Incomplete 60

Incomplete 60

Fic TOLL de lyra

Capítulo 60

El turno estaba llegando a su fin. El comedor se fue vaciando poco a poco, los últimos clientes se despedían entre risas suaves y pasos arrastrados. Melissa apagaba las luces del embarcadero mientras Georg y Louise se marchaban con un gesto cómplice hacia Bill, quien les agradeció con una sonrisa que le hubieran hecho compañía mientras esperaba que Tom terminara.

Le vio aparecer por fin vistiendo su ropa y el pelo algo revuelto por el trajín del día. Bill caminó hacia él con pasos firmes y se saludaron con un breve beso en los labios ajenos a los últimos clientes que aun merodeaban por el club y fueron testigos de ese beso.

—¿Eres libre ya? —preguntó Bill mirándole fijamente.

—Por fin —respondió Tom, soltando un suspiro—No he parado en toda la tarde. ¿Tú que tal?

—Lo de hoy ha sido un ensayo, mañana empiezo con todas mis fuerzas—contestó Bill con firmeza.

Caminaron juntos por el embarcadero bajando a la playa donde la brisa del lago les envolvía con frescura. Caminaron por su orillas hasta llegar al final del embarcadero para sentarse uno de los bancos de madera que allí había, lejos de los focos y donde la noche parecía más íntima.

—Tom… —empezó Bill, con voz baja—Hay algo que tenemos que hablar.

Tom lo miró con atención, sin interrumpir.

—La otra noche no usamos protección alguna—empezó a decir Bill sin rodeos—No es que me arrepienta, pero… no hemos hablado de eso. Y creo que deberíamos.

Tom asintió despacio, como si ya lo hubiera estado pensando.

—Tienes razón, yo tampoco me acordé en su momento de usarla y no fue por descuido—murmuró Tom cogiéndole de la mano—Fue por impulso, pero no debería haber sido así.

Bill bajó la mirada hacia su mano entrelazada con la suya, con sus dedos jugueteando entre ellos.

—Con Alexander nunca la he usado porque ha sido el primer y el único chico con el que he estado—confesó Bill en voz baja—Pero ahora que sé con claridad que me ha estado engañando debo asegurarme de que no me haya contagiado nada, y yo a ti de paso.

Tom se tensó ligeramente, pero no se apartó.

—Entonces lo mejor es que nos hagamos unos análisis los dos—dijo con firmeza— Estoy sano pero quiero demostrártelo, siempre he sido muy cuidadoso con mis relaciones pero a partir de ahora tenemos que hablar las cosas con claridad. No quiero que esto empiece con dudas o miedo.

—Gracias—susurró Bill sintiéndose aliviado por sus palabras—No sabía cómo ibas a reaccionar.

—Estoy contigo, Bill—dijo Tom sintiendo mientras le acariciaba con suavidad la mano—No solo en lo fácil, también en todos os problemas a los que nos tengamos que enfrentar.

Se quedaron así, en silencio, con las manos entrelazadas y el lago frente a ellos.

—¿Quieres que vayamos mañana mismo al hospital? —preguntó Tom con tono suave.

—Sí, pero iremos a la clínica del padre de Georg —aclaró Bill—Allí todo será más discreto y no tendrán por qué hacernos preguntas que no queramos responder. Aunque tengo que estar en el club a las ocho, David quiere que vea cómo se empieza el día desde el principio.

—Entonces te recojo media hora antes—propuso Tom—Pasamos por la clínica, nos hacemos los análisis y llegamos al club a tiempo de desayunar con Rose.

—¿Tienes coche? —preguntó Bill con curiosidad.

—Podría pedírselo a Melissa —dijo Tom pensativo—Pero la verdad es que quiero mover la moto antes de que se le agote la batería. Y qué mejor excusa que llevarte conmigo, bien agarrado a mi espalda como si el mundo se quedara atrás.

Bill lo miró con una sonrisa que se le escapó sin querer imaginándose la situación. Yendo detrás de Tom en la moto con el rugido del motor bajo sus pies y sus brazos rodeando su cintura con fuerza, sintiendo el calor de su cuerpo a través de la ropa. La idea le hizo latir el corazón un poco más rápido, como si el trayecto ya hubiera comenzado.

Continuaron hablando en voz baja compartiendo silencios cómodos y miradas que decían más que las palabras. disfrutando del paisaje que les rodeaba. La noche se había asentado sobre el lago con una calma envolvente y las luces del embarcadero parpadeaban a lo lejos, reflejadas en el agua como si quisieran alargar el momento.

—Se está haciendo tarde—murmuró Bill odiando tener que romper ese mágico momentos.

—¿Quieres que te lleve a casa? —preguntó Tom con tono suave—O si prefieres puedes quedarte conmigo esta noche. El sofá es todo nuestro.

Bill negó con la cabeza, aunque agradeció el gesto con una sonrisa.

—No puedo, tengo que volver—contestó suspirando—Quiero demostrarle a mi madre que puedo ser responsable, que esto no es un capricho más.

Tom asintió sin querer seguir insistiendo. Lo entendía perfectamente, sabía que para él volver a casa esa noche era más que una rutina. Era toda una declaración.

Caminaron juntos de vuelta al parking del club, donde la brisa nocturna se colaba entre los árboles. Bill había llamado a Arthur por el camino para que le fuera a recoger y allí le esperaron mientras confirmaban los planes del día siguiente.

—Mañana te paso a buscar —dijo Tom—A las 7:30 en punto. No quiero que llegues tarde.

—La consulta del doctor Listing no queda lejos—comentó Bill sacando el móvil—Te mando mi dirección y la de la consulta.

Tom asintió con la cabeza y anotó ambas direcciones en su propio móvil con dedos rápidos.

—Te estaré esperando en la puerta—explicó Bill—Impaciente por hacer ese viaje agarrado a ti como si no hubiera otra cosa más importante en el mundo.

Tom sonrió y se acercó para despedirse con un beso breve y cálido, justo antes de que las luces del coche de Arthur aparecieran al fondo del camino.

—Nos vemos mañana, Bill—se despidió Tom tras un último beso.

Bill solo pudo asentir con la cabeza suspirando. Entró en el coche y mientras que Arthur se alejaba miró por la ventanilla una última vez. Tom seguía de pie en el parking viéndole marchar con las manos en los bolsillos. Y aunque la noche lo envolvía, Bill podía sentir que algo nuevo había comenzado a tomar forma.

&

Arthur lo dejó frente a la casa y antes de salir Bill le dio las gracias por haberle ido a buscar. Bajó del coche y dejó que fuera al garaje a guardarlo mientras que él entraba en casa con paso firme, la tablet de David bien sujeta bajo el brazo y la determinación latiéndole en el pecho como un segundo corazón.

Se había saltado la cena, consciente de que con su nuevo trabajo tendría que adaptarse también a los estrictos horarios impuestos por su madre. Fue directo al comedor que encontró vacío y cruzó hacia la cocina por la puerta que siempre usaba Greta.

Allí estaba ella, terminando de limpiar dejando cada superficie reluciente como si el día apenas comenzara.

—Buenas noches —saludó Bill desde el umbral.

—Pasa —respondió Greta, girándose con una sonrisa—Tu padre ya me avisó de que a partir de ahora tus horarios iban a cambiar, así que te guardé el plato. Si prefieres cenar en el comedor, te lo llevo en un minuto.

—Mejor aquí —dijo Bill negando con la cabeza—La cocina es más acogedora.

Greta asintió y pospuso la limpieza para lavarse las manos y encendió el horno para calentarle la cena. Mientras Bill, dejó la tablet sobre la mesa que había junto a la ventana y que casi nunca se usaba y tomó asiento. Le habría encantado echar una mano a Greta pero sabía que su madre podía aparecer en cualquier momento y no quería que la cocinera recibiera una reprimenda por algo tan trivial.

Minutos después, Bill cenaba con calma mientras Greta seguía recogiendo en silencio. Justo cuando estaba terminando y tal y como lo había presentido escuchó el sonido firme de los tacones de su madre resonando en el comedor. Segundos después la vio apareció en la cocina deteniéndose en seco al verlo allí. Se le quedó observando con una expresión seria en su cara como si estuviera evaluando cada gesto suyo.

La conversación que seguiría no sería ligera. Pero Bill ya estaba preparado.

—Has llegado tarde— murmuró Simone desde la puerta.

—Estaba en el club trabajando—le recordó Bill.

—¿Haciendo qué, exactamente?—quiso saber Simone.

—Seré el ayudante de David —contestó Bill con calma—Le echaré una mano con los inventarios, pedidos y mas tareas de oficina que vayan surgiendo.

—Así que has decidido ignorar todo lo que te dije—murmuró Simone entrando del todo en la cocina.

—He decidido que quiero aprender a valerme por mí mismo —replicó Bill—Y si eso significa codearme con los camareros lo haré sin ningún reparo. No es degradante, es trabajo.

—No es lo que esperaba de ti—dijo Simone cruzándose de brazos.

—No —admitió Bill—Pero yo tampoco esperaba que me amenazaras con quitarme las tarjetas, vaciar mi armario y dejarme sin opciones. Esto no es rebeldía, es supervivencia.

El silencio que siguió fue tenso, pero no violento. Simone lo miraba como si intentara reconocer a ese hijo que había criado, y que en esos momentos le sostenía la mirada sin echarse a temblar.

—¿Y qué esperas demostrar con esto? —preguntó Simone al fin.

—Que puedo hacer lo que me proponga por mí mismo—contestó Bill con firmeza—Que no necesito que me rescates ni que me encierres para demostrarme que tienes el poder. Que si quiero algo voy a ir a por ello, y que no pienso rendirme solo porque tú creas incapaz de hacerlo.

Simone no respondió. Se limitó a pasearse por la cocine estudiando como Greta limpiaba dándoles la espalda ajenas a sus palabras.

—Entonces hazlo bien —dijo con firmeza—Porque si fallas esta vez no habrá segundas oportunidades.

Bill asintió, sin dejarse intimidar.

—No las necesito—murmuró Bill sin dejarse intimidar.

Simone lo observó en silencio durante unos segundos como si estuviera calibrando cada gesto suyo y cada palabra no dicha. Luego, sin pronunciar palabra alguna, se dio media vuelta con la misma elegancia con la que había entrado.

Antes de desaparecer por el pasillo se detuvo junto a a puerta y se dirigió a Greta sin volver la mirada

—Asegúrate de que la cocina quede bien impecable—ordenó con voz dura—El otro día encontré migas en la encimera y no pienso tolerar esa dejadez.

Greta asintió con discreción, acostumbrada a ese tipo de comentarios dichos sin fundamentos. Simone se marchó sin añadir nada más, dejando tras de sí una estela de perfume y tensión contenida.

Bill terminó de cenar en silencio sin dirigir la mirara hacia la puerta. Sabía que esa era la forma de su madre de marcar territorio, pero también sabía que por primera vez él estaba empezando a ocupar el suyo.

&

Después de la partida de Bill, Tom regresó al bungalow en silencio con el eco del motor aún vibrando en sus oídos y el recuerdo del abrazo de Bill aferrado a su espalda. Cerró la puerta con suavidad y tras saludar a Andreas que se encargaba esa noche de preparar la cena se dirigió directamente al baño. La ducha le devolvió algo de energía pero también lo dejó pensativo. Había algo distinto en el aire, como si el día siguiente fuera a marcar un antes y un después.

Cuando salió Andreas seguía en la cocina terminando de hacer la cena que consistió en pasta con verduras y un poco de pan tostado. Le lanzó una mirada cómplice al verlo aparecer con el pelo mojado y la camiseta vieja que usaba para dormir.

—¿Qué tal el primer día de Bill? —preguntó sin rodeos.

—Bien, ha estado algo nervioso al principio pero en cuanto se puso al día de como van los pedidos se le veía más tranquilo—respondió Tom, sentándose ante la barra—Mañana empieza oficialmente, David le ha dado responsabilidades reales y no solo tareas de relleno.

Andreas sirvió los platos y se sentó frente a él.

—¿Y tú cómo lo llevas?—quiso saber— ¿Podrás trabajar teniendo a Bill tan cerca?

Tom se encogió de hombros.

—Por supuesto que podré—dijo Tom con firmeza—Me gusta verlo implicado, se nota que no está ahí por capricho, que quiere demostrar que puede con ello. Y eso… me gusta más de lo que pensaba.

La conversación se interrumpió cuando Melissa apareció por la puerta con una botella de vino en la mano y el pelo húmedo tras la ducha que se había dado.

—¿Interrumpo? —preguntó con una sonrisa.

—Justo a tiempo, como siempre—contestó Andreas, levantándose para buscar unas copas.

Melissa se acomodó junto a ellos y además de las copas Andreas le sirvió otro plato. Mientras cenaban hablaron de lo que implicaría el nuevo puesto de Bill. Melissa le había estado explicando cómo se organizaban los turnos, qué tareas debía asumir y qué camareros eran más fáciles o más difíciles de coordinar.

—Le he visto con ganas —comentó—Si mantiene ese ritmo, en dos semanas sabrá más del almacén que el mismo David.

—Y si no se deja intimidar por sus padres, ya tiene medio camino hecho —añadió Andreas.

Tom no dijo nada, pero sonrió al escuchar a sus amigos.

Sabía que Bill no solo estaba enfrentando un nuevo trabajo, sino también una nueva versión de sí mismo.

Y él estaría a su lado para verlo crecer paso a paso.

—La verdad, siempre pensé que si David necesitaba un ayudante, te elegiría a ti —comentó Andreas de repente mirando a Melissa con una mezcla de curiosidad y franqueza.

Melissa se encogió de hombros, sin dejar de girar el vino en su copa.

—Ya lo hablamos hace tiempo —admitió—Pero él quería a alguien que no estuviera ya metido en la dinámica del club. Alguien que pudiera mirar todo desde fuera, sin vicios ni costumbres heredadas. Y sabe que me muevo mejor que nadie en la barra, y los clientes ya están acostumbrados a verme tras ella.

—¿Y qué opinas de que haya elegido a Bill? —preguntó Tom acomodándose en su asiento.

—Tiene potencial—contestó Melissa sin dudarlo por un segundo—Y algo que no todos tienen, ganas de demostrar que no está allí por enchufe. Si se mantiene firme, puede convertirse en alguien valioso. Pero va a tener que aprender rápido, el club no espera por nadie.

—Y tampoco perdona errores—murmuró Andreas— Pero si lo consigue, será todo mérito suyo.

Tom sonrió sin decir nada. Sabía que Bill estaba dispuesto a enfrentarse a todo eso. Y lo haría poniendo en ello todas sus ganar.

Terminaron de cenar y tras dejar la cocina recogida salieron al porche del bungalow. La noche estaba despejada, el cielo salpicado de estrellas y la brisa era suave, apenas suficiente para mover las hojas de los árboles.

Andreas encendió un cigarrillo y se apoyó en la barandilla mirando hacia el lago que apenas se distinguía en la oscuridad. Tom se sentó en uno de los escalones del porche con las piernas estiradas y Melissa se acomodó en la hamaca con la copa de vino aún en la mano. Ambos observando el cielo como si buscara constelaciones conocidas.

—¿Creéis que Bill aguantará el ritmo? —preguntó Andreas, soltando el humo con lentitud.

—Tiene más aguante del que parece —respondió Tom sin dudar—Y ahora mismo más motivos que nunca para demostrarlo.

Melissa asintió, pensativa.

—Lo que más me preocupa no es el trabajo, es su madre—comentó Melissa—Esa mujer puede desmontarte con una sola frase si no estás preparado.

—Bill ya ha empezado a poner límites —explicó Tom—Y eso, viniendo de él, ya es un paso enorme.

Se quedaron en silencio unos minutos, escuchando los sonidos del bosque, el crujido de la madera bajo sus pies y el murmullo lejano de algún animal nocturno. Era una noche tranquila, pero cargada de promesas.

—Mañana será un día largo —murmuró Melissa terminando su copa—Pero tengo la sensación de que va a ser el inicio de algo importante.

Tom asintió sin decir nada con su mirada fija en el cielo estrellado como si buscara confirmar lo que Melissa acababa de decir. Andreas soltó una última bocanada de humo y dejó el cigarrillo apagado en el cenicero.

—Tiene esa energía —comentó pensativo—Como cuando algo se mueve por dentro, aunque aún no sepas hacia dónde va.

—Bill está en ese punto entre lo que era y lo que quiere ser—dijo Melissa recostándose en la hamaca—Y el club no es solo un trabajo. Es un escenario, un campo de pruebas.

—Y nosotros vamos a estar a su lado para sostenerlo si hace falta—murmuró Tom—Pero también para dejar que se caiga si tiene que aprender.

El silencio que siguió no fue incómodo. Era el tipo de silencio que acompaña a las noches importantes, cuando las palabras ya han hecho su parte y solo queda esperar.

La brisa se volvió más fresca, y el lago reflejaba las estrellas como si también quisiera formar parte de lo que estaba por venir.

—Bueno, hora de dormir —anunció Melissa levantándose de la hamaca.

Los chicos se despidieron de ella y decidieron también dar por terminado el día. Entraron en el bungalow y Tom empezó a preparar su cama mientras que Andreas se calentaba un vaso de leche en la cocina.

—¿Sabes quién podría prestarme un casco de moto? —preguntó Tom de repente.

—Melissa tiene uno—respondió Andreas sin pensarlo demasiado—Se lo dejó un chico con el que estuvo saliendo hace tiempo. ¿Para qué lo necesitas?

—Mañana tengo que llevar a Bill a un sitio antes de que empiece su turno —explicó Tom sin querer entrar en detalles.

—¿Tan temprano? Pensaba que entraba a las ocho —dijo Andreas, frunciendo el ceño.

—Sí, pero… necesita hacerse unos análisis—añadió Tom en voz baja—Y yo también

Andreas se le quedó mirando atentamente mientras asentía con la cabeza, como si ya intuyera lo que había detrás de esas palabras.

—¿Es cosa vuestra o de su padre? —preguntó con cautela—Me refiero a si Jörg Kaulitz te lo ha exigido para estar tranquilo con la persona que está saliendo ahora con su hijo.

—No creo que Bill hable de ese tema con su padre —aclaró Tom—Es más bien porque cuando estuvimos juntos… fuimos imprudentes. No usamos protección alguna.

—¿Qué tienes, quince años?—soltó Andreas sin poderse contener— ¿Cómo se te ocurre hacer algo así?

—Créeme, los dos ya nos sentimos bastante culpables —replicó Tom, algo molesto—Lo hemos hablado, lo hemos asumido y ahora vamos a solucionarlo. Mañana iremos a una clínica para hacernos unos análisis y después de eso iremos con más cuidado.

—No sabes dónde te estás metiendo—murmuró Andreas cruzándose de brazos pensativo—Si sus padres sospechan que le has podido contagiar algo, son capaces de denunciarte.

—Estoy sano —dijo Tom con firmeza—Siempre he sido muy cuidadoso en mis relaciones usando la protección adecuada y me he hecho análisis de rutina cada cierto tiempo. Pero Bill tiene dudas…sobre Alexander.

—¿Alexander?—repitió Andreas mirándole como si no hubiera entendido bien— ¿Le ha sido infiel?

—No digas nada —pidió Tom sintiendo que había traicionado la confianza de Bill—Bill lo ha descubierto hace poco, aunque yo ya lo sabía desde hace días.

—¿Tú ya lo sabías? —repitió Andreas, incrédulo.

—Lo escuché en el baño del Keller con otra persona —murmuró Tom—Y Bill está preocupado porque nunca usaba protección con él y ahora quiere asegurarse de que está todo bien y que no me haya contagiado nada.

Andreas se quedó en silencio, procesando todo. La lista de posibles amantes de Alexander no era precisamente larga, pero tampoco quería especular.

—Esto queda entre nosotros —dijo Tom con firmeza—No quiero que lo menciones ni a Bill. Bastantes problemas ha tenido últimamente como para añadir otro más que lo haga sentir avergonzado.

—Tranquilo —respondió Andreas con seriedad—No diré nada a nadie.

Tom lo observó en silencio sintiendo cómo se aflojaba la tensión que llevaba acumulada desde hacía días.

Sabía que podía confiar en Andreas.

No era solo por su discreción, sino por la forma en que escuchaba sin juzgar, por esa lealtad silenciosa que no necesitaba promesas. Jamás le traicionaría, y en ese momento Tom se sintió menos solo en todo aquello.

La noche seguía en calma, pero dentro del bungalow, algo se había asentado.

La certeza de que pasase lo que pasase no tendría que enfrentarlo completamente solo.

&

El cielo aún estaba teñido de azul oscuro cuando Bill salió de casa con puntualidad. Llevaba una mochila ligera con algunos objetos personales que pensaba guardar en la taquilla que compartiría con Tom, además de la tablet que ya se había convertido en una extensión natural de su trabajo.

Vestía ropa cómoda y como la mañana era fresca y el trayecto sería en moto, se había puesto la sudadera de Tom dejando que el aroma familiar lo envolviera, como si ese gesto le diera fuerza para lo que venía.

La casa permanecía en silencio, envuelta en esa calma matinal que precedía al bullicio del día. Bill sabía que Greta, Arthur y Alice ya llevaban despiertos desde las seis, cumpliendo con sus rutinas laborales. Sus padres estarían aún en sus habitaciones preparándose para bajar a desayunar a las ocho en punto como hacían cada mañana sin excepción alguna.

No había hablado con ellos sobre su horario en el club aunque intuía que su padre ya estaría al tanto gracias a David. Tampoco había querido desayunar, los análisis requerían ayuno y prefería compartir ese primer café con Tom una vez llegaran al club.

Lejos de las formalidades de casa, todo parecía más suyo.

Más real.

A las 7:30 en punto, el rugido suave de una moto rompió el silencio. Tom apareció montado en su moto con su caso bien puesto, otro colgado del brazo y una sonrisa que parecía iluminar más que el amanecer.

Le vio parar la moto en el camino de grava y se apresuró a acercarse antes de que le diera a su madre por asomarse a la ventana.

—¿Listo para el primer viaje oficial? —preguntó Tom tendiéndole el casco.

—Más que listo —respondió Bill colocándoselo mientras se subía detrás de él.

La moto arrancó con suavidad y se deslizó por las calles aún medio dormidas. Bill se aferraba a Tom con fuerza sintiendo el calor de su espalda a través de su chaqueta, y por un momento todo lo demás desapareció.

El club.

Su madre.

Incluso el miedo.

Durante el trayecto Bill se inclinó sobre Tom hablándole bien cerca de su oído para que el viento no se llevara sus palabras.

—El doctor Listing tiene una consulta privada especializada en cirugía estética—explicó—Georg ya habló con su padre y nos harán los análisis sin problema. Es mucho más discreto que ir al hospital.

Tom asintió sin apartar la vista de la carretera, concentrado en el trayecto.

—¿Y su padre no ha hecho más preguntas? —preguntó con tono cauteloso—No me imagino que acceda a hacer análisis a ciegas sin saber el motivo.

—Sabe que es un favor que Georg le ha pedido en mi nombre —respondió Bill con naturalidad.

—¿Y no te preocupa que lo comente con tus padres? —insistió Tom.

—No demasiado —dijo Bill soltando un leve suspiro—El padre de Georg no forma parte del círculo cercano de mis padres. De hecho, no es bienvenido. Los padres de Georg se separaron cuando él era muy pequeño. Nunca supe los detalles, pero por lo visto fue un escándalo considerable. Su madre se volvió a casar, y según mi madre, el padrastro de Georg es mucho más… presentable.

Tom no dijo nada, pero la información parecía encajar en el rompecabezas que ambos estaban armando.

—Es uno de los mejores arquitectos de todo Berlín, de hecho le hizo la reforma del despacho a mi padre—continuó explicando Bill—Quiere que Georg siga sus pasos pero a él le atrae más la medicina. Sueña con ser cirujano, como su padre. Aunque no tienen una relación muy cercana, sabe que puede contar con él si alguna vez lo necesita.

—Parece sacado de una novela de sobremesa —comentó Tom con una risa breve, sin apartar la vista de la carretera.

—Más o menos —respondió Bill, estrechando el abrazo con suavidad—Todas las familias tienen sus secretos, y mi madre se los sabe casi todos. Cuando se reúne con sus amigas los comentan en voz baja y no se salva ni el apuntador. Lo saben todo, o al menos creen saberlo.

Tom se quedó en silencio procesando las palabras de Bill se asentaran mientras la moto devoraba el asfalto. No le costaba imaginar a su madre en esas reuniones rodeada de su amigas íntimas cuchicheando entre ellas con aire cómplice, diseccionando la vida ajena como si fueran jueces inapelables.

Lo que le sorprendía no era tanto el hábito sino la certeza con la que Bill lo describía, como si llevara años observándolo todo desde la sombra.

Pensó en Simone Kaulitz, tras todo lo que había escuchado de ella se la imaginaba siempre impecable y llevando el control de absolutamente todo. Le resultaba difícil creer que alguien tan meticulosa no tuviera sus propios secretos bien guardados. Y si alguna vez salían a la luz, dudaba que sus amigas fueran más indulgentes con ella de lo que lo eran con los demás.

En ese mundo de apariencias, bastaba un ligero resbalón para convertirse en el tema del día.

Tom no dijo nada, pero una sonrisa irónica se dibujó en sus labios.

«Qué frágil es el equilibrio cuando se construye sobre juicios ajenos»—no pudo evitar pensar.

La consulta apareció al final de una calle tranquila con una fachada discreta y un cartel elegante. Tom aparcó la moto y se bajaron juntos. Bill respiró hondo antes de entrar.

—Terminemos de una vez con esto —murmuró con una mezcla de nervios y determinación.

—Y luego, a por tu primer día en el club —añadió Tom pasándole el brazos sobre el hombro con suavidad.

Entraron juntos a la clínica cogidos de la mano sabiendo que lo que estaban haciendo era más que un trámite médico. Era un acto de cuidado mutuo y de confianza absoluta.

Continúa… 

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por lyra

Escritora del Fandom

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