
Fic TOLL de lyra
Capítulo 58
Tom dejó a David concentrado en su tablet y se dirigió a la cocina, donde el calor del horno y el aroma a café recién hecho lo recibieron como una caricia. Rose estaba terminando de emplatar unas tostadas con aguacate y huevo, y al verlo entrar le dedicó una sonrisa rápida sin dejar de trabajar.
—Justo a tiempo —dijo—Si tardas un poco más, te toca raspar la sartén.
Tom se rio suavemente y se sentó al lado de Melissa.
—¿Qué has preparado hoy?—preguntó esperando a ser servido.
—Lo de siempre, pero con cariño extra —respondió Rose colocando el plato frente a él—Aunque te advierto que si David no consigue un ayudante pronto, el cariño va a empezar a escasear.
—¿Tan mal está?—preguntó Tom levantando la mirada con curiosidad.
Rose se apoyó en la encimera, cruzando los brazos.
—No es que esté mal, es que está solo—contestó suspirando—El club ha crecido, los pedidos se multiplican, los clientes son más exigentes y él sigue intentando hacerlo él solo todo sin que nadie lo note. Pero se nota. Y no es justo.
Tom asintió pensativo mientras giraba el tenedor entre los dedos.
—Andreas y yo intentamos ayudar con los inventarios durante nuestros turnos —intervino Melissa—Pero no podemos estar en dos sitios a la vez. O estamos contando botellas en el almacén, o atendiendo a los clientes en la barra.
—Son los camareros con más experiencia y en quienes más confía David —añadió Rose mientras servía café—Los demás pueden colaborar, pero aún se les escapan muchos detalles. Lo ideal sería tener a alguien dedicado exclusivamente al inventario, sin interrupciones.
—¿Y por qué no se contrata a alguien? —preguntó Tom, como si la solución fuera evidente.
—Estamos en plena temporada alta—contestó Melissa suspirando—La mayoría de la gente está de vacaciones o no tiene ganas de comprometerse. El último que contrató David se pasaba más tiempo en el almacén, pero haciendo el inventario a su manera…
Tom recordó que David se lo había comentado y por eso tuvo que despedirlo. Y con el ritmo que llevaban, era comprensible que David estuviera postergando la idea de buscar a alguien nuevo. No era el mejor momento para confiar en manos inexpertas.
—Lo ideal sería alguien de absoluta confianza —comentó Rose mientras volvía a su tarea—Pero hoy en día encontrar a alguien así es casi un milagro.
Su tono no era amargo, sino realista, como quien ha visto pasar demasiadas promesas vacías por esa cocina. Mientras removía la olla con gesto firme, dejó que el silencio se asentara un momento, como si todos supieran que tenía razón.
Tom y Melissa estaban terminando de desayunar en silencio aún saboreando los últimos bocado cuando David irrumpió en la cocina con el rostro marcado por el agotamiento y el ritmo acelerado de quien lleva demasiado tiempo lidiando con imprevistos.
—Menos mal que estáis aquí —dijo sin aliento apoyándose brevemente en el marco de la puerta—Sé que ninguno de los dos entráis hasta las doce pero Paul se encuentra indispuesto y lo he mandado a casa. ¿Podéis echar una mano? Uno que lo sustituya en el embarcadero y el otro que se encargue de los alquileres de las lanchas. Aún no he terminado con los pedidos y esto se me está yendo de las manos.
No hizo falta que lo repitiera. Tom se bebió de un trago el café que le quedaba, se levantó con decisión y cruzó una mirada rápida con Melissa.
—Yo me encargo de cubrir a Paul —dijo suplicándole con la mirada.
Necesitaba moverse, no quedarse encerrado en la caseta durante toda la mañana. Por suerte Melissa lo comprendió al momento sin necesidad de que se lo explicara y asintió sin objeciones, ya acostumbrada a esa forma de repartirse las urgencias mientras que Rose les dedicaba una mirada cómplice mientras seguía con su trabajo.
—Si no fuera por trabajadores como vosotros, a David se le caería el club encima—les dijo a modo de despedida.
David ya se había ido sin tiempo para agradecimientos pero con la certeza de que podía contar con ellos. Tom y Melissa se dirigieron al vestuario, cambiándose con la eficiencia de quien conoce cada rincón del lugar como si fuera su casa.
Fuera, el sol empezaba a calentar el embarcadero y Tom agradeció que le tocara estar al aire libre. El día prometía movimiento, pero también la posibilidad de distraerse de todo lo que llevaba dentro.
Al acercarse a las mesas divisó a Louise y Georg en una de ellas hojeando la carta con expresión relajada. Ambos levantaron la vista al verle acercarse, y Tom les recibió con una sonrisa amplia y genuina, esa que reservaba para los clientes que le caían muy bien.
—Buenos días —saludó con energía— ¿Qué vais a tomar?
— ¿Qué nos recomiendas?—preguntó Louise dejando la carta sobre la mesa.
Tom se inclinó ligeramente, como si compartiera un secreto.
—Si queréis algo fresco, el smoothie de frutos rojos está triunfando— contestó Tom sonriendo— O si preferís algo más contundente, Rose ha preparado tostadas con aguacate y huevo que están para repetir.
—Entonces uno de cada— pidió Georg por los dos— Y café, por favor. Mucho café.
Tom anotó el pedido en su libreta y estaba a punto de marcharse cuando Louise levantó la mano con discreción.
—¿Qué tal está Bill? —preguntó en voz baja incapaz de contener la inquietud.
—Algo mejor —respondió Tom con cautela—David lo llevó a casa esta mañana por petición de su padre y no sé nada más. ¿Vosotros tenéis alguna noticia?
—Nada —admitió suspirando Louise—Y no me atrevo a preguntar directamente a sus padres.
—Si nos enteramos de algo, te lo haremos saber —intervino Georg con convicción.
—Gracias—murmuró Tom agradecido, antes de retirarse hacia la cocina.
Cuando quedaron solos, Louise se quedó mirando a Georg con una sonrisa que él no tardó en notar.
—¿Y esa sonrisa? —preguntó con curiosidad.
—Es que estoy muy feliz por Bill —respondió ella, con un tono enigmático que no quiso explicar más.
Había prometido a Bill guardar silencio. No contarle a nadie, ni siquiera a Georg, lo que había ocurrido entre él y Tom.
Y pensaba cumplirlo.
Ese recuerdo, tan íntimo, les pertenecía solo a ellos.
&
Cuando llegó la hora de comer Bill bajó al comedor como de costumbre sin saber si encontraría a sus padres allí o si su madre seguiría encerrada en su habitación, como se imaginaba que había estado desde que supo de su desaparición. No había recibido ninguna noticia de que su madre quisiera hablar con él o pedirle explicaciones.
Se había cambiado de ropa doblando con cuidado la sudadera de Tom antes de guardarla en el fondo del armario. La acercó a su rostro cerrando los ojos mientras aspiraba su aroma, ese rastro cálido y familiar que parecía envolverlo. Sonrió contra la tela como si en ese gesto silencioso Tom lo abrazara desde la distancia, infundiéndole el valor que necesitaba para poder enfrentarse a su madre sin dudar.
Entró en silencio en el comedor y ocupó su lugar habitual en la mesa. Minutos después sus padres llegaron y se sentaron también sin decir una sola palabra. Greta apareció por la puerta que conectaba con la cocina y sirvió la comida con la misma eficiencia de siempre como si nada hubiera ocurrido ni el mundo se hubiera tambaleado en las últimas veinticuatro horas.
—¿Dónde has pasado la noche?—quiso saber Simone rompiendo el silencio.
—Con unos amigos —respondió Bill sin titubear.
—¿Con quién exactamente?—insistió Simone con tono inquisitivo—Porque hemos llamado a todos y nadie sabía donde estabas
—Con amigos nuevos que he conocido en el club—aclaró Bill evitando resoplar de cansancio.
—Ah, los camareros —murmuró Simone con desdén—Últimamente te mezclas demasiado con ellos, a pesar de que te pedí expresamente que dejaras de hacerlo.
—Son personas normales y corrientes—replicó Bill incapaz de contenerse—No me van a contagiar nada por estar con ellos.
—Ya te han contagiado su mala educación—apuntó con dureza Simone—No hay más que ver cómo me hablas. No quiero que vuelvas a verlos, a ninguno.
Bill negó con la cabeza con firmeza. No pensaba obedecer esa orden porque significaría renunciar a Tom, y no estaba dispuesto a hacerlo. No dejaba de pensar en cuando podría volver a verlo para compartir otro momento de intimidad con él.
—¿Vas a desobedecerme otra vez? —preguntó Simone al ver su gesto—Está bien. Si solo aprendes por las malas, que así sea. Si sigues viéndolos, cambiaré el castigo. Encerrarte en casa no ha servido de nada porque te escapas sin remordimiento alguno. Probemos otra cosa, voy a anular todas tus tarjetas de crédito. Si quieres codearte con la clase baja, que sea en igualdad de condiciones.
—No necesito tu dinero —murmuró Bill mirando fijamente a su madre.
—También le pediré a Alice que vacíe tu armario—siguió diciendo Simone—Te dejará solo un par de prendas. Y la próxima factura del móvil, a ver cómo la pagas.
—Buscaré trabajo, en lo que sea—dijo Bill desesperado—No me importa rebajarme si eso es lo que quieres.
—¿Y quién te va a contratar, si no sabes hacer nada? —rio Simone, con crueldad.
—Trabajará en el club —intervino Jörg para sorpresa de ambos—Hablaré con David después de la comida para que le haga sitio como camarero.
Simone se levantó de golpe dejando caer la servilleta al suelo. Salió del comedor sin apenas haber tocado la comida, negándose a compartir la mesa con quienes, según ella, se habían vuelto en su contra.
Bill se quedó mirando a su padre como si necesitara confirmar que no había oído mal. La idea de trabajar en el club, de volver a ese lugar donde había sentido algo parecido a libertad, le parecía casi imposible después de todo lo que había pasado.
—¿De verdad puedo trabajar en el club? —repitió, con la voz aún cargada de incredulidad.
Jörg asintió con calma, su mirada más cálida de lo habitual.
—Si eso es lo que tu madre quiere, que así sea —dijo, con un tono que dejaba entrever cierta ironía, como si supiera que su mujer no lo había querido en absoluto.
Bill bajó la mirada al plato donde la comida seguía intacta. No tenía hambre, pero sentía que algo se había desbloqueado. No era una reconciliación, ni una victoria. Pero era una puerta entreabierta.
—¿Entonces, hablarás con David? —quiso confirmar sin levantar la mirada.
—Después de comer—repitió Jörg—No va a ser fácil Bill, si quieres hacerlo tendrás que ganártelo.
Bill asintió lentamente.
No esperaba que fuera fácil.
Solo quería que fuera suyo.
Terminada la comida salió al jardín en silencio buscando refugio en una de las tumbonas bajo la sombra de los árboles mientras su padre se encerraba en su despacho para realizar la llamada prometida.
El aire era cálido pero no sofocante y el murmullo lejano de las hojas le ayudaba a calmar el torbellino que aún llevaba dentro. Se recostó con los ojos entrecerrados sin saber si quería seguir pensando en todo lo ocurrido o dejar de hacerlo por completo.
No había pasado mucho tiempo cuando escuchó que se abría la verja que comunicaba el jardín con la puerta principal de la casa y pasos que se acercaban. Se incorporó ligeramente y vio a Alexander acercarse con una bolsa pequeña en la mano envuelta con papel azul y un lazo discreto. Su expresión era cautelosa, como si no supiera si sería bien recibido.
—Hola —saludó Alexander deteniéndose a un par de metros—He traído tu regalo como te prometí ayer.
Bill se le quedó mirando sin responder de inmediato. Recordaba perfectamente la llamada del día anterior con su voz rota y la necesidad de verlo cuando más lo necesitaba. Y también recordaba la respuesta de Alexander diciéndole que no podía ir porque estaba en Berlín. Luego había escuchado a Gustav a su lado y entonces Bill lo supo de inmediato.
Estaban juntos.
Le estaba engañando.
—¿Dónde has dejado a Gustav? —preguntó sin poder contener la punzada de celos que le atravesaba el pecho.
Alexander dejó escapar un largo suspiro mientras se acomodaba en la tumbona contigua, con el regalo aún entre las manos.
—Todo ha sido un malentendido, Bill —comenzó con voz pausada—Entiendo que estés dolido por lo de ayer, pero no fue como tú crees. Fui a pasar el día a Berlín con Gustav. Comimos juntos, hablamos y me ayudó a escoger tu regalo. Solo eso, no hay nada más. Tú también haces planes parecidos con Louise y nunca se me ha ocurrido pensar que me estás engañando con ella.
—Porque ni Louise ni yo nunca te hemos dado motivos para pensar algo así —replicó Bill con la voz firme y los ojos clavados en los suyos.
Alexander bajó la mirada, como si esa frase le hubiera golpeado más de lo que esperaba.
—Lo sé —admitió en voz baja—Y yo tampoco quería darte motivos pero ayer… no supe cómo manejarlo. Me pilló todo de golpe tu llamada y el estado en el que te encontrabas. No eras capaz de explicarte y estaba en medio de una tienda con Gustav intentando encontrar algo que te hiciera sentir mejor. Me sentí inútil y no supe como manejar la situación.
Bill le observaba en silencio sin saber si creerle del todo. Había algo en su tono que parecía sincero, pero también una sombra de evasión que no terminaba de disiparse.
—Ayer descubrí que igual que tú también soy adoptado —empezó a decir con la voz cargada de emoción contenida—Y la noticia me dejó destrozado, te llamé porque necesitaba tener a mi lado alguien que pudiera entender por lo que estaba pasando. Tú has estado en mi misma situación pero decidiste quedarte con Gustav en lugar de venir a escucharme y consolarme.
Alexander alzó una ceja, sorprendido por la revelación.
—¿Tú también? —preguntó, aún incrédulo—Joder con nuestros padres, ¿es que había una oferta de 2×1?
Soltó una risa nerviosa, pero Bill no se unió. Su mirada era cortante, sin rastro de humor.
—Esto no tiene gracia —dijo con frialdad—Mi vida acaba de cambiar por completo.
Alexander se encogió de hombros, intentando suavizar la tensión.
—Tienes que aprender a usarlo a tu favor —sugirió—Yo lo hice. Cada vez que cometía un error decía que estaba afectado aún por la noticia y no sabía cómo manejar lo que estaba sintiendo. Y ya te digo que funciona, mis padres dejaron de exigirme tanto y ahora tengo la libertad de hacer lo que quiero sin pensar en las consecuencias.
—Como ponerte de coca hasta las cejas—soltó Bill sin poder contenerse—Todavía no hemos hablado de eso. ¿Desde cuándo consumes? ¿Dónde la consigues?
Alexander se puso tenso en su asiento, no tenía planeado hablar con nadie de sus vicios ocultos y menos aún con Bill que jamás lo entendería.
—Es una manera de evadirme de mis problemas, ¿vale?—se defendió— Igual que tú con tus ansiolíticos, te los tomas y desapareces del mundo real por unas horas. Pues yo hago lo mismo con la coca.
—No es lo mismo —replicó Bill con firmeza—Lo mío está recetado y controlado por tu padre, lo tuyo puede acabar en una sobredosis o algo peor.
Alexander se cruzó de brazos, molesto.
—¿Estamos aquí para hablar de tus problemas o de los míos?—preguntó enfadado —Podrías al menos abrir el regalo, mostrar interés por haber tenido un detalle contigo.
Le tendió la bolsa, pero Bill no la aceptó.
—Tenemos que hablar de algo más importante—dijo con firmeza—De nosotros.
—¿Qué nos pasa ahora? —resopló Alexander con cansancio.
—Quiero dejar lo nuestro—soltó Bill, sin rodeos.
—¿Por qué? —murmuró Alexander, como si no creyera que fuera en serio.
—Porque estar contigo me hace mucho daño —susurró Bill. (*)
Alexander se le quedó mirando fijamente intentando calibrar el peso de sus palabras. Sabía que sin Bill a su lado sus padres volverían a presionarlo, a vigilarlo y a asfixiarle con sus restricciones y sus preguntas incómodas sobre dónde estaba, qué estaba haciendo y con quién.
—Bill, ahora mismo no estás en condiciones de tomar decisiones importantes—dijo con cautela Alexander— Acabas de recibir una noticia devastadora y necesitas tiempo.
—He tenido todo el tiempo que necesitaba para reflexionar y darme cuenta de muchas cosas—dijo Bill mirándole fijamente—Y he llegado a la conclusión de que lo nuestro jamás debió empezar. Además…
No se atrevía a contarle el resto, como se había acostado con Tom y sentido cosas que jamás antes había sentido estando con él. Pero cogió aire con fuerza llenándose de valor y separando los labios dejó escapar eso que le estaba atormentando.
— ¿Además, qué?—insistió Alexander al ver que no hablaba.
—Me he acostado con otro —confesó Bill en voz baja.
Alexander podía sentir como la sangre hervía en sus venas y sus manos apretaban con fuerza la bolsa del regalo que Bill había rechazado. Jamás llegó a imaginarse que le pudiera traicionar de esa manera, que se atrevería a hacer algo de esas dimensiones.
—No te creo—murmuró negando con la cabeza.
—Ha ocurrido así y no me arrepiento—dijo Bill con firmeza.
—¿Con quién? ¿Con Tom, verdad?—gritó Alexander sin quererse contener—Ya sabía yo que ese camarero te miraba con lujuria y deseo.
—Tom me mira con cariño y respeto—corrigió Bill sin inmutarse ante su estallido.
Alexander intentó calmarse. No podía permitirse perder a Bill, lo necesitaba en esos momentos como escudo, como prueba de estabilidad ante sus padres. Tras su accidente ya hablaban de clínicas de desintoxicación y de controlarle quitándole la tarjeta de crédito. Necesitaba demostrarles que estaba bien y estable, y para eso necesitaba a alguien inocente y de fiar a su lado como lo era Bill.
—Está bien—dijo al fin bajando el tono—Lo acepto y te perdono. Ha sido un error que no se va a volver a repetir. Seguiremos como si nada hubiera pasado y jamás volveremos a hablar del tema.
—No—dijo Bill con firmeza—No quiero volver a verte ni estar contigo nunca más. Desde hoy soy yo quien toma las decisiones importantes de mi vida y esta es una de ellas. Puedes coger el patético regalo que me has traído junto a todas tus mentiras y marcharte por donde has venido, regresa al lado de Gustav que seguro que está fuera en tu coche esperando.
Alexander se quedó quieto, sin saber si marcharse o insistir pero Bill ya no lo miraba.
Ya no lo esperaba.
Ya no lo necesitaba.
—No me obligues a llamar a Arthur para que te eche—murmuró Bill sin apartar la mirada—Ya sabes que mi padre no tolera escándalos y menos en su propia casa. Vete, o atente a las consecuencias.
Alexander se quedó inmóvil como si las palabras no fueran lo que más le dolía sino el modo en que habían sido pronunciadas. Porque ese Bill que tenía delante no era el mismo que solía titubear, que buscaba la aprobación de los demás y que se deshacía en disculpas. Ese Bill lo miraba con firmeza y sin una sola pizca de miedo en los ojos.
Y entonces lo entendió al fin con una claridad que le heló la sangre.
Lo había perdido para siempre.
Si es que alguna vez fue suyo.
Bill se levantó con calma de la tumbona sin romper el contacto visual y se dirigió hacia la casa con paso sereno sin volver en ningún momentos la mirada atrás.
Alexander se quedó allí con la bolsa del regalo aún en la mano sintiendo que el silencio del jardín era más cruel que cualquier grito.
Porque no había marcha atrás.
No esa vez.
&
Al entrar en casa, Bill se encontró con su madre en el salón. Estaba de pie junto al ventanal que daba acceso al jardín, como si hubiera permanecido observando la escena que allí se había desarrollado. Su expresión era tensa con los labios apretados y en sus ojos se adivinaba que había visto escuchado más de lo que quería admitir.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Simone sin rodeos.
—Lo he dejado con Alexander —respondió Bill mirándola directamente sin esquivar el peso de sus palabras.
Simone frunció el ceño, cruzando los brazos con gesto autoritario.
—No puedes hacer eso, Bill —dijo con firmeza—Si has aceptado estar con él tienes que hacerlo asumiendo todas las consecuencias. No puedes ir de chico en chico como si fueras un cualquiera.
Bill se mantuvo firme sin bajar la mirada.
—Lo que no puedo hacer es quedarme al lado de alguien que no me ama ni me respeta —dijo con voz clara—No soy propiedad de nadie y no voy a seguir fingiendo que todo está bien solo para tu tranquilad.
Simone se le quedó observando en silencio, como si no reconociera al chico que tenía delante. Había algo nuevo en él, una determinación que no se quebraba y una voz que ya no pedía permiso.
—Me estás castigando porque no soy tu verdadera madre—susurró Simone ahogando un sollozo fingido.
Bill la miró sin pestañear ni dejarse arrastrar por el dramatismo que su madre desplegaba cuando realmente no lo sentía, una forma más de tratar de manipularle que esa vez no iba a funcionar.
—No te estoy castigando —dijo con calma—Solo estoy empezando a tomar decisiones por mí mismo, algo que nunca me has permitido hacer.
Simone se llevó una mano al pecho, como si las palabras le dolieran más de lo que estaba dispuesta a admitir.
—¿Y así es como me lo agradeces? —replicó— ¿Después de todo lo que he hecho por ti? Te he dado una vida que muchos envidiarían. Te he protegido, te he educado y te he mantenido cerca de las personas adecuadas que podían ayudarte a escalar. ¿Y ahora nos das la espalda a mi y a tu padre?
—No le estoy dando la espalda a nadie—respondió Bill con firmeza—Solo estoy dejando de fingir que todo está bien. No quiero seguir siendo una pieza en tu tablero.
Simone se acercó un paso, bajando la voz como si estuviera negociando en lugar de discutir.
—Escúchame con atención —dijo clavando la mirada en él—Si rompes con Alexander y te mezclas con alguien que no está a tu nivel, como ese camarero, la gente no va a quedarse callada. Tus amigos, sus padres, los socios de tu padre… todos van a sacar sus propias conclusiones. ¿De verdad quieres que te vean como uno de esos chicos que se conforman con lo primero que ven? ¿Con algo tan sencillo y simple?
—Prefiero que piensen eso a que me vean como alguien que no sabe vivir su propia vida si no es siguiendo tus reglas —contestó Bill sin titubear.
Simone lo observó con una mezcla de rabia y desconcierto. Por primera vez, no sabía qué decir para hacerle retroceder.
—Entonces no esperes que te proteja cuando empiecen los rumores —murmuró con tono cortante—No esperes que te defienda ni que luche por ti.
—No necesito que lo hagas —dijo Bill con firmeza—Nunca lo he necesitado. Eras tú quien creía que sí y en lugar de defenderme como creías me estabas atacando corrigiéndome en público y ridiculizándome delante de los demás como si fuera un niño pequeño que no sabe comportarse. Eso no es protección, es control.
Simone se quedó en silencio, como si las palabras de su hijo le hubieran quitado el aire. Le tenía ante ella sin moverse ni bajar la mirada. Por primera vez, le estaba hablando sin miedo a las consecuencias.
Se mantuvo en silencio unos segundos más como si estuviera calibrando el terreno antes de dar el siguiente paso. Luego se acercó a una de las butacas y se sentó con una lentitud calculada, cruzando las piernas con elegancia ensayada.
—Hay algo que no sabes —dijo al fin con voz más suave—Algo que tu padre aún no te ha contado porque no lo crees necesario ya que no va a cambiar nada.
Bill se quedó mirando a su madre sin moverse de donde estaba, poniéndose a la defensiva antes sus palabras. La vio bajar la mirada como si le costara hablar pero no había tristeza real en su gesto, solo una estudiada vulnerabilidad.
—Tu adopción no fue una decisión conjunta—dijo al fin Simone—Yo no puedo tener hijos y fue de tu padre quien insistió, dijo que la adopción me haría mucho bien. Gordon y Eleonore acababan de adoptar a Alexander y se les veía muy felices, pero yo no estaba de acuerdo porque no quería un niño en mi casa que no fuera mío. Pero tu padre supo de tu situación y cuando fue a verte ya había tomado la decisión sin contar conmigo para nada, diciendo que te merecías tener una buena familia.
Bill sintió cómo se le tensaban los hombros. No por la revelación, sino por el modo en que su madre la usaba como si quisiera que él se sintiera culpable por existir.
—¿Y por qué me lo cuentas tú? —preguntó procurando mantener la calma.
—Porque quiero que entiendas que todo lo que he hecho ha sido por mantener el equilibrio que tu padre quería—contestó Simone mirándole con una mezcla de lástima y reproche—Lo he hecho solo por protegerte aunque no lo parezca, aunque creas que te he estado atacado cuando he luchado por ti más de lo que te imaginas.
—No necesitaba que luchases por mí, solo que me quisieras—dijo Bill sin apartar la mirada de su madre—Y si eso nunca fue parte del pacto al que llegaste con papá, entonces ya no hay nada que discutir.
—¿Qué sabes tú de ese acuerdo?—preguntó Simone alzando una ceja.
—Os escuché hace unos días—respondió Bill con serenidad—Le recordabas que tú no te meterías en sus asuntos, y él dejaría mi educación en tus manos.
Simone se recostó en la butaca con una sonrisa que ocultaba más de lo que quería revelar. Aún quedaban muchos secretos por desvelar, y ella sabía que cuando salieran a la luz la confianza entre Bill y su marido se rompería para siempre sin vuelta atrás.
—Ya te enterarás de ese pacto a su debido tiempo—dijo con tono evasivo—Y ahora haz el favor de desaparecer de mi vista. Me estás provocando una jaqueca insoportable.
Bill obedeció sin discutir. Quería saber más, pero por una vez le dio la razón a su madre, ya descubriría lo que tendría que descubrir cuando su padre lo considerara oportuno.
Al salir del salón se cruzó con él en el vestíbulo.
—Te estaba buscando —dijo Jörg ajustándose el reloj—Ya he hablado con David, te está esperando en el club.
—¿Ahora? —preguntó Bill, sorprendido.
—Cuanto antes mejor—respondió Jörg—A menos que hayas cambiado de idea…
—No, no lo he hecho —dijo Bill con firmeza.
—Entonces vamos. Yo mismo te llevaré —anunció Jörg para su sorpresa.
Bill se le quedó mirando con una mezcla de curiosidad y desconfianza. Era la primera vez que su padre ponía un pie en el club, al menos que él supiera. Y no era habitual verlo tan dispuesto, y menos aún involucrarse en algo que hasta esos momentos parecía fuera de su mundo.
—¿Tú me vas a llevar? —repitió sin ocultar la sorpresa.
—Sí —respondió Jörg con naturalidad—. Es hora de que empieces a hacer las cosas por ti mismo, pero eso no significa que no pueda acompañarte en el primer paso.
Bill asintió lentamente con la cabeza. No era afecto lo que sentía, pero sí una tregua. Algo se había desplazado entre ellos, como si el pacto silencioso que su madre había mencionado empezara a mostrar sus fisuras.
Salieron de casa sin más palabras. El aire fresco de la tarde les envolvió en silencio mientras recorrían el camino de grava hasta el coche que Arthur ya había sacado del garaje y dejado aparcado ante la puerta. Mientras caminaban Bill se volvió echando una última mirada a la casa imaginándose que su madre seguiría en el salón y si quisiera podría asomarse a la ventana para verle marcharse, pero allí no había nadie.
Suspiró resignado y entró en el coche con su padre que arrancó de inmediato.
Durante el trayecto su padre no quiso encender la radio, solo conducía, con la mirada fija en la carretera y el gesto más relajado de lo habitual.
—¿Has estado alguna vez en el club? —preguntó Bill rompiendo el tenso silencio.
—No suelo ir con regularidad, David siempre me tiene informado de todo y no es necesaria mi presencia—respondió Jörg sin apartar la mirada de la carretera—No es mi ambiente, pero sé que es el tuyo y allí te sentirás a salvo.
Las palabras de su padre se quedaron flotando en el aire. Bill giró ligeramente la cabeza hacia la ventanilla observando cómo el paisaje se deslizaba junto al coche.
«Sé que es tu ambiente… allí te sentirás a salvo.»
No era una declaración afectuosa, pero tampoco sonaba indiferente. Era la manera que tenía su padre de admitir que él pertenecía a otro mundo, uno que no terminaba de comprender pero empezaba a aceptar.
Por primera ve, Bill sintió que su padre no intentaba moldearlo sino simplemente dejarlo ser él mismo. No con entusiasmo pero sí con una especie de respeto silencioso. Y eso, viniendo de su padre, era casi revolucionario.
Mientras el coche se acercaba al club Bill se permitió aferrarse a la esperanza de que ese nuevo comienzo, aunque incierto, fuera suyo.
No impuesto ni condicionado.
Solo suyo.
Continúa…
(*)Porque estar contigo me hace mucho daño
esta frase está sacada de la serie española de los años 90 «Compañeros», cuando Valle corta con Quimi.