Incomplete 42

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Fic TOLL de lyra

Capítulo 42

Recorrieron el largo pasillo aún con el eco de la escena reciente resonando en sus cabezas. Al llegar a la sala de espera Louise y Georg se pusieron en pie de inmediato, como si hubieran estado conteniendo la inquietud desde hacía tiempo.

—¿Qué tal está Alexander? —preguntó Georg con el ceño ligeramente fruncido.

—Despierto pero algo cansado—contestó Bill—Pero con buen ánimo, hemos estado hablando un rato e incluso se ha reído.

Louise sonrió, aliviada.

—Eso ya es mucho—dijo Louise sonriendo aliviada— ¿Y cómo ha ido con tu madre?

Porque la habían visto pasar camino de la habitación con Eleonore, y tanto ella como Georg ya se imaginaban que habrían montado una escena al ver que Bill aún permanecía en la habitación y encima estaba también Tom visitando al enfermo.

Bill bajó la mirada un instante, como si necesitara elegir bien las palabras.

—Como siempre —murmuró Bill bajando la mirada—Nos ha echado de la habitación y ni he podido despedirme de Alexander.

No quiso añadir más, le daba vergüenza que sus amigos supieran que en el pasillo su madre le había ofrecido dinero a Tom como si fuera un botones. Y tampoco quería que Tom se sintiera avergonzado por explicar lo sucedido a sus amigos o al menos con él delante.

Tom permanecía en silencio sin querer añadir nada. No quería alimentar el fuego, pero tampoco podía fingir que el gesto de Simone no le había afectado.

—Lo importante es que Alexander está bien —dijo Louise intentando reconducir la conversación—Y que no está solo.

—Mañana quizás le den el alta—explicó Bill.

—Pues pronto podremos verle nosotros también—dijo Georg esbozando una sonrisa.

—Será mejor que nos vayamos todos—comentó Bill—No nos van a dejar volver a entrar e verle y tiene el móvil, cualquier cosa que queramos decirle tendrá que ser por WhatsApp.

Louise y Georg asintieron con la cabeza, si permanecían en la sala de espera corrían el riesgo de encontrarse con Simone de nuevo y que fuera ella quien les echara del hospital con sus no tan dulces palabras. Los acompañaron hasta la salida sin hablar demasiado y allí se despidieron antes de que subieran al coche.

—Voy a lleva a Tom al camping—explicó Bill a sus amigos.

—Nosotros hemos quedado para comer con mi primo Peter y los demás—explicó a su vez Georg—Si os queréis venir sois bienvenidos, así les daremos las buenas noticias entre todos.

—Gracias, pero yo por hoy ya he tenido suficiente—murmuró Tom con una sonrisa cansada—Prefiero ir a descansar y desconectar un poco.

—Y yo debo regresar a casa—añadió Bill suspirando.

Louise y Georg asintieron sin querer insistir comprendiendo sin necesidad de más explicaciones. Había momentos en los que el descanso era la única forma de procesar lo vivido.

—Si necesitas hablar, llámame—pidió Louise a Bill mientras le daba un fuerte abrazo.

Bill se lo prometió con un gesto firme y alzando la mano le hizo una señal a Arthur que se apresuró a abrirles la puerta trasera del coche. Subieron sin decir palabra ocupando juntos el asiento de atrás. El interior olía a cuero y a perfume discreto, como todo lo que Simone consideraba «correcto».

Cuando Arthur arrancó Bill se inclinó ligeramente hacia delante.

—Llévanos al camping, por favor —pidió con educación.

Pero Tom intervino al momento cambiando los planes.

—Mejor déjame en el club —pidió dirigiéndose directamente a Arthur.

Arthur asintió sin hacer preguntas, como si estuviera acostumbrado a no pedir explicaciones. El coche se puso en marcha incorporándose al tráfico mientras que Bill y Tom permanecían en silencio en su asiento.

—Es hora de comer —dijo Tom rompiendo el silencio mientras el coche avanzaba por la carretera secundaria.

Bill volvió la cabeza hacia él, como si no hubiera esperado que se preocupara por algo tan cotidiano.

—¿Te apetece comer conmigo en el club? —invitó Tom.

Vio como Bill se le quedaba mirando por unos segundos, imaginándose que estaba pensando en las consecuencias que tendría el ser visto en su compañía comiendo como si nada hubiera pasado al día siguiente del accidente, con su novio en la cama del hospital. Enseguida empezarían a correr los rumores, y nadie se detendría a pensar que si no estaba al lado de Alexander en esos momentos era porque había sido echado del hospital por su propia madre.

—Podemos quedarnos en la cocina—apuntó Tom al momento—Allí es donde comemos cuando estamos trabajando y Rose siempre nos tiene algo delicioso reparado. Hoy le he estado echando una mano con la comida, estaba preparando unos spaghetti con salsa de albahaca y nueces.

Bill dudó unos segundos más. Sabía que su madre le había ordenado regresar a casa directamente y que Arthur estaba allí para asegurarse de que así lo hiciera. Pero la idea de volver a esa casa enorme y silenciosa, con las cortinas siempre en su sitio y los relojes marcando el tiempo como si alguien los vigilara le pesaba.

Tom en cambio le estaba ofreciendo otra cosa que no era solo comida.

Compañía.

Un gesto que no exigía nada, pero lo decía todo.

Y al escuchar el sabroso menú que había mencionado hizo que protestara su estómago sin poder evitarlo.

—De acuerdo—respondió al fin—Iré a comer contigo.

Tom asintió con una amplia sonrisa sin decir nada más.

Arthur había escuchado toda la conversación pero no comentó nada. Su trabajo consistía en ver, oír y callar. Y en ese caso, informar de inmediato a Jörg Kaulitz del cambio de planes inesperado. Siguió conduciendo en silencio y girando el volante con suavidad tomó el desvío hacia el club.

Bill se recostó un poco en el asiento suspirando mientras miraba por la ventanilla. Por primera vez en todo el día, sentía de verdad que alguien se preocupaba por cómo estaba él.

No por protocolo, ni por obligación.

Sino porque sí.

&

Mientras en el hospital Alexander se acomodaba en la cama con gesto tenso y la espalda recta contra las almohadas observando a su madre revisar el gotero por tercera vez, como si necesitara justificar su presencia con gestos técnicos. El silencio entre ellos era denso, cargado de algo que ninguno había nombrado aún.

—No hacía falta que los echarais de esas maneras—dijo Alexander al fin sin rodeos—Por lo menos se podía haber quedado Bill, quería seguir hablando con él.

Eleonore se detuvo con la mano aún sobre el soporte del suero pero sin mirarle.

—Estás agotado y no es momento para visitas —respondió con ese tono que usaba cuando quería cerrar una conversación antes de que empezara.

—No era una visita cualquiera—insistió Alexander—Eran mi novio y mi amigo. Y no me estaban molestando, me estaban ayudando a sentirme normal.

Eleonore se volvió con lentitud despacio, como si le costara pronuncias cada palabra.

—No necesitas distracciones—dijo con firmeza—Necesitas descansar y recuperarte.

—¿Y tú decides quién me distrae y quién me consuela?—preguntó Alexander con la voz más alta de lo que esperaba— ¿También decides quién puede estar cerca de mí cuando estoy jodido?

Eleonore frunció el ceño pero no respondió de inmediato. Caminó por la habitación haciendo resonar sus tacones y se acercó a la ventana como si necesitara distancia para pensar.

—Bill no puede cuidar de ti, es muy joven y no sabe—dijo al fin sin apartar la mirada de la ventana— ¿Y desde cuando es amigo tuyo ese camarero? ¿No es el mismo que te pegó un puñetazo en el club y no fue despedido?

Alexander se incorporó un poco más en la cama resoplando ignorando el dolor de cabeza que estaba sintiendo, fruto de la inútil conversación que estaba manteniendo con su madre.

—Tom me ha salvado la vida, por si se te ha olvidado—empezó a decir—Da igual si es camarero o no, deberías darle las gracias y no echarle de la habitación con esos modales.

—He sido yo quien le ha echado.

La voz de Simone resonó inesperadamente desde la puerta. Había regresado sin hacer ruido y abierto la puerta con tal sigilo que Alexander ni siquiera se había percatado de su presencia.

Él giró la cabeza con lentitud sin sorpresa pero con una tensión visible en la mandíbula.

—Y también he querido recompensarle por su ayuda —añadió Simone avanzando unos pasos hacia la cama—Pero no ha querido aceptar mi oferta. Es muy modesto por su parte, ha dicho que lo hubiera hecho por cualquiera.

Alexander la observó en silencio durante unos segundos, como si estuviera calibrando el peso exacto de cada palabra.

—¿Recompensarle?—repitió con incredulidad— ¿Le ofreciste dinero?

Simone no respondió de inmediato. Se limitó a alisar la sábana con gesto automático como si eso pudiera suavizar la conversación.

—Fue un gesto de cortesía —dijo al fin—No todos tienen el privilegio de actuar sin esperar nada a cambio.

—Tom no lo hizo por privilegio—replicó Alexander—Lo hizo porque estaba allí y porque es decente. Y tú lo trataste como si fuera un simple empleado.

Simone se irguió, con la expresión cuidadosamente neutra.

—No me parece justo que juzgues a Simone por intentar agradecerle que te haya salvado la vida—intervino Eleonore.

—No la estoy juzgando por eso —dijo Alexander bajando la voz—La estoy juzgando por echar a Bill y por no dejarme decidir quién quiero tener cerca cuando estoy mal.

—Bill es mi hijo y si veo que está molestando, lo echo sin necesidad de pedir permiso a nadie y mucho menos a ti—dejó Simone bien claro.

—No quiero que nadie vuelva a decidir por mí—murmuró con calma Alexander recostándose de nuevo en la cama—Me encuentro mucho mejor y puedo tomar decisiones por mi solo.

—Pues si te encuentras mejor, vamos a hablar de lo sucedido y de esas decisiones que has tomado sin pensar en nadie—dijo Simone intercambiando una mirada con Eleonore.

Eleonore asintió con la cabeza, tenían una conversación pendiente que estaban dejando para cuando Alexander estuviera en casa más recuperado pero viendo que se sentía mucho mejor, ¿para qué esperar?

— ¿Desde cuando consumes cocaína?—preguntó Eleonore yendo directa al grano— ¿Y de dónde la sacaste?

Alexander tragó saliva sin apartar la mirada de su madre. No había espacio para evasivas pero tampoco para confesiones precipitadas.

—¿Bill ha consumido alguna vez? —añadió Simone como si la conversación fuera una investigación policial.

—¿Eso importa ahora?—respondió Alexander con voz baja pero firme— ¿O solo queréis repartir culpas?

Simone cruzó los brazos, sin moverse.

—Importa si has arrastrado a mi hijo contigo—murmuró Simone cruzándose elegantemente de brazos.

—Nadie nos ha arrastrado a nada—dijo Alexander—Soy joven y alocado, y sí alguna vez me he metido una raya pero nada más. Ni estoy enganchado a la coca ni necesito ser ingresado en una clínica.

— ¿De donde la sacaste?—preguntó Eleonore de nuevo.

Alexander se negaba delatar a Gustav, porque de paso arrastraría a Anouk. Era ella quien se la pasaba cuando la necesitaba y recordaba haberla visto en el club tomándose un café sentada en una mesa. Fijo que Gustav también la vio y acudió a ella en busca de algo de diversión. Y no se merecía pagar por algo que era solo culpa suya.

— ¿Hay alguien pasando drogas en el club de mi marido?—quiso saber Simone cansada de su silencio.

Alexander respiró hondo. Sabía que cualquier palabra que dijera podía volverse en su contra, pero también sabía que el silencio ya no le protegía.

—No, la había comprado hace un par de noches en los baños del Keller—contestó al fin Alexander.

Quería alejar todo lo que podía las sospechas de Anouk y sabía que mintiendo sobre el lugar donde había obtenido la cocaína la mantenía a salvo.

—Se lo comentaré a Jörg y que hable con la policía—dijo Simone satisfecha de haber obtenido al fin una respuesta—Hará que revisen ese lugar de arriba abajo y que lo cierren si es necesario.

No esperó que Alexander replicase, se limitó a despedirse de Eleonore con un gesto breve casi ceremonial y salió de la habitación con paso firme como si acabara de resolver un asunto administrativo más que una conversación con el novio de su hijo.

La puerta se cerró con un clic seco y Alexander se quedó a solas con su madre que le miraba en silencio con una expresión de decepción pintada en la cara. No era la primera vez que hacía algo que la molestara a ella o a su padre, pero creía que esa vez se había pasado pero él no había tenido la culpa del accidente y nadie la había tenido, había sido cuestión de mala suerte nada más.

— ¿Por qué no te vas a casa a descansar?—preguntó Alexander rompiendo el tenso silencio—Llevas aquí desde anoche, estarás agotada.

—Ahora te preocupas de mi bienestar—estalló Eleonore sin poderse contener— ¿Piensas en el daño que me puedes hacer cada vez que te metes una raya? Imagina que una de esas veces coges el coche y tienes otro accidente, más grave esa vez. O terminas enganchado a ella sin poder salir. ¿Entonces seguirás preocupado por mi?

Alexander resopló sin contestar a su madre, para estar en esa situación prefería que se fuera a casa y le dejara a solas. Al menos tenía consigo su móvil, podía llamar a Bill y hablar con él.

Escuchó que llamaban a la puerta y una enfermera entró con timidez llevando una bandeja de las manos.

—La comida—anunció dejándola sobre la mesa.

Eleonore se lo agradeció con una sonrisa y empujó con suavidad la mesa para que estuviera lo más cerca posible de la cama y Alexander pudiera comer.

—Mientras comes iré un momento a casa y te traeré algo de ropa—dijo Eleonore con tono suave—Si mañana te dan el alta no puedes salir de aquí vistiendo el bañador con el que llegaste.

Alexander asintió sin discutir. La idea de que se fuera aunque fuera por un rato le aliviaba más de lo que quería admitir.

—Gracias, mamá —murmuró, dejando escapar un suspiro que no era solo de gratitud.

Eleonore le dedicó una última mirada antes de salir, cerrando la puerta con cuidado. Alexander se quedó solo con la bandeja frente a él y el silencio de la habitación envolviéndolo como una manta demasiado pesada.

Cogió la cuchara y la hundió en el plato de sopa. El olor era extraño, como si alguien hubiera intentado imitar el sabor casero sin haberlo probado nunca. Tomó una cucharada más por obligación que por hambre, mientras sus pensamientos se centraban en Bill y también a Gustav.

¿Dónde se había metido?

Dejó la cuchara sobre el borde del plato y cogió el móvil desbloqueándolo Entró en su WhatsApp y descubrió una decenas de mensajes de sus amigos ya fueran emojis, palabras de ánimo o algún meme de mal gusto que pretendía hacerle reír.

Todos querían que se recuperara.

Todos menos Gustav.

Ni un solo mensaje, ni una llamada perdida y ni siquiera un escueto «¿cómo estás?». Y eso que hasta hacía nada le repetía que estaba muy enamorado y que no podía dejar de pensar en él.

¿Y en esos momentos, cuando más lo necesitaba?

Nada.

Alexander sintió cómo se le cerraba el estómago más por decepción que por la sopa insípida. Se recostó en la cama con el móvil aún en la mano y repasó mentalmente las últimas veces que habían hablado. Gustav siempre había sido intenso y casi abrumador, pero también impredecible. Y en el momento en que más necesitaba saber que no estaba solo, había desaparecido.

¿Era miedo?

¿Cobardía?

¿O simplemente no era tan importante como le había hecho creer?

El silencio de la habitación se volvió más pesado. Alexander pensó en escribirle solo una línea. Algo como «¿No piensas preguntarme cómo estoy?»

Pero no lo hizo.

No quería mendigar atención.

No esta vez.

En cambio abrió la conversación con Bill y releyó los últimos mensajes que se habían enviado logrando arrancarle una sonrisa melancólica. Bill al menos él había estado allí, había querido quedarse a su lado y se había interesado por su estado.

Y eso, en ese momento, valía más que cualquier falsa declaración de amor procedente de Gustav.

&

Llegaron al club y Arthur detuvo el coche en el parking con la precisión de quien conoce cada rincón del lugar. Tom salió primero estirando las piernas con discreción mientras Bill se quedó unos segundos más, inclinándose hacia el asiento del conductor.

—Dile a mi padre que no regresaré tarde —pidió en voz baja.

Sabía que el trabajo de Arthur al igual que el de David era el de mantener informado a su padre de todo lo que ocurría relacionado con él, como ese cambio de planes inesperado.

Arthur lo miró a través del retrovisor asintiendo con la misma neutralidad profesional de siempre. Nunca preguntaba nada ni juzgaba. Solo cumplía con su trabajo.

Bill se incorporó y saliendo del coche echó a andar al lado de Tom mientras Arthur se ponía en marcha de nuevo y abandonaba el parking del club. Recorrieron el camino de grava que rodeaba el club y Tom le indicó la puerta trasera que daba a la cocina, así no se tendrían que cruzar con nadie que se les quedara mirando con una ceja alzada y una expresión de sorpresa pintada en la cara.

El aire olía a madera vieja y cuando abrieron la puerta les recibió el agradable aroma al pan recién horneado que Rose solía preparar a esa hora.

—Una mesa para dos, por favor —pidió Tom en tono de broma.

Desde el fondo de la cocina Rose levantó la mirada de la masa que estaba amasando y les dedicó una sonrisa cómplice.

—Solo si dejáis una generosa propina—respondió limpiándose las manos en el delantal— ¿Qué os apetece?

—Spaghetti con salsa de albahaca y nueces—pidió Tom sin dudar—Y si queda pan de ese que haces con semillas, mejor.

—Me encanta el pan y más si es recién hecho—dijo Bill devolviéndole a Rose la sonrisa.

Rose asintió y le señaló la mesa que había bajo la ventana para que tomaran asiento. Estaba limpia, sabía que sus compañeros ya habrían tenido su descanso para comer y siempre tenían que dejar la mesa recogida y limpia antes de volver al trabajo. Pero no podía quedarse sentado viendo a Rose trabajar y mientras que Bill se acomodaba en su asiento se acercó a la bandeja donde los spaghetti se mantenían calientes y cogiendo dos platos empezó a servirse con toda confianza mientras que Rose terminaba de amasar la segunda tanda de bollitos con semillas.

Bill lo observaba todo desde su sitio y siguiendo un impulso de puso en pie dispuesto a echar una mano también. Tom le explicó donde se guardaban los manteles y abriendo un cajón Bill sacó uno de cuadros que puso sobre la mesa para que Tom colocara sobre ella los platos de spaghetti con su salsa de de albahaca y nueces que despedía un olor muy agradable.

— ¿Qué te apetece beber?—preguntó Tom camino de la nevera—Hay refrescos si quieres.

—Agua, por favor—pidió Bill tomando asiento de nuevo.

Tom asintió y cogió una botella de agua para Bill mientras que él se abría una cerveza. Estando de servicio sabía que no podía beber pero ese era su día libre, aunque lo pasara en el club con una agradable compañía.

Cogió también un par de vasos y tenedores y se sentó al lado de Bill en la mesa mientras que Rose abría el horno y sacaba una bandeja de pan recién hecho. Cogió con unas pinzas un par de bollitos y los colocó sobre un plato que dejó también sobre la mesa.

—Esperad que se enfríe un poco—les dijo antes de volver a su trabajo—Y de postre hoy he hecho una deliciosa tarta de chocolate.

—Muchas gracias por todo, Rose—dijo Tom guiñándole un ojo.

Rose se echó a reír y volvió a sus fogones después de meter otra bandeja de pan en el horno. Bill y Tom empezaron a comer en silencio disfrutando de esa comida hecha por Rose con tanto esmero. El ambiente era distinto al del hospital, mucho mas cordial y real.

—Gracias por invitarme —dijo Bill en voz baja sin mirar directamente a Tom.

Tom solo asintió, y en ese gesto había más consuelo que en cualquier palabra.

Siguieron comiendo en silencio y cuando terminaron Rose les sirvió dos generosos trozos de tarta.

— ¿Queréis un café o un vaso de leche?—preguntó Rose.

—No gracias, un poco más y reviento—contestó Bill suspirando.

Tom negó también con la cabeza y se comieron la tarta admirando lo buena que estaba.

En esos momentos se abrió la puerta de la cocina y entraron Andreas y Melissa hablando entre ellos, pero se detuvieron en seco al ver quién estaba sentado junto a Tom.

—¿Bill? —llamó Melissa, con los ojos muy abiertos.

Andreas se quedó inmóvil, como si no supiera si saludar o retroceder. El silencio que se instaló fue tenso haciendo que Rose levantas la mirada desde los fogones pero sin decir nada. Sabía reconocer una escena cargada cuando la veía.

Bill se incorporó ligeramente en su asiento sin perder la calma, aunque sus dedos se tensaron sobre la mesa.

—Hola —saludó con tono normal.

—No sabíamos que estabas aquí —añadió Andreas intentando suavizar el impacto—Pensábamos estarías con Alexander en el hospital.

—No nos dejaron estar más tiempo en la habitación y le he invitado a comer —explicó Tom.

No hacía falta explicar que habían sido echados por la madre de Bill, eso sobraba y no quería que Bill se sintiera incómodo.

—¿Cómo está Alexander? —preguntó Melissa sin poderse contener.

—Mucho mejor—contestó Bill—Mañana le darán el alta.

— ¡Qué buenas noticias!—exclamó Melissa—Al final todo ha quedado en un buen susto.

— ¿Os apetece un poco de tarta?—intervino entonces Rose.

Había notado la gran tensión que reinaba en su cocina, y lo incómodo que parecía Bill con la presencia de Andreas y Melissa.

—Gracias, pero no queremos molestar—contestó Anderas por los dos.

—No lo hacéis—apuntó Bill tratando de ser cordial—Si estáis en vuestro descanso soy yo el que quizás moleste.

—Para nada, querido —dijo con firmeza Rose secándose las manos en el delantal—En mi cocina, no molesta nadie.

Bill le dedicó una sonrisa agradecida, pero Tom ya se estaba incorporando empujando suavemente la silla hacia atrás.

—Pero hemos comido mucho, y me está apeteciendo dar un paseo —dijo estirándose con discreción—El aire fresco me vendría bien.

Bill se le quedó mirando pensando si le apetecía regresar a casa o acompañar a Tom en ese paseo, pero no se atrevía decirlo delante de Andreas y Melissa.

—¿Te apetece venir? —preguntó Tom sin presionarle.

Bill dudó un segundo más y luego asintió con la cabeza. La idea de caminar dejando que el cuerpo se moviera mientras la cabeza se despejaba le parecía mejor que quedarse atrapado en pensamientos que no llevaban a ninguna parte.

—Sí, vamos—respondió poniéndose en pie también.

—¿Queréis que os prepare algo para la merienda? —preguntó Rose desde la encimera ya con una bolsa de papel en la mano.

—Solo si cabe un par de esos bollitos mágicos de canela—bromeó Tom.

Rose se echó a reír y les preparó una pequeña bolsa con dos bollitos aún tibios envueltos en servilletas que entregó a Tom.

—Para que no os olvidéis de volver cuando queráis más —dijo con una sonrisa cómplice.

Salieron por la puerta trasera, dejando atrás el murmullo de la cocina y todo aquello que querían olvidar.

En la cocina se quedaron Andreas y Melissa, con una atareada Rose que apenas les prestaba atención.

— ¿Te apuntas a la barbacoa o no?—insistió Melissa por última vez.

—Ya te he dicho que he quedado con Víctor—contestó Andreas en voz baja para que Rose no le escuchara—Ayer estaba raro y hoy sigue igual, le pasa algo y cuando le he preguntado se ha puesto muy nervioso. Me ha dicho que quedamos luego y me lo cuenta todo.

—Pues veniros a la barbacoa, llevamos días planeándolo y tenemos todo comprado—insistió Melissa una vez más.

—Podemos dejarla para otro día—insistió Andreas a su vez—Creo que Víctor se sentirá más cómodo hablando solo conmigo.

Melissa se dejó caer en una de las sillas que Bill y Tom habían dejado vacía, con un suspiro que parecía arrastrar más que solo el cansancio físico. Últimamente todo lo que planeaban no salían como esperaban, siempre había algo como una repentina llamada, un cambio de turno inesperado o un accidente de lancha que torcía el rumbo, y ese vaivén constante empezaba a pesarle.

Apoyó los codos en la mesa y se frotó la frente con ambas manos como si quisiera borrar la frustración acumulada. Andreas la observó en silencio sin atreverse a moverse. Sabía que cuando se sentía así no necesitaba consuelo inmediato sino tiempo y espacio para procesarlo.

—No sé para qué seguimos intentando organizar cosas—murmuró Melissa al fin—Siempre hay algo que lo estropea y ya no sé si es mala suerte o que simplemente no nos toca.

Andreas se sentó a su lado, con gesto también cansado.

—Quizás no se trata de que nos toque—dijo suspirando—Quizás solo tenemos que aprender a movernos con lo que hay, aunque lo que haya sea un caos.

Melissa lo miró de reojo sin responder. Pero en su expresión había algo más que agotamiento.

Había una grieta.

Una que no venía solo de los planes fallidos, sino de la sensación de que todo el mundo parecía estar tomando decisiones sin contar ya con ellos.

Continúa… 

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por lyra

Escritora del Fandom

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