
Fic TOLL de lyra
Capítulo 49
No podía engañar a nadie, y mucho menos a sí mismo.
Eso era lo que cruzaba por la mente de Alexander cuando, en lugar de levantarse y poner distancia entre él y Gustav, se dejó caer de nuevo en la tumbona soltando una maldición entre dientes.
—Date prisa—gruñó sin mirarle—Que mis padres no nos vean.
Gustav sonrió al escucharle y con la mano aún bajo su bañador se inclinó sobre él mientras sacaba al aire su erección y separando los labios engullía de un bocado. Alexander emitió un jadeo prolongado mientras cerraba los ojos y se dejaba llevar poniendo ambas manos sobre la cabeza de Gustav marcando el ritmo al mismo tiempo que movía las caderas alzando la pelvis contra sus labios sintiendo como se esforzaba en succionar con avidez al tiempo que le pasaba la lengua de arriba abajo.
Gustav no estaba acostumbrado a hacer eso, Alexander pocas veces se dejaba y era el único chico con el que él se acostaba. Se sentía un poco torpe pero lo tendría que estar haciendo muy bien porque Alexander no dejaba de gemir y podía sentir cómo se iba poniendo cada vez más duro en su boca.
Hasta que no lo pudo resistir y Alexander se dejó llevar embistiendo con fuerza una y otra vez la boca de Gustav hasta derramarse dentro entre profundos jadeos. Se mantuvo quieto aún sin salir de su boca hasta que sintió que quedaba vació del todo y exhausto, entonces se dejó caer de nuevo en la tumbona mientras que Gustav se incorporaba pasándose la mano por los labios con una sonrisa iluminando su cara.
— ¿No eras tú quien decía que no le iba eso de chupar pollas y tragarse mierdas?—soltó Alexander sin poderse contener.
Gustav se le quedó mirando sin entender ese cambio de actitud, ¿cómo podía herirle de esa manera insultándole después de lo que se había rebajado a hacer?
—No es así como se arreglan las cosas—dijo Alexander mirándole fijamente mientras se recomponía su ropa—Sé que solo lo has hecho para que te perdone y olvide lo sucedido.
— ¿Quieres también que me arrastre por el suelo?—estalló Gustav sin poderse contener.
—Si de verdad quieres pedirme perdón, empieza por respetarme —murmuró Alexander mirándole fijamente —No haciéndome sentir que te debo algo.
—No quería hacerte sentir eso —confesó Gustav en voz baja—Solo… no sabía cómo acercarme. Me sentía culpable, y pensé que si te hacía sentir algo aunque fuera rabia, al menos me mirarías.
—Te estoy mirando ahora mismo Gustav—dijo Alexander sonriendo—Y lo que veo es que eres patético.
—Lo siento , ¿vale?—gritó Gustav sin poderse contener—No es necesario que me insultes o me utilices, siento mucho no haber estado cuando debía. Ha sido la única manera que he encontrado para poder acercarme a ti por que es la única que entiendes.
Alexander lo miró con una mezcla de incredulidad y decepción. Se incorporó del todo en la tumbona sin apartar la mirada de él.
—¿La única que entiendo? —repitió con voz baja— ¿De verdad crees que necesito que me toquen o me la chupen para entender que alguien se preocupa por mí?
Gustav separó los labios dispuesto a hablar pero no encontró palabras. Alexander se levantó sin brusquedad pero con firmeza.
—Si eso es lo que piensas de mí, entonces no me conoces en absoluto —añadió—¿Por qué siempre tiene que ser así? Como si no tuvieras otra forma de acercarte a mí que no sea empujándome al límite.
—Porque siempre ha sido así—murmuró Gustav—Es la única manera que ambos entendemos y ya deberías estar acostumbrado.
—Pues quiero que las cosas cambien—dijo con firmeza Alexander—Se lo he prometido a Bill.
—Y después de prometérselo dejas que te la chupe—rio con ironía Gustav—En serio Alexander, parece que el golpe te ha dejado atontado.
—Me ha hecho ver las cosas con más claridad—apuntó Alexander—Solo he tenido un momento de flaqueza que no se va a volver a repetir.
—¿Y eso qué significa? —preguntó Gustav con voz tensa—¿Qué ahora vas a hacer como si nada hubiera pasado?
—Significa que no voy a seguir repitiendo los mismos errores—contestó con firmeza Alexander— Que no voy a traicionar lo que siento por Bill solo porque tú aparezcas cuando te conviene.
—No fue solo por mí —murmuró Gustav—También fue por ti. Porque sé que te cuesta estar solo y a veces necesitas que alguien te recuerde que sigues aquí.
—Para eso está Bill, ya lo he comprendido—dijo Alexander mirándole fijamente—Anoche ambos nos dimos cuenta lo que somos el uno para el otro, y no quiero estropear eso. Así que hazme el maldito favor de largarte y no volver a venir a mi con esas intenciones.
Gustav se puso en pie al momento, se sentía sucio y utilizado por Alexander una vez más. Pero había otro tema que quería aclarar con él, y no podía marcharse sin haberlo hablado.
—Dicen que en las analíticas salió que habías tomado coca—soltó sin aliento— ¿Le has dicho a alguien que te la pasé yo?
—Por supuesto que no se lo he dicho a nadie—contestó con firmeza Alexander—Ni a los médicos, ni a mis padres y mucho menos a la policía.
Porque eso significaría delatar a Anouk, y eso jamás se lo perdonaría.
—Anouk estuvo en el club—comentó Gustav como si le hubiera leído la mente—Si alguien la ha visto puede atar cabos.
—Tanto su madre como su hermano trabajan en el club, si estaba allí sería para visitarlos—dio Alexander tratando de calmarle—Eso será lo que diremos si alguien nos pregunta. No sabemos nada y no conocemos a Anouk, solo de vista.
Gustav asintió con la cabeza aliviado de saber que Alexander no iba a delatarle aunque solo lo hacía por salvar a Anouk. Sabía que si pudiera le delataría solo para ver como se derrumbaba. Esa idea le dolía más de lo que quería admitir.
Sabía que Alexander podía ser muy cruel cuando se lo proponía, y que cuando se sentía traicionado podía volverse implacable. El por desgracia lo había visto con sus propios ojos demasiadas veces y también sufrido en sus carnes.
Alexander era muy vengativo y si se sentía amenazado por él haría todo lo posible por hacerle pagar un precio muy elevado sin importarle su sufrimiento. Y cuando decidía actuar, lo hacía sin titubeos. No con gritos ni escándalos, sino con gestos que dolían más como una palabra dicha en el momento justo o una verdad soltada delante de quien no debía.
Por eso al ver que Alexander no lo delataría por lo de la cocaína Gustav sintió alivio pero también inquietud.
Porque sabía que no lo hacía por él.
Lo hacía por Anouk.
Y eso significaba que si algún día Alexander decidía que Gustav era una amenaza para ella no dudaría en hundirlo.
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Después de pasarse toda la tarde encerrado en su habitación Bill se sintió aliviado cuando llegó la hora de cenar y Alice fue a avisarle de que sus padres le esperaban en el comedor. Llevaba toda la tarde encerrado en su habitación sin móvil y sin nada que le conectara con el mundo exterior. Su madre había sido muy clara al respecto y tanto Alice como Greta solo obedecían sus órdenes.
Y Alice fue la encargada de ir a anunciarle de que su madre le levantaba al fin el castigo y le permitía bajar al comedor para cenar con ella y su padre.
Bill se incorporó con lentitud como si el cuerpo le pesara más de lo normal. Fue al armario y lo abrió para cambiarse de ropa por otra más adecuada que su madre encontrara satisfactoria. Solo entonces se atrevió a salir de la habitación y bajar al comedor.
Allí su madre lo esperaba con la espalda recta y la mirada afilada. Su padre como siempre hojeaba el periódico como si permaneciera ajeno a la tensión que existía. Bill se dio prisa en ocupar su asiento y solo entonces habló su madre.
—Espero que hayas reflexionado —dijo Simone sin levantar la voz—Porque esto no ha terminado.
Bill se quedó en silencio, con la cabeza baja. Pero dentro de él, la promesa seguía intacta.
No iba a rendirse.
No con Alexander a su lado.
No esa vez.
—Lo de ayer fue un escándalo —siguió diciendo Simone al fin sin levantar la voz—Que Alexander se escapara del hospital ha sido toda una vergüenza. Y que tú estuvieras involucrado, aún más.
Bill apretó los dientes. Su padre no dijo nada, como siempre. Greta entraba y salía del comedor sirviendo la cena en su habitual silencio ajena a las conversaciones que se mantenían en esa mesa.
—Sabes que no tolero comportamientos como ese bajo mi techo—le recordó Simone.
Bill tragó saliva, sintiendo cómo se le encendía algo en el pecho. Era miedo, culpa y rabia. Todo mezclado.
—Yo no tuve nada que ver en eso —dijo con voz firme—No fui yo quien le hizo salir del hospital.
Simone lo miró con frialdad, como si sus palabras fueran una provocación.
—¿Y qué hiciste entonces?—quiso saber Simone—¿Dónde estuviste toda la noche?
Bill alzó la cara y le sostuvo la mirada a su madre aunque le temblaban las manos bajo la mesa.
—Estuve a su lado—contestó con firmeza—Porque ambos lo necesitábamos.
Simone dejó el cuchillo sobre el plato con un golpe seco.
—Eso no te hace inocente —murmuró—Te hace cómplice.
—Me hace humano—apuntó Bill sin levantar la voz—Y si eso es un problema, entonces sí, soy culpable.
El silencio que siguió fue denso, pero Bill no se inmutó. Por primera vez había dicho a su madre lo que pensaba. Y aunque sabía que no lo iba a perdonar fácilmente, al menos sabía que Alexander habría entendido lo que significaba para él.
Simone lo observó con una expresión que no se alteraba pero que contenía una tensión casi eléctrica. No estaba acostumbrada a que su hijo le respondiera, y mucho menos con esa serenidad que desarmaba más que cualquier grito.
—No confundas humanidad con debilidad—dijo al fin, cortando el filete con precisión —Lo que hiciste fue imprudente, y lo imprudente se paga.
Bill no apartó la mirada. Su padre seguía sin intervenir, refugiado tras el periódico como si no escuchara nada.
—Lo que hice fue estar con alguien que me importa y a quien yo le importo—replicó Bill—Y si eso te parece imprudente, entonces es que no me conoces en absoluto.
Simone volvió a dejar el cuchillo sobre el plato con un golpe seco. Greta apareció en ese momento con la fuente de verduras pero se detuvo en seco al notar el ambiente. Simone le hizo un gesto para que siguiera sin decir palabra alguna.
—No me interesa lo que tú creas que es importante—siguió hablando Simone como si no estuviera Greta—Me interesa que entiendas que tus actos tienen consecuencias. Y que no vas a salir impune.
Bill apretó los puños bajo la mesa, pero mantuvo la voz firme.
—Ya estoy pagando las consecuencias—replicó de nuevo—Me has quitado el móvil, me has encerrado y me estás humillado delante Greta. ¿Qué más quieres?
Simone se inclinó ligeramente hacia él, con los ojos encendidos.
—Quiero que aprendas—exigió en un susurro—Que no vuelvas a poner en riesgo el nombre de esta familia por un capricho adolescente.
—Alexander no es un capricho—dijo Bill sin levantar la voz—Es la única persona que me ha hecho sentir querido y que no estoy solo.
Simone se quedó en silencio mirándole fijamente mientras que Greta continuaba sirviendo las verduras sin levantar la mirada. Jörg pasó la página del periódico que estaba leyendo y Bill por primera vez en su vida sintió que había cruzado una línea y que no pensaba volver atrás.
—Será mejor que dejemos esta conversación para cuando estés más tranquilo —murmuró Simone con tono contenido—Tómate la medicación y ve a descansar. Ya has tenido suficientes emociones por hoy.
La medicación.
Su madre se refería a las pastillas que el padre de Alexander le había recetado tiempo atrás para momentos concretos. No eran parte de un tratamiento regular, sino un recurso puntual como cuando el llanto amenazaba con desbordarlo o cuando sentía que el pecho se le cerraba y no podía respirar.
Cuando el mundo parecía demasiado afilado para enfrentarse a el sin ningún tipo de ayuda.
Bill sabía lo que significaban esas pastillas. No solo el efecto químico, sino el silencio que implicaban, la contención y el mandato de no sentir demasiado. Y por eso no se movió cuando como por arte de magia Greta entró de nuevo en el comedor y dejó junto a su vaso de agua un platito donde descansaba la pastilla mencionada.
—No la necesito —dijo con voz baja pero clara.
—No estás en condiciones de decidir eso—murmuró Simone mirándole como si acabara de cometer una falta grave.
—Me siento mejor que nunca—apuntó Bill—Y no voy a tomar nada solo para dejar de sentir lo que siento.
Su padre bajó el periódico por primera vez, pero no dijo nada. Solo se le quedó observando como si no supiera si intervenir o no.
—Esto no es una negociación, Bill—siseó Simone incorporándose ligeramente en su asiento.
—No—admitió con firmeza Bill—Es una decisión, y por una vez seré yo quien la tome.
El silencio que siguió fue distinto.
No era tenso.
Era definitivo.
Simone no se movió, su rostro permanecía impasible pero en sus ojos se encendía algo más frío que la decepción. Cálculo.
—Muy bien —dijo al fin, con una calma que helaba—Si no vas a colaborar, tendré que tomar otras medidas.
Bill se puso tenso. Sabía que cuando su madre hablaba así, no era una advertencia. Era una promesa.
—¿Qué medidas?—preguntó, sin levantar la voz.
Simone se incorporó con elegancia como si estuviera cerrando una reunión y no una cena familiar.
—A partir de mañana no irás más al club, no estás en condiciones—dijo Simone con firmeza—Y tampoco recibirás visitas ni llamadas. Te quedarás en casa y solo podrás salir para acudir a terapia con el doctor Vandael, ayer te la saltaste y está claro que has tenido una recaída. Irás dos veces por semana y si no mejoras le pediré que te suba la dosis o incluso busque una clínica donde poder ingresarte unos días.
Bill se quedó inmóvil, con la mandíbula apretada y los ojos clavados en el mantel. Cada palabra de Simone era como una piedra más sobre su pecho, una forma de encierro que no necesitaba barrotes. Lo que más le dolía no era el castigo sino la certeza de que su madre no quería entenderle, solo corregirle.
—No he tenido una recaída —dijo con voz contenida—He tenido un momento de lucidez aunque tú no sepas lo que eso significa.
Simone lo observó con la misma frialdad de siempre, como si sus emociones fueran un síntoma más que debía erradicarse.
—Lo que significa es que no estás estable —replicó—Y no voy a permitir que pongas en riesgo tu salud ni la reputación de esta familia.
—¿Y qué pasa si ya me he cansado de seguir fingiendo?—saltó Bill procurando no levantar la voz— ¿Si no quiero seguir tomando esas pastillas para ser alguien que no soy?
—Entonces no me dejas alternativa—respondió Simone—Hablaré con el doctor Vandael sobre un ingreso inmediato y si él da su visto bueno no dudaré en hacerlo por tu bien. Aunque tengas que permanecer ingresado durante semanas o incluso meses.
Bill sintió que el suelo se le movía bajo los pies.
Era como si su madre no solo lo quisiera silenciar.
Quería borrarlo.
—¿Y Alexander?—preguntó casi sin aliento—¿También vas a prohibirme pensar en él?
Simone se levantó con elegancia, como si la conversación hubiera terminado.
—Alexander no es tu problema—dijo Simone levantándose con elegancia de la mesa—Tu problema eres tú mismo.
Salió el comedor sin terminar la cena dando por terminada la conversación aunque aún quedaban palabras por decir. La discusión con su hijo le había quitado el apetito por completo. Se dirigió a su habitación con paso firme y pese a lo tarde que era cogió el móvil y marcó el número de Gordon Vandael. Necesitaba concertar una cita para el día siguiente, tenía que saber si su hijo estaba realmente en condiciones de seguir con su vida como si nada hubiera pasado o si por el contrario requería ser ingresado durante unos días.
A solas con su padre, Bill se le quedó mirando con los ojos llenos de lágrimas. Había permanecido en silencio durante toda la cena, escuchando cada palabra y cada decisión impuesta por su madre. Sentía que volvía a ser invisible para su padre, como si el gesto de apoyo del día anterior hubiera sido solo un espejismo.
—¿Papá?—le llamó con la voz quebrada.
—Tómate la pastilla, Bill—pidió Jörg con suavidad sin levantar la mirada de su cena.
—¿La has oído?—dijo Bill negando con la cabeza—Está hablando de ingresarme, como si estuviera loco.
—No va a conseguirlo—respondió Jörg, al fin mirándole—Te lo prometo, pero ahora haz lo que te ha pedido y toma la pastilla. Necesitas descansar.
Bill dudó unos segundos, sintiendo que cada gesto era una renuncia. Al final cedió. Tomó la pastilla con dedos temblorosos, se la llevó a los labios y bebió un sorbo de agua tragando despacio.
—Eso no va a cambiar lo que siento —murmuró después, con voz temblorosa pero firme.
Jörg no respondió. Pero en el silencio que siguió, Bill supo que estaba solo.
Y que tendría que encontrar su propia forma de resistir.
—Hablaré con tu madre—dijo Jörg poniéndose en pie de inmediato—Termina de cenar y ve a descansar, mañana te espera un día largo.
Bill lo miró con los ojos aún húmedos, sin saber si creerle. Su padre se había puesto en pie con mucha rapidez, como si la promesa de intervenir bastara para redimirse de su silencio anterior. Pero Bill conocía bien esa dinámica de palabras suaves, gestos tardíos y luego el regreso al mutismo cuando su madre imponía su voluntad.
—¿De verdad vas a hablar con ella?—preguntó en voz baja.
Jörg asintió, evitando su mirada.
—Lo haré, te lo prometo—murmuró Jörg evitando mirarle.
Bill bajó la vista a su plato donde la cena ya estaba fría. No tenía hambre, lo que tenía era miedo de que su madre cumpliera su amenaza, de que el doctor Vandael lo mirara como un caso clínico y de que lo encerraran por sentir demasiado.
—No quiero ir a terapia dos veces por semana —murmuró con firmeza—No quiero que me suban la dosis ni que me ingresen.
Jörg se detuvo en la puerta, con la mano en el marco.
—Lo sé —dijo en voz baja—Por eso voy a hablar con tu madre.
Y se fue, dejando a Bill solo en el comedor, con el sonido lejano de los pasos de Greta y el peso de una noche que aún no había terminado.
&
La noche había caído sobre el lago con una calma que contrastaba con el ruido que Tom llevaba dentro. El turno en el club había sido largo, monótono y sin rastro de Bill ni de ninguno de sus amigos. Ya había pensado que después de la huida de Alexander del hospital y la noche que habían pasado juntos en sus casas las cosas no estarían en calma.
Pero aún así, la ausencia de Bill le pesaba.
Su turno había terminado a media tarde pero no quiso volver al bungalow. Andreas también había terminado su turno y seguramente estaría allí descansando dolido aún por lo de Melissa, y Tom no tenía fuerzas para lidiar con silencios tensos ni con conversaciones que giraban en círculos. Así que se quedó a pasar la tarde en el lago nadando para aclarar sus ideas y en esos momentos se encontraba sentado en la orilla con los pies rozando el agua y un cigarro entre los dedos.
El humo subía lentamente como si también estuviera cansado. Tom lo observaba sin pensar demasiado, solo dejando que el silencio hiciera su trabajo. El reflejo de las luces del club se deshacía en el agua y por un momento todo parecía suspendido.
Se quedó mirando el lago con el cigarro consumiéndose entre los dedos y la brisa nocturna acariciándole la cara.
No podía dejar de pensar en Bill.
En cómo se sentiría en ese momento, si sus padres lo habrían castigado por lo ocurrido, si estaría en casa encerrado quizás móvil sin poder hablar con nadie. Y sobre todo, cuándo volvería a verle en el club aunque fuera por unos segundos y estuviera acompañado de Alexander y no pudiera acercarse.
Se había acostumbrado a verlos allí. A ese grupo que por más caótico que fuera le daba sentido a las largas tardes de verano. Incluso echaba de menos las frases venenosas de Natalie que soltaba sin remordimiento alguno y que siempre dejaban a alguien temblando. Era parte del paisaje y del ritmo del club, de esa extraña normalidad que ahora parecía haberse desvanecido.
Tom se preguntó si todo estaba cambiando. Si lo que había pasado con Alexander y Bill había roto algo más que la rutina. Si los silencios que se estaban instalando entre ellos eran el principio de una distancia que ya no se podría revertir.
Dio una calada larga, sintiendo el humo llenar sus pulmones como si pudiera calmar esa inquietud que le atormentaba.
Pero no lo hacía.
Porque lo que le dolía no era solo la ausencia, era no saber cómo ayudar. No saber si Bill estaba bien. No saber si Alexander, con toda su rabia y sus promesas, estaba cuidando de él ejerciendo ese papel de novio que a ojos suyos le venía grande.
Demasiado grande para alguien que aún no sabía cómo sostenerse a sí mismo.
El cigarro se consumía entre sus dedos.
El lago seguía en calma.
Y Tom, por primera vez en mucho tiempo, se sintió solo de verdad.
— ¿Puedo sentarme?
Tom se volvió, sorprendido por la voz suave que rompía el silencio. Anouk estaba allí, de pie junto a él, con los brazos cruzados y el pelo revuelto por la brisa del lago.
—Claro —respondió Tom haciendo espacio a su lado en la orilla.
Anouk se sentó despacio, sin decir nada al principio. Se quitó las zapatillas y dejó que sus pies tocaran el agua, como si necesitara sentir algo real. Tom le ofreció el paquete de tabaco, pero ella lo rechazó con un gesto leve.
—Tengo algo mejor, si te apetece—comentó Anouk echando mano de esa mochila que siempre llevaba con ella.
Tom arqueó una ceja, curioso. Había aprendido que con Anouk nunca se sabía si «algo mejor» significaba una botella de vino robada del club, una caja de galletas rellenas de marihuana o simplemente una conversación que dolía pero sanaba.
—¿Qué traes esta vez? —preguntó con curiosidad.
Anouk sacó una pequeña petaca de metal, desgastada por el uso, y se la tendió con una amplia sonrisa.
—Whisky, del bueno—contestó suspirando—Lo escondí antes de que mi hermano hiciera limpieza en casa.
Tom la tomó con una sonrisa agradecida y dio un pequeño sorbo. El líquido ardió al pasar por su garganta pero le devolvió algo de calor al pecho.
—¿Y tú no bebes? —preguntó devolviéndosela.
—Solo si tú no te desmayas primero—respondió Anouk tomando un trago más largo que el suyo.
Se quedaron en silencio unos segundos, mirando el agua. Luego ella habló, sin mirarle.
—Me he ido de casa —anunció Anouk, sin apartar la vista del lago.
Tom se giró hacia ella, alarmado por la calma con la que lo decía.
—¿Qué ha pasado?—quiso saber.
—He discutido con Víctor —respondió ella, encogiéndose de hombros—Se cree que por ser el hombre de la casa tiene que cuidar de mi, cuando en realidad es al revés. Así que agarré la mochila y me largué. Al menos por esta noche, mañana ya veré.
Tom asintió despacio, procesando la información.
—Puedes quedarte en mi sofá —ofreció enseguida—No es muy cómodo pero es amplio y limpio.
—Gracias, pensaba pedírselo a Melissa pero tu invitación me gusta más—murmuró Anouk sonriéndole.
Tom se apresuró a aclarar, casi tartamudeando:
—Yo dormiré en el claro donde hicimos la hoguera—aclaró Tom con firmeza.
No quería que sus palabras se malinterpretasen, que Anouk pensara que la había invitado a su sofá cama solo para acostarse juntos sin compromiso alguno.
—Se me olvidaba que es Bill quien te gusta—dijo Anouk mirándole de reojo—Aunque dicen por aquí que tú y Melissa os habéis enrollado.
—Las noticias en el club vuelan—murmuró Tom molesto.
No sabía quien podía haberse ido de la lengua, de Andreas no se lo esperaba y dudaba que Melissa lo hubiera ido contando por el club.
Anouk se quedó en silencio, observando el reflejo de las luces en el agua.
—A veces la gente habla porque no sabe cómo callar—susurró Anouk con la mirada fija en el lago—O porque necesita distraerse de sus propios problemas.
Tom asintió, sintiendo que esa noche, más que nunca, necesitaban ese silencio compartido.
— ¿Estás muy pillado por Bill?—quiso saber Anouk suspirando.
Tom se quedó mirando el lago unos segundos más, como si la pregunta necesitara reposar antes de responderse. El reflejo de las luces del club se deshacía en la superficie, y el humo del cigarro se había disipado por completo.
—Sí —admitió al fin sin rodeos—No sé si es lo que se debería decir en voz alta pero sí, estoy muy pillado por él y no puedo evitarlo.
—¿Desde cuándo?—preguntó Anouk moviendo los pies en el agua dibujando círculos invisibles.
—Desde la primera vez que le vi—contestó sonriendo con tristeza—Y más cada vez que me mira como si pudiera confiar ciegamente en mí.
—¿Y él lo sabe?—quiso saber Anouk mirándole de reojo con una mezcla de ternura y cautela.
—Creo que sí, pero no puede hacer nada—contestó Tom suspirando—Está con Alexander, y aunque a veces pienso que ese vínculo les hace daño también sé que se quieren. Y yo no quiero ser el que lo complique todo más.
—No lo complicas por quererle—murmuró Anouk apoyando las manos sobre la tierra húmeda—Lo complicas si finges que no te importa.
—¿Y tú?—quiso saber Tom, mirándole agradecido por su claridad— ¿A quién estás intentando no querer?
—A mí misma, últimamente—contestó Anouk soltando una risa breve carente de alegría— Porque si lo hiciera, tendría que dejar de proteger a todos los demás.
Se quedaron en silencio otra vez, pero esta vez era distinto.
Más íntimo.
Más honesto.
—Gracias por venir —dijo Tom, bajando la voz.
—Gracias por no preguntar por qué vine —respondió Anouk.
Tom le dirigió una mirada cómplice y cálida, como si ese gesto pudiera decir todo lo que las palabras no alcanzaban. Luego, sin decir nada, le pasó un brazo por los hombros. Anouk no se apartó, se dejó envolver por ese gesto sencillo sin dramatismo pero lleno de significado.
—Gracias —murmuró de nuevo sin mirarle—Por no hacer preguntas que duelen y por estar aquí.
Tom apretó ligeramente su brazo, como si quisiera decirle que no hacía falta agradecer nada. Que estar allí con ella, en ese silencio compartido, también le estaba salvando a él.
El lago seguía en calma.
La noche avanzaba despacio.
Y por primera vez en mucho tiempo, ninguno de los dos sintió que tenía que fingir ante nadie.
Continúa…
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