mientras que a su lado Peter permanecía quieto como si esperara que alguien contradijera la orden.

Pero nadie lo hizo.

Uno a uno los amigos comenzaron a marcharse. Algunos se despidieron con un gesto, otros simplemente se alejaron en silencio. Bill se quedó donde estaba, sin moverse ni saber qué hacer pero entonces su madre se acercó con ese gesto contenido que él había imaginado minutos antes, el que medía consecuencias antes que emociones.

—Arthur te espera fuera en el coche—dijo sin preguntar siquiera si él se encontraba bien—Vete tú también, ya has hecho bastante.

Bill no respondió. No tenía fuerzas para hacerlo ni para dar explicaciones. Solo sintió que algo se cerraba, como si el accidente hubiera marcado no solo un quiebre físico sino también emocional y social.

Y tras su madre su padre le miraba con una expresión preocupada, pero sin decir nada una vez más.

Mientras se alejaba por el pasillo con pasos lentos y la manta aún sobre los hombros, supo que lo que había descubierto sobre Alexander quedaría, por el momento solo dentro de él.

Y que el silencio, una vez más, sería su única compañía.

&

La luz del atardecer se filtraba por las cortinas del bungalow tiñendo la habitación de Andreas con tonos dorados y suaves. Tom abrió los ojos lentamente con la mente aún envuelta en una niebla cálida. El colchón bajo su cuerpo era blando, la toalla apenas cubría su cintura, y por un instante el silencio le pareció familiar, casi íntimo.

Se incorporó con lentitud sintiendo el cuerpo pesado pero relajado. Miró alrededor reconociendo la habitación y entonces, por un segundo, la idea cruzó su mente como una broma absurda.

«¿Me he acostado con Andreas?»—pensó sin poderlo evitar.

La confusión duró apenas un latido. Bastó que girara la cabeza hacia la ventana, que viera el lago a lo lejos para que la memoria lo golpeara con fuerza.

El lago.

El cuerpo de Alexander flotando boca abajo.

La mirada desorientada de Bill.

La ambulancia.

Tom se llevó las manos al rostro y gimió no por dolor físico sino por el peso brutal del recuerdo. Se levantó de golpe haciendo que la toalla cayendo al suelo y abriendo el armario cogió su ropa y se vistió con rapidez. Se puso una camiseta y unos pantalones de algodón, y salió de la habitación con pasos apresurados mientras se recogía el pelo por el camino.

En el salón Andreas estaba sentado en el sofá con una taza de té entre las manos. Levantó la mirada al verlo entrar, pero no dijo nada. Solo se le quedó observando con esa calma que siempre parecía tener cuando todo lo demás se desmoronaba.

Tom se dejó caer a su lado aún temblando y sin saber por dónde empezar.

— ¿Sabes algo de Alexander?—fue lo primero que preguntó.

Andreas asintió con la cabeza y tras dar un sorbo a su té se lo pasó para que Tom también bebiera.

—Hace unos minutos recibí un mensaje de David—empezó a decir—Alexander sigue inconsciente pero está estable. El médico dijo que no hay daño cerebral.

Tom asintió sin saber si eso le aliviaba o le hundía más. Se quedó en silencio, con la mirada fija en la taza de Andreas como si el vapor que salía de ella pudiera devolverle algo de claridad.

— ¿Y sabes algo de Bill? —preguntó con la voz ronca.

—David también ha dado noticias suyas—contestó Andreas suspirando—Sus padres fueron al hospital y no le dejaron quedarse. Más bien fue su madre, le mandó a casa con el chófer y ella y su padre se han quedado con los padres de Alexander.

Tom apretó los puños sintiendo que algo se le cerraba en el pecho.

—¿Está solo en su casa?—preguntó sin poderse contener.

Se imaginaba que estaría traumatizado tras lo vivido y lo último que necesitaba era estar a solas sin nadie al lado para consolarle. Porque él había estado en shock, y eso que Alexander no le importaba tanto.

—Es lo que han decidido sus padres—murmuró Andreas—Y debelemos respetar su decisión.

Tom se volvió y se quedó mirando a Andreas como si no hubiera escuchado bien, como si las palabras acabaran de golpearle con un retraso cruel.

—¿Respetar? —repitió con la voz tensa—¿Respetar que lo dejen solo en casa cuando es lo último que hay que hacerle a alguien en su estado? ¿Es que les da igual lo que le pase a su propio hijo?

—No sabemos cómo están manejando sus padres todo esto —dijo Andreas—No sabemos si lo están protegiendo de esa manera o silenciando. Pero no es asunto nuestro.

Tom apretó los dientes, sintiendo que la rabia le subía por el pecho como una ola. No lograba entender que unos padres hicieran eso a su único hijo.

—Yo lo vi todo—murmuró—Vi cómo Alexander caía al agua y se quedaba flotando en ella como si estuviera muerto. Y Bill también lo vio, era él quien conducía la lancha en esos momentos y se sentirá culpable por lo sucedido.

— ¿Bill conducía la lancha?—gritó Andreas sin poderse contener.

—Si, y no debes decir nada y mucho menos a la policía—advirtió Tom—James ha dicho que era él y asumirá la culpa, y David lo sabe.

Andreas se pasó una mano por el rostro como si intentara borrar la tensión que le subía por la espalda.

—¿Y tú estás de acuerdo con eso?—preguntó esa vez sin levantar la voz.

Tom dudó. No porque no supiera la respuesta, sino porque decirla en voz alta implicaba cruzar una línea.

—No lo sé—admitió—Solo sé que Bill es una persona muy frágil y no puede con esto. No ahora. Y si James quiere asumirlo y David lo permite entonces tal vez mejor así.

—Pero…es imposible guardar un secreto así—empezó a decir Andreas—Todos los de la lancha saben que Bill conducía y basta que a uno de ellos se le escape algo para que se descubra la verdad.

Tom se quedó pensando, de todos los de la lancha los únicos en los que no confiaba eran Gustav y Natalie, capaces de vender a su madre por lo que fuera. Y Alexander jamás diría nada para proteger a Bill.

—Todos son amigos, no creo que se hicieran algo así entre ellos—murmuró Tom—Confiemos en que guardarán el secreto.

Antes de que pudieran seguir hablando la puerta del bungalow se abrió con un golpe seco interrumpiendo la tensión que aún flotaba en el ambiente. Melissa entró primero seguida por Víctor, que cargaba varias bolsas de plástico blanco con el logo del club en cada mano.

—David pensó que no estaríais de humor para preparar la cena—empezó a decir Melissa dejando las bolsas sobre la barra americana.

—Preparé algo de sopa hace una hora—comentó Andreas poniéndose en pie—Pero estará ya helada y estropeada.

— ¿Qué tal te encuentras?—preguntó Melissa mirando a Tom fijamente.

—Mejor, gracias—contestó Tom esbozando una sonrisa con esfuerzo—Solo necesitaba una ducha caliente y descansar.

—Estábamos hablando de lo ocurrido en el lago—explicó Andreas— Y de lo que pasará a continuación.

Tom se le quedó mirando muy seriamente, no quería que compartiera con nadie más que era Bill quien conducía la lancha. Ya lo sabía demasiada gente y mejor no seguir añadiendo más.

— ¿Y qué crees que va a pasar?—preguntó Víctor soltando una risa—Nada, porque todo quedará entre ellos. James tiene dinero y pagará una multa por el accidente o lo que sea y nada más. Nadie le va a juzgar, y más vale que Alexander salga de esto sin secuelas porque entonces…

Las palabras de Víctor calaron en Tom, por su mente no pasaba que Alexander tuviera secuelas del accidente o que incluso no llegara a sobrevivir. Daba por hecho que despertaría y volvería a ser el mismo capullo de siempre actuando como si nada hubiera pasado.

—No nos pongamos en lo peor—pidió Melissa al ver el gesto que había puesto Tom—No sabemos nada de Alexander y es mejor no especular.

—David me mandó un mensaje, está estable y no hay daño cerebral—explicó Andreas a los recién llegados.

—Pues ya está, solo queda esperar que salga del hospital y todo vuelva a la normalidad—dijo Melissa dando el tema por zanjado.

—Pero eso no es todo—añadió Andreas—En los análisis ha salido que había tomado cocaína minutos antes, así que Alexander se ha metido en un buen lío.

Víctor se quedó sin habla al escucharle, si la había tomado minutos antes fijo que fue cuando echó a Anouk del club prohibiéndole que pasara mercancía en el.

¿Y si David también la había visto?

Si decidía informar a la policía su hermana sería arrestada y él y su madre despedidos de inmediato, y fijo que nadie volvería a contratarlos porque los padres de Alexander no eran cualquier familia. Eran poder e influencia. Y harían lo que fuera necesario para vengarse por haber dañado a su hijo.

Víctor se apoyó en la encimera con las manos temblorosas. Melissa lo miró de reojo notando su cambio de ánimo pero sin decir nada. Tom y Andreas seguían hablando pero él ya no escuchaba. Solo veía el rostro de Anouk, desafiante y vulnerable, y el de su madre siempre confiada en que era ella quien cuidaba y protegía a sus hijos.

Cuando era todo lo contrario.

El dinero en su casa no era abundante y tanto Anouk como él decidieron buscarlo donde fuera y haciendo lo que fuera. Anouk traficaba con todo lo que le pasaba su camello gracias a su posición privilegiada en la zona vip del club Sisyphos llevándose una buena comisión por ello, y Víctor a veces le echaba una mano contactando con nuevos clientes siempre fuera del Club del Lago ya que era peligroso hacerlo allí estando siempre David vigilando e informando de cualquier problema al padre de Bill.

Y como eso le parecía poco, vendía su cuerpo a miserables como Gustav que al menos se conformaba con que se la chupara. Pero con otros había tenido que ir hasta el final y aunque se decía una y otra vez que no era más que un mal polvo, había noches que lloraba en silencio hasta quedarse dormido odiándose a si mismo por tener que recurrir a eso.

— ¿Estás bien?

La voz de Melissa le sacó de sus pensamientos, sentía los ojos llenos de lagrimas y negando con la cabeza salió del bungalow a toda prisa. Tenía que hablar con Anouk, pedirle que se mantuviera alejada del club y que se fuera de Brandemburgo si era necesario.

&

Arthur le dejó en la misma puerta de casa y Bill salió del coche sintiendo que le temblaban las piernas. No tenía el móvil consigo, se había dejado la mochila en la tumbona y se imaginaria que Louise o Georg la habrían cogido pero en esos momentos que necesitaba hablar con ellos no tenía como hacerlo.

La puerta de la casa se abrió y salió Alice a su encuentro, seguramente ya estaría informada de lo ocurrido y su madre había dado las instrucciones necesarias para que le atendieran.

— Vamos, necesitas entrar en calor— dijo Alice tomándole con suavidad de la cintura.

Le hizo entrar en la casa y acompañó hasta su habitación donde la ducha ya estaba abierta y salía vapor por la puerta del baño. Alice no dijo nada más, pero su mano en la cintura seguía firme guiándolo con una delicadeza que no necesitaba palabras. Él no se resistió. No tenía fuerzas para hacerlo.

La habitación estaba en penumbra con la cama hecha y una ropa limpia sobre la silla. Todo preparado y dispuesto como si su madre hubiera anticipado cada movimiento y cada necesidad. Bill se detuvo frente a la puerta del baño, observando el vapor que se elevaba en espirales lentas, como si el agua hirviente pudiera borrar lo que había pasado.

—Tómate tu tiempo —dijo Alice soltándolo con suavidad—Si necesitas algo estaré en la cocina con Greta preparándote un plato caliente.

Bill asintió sin mirarla y esperó a que se alejara escuchando sus pasos desaparecer por el pasillo. Entonces entró en el baño y cerró la puerta tras de él desnudándose con movimientos torpes como si el cuerpo le pesara más de lo normal. Se metió bajo el chorro de agua caliente y el golpe de calor sobre la piel le hizo cerrar los ojos.

Por un momento quiso imaginar que todo había sido una pesadilla. Que Alexander no estaba en una cama de hospital, que él no había conducido la lancha haciéndole caer por la borda. Que no había visto su cuerpo flotando inerte como si la vida se hubiera escapado por entre los dedos de todos.

Pero no podía.

El agua no borraba la culpa.

Solo la disolvía un poco, como si la diluyera en vapor.

Se apoyó contra la pared de la ducha con la frente pegada al azulejo y dejó que el agua siguiera cayendo. No lloró ni gritó. Solo se quedó ahí suspendido como si el tiempo se hubiera detenido junto con él.

Pero sabía que no podía quedarse toda la tarde metido en la ducha. El vapor ya comenzaba a empañar los espejos y el calor aunque reconfortante se volvía pesado casi asfixiante. Y Alice con su instinto siempre alerta no tardaría en preocuparse. Se imaginaría que se había caído o que se había desmayado y él no quería añadir más angustia a lo que ya estaba ocurriendo.

Apagó el grifo con movimientos lentos como si cada gesto le costara más de lo que debería. Se envolvió en un suave albornoz que olía a limpio y se quedó un momento frente al espejo sin reconocerse del todo. Tenía el rostro pálido, los ojos enrojecidos y un temblor leve en los dedos. No era solo el accidente. Era todo lo que había venido después.

La culpa.

El silencio.

La cocaína en el cuerpo de Alexander.

La mirada de su madre.

La indiferencia de su padre.

Se vistió con la ropa que Alice le había dejado sobre la silla, sin preocuparse por el estilo. Solo quería cubrirse y volver a ser alguien reconocible. Alguien que pudiera sostenerse de pie sin romperse.

Cuando salió de la habitación Alice estaba en el pasillo con el ceño fruncido y los brazos cruzados pero sin decir nada. Solo lo observaba como si estuviera midiendo su estado emocional antes de decidir cómo actuar.

—Estoy bien—susurró Bill antes de que ella pudiera preguntar.

Alice asintió, pero no se movió.

—Tienes que comer algo—dijo al fin.

Bill sabía que era imposible negarse diciendo que sentía un nudo en el estómago, pero si su madre le había ordenado a Alice que le preparara algo para comer, Alice se lo haría comer aunque no tuviera ni pizca de ganas.

La siguió en silencio agradeciendo que no le quisiera pedir explicaciones. Porque aún no sabía cómo poner en palabras lo que sentía. Y porque en el fondo temía que al hacerlo todo se volviera aún más real.

Llegó al comedor con pasos lentos, aún sintiendo el calor de la ducha en la piel pero sin que eso le devolviera el equilibrio. La casa estaba en silencio y demasiado ordenada, como si todo estuviera suspendido en una pausa incómoda. La mesa ya estaba puesta solo para él con un plato de sopa de verduras caliente, un trozo de pan integral ya cortado y un vaso de agua. Greta había hecho su parte como siempre.

—Cuando termines la sopa Greta te traerá el segundo plato—anunció Alice antes de regresar a la cocina—Y de postre ha hecho tus natillas favoritas.

Bill sonrió al escucharlo, cuando no estaba su madre delante eran Greta o Alice quienes se encargaban de tratarle con todo ese cariño que no le daba su madre.

Se sentó en silencio con la espalda recta y los ojos fijos en el plato de sopa. No tenía hambre, pero sabía que debía comer. Que si no lo hacía alguien lo notaría. Y no quería más preguntas ni gestos de preocupación que no sabría cómo responder.

Mientras tomaba la sopa en silencio pensó en sus padres. Seguramente seguirían en el hospital acompañando a los de Alexander, hablando con médicos y gestionando lo que fuera necesario. O quizás vendrían más tarde cuando todo estuviera más calmado y ya no hiciera falta fingir que todo estaba bajo control.

Pero él sabía que no lo estaba.

Sabía que Alexander seguía inconsciente.

Que la cocaína había aparecido en los análisis.

Que James había tenido que mentir.

Que él mismo había conducido la lancha cuando tenía prohibido hacerlo por ser menor de edad aún y carecer de licencia.

Y que aunque nadie lo dijera en voz alta el peso de todo eso estaba cayendo sobre él como una losa invisible.

Cenó despacio sin mirar el reloj de pared que había en el comedor y sin pensar en lo que vendría después. Solo quería terminar.

Terminar la cena.

Terminar el día.

Terminar con esa sensación de que todo lo que hacía era insuficiente.

Cuando terminó de tomar casi toda la sopa apareció Greta como arte de magia y le trajo un plato con un trozo de rosbif al horno con salsa de mostaza y miel acompañado de unas verduras al vapor. Dejó el plato delante de él después de retirar el de la sopa notando que había dejado más de la mitad.

—Come solo lo que te apetezca—dijo Greta en voz baja—Y acuérdate que de postre hay natillas caseras.

Bill esbozó una débil sonrisa, sabía que si no se tomaba la cena Greta no iba a decir nada en esas circunstancia. Se obligó a comer un poco más solo para no enfermar, quería ir a ver a Alexander al día siguiente aunque sabía que su madre se lo prohibiría pero se escaparía si fuera necesario. Necesitaba estar a su lado, ver con sus propios ojos qué tal estaba y si ya había despertado porque fijo que cuando lo hiciera estaría esperando que él estuviera a su lado cogiéndole de la mano.

Tenía que hacerlo por Alexander y por él mismo, y si para eso tenía que enfrentarse a su madre y desobedecerla, lo haría sin remordimiento alguno. Sería la primera vez que tomara una decisión tan importante en su vida y no era la de rebelarse ante su madre.

Era la de tomar de una vez las riendas de su vida.

Dejó de cenar cuando sintió que ya no podía más y cuando Greta regresó a llevarse los platos declinó su invitación a tomarse unas natillas.

—Quizás mañana para desayunar—dijo Greta—Ahora vete a descansar, procura dormir y si no puedes baja y te preparo un vaso de leche caliente.

Bill se puso en pie y le dedicó una sonrisa de agradecimiento. Regresó a su habitación con la misma lentitud con la que había cenado, como si cada paso fuera una forma de aplazar lo inevitable. La casa seguía en silencio y aunque Greta se movía por la cocina con discreción Bill sentía que el mundo entero se había apagado a su alrededor.

Al llegar a su habitación se detuvo en el umbral. Todo estaba en orden, la cama bien hecha, la lámpara encendida con luz tenue y la ventana entreabierta dejando entrar el aire fresco de la noche.

Pero nada de eso le ofrecía consuelo.

Se sentó en el borde de la cama con las manos entrelazadas sobre las rodillas y dejó que el silencio lo envolviera. Sabía que no iba a dormir.

No esa noche.

No con el recuerdo del lago aún tan vívido.

No con la imagen de Alexander flotando, ni con la certeza de que él había estado al mando de la lancha.

No con la culpa que se le había instalado en el pecho como una piedra imposible de mover.

Pensó en sus amigos, sobre todo en Georg y en Louise.

Y también en Tom.

En cómo cada uno estaría procesando lo ocurrido a su manera.

Y pensó en Alexander en esa cama de hospital suspendido entre la vida y el vacío.

Y en sus padres, que lo rodeaban como si pudieran reconstruirlo con autoridad y control.

Se acostó sin molestarse en ponerse el pijama ni desvestirse y se tapó con las sábanas hasta la cabeza. Cerró los ojos pero no para dormir sino para intentar detener el torrente de pensamientos que lo arrastraban.

Pero no hubo tregua.

Porque el silencio esa noche no era refugio.

Era castigo.

Continúa… 

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por lyra

Escritora del Fandom

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