Incomplete 43

Incomplete 43

Fic TOLL de lyra

Capítulo 43

Desde su cama de hospital Alexander tenía la televisión encendida sin volumen y con el móvil apoyado sobre el pecho. Estaba muerto de aburrimiento, había releído los mismos mensajes una y otra vez, hojeado las redes sin interés y contado los azulejos de la pared por lo menos dos veces. El aburrimiento se le había instalado como una segunda piel.

Eleonore había regresado tras la comida impecable como siempre y dejado una pequeña maleta sobre la silla junto a la cama.

—Te he traído la ropa para mañana—explicó—Y también tu neceser con el cepillo de dientes.

Alexander asintió sin entusiasmo imaginándose lo que había dentro de la maleta, ropa suya bien doblada elegida sin haberle preguntado a él su opinión.

— ¿Papá no va a venir?—preguntó de repente Alexander.

—Está muy ocupado en su consulta—contestó Simone—Además también tiene que hablar con la policía sobre tu investigación, y con Jörg para que investiguen el Keller.

Alexander resopló al escucharlo, mucho se temía que por su culpa el Keller sería sometido a un registro de arriba abajo sin encontrar nada, o quizás si que se pasara allí cocaína o cualquier tipo de droga.

En esos momentos el médico entró por la puerta con una sonrisa profesional y un tono amable seguido de la misma enfermera que le había llevado la comida.

—Vamos a quitarte el gotero —anunció—Ya no lo necesitas, y así te sentirás más libre.

Alexander observó cómo la enfermera retiraba el tubo con movimientos precisos. Sintió un pinchazo leve, pero la sensación de tener el brazo libre le pareció casi simbólica. Como si pudiera empezar a recuperar algo de control.

—¿Puedo caminar un poco por el pasillo?—preguntó esperanzado Alexander.

—Solo por la habitación para ir al baño y si no te mareas—contestó el médico negando con la cabeza—Ya tenemos el resultado de todas las pruebas y son inmejorables, así que mañana regresas a casa.

— ¿Y para qué esperar?—inquirió Alexander—Si me encuentro mucho mejor y las pruebas lo confirman deme ya el alta, que aquí me aburro.

—Me temo que no es tan rápido—dijo el médico sonriéndole—Hay que rellenar muchos informes aún, hacer una copia para que se lo lleve la policía y tenerte otra noche más en observación, por protocolo.

Alexander se cruzó de brazos resoplando, estaba claro que le estaban castigando por el accidente.

—Gracias por todo doctor—intervino Eleonore.

El médico asintió con la cabeza y salió de la habitación seguido de la enfermera.

—Pues en vista que ya te encuentras mejor y no estás atado a la cama, voy a hacer unos recados—dijo Eleonore cogiendo su bolso.

— ¿Te vas otra vez y me dejas solo?—preguntó Alexander.

—Si me quedo tampoco es que conversemos mucho, y vamos a terminar discutiendo—murmuró Eleonore.

—Pues llamo a Bill y que venga a hacerme compañía—dijo Alexander cogiendo el móvil.

—Está incomunicado—apuntó Eleonore—Simone me lo ha contado hace unos minutos, cuando ha regresado a casa no estaba y por más que le llama tiene el móvil apagado. Está muy enfadada y cuando Bill regrese pasará castigado el resto del verano.

Alexander se quedó procesando sus palabras.

¿Bill desobedeciendo a su madre?

¿Desde cuando se atrevía a hacerlo?

—En fin, me voy—dijo Eleonore caminando hacia la puerta—Regresaré en unas horas, tú descansa y trata de dormir un poco.

Alexander se quedó observando como se marchaba su madre y se quedó solo de nuevo. Pero esa vez sin cables ni tantas restricciones. Se incorporó con lentitud, bajó los pies al suelo y se quedó sentado unos segundos sintiendo el peso de su cuerpo como si fuera nuevo.

Miró la maleta con su ropa.

Luego miró el móvil.

Y por último miró la puerta.

Quizás era momento de moverse y comprobar que el mundo seguía ahí fuera.

Se puso en pie con cuidado y sujetándose a la silla que había a un lado de la cama empezó a caminar con pasos cortos comprobando que no se mareaba. Se apoyó en la pared con una mano y entró en el baño frunciendo el ceño al ver su aspecto. Estaba muy pálido y el camisón blanco que llevaba no ayudaba mucho. Abrió el grifo, se lavó la cara y tras usar el baño regresó a la cama para sentarse.

Cogió la maleta y sacó de ella la ropa que su madre le había llevado, sonriendo al ver que también había una muda limpia. Fue lo primero que se puso antes de deshacerse del camisón, y luego se vistió con lentitud.

Se largaba del hospital, no pensaba permanecer allí ni un minuto más si no era necesario.

Terminó de vestirse y calzarse y cogiendo su móvil junto con el cargador que su madre le había prestado abrió lentamente la puerta de la habitación encontrándose con un pasillo vacío. A esa hora debía ser el cambio de turno de las enfermeras y por eso no veía a nadie por el pasillo, lo que jugaba a su favor.

Salió del todo de la habitación y descubrió al fondo del pasillo un cartel que señalaba por donde se iban a las escaleras de emergencia. Se decidió bajar por ellas, si cogía el ascensor fijo que se podía encontrar con alguien que mandara al traste su plan de fuga.

Echó a andar hacia las escaleras con pasos vacilantes al principio, como si cada músculo necesitara recordar cómo sostenerle. La inestabilidad que había sentido al incorporarse se fue disipando poco a poco sustituida por una energía nueva que le recorría el cuerpo como una señal de que algo dentro de él había decidido moverse.

El pasillo del hospital le pareció más largo de lo que se imaginaba pero eso no se detuvo. Pasó junto a una enfermera que le dedicó una sonrisa distraída sin sospechar nada y abriendo la puerta que daba acceso a les escaleras bajó por ellas con cuidado sintiendo cómo cada peldaño le devolvía un poco más de control.

No sabía exactamente dónde ir, lo único que sabía era que no podía quedarse allí.

No con su madre y la de Bill decidiendo todo por él.

No con Gustav manteniéndose en silencio y ausente.

No con Bill lejos de él.

Al llegar al vestíbulo, el aire le pareció distinto como más frío y real. Cogió aire con firmeza y cruzó la puerta principal sin mirar atrás mientras sacaba el móvil y llamaba un taxi que se lo llevara bien lejos de ahí.

La idea de ir al club empezó a resonar en su cabeza con fuerza, quizás Bill había decidido ir allí con Louise y Georg.

Y con ese pensamiento en mente, Alexander se metió en el taxi que se detuvo frente al hospital con una puntualidad casi sospechosa. Cerró la puerta con decisión como si ese gesto sellara su huida.

—Al Club del Lago —pidió al conductor sin vacilar.

El hombre asintió y arrancó. Alexander se recostó en el asiento sintiendo cómo el movimiento del coche le ayudaba a soltar la tensión acumulada. El hospital quedaba atrás junto con el olor a desinfectante, las miradas controladoras de su madre y el silencio que se había vuelto insoportable.

Miró por la ventana. Las calles pasaban rápidas, pero su mente iba más lenta. Pensó en tratar de enviarle un mensaje a Bill, quizás tenía el móvil sin batería y cuando lo pusiera a cargar vería su mensaje y le llamaría enseguida.

Cogió el móvil y escribió un mensaje con los dedos cruzados.

«Voy club. ¿Dónde estás?»

Alexander lo envió y esperó en vano a que Bill lo leyera de inmediato y le llamara, pero no fue así. Se guardó de nuevo el móvil y acomodándose en su asiento se concentró en la carretera deseando que el taxi llegara de una maldita vez al club.

Tenía un mal presentimiento, como si Bill estuviera evitando contestar su mensaje.

Como si su silencio fuera una forma de decirle algo que Alexander aún no quería escuchar.

&

La brisa fresca les recibió con un silencio distinto y más limpio, como si el mundo no supiera lo que había pasado en el lago. Caminaron en silencio escuchando sus pasos sobre la grava marcando un ritmo tranquilo, casi meditativo. El olor a pan recién hecho se desvanecía detrás de ellos, sustituido por el aroma de tierra húmeda y hojas caídas.

Tom llevaba la bolsa con los bollitos en una mano balanceándola con descuido. Bill a su lado mantenía la mirada baja como si el suelo le ofreciera más consuelo que el cielo.

—¿Te apetece ir hacia el camping? —preguntó Tom al cabo de unos minutos—No suele haber nadie a esta hora, están casi todos en el lago.

Bill asintió en silencio, prefería pasear por donde no hubiera nadie para así no ser visto por quien no debiera y que pensara lo que no era.

Caminaron en dirección al camping, dejando atrás el sendero principal que bordeaba el lago. El aire era más fresco allí, con el aroma de pino y tierra húmeda envolviéndolos como una manta discreta. Las voces del club se apagaban a medida que se alejaban y el silencio se volvía más íntimo y más cómodo.

Tom balanceaba la bolsa con los bollitos en una mano sin darse cuenta. Bill caminaba a su lado con las manos en los bolsillos de su chaqueta y la mirada baja.

—No me apetece que me vean —dijo al fin rompiendo el silencio con voz suave—No quiero que se saquen conclusiones precipitada, ya sabes cómo es la gente.

Tom asintió sin mirarle entendiendo sin necesidad de preguntar.

—Aquí todo se convierte en historia antes de que uno termine de vivirla—comentó resoplando.

Pasaron junto a las parcelas vacías del camping donde solo quedaban restos de hogueras apagadas y sillas plegables abandonadas. El lugar parecía suspendido en una calma eterna.

—¿Crees que Alexander está bien? —preguntó Tom de repente.

—Se estará subiendo por las paredes—contestó Bill esbozando una sonrisa—Y fijo que entre mi madre y la suya le han sacado de quicio, estará deseando que llegue mañana para abandonar el hospital.

—Quizás te ha escrito algún mensaje—apuntó Tom.

Bill se detuvo al momento y sacó el móvil del bolsillo de su pantalón, se había olvidado por completo que lo tenía y sobre todo se había olvidado de mandarle algún mensaje a Alexander para que se le hiciera menos larga la espera.

—Estoy sin batería—murmuró resoplando—El móvil se quedó ayer en la playa con mi mochila y Louise me lo devolvió esta mañana, ni miré si me quedaba o no batería.

—Vayamos a mi bungalow, a ver si te sirve mi cargador o el de Andreas—sugirió Tom.

Bill asintió con la cabeza y echaron a andar con más rapidez que antes. Llegaron al bungalow donde vivía Tom y Andreas y entraron en el.

—Tengo mi cargador en el cajón de esta mesa—explicó Tom abriéndolo.

Lo sacó y se lo enseñó a Bill, quien negó con la cabeza.

—Tengo un iPhone—explicó Bill enseñándoselo.

Tom se le quedó observando, no tenía nada que ver con su triste Xiaomi de segunda mano que le compró al amigo de un amigo que le prometió que no era robado.

—Pues creo que el de Andreas tampoco te va a servir—comentó Tom—Aunque juraría que Melissa tiene un iPhone también, pero habrá que esperar a que termine el turno o regresar al club.

—No me apetece regresar al club, la verdad—dijo Bill dejándose caer en el sofá.

Entre lo poco que había dormido, que se sentía muy a saciado tras la deliciosa comida y el paseo que habían dado empezaba a sentirse muy somnoliento.

—Pues acuéstate y descansa un poco—invitó Tom—Y cuando venga Melissa cargas el móvil y le mandas un mensaje a Alexander, o le llamas.

Bill asintió con la cabeza cerrando los ojos mientras se acomodaba con lentitud en el sofá como si sintiera que el cuerpo le pesara el doble. Dejó que el silencio del salón lo envolviera y poco a poco se fue quedando profundamente dormido.

Tom se quedó de pie unos segundos observando cómo se rendía al cansancio que no era solo físico. Había algo más, una mezcla de agotamiento emocional y necesidad de desconexión.

Se acercó a él y le echó por encima una manta con cuidado de no despertarlo. Luego retrocedió unos pasos y tomó asiento en una butaca cercana sin hacer ruido para estar cerca por si despertaba y necesitaba hablar. Y mientras esperaba cerró los ojos apenas unos segundos, cayendo él también profundamente dormido.

&

El taxi se detuvo en el parking del club con un leve chirrido de ruedas sobre la grava. Alexander bajó sin esperar a que el conductor dijera nada, pagó con el móvil en un gesto rápido y se quedó unos segundos de pie mirando hacia el edificio principal. Sabía lo que le esperaba si cruzaba la puerta del club.

Preguntas, miradas y especulaciones.

Y no estaba para eso.

Rodeó el edificio por el lateral siguiendo el camino de servicio que conocía bien. Había estado allí suficientes veces como para saber que la puerta trasera de la cocina solía estar sin llave durante el día especialmente si Rose estaba dentro. Y si no, siempre había alguien que la dejaba sin querer entreabierta.

La encontró tal como esperaba, entornada y con el olor a pan y albahaca aún flotando en el aire. Empujó con cuidado y entró.

Andreas estaba sentados a la mesa que había junto a la ventana y Rose atendía los fogones mientras hablaba más para si sola acerca del menú que iba a preparar para el día siguiente. Andreas parecía no escucharla con los codos apoyados en la mesa y la cabeza ligeramente mirando por la ventana.

Ambos se volvieron a escuchar la puerta.

— ¡Alexander!—dijo Andreas sorprendido.

Alexander se quedó en el umbral con la cara aún pálido por el esfuerzo del viaje. Tanto Andreas como Rose le miraban con una expresión de asombro en sus caras.

—No quería entrar por la puerta principal —dijo simplemente—No estoy para contestar preguntas ni dar explicaciones.

—Parece que te vas a caer de un momento a otro—dijo Rose con firmeza—Pasa y toma asiento, y también un café bien cargado. Lo estás pidiendo a gritos.

Andreas se levantó al momento y le señaló la mesa para que se acercara. Alexander se lo agradeció con una sonrisa y ocupó una de las sillas.

—Solo necesito descansar un poco—susurró.

— ¿No te daban el alta mañana?—preguntó Andreas de repente.

Alexander asintió con la cabeza mientras que Rose ponía una taza de café delante de él junto con uno de sus bollitos de canela.

—No me digas que te has escapado —murmuró Rose, chasqueando la lengua mientras se cruzaba de brazos frente a él—Hay otras formas de hacer las cosas, Alexander.

—Ya estoy mejor, ¿para qué esperar a mañana? —replicó él encogiéndose de hombros—No tenía sentido que siguiera allí.

—¿Te has mirado en un espejo?—inquirió Andreas con tono seco—Estás hecho una mierda.

Alexander lo miró sin inmutarse como si ya esperara en él ese tipo de reacción. Se acomodó en su asiento sintiendo un zumbido leve en las sienes que no terminaba de irse.

—Estoy cansado, no muerto —replicó en voz baja—Solo quería estar lejos de esa habitación blanca con mi madre vigilándome como si fuera un niño pequeño.

—¿Bill sabe que te has escapado?—quiso saber Rose.

—Le escribí pero no me ha respondido—contestó Alexander negando con la cabeza.

Rose soltó un suspiro y se giró de nuevo hacia los fogones como si necesitara ocuparse las manos para no decir lo que pensaba.

—Pues más vale que se lo digas tú antes de que se entere por otro—dijo sin mirarle—Y que no se te ocurra desmayarte en mi cocina, que hoy no estoy para sustos.

—Tal vez deberíamos avisar a alguien—comentó Andreas.

—Estoy bien—insistió Alexander—No necesito que llaméis a nadie, solo necesito descansar un poco y reponer fuerzas.

—Pues si te caes redondo, yo no pienso recogerte sola—bromeó Rose.

Alexander soltó una risa, breve pero genuina, la primera que se le escapaba en todo el día. No era una carcajada, pero bastó para que el ambiente en la cocina se aflojara un poco, como si esa pequeña grieta en su agotamiento permitiera que entrara algo de aire.

Se terminó el café que Rose le había servido y el bollito de canela, y entonces pareció que su aspecto empezó a mejorar.

—Ya tienes mejor color—comentó Rose retirando la taza usada—Mis bollitos son milagrosos.

—Pues entonces sigo con mi búsqueda—murmuró Alexander poniéndose en pie con cuidado— ¿Sabéis si Bill está en el club?

—Estuvo aquí comiendo con Tom—contestó Rose con naturalidad—Luego se fueron a dar un paseo, creo que hacia el camping. No querrían cruzarse con nadie.

Alexander asintió, procesando la información.

Paseando con Tom por el camping, claro.

Bill buscaba un lugar por donde pasear si que nadie pudiera verle en una situación complicada de explicar, como qué demonios está haciendo paseando con un simple camarero cuando su novio acababa de tener un accidente y estaba en el hospital.

—Gracias por la información—murmuró dirigiéndose hacia la puerta con paso lento pero decidido.

—¿Seguro que estás para caminar tú solo por ahí?—preguntó Andreas preocupado.

Alexander asintió con la cabeza y salió por la misma puerta por la que había entrado minutos antes. Entonces Andreas se movió con rapidez y salió de la cocina para buscar a Melissa que estaba en el almacén haciendo inventario.

—Melissa, tienes que hacerme un gran favor—pidió Andreas en voz baja.

— ¿Aquí, entre las cajas de cervezas?—bromeó Melissa soltando una carcajada.

—Esto es muy serio—dijo con firmeza Andreas—Acaba de presentarse Alexander en la cocina, se ha escapado del hospital.

Melissa se quedó sin habla al escucharle, como si le costara procesar la información recibida.

—Ha ido en busca de Bill, Rose le ha dicho que están paseando por el camping con Tom sin darse cuenta de lo que ha hecho—siguió diciendo Andreas—Si Alexander les encuentra a solas no sé que será capaz de hacer, y ninguno de los dos no se lo merece.

Melissa lo sabía, a Alexander le daría un ataque de celos y era capaz de hacer una locura cuando se ponía en ese estado.

— ¿Y qué podemos hacer?—preguntó Melissa con miedo.

—Alexander no se encuentra bien del todo y tardará mucho en llegar al camping—aventuró Andreas—Si sales ahora y echas una carrera llegas antes que él, fijo que Bill y Tom están en nuestro bungalow merendando.

— ¿Y por qué no vas tú?—inquirió Melissa.

—Porque a mi me ha visto en la cocina, es mejor que vayas tú y le des una coartada a Tom—explicó Andreas por encima—Invéntate lo que sea, que yo me encargo de David. Le diré que te has puesto mala y te has tenido que ir… ¡que te ha bajado la regla!

Melissa lo miró con una mezcla de incredulidad y resignación.

—¿De verdad quieres que use lo de la regla como excusa otra vez? —dijo arqueando una ceja.

—Siempre funciona—replicó Andreas encogiéndose de hombros—David se pone incómodo con ese tema y nunca hace preguntas. Es infalible.

—De acuerdo—cedió Melissa suspirando.

—Avisaré también a Tom para que se vayan preparando—murmuró Anderas yendo al vestuario a recoger su móvil

Melissa ya no le escuchaba, había salido del almacén dejando a Andreas avisando primero a Tom para luego encargarse de David que estaba en su despacho trabajando. Cruzó el club con pasos rápidos y decididos y cuando llegó al embarcadero Christine la llamó al momentos.

— ¿Dónde crees que vas?—preguntó viendo como pasaba de largo ante ella—Estamos hasta arriba de trabajo, guapa.

Melissa la ignoró y echó a correr por la playa usando el sendero que bordeaba el club, con la esperanza de llegar al bungalow antes de que Alexander lo hiciera.

Sabía que no era solo una carrera contra el tiempo.

Era una carrera contra los malentendidos que empezaban a acumularse uno sobre otro hasta formar una torre que amenazaba con venirse abajo de un momento a otro.

&

En el bungalow el silencio era casi absoluto, roto solo por el murmullo lejano del viento entre los árboles y el crujido ocasional de la madera. Bill y Tom dormían profundamente, cada uno en su rincón del salón rendidos por el peso de las emociones acumuladas durante el día.

Bill seguía tumbado en el sofá con una manta ligera cubriéndole hasta la cintura y el rostro relajado, como si por fin hubiera encontrado al fin un respiro. Su móvil sin batería descansaba sobre la mesa, ajeno a los mensajes que esperaban ser leídos.

Tom en la butaca cercana dormía con la cabeza ladeada y una mano colgando hacia el suelo con los dedos apenas rozando la alfombra. La bolsa con los bollitos seguía sobre la barra de la cocina olvidada, como testigo mudo de una merienda que nunca llegó a realizarse.

Ambos estaban sumergidos en sus sueños lejos de las tensiones del club, de las preguntas sin respuesta y de los silencios que dolían más que las palabras. En ese momento, no existía el club, Alexander ni nadie más que ellos dos.

Solo había descanso.

Entonces el sonido del móvil rompió el silencio como un disparo. Bill y Tom se incorporaron de golpe en sus asientos desorientados y con los ojos aún nublados por el sueño. Durante unos segundos se quedaron mirando sin saber qué hora era o dónde estaban.

Tom reaccionó primero. Se inclinó hacia la mesa, y cogió su móvil leyendo en la pantalla el nombre de la persona que los había arrancado de su reparador descanso.

—Es Andreas —murmuró ya más despierto.

Desde el sofá Bill se frotaba los ojos aún aturdido mientras que Tom descolgaba la llamada.

— ¿Pasa algo, Andreas?—preguntó ahogando un bostezo.

La voz de Andreas llegó rápida, sin preámbulos.

—Alexander va para allá—soltó Andreas sin aliento—Se ha escapado del hospital y está buscando a Bill, ha pasado por la cocina del club y Rose le ha dicho sin querer donde estáis. No está bien del todo, pero si os encuentra juntos es capaz de montar una escena.

Tom se quedó en silencio, procesando toda la información recibida. Bill se incorporó más, notando el cambio en la expresión de su cara.

— ¿Le ha pasado algo a Alexander?—preguntó echándose a temblar de miedo.

—Se ha escapado del hospital—murmuró Tom tapando el micrófono del móvil con la mano.

Bill se quedó en silencio sintiendo que el corazón le daba un vuelco. No por miedo, sino por la mezcla de culpa, sorpresa y algo más difícil de nombrar.

—Le he pedido a Melissa que vaya para el bungalow para poder echaros una mano con una coartada creíble—siguió explicando Andreas—Seguro que llega antes que Alexander y en cinco minutos la tenéis allí.

—Gracias, Andreas—dijo Tom dando la conversación por finalizada.

Colgó la llamada y dejando de nuevo el móvil sobre la mesa se volvió hacia Bill.

—Tenemos cinco minutos como mucho—dijo poniéndose en pie.

— ¿Y si me escondo?—preguntó Bill aún desorientado por la siesta.

—Sabe que estás aquí conmigo, Rose se lo dijo sin saber lo peligrosa que es esa información—contestó Tom suspirando.

La pobre Rose no tenía la culpa, pensó que no pasaba nada por decirle a Alexander donde estaban.

—Prepárate, porque esto no va a ser fácil—murmuró Tom con firmeza.

—No hemos hecho nada—dejó Bill bien claro.

—Lo sé, pero conoces mucho mejor que yo a Alexander y sabes lo que va a pensar nada más vernos aquí a los dos solos —insistió Tom sin apartar la mirada de Bill.

Bill se pasó una mano por la cara como si intentara despejarse del todo. El sueño aún le pesaba pero la tensión empezaba a instalarse en su pecho.

—No hemos hecho nada —repitió de nuevo para sí mismo—Solo hemos comido juntos y dado un paso por el camping. No hay nada más que explicar.

—Precisamente —dijo Tom—No hay nada que explicar, pero Alexander no va a pedir explicaciones. Va a sacar conclusiones y tú sabes cómo se pone cuando siente que el juego no está saliendo como él quiere o puede perderte.

Porque ya lo había visto él mismo con sus propios ojos cuando se conocieron, Alexander llegó a pensar que le gustaba Bill y aunque no andaba muy desencaminado se comportó como un león en celo queriendo proteger a su pareja.

Bill se incorporó del todo, dejando la manta a un lado. Miró el móvil, aún sin batería, y luego la puerta.

— ¿Y qué quieres que haga?—preguntó Bill desesperado— ¿Me disculpo por estar aquí contigo?

—Si Alexander entra ahora mismo por la puerta no va a ver a dos amigos manteniendo una simple conversación—dijo Tom resoplando—Va a ver lo que más teme, y eso no se arregla con palabras.

Bill asintió con la cabeza resignado y se levantó del sofá. Cogió la manta con la que Tom le había tapado y la dejó bien doblada no pudiendo evitar pensar en e detalle que había tenido y lo cuidadoso que había sido que ni se había dado cuenta de que le tenía cerca.

Entonces escucharon unos pasos en el sendero de arena que llevaba al bungalow. Tom se movió de inmediato aún con el cuerpo algo entumecido por la siesta, y caminó hacia la puerta con la certeza de que Melissa había logrado llegar antes.

Pero estaba muy equivocado.

Porque al abrir la puerta se encontró cara a cara con Alexander

Continúa… 

Gracias por la visita. Si te ha gustado, comenta 😉

por lyra

Escritora del Fandom

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!