
Fic TOLL de lyra
Capítulo 61
Una vez hechos los análisis y cuyos resultados tendrían esa misma tarde, fueron directos al club. Se encontraban en la cocina, tan tranquila a esa temprana hora con el aroma del café recién hecho mezclándose con el de la bollería que Rose estaba horneando. Vestidos ambos con sus uniformes ocupaban la mesa junto a la ventana mientras desayunaban entusiasmados. Bill tenía la tablet consigo y aprovechó para empezar su jornada laboral escuchando la lista de la compra que Rose le iba dictando mientras se movía por la cocina sin perder un minuto de su valioso tiempo.
—Para el fin de semana vamos a tener que reforzar varias cosas —empezó a decir Rose—Sobre todo fruta fresca, pescado y algo más de vino blanco. El proveedor de carnes ya está avisado, pero si ves que esta tarde no ha llegado el pedido que no se te olvide llamarle. David ya le ha avisado que últimamente sufrimos retrasos y se ha comprometido a que no vuelva a pasar.
Bill asintió mientras deslizaba el dedo por la pantalla.
—¿Quieres que revisemos ahora las reservas?—preguntó Rose viéndole de nuevo asentir con la cabeza—Este fin de semana tenemos varias cenas importantes. El viernes viene un grupo de arquitectos, y el sábado hay una celebración privada. Necesito que te familiarices con los nombres, las peticiones especiales y que tengas claro quién va a estar en cada turno.
Tom mordisqueaba su tercera tostada mientras escuchaba en silencio, observando cómo Bill se sumergía en la interfaz de la tablet con una concentración casi ceremoniosa mientras que Rose le iba dando órdenes a diestro y siniestro.
Rose se acercó y le señaló una carpeta de la tablet.
—Ahí tienes el desglose por día—explicó por encima— Y si ves algo raro, avisa a David. No quiere sorpresas.
Bill volvió a asentir mientras abría la carpeta y repasaba los documentos por encima. A simple vista aquel trabajo podía parecer sencillo y casi rutinario, pero él ya había comprendido que detrás de cada reserva, cada turno y cada detalle logístico se escondía una responsabilidad enorme. Una que había aceptado con convicción.
No quería decepcionar a nadie. Y menos aún darle la razón a su madre, que seguía convencida de que aquello no era más que una fase pasajera. Él estaba decidido a demostrar que era todo lo contrario y estaba preparado para desempeñar un papel tan importante.
Cuando terminaron de desayunar, Bill se inclinó hacia Tom y le dio un beso breve antes de separarse. Tenía que reunirse con David en su despacho mientras que Tom comenzaba su turno preparando las mesas para los primeros clientes que pronto llegarían con hambre y prisa.
Se dirigieron cada uno a sus puestos de trabajo. Bill entró en el almacén y lo recorrió con paso firme aunque en su interior sentía ese pequeño vacío que le había dejado la partida de Tom. Al llegar al despacho encontró a David ya al teléfono concentrado en una conversación que parecía importante. Bill esperó en silencio, sabiendo que en ese espacio también se jugaban cosas que él apenas empezaba a entender.
Cuando David colgó el teléfono, soltó un suspiro de alivio y le hizo una señal a Bill para que se acercara y tomara asiento.
—Tenemos una reserva de última hora para este viernes—le comunicó sin rodeos—Supongo que Rose ya te ha estado poniendo al día sobre cómo funciona el sistema, así que abre la carpeta y añade un nuevo nombre.
Bill asintió, desbloqueó la tablet y abrió la sección dedicada a las reservas.
—Mesa para seis personas, a las nueve en punto—indicó David.
—¿A nombre de quién? —murmuró Bill mientras comenzaba a escribir.
—Simone Kaulitz —respondió David soltando otro suspiro.
Como ya se imaginaba que sucedería , Bill dejó de escribir al momento y se le quedó mirando con una expresión confusa en su cara.
—¿Mi madre? —repitió Bill como si no hubiera escuchado bien.
David se encogió de hombros. Con Simone, las sorpresas podían aparecer cuando menos se las esperaba.
—Pero si mi madre nunca ha puesto un pie en el club —murmuró Bill desconcertado.
—Me ha llamado hace diez minutos—empezó a explicar David—Dice que quiere ver personalmente tu lugar de trabajo y cómo te desenvuelves aquí.
—¿Y con quien va a venir? ¿Sus amigas?—quiso saber Bill.
—No lo sé —admitió David—Solo me ha hecho la reserva para seis personas sin dar más detalles y yo tampoco se los podía pedir.
El silencio que siguió fue denso, como si ambos intentaran anticipar lo que Simone traería consigo además de su presencia.
Una vez anotada la reserva de su madre David empezó a organizarle el día enumerando una larga lista de tareas pendientes que podía encargarse de ellas sin su ayuda.
—Puedes usar mi despacho mientras tanto, ahora es de los dos—dijo David levantándose—Yo estaré fuera, he quedado con el mecánico esta mañana para que revise las motos y las lanchas. Si surge algo, llámame al móvil.
Bill asintió en silencio y cuando David hubo salido se acomodó frente al escritorio, rodeado por el orden sobrio del despacho. Encendió de nuevo la tablet, revisó los documentos y empezó a trabajar concentrándose en las tareas asignadas en la soledad del despacho sintiendo por primera vez que ese espacio también le pertenecía.
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El sol caía con fuerza sobre las tumbonas del club, y aunque el ambiente era relajado la tensión flotaba en el aire como una brisa que no terminaba de disiparse. Georg y Louise habían llegado temprano decididos a acompañar a Bill en su primer día aunque fuera desde la distancia. Querían que supiera que estaban allí, que le apoyaban en todo y que no estaba solo.
En la tumbona contigua Natalie tomaba el sol con una expresión de satisfacción apenas disimulada. Parecía ajena al revuelo emocional que Bill había dejado atrás, como si la ausencia suya y de Alexander y los cambios recientes no tuvieran nada que ver con ella.
A su lado Gustav, móvil en mano, fruncía el ceño mientras intentaba convencer a Alexander de que se reuniera con ellos. Tras unos segundos, soltó un suspiro y guardó el teléfono con gesto frustrado.
—Nada. Dice que no se le ha perdido nada es este club y que no piensa volver a poner un pie aquí—murmuró con rabia contenida.
—Debería saber perder—comentó Natalie esbozando una sonrisa amplia y sin remordimientos.
Había esperado ese momento durante mucho tiempo, tener la oportunidad de ver a Alexander fuera del juego sintiendo el mismo vacío que ella había sentido cuando él le arrebató a Bill. En esos momentos la balanza se había inclinado a su favor. Alexander tenía lo que se merecía, y ella lo estaba disfrutando con todas sus ganas.
Al volver la mirada vio a Tom sumergido en su trabajo. Se incorporó en su tumbona y levantó una mano para llamarlo.
—Quiero uno de tus maravillosos cócteles —pidió con voz cantarina cuando él se acercó—Hoy hay mucho que celebrar.
—¿Alguien quiere algo más? —preguntó Tom sacando su libreta.
—Sí, que dejes de romper parejas —murmuró Gustav sin poder contenerse.
Tom se le quedó mirando de reojo sin responder.
—Nosotros queremos un zumo de naranja, por favor—intervino Georg con tono conciliador.
—¿Dónde está Bill? —preguntó Louise mirando hacia el interior del club.
—Trabajando en el despacho de David, no creo que salga en todo el día —respondió Tom mientras anotaba los pedidos.
—Si le ves, dile que estamos por aquí, por si puede pasarse a saludar —pidió Louise con una sonrisa suave.
Tom asintió y viendo que Gustav no iba a pedir nada se dio la vuelta para preparar los encargos. Mientras se alejaba Natalie se recostó de nuevo cerrando los ojos con una expresión de triunfo.
—Hoy empieza una nueva etapa —murmuró para sí misma—Y pienso disfrutar cada minuto.
—Podrías cortarte un poco—pidió Gustav con tono serio—Alexander es nuestro amigo y lo está pasando mal.
—Tiene lo que se merece —replicó Natalie encogiéndose de hombros—Si no supo cómo mantener a Bill a su lado, es solo culpa suya.
—Me voy —dijo Gustav, poniéndose en pie con decisión—Nos necesita a su lado, no pienso pasarme el día en el club como si nada hubiera pasado.
—Yo me quedo—respondió Natalie con firmeza—Dale recuerdos de mi parte.
—Gustav, Alexander necesita tiempo —intervino Georg intentando calmarlo—Nos pidió que le dejáramos espacio para pensar. Ya quedaremos cuando se sienta mejor y esté más animado.
Pero sus palabras no lograron disuadir a Gustav. Con gesto tenso recogió su mochila y se dirigió al parking del club. Subió al coche y condujo con rapidez sin mirar atrás.
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En menos de veinte minutos, estaba frente a la puerta de la casa de Alexander llamando con insistencia decidido a no dejarle solo en ese momento.
—¿Qué maneras son esas de llamar?
La voz de Eleonore resonó con firmeza, sobresaltando a Gustav. No esperaba que fuera ella quien abriera la puerta teniendo servicio en casa.
—Perdón… venía a ver cómo está Alexander —se disculpó Gustav algo avergonzado por su ímpetu.
—Está en su habitación, se niega a salir de la cama —contestó Eleonore con un suspiro—Pasa, a ver si tú consigues hacerle entrar en razón. Yo me voy, tengo cita en la peluquería.
Gustav asintió y sabiéndose de memoria el camino subió por las escaleras directo a la habitación de Alexander. Al llegar a la puerta llamó con suavidad sin obtener respuesta alguna, así que abrió la puerta con cautela y entró asegurándose de dejar bien cerrada la puerta tras de sí.
—Alex, soy yo—llamó acercándose a la cama.
Allí estaba su amigo, completamente cubierto por las sábanas como si el mundo exterior no existiera.
—Vamos, no puedes pasarte el día entero aquí metido —intentó animarle Gustav—Los demás están en el club. ¿Por qué no te vistes y te animas?
—¿Para qué? —replicó Alexander destapándose — ¿Para ver a la parejita feliz tonteando y besándose en mis narices?
Gustav se quedó mirándole fijamente. Conocía demasiado bien a Alexander como para dejarse engañar por esa pose de despecho. No estaba sufriendo por amor, sino por su orgullo herido. No era la pérdida de Bill lo que lo mantenía en la cama, sino el hecho de haber sido vencido por alguien como Tom.
—No estabas enamorado de él, así que deja de fingir conmigo—dijo Gustav con calma—Lo que te duele es que alguien como Tom te haya quitado lo que más valoras, el control. Y no creo que vuelvas a encontrar a alguien tan dócil como Bill, que se dejaba manipular tan fácilmente sin darse cuenta.
Alexander permaneció en silencio unos segundos, con la mirada fija en el techo. El comentario de Gustav había atravesado la fachada que llevaba tiempo construyendo, esa mezcla de orgullo y despecho que usaba como escudo.
—No tienes ni la menor idea de lo que hablas—murmuró sin mucha convicción.
—Te conozco demasiado bien—dijo Gustav sentándose al borde de la cama, sin apartar la vista de su amigo—No estás roto por amor, Alex. Estás herido porque alguien te ha ganado en tu propio terreno. Porque Tom no jugó a tu juego, y aún así se quedó con Bill.
Alexander se incorporó lentamente apoyando la espalda en el cabecero. Tenía los ojos enrojecidos pero no por haber llorado. Era el agotamiento de quien ha estado luchando contra sí mismo.
—No me gusta perder —admitió con voz ronca—Y mucho menos contra alguien como él. Nunca pensé que lograría que Bill me dejara, pensé que era todo una ilusión y que no tenía el valor suficiente para dejarme algún día.
—Pero lo ha hecho—dijo Gustav con firmeza—Porque lo que vio en Tom no era eso que llevas tú dándole todo este tiempo. Vio paz en él, vio una persona que es capaz de amar sin pedirle nada a cambio no como tú que siempre estás exigiendo y nunca pareces conforme con lo que obtienes de los demás.
Alexander apretó los labios como si esa palabra le doliera más que cualquier otra.
Paz.
Él nunca había sabido cómo ofrecerla.
Siempre había sido intensidad, vértigo, y control.
— ¿Y ahora qué? —preguntó sin mirar a Gustav.
—Ahora te vas a levantar—dijo con firmeza Gustav—Te vas a duchar, a vestirte y te vienes conmigo al club. No para recuperar a Bill, sino para recuperar tu sitio. Para demostrarles a esos dos que aún puedes caminar con la cabeza bien alta y que lo que te han hecho te la suda por completo porque chasqueas los dedos y tienes 10 chicos al momento mucho mejores que Bill.
Alexander lo miró con los ojos entrecerrados, como si intentara decidir si aquello era una provocación o un salvavidas. Gustav era la única persona que le había dicho las cosas claras porque era el único que le conocía perfectamente como ya le había dicho. No le estaba ofreciendo compasión ni dando falsas esperanzas, le estaba tendiendo una cuerda pero no iba a sacarlo fuera del pozo donde se encontraba sumido. Tenía que salir por sí mismo.
—No se trata de fingir que no te importa —añadió Gustav bajando un poco la voz—Se trata de que no les des el placer de que te vean derrotado porque no lo estás.
Alexander se pasó una mano por la cara como si intentara borrar el cansancio que sentía acumulada en ella. Luego se incorporó lentamente y salió de la cama haciendo algo que jamás Gustav se hubiera imaginado que haría en su estado. Se llevó las manos a los bóxers y se los quitó sin apartar de él la mirada.
—¿No has venido a animarme? —murmuró con una sonrisa mientras se dirigía al baño—Entonces te espero en la ducha.
Gustav se quedó en el sitio sorprendido por el giro repentino cambio de actitud de su amigo. No era una invitación casual. Era un gesto cargado de complicidad, de esa mezcla de orgullo herido y necesidad de sentirse deseado que Alexander sabía manejar como nadie.
—¿Eso forma parte de tu recuperación emocional? —preguntó Gustav con una sonrisa sin moverse aún de donde estaba.
—Digamos que es una terapia alternativa —respondió Alexander desde el umbral del baño antes de desaparecer tras la puerta entreabierta.
El sonido del agua comenzó a correr, y Gustav se quedó unos segundos en silencio, debatiéndose entre la lógica y el impulso. Luego se levantó, se quitó la camiseta y caminó hacia el baño con paso firme.
El día prometía ser más intenso de lo que había imaginado.
En cuanto Gustav entró al baño el vapor comenzaba a empañar los espejos y a envolver la estancia en una calidez íntima. Alexander estaba de espaldas bajo el chorro de agua, con los hombros tensos y la cabeza ligeramente inclinada hacia adelante.
Gustav se acercó lentamente dejando que el sonido del agua llenara el silencio entre ellos. Se quitó el bañador que aún llevaba puesto y lo dejó a un lado junto a sus zapatillas de playa. Cuando por fin entró en la ducha apoyó una mano en la pared junto a Alexander y la otra en su hombro presionando suavemente sin decir nada.
Alexander volvió lentamente la cabeza y sus ojos encontrándose con los de Gustav. No había burla ni arrogancia en su mirada, solo una vulnerabilidad que rara vez mostraba. El agua resbalaba por su rostro, mezclándose con algo que parecía más que humedad.
—No estoy bien —admitió en voz baja.
—Lo sé —respondió Gustav acercándose un poco más—Pero no tienes que pasar por esto tú solo.
Alexander bajó la mirada y por un momento pareció que iba a retroceder. Pero en lugar de eso, apoyó la frente en el pecho de Gustav dejando que el agua siguiera cayendo sobre ambos. Gustav rodeó su espalda con los brazos sin apretar, solo sosteniéndolo.
No hubo palabras durante un momento, solo el sonido del agua y esa tregua silenciosa que a veces era más poderosa que cualquier conversación.
Cuando Alexander levantó la cabeza sus ojos estaban más claros. No vacíos, pero sí menos cargados. Gustav le acarició la mejilla con el dorso de la mano y ese gesto desarmó a Alexander, rara vez se mostraban tiernos entre ellos, siempre era un aquí te pillo y con prisas.
Pero en esos momentos tenían todo el tiempo del mundo, no había nada fuera que les hiciera actuar con urgencia.
Alexander se inclinó lentamente como si temiera romper el hechizo y sus labios se encontraron los de Gustav en un beso profundo. Sus cuerpos conectaron dejando que el calor del agua y el roce compartido hicieran el resto.
No era solo deseo.
Era reconocimiento.
Era la certeza de que, por una vez, podían dejar de fingir que lo que pasaba entre ellos no les importaba en absoluto.
Las manos de Gustav se deslizaron por la espalda de Alexander con una mezcla de cuidado y firmeza mientras le sentía responder al beso con una intensidad que hablaba de todo lo que había callado siempre. El vapor envolvía la escena como una cortina protectora, aislándolos del mundo exterior.
En esa ducha no eran dos chicos intentando olvidar.
Eran dos personas encontrándose por fin en el lugar donde siempre habían querido estar.
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Tras casi dos horas de intenso trabajo decidió hacer una pausa. Se levantó para estirar las piernas, sintiendo el cuerpo algo entumecido por la quietud y aprovechó para ir a la cocina a comer algo. No se entretuvo mucho, Rose estaba sumergida en su mundo y él tenía aún mucho trabajo pendiente. Se preparó él mismo un pequeño tentempié y con el en la mano volvió al despacho. El silencio lo recibió como un viejo conocido, y Bill retomó su lugar frente al escritorio, dispuesto a seguir adelante.
Mientras masticaba distraídamente, una punzada de nostalgia lo atravesó. Por un momento deseó estar fuera, tumbado al sol rodeado de sus amigos, con la brisa cálida y las risas flotando en el aire.
El despacho, con su silencio y sus papeles, le recordaba que había elegido otro camino. Uno que exigía más de él, pero que también le ofrecía algo distinto.
Algo que aún estaba descubriendo.
No volvió a salir del despacho hasta que David apareció en la puerta.
—Es la hora de comer—le anunció con una sonrisa—Tienes media hora, como el resto de los camareros. ¿Cómo vas?
—Ya están hechos todos los pedidos del día —respondió Bill, levantando la vista de la tablet—También he llamado al fontanero. Melissa me avisó de que uno de los lavabos del baño está goteando.
David asintió, claramente satisfecho. No había sido necesario que Bill le consultara esos detalles: ya sabía cómo gestionarlos por su cuenta. Y eso, para David, era señal de que iba por buen camino.
Le vio ponerse en pie y dejando la tablet sobre la mesa del despacho se dirigió a la cocina sintiendo que estaba hambriento. Llegó justo cuando Rose les estaba sirviendo los últimos platos del almuerzo. Tom ya estaba allí sentado a la mesa esperándole para comer juntos y le dedicó una sonrisa al verlo entrar.
—¿Te han soltado por fin? —bromeó haciéndole un gesto para que se sentara a su lado.
—Media hora de libertad condicional —respondió Bill dejándose caer en la silla con un suspiro.
Melissa estaba allí también y durante unos minutos compartieron una comida sencilla pero reconfortante, entre bromas y comentarios sobre el ritmo del día. La cocina con su calor y su bullicio contenido ofrecía un respiro del ajetreo del club.
Cuando terminaron y viendo que tenían aún 10 minutos Melissa se fue al vestuario a descansar un poco mientras consultaba el móvil y Tom salió por la puerta trasera de la cocina que daba al parking.
—Voy a fumar un cigarro—explicó a Bill— ¿Vienes?
Bill asintió y lo siguió hasta el parking donde el sol de mediodía caía con fuerza sobre el asfalto. Buscaron una zona tranquila a la sombra y allí Tom encendió el cigarro exhalando el humo con lentitud, mientras Bill se apoyaba en la pared cruzando los brazos.
—No he tenido tiempo de decírtelo antes pero Louise y Georg están en las tumbonas y preguntaron por ti—empezó a decir Tom—Que si tienes un momento libre y puedes vayas a saludarles.
—No he parado en toda la mañana, el trabajo que hace aquí David es más de lo que me pensaba—dijo Bill suspirando—Luego iré a verlos si puedo o les mando al menos un mensaje.
—También estaban Gustav y Natalie, pero ni rastro de Alexander—explicó Tom poniéndose tenso sin poder evitarlo.
Bill asintió con la cabeza en silencio, ya se imaginaba que a Alexander le costaría regresar al club sabiendo que estaba él y también Tom. Necesitaba tiempo, y también espacio.
Pero no quería pensar en él en esos momentos, había otra cosa que rondaba por su cabeza mucho más importante y necesitaba hablarlo con Tom cuanto antes.
—Tengo que contarte algo —dijo bajando la mirada antes de encontrar los ojos de Tom—Mi madre ha hecho una reserva para cenar aquí el viernes. Para seis personas.
Tom se le quedó mirando sin entender el porque de su nerviosismo.
—Me imagino que habrá venido más de una vez a comer o cenar al club—murmuró encogiéndose de hombros.
—Jamás lo ha hecho—aclaró Bill— Siempre decía que esto estaba lleno de gente joven haciendo ruido y que el calor era insoportable. Pero ahora, justo ahora que trabajo aquí, le ha entrado la curiosidad. Quiere ver cómo me desenvuelvo. Qué casualidad, ¿no?
Tom le escuchaba en silencio, era verdad que todo sonaba muy raro y demasiado casual. Estaba claro que la madre de Bill iba para dar el visto bueno.
—No ha dicho con quién viene, y eso es lo que más me inquieta—murmuró Bill haciendo una mueca.
—¿Y qué vas a hacer? —preguntó Tom dándole otra calada al cigarro.
—Intentaré averiguar con quién viene—contestó Bill con firmeza—Pero sea quien sea, no me va a quedar otra que estar presente. No puedo dejar que diga o haga algo que me deje en evidencia delante de David o del resto de los camareros. Ya te habrás hecho una idea de cómo es mi madre.
Sí, Tom ya se había formado una imagen bastante clara de ella. Con lo que había oído y los escasos pero reveladores comentarios de Bill, la visualizaba como una mujer de carácter férreo, con una autoridad tan afilada que bastaba una mirada suya para imponer obediencia. Alguien que no necesitaba levantar la voz para que sus órdenes se cumplieran, simplemente porque nadie se atrevía a contradecirla.
Solo conocía de oídas a la madre pero lo justo y suficiente como para saber que una cena con ella no era nunca solo una cena.
Era una prueba.
—Entonces el viernes promete ser movido —comentó Tom suspirando—Pero si necesitas apoyo, estaré cerca.
—Mejor mantente lejos del club ese día —pidió Bill con tono serio—No quiero arriesgarme a que mi madre te suelte alguno de sus comentarios . Tiene un talento especial para incomodar a la gente sin importarle las consecuencias.
—Después de la cena, podrías pasarte por el bungalow a tomar el postre—sugirió Tom con una sonrisa traviesa, dejando que la invitación flotara entre ellos con intención.
—Si todo va bien y mi madre no incendia el club con sus comentarios, lo consideraré—respondió Bill soltando una risa breve, pero no del todo despreocupada.
Tom se inclinó hacia él apagando el cigarro con el pie.
—Entonces me aseguraré de tener algo dulce esperándote—susurró Tom besándole brevemente en los labios—Aunque no prometo que sea comestible.
Bill le dio un empujón suave en el hombro, fingiendo indignación.
—Eres imposible—murmuró sonriendo.
—Y tú estás demasiado tenso —replicó Tom abrazándolo—Relájate, es solo una cena. Y tú ya has demostrado que puedes con mucho más que eso.
Bill se estremeció entre sus brazos quedándose en silencio por un momento, agradeciendo esa mezcla de humor y apoyo que Tom sabía dosificar con precisión.
—Gracias —dijo al fin soltando un suspiro—No sé qué va a pasar, pero me alegra saber que estás cerca.
—Siempre lo estaré—aseguró Tom estrechándole con más fuerza—Aunque sea desde la sombra del aparcamiento.
Bill cerró los ojos suspirando. Tener a alguien como Tom a su lado era un privilegio, alguien que ofrecía todo lo que tenía sin exigir nada a cambio y sin condiciones.
Era un amor diferente con el que siempre había soñado, ese que se construye con gestos sinceros y presencia constante.
Y sabía con toda certeza que eso jamás lo podría encontrar con Alexander y que dejarle había sido lo mejor que podía haber hecho aunque hubiera tardado demasiado tiempo en hacerlo.
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Salieron del baño envueltos en el vapor que flotaba en el aire como un velo que no terminaba de disiparse. Aún con los cuerpos mojados y sus labios fundidos en un profundo beso decidieron terminar en la cama eso que habían empezado bajo la ducha.
Cayeron sobre ella rodando para ver quien quedaba encima ganando Alexander como siempre quien acomodado entre las piernas de Gustav le alzó las cadera y se hundió en lo más profundo de su cuerpo. Empezó a embestirle con fuerza una y otra vez sintiendo que se evaporaba toda la tensión que sentía acumulada, nada mejor que el sexo para levantarle a uno el ánimo.
Y no paró hasta que sintió los primeros espasmos del orgasmo recorrerle de arriba abajo acelerando las embestidas hasta que se corrió dentro de Gustav mordiéndose los labios para no gritar.
Y Gustav no se había quedado atrás, después de casi hacerlo allí mismo en la ducha sentía que iba a reventar y solo necesitó dos fuertes embestidas de Alexander para correrse contra su estómago de puro placer, jadeando mientras esperaba que él terminara.
Y una vez satisfecho Alexander salió de su cuerpo dejándose caer a su lado en la cama con profundo jadeos.
—¿Te sientes mejor?—preguntó Gustav en voz baja.
Alexander asintió con la cabeza mientras recuperaba el aliento, juraría que era la primera vez que un orgasmo le dejaba tan cansado. Iba a necesitar un tiempo para reponerse.
—Espero que no hayas pensado en Bill mientras me follabas—no pudo evitar soltar Gustav.
—Y tú en Natalie—murmuró Alexander.
Gustav se detuvo un segundo, sorprendido por la rapidez con la que Alexander le había devuelto la pulla. No era una acusación, pero tampoco una broma. Era una verdad incómoda, dicha con la misma franqueza con la que él había empezado.
—Touché —admitió Gustav cerrando los ojos por un instante.
Alexander se incorporó en la cama y se quedó sentado mirándole.
—No estamos hechos para el amor tranquilo, ¿verdad?—murmuró suspirando.
—No lo sé —respondió Gustav abriendo los ojos—Pero hoy por un momento lo hemos intentado.
—Y no ha estado nada mal—dijo Alexander sonriendo—No sabía si estaba teniendo un orgasmo o un ataque al corazón.
Gustav soltó una carcajada breve sacudiendo la cabeza mientras incorporaba también en la cama.
—No sé qué ha sido, pero me ha hecho sentir al fin vivo—admitió Alexander—Y todo gracias a ti.
—Solo quería estar a tu lado cuando más lo necesitabas—confesó Gustav sin apartar de él la mirada.
—Eres el único que podía sacarme de ese pozo donde me había metido yo mismo—dijo suspirando Alexander—Los demás no son capaces de ayudarme porque no me entienden tanto como tú lo haces.
Gustav se acercó un poco más, como si el silencio entre ellos necesitara ser acunado en lugar de roto.
—No tienes que volver a meterte ahí —dijo con suavidad—No mientras yo esté cerca.
Alexander se le quedó mirando como si intentara memorizar esa frase. Luego bajó la mirada, con una sonrisa apenas dibujada en los labios.
—No sé cómo lo haces —murmuró—Pero contigo no tengo que fingir. No tengo que ser brillante, ni fuerte, ni encantador. Solo… yo mismo.
Gustav le pasó una mano por la nuca, con ese gesto que no necesitaba palabras.
—Y para mi, eso es más que suficiente—susurró con firmeza.
Alexander se dejó caer de nuevo sobre la cama sin dramatismo, solo con el cuerpo rendido y la mente en calma. Gustav se tumbó a su lado sin tocarle pero sin llegar a alejarse. El espacio entre ellos era íntimo, lleno de lo que no hacía falta decir.
—¿Vamos al club? —preguntó Gustav tras un largo silencio, con voz serena pero expectante.
Alexander volvió la cabeza hacia él aún indeciso, la idea de enfrentarse al mundo le pesaba. No le apetecía en absoluto exponerse ante todos sabiendo que ya corría el rumor de que había sido dejado por un simple camarero de nombre Tom.
Por alguien que, en su universo, nunca debió tener tanto poder.
—Si necesitas un pequeño empujón… tengo algo en la mochila —susurró Gustav con tono cómplice.
—Ni pensarlo —respondió Alexander incorporándose con un suspiro—Mis padres me tienen bajo vigilancia estricta. Amenazaron con ingresarme en una clínica o hacerme análisis sorpresa si vuelvo a acercarme a la coca así que he de mantenerme limpio al menos por un tiempo.
Se dirigió al armario y empezó a vestirse con movimientos mecánicos, como si cada prenda fuera una armadura. Gustav lo observaba desde la cama sin apartar de él la mirada, sabiendo que ese ritual era parte del proceso.
—Así que iré al club con mi mejor sonrisa —añadió Alexander mientras se ponía su camiseta—Aunque sea la más falsa que haya mostrado en años. Pero antes vayamos a comer a otro sitio, la comida del club parece sacada de un bar de carretera.
Gustav no dijo nada. Solo lo miraba reconociendo en ese gesto la mezcla de orgullo y vulnerabilidad que siempre había definido a Alexander.
Y aunque sabía que el día no sería fácil, también sabía que él no lo enfrentaría solo.
Continúa…
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