
Fic TOLL de lyra
Capítulo 56
La luz del amanecer se filtraba tímidamente por las cortinas medio echadas tiñendo la habitación de un tono dorado suave. Bill abrió los ojos lentamente aún envuelto en la calidez de las sábanas y el silencio. Tardó unos segundos en recordar dónde estaba, pero al girarse y ver a Tom dormido a su lado todo volvió con claridad.
Tom yacía boca arriba con la sábana apenas cubriéndole hasta la cadera. Su pecho subía y bajaba con un ritmo tranquilo y sus brazos descansaban relajados a ambos lados mostrando con naturalidad la definición de cada uno de sus músculos. Bill no podía apartar la mirada , había algo hipnótico en esa quietud y en la forma en que el cuerpo de Tom parecía esculpido por el hábito más que por la vanidad.
Pensó sin poder evitarlo que debía mantenerse en forma tal vez saliendo a correr por las mañanas o haciendo deporte con regularidad. No era solo físico, era la manera en que Tom se movía con esa mezcla de fuerza y calma como si su cuerpo supiera exactamente cómo ocupar el espacio sin imponerse.
Se incorporó en la cama procurando no despertarle con el codo apoyado en la almohada y siguió observándolo no con deseo sino con una especie de admiración silenciosa. Como si en ese cuerpo descansara también la paciencia, la contención y todo el cuidado que había recibido la noche anterior.
Tom se movió apenas murmurando algo entre sueños y Bill sonrió en silencio.
No quería despertarlo.
No todavía.
Entonces Tom se movió lentamente entre como si su cuerpo estuviera negociando con el amanecer, abrió los ojos lentamente aún entre la bruma del sueño y lo primero que vio fue a Bill ya despierto recostado a su lado y observándolo en silencio.
Durante un segundo, Tom no dijo nada. Solo se le quedó mirando con esa expresión entre sorpresa y ternura que aparece cuando uno despierta y encuentra algo hermoso esperándolo.
—¿Llevas mucho rato mirándome? —preguntó con voz ronca medio sonriendo.
—Un poco—contestó Bill encogiéndose de hombros sin apartar la mirada—No sabía que dormías tan tranquilo… ni que tenías tantos músculos.
Tom soltó una risa suave al tiempo que se volvía en la cama para mirarle de frente.
—¿Eso estabas analizando?—preguntó frotándose los ojos— ¿Mi musculatura matutina?
—No lo llamaría análisis, más bien contemplación —respondió Bill con una sonrisa que se asomaba tímidamente.
—Pues si quieres saber el secreto, es nadar en el lago todas las mañanas que tengo libres—explicó Tom—Y cargar cajas de cerveza en el club. Nada glamuroso como machacarme en un gimnasio.
—Pues funciona pero que muy bien—murmuró Bill bajando la mirada un instante por su desnudo pecho antes de volver a encontrar la de Tom.
El silencio que siguió no fue incómodo, era el tipo de pausa que se da cuando dos personas se están reconociendo en un nuevo espacio más íntimo y más claro.
—¿Dormiste bien? —preguntó Tom esa vez con suavidad.
—Sí, mejor de lo que esperaba—contestó Bill con sinceridad—Mejor de lo que merezco, quizás.
—No digas eso, todos merecemos una noche en paz—dijo Tom incorporándose un poco sin dejar de mirarlo—Y hoy tú más que nadie.
Bill tragó saliva, como si esas palabras le tocaran algo que aún no sabía cómo nombrar.
Tom se movió lentamente y se acercó sin decir nada viendo que Bill no se apartaba. Al contrario, lo recibió con los labios separados como si ese gesto ya lo hubiera estado esperando.
El beso fue lento y sin urgencia. Un roce primero, luego más profundo. Las manos de Tom se deslizaron por el cuerpo de de Bill, y las de Bill se aferraron a sus hombros explorando con calma como si quisieran memorizar cada línea de su cuerpo.
Se movieron a la vez en la cama, Tom rodó por ella quedando esa vez encima sintiendo que Bill se acomodaba bajo su cuerpo y separaba las piernas para darle mejor acceso. Siguieron besándose mientras sus sexos conectaban y se frotaban entre ellos gracias al movimiento de sus caderas.
Sus manos seguían en el cuerpo contrario acariciando cada centímetro de piel que encontraban a su paso. Las caricias fueron creciendo suavemente pero cargadas de intención, hasta que ambos se detuvieron respirando juntos, conscientes de que estaban a punto de cruzar un umbral.
Tom apoyó la frente contra la de Bill aún con los labios muy cerca de los suyos.
—Si seguimos así, no vamos a salir de esta cama en todo el día —murmuró con una sonrisa.
Bill soltó una risa baja, sin apartarse.
—¿Y eso sería tan terrible?—quiso saber.
—No —admitió Tom—Pero tengo una ducha minúscula que está pidiendo a gritos que la usemos. Eso sí, hay sitio para los dos si nos juntamos un poco.
—¿Minúscula?—repitió Bill mirándole con una mezcla de diversión y deseo.
—Nivel «si te giras bruscamente, te golpeas con la pared»—explicó entre risas Tom—Pero tiene su encanto.
—Entonces vamos —dijo Bill incorporándose despacio—Prometo no girarme bruscamente a no ser que tú me digas lo contrario.
Tom se mordió el labio al escucharle, no se esperaba que fuera tan lanzado o que soltara ese tipo de frases. Se movió él también y se quitó de encima saliendo primero de la cama haciendo que la sábana cayera por su espalda. Le tendió una mano y le ayudó a levantarse caminando juntos desnudos hasta el baño, dejando atrás la cama revuelta y la promesa de una mañana que apenas había comenzado.
Bill caminaba tras él con paso lento sintiendo el frescor del suelo bajo los pies. Entraron en el baño y Tom fue el encargado de abrir la puerta. Ambos se quedaron mirando el diminuto espacio que apenas permitía girarse sin chocar con algo.
—¿Seguro que esto no es una cabina telefónica reciclada? —preguntó Bill alzando una ceja mientras inspeccionaba el estrecho espacio..
—Es diseño minimalista con aspiraciones claustrofóbicas —respondió Tom con una sonrisa—Solo requiere coordinación milimétrica… o aceptar que vamos a compartir cada centímetro de piel.
Entró en la ducha y tiró de Bill para que entrara con él cerrando la mampara a su espalda. Había el espacio justo para dos cuerpos si se pegaban bien el uno contra el otro. Abrió el grifo y el agua comenzó a correr saliendo tibia y envolviéndolos en vapor. Bill se giró con cuidado rozando el brazo de Tom y ambos soltaron una risa contenida al comprobar que efectivamente no había margen para torpezas.
—Esto es casi coreografía —murmuró Bill dejando que el agua le cayera por su nuca.
—Y tú sabes que tengo buen ritmo—respondió Tom guiñándole un ojo.
Bill sintió que se sonrojaba, recordando la noche anterior y como dejó que Tom llevara el ritmo mientras hacían el amor. Era la primera vez que disfrutaba tanto, sintiendo que Tom se había preocupado de él en todo momentos primero para no hacerle daño y después para que disfrutara de la experiencia tanto como él.
Empezaron a ducharse con calma esquivándose y tocándose al mismo tiempo, como si el espacio reducido les obligara a una intimidad que ya no les incomodaba. No había prisas ni tensión. Solo el murmullo del agua, el calor compartido, y la certeza de que esa mañana estaba empezando de forma distinta a todas las anteriores.
Bill se giró lentamente bajo el chorro templado dejando que el agua le resbalara por la espalda. No dijo nada ni hizo ningún gesto, pero Tom se acercó con naturalidad y sin mediar palabra comenzó a lavarle el pelo con movimientos suaves. Sus dedos se hundieron entre los mechones húmedos masajeando con delicadeza su cabeza.
Cerró los ojos al momento entregado a esa sensación inesperadamente íntima. No era solo el contacto físico, era la forma en que Tom lo hacía con calma, con cuidado y como si cada movimiento estuviera pensado para reconfortar, no para impresionar.
El vapor envolvía la ducha como una nube tibia y el espacio reducido los obligaba a estar piel contra piel sin margen para distracciones. Bill sentía cómo el ritmo de sus pensamientos bajaba y cómo el mundo exterior se desdibujaba en cada caricia que Tom le daba.
—Tienes buena mano para los masajes—murmuró Bill sin abrir los ojos.
—Solo uso mis superpoderes cuando alguien lo merece —respondió Tom en voz baja sonriendo—Ya verás cuando llegue a tu espalda.
Y sin esperar respuesta alguna sus manos descendieron con naturalidad desde la cabeza hasta el cuello de Bill trazando el camino con los dedos como si conocieran cada vértebra. Se detuvo en los hombros presionando con suavidad justo donde la tensión se acumulaba. Bill soltó un suspiro involuntario mientras el agua seguía cayendo sobre ellos como una cortina cálida.
Tom continuó el masaje bajando lentamente por la espalda con movimientos firmes pero atentos, como si estuviera leyendo la historia de los últimos días en cada músculo tenso. No había prisa, ni palabras. Solo el sonido del agua, el vapor envolviéndolos y el contacto que decía más que cualquier conversación.
—Estás muy tenso —dijo Tom mientras sus dedos seguían recorriendo su espalda con paciencia.
—Han sido días duros —murmuró Bill dejando escapar el aire en un suspiro largo.
Se mantenía con los ojos aún cerrados, como si no quisiera volver del todo al mundo. Sentía las manos de Tom bajando un poco más hasta detenerse justo en la zona lumbar, donde la tensión parecía haberse instalado como huésped permanente.
—Lo sé —dijo Tom en voz baja—No hace falta que me lo expliques, se nota en cómo respiras, cómo te mueves y cómo te callas.
—A veces no sé si hablar lo alivia o lo empeora—murmuró Bill abriendo los ojos lentamente sin volverse.
—Entonces no hables —susurró Tom acercándose más a su cuerpo—Solo deja que te cuide un rato más.
El agua seguía cayendo envolviéndolos en vapor y silencio. Bill apoyó la frente contra la pared, dejando que las manos de Tom siguieran su recorrido, como si cada caricia fuera una forma de decir «estoy aquí» sin palabras.
—Gracias —murmuró Bill apenas audible.
—No tienes que darme las gracias —respondió Tom susurrando muy cerca de su oído—Solo quédate quieto y dejar que haga mi trabajo.
Tom dejó que sus manos siguieran explorando la espalda de Bill bajando con lentitud llegando sus nalgas como si cada centímetro mereciera su atención. El agua tibia envolvía sus cuerpos, y el vapor creaba una burbuja de intimidad que parecía ajena al mundo exterior.
Bill se giró lentamente quedando frente a él con gotas de agua resbalando por su rostro y cuello. No dijo nada pero sus ojos hablaban por él. Tom se le quedó mirando como si estuviera viendo algo por primera vez que no quería romper con palabras innecesarias.
Sus manos se encontraron y Tom las llevó a su propia cintura acercándolo más a él con suavidad. El espacio reducido los obligaba a estar cerca, pero en esos momentos era una elección de los dos. Bill subió las manos y las apoyó en el pecho de Tom, sintiendo el calor bajo la piel y el ritmo pausado de su respiración.
—No sé si esto es una buena idea —susurró Bill sin apartar la mirada.
—Entonces hagamos que lo sea —respondió Tom inclinándose para besarlo.
El beso fue distinto al de la cama, más húmedo y más urgente pero aún contenido. Las manos se deslizaron, los cuerpos se rozaron y el deseo se mezcló con algo más profundo y más difícil de nombrar.
No era solo físico.
Era la necesidad de sentirse visto, tocado y querido.
Tom apoyó la frente contra la de Bill respirando los dos a la vez.
—Si en algún momento quieres parar, lo hacemos—susurró sin aliento—No hay prisa y no hay nada que hacer que tú no quieras.
—Lo sé, por eso estoy aquí—murmuró Bill rozando su nariz con la de él.
El agua seguía cayendo pero ya no era lo importante. Lo importante era que por primera vez en días Bill no sentía miedo.
Solo deseo.
Y confianza.
Tom deslizó las manos por el cuerpo de Bill con una lentitud casi meditativa como si cada caricia fuera una forma de pedir permiso y al mismo tiempo ofrecer consuelo. Bill se acercó más con sus manos acariciando el pecho de Tom y sus labios buscaron los suyos con una mezcla de deseo y cuidado. El beso fue más profundo esta vez como si ambos supieran que lo importante no era la urgencia sino la intención.
Las manos se exploraban mutuamente con calma deslizándose por la piel húmeda descubriendo rincones nuevos nunca antes explorados Tom acarició el costado de Bill bajando por su cadera con una ternura que desarmaba. Bill respondió con un suspiro apoyando la frente en su hombro al sentir como los dedos de Tom se cerraban en torno a su miembro que llevaba duro desde que habían abandonado la cama.
Se aferró a Tom con una de sus manos y bajó la otra para apoderarse él también de su miembro imitando cada uno de sus movimientos, moviéndose de arriba abajo con un ritmo suave sintiéndole ponerse cada vez más duro entre sus dedos.
Sus respiraciones se volvieron más agitadas y sin dejar de mirarse a los ojos siguieron con las caricias hasta que se derramaron el uno entre los dedos del otro. Sus labios se buscaron hambrientos y se besaron apasionadamente mientras dejaban que el orgasmo recorriera sus temblorosos cuerpos.
Cuando finalmente terminaron separaron sus labios, continuaban aún bajo el agua con sus respiraciones entrelazadas como si fueran una sola. Tom apoyó la frente contra la de Bill y ambos sonrieron sin necesidad de dar explicación alguna.
—Creo que ahora ya podemos salir de aquí —murmuró Tom con una sonrisa perezosa.
—Sí —respondió Bill suspirando—Pero no demasiado rápido.
Salieron de la ducha envueltos en vapor con la piel aún tibia por el agua caliente. Tom abrió el armario y sacó una toalla limpia que le tendió a Bill con una sonrisa tranquila, y luego tomó otra para él. Se secaron juntos en silencio compartiendo ese momento cotidiano como si fuera parte de un ritual íntimo que no necesitaba palabras.
Bill se pasó la toalla por su largo pelo aún con la sonrisa suave que le había dejado la ducha mientras Tom se secaba los brazos y ajustaba la toalla alrededor de su cintura.
—No tengo mucho en la nevera —explicó Tom rompiendo el silencio con tono despreocupado—Pero podemos improvisar algo, quizás unos huevos con bacon, café y tostadas. Sé que suena a desayuno de hotel barato, pero es lo que hay.
—Ahora mismo me parece todo un manjar—comentó Bill envolviéndose la toalla también en su cintura.
Bill se llevó las manos al pelo y lo escurrió con un gesto automático como si intentara sacudirse algo más que el agua. Tom lo observó en silencio antes de coger otra toalla del armario y ayudarle a secarlo con movimientos suaves.
—¿Siempre lo has llevado largo? —preguntó Tom mientras pasaba la toalla por los mechones húmedos con cuidado.
—Otra cosa que mi madre detesta —respondió Bill suspirando sin necesidad de explicar más— ¿Y tú?
Tom sonrió, como si el recuerdo le hiciera gracia.
—También me gusta llevarlo largo— empezó a explicar— De pequeño era más rubio, y en una época me dio por hacerme rastas. Nadie me decía nada. A nadie le importaba cómo llevaba el pelo o lo que me hiciera en él.
Bill lo miró con una expresión de tristeza. Al haber crecido en un hogar de acogida nunca tuvo a nadie encima diciéndole qué hacer pero tampoco que se preocupara si lo que estaba haciendo estaba mal o si él se sentía bien.
—Eso suena a libertad… pero también a soledad—comentó Bill sin poderse contener.
Tom se detuvo un segundo dejando la toalla sobre los hombros de Bill. Se le quedó mirando con una seriedad tranquila.
—A veces me pregunto si habría preferido que alguien me gritara por llevar el pelo largo solo para saber que estaba ahí—murmuró suspirando.
Bill no sabía que decirle, en su caso él prefería no tener a nadie encima exigiendo que todo lo que hiciera fuera perfecto y detestando cuando cometía el más mínimo error.
El silencio que siguió fue cálido, como si algo se hubiera acomodado entre ellos sin necesidad de más palabras.
—¿Vamos a por ese desayuno de hotel barato? —preguntó Tom, rompiendo la tensión con una sonrisa.
—Con café fuerte y tostadas quemadas, por favor —respondió Bill, recuperando el tono ligero mientras se estremecía sin poder evitarlo.
—¿Tienes frío? —preguntó Tom notando el gesto.
—Un poco —admitió Bill con una sonrisa.
—Vamos a vestirnos primero y dejarle a Andreas la habitación en condiciones —propuso Tom ya en modo práctico.
Bill asintió y salieron del baño envueltos aún en vapor caminando de vuelta a la habitación. Recogió su ropa del suelo donde permanecía tirada desde la noche anterior mientras que Tom abría el armario y sacaba ropa limpia para él. Se vistieron allí mismo sin prisas ni incomodidad, como si la intimidad compartida les hubiera despejado cualquier tensión entre ellos.
Bill se puso su camiseta blanca de algodón y manga corta y los vaqueros, pero aún sentía el frescor que seguía tras la ducha compartida. Tom lo notó enseguida.
—Toma —dijo tendiéndole una sudadera suya negra.
Bill se la puso sin pensarlo. Le quedaba grande y tenía el aroma de Tom impregnado en ella. Se la ajustó con una sonrisa silenciosa.
Tras vestirse se pusieron a quitar las sábanas revueltas de la cama entre los dos y pusieron unas limpias dejando la habitación de Andreas como si nada hubiera pasado. Solo entonces fueron a la cocina para preparar el desayuno. Mientras que Tom sacaba los ingredientes Bill buscaba las tazas en un armario cuando un golpe en la puerta los sobresaltó.
—Tom, soy yo —escucharon la voz de David al otro lado.
Ambos se quedaron quietos. Bill negó con la cabeza con firmeza con los ojos muy abiertos. No estaba en condiciones todavía para enfrentarse a sus problemas.
—Sé que está Bill contigo. Abre, por favor —insistió David con voz firme.
Era inútil seguir escondiéndose y al final Bill cedió con un leve asentimiento. Tom lo entendió al instante, se acercó a la puerta y la abrió sin demora dejando entrar a David.
—¿Te apetece un café? —preguntó Tom con tono cordial.
David negó con la cabeza entrando del todo en el bungalow y cerrando la puerta tras de él mientras echaba un vistazo alrededor observando con discreción el espacio donde Tom vivía junto a Andreas.
Descubrió a Bill en la pequeña cocina de pie junto a la cafetera y se dirigió hacia él con calma sentándose en uno de los taburetes frente a la barra americana que separaba la cocina del salón.
—¿Estás bien? —preguntó sin rodeos.
Bill asintió en silencio, sabía que David lo estaba observando con atención fijándose en la sudadera amplia que llevaba y que claramente no suya, y en su pelo aún húmedo por la ducha igual que el de Tom.
No hacía falta ser muy perspicaz para entender lo que había ocurrido la pasada noche en ese bungalow o esa misma mañana apenas unos minutos antes.
—¿Te envía mi padre? —preguntó Bill cruzándose de brazos.
—Está muy preocupado por ti—respondió David con sinceridad.
—¿Y cómo sabías que estaba aquí? ¿Te lo dijo Louise?—quiso saber Bill.
Aunque lo dudaba. Confiaba ciegamente en Louise y sabía que no lo traicionaría… a menos que creyera que era realmente necesario.
—No hizo falta —explicó David con calma—Tu padre supo dónde estabas en cuanto se enteró de que habías desaparecido estando en el club.
Bill se quedó en silencio procesando sus palabras. Su padre lo había dejado pasar la noche fuera con Tom. Como si por una vez entendiera que eso era justo lo que necesitaba.
—Y te ha enviado a buscarme —murmuró Bill— ¿Por qué ahora? ¿Ha pasado algo?
—Quiere que vuelvas, hay algo importante que necesita decirte —respondió David sin rodeos.
Bill bajó la mirada sintiendo de nuevo un nudo en el estómago.
—Si va a decirme que soy adoptado, llega tarde —soltó dolido sin poder contenerse—Porque ya lo sé, lo descubrí por mi mismo.
—Tu padre lo sabe—dijo David en voz baja.
Bill lo miró, desconcertado. ¿Cómo podía saberlo? ¿Acaso tenía cámaras en el despacho? Pero lo que más le inquietaba era que David no parecía sorprendido por descubrir que era adoptado.
—Tú lo sabías —susurró Bill, incrédulo.
David se removió en el taburete carraspeando.
—Eso ahora no importa —murmuró evitando su mirada—Estoy aquí porque tu padre me pidió que viniera a buscarte para llevarte a casa personalmente. Así que date prisa en desayunar, por favor. Tu padre te está esperando.
Bill no se movió de donde estaba. Permaneció de brazos cruzados atrapado entre dos impulsos, obedecer como siempre sin cuestionar o quedarse con Tom aferrándose a ese pequeño refugio que habían construido juntos esa mañana. El desayuno, la calma, el silencio compartido… todo parecía más real que cualquier conversación pendiente con su padre.
Levantó la mirada y la dirigió a Tom, que seguía detrás de David observándolo todo sin intervenir. No le dijo nada, pero en sus ojos había una súplica muda. No podía decidir por él solo.
Tom lo entendió al momento y se acercó con calma.
—Creo que deberías volver —dijo con suavidad—No por tu padre sino por ti. Para escuchar lo que te tiene que decir y entender lo que ha pasado. Solo así vas a poder decidir qué hacer después.
Bill lo miró fijamente, y por un instante sintió que la tensión que llevaba dentro empezaba a ceder. No porque la decisión se hubiera vuelto sencilla, sino porque no había tenido que tomarla solo.
—Está bien —dijo al fin con voz baja pero firme—Volveré a casa contigo.
—Te espero fuera para que puedas desayunar con calma y despedirte en condiciones—dijo David poniéndose en pie.
Dio media vuelta y le dirigió a Tom una breve inclinación de cabeza a modo de despedida, saliendo en silencio del bungalow.
Bill se quedó donde estaba con la mirada perdida.
—Ya no tengo hambre —murmuró sintiéndose abatido.
Tom se acercó despacio y se colocó a su lado.
—Al menos toma algo —pidió con suavidad—Un poco de café y una tostada. No por obligación, solo para que no te vayas con el estómago vacío.
Bill asintió lentamente sin levantar la vista. No era el desayuno lo que le pesaba, sino todo lo que venía después. Pero el gesto de Tom, y su voz tranquila le ofrecían un ancla. Algo pequeño, pero firme.
Tom se dispuso a preparar el desayuno con rapidez y minutos después ya estaban sentado tomando juntos un café.
—Antes de que te vayas quiero que sepas que lo que pasó aquí no fue solo una noche, no para mí—dijo Tom con firmeza.
—Para mí tampoco lo ha sido—respondió Bill mirándole a los ojos—No sé qué va a pasar cuando llegue a casa pero tú me has dado algo que no sabía que necesitaba.
Tom se inclinó hacia él y lo abrazó, con fuerza pero sin apretar. Bill se dejó envolver, apoyando la cabeza en su hombro, respirando el aroma de la sudadera que aún llevaba puesta como si ese olor pudiera darle las fuerzas que necesitaba.
—Quédate mi sudadera—murmuró Tom mientras le acariciaba el pelo con suavidad—Para que te acuerdes de mi y no se te olvide que puedes volver aquí siempre que lo necesites.
Bill sonrió contra su cuello cerrando los ojos por un instante dejando que ese gesto lo sostuviera.
—Además de tu sudadera, quiero tu número de teléfono—dijo con firmeza separándose apenas—Para llamarte si necesito hablar contigo o si simplemente quiero volver a verte.
Tom sonrió sin decir nada y le vio sacar su móvil del bolsillo delantero de su sudadera. Se lo pasó y Tom guardó su número con rapidez antes de devolvérselo. Bill lo guardó en el bolsillo de nuevo como si fuera algo más que un contacto, una promesa silenciosa.
—Gracias por no pedirme que me quedara—dijo Bill suspirando.
—Gracias por no irte sin despedirte de mí —susurró Tom abrazándolo de nuevo con más fuerza, como si quisiera retener ese último instante.
Bill alzó la cara y buscó sus ojos, luego sus labios. El beso llegó sin palabras, suave pero cargado de todo lo que no se habían dicho. Después, se separaron con lentitud y se pusieron en pie.
Tom lo acompañó hasta la puerta del bungalow y la abrió lentamente. Fuera David esperaba junto al camino que conducía a la carretera donde tenía el coche aparcado. Hablaba por el móvil pero al verlos aparecer interrumpió la conversación y bajó el teléfono observando a Bill terminar de despedirse.
Desde donde estaba vio cómo Bill se volvía una última vez hacia Tom y lo abrazaba con fuerza como si ese gesto pudiera darle las fuerzas necesarias para enfrentarse a todo lo que le esperaba. El beso que siguió fue profundo y sin prisa, una despedida que parecía no tener final.
David volvió a llevarse el móvil al oído.
—No te preocupes Jörg, Bill está bien —dijo con voz baja—Lo llevaré directo a casa y podrás hablar con él. Ha llegado el momento de que sepa toda la verdad. No puedes permitir que se entere del resto por su cuenta o lo perderás del todo.
Terminó la llamada y guardó el teléfono en el bolsillo con gesto tenso. Sabía que él también había formado parte de ese secreto que había destrozado a Bill. Si hubiera hablado antes, si hubiera tenido el valor de decirle todo lo que sabía, tal vez habría podido evitar que las cosas hubieran salido de esa manera.
Pero no lo hizo.
Por miedo.
Por cobardía.
Y en esos momentos mientras que Bill se acercaba con pasos lentos con la sudadera de Tom aún puesta y la mirada perdida, David lo vio más confuso que nunca. Como si el mundo que conocía se estuviera desmoronando justo cuando empezaba a construir uno nuevo.
Continúa…
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