Incomplete 51

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Fic TOLL de lyra

Capítulo 51

Arthur le dejó en la misma puerta de la casa de los Vandael, donde el padre de Alexander tenía su consulta privada y donde siempre había ido Bill cuando tenía terapia.

Más que una consulta era un acogedor despacho con muebles antiguos y alfombras que amortiguaban los pasos. No había sala de espera, enfermeras ni el murmullo habitual de un centro médico. Así la gente que acudía allí no se sentía tan nerviosa o enferma, o así era como en esos momentos no se sentía Bill.

Bajó del coche y quitándose las gafas de sol que llevaba puestas llamó a la puerta sabiendo que Arthur permanecería en el coche esperando a que terminara para llevarle de vuelta a casa. Se extrañó al ver al padre de Alexander abriéndole él mismo la puerta con una cálida sonrisa.

—Adelante, Bill —dijo Gordon haciéndose a un lado para que entrara.

Bill entró con lentitud y escuchó como Gordon cerraba la puerta a su espalda. Echó a andar directamente hacia su despacho, conociéndose de memoria el camino. Estaba en la planta baja y era una amplia habitación llena de libros, con una ventana que daba al jardín y una lámpara de pie encendida a media luz.

Entró en el y Gordon de nuevo se encargó de cerrar la puerta para gozar de intimidad.

—Toma siento—invitó Gordon rodeando su escritorio.

Bill así lo hizo, a un lado del despacho había un diván negro sobre el que se recostó mientras que Gordon cogía de su escritorio su libreta y su pluma de oro con la que le gustaba escribir en cada una de sus sesiones. Entonces se acercó al diván donde Bill ya descansaba y tomó asiento en la amplia butaca que había al lado.

—Gracias por venir —empezó a decir Gordon con expresión serena—Sé que no es fácil.

Bill se quedó en silencio, no sabía si estaba allí como paciente, como hijo de Simone Kaulitz o como el chico al que Alexander amaba.

—No vamos a hacer un diagnóstico hoy —continuó diciendo Gordon—Solo quiero escucharte a ti y saber cómo estás. No quiero que sea tu madre quien me hable de tu estado o Alexander, quiero que seas tu quien me lo digas.

—Estoy cansado —dijo Bill tragando saliva—Y confuso. Y a veces me siento como si todo lo que hago fuera para que los demás no se preocupen.

—¿Y tú?—preguntó Gordon mientras anotaba en su libreta cada una de sus palabras— ¿Te preocupas por ti?

—No sé cómo hacerlo sin sentir que estoy fallando a alguien—murmuró Bill sorprendido por la pregunta.

—Entonces empecemos por eso—dijo Gordon—Por aprender a no fallarte a ti mismo.

Bill soltó un profundo suspiro y se recostó en el diván, demasiado cómodo para lo que estaba dispuesto a enfrentar. Se acomodó con lentitud, cruzando los brazos sobre el pecho como si eso pudiera protegerle de lo que venía. El despacho olía a madera vieja y a té negro, y aunque Gordon tenía una presencia tranquila, para Bill seguía siendo un extraño. Un extraño con demasiadas conexiones.

—No tienes que decir nada que no quieras —dijo Gordon sin levantar la voz—Pero si estás aquí solo para que tu madre se sienta satisfecha, entonces empecemos por eso. ¿Qué esperas que pase después de esta sesión ?

Bill lose le quedó mirando sin responder de inmediato. Luego bajó la vista, como si las palabras estuvieran escondidas en el patrón de la alfombra.

—Espero que mi madre se calme, que piense que estoy haciendo lo correcto y que deje de vigilarme como si fuera a romperme en cualquier momento—soltó Bill sin aliento.

—¿Y tú?—preguntó Gordon anotando sus conclusiones en la libreta—¿Crees que estás roto?

Bill tragó saliva. Esa palabra le dolía más de lo que admitía.

—Creo que estoy cansado de que todos decidan por mí—murmuró suspirando—De que me digan lo que me conviene, lo que debo sentir y lo que debo dejar atrás.

—¿Incluyes a Alexander dentro de ese «todos»?—se atrevió a preguntar Gordon.

Bill dudó. Luego negó con la cabeza.

—Alexander no decide por mí—dejó Bill bien claro—Él me pregunta, me escucha y me deja elegir, incluso cuando no entiende por qué.

—¿Y eso te hace sentir seguro?—preguntó Gordon.

—Eso me hace sentir visto —respondió Bill casi en un susurro—Y ahora mismo, eso es lo único que necesito.

—Entonces hablemos de cómo proteger eso, no de cómo apagarlo—pidió Gordon cerrando la libreta.

Bill se le quedó mirando por primera vez con algo parecido a confianza. Tal vez, solo tal vez, Gordon no le era tan ajeno y extraño como pensaba.

&

Tal y como habían planeado, Melissa y Anouk se pusieron sus bikinis, metieron toallas y protector solar en una mochila ligera y partieron rumbo al lago. El sol brillaba alto y el aire tenía ese aroma a pino y agua dulce que solo se encuentra en los días de verano lejos de la ciudad.

El camino hasta el lago era tranquilo, bordeado por árboles que ofrecían sombra intermitente. Al llegar se dirigieron directamente a la orilla opuesta al rincón más apartado y tranquilo del club. Allí sabían que no serían interrumpidas ni sometidas a las miradas inquisitivas de los clientes habituales, esos que las observaban como si fueran una nota discordante en su mundo cuidadosamente pulido. En ese lado del lago, lejos de juicios y apariencias, podían ser simplemente ellas mismas.

Tendieron sus toallas bajo uno de los sauces más grandes que allí había y Anouk se tumbó de inmediato dejando que el sol le acariciara la piel mientras Melissa se acercaba al borde del agua probando la temperatura con los pies.

—Está perfecta —dijo con una sonrisa, salpicando a Anouk con una patada juguetona.

—¡Eh! —protestó Anouk entre risas—Dame cinco minutos antes de meterme, necesito absorber algo de vitamina D.

Mientras tanto en el club Tom y Andreas estaban inmersos en la dinámica del día, les había tocado trabajar juntos en el turno de comedor y mientras que Andreas se ocupaba de revisar las reservas del restaurante mientras atendía las llamadas recibidas con eficacia, Tom recorría el salón asegurándose de que cada mesa estuviera impecable con sus platos alineados con precisión, copas relucientes y servilletas dobladas con la simetría que exigía el protocolo del lugar. Ambos trabajaban en silencio sumido cada uno de ellos en sus propios pensamientos.

—Chicos, ¿sabéis algo de Anouk?—preguntó Víctor acercándose a ellos.

—Tranquilo, pasó la noche en el bungalow de Melissa—contestó Tom tranquilizándole—Y ahora están disfrutando del día en el lago con ella, querían tomar el sol y desconectar un poco.

—Luego hemos quedado para comer juntos—añadió Andreas—Iremos a la orilla opuesta al club, para evitar miradas incómodas. Ya sabes cómo se ponen algunos clientes cuando nos ven rondando su propiedad.

—Es que no me ha querido coger el móvil ni responder los mensajes y después de lo de ayer…—murmuró Víctor suspirando.

—Lo de ayer fue duro para los dos, Víctor—dijo Andreas en voz baja—Pero Anouk no se cierra contigo porque no confíe, sino porque a veces necesita espacio para procesar las cosas a su manera.

Víctor asintió en silencio cruzándose de brazos.

—Y Melissa es buena compañía para eso—siguió diciendo Andreas—Nunca presiona ni exige explicaciones. Solo está a su lado al igual que tú pero escuchando sin presionar, acompañándola sin necesidad de hablar.

—Ya, pero me preocupa que se haya ido de casa por lo que le dije—murmuró Víctor—Solo estaba preocupado por ella.

—Y adoptaste el papel de hermano protector—dijo sonriendo Andreas—Anouk necesitaba tiempo y espacio, ya verás como esta noche regresa a casa.

—Mi madre no lo sabe, cree que está en casa de una amiga—explicó Víctor—Y mejor que no se entere de nada, no quiero que se lleve un disgusto.

—Lo entiendo —dijo Andreas con tono más serio—Pero no puedes cargar con todo tú solo. Anouk tomó la decisión de irse, y aunque lo que le dijiste la afectó también sabe que puede volver cuando quiera. Nadie la ha echado ni ella siente que tú lo hayas hecho.

—No sé si lo sabe—murmuró Víctor bajando la mirada—A veces se encierra tanto en sí misma que no escucha ni lo que le decimos con cariño.

Andreas se acercó, apoyando una mano en su hombro.

—Lo sabe, Víctor. Créeme—le dijo con firmeza—Y aunque ahora esté dolida está con Melissa que no va a dejar que se hunda. Dale tiempo y cuando regrese a casa no la interrogues. Solo hazle saber que estás ahí.

—¿Y si no vuelve esta noche? —preguntó Víctor en voz baja.

Tom intercambió una mirada rápida con Andreas antes de responder.

—Se quedará con nosotros y cuidaremos de ella—contestó Tom con firmeza—Tratando de convencerla de que debe volver pero sin presionarla. Intentaremos que entienda que puede volver cuando esté lista, no porque se le esté exigiendo sino porque se la está esperando.

—Y si decide quedarse más tiempo, encontraremos la manera de que esté cómoda—intervino Andreas—Lo importante es que no se sienta sola ni juzgada.

Víctor se quedó en silencio, masticando la preocupación con los ojos clavados en el suelo.

—Gracias —murmuró al fin—No quiero que piense que estoy enfadado. Solo estoy preocupado y asustado. No sé qué le pasa exactamente, y eso me hace sentir inútil.

Tom se acercó, bajando el tono.

—No eres inútil, Víctor—dijo Tom mirándole fijamente—Estás haciendo lo más difícil, esperar que regrese sin presionarle. Y eso, aunque no lo parezca, también es cuidar.

—Solo quiero que sepa que tiene un lugar al que volver aunque no sea perfecto—susurró suspirando Víctor.

—Ya verás, en cuanto vea lo mal que cocinamos volverá a casa de inmediato—dijo Andreas tratando de suavizar el ambiente—Donde esté tu madre, que se aparten todos los aspirantes a chef. Ella convierte cualquier plato en hogar, y nosotros… bueno, apenas conseguimos que no se queme el arroz.

Tom soltó una risa breve, y hasta Víctor esbozó una sonrisa, agradeciendo el intento de Andreas por devolverle algo de ligereza al momento.

&

Pasó el resto de la hora abriéndose en canal, sabía que todo lo que dijera en ese despacho no iba a salir de sus paredes, Gordon así se lo dijo el primer día. A su madre solo le informaría de sus progresos pero por más que le preguntara jamás le iba a contar de qué hablaban en sus sesiones.

Y como era habitual en Bill, siempre terminaba llorando después de desnudar su alma. Gordon lo sabía y tenía preparada una caja de pañuelos que le tendió para que cogiera un par de ellos.

—No quiero que mi madre me ingrese en un psiquiátrico —confesó Bill entre sollozos, con la voz rota—No lo necesito. No estoy loco.

Gordon se inclinó ligeramente hacia él, con gesto sereno.

—No tienes que preocuparte por eso —le aseguró con firmeza—Tu madre recurrió a esa amenaza porque no sabía cómo hacerte reaccionar. Pero te lo digo claramente, no hay ningún motivo clínico para que seas ingresado y así se lo haré saber.

Bill se secó las lágrimas con torpeza sintiendo que el nudo en la garganta no cedía.

—No entiendo por qué me trata así —murmuró ahogando un sollozo—Dice que es por mi bien para educarme y para que siga el camino correcto… pero yo siento que cada vez me exige más de lo que puedo dar. Nada es suficiente, creo que tanto ella como mi padre piensan que debería dejar a Alexander. Que no es la persona adecuada para ser mi novio.

Gordon lo observaba con atención sin interrumpir sus palabras. Luego carraspeó para aclararse la voz.

—¿Y tú?—preguntó con voz pausada— ¿Crees que Alexander es el adecuado?

Bill lo miró desconcertado con los ojos aún húmedos. La pregunta lo golpeó con fuerza. ¿Le estaba pidiendo que juzgara a Alexander? ¿O estaba cuestionando si él mismo lo consideraba digno?

Por un momento, Bill no supo si Gordon hablaba como terapeuta o como padre.

Se recostó en el diván quedándose mirando el techo del despacho, los ojos aún húmedos y la garganta apretada. A su lado Gordon no decía nada, solo esperaba que se tranquilizara y encontrara las palabras adecuadas para contestarle. Y en ese silencio, Bill encontró la manera de decir lo que nunca se había atrevido a decir en voz alta.

—Alexander me hace sentir como si no tuviera que esconderme —explicó en un susurro—No solo por lo que soy, sino por cómo soy. Incluso cuando estoy roto y no sé qué quiero él no se aparta. No intenta arreglarme, solo se queda a mi lado.

Gordon asintió con lentitud, sin interrumpir.

—Cuando estoy con él siento que puedo respirar—continuó Bill con la voz temblorosa—Que no tengo que demostrar nada, que no tengo que ser el hijo perfecto, ni el chico brillante ni el paciente que progresa. Solo yo. Y eso… eso me da miedo. Porque si lo pierdo, no sé si podré volver a sentirme así con alguien más.

Se hizo un silencio largo. Gordon se inclinó apenas, con gesto sereno.

—¿Y crees que él lo sabe?—quiso sabe.

Bill se quedó pensando por unos segundos y luego asintió con la cabeza.

—Lo sabe—contestó con firmeza—Pero también está cansado de tener que verme luchar contra mis padres y contra todo lo que nos rodea. Y yo no sé si tengo fuerzas para sostenerlo a él también mientras intento sostenerme a mí.

Gordon tomó nota con calma, luego dejó la pluma sobre la libreta.

—Entonces hablemos de eso—pidió—De cómo sostener sin perderte y de cómo amar sin desaparecer.

Bill cerró los ojos, dejando que las palabras se asentaran. Empezaba a sentirse incómodo con tantas preguntas íntimas sobre sus sentimientos hacia Alexander, no era algo que le apeteciera mucho indagar con el padre de su novio.

Y Gordon lo notaba por el modo en que Bill se recogía sobre sí mismo y la forma en que sus manos se entrelazaban con más fuerza, como si quisiera protegerse de una exposición que no había pedido. No insistió. Cerró la libreta con discreción y se acomodó en la butaca, bajando la intensidad de su mirada.

—No tienes que hablar de Alexander si no quieres, no estamos aquí para ello—dijo con suavidad—Hablemos de ti. De lo que te pesa y de lo que te gustaría que fuera distinto.

Bill asintió sin abrir los ojos. Agradecía que Gordon no cruzara esa línea, no en esos momentos cuando aún le costaba entender si estaba allí como paciente o como alguien que debía justificar su amor.

—A veces siento que todo el mundo quiere que lo deje, incluso Louise y Georg—murmuró al cabo de unos segundos—Como si amarle fuera una debilidad o como si estuviera eligiendo mal. Pero yo no lo elegí por conveniencia. Lo elegí porque me hace sentir menos solo.

—Lo elegiste porque te hace sentir menos solo —repitió Gordon con tono reflexivo—Recuerdo nuestras primeras sesiones, cuando empezamos a hablar de él. Tu forma de describirlo me hizo pensar que, en el fondo, estar con Alexander también era una forma de rebelarte contra tus padres.

Bill abrió los ojos y bajó la mirada mordiéndose el labio. Le había leído con precisión. Eso era exactamente lo que había pasado. Estaba agotado de discutir con su madre, de tener que justificar su orientación sexual como si fuera una enfermedad. Pensó que si tenía a alguien a su lado que encajara en sus estándares, todo sería más fácil y más aceptable.

Alexander le gustaba, sí. Pero también era el tipo de chico que podía suavizar el conflicto. El que parecía «correcto».

—Recuerdo cuando me hablaste de vuestra primera relación sexual—continuó Gordon con voz pausada—Lo mal que te sentiste después. Me dijiste que no estabas preparado, que no te atrevías a contarlo en casa y que cada vez que ocurría había una parte de ti que se sentía forzada e invadida.

—Por favor… —interrumpió Bill cerrando de nuevo los ojos—No quiero volver a eso ahora.

—Si Alexander ha cruzado algún límite que tú no has consentido tienes que decirlo—insistió Gordon como si no le hubiera oído—No puedes permitir que te manipule o te haga sentir culpable por lo que no estás listo para dar. Eso no es amor, Bill.

Bill abrió los ojos de golpe y se le quedó mirando con una mezcla de dolor y rabia.

—¿Por qué dice cosas tan crueles sobre tu propio hijo? —preguntó sin apartar la mirada— ¿Es porque es adoptado?

Gordon se le quedó mirando en silencio sorprendido por la pregunta.

—No sabía que te lo había contado —murmuró al fin.

—Alexander cree que usted y su mujer se arrepienten de haberlo hecho—dijo Bill con voz temblorosa—Cuando lo descubrió lo llevó muy mal y por eso se volvió tan rebelde. Pero le aseguro que es un buen chico, tiene sus fallo como todos, pero estos días… he vuelto a ver al Alexander del que me enamoré. Está cambiando, de verdad.

Gordon se le quedó observando con atención. Había algo en la voz de Bill, en su defensa y en la ternura con la que hablaba de su hijo que le hizo entender que lo que había entre ellos no era solo una reacción contra su madre.

Era algo más profundo.

Algo que merecía ser escuchado sin prejuicios.

—Vaya, hemos llegado al final de la sesión—murmuró Gordon carraspeando.

Bill pestañeó como si saliera de un sueño, ya habían pasado las dos horas de terapia y habían sido muy intensas. Le dolía la cabeza por las lágrimas derramadas y por haber tocado ciertos temas que pensaba ya olvidados.

Gordon se levantó con calma dejando la libreta sobre el escritorio sin cerrarla del todo, como si aún quedara algo más por añadir. Se acercó al diván y le tendió a Bill un vaso de agua sin palabras, solo con ese gesto que no exigía nada.

—Has hecho un trabajo valiente hoy—dijo al fin, con voz baja—No por lo que has contado, sino por lo que has permitido sentir.

Bill aceptó el vaso de agua en silencio bebiendo a sorbos lentos. Sentía los ojos hinchados, la garganta seca y una extraña mezcla de alivio y vulnerabilidad que no sabía cómo sostener.

—¿Cree que mi madre lo entenderá algún día? —preguntó sin mirar a Gordon directamente.

—Tu madre entiende muchas cosas aunque tú no lo creas—dijo Gordon sentándose de nuevo, esta vez sin la libreta entre ellos—Pero no siempre sabe cómo acompañarlas. Mi trabajo no es que ella lo entienda todo, sino que tú no te pierdas en lo que ella no puede ver.

Bill asintió con un gesto casi imperceptible.

—¿Y Alexander?—preguntó en voz baja.

—Alexander está aprendiendo a sostenerte sin romperse—contestó Gordon mirándole con una expresión más suave— Igual que tú. Y eso Bill, es amor. No el perfecto, no el fácil. Pero el que merece ser cuidado.

El reloj marcó las 11 de la mañana y Gordon se levantó para abrir la puerta del despacho, dejando que la luz del pasillo entrara como una tregua.

—Arthur te espera fuera—dijo a modo de despedida—Pero si necesitas quedarte unos minutos más, este espacio sigue siendo tuyo.

Bill se incorporó con lentitud del diván como si el cuerpo le pesara más que de costumbre. Las palabras que se habían dicho en ese despacho seguían resonando en su cabeza, y cada paso hacia la puerta se sentía como una despedida silenciosa. No dijo nada. Solo salió respirando profundamente intentando recomponerse antes de llegar al vestíbulo.

Pero al cruzar el pasillo se detuvo de golpe. Se había olvidado las gafas de sol, las había dejado sobre la mesita junto al diván justo donde Gordon le había ofrecido el vaso de agua.

Volvió sobre sus pasos con la intención de entrar a recogerlas. La puerta del despacho estaba entreabierta y al acercarse escuchó la voz de Gordon al teléfono. Se quedó inmóvil en su sitio atrapado por lo que oía.

—Tienes que hablar con Bill cuanto antes —decía Gordon con tono firme—No lo sigas posponiendo más tiempo, Jörg. Ya viste cómo reaccionó Alexander. ¿De verdad quieres que Bill pase por lo mismo?

Hubo una pausa, y luego su voz bajó, más grave.

—Y sobre todo, procura que Simone le deje respirar. Si sigue así, va a empujarle a hacer una locura. Y tú… tú te vas a arrepentir de no haberlo detenido a tiempo.

Bill se quedó paralizado. No sabía si entrar fingiendo que no había escuchado nada o marcharse, porque en ese instante acababa de entender que había cosas que nadie le había contado.

Cosas que quizás, estaban a punto de cambiar toda su vida.

&

En el lago Melissa ya nadaba en círculos mientras Anouk se incorporaba con pereza lista para sumergirse. El día prometía calma, sol y confidencias entre amigas. Y aunque el club seguía con su ritmo frenético, ellas habían encontrado su rincón de paz.

Se puso en pie dejando sobre la toalla sus gafas de sol y soltándose el pelo empezó a caminar hacia el lago. Desde allí Melissa no podía dejar de observarla, como se metía lentamente en el agua mientras que el sol iluminaba su cuerpo haciéndole resplandecer gracias al bikini amarillo que llevaba y que le sentaba tan bien.

— ¿Qué estás mirando tan ensimismada?—preguntó Anouk llegando a su lado.

Melissa parpadeó, como si la voz de Anouk la hubiera sacado de un trance suave y dorado.

—Es que pareces sacada de una postal de verano—comentó sonriendo—El sol, el agua, ese bikini amarillo… te juro que podrías detener el tiempo.

Anouk se rio al tiempo que se sumergía en el lago para luego salir dejando que el agua escurriera por su largo pelo.

— Pues lo que a mi me parece es que estás coqueteando conmigo— murmuró clavando la mirada en Melissa con una mezcla de picardía y curiosidad.

Melissa se quedó quieta con el agua hasta la cintura, observando cómo las gotas resbalaban por el cuerpo de Anouk brillando como cristales bajo el sol. La frase la había tomado por sorpresa, pero no por incomodidad sino por la forma en que Anouk la había dicho sin un rastro de burla o tensión en su voz, solo con esa mirada directa que a veces desarmaba.

—¿Y si lo estuviera haciendo? —preguntó con una sonrisa suave sin apartar la mirada de Anouk.

—Entonces tendrías que decirlo sin rodeos —contestó Anouk con firmeza acercándose un poco más—Porque últimamente no estoy para juegos.

Melissa tragó saliva sintiendo cómo el aire entre ellas se volvía más denso y más íntimo.

—No estoy jugando —dijo al fin con voz baja—Pero tampoco quiero confundirte. Solo es que me gusta cómo eres cuando te permites brillar. Y hoy estás brillando más que nunca.

Anouk se quedó en silencio flotando cerca de ella con los ojos entrecerrados por el sol. El agua se movía lentamente a su alrededor, como si el lago también escuchara. Y por un momento, no hubo pasado ni futuro.

Solo ese instante suspendido entre dos amigas compartiendo confidencias y sacando a la luz secretos nunca antes dicho.

— ¿Por qué me besaste esta mañana?—preguntó Melissa sin poder contenerse.

—Porque me gustas mucho—contestó Anouk de la misma manera.

El silencio que siguió a esa confesión fue distinto. No incómodo ni tenso, como si el aire entre ellas se hubiera vuelto más íntimo. Melissa se quedó quieta con el agua acariciando su cintura observando a Anouk con una mezcla de sorpresa y algo que no se atrevía a nombrar.

—¿Desde cuándo? —preguntó al fin en voz baja, como si temiera romper el hechizo.

—Desde hace tiempo—contestó Anouk encogiéndose de hombros sin dejar de flotar a su lado— Pero no sabía cómo decirlo sin que pareciera una tontería o confundirte. Y esta mañana… no lo pensé. Solo lo sentí y me dejé llevar.

Melissa tragó saliva sintiendo cómo el corazón le latía más rápido de lo que el momento parecía justificar.

— ¿Y ahora, qué?—preguntó en un susurro.

Anouk la miró con una ternura que no necesitaba explicación.

—Ahora estamos aquí, nadando—contestó con una amplia sonrisa—Y tomamos el sol mientras hablamos. Y quizás si quieres podemos hacer algo más pero sin prisas. No quiero que esto te escandalice o te asuste.

Melissa asintió, sin apartar la mirada.

—No me asusta—dijo Melissa sin apartar la mirada—Me conmueve.

—Pues déjate llevar—susurró Anouk incorporándose en el agua.

Caminó hacia ella con paso lento sin apartar la mirada. Se acercó todo lo que pudo notando que Melissa no retrocedía sino que parecía esperarla. Se detuvo a escasos centímetros con los labios entreabiertos por puro instinto y entonces volvió a besarla. Esa vez no fue como el beso que se dieron por la mañana, fue más profundo y decidido, y Melissa respondió sin dudar separando también los labios y dejándose llevar.

Anouk la rodeó con los brazos estrechándola con suavidad mientras que las manos de Melissa se posaban en su cintura y ascendían con lentitud, explorando el contorno de su cuerpo. Cuando sus dedos rozaron el borde del bikini, Anouk no se apartó. Al contrario, permitió que Melissa apartara la tela con delicadeza como quien busca algo más que contacto.

Una verdad compartida sin palabras.

—¿Es la primera vez que estás con otra chica? —preguntó Anouk separando apenas sus labios de los de Melissa con la voz suave y curiosa.

Melissa asintió en silencio. No se sentía confundida ni fuera de lugar. Solo presente y segura, como si algo que no sabía que necesitaba acabara de encontrar forma.

—¿Y tú? —preguntó entonces buscando sus ojos.

—He estado con algunas—respondió Anouk con un suspiro—Pero nada que me dejara huella. La última… bueno, no terminó bien.

Mientras hablaba Melissa acariciaba sus desnudos pechos con lentitud sintiéndose muy cómoda entre sus brazos, como si el agua templada del lago los envolviera en una burbuja aparte del mundo.

—¿Quién fue?—preguntó con curiosidad sin dejar de rozar su piel.

—Natalie —susurró Anouk bajando la mirada por un instante—Fue breve, pero me dejó más dudas que certezas.

Melissa no dijo nada de inmediato. Solo la abrazó un poco más fuerte, como si ese gesto pudiera borrar el recuerdo de Natalie sin necesidad de palabras. Se quedó pensando por unos segundos con una fugaz sonrisa en sus labios mientras asentía levemente con la cabeza.

—Es una cabrona, pero hay que admitir que está buenísima —dijo entre risas con ese tono despreocupado que solo se usa cuando una herida ya no escuece.

Anouk la miró con una ceja levantada, divertida por la franqueza.

—Vaya, eso sí que no me lo esperaba —murmuró— ¿Te lo guardabas desde hace tiempo?

—No, pero ahora que lo pienso creo que siempre lo supe—contestó Melissa encogiéndose de hombros—Solo que no me atrevía a decirlo en voz alta.

El agua seguía envolviéndolas, templada y silenciosa, como si el lago también supiera que estaban diciendo cosas que no se habían dicho antes.

Anouk no lo pudo evitar y volvió a apoderarse de sus labios, sumergiéndose amabas en otro apasionado beso mientras se dejaban llevar por el agua, por el sol brillante y por esa nueva verdad que ya no necesitaba esconderse.

Continúa… 

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por lyra

Escritora del Fandom

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