
Fic TOLL de lyra
Capítulo 53
La casa estaba en silencio cuando Bill y Louise entraron en ella como si supiera que algo estaba a punto de romperse, debían aprovechar ese momento cuando los padres de Bill no estaban en casa.
Greta estaba ocupada en la cocina preparando algo que olía a mantequilla y tomillo, Alice le estaba echando una mano y Arthur se había perdido en algún otro rincón de la casa distraído con sus propios asuntos.
Era el momento perfecto.
Louise caminaba junto a Bill por el pasillo con pasos cautelosos y la mirada fija en la puerta del despacho. No habían hablado mucho desde que acordaron hacerlo, pero no hacía falta. La decisión ya estaba tomada.
— ¿Estás seguro de que no hay nadie más cerca?—susurró Louise deteniéndose frente a la puerta.
—Greta no se moverá de la cocina hasta que no termine de recogerla y preparar la cena con ayuda de Alice—explicó Bill en voz baja—Y Arthur estará en el invernadero, creo. Nadie nos oirá.
Se acercaron a la puerta del despacho que siempre permanecía cerrada pero sin echar la llave. Bill sabía que su padre confiaba en que nadie de la casa entraría en el y jamás se preocupaba en dejar la habitación candada. Alice era la única que entraba a limpiar y siempre estaba su padre delante como para comprobar que se dedicaba solo a eso y a vaciar la papelera. Jamás se le ocurría tocar su mesa o echar un vistazo a los documentos que tenía sobre ella.
—Voy a entrar—dijo Bill armándose de valor—Tú quédate fuera y si se acerca alguien invéntate lo que sea pero no dejes que entre en el despacho.
Louise asintió con un leve movimiento de cabeza, tragando con dificultad mientras veía a Bill desaparecer tras la puerta del despacho que se cerró con un clic seco. Se quedó en el pasillo en alerta con la respiración entrecortada. El silencio de la casa parecía amplificar cada sonido como el crujido de la madera bajo sus pies, el lejano murmullo de Greta en la cocina y el eco de su propio pulso.
Desde donde estaba podía ver los jardines bañados por la luz suave de la tarde a través de una ventana. Y frente a ella, sobre una mesa de madera pulida, descansaba un jarrón con rosas recién cortadas esa misma mañana con sus pétalos frescos.
Se acercó casi sin pensarlo como si el aroma dulce y envolvente pudiera calmar el nudo que tenía en el estómago. Inclinó el rostro hacia las flores y aspiró profundamente. Por un instante el perfume le devolvió algo de equilibrio. Era un respiro breve, pero suficiente para seguir en alerta vigilando.
Mientras, Bill se adentraba en el despacho con el corazón le retumbando en el pecho como si quisiera advertirle de algo. El aire allí dentro era denso, cargado con el olor de papel envejecido, cuero curtido y una nota indefinible, como si los secretos tuvieran aroma propio. Cada objeto parecía colocado con una clara intención. Los libros alineados, los marcos de fotos que no mostraban afecto y el reloj de péndulo marcando el tiempo con una solemnidad casi burlona.
Se acercó al escritorio con pasos contenidos sabiendo que cada segundo contaba. La superficie estaba impecable, demasiado limpia para alguien que trabajaba allí a diario. Abrió el primer cajón con manos temblorosas, buscando algo que ni siquiera sabía cómo identificar. Documentos, notas, tal vez una carta. Algo que explicara lo que su padre no le decía.
Detrás de él la puerta cerrada era una frontera frágil. Louise estaba al otro lado vigilando y Bill sabía que no podía contaba mucho tiempo. Pero también sabía que si no encontraba algo en ese momento, la oportunidad no volvería.
No encontró nada que destacara en el escritorio repleto de papeles ordenados, carpetas etiquetadas con precisión y bolígrafos alineados como soldados en formación. Todo demasiado limpio, demasiado controlado. Bill sabía que si había algo realmente importante, no estaría a la vista.
Se volvió hacia el armario empotrado, ese que su padre siempre mantenía cerrado también sin llave porque decía que solo guardaba allí documentos antiguos. Abrió las puertas con cuidado, y allí estaba la caja fuerte observándole en desafiante silencio.
Se agachó frente a ella marcando en el dial con dedos temblorosos su fecha de nacimiento susurrando cada número como si al pronunciarlos les diera poder. Era un intento desesperado, casi ingenuo, pero también el único que tenía.
Marcó el último un movimiento seco conteniendo el aliento, y entonces la puerta se abrió.
Por un instante se quedó inmóvil, como si el aire dentro de la caja fuerte pudiera contaminarle. Luego, con cautela, apartó la puerta y miró dentro.
Tal como lo había imaginado la caja fuerte estaba repleta de carpetas meticulosamente ordenadas, cada una con etiquetas escritas en la pulcra caligrafía de su padre. Eran, sin duda, casos ya cerrados y archivados allí por razones que Bill desconocía.
Pero una carpeta destacó entre todas. Su color era distinto, más apagado como si el tiempo la hubiera ido desvaneciendo. Sin pensarlo se inclinó hacia ella, la tomó con dedos temblorosos y se arrodilló en el suelo. La extrajo por completo y leyó la etiqueta mecanografiada en la portada.
«Bill Kaulitz»
¿Una carpeta llevando su nombre?
La abrió sin vacilar. Dentro, los documentos estaban desgastados por los años y leyó el primero conteniendo el aliento, mientras las lágrimas empezaban a empañarle la vista.
«Bill Kaulitz, expediente de adopción número 483.
Se resuelve que el matrimonio formado por Jörg y Simone Kaulitz pasen a ser los padres legales del niño llamado a partir de ahora Bill Kaulitz, al no contar con más parientes que puedan hacerse cargo de él tras el fallecimiento de su madre y al no tener constancia de la identidad del padre biológico.
Leipzig, 3 de mayo de 2008″
Pasó la hoja con manos temblorosas y lágrimas bajando por sus mejillas. El siguiente documento mostraba sus huellas dactilares probablemente tomadas en el hospital donde había nacido junto a una fotografía de él recién nacido acunado con ternura por una enfermera.
Todo lo que creía saber sobre su vida se desmoronaba.
Sus padres le habían mentido desde el principio, haciéndole creer que era un hijo deseado que había llegado para llenarles de felicidad.
Mentira.
Su madre biológica estaba muerta.
Su padre era un completo desconocido.
¿Lo habían adoptado por compasión?
¿Por verlo tan indefenso y solo en el mundo?
Le dieron una nueva familia, sí. Pero también le criaron dentro de una mentira, repetida una y otra vez cada vez que le decían lo afortunados que eran por tenerle.
¿Era ese el pacto al que se refería su madre? ¿Por eso lo trataba con tanta frialdad, y su padre se limitaba a ignorarlo como si no existiera?
No era realmente su hijo. Tal vez al ver que se había convertido en alguien tan distinto y ajeno a sus expectativas se arrepentían de haberlo adoptado. Quizás intentaban reconducirlo hacia aquel ideal que habían imaginado cuando tomaron la decisión de acogerlo, sin importar que cada gesto de desprecio por parte de su madre lo hundiera cada vez un poco más.
Cada palabra cortante, cada mirada esquiva y cada silencio cargado de juicio todo parecía formar parte de un guion que él nunca había aceptado interpretar. Y sin embargo, lo obligaban a seguirlo como si su existencia fuera una deuda que debía pagar con obediencia y conformidad.
—¡Señora Kaulitz!
La voz de Louise hizo que Bill se sobresaltara. Su madre había regresado antes de lo previsto y si lo descubría dentro del despacho de su padre las consecuencias serían inevitables.
&
Después del paseo por la orilla del lago, Andreas y Melissa regresaron a las toallas donde Tom y Anouk tomaban el sol charlando con tranquilidad. El ambiente era ligero casi despreocupado, y tras intercambiar algunas bromas decidieron que era hora de seguir con lo planeado y alquilar las motos acuáticas que ya habían reservado.
Recogieron sus cosas y se dirigieron a la caseta de alquiler, donde David gestionaba las reservas de motos y lanchas. Al verlo, Andreas se sorprendió.
—David, no sabía que ya habías vuelto —comentó al acercarse— ¿No tenías una comida importante?
—Sí, pero no se alargó tanto como pensaba —respondió David, con un tono apagado mientras tomaba una carpeta de la mesa.
Revisó las hojas con rapidez hasta encontrar la reserva hecha a nombre de Tom y Andreas.
—Iros poniendo los chalecos—comentó en voz baja, sin levantar la mirada—Usad las motos número 4 y 8, y recordad que tenéis media hora.
El grupo asintió, sin hacer preguntas. Algo en el gesto serio de David sugería que no era el mejor momento para indagar. Tom intercambió una mirada breve con Anderas como si ambos lo hubieran notado pero decidieron dejarlo pasar. Las motos los esperaba.
El sol brillaba alto sobre el lago reflejándose en la superficie como si el agua estuviera salpicada de cristales. Las risas se mezclaban con el rugido de los motores y por primera vez en días todo parecía ligero.
Melissa iba detrás de Andreas en una de las motos acuáticas, aferrada a su cintura mientras él aceleraba con entusiasmo. Cada salto sobre las olas arrancaba una carcajada de ambos, y aunque el agua les golpeaba la cara, no dejaban de sonreír. Andreas giraba la cabeza de vez en cuando para asegurarse de que Melissa estuviera bien, y ella respondía con un grito alegre que se perdía en el viento.
Tom conducía la otra moto con Anouk detrás, más silenciosa pero con los ojos brillantes. Sus brazos rodeaban la cintura de Tom y aunque no hablaban había algo íntimo en la forma en que se sostenían. Tom giraba con destreza trazando curvas amplias que hacían que Anouk se aferrara con más fuerza y en uno de esos giros soltó una risa inesperada, como si algo dentro de ella se hubiera aflojado.
Desde la orilla el lago parecía una escena de verano perfecta con dos motos cruzando el agua, dejando estelas blancas y cuatro jóvenes que por un rato habían dejado atrás las tensiones, los secretos y las heridas abiertas.
Solo quedaba el viento, el agua, y la sensación de que, al menos por ese momento, estaban exactamente donde querían estar.
La media hora sobre el agua se evaporó entre risas, giros bruscos y salpicaduras. Al regresar a la orilla ayudaron a amarrar las motos acuáticas con cuidado, asegurándose de que quedaran bien sujetas. Luego, todos se dirigieron a la caseta para devolver los chalecos salvavidas aún empapados y con el olor fresco del lago impregnado en sus cuerpos.
—¡Tom!
Tom se volvió al tiempo que soltaba el pelo descubriendo a Georg acercándose con Helen y Peter a su lado. Los tres venían con sonrisas relajadas vestidos con ropa ligera como si acabaran de llegar o llevaran horas disfrutando del entorno.
—¡Hola! —saludó Tom con una amplia la sonrisa al verlos.
—Os hemos estado viendo desde el embarcadero —comentó Georg, dándole una palmada amistosa en el hombro—Se te dan muy bien las motos, parecías un profesional ahí fuera.
Tom se rio, encogiéndose de hombros.
—Anouk tiene buen equilibrio —bromeó—Yo solo intentaba no tirarla al agua.
—¿Os animáis? —preguntó Andreas con entusiasmo, señalando hacia el agua.
—No, ya nos íbamos —respondió Georg con una sonrisa—Llevamos aquí casi todo el día.
Al decirlo Tom no pudo evitar que su mirada se desviara hacia el embarcadero, buscando a Bill entre los reflejos del lago. Georg lo notó enseguida. Negó con la cabeza y le hizo una discreta señal para que lo siguiera. Tom obedeció dejando que Andreas y las chicas siguieran charlando con Peter y Helen, ajenos a la tensión que acababa de instalarse.
Se apartaron unos metros, lo justo para hablar sin ser oídos.
—Bill está castigado —empezó Georg en voz baja—Bueno, ya no tanto, pero sus padres no le dejaban salir de casa ni usar el móvil. En cuanto ha podido, ha quedado con Louise. Necesitaban hablar a solas, así que yo me he venido al lago con mi primo para darles espacio.
—¿Está bien?—preguntó Tom frunciendo el ceño.
—Tan bien como se puede estar encerrado en esa casa—contestó Georg suspirando mientras se encogía de hombros—Y con todo lo que ha pasado últimamente… no sé. Pero al menos hoy tiene a Louise. Eso ya es algo.
Tom asintió despacio, sintiendo que el sol sobre su piel no lograba calmar la inquietud que le había despertado esa conversación.
Cuando terminó de hablar con Georg se reunieron con el resto del grupo y se despidieron de ellos para regresar al bungalow entre risas y comentarios sobre lo bien que lo habían pasado en el lago. Mientras caminaban, empezaron a hacer planes para aprovechar lo que quedaba de la tarde.
—¿Y si vamos al cine? —propuso Andreas con entusiasmo.
—¡Sí! Hace siglos que no voy —respondió Melissa al instante animada.
—Y después podríamos cenar unas pizzas en el italiano nuevo que han abierto —añadió Andreas ya imaginando el plan completo.
—Yo necesitaría algo de ropa —murmuró Anouk mirando su camiseta mojada con una sonrisa tímida.
—Yo te presto lo que quieras, ya lo sabes —dijo Melissa enlazando su brazo con el de Anouk—Vamos a elegir modelo.
Andreas sacó el móvil y revisó la hora.
—Perfecto. Tenemos tiempo de sobra para ducharnos y arreglarnos con calma —anunció—La película empieza en dos horas.
El ambiente era ligero, casi despreocupado. Por un momento, todo parecía sencillo. Como si el verano les concediera una tregua.
Al llegar a los bungalows el grupo se dispersó con naturalidad. Las chicas se metieron en el de Melissa para ducharse y elegir ropa entre risas y comentarios sobre el cine y las pizzas. Mientras que Tom y Andreas entraron en el suyo dispuestos también a arreglarse, o al menos Andreas.
—Creo que he tomado demasiado sol —murmuró Tom evitando la mirada de Andreas—Me duele la cabeza y no me apetece mucho ir al cine.
— ¿En serio?—preguntó Andreas volviéndose sorprendido por el cambio de planes—Pero hace un rato estabas animado.
Tom se encogió de hombros, como si no supiera cómo explicarlo.
—No sé, me ha dado el bajón—contestó Tom encogiéndose de hombros—Estoy cansado, prefiero quedarme aquí y os veo luego a la noche.
Andreas lo observó un momento, intentando descifrar si era solo agotamiento o si había algo más detrás. Pero Tom se había dirigido a la nevera para coger una cerveza fingiendo normalidad.
— ¿Es por algo que te ha dicho Georg sobre Bill?—quiso saber Andreas.
Porque les había visto separarse del resto del grupo para conversar sin que nadie les escuchara, y el gesto de Tom había cambiado entonces.
Tom dudó un instante antes de responderle como si la pregunta hubiera tocado justo el tema que le estaba rondando por la cabeza. Se pasó una mano por la nuca, evitando su mirada.
—Sí… —admitió al fin en voz baja—Georg me dijo que Bill está castigado. Que sus padres le quitaron el móvil y le prohibieron salir de casa. Y hoy por fin le han levantado parte del castigo y ha podido quedar un rato con Louise.
— ¿Y eso te ha dejado así?—quiso saber Andreas cruzándose de brazos.
—No es solo eso, es cómo lo ha dicho Georg—murmuró Tom—Como si Bill estuviera encerrado en una casa que lo no le deja respirar con libertad, como si cada vez que lo intentara alguien le recordara que no podía hacerlo.
Andreas lo observó en silencio, comprendiendo que no era una simple excusa para evitar el cine.
—¿Quieres ir a verle?—preguntó en voz baja.
—No sé si debería hacerlo—respondió Tom con la mirada fija en el suelo—No sé si él querría verme, si sería de ayuda o solo le haría más daño.
—A veces, estar cerca es lo único que importa—dijo Andreas suspirando—Aunque no sepas qué decir o no sepas si te van a dejar acercarte.
Tom asintió con lentitud sintiendo que la tarde se había vuelto más pesada. El lago, el cine, las pizzas… todo parecía muy lejano en esos momentos.
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Con manos temblorosas se apresuró a guardar todos los documentos en la carpeta que llevaba su nombre, la devolvió a la caja fuerte y cerró la puerta con el máximo cuidado procurando que el clic metálico no se oyera desde el pasillo.
—Louise, querida, ¿qué haces aquí? —preguntó Simone esforzándose por mantener un tono cortés.
Louise sabía que no debía estar en esa parte de la casa y que Simone, consciente de la amistad que la unía a su madre, estaba conteniendo el impulso de reprenderla con dureza.
—Estaba admirando las rosas —respondió Louise, aún de pie junto al jarrón que decoraba la ventana—Le pido disculpas por haberme acercado sin permiso, pero no pude resistirme. Siempre he admirado sus rosales y quería apreciar mejor su aroma.
Las palabras, pronunciadas con sinceridad y delicadeza parecieron suavizar el gesto de Simone. El disgusto inicial se disipó ante el halago.
—Mi madre siempre dice que sus rosales son los más hermosos de todo Brandemburgo —añadió Louise con una sonrisa—Sería un detalle precioso poder llevarle un pequeño ramo, si no es mucha molestia.
—¡En absoluto! —respondió Simone encantada—Vamos al invernadero, Arthur se encargará de prepararlo con esmero.
Louise respiró aliviada al ver que Simone se alejaba en dirección opuesta al despacho. La siguió con paso firme dándole a Bill el tiempo justo para escabullirse y subir corriendo a su habitación.
—Le reitero mis disculpas por haberme entrometido —dijo Louise mientras caminaban—Estaba esperando a que Bill terminara de arreglarse, vamos a dar un paseo juntos.
—No te preocupes más, querida —respondió Simone con una sonrisa indulgente—Entiendo perfectamente que la belleza de mis rosas pueda nublar el juicio de cualquiera.
Desde el despacho Bill había escuchado cada palabra de la conversación. Al percibir que los pasos se alejaban por el pasillo salió con rapidez y se dirigió a su habitación retomando la coartada que Louise le había proporcionado.
Pero no tenía el menor deseo de dar un paseo.
Lo que sentía era un nudo en el estómago, una mezcla de vértigo y rabia que amenazaba con hacerle estallar soltando un angustiado grito. Necesitaba respuestas y no podía recurrir a sus padres. Ambos le habían demostrado que no eran dignos de confianza, que le habían mentido y manipulado desde el primer día.
Se sentía solo, aislado en una verdad que acababa de descubrir y que lo despojaba de todo lo que creía saber sobre sí mismo. No había nadie que pudiera comprender como se sentía ene esos momentos…
¡Alexander!
Él había pasado por lo mismo.
Y sus padres lo sabían todo, por eso Gordon había llamado instando a su padre a contarle la verdad antes de que se enterara por otros medios y reaccionara como Alexander lo había hecho.
Y en esos momentos Bill podía sentir y entender con absoluta claridad todo lo que Alexander había vivido como el desconcierto, la traición y el vacío.
Era el único que podía comprenderlo de verdad.
El único que podía ofrecerle consuelo sin necesidad de explicaciones.
Cogió el móvil con manos temblorosas, marcó el número de Alexander y esperó limpiándose las lágrimas con la mano libre mientras el tono sonaba una y otra vez.
—¡Bill! No sabía que habías recuperado el móvil —dijo Alexander al contestar al quinto tono.
—Necesito hablar contigo—suplicó Bill la voz rota por el llanto.
—Estoy ocupado, Bill—contestó Alexander de inmediato—Ahora no puedo.
—Es importante—suplicó Bill de nuevo—No puedo esperar. Necesito hablar con alguien… contigo.
Hubo una pausa al otro lado y pudo escucharle soltar un largo suspiro.
—¿Qué ha pasado?—preguntó Alexander con tono cansado.
—No por teléfono, en persona—dijo Bill negándose a mantener así una conversación tan importante—Ven a buscarme, llévame a algún sitio donde podamos hablar sin ser molestados.
—Es que… Bill, estoy de compras—soltó Alexander—Quería comprarte un detalle después de todo lo que ha pasado.
Bill escuchó un resoplido mientras Alexander hablaba que reconoció de inmediato. El dolor se apartó por un instante, desplazado por la misma rabia que lo había atravesado horas antes.
—¿Estás con Gustav?—preguntó sin poder contenerse.
—Sí, me está ayudando a elegir tu regalo.—contestó Alexander.
—No quiero regalos—estalló Bill—Quiero que vengas ahora mismo, necesito que hablemos en privado de algo muy importante.
—No puedo, Bill—dijo Alexander con firmeza—Hemos venido a pasar el día a Berlín y es casi una hora en coche. Terminamos las compras y nos vemos esta noche, te lo prometo.
Pero Bill ya estaba cansado de promesas que llegaban tarde y de excusas envueltas en buenas intenciones. Colgó sin decir nada más. Respiró hondo, entró al baño y se lavó la cara con agua fría como si así pudiera borrar el temblor que le recorría el cuerpo.
Le pediría a Louise que lo llevara bien lejos a algún sitio donde alguien pudiera escucharlo de verdad.
Donde pudiera llorar sin tener que explicarse.
Donde no hiciera falta fingir que estaba bien.
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Alexander se quedó mirando el móvil con el ceño fruncido, los labios apretados en una línea tensa. El tono de Bill y esa súplica quebrada, no se le iba de la cabeza. Había algo distinto esa vez.
No era solo uno de sus habituales drama.
Era dolor intenso.
A su lado, Gustav se estiró entre las sábanas revueltas aún desnudo con el cuerpo relajado por las horas que llevaban encerrados en esa habitación de hotel ajenos al mundo entero. El sol de la tarde se filtraba por las cortinas dorando la piel de ambos, pero Alexander ya no estaba allí del todo.
—¿Todo bien? —preguntó Gustav girando la cabeza hacia él sin moverse demasiado.
Alexander no respondió de inmediato. Dejó el móvil sobre la mesilla y se pasó una mano por la cara como si intentara despejarse.
—No lo sé —murmuró al fin—Bill estaba histérico, ha debido pasar algo gordo en casa y quería que fuera a buscarle.
—Siempre pasa algo gordo en su casa, deberías estar acostumbrado—murmuró Gustav acomodándose mejor en la cama.
Alexander se quedó en silencio, mirando el silencioso móvil como si esperara que volviera a sonar. La frase de Gustav flotaba en el aire, dicha con malicia y también cargada de una verdad incómoda.
—Esta vez era distinto—dijo Alexander sin apartar la vista de su móvil—No me estaba reclamando mi atención, me estaba pidiendo ayuda desesperadamente.
—Alexander, Bill no está bien de la cabeza y siempre parece necesitar ayuda—soltó Gustav—Tú mismo lo has dicho siempre, que sino tu padre no le estaría viendo tantas veces.
—Quizás debería ir a ver qué le pasa—empezó a decir Alexander ignorando sus palabras.
—Ya le has dicho que no pensabas ir—le recordó Gustav—Además por lo que me ha contado Georg esta mañana le han levantado el castigo y puede recibir visitas. Louise está con él y si Bill necesita ayuda que se lo pida a ella.
—Qué fácil es hablar desde la ignorancia —soltó Alexander, incapaz de contenerse—Bill es mi novio y me está pidiendo que esté a su lado cuando más me necesita. Si tú sintieras por Natalie lo que yo siento por él, lo entenderías a la primera sin tener que pensarlo demasiado.
Gustav se incorporó de golpe, con los ojos encendidos.
—¿Y si estás tan enamorado de él como dices, qué demonios hacemos aquí? —espetó—Ayer me echaste de tu casa a patadas como si hubiera cometido un terrible error, y esta mañana me llamas invitándome a pasar el día juntos. Y hemos acabado follando en un hotel bien lejos de todo para que ni Bill ni Natalie se enteren. No me vengas ahora con que te arrepientes.
—Pues sí, me arrepiento —dijo Alexander, saliendo de la cama con brusquedad—Soy un imbécil, ya lo había arreglado con Bill y lo he vuelto a estropear. Por tu culpa.
—¿Por mi culpa?—repitió Gustav soltando una risa seca desde la cama—No recuerdo haberte obligado a echar un polvo, ni recuerdo escuchar como te quejabas cuando no podías dejar de tocarme cuando te corrías dentro de mi una y otra vez como si no existiera nadie más.
Alexander no respondió. Caminó desnudo por la habitación recogiendo la ropa esparcida por el suelo, vestigios de una pasión que ahora le pesaba. Se agachó, se puso la ropa interior y buscó la camisa sin mirar a Gustav.
Empezó a vestirse mientras que Gustav permanecía aún en la cama con la sábana a un lado.
—¿Qué haces, Alexander? —preguntó Gustav con un tono más cansado que molesto.
—Vestirme—contestó Alexander apretando los dientes— ¿No lo ves?
—No me refiero a eso —gruñó Gustav— ¿Vas a irte corriendo cada vez que Bill te llame? ¿Cada vez que sus padres te miren mal? ¿Vas a seguir siendo el chico obediente que hace lo que se espera?
—Hoy es distinto —murmuró Alexander, sin convicción.
—Es la excusa de siempre—dijo Gustav suspirando—Te tiene cogido por los huevos, él y sus padres. Haces todo lo que te piden como si fueras un perrito faldero. Pues muy bien, vete que yo me quedo aprovechando que la habitación está pagada.
Alexander se giró, dispuesto a responder, pero entonces lo vio. Gustav, aún desnudo recostado entre las sábanas mirándole con una mezcla de desafío y deseo mientras que su mano se movía lentamente sobre su erección de arriba abajo provocándole con descaro.
Algo en Alexander se quebró de nuevo. La culpa, la rabia y el deseo se mezclaron en un impulso ciego. Dejó caer la camisa, cruzó la habitación en dos pasos y olvidándose de Bill en esos momentos se lanzó sobre Gustav como si quisiera borrar lo que sentía a fuerza de piel y furia.
Gustav sonrió satisfecho y se dejó besar mientras se acomodaba bajo su cuerpo.
Había ganado de nuevo.
Gustav 1, Bill 0.
Alexander lo supo en cuanto sus labios se fundieron con rabia con los de Gustav. No era amor, ni siquiera consuelo.
Era rendición.
Una forma de castigo que él mismo se imponía, como si traicionarse fuera más fácil que enfrentar lo que realmente sentía.
Gustav lo recibió con una sonrisa triunfante como quien sabe que ha movido las piezas justas en el tablero. No necesitaba decir nada. El cuerpo de Alexander hablaba por él tembloroso, entregado e incapaz de sostener la culpa por más de unos minutos.
Y mientras la habitación volvía a llenarse de jadeos y gemidos, Bill quedaba relegado en el olvido. Fuera del hotel, fuera del corazón de Alexander y fuera de todo lo que en ese momento importaba.
Porque en ese instante, Gustav no solo tenía su cuerpo.
Tenía su alma.
Y eso, para él, era la verdadera victoria.
&
Mientras que dejaba que Andreas se duchara y se preparara para irse al cine con las chicas salió al porche con una cerveza en la mano buscando algo de aire fresco que le despejara la cabeza. El sol empezaba a descender tiñendo el cielo de tonos dorados y lavanda, y el murmullo lejano del lago le llegaba como un eco de la tarde que acababan de vivir.
Se sentó en la hamaca recostándose en ella y dio un trago largo. El sabor frío y amargo contrastaba con el calor que aún sentía en la piel pero no le ofrecía el alivio que esperaba.
Cerró los ojos suspirando. No era solo el cansancio, era esa sensación persistente de que algo estaba mal, de que Bill necesitaba más de lo que él no había sabido darle. Y en esos momentos mientras el resto del grupo se preparaba para una noche de cine y pizza, él se sentía como si estuviera en otro lugar por completo.
La cerveza se calentaba entre sus dedos.
El porche estaba tranquilo.
Pero dentro de Tom, todo se movía a cámara rápida.
Media hora después Andreas salió del bungalow con el pelo aún húmedo y una camisa clara que le daba un aire despreocupado pero elegante. Melissa y Anouk aparecieron poco después vestidas con sus mejores galas. Melissa con un vestido corto de lino azul que le resaltaba los ojos, y Anouk con una blusa vaporosa y vaqueros ajustados que le daban un toque casual pero cuidado.
Al enterarse de que Tom no iría al cine ambas se detuvieron en seco intercambiando miradas preocupadas.
—¿Seguro que no quieres venir? —preguntó Melissa acercándose con suavidad.
—Podemos quedarnos contigo si no te encuentras bien —añadió Anouk al momento.
Pero Tom negó con firmeza, levantando la cerveza en señal de brindis informal.
—Disfrutad de la película —dijo con una sonrisa forzada—Y traedme un trozo de pizza con mucho queso.
Melissa le dio un beso rápido en la mejilla antes de salir, y Anouk le apretó la mano con discreción. Andreas se quedó un segundo más observando a Tom desde las escaleras del porche.
—Si necesitas algo, me escribes —dijo simplemente.
Tom asintió y cuando se quedó a solas el porche volvió a llenarse de silencio. El sol ya se escondía detrás de los árboles y la cerveza en su mano empezaba a perder el frío.
Pero Tom no se movió de donde estaba disfrutando del atardecer hasta que sintió que se le había terminado la cerveza. Solo entonces se puso en pie y entró en el bungalow para ducharse él también.
Y cuando terminó de ducharse salió del baño con el cuerpo aún húmedo y una toalla ceñida a la cadera. Caminaba distraído por el pasillo, secándose el pelo con la mano, hasta que se detuvo en seco.
Alguien había entrado en el bungalow sin molestarse en llamar ni anunciarse.
Tom frunció el ceño, avanzó unos pasos y entonces lo vio.
Sentado en su sofá cama estaba Bill con los ojos enrojecidos de tanto llorar sin decir nada, hasta que reparó en su presencia y alzó la mirada descubriendo Tom en ella que estaba algo había pasado que le había dejado destrozado.
Sintió cómo el aire se volvía más denso. La tarde, el cine y las pizzas todo se desvanecía frente a esa imagen.
Bill estaba allí buscando eso que hasta esos momentos nadie había sabido ofrecerle.
Respuestas y consuelo.
Continúa…
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