
Fic TOLL de lyra
Capítulo 41
Bill se quedó en el umbral de la habitación con la mano aún apoyada en el marco de la puerta, como si cruzarlo fuera una decisión demasiado grande para tomarla de golpe.
Alexander se encontraba recostado en la cama, vistiendo el típico camisón del hospital y con una vía conectada a su brazo izquierdo. Ya no llevaba el collarín y su cuello se movía con lentitud, como si cada gesto aún le costara pero había en su rostro una calma que Bill no sabía cómo interpretar.
Desde donde estaba lo observaba en silencio estudiando cada detalle como el ritmo pausado de su respiración, la forma en que sus dedos se movían distraídamente sobre la sábana y el leve temblor en su mandíbula que podía ser dolor o quizás miedo.
No parecía el mismo Alexander que él recordaba.
No el que discutía con voz firme, ni el que se movía por el club con seguridad.
Ese Alexander tenía algo roto, algo que no se veía pero que se sentía. Y Bill, parado en la puerta, no sabía si acercarse sería consuelo o invasión.
Alexander giró la cabeza con lentitud como si hubiera sentido su presencia antes de verlo. Sus ojos se encontraron y por un instante ninguno de los dos dijo nada.
Bill tragó saliva. Dio apenas unos pasos y se quedó a los pies de la cama tras cerrar la puerta con cuidado, como si el sonido pudiera romper algo frágil entre ellos.
—Hola —saludó casi sin voz.
Alexander no respondió de inmediato pero sus labios se movieron en lo que parecía una leve sonrisa. Como si a pesar de todo lo ocurrido aún quedara algo que los unía.
Sostuvo la mirada durante unos segundos sin moverse ni hablar. Luego bajó la vista hacia sus propias manos, como si necesitara un respiro antes de enfrentarse a lo que venía.
—No sabía si ibas a venir —dijo al fin con voz baja y algo áspera por el reposo y la medicación.
Bill dio otros pasos más esa vez con más firmeza y rodeó la cama quedándose a su alcance. Si Alexander quería tocarlo, solo tendría que estirar levemente su mano.
—Yo tampoco lo sabía —admitió—Pero aquí estoy.
Alexander asintió con suavidad sin levantar la cabeza. Su expresión era difícil de leer, no había reproche pero tampoco alivio. Solo una especie de contención, como si estuviera midiendo cada palabra antes de soltarla.
—No recuerdo casi nada—susurró llevando una mano con cuidado a su cabeza—Solo fragmentos, escucho voces pero no sé quien habla. Luego sé que me caí al agua y lo último que vi fue tu expresión horrorizada.
Bill empezó a respirar con cierta dificultad, sentía que las piernas le temblaban pero no se quiso sentar en la cama.
—No hace falta que lo recuerdes todo —respondió—Solo importa que estás aquí y que estás vivo.
Alexander soltó una risa breve, seca.
—Eso ya lo sé—dijo Alexander soltando una risa breve— Lo que no sé es por qué o si debería seguir vivo.
Bill apretó los labios al escucharle sintiendo que esa frase le golpeaba más de lo que esperaba.
—No digas eso —suplicó en un susurro—No después de todo lo que ha pasado.
—¿Y qué es lo que ha pasado, Bill?—quiso saber Alexander mirándole fijamente— ¿Qué es lo que pasó exactamente?
La pregunta quedó flotando en el aire, cargada de algo más que curiosidad.
Era una invitación.
O una advertencia.
—El médico dice que es mejor que no te diga nada —respondió Bill con cautela manteniéndose de pie junto a la cama—Que lo vayas recordando poco a poco, sin forzar.
Alexander lo miró sin parpadear como si estuviera evaluando no solo las palabras sino el tono, el gesto y la intención que había detrás.
—¿Y tú qué piensas? —preguntó al cabo de unos segundos— ¿Crees que no estoy preparado?
Bill dudó, no porque no tuviera una respuesta, sino porque sabía que cualquier palabra podía abrir una grieta.
—Creo que estás vivo —dijo al fin—Y que eso ya es bastante por ahora.
—Pero no saber lo que pasó me hace sentir como si no fuera del todo yo—murmuró Alexander jugueteando con el borde de la sábana—Como si algo se hubiera quedado allá, en el lago.
Bill se sentó por fin con lentitud como si el peso de esa frase lo hubiera empujado a hacerlo.
—Tal vez lo que se quedó allá no era solo tuyo —murmuró—Tal vez todos dejamos algo en el lago.
Alexander levantó la mirada y por primera vez desde que Bill había entrado sus ojos mostraron algo parecido a vulnerabilidad.
—¿Tú también?—quiso saber.
Bill asintió con la cabeza, sin querer decir más.
—Hablemos de otra cosa —dijo Alexander desviando la conversación con un gesto leve—El médico me ha dicho que si las pruebas salen bien mañana mismo me dan el alta.
Bill frunció el ceño sin poder evitar esa reacción.
—¿No es precipitado? —preguntó con la voz cargada de preocupación.
Alexander se encogió de hombros como si ya hubiera pensado en esa posibilidad.
—Tal vez—murmuró—Pero dice que físicamente estoy estable y que lo demás se trabaja fuera de aquí. Recordaré con el tiempo o quizás no lo haga jamás, pero eso no me importa. Solo quiero salir de esta cama incómoda y volver a llevar ropa interior.
Bill soltó una carcajada inesperada que rompió la tensión acumulada en la habitación. Alexander lo miró con una amplia sonrisa satisfecho de haber conseguido justo lo que quería, restarle peso al drama y devolverle al momento algo de humanidad.
—Eso sí que es una motivación legítima —bromeó Bill entre risas—Ropa interior y libertad.
—Tampoco pido tanto—comentó Alexander encogiéndose de hombros—Solo que me devuelvan un poco de dignidad, este camisón tiene demasiadas aperturas estratégicas.
Bill se acercó un poco más y sin decir nada le tomó la mano con suavidad. No fue un gesto planeado pero si instintivo. Una manera de decir que estaba ahí sin necesidad de palabras.
Alexander no apartó la mano, la sostuvo como si ese contacto fuera más real que los recuerdos difusos.
—Gracias por venir —dijo en voz baja.
—No pienso dejarte solo en esto—murmuró Bill sin soltarlo.
Y por un momento, el hospital dejó de ser un lugar de espera. Fue solo una habitación con dos personas que, a pesar de todo, aún sabían cómo encontrarse.
Pasaron más de media hora conversando en voz baja, compartiendo silencios y trazando planes para cuando Alexander pudiera dejar atrás el hospital. La atmósfera se había vuelto íntima y más ligera, como si por un momento cualquier rastro de dolor quedara suspendido.
Entonces llamaron a la puerta.
Bill soltó un suspiro y rodó los ojos, sin poder evitar un leve quejido.
—Seguro que es el médico que viene a echarme —murmuró resignado.
Pero cuando la puerta se abrió, el tiempo pareció detenerse por un instante.
No era el médico.
Era Tom.
Y Bill se quedó sin palabras con el aliento atrapado en la garganta, mientras que Alexander se incorporaba ligeramente sorprendido por la visita inesperada.
&
Con los ojos cerrados y los dedos cruzados, David esperaba a que su llamada fuera contestada. No tuvo que esperar mucho tiempo, la llamada fue atendida al tercer tono.
—Tom, ¿qué tal estás?—preguntó con tono amable.
—Estoy bien, David—contestó Tom, sorprendido por su llamada.
—Te he visto por el club pero hoy casi no he podido salir del despacho—empezó a explicar David—He recibido muchas llamadas tras el accidente de la policía, la prensa, el padre de Bill…
Tom escuchaba en silencio, ya se imaginaba que el accidente de Alexander habría levantado un gran revuelo obligando a David a tener que dar muchas explicaciones.
—Espero no molestarte, ¿tienes un momento? —preguntó de nuevo David yendo directo al grano.
—Claro, dime—respondió Tom con voz tranquila.
David se detuvo a coger aire mientras observaba el lago desde el embarcadero donde estaba haciendo esa llamada.
—Me he enterado de que Bill está en el hospital visitando a Alexander—soltó sin aliento— Y no sé, creo que no debería pasar por eso solo. Pensé que como estás libre hoy tal vez podrías acercarte no solo para ver a Alexander, sino para acompañar a Bill. Ya sabes lo frágil que es..
Hubo una breve pausa antes de que Tom respondiera.
—No me importa ir, David—dijo con sinceridad Tom—Pero imagino que alguno de sus amigos estará allí también. Louise, Georg… alguien habrá ido, ¿no?
—Seguro que sí—murmuró David suspirando— Pero no lo sé con certeza y tú tienes una forma de ser que a Bill le hace bien. No tienes que hacer nada especial, solo estar a su lado en estos momentos.
Tom asintió, aunque David no podía verlo.
—Está bien—cedió al fin—Voy a casa a cambiarme de ropa y salgo para el hospital.
—Gracias, Tom —dijo David aliviado—De verdad, te lo agradezco mucho.
Cortó la llamada y se quedó un momento en silencio, observando el reflejo del sol en el lago. Porque aunque no podía controlar lo que pasaba en el hospital, al menos había movido una pieza que podía marcar la diferencia.
Tom llegó al bungalow y abrió la puerta con suavidad dejando que el aire fresco de la mañana entrara junto a él. Dentro Andreas estaba sentado en la barra desayunando con calma con los ojos aún algo somnolientos.
—Leí tu nota —murmuró sin levantar la mirada de su bol de cereales—Pero no quise llamarte para no molestarte.
Su tono era algo cortante, señal de que estaba aún algo enfadado por la pequeña discusión de la noche anterior. Pero Tom no estaba en esos momentos para dar explicaciones o discutir de nuevo.
—Gracias por respetar mi decisión—dijo Tom carraspeando—Solo necesitaba despejarme un poco y pensar.
—¿Y ya te encuentras mejor?—preguntó Andreas.
—David me ha llamado—empezó a explicar Tom—Me ha pedido que vaya al hospital. Bill está allí visitando a Alexander y cree que no debería pasar por eso solo.
Andreas se le quedó mirando con atención dejando su café a un lado.
—¿Y vas a ir?—quiso saber Andreas alzando una ceja.
—Sí —contestó Tom sin dudar—Pero no solo por Bill, también quiero ver cómo está Alexander. Después del accidente… no sé, siento que necesito hacerlo.
Andreas se quedó en silencio unos segundos, como si estuviera calibrando algo que no se atrevía a decir en voz alta.
—No sé si habrá alguien más allí con Bill—añadió Tom—. Louise o Georg seguramente, no creo que Natalie sea de las que hacen visitas en los hospitales y Gustav…bueno, estará también preocupado por Alexander.
Se imaginaba que sí porque tras haberles escuchado juntos en el baño presentía que había algo entre ellos, aunque fuera solo sexo. Y recordaba con claridad era el momento en que Alexander cayó al agua Gustav se quedó paralizado en su sitio.
No gritó ni corrió. No reaccionó como los demás, solo se quedó allí con los ojos abiertos y el miedo dibujado en cada línea de su rostro. Como si el cuerpo no le respondiera y el pánico lo hubiera anclado al suelo.
Tom no lo había olvidado. Y aunque no lo juzgaba, esa imagen seguía pesando.
—Seguramente—dijo Andreas sacándole de sus pensamientos—Pero eso no significa que seas tú el que deba ir.
—Ya te he dicho que quiero hacerlo, y no solo por Bill—repitió Tom con firmeza.
Andreas asintió en silencio, estaba claro que pensaba ir dijera él lo que dijera, nada le iba a hacer cambiar de opinión. solo estaba logrando que se enfadara con él de nuevo.
—¿Trabajas de tarde, no?—preguntó Tom cambiando bruscamente de tema.
—Sí, pero tengo tiempo aún—contestó carraspeando Andreas— ¿Quieres que te acerque en tu moto?
—Prefiero ir en autobús, así me doy un paseo hasta la parada—murmuró Tom negando con la cabeza—Me ayudará a ordenar mis pensamientos.
—Si luego necesitas hablar, estaré en el club—dijo Andreas poniéndose en pie y recogiendo su desayuno.
Tom asintió, y antes de salir, se giró un momento.
—Gracias, Andreas—dijo Tom con firmeza—Por no preguntar demasiado.
—Nunca hizo falta —respondió Andreas guiñándole un ojo.
Tom le contestó con una sonrisa y se fue al baño para darse una ducha rápida mientras que Andreas se dirigía a su habitación para empezar a hacer la cama. Recogió las sábanas con movimientos mecánicos como si el orden externo pudiera compensar el desorden interno. Mientras estiraba la colcha escuchó el agua correr y el sonido leve de Tom moviéndose al otro lado de la pared.
Su gesto cambió.
No podía evitarlo.
La idea de que Tom saliera corriendo a consolar a Bill le removía algo que no quería nombrar. No era rabia, ni tristeza exactamente. Era esa punzada sorda que aparecía cuando se daba cuenta de que no estaba en el centro de la historia. Que por más que compartan techo y confidencias, había vínculos que pesaban más.
Que Tom en ese momento había elegido estar con Bill.
Y Andreas lo entendía.
Bill estaba pasando por algo difícil pero también sabía que no estaba solo. Tenía a Louise, a Georg, incluso a Natalie y a Gustav, que aunque no siempre lo mostraban, se preocupaban por Alexander más de lo que dejaban ver.
«¿Por qué Tom?»,—pensó con rabia sin poderse contener—»¿Por qué él cuando hay otros que lo conocen mejor y que saben cómo consolarlo sin tener que esforzarse?»
Se sentó en el borde de la cama con las manos apoyadas en las rodillas y se obligó a respirar profundamente.
No era justo culpar a Tom por querer ayudar.
Pero tampoco podía ignorar lo que sentía.
&
Alexander se encontraba ingresado en el St. Joseph Krankenhaus, a unos 25 kilómetros del lago Krossinsee. El hospital de fachada sobria y pasillos silenciosos se alzaba en las afueras de la ciudad rodeado de árboles.
Tom ya se había duchado y vestido en condiciones cuando salió del bungalow sin hacer ruido. Andreas seguía en su habitación y prefirió no molestarle. Caminó con paso firme hacia la parada de autobús cercana al camping, donde el cartel oxidado anunciaba los horarios con precisión.
Corría una ligera brisa y mientras esperaba Tom se encendió un cigarro observando mientras pensaba en lo que le iba a decir a Bill cuando le viera y en como iba a reaccionar Alexander al verlo.
Pero había algo en él que lo empujaba a ir.
No por obligación sino por esa intuición que le decía que su presencia podía marcar una diferencia.
El autobús llegó puntual y Tom subió saludando al conductor con una inclinación de la cabeza. Se sentó junto a la ventana y disfrutó del paisaje mientras recorría los kilómetros que les separaba.
Entró en el hospital con paso decidido aunque por dentro sentía ese leve temblor que aparecía cuando uno no sabía con lo qué se iba a encontrar al otro lado. En recepción preguntó por Alexander y tras una breve espera le indicaron la planta y el número de habitación.
Subió en ascensor y al llegar al pasillo indicado lo primero que vio fue a Louise sentada en uno de los bancos junto a Georg que hojeaba distraídamente una revista médica sin demasiado interés.
—Tom —dijo Louise al verle levantándose con rapidez—No sabía que ibas a venir.
Tom se acercó a ellos y estrechó la mano que Georg le tendía recibiendo un fuerte abrazo de Louise que le dejó sin habla por unos segundos.
—David me llamó —explicó reponiéndose—Pensó que Bill no debería estar solo y como yo quería ver cómo está Alexander pues me he presentado sin avisar.
Georg asintió, dejando la revista a un lado.
—Bill está ahora dentro con Alexander—explicó Georg a su vez—Está despierto, algo débil pero lúcido.
En ese momento el médico pasó por el pasillo revisando una carpeta. Louise se adelantó con naturalidad, interceptándolo con una sonrisa diplomática.
—Disculpe—dijo—El es Tom, fue el amigo que sacó a Alexander del lago. ¿Cree que podría hacer una excepción y permitirle entrar a verlo, aunque sea unos minutos?
El médico lo miró con atención como evaluando si esa visita era prudente.
—Si es breve y si Alexander no muestra signos de fatiga, no veo problema—dijo con firmeza—Pero que no se acumulen demasiadas visitas al mismo tiempo, Bill ya debería haber salido hace minutos.
Louise se lo agradeció con una inclinación de cabeza y Tom sintió que el aire se volvía un poco más liviano.
—Vamos, ve—dijo Georg sonriéndole—Bill te agradecerá que estés ahí.
Tom asintió y se acercó a la puerta de la habitación. Respiró hondo antes de llamar suavemente con los nudillos y abrir la puerta. Se quedó paralizad al ver la escena, Bill sentado en el borde de la cama cogiendo con firmeza la mano de Alexander.
El tiempo pareció detenerse por un instante cuando Bill se giró a ver quien entraba en la habitación y se quedó mirándole sin aliento mientras que Alexander se incorporaba ligeramente sorprendido por la visita inesperada.
—Tom —murmuró Alexander como si el nombre le costara salir.
Bill por su parte no dijo nada, solo se quedó observando con los ojos muy abiertos, como si no estuviera seguro de alegrarse o preocuparse por su presencia.
Tom dio un paso y entró del todo recorriendo con la mirada la habitación deteniéndose en Alexander, que lo observaba con atención.
—No quería interrumpir —dijo Tom con voz baja—Solo quería ver cómo estabas.
Alexander asintió despacio, como si aún estuviera procesando la escena.
—Gracias por venir —murmuró con la voz aún algo apagada—Aunque no era necesario, mañana me dan el alta y ya nos veríamos por el club.
Tom sonrió acercándose con calma hasta el borde de la cama.
—Esas son buenas noticias—comentó con una sonrisa—Habrá que hacer una fiesta y recibirte con los honores que te mereces.
—No sé si yo estoy ahora mismo para muchas fiestas—admitió Alexander soltando una risa suave—Pero al menos podré volver a dormir sin que me despierten cada dos horas para tomarme la tensión.
—Y volver a llevar ropa interior—intervino Bill con una sonrisa cómplice.
—Eso está en el primer lugar de mi lista—dijo Alexander devolviéndole la sonrisa.
Tom sintió que había una broma entre ellos que se le escapaba, pero no quiso preguntar a qué se refería con lo de la ropa interior. Pero se sentía más aliviado de que el ambiente se hubiera vuelto más liviano, como si la presencia de Tom hubiera equilibrado algo que hasta entonces pendía de un hilo.
Bill sentado aún en la cama le observaba en silencio con una expresión que era una mezcla de alivio y algo más difícil de nombrar.
Tom se sentó en la silla que había a un lado de la cama y Alexander se acomodo un poco más en la cama con gesto relajado. Bill volvió a cogerle de la mano y empezaron a hablar entre ellos con tranquilidad.
—¿Sabes qué es lo peor de estar aquí? —dijo Alexander mirando el techo—Que el café del desayuno parece agua de fregadero.
—Y eso que no has probado el de las máquinas del pasillo —añadió Bill arrugando la frente.
—Ya se me olvidaba que vosotros los ricos tenéis un paladar muy fino—comentó Tom soltando una risa breve—Qué tragedia, no poder pedir un café con leche de avena.
—No me hagas reír mucho, que todavía me duele todo—pidió Alexander llevándose una mano al pecho con cuidado—Si el café no me mata, la risa lo hará.
Bill sonrió, aliviado por el tono ligero. Por fin, por un momento, estaban hablando de cosas que no pesaban.
—¿Y tú qué tal?—quiso saber Bill— ¿Sobreviviste al desayuno del camping?
—Yo tengo enchufe —respondió Tom con una expresión triunfante—Desayuno todas las mañanas en la cocina del club. Rose me guarda bollitos de canela recién salidos del horno.
—Podías haber pensado en mi y traerme una caja entera—se quejó con tono lastimero Alexander—Habría sido tu buena acción del día.
—Lo pensé —dijo Tom encogiéndose de hombros—Pero luego me acordé de que los bollitos no sobreviven al trayecto, tienen la costumbre de desaparecer misteriosamente por el camino.
La habitación se llenó de una risa suave compartida, como si por un momento todo lo demás quedara fuera.
El dolor, el miedo y las preguntas sin responder.
Solo quedaban ellos, y la necesidad de sentirse humanos otra vez.
La puerta se abrió de golpe interrumpiendo la conversación con un sobresalto. Simone entró primero con paso firme y gesto tenso, seguida por Eleonore que se detuvo apenas cruzó el umbral, como si necesitara un segundo para procesar lo que estaba viendo.
Tom sentado en la silla junto a la cama.
Bill en la cama con la mano de Alexander entre las suyas.
Alexander riendo con una mano aún sobre el pecho.
—¿Pero qué es esto? —exclamó Simone sin ocultar su incredulidad.
Eleonore no dijo nada, pero su mirada recorrió la habitación con una mezcla de desconcierto y desaprobación. Alexander se incorporó un poco más sorprendido por la irrupción.
—Alexander necesita descansar —dijo Simone enseguida con tono autoritario—No puede estar con tanta gente, hablando y riéndose como si esto fuera una fiesta. Seguro que le ha subido la fiebre o la tensión.
—Solo estábamos hablando con tranquilidad—murmuró Bill poniéndose en pie—No queríamos molestar.
—Pues lo estáis haciendo—cortó Simone—Y no es el momento.
Tom se puso de pie también sin decir nada pero sin bajar la mirada como Bill estaba haciendo en esos momentos, abochornado como estaba por su madre.
Alexander intentó intervenir pero Simone ya se acercaba a la cama revisando el gotero como si fuera enfermera titulada.
—Simone, estoy bien —dijo con cansancio en voz baja.
—No estás para visitas y menos aún para bromas—insistió Simone—Díselo tú Eleonore.
Eleonore se acercó con más calma posando una mano en el hombro de Bill, su gesto era más contenido pero no menos firme.
—Dejadle descansar —añadió—Ya habrá tiempo para charlas.
El ambiente se volvió tenso de golpe, como si el aire se hubiera vuelto más denso.
—¿No habéis oído? —gritó Simone sin poder contenerse— ¡Salid de la habitación ahora mismo!
El tono cortante y la brusquedad de su voz rompieron de golpe el ambiente cálido que se había formado. Bill y Tom se movieron con rapidez sorprendidos por la intensidad de la reacción. No hubo tiempo para explicaciones ni para despedidas.
Alexander los vio marchar con una expresión de incomodidad dibujada en la cara. Quiso decir algo para detenerlos pero su madre ya estaba junto a su cama ajustando la sábana como si el orden externo pudiera compensar el caos interno.
Simone salió de la habitación también dejando la puerta bien cerrada tras ella.
Alexander giró la cabeza hacia la ventana resoplando con la mandíbula tensa. Ni siquiera había podido despedirse de Bill.
Y eso más que la fiebre o el dolor, le pesaba en el pecho.
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Simone salió al pasillo con paso firme siguiendo los pasos de Tom y su hijo que caminaba con lentitud.
—Bill, ya es hora de que regreses a casa, no tiene sentido que sigas aquí cuando Alexander necesita descansar—dijo Simone sin rodeos—Arthur está fuera esperándote con el coche, ya le has hecho perder toda la mañana aquí en el hospital.
Bill no tenía más remedio que obedecer a su madre, más que nada para que dejara de ponerle en evidencia delante de Tom.
—¿Y tú cómo vas a volver? —preguntó con suavidad mirando a Tom—Si quieres te puedo dejar en el camping.
Tom vaciló un instante. Su mirada se desvió hacia Simone que ya fruncía el ceño a punto de estallar por la osadía de su hijo al ofrecerle el coche sin consultarle. El aire se tensó, como si el pasillo entero contuviera la respiración.
—Es lo mínimo que podemos hacer —añadió Bill, alzando la voz con firmeza y mirando fijamente a su madre—Después de todo, le ha salvad la vida a Alexander.
Simone pestañeó incrédula. Su hijo no solo la había contradicho, sino que la miraba con una determinación que no solía mostrarle nunca. Y lo peor de todo es que lo había hecho delante de Tom y de las enfermeras que pasaban de vez en cuando por el pasillo.
—Por supuesto—murmuró Simone con una sonrisa que no le llegaba a los ojos—Después de semejante gesto merece una recompensa.
Abrió su bolso de Chanel con teatralidad, sacó la billetera y extrajo un billete de 100€ que sostuvo frente a Tom como si fuera una ofrenda.
— ¿Te parece bien?—preguntó con frialdad.
Tom lo miró conteniendo el impulso de decir lo que realmente pensaba. Su sonrisa fue tensa, casi dolorosa.
—No es necesario, es lo que cualquiera hubiera hecho—murmuró— Y tampoco hace falta que nadie me lleve en coche, regresare en autobús como he venido. Muchas gracias.
Se dio media vuelta y comenzó a caminar por el pasillo con paso rápido. Detrás de él Bill reaccionó con rapidez y echó a correr tras él ignorando a su madre.
—Tom, espera —le rogó alcanzándolo y tomándole del brazo—Lo siento. Lo que ha hecho mi madre… ella es así. No lo tengas en cuenta.
Tom se detuvo, pero su expresión era dura.
—No necesito la puta caridad de nadie —soltó sin poder contenerse.
—Lo sé —dijo Bill con la voz quebrada—Pero no me dejes solo, por favor.
Tom se le quedo mirando con la respiración agitada. David ya le había advertido que Bill iba a necesitarle. Y ya lo entendía. Con su madre cerca, con todo lo que se removía en ese entorno, Bill necesitaba un refugio.
Un hombro sobre el que llorar.
Alguien que no lo juzgara.
—Te pido perdón por la manera de ser de mi madre—se disculpó Bill con los ojos llenos de lágrimas.
—No eres tú quien tiene que disculparse—susurró Tom—Aunque sé que tu madre nunca se rebajaría a hacerlo.
Se quedó en silencio por un momento viendo como Bill le suplicaba perdón con la mirada.
—Está bien, acepto tu invitación—dijo para alivio suyo—Puedes llevarme de vuelta al camping en tu coche.
Bill respiró aliviado y juntos echaron a andar de nuevo por el pasillo. No dijeron nada más.
Pero el silencio entre ellos no pesaba.
Era compartido.
Casi cómplice.
Continúa…
Gracias por la visita. Si te ha gustado, comenta y regresa, porque pronto tendremos más 😉