
Fic TOLL de lyra
Capítulo 62
El descanso llegó a su fin y cada uno volvió a sus tareas. Por suerte o quizás por una coincidencia afortunada ese día Bill terminaba su jornada a las 5 de la tarde al igual que Tom. David le explicó que a partir de esa hora el ritmo del club bajaba considerablemente, y el equipo aprovechaba para reorganizar el comedor y dejarlo listo para las cenas de la noche.
El grueso del trabajo de Bill se concentraba en las mañanas con la gestión de pedidos, coordinación con proveedores y supervisión de incidencias. Las tardes, en cambio, David las dedicaba a tareas más administrativas como revisar los horarios del personal, controlar las horas extras acumuladas y asegurarse de que quienes las habían hecho pudieran disfrutarlas.
Y a eso se dedicaría esa tarde David mientras Bill daba por finalizada su primera jornada de trabajo.
Al salir del despacho se encontró con Tom en el almacén justo cuando ambos se dirigían a cambiarse. Entraron en el vestuario y abrieron la taquilla que ambos compartían mientras se cambiaban de ropa.
—¿Primera jornada superada? —preguntó Tom con una sonrisa.
—Y con nota—respondió Bill, aunque en su voz se mezclaban el cansancio y el orgullo.
—Entonces toca celebrarlo—dijo Tom sin dejar de sonreír— ¿Te apetece que pasemos un rato agradable en el bungalow antes de que regreses a casa?
—Sí, pero solo si hay postre—contestó Bill en un susurro.
—Ya sabes que conmigo, siempre hay algo dulce—murmuró Tom con firmeza.
Se abrazó a él y empezó a besarle, ambos estaban sin camiseta y el roce de sus cuerpos medio desnudo bastó para encenderlos al momento. No hacía falta palabras:, el lenguaje del tacto hablaba por ellos. Sus manos se deslizaron lentamente por la espalda desnuda del otro explorando cada curva con una mezcla de ternura y deseo contenido. El calor de la piel bajo sus dedos intensificaba el momento, creando una intimidad silenciosa que hablaba más que cualquier palabra.
—¿Os apuntáis a una merienda en el lago?
La voz de Andreas irrumpió el maravilloso momento que estaban compartiendo y que se estaba volviendo cada vez más íntimo. Ambos se separaron de inmediato, con la respiración entrecortada y el rubor subiéndoles al rostro. Bill, algo avergonzado, se giró rápidamente mientras intentaba recuperar el aliento dejando que fuera Tom quien respondiera.
—Perdón… no sabía que estabais… bueno, eso—balbuceó incómodo Andreas.
—Gracias por la invitación, pero estamos bastante cansados—explicó Tom con voz calmada pero firme—Vamos a quedarnos en el bungalow a pasar la tarde
Andreas captó el mensaje al instante. No era solo una negativa, le estaba pidiendo con cortesía que les dejaran el espacio para ellos solos.
—Entendido —asintió Andreas—Si cambiáis de idea Víctor, Melissa y yo estaremos donde siempre en el lago. Y también se ha apuntado Anouk.
— ¿Qué tal le van las cosas en casa?—quiso saber Tom.
—Mucho mejor, pero que te lo cuente ella—murmuró Andreas—Dice que ha tomado una decisión muy importante, de esas que le cambian la vida a uno.
Con una última mirada cómplice Andreas se retiró dejando tras de sí el eco de una tarde que aún prometía ser especial.
De nuevo a solas Tom se volvió y encontró a Bill de espaldas aún con la respiración entrecortada. Se acercó con calma apoyando las manos con delicadeza sobre sus hombros, y comenzó a masajearlos con suavidad, como si quisiera disipar la tensión que aún quedaba en el aire.
—Vamos a terminar de vestirnos —susurró cerca de su oído—Y luego nos vamos al bungalow.
Bill asintió sin decir nada, y ambos retomaron lo que habían dejado a medias antes de la interrupción. Esta vez, sin besos ni caricias. No querían encender algo que no pudieran apagar allí mismo, en el vestuario compartido.
Había tiempo, y lo que quedaba por decir y sentir merecía otro escenario.
Salieron del vestuario cogidos de la mano, entraron a la zona del club donde quedaban algunos pocos clientes rezagados y Bill vio que Louise y Georg eran unos de ellos. La sorpresa le iluminó el rostro y corrió hacia ellos, fundiéndose en un abrazo cálido con Louise.
—¡Lo siento!—exclamó Bill aún entre sus brazos—Tom me dijo que estabais por aquí, pero no he podido escaparme ni un minuto.
—No te preocupes—respondió Louise con una sonrisa—Solo queríamos estar cerca en tu primer día. Tienes que contarme cómo ha ido, qué te han hecho hacer, todo.
—Claro, pero te llamo luego, ¿vale? —murmuró Bill lanzando una mirada cómplice a Tom—Hemos hecho planes.
—Por supuesto, cuando tengas un rato —dijo Louise sin mostrar la más mínima molestia.
—Nosotros ya nos íbamos—intervino Georg con tono amable—Solo queríamos verte antes de marcharnos.
—¿Y Gustav y Natalie?—preguntó Bill, mirando alrededor.
—Ya conoces a Natalie, puede pasarse horas tomando el sol aunque esté sola. No necesita compañía para sentirse en su elemento—explicó Louise con una sonrisa—Y Gustav…bueno, se fue a buscar a Alexander hace horas pero no hay rastro de ellos.
La mención de Gustav y Alexander hizo que Bill se pusiera tenso de forma casi imperceptible. Aunque se repetía que ya no le importaba lo que ocurriera entre ellos, esas palabras le removieron algo por dentro.
No era celos, ni rabia.
Era ese eco incómodo que aparece cuando alguien que fue importante sigue orbitando cerca, aunque ya no tuviera permiso para entrar.
Tom se acercó con una sonrisa discreta, colocando una mano en la espalda de Bill. El ambiente era tranquilo, casi íntimo, como si el día estuviera cerrando con una nota suave.
—Si quieres, podemos quedarnos a tomar algo con ellos —sugirió Tom en voz baja sin dejar de acariciar su espalda.
—Lo dejamos para otro día —respondió Louise con su sonrisa intacta—Seguro que estáis agotados y deseando salir del club de una vez.
—Mañana estaremos por aquí como siempre. Ya nos veremos entonces —añadió Georg despidiéndose con un gesto amable.
Bill les dio un abrazo rápido y se quedó mirando a Tom con una expresión suave.
—Gracias —fue lo único que dijo.
—Son tus amigos, es normal que quieras pasar tiempo con ellos —murmuró Tom.
—Y tú con los tuyos —respondió Bill—Si prefieres ir con ellos, no me importa. Ya tendremos nuestro momento otro día.
Tom lo observó con atención, buscando cualquier señal de incomodidad.
—¿De verdad no te importa? —preguntó, viendo que Bill negaba con la cabeza—Es que he notado a Andreas algo apagado, y creo saber por qué. No quiero que piense que lo estoy dejando de lado ahora que tengo novio.
Bill sonrió al escuchar la palabra novio. Que Tom la dijera así, sin pensarlo, le hizo sentir que todo iba en la dirección correcta.
—Vamos a la cocina —propuso Tom—Le pedimos a Rose que nos prepare algo para merendar y luego vemos qué hacemos.
Bill asintió y juntos se dirigieron a la cocina con la complicidad de quienes sabían que el tiempo compartido, ya fuera con amigos o a solas, siempre sumaba.
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Salió del vestuario con paso decidido y al regresar al club se reunió con Víctor y Melissa. Ambos sostenían una cesta que Rose les había preparado con esmero metiendo en ella sándwiches, fruta fresca y bebidas. Todo ligero, equilibrado, pensado para reponer fuerzas sin perder el ritmo.
—¿Y Bill y Tom? —preguntó Melissa al verle llegar solo.
—Tienen mejores planes —respondió Andreas con una sonrisa evasiva sin querer entrar en detalles.
—¿Mejores que pasar la tarde con sus únicos y mejores amigos? —bromeó Víctor alzando una ceja.
—Digamos que esta tarde mi bungalow está fuera de servicio—dijo Andreas encogiéndose de hombros mientras echaba a andar hacia la puerta del club seguido por sus amigos.
Melissa soltó una carcajada y Víctor, que volvía a estar de buen humor, caminaba a su lado con una expresión relajada.
—Bueno, si han decidido pasar la tarde encerrados, por algo será —comentó Víctor con tono comprensivo—Se lo merecen, y tampoco es que les sobre el tiempo para estar a solas los dos juntos.
—Es que parece que ahora que son formalmente novios no quieren estar con nosotros—murmuró Andreas no pudiendo ocultar lo abatido que se sentía.
—Es normal —intervino Melissa, rodeándolo con un brazo—Están en esa fase en la que todo gira en torno a ellos. Dales espacio. Ya verás que pronto volverán a hacer planes con nosotros.
Caminaron por el embarcadero con paso relajado y al llegar a la playa cruzaron hacia la orilla opuesta del lago, esa zona tranquila donde podían pasar la tarde sin cruzarse con los clientes del club. Allí los esperaba Anouk con su habitual mochila llena de diversión para pasar una tarde entretenida.
Al reunirse con ella se saludaron con entusiasmo como si hiciera meses que no se veían. Luego extendieron sus toallas sobre la arena y se acomodaron, listos para disfrutar de la merienda.
—No me lo digáis… seguro que mi madre ha llenado la cesta de cosas sanas y saludables—murmuró Anouk, justo cuando Melissa comenzaba a abrirla con una sonrisa traviesa.
Al momento comprobó que había acertado al ver los sándwiches, la fruta fresca y los refrescos que había en la cesta.
—Menos mal que vine preparada —murmuró mientras abría su mochila con gesto cómplice.
De su interior empezó a sacar su propio arsenal que consistía en latas de cervezas bien frías, varias bolsas de patatas fritas y su inconfundible cajita plateada, esa que siempre llevaba consigo con algunos porros ya preparados.
—Siempre tan previsora, hermanita —comentó Víctor con una sonrisa divertida, mientras tomaba una cerveza y la abría.
—¿Tom no se ha querido apuntar? —preguntó Anouk mientras abría otra de las cervezas.
—Está ocupado con Bill —respondió Melissa sin levantar la mirada.
—¡No me digas que ya lo ha cazado!—exclamó Anouk con una sonrisa amplia y divertida.
—Eso te pasa por no trabajar en el club —añadió Víctor, guiñándole un ojo a su hermana—Te pierdes toda la diversión… y los cotilleos.
—Por eso he decidido volver —anunció Anouk, mirando a Melissa y Andreas, que aún no sabían nada.
—¿Esa era la decisión importante que habías tomado? —preguntó Andreas visiblemente contento por la noticia.
—Una de ellas, sí —confirmó Anouk con un suspiro—He dejado el Sisyphos, o lo haré en cuanto encuentren a otra camarera. El sueldo era mejor, pero el ambiente… demasiado descontrolado. Mi madre no paraba de preocuparse por mí y la verdad es que echaba de menos tenerme cerca ya fuera ayudándola en la cocina o sirviendo mesas. Como Olivia no va a volver, habló con David y él me va a dar una segunda oportunidad.
Víctor la escuchaba en silencio sabiendo que esa no era la única decisión que su hermana había tomado. También había decidido dejar de pasar cocaína igual que él había prometido abandonar su otro trabajo. Ambos estaban decididos a ganarse la vida de forma honesta, aunque eso significara apretarse el cinturón.
Su madre ya llevaba tiempo haciendo preguntas sobre el dinero extra que entraba en casa, ese que permitía ayudar a pagar las facturas y llegar a fin de mes sin agobios. Y aunque nunca ninguno de sus clientes les había delatado porque de hacerlo se delatarían a ellos mismos, el temor a que se descubriera la verdad pesaba cada vez más.
Y David, consciente de la situación económica y del esfuerzo que Rose hacía en la cocina del club, le había prometido un aumento de sueldo. Gracias a eso, tanto Víctor como Anouk podían dejar atrás sus otros trabajos antes de que las consecuencias se volvieran irreversibles. Porque si los pillaban Anouk podría enfrentarse a una pena de cárcel. Y lo de Víctor, aunque menos grave, tampoco sería fácil de explicar.
—¡Esto se merece un brindis! —exclamó Melissa alzando su refresco con entusiasmo—Por Anouk, que vuelve al frente con nosotros.
Los demás levantaron sus refrescos y cervezas chocándolos con sonrisas cómplices.
—Por el regreso de la hermana rebelde —añadió Víctor, guiñándole un ojo a Anouk.
—Y por dejar atrás el pasado—dijo Andreas alzando su cerveza—Que esta nueva etapa sea más tranquila… o al menos más divertida.
Anouk rio con ganas aceptando el gesto con una mezcla de orgullo y alivio.
—Gracias, chicos—dijo suspirando—Os echaba de menos, no prometo que me haya vuelto más tranquila pero sí que seré distinta. Esta vez quiero hacer las cosas bien.
Melissa le pasó una fresa de la cesta y se acomodó en la toalla.
—Entonces prepárate, porque el club no da tregua —murmuró Melissa mientras sacaba un sándwich de la cesta—Y seguro que tu madre ya está imaginando cómo será tenerte otra vez en la cocina a su lado, probando recetas nuevas como en los viejos tiempos.
Anouk sonrió, con esa mezcla de nostalgia y vértigo que acompaña los regresos.
—Ya me lo veo venir —dijo sacudiendo la cabeza—Me pondrá a pelar verduras mientras me cuenta sus planes para renovar la carta. Y luego me hará probar cinco versiones de la misma salsa hasta que diga cuál de ella es la que «tiene alma».
—Y tú dirás que todas están buenas, solo para que te deje en paz—intervino Víctor soltando una carcajada.
—No esta vez —replicó Anouk con firmeza—Si voy a volver, quiero hacerlo bien. Sin trampas ni atajos.
—Me alegra que vuelvas—intervino Andreas levantándose de la toalla—El club necesita gente que no solo trabaje, sino que entienda lo que significa estar allí.
—Y yo necesito volver a sentir que pertenezco a algún lugar—admitió Anouk, mirando el lago—Esta vez tomándome la vida con calma, solo disfrutando de la cocina y mis amigos, y lo que venga.
—Me voy a dar un baño —comentó Andreas mientras se quitaba la camiseta y se dirigía hacia el agua.
—Voy contigo —se apuntó Víctor, poniéndose en pie con gesto tranquilo.
Había notado a Andreas más callado de lo habitual, había algo rondándole por la cabeza y sospechaba que tenía que ver con Tom y que no hubiera querido pasar la tarde con ellos en el lago.
Y también sabía que había algo más, y pensaba averiguarlo.
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Después de disfrutar de una buena comida, Gustav detuvo el coche en el parking del club. Desde el asiento del copiloto, Alexander miraba hacia el edificio con expresión tensa y los nudillos blancos de tanto apretar el borde del asiento.
—¿Estás bien? —preguntó Gustav observándolo de reojo.
Alexander no respondió de inmediato. Tragó saliva, bajó la mirada a sus propias manos y luego la alzó hacia el retrovisor como si necesitara verse a sí mismo antes de hablar.
—No lo sé —murmuró al fin—Creí que podía hacerlo, pero ahora que estamos aquí…
—¿Quieres que demos una vuelta antes de entrar?—propuso Gustav.
Alexander negó con la cabeza, pero su voz tembló cuando habló.
—Necesito una pequeña ayuda —dijo casi en un susurro—Solo un poco, algo que me dé el valor que ahora mismo no tengo.
—¿Estás seguro?—preguntó Gustav mirándolo con cautela— ¿Y tus padres?
—Mis padres no están aquí ahora—respondió Alexander con una sonrisa amarga—Y yo no puedo enfrentarme a Bill hecho un manojo de nervios mientras parezco un fantasma. Me tiene que ver fuerte, impecable. Como si no nuestra ruptura no me hubiera afectado en absoluto. Sin una pizca de miedo.
Gustav se volvió y cogió la mochila que había dejado en el asiento trasero. La abrió con lentitud, sacó una pequeña bolsita cuidadosamente sellada y la sostuvo entre los dedos, sin entregarla aún.
—Recuerda que esto no es una solución, Alex—dijo antes de entregársela—Es solo un parche.
—Lo sé—murmuró Alexander tomando la bolsita con manos firmes—Pero hoy necesito ese parche. Mañana… ya veremos.
Gustav se le quedó observando mientras preparaba una pequeña dosis con la precisión de quien ha hecho esto antes. No dijo nada, solo se aseguró de que las ventanillas estuvieran cerradas y el coche bien aparcado lejos de miradas indiscretas.
Minutos después Alexander se recostaba en su asiento con los ojos cerrados y respirando hondo. Cuando los abrió, su mirada era distinta. Más enfocada y más fría.
—Ahora sí —dijo mientras se acomodaba la camiseta con gesto firme—Estoy listo para caminar directo al infierno y hacerlo con la cabeza bien alta.
—Pues vamos entonces —dijo Gustav saliendo del coche mientras soltaba un suspiro—Pero tenemos que llamar a Anouk. Me estoy quedando sin mercancía y dudo que tú tengas algo guardado en casa.
—Claro, para que mis padres me la encuentren y me manden directo a una clínica —respondió Alexander con sarcasmo cerrando la puerta del coche de un golpe suave.
Caminaron hacia la playa con paso firme, buscando entre las tumbonas el rincón habitual del grupo. Pero solo estaba allí Natalie tumbada al sol como si el mundo no existiera para ella. Llevaba puestas sus gafas oscuras y una expresión de paz absoluta ajena a cualquier drama.
—¿Y Georg y Louise? —preguntó Gustav, mirando alrededor.
Natalie se quitó las gafas con lentitud, como si le costara volver del trance solar.
—Se fueron a comer al club—respondió con voz perezosa—Yo me he pedido algo de picotear aquí mismo, he preferido quedarme y absorber toda la vitamina D que me niega el invierno.
—¿Te apetece tomar algo? —preguntó Gustav, dirigiéndose a Alexander mientras se quitaba la camiseta.
—Pues ya que te ofreces, pídeme un té helado —intervino Natalie desde su tumbona.
Gustav giró la cabeza hacia ella, con una ceja alzada.
—Estaba hablando con Alex —murmuró sin perder la calma.
Solo entonces Natalie se incorporó ligeramente reparando en la presencia silenciosa de Alexander. Lo observó con curiosidad, como si no esperara verlo allí.
—¿Ya has salido de tu caparazón? —preguntó con una sonrisa amplia ladeando la cabeza—Pensé que seguirías escondido en tu torre de cristal otros tres días más.
Alexander se encogió de hombros sin devolver la sonrisa.
—Me apetecía ver el sol y a mis amigos —murmuró con tono neutro.
— ¿Y a Bill? —preguntó Natalie afilando el tono con sutileza —Es amigo tuyo, ¿no? ¿También te apetece verlo a él?
Gustav se puso tenso al escucharla pero Alexander ni se inmutó.
—Si está por aquí lo saludaré por supuesto—murmuró—Pero no he venido a buscarlo a él, he venido para recordarme a mí mismo que sigo formando parte de esto.
Natalie lo observó unos segundos más, luego se recostó de nuevo en la tumbona.
—Entonces bienvenido de nuevo al club—se burló poniéndose de nuevo las gafas de sol—Pero si quieres que te tomen en serio, empieza por cambiar esa carita de perrito abandonado y de pedir algo más fuerte que agua con limón.
—Gracias por el consejo—respondió Alexander mirando a Gustav— ¿Vamos a la barra?
Gustav asintió con la cabeza y echaron a andar con paso firme hacia el club. Mientras se alejaban, Natalie se quedó observando el cielo con una sonrisa que no era del todo divertida.
Algo le decía que esa tarde iba a tener más movimiento del que esperaba.
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Con la cesta cuidadosamente preparada por Rose entre las manos, Bill y Tom salieron de la cocina envueltos en una atmósfera ligera casi festiva. El sol se filtraba por los ventanales del club, y Tom iba trazando el plan perfecto para la tarde con una amplia sonrisa en sus labios.
—Merendamos con ellos y luego nos encerramos en el bungalow el resto del día —dijo con entusiasmo—Sin interrupciones ni horarios.
Bill le devolvió la sonrisa, pero apenas unos pasos después se le borró por completo. Al levantar la mirada vio a Gustav y Alexander entrando por la puerta principal del club. Caminaban con seguridad, como si el mundo les debiera atención, y se dirigieron directamente a la barra.
Tom también los vio y se volvió de inmediato. Por suerte donde estaban no eran vistos desde la barra y ni Gustav ni Alexander se habían dado cuenta de su presencia.
—¿Estás bien? —preguntó en voz baja, sin dejar de observar de reojo a Alexander que ya estaba pidiendo algo con gesto altivo.
Bill no respondió enseguida. Su cuerpo se puso tenso y podía sentir que la cesta que tenía entre sus manos parecía más pesada de repente. No era miedo, pero sí incomodidad. No estaba preparado enfrentarse en esos momentos a Alexander y a su amante.
—Podemos salir por la puerta trasera de la cocina —sugirió Tom con calma—Nadie nos verá.
Bill asintió en silencio.
No era cobardía, era autoprotección.
No quería enfrentarse a miradas, gestos y a posibles provocaciones.
No en esos momentos.
Tom lo guio con discreción de vuelta a la cocina y salieron de ella utilizando la puerta de atrás ante la curiosa y silenciosa mirada de Rose. En pocos segundos estaban fuera, rodeados por el aire fresco y el murmullo lejano del lago. El club quedaba atrás, junto con todo lo que Bill no quería revivir.
—Gracias—murmuró al fin mientras caminaban hacia el sendero que rodeaba la playa—No tengo las fuerzas necesarias para enfrentarme a Alexander y menos estando con Gustav.
Tom le cogió de la mano y se la apretó con suavidad sin detener el paso. El sendero bordeaba la playa con su calma habitual, pero en el pecho de Bill se agitaba una tormenta silenciosa.
—No tienes que hacerlo —respondió Tom con voz firme pero serena—No cuando aún estás sanando.
Bill asintió sin mirar atrás. El club quedaba a sus espaldas, junto con todo lo que no estaba listo para enfrentarse. El aire salado le acariciaba el rostro y por primera vez en minutos sentía que podía respirar sin que el pasado le apretase el pecho.
—Sé que vendrá a buscarme—murmuró al cabo de un rato—Alexander no sabe desaparecer sin ruido.
—Si lo hace, me encontrará a tu lado—dijo Tom sin dudar—No solo para pelear por ti, sino para recordarte que no estás solo.
Bill se detuvo un momento para mirar el lago que se extendía frente a ellos como un espejo tranquilo. Luego volvió a caminar con paso más ligero.
—Vamos con los demás —dijo sacudiendo la cabeza—Quiero estar donde no tengo que fingir que estoy bien.
Tom sonrió, y juntos se adentraron en el bosque que rodeaba la orilla, camino al claro donde Andreas, Melissa, Anouk y Víctor ya estaban reunidos. El sol filtraba sus últimos rayos entre las hojas, y el murmullo del agua les daba la bienvenida.
Los encontraron en el mismo rincón del lago donde Tom había estado con ellos la última vez. Al llegar ambos se detuvieron en seco sorprendidos por la escena que se desplegaba ante sus ojos. Una pareja se besaba en mitad del lago envuelta en la luz dorada del atardecer, mientras que otra lo hacía en la orilla recostada sobre sus toallas y con las manos entrelazadas.
Desde donde estaban podían distinguir perfectamente quiénes eran. Se miraron y una sonrisa cómplice se dibujó en sus rostros.
Al parecer, no eran los únicos que habían decidido dejarse llevar por lo que sentían.
Sin decir palabra optaron por no interrumpirlos. Rodearon el claro con paso tranquilo y siguieron caminando hacia el bungalow, sabiendo que allí también les esperaba su propio momento.
Uno que, como los demás, ya no necesitaba esconderse.
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Caminaron juntos hacia la orilla, dejando atrás las risas y el crujido de las bolsas de patatas. El agua les recibió con una frescura agradable y durante unos minutos se limitaron a nadar en silencio dejando que el cuerpo se relajara.
—¿Te ha molestado que Tom no viniera? —preguntó Víctor al fin sin mirar directamente a Andreas.
Andreas se sumergió un momento y al salir se pasó la mano por el rostro, como si el agua pudiera aclararle las ideas.
—No es solo eso—confesó en un susurro—Es que últimamente parece que está en su propio mundo y yo me siento desplazado. Cuando supe que iba a regresar por un lado me sentí muy feliz de volver a ver a mi mejor amigo pero veo que apenas pasamos tiempo juntos si no es el club trabajando. Y ahora ha llegado Bill y ha hecho que esa grieta que hay entre nosotros se vuelva más profunda.
Víctor asintió, comprendiendo. El grupo estaba cambiando, y aunque todos lo sabían, no todos lo decían.
—A veces estar en pareja te hace reordenar prioridades —dijo con tono neutral—Pero si hay algo que te preocupa, puedes hablarlo con él o incluso con Bill. No creo que quieran dejarte fuera.
—Lo sé —murmuró Andreas, flotando boca arriba mientras el cielo se reflejaba en sus pupilas—Solo que me cuesta aceptar que las cosas nunca volverán a ser como antes. Le he echado tanto de menos… y Tom parece no darse cuenta.
Víctor nadó despacio hasta colocarse a su lado. Había algo en el tono de Andreas, una melancolía que no era nueva pero que esta vez pesaba más. Intuía que había algo más profundo, algo que Andreas no decía pero que estaba ahí, latiendo bajo la superficie.
—Te gusta mucho Tom, ¿verdad? —preguntó en voz baja sin presionarle.
Andreas cerró los ojos y soltó el aire con un suspiro largo. No había forma de esquivar lo evidente.
—Desde siempre —confesó en voz baja.
—¿Y él lo sabe? —quiso saber Víctor.
Andreas dejó de flotar, se incorporó en el agua y lo miró de frente. Nunca antes había tenido una conversación tan íntima con Víctor, que solía esconderse tras bromas y una actitud despreocupada.
—Claro que lo sabe—contestó suspirando—Nos hemos acostado un par de veces, pero para él nunca fue nada serio.
Víctor asintió despacio, comprendiendo.
—Y tú… tú no pudiste evitar enamorarte —aventuró.
—Le confesé mis sentimientos y al no ser correspondidos me aleje de él porque seguir a su lado me hacía mucho daño—soltó Andreas sin aliento—Vine aquí para poner distancia, pero cuando Tom me pidió ayuda no pude decirle que no. Y ahora que ha vuelto todo lo que creía superado ha regresado y con más fuerza me temo. Me alegro de lo suyo con Bill, de verdad. Pero no puedo evitar sentirme mal cuando los veo juntos.
Las palabras se le quebraron en la garganta. Andreas bajó la mirada, sintiendo cómo las lágrimas le nublaban la vista. Víctor lo vio y sin decir nada lo rodeó con los brazos, firme y cálido dejando que Andreas llorara sobre su hombro.
El agua los envolvía, silenciosa, mientras el sol seguía su curso sobre el lago.
No había juicio, solo presencia.
Y a veces, eso era suficiente.
—Gracias… lo necesitaba —susurró Andreas, con la voz aún temblorosa tras haberse desahogado.
Víctor guardó silencio unos segundos, luego habló con una seriedad poco habitual en él.
—Yo también necesito decir algo —dijo sin atreverse a mirarle a los ojos—Todo lo que has compartido me ha removido por dentro. Porque, igual que tú, estoy enamorado de alguien. Y me duele verle mal, me duele no poder estar cerca como quisiera. Pero esa persona no sabe nada… y creo que ha llegado el momento de que lo sepa.
Andreas se le quedó mirando algo desconcertado, sin entender del todo a quién se refería.
Víctor alzó la cabeza y se atrevió a mirarle fijamente a los ojos mientras sacaba de él todo eso que le atormentaba.
—Me gustas mucho, Andreas—soltó con voz temblorosa.
Andreas se quedó inmóvil como si el mundo se hubiera detenido por un instante. La confesión de Víctor lo golpeó con la misma intensidad que sus propias emociones minutos antes.
No lo había visto venir.
No así, no en ese momento.
—¿Qué…? —empezó a decir, pero la voz se le quebró.
Víctor no retrocedió. Su mirada era firme pero vulnerable, como si por fin hubiera soltado un peso que llevaba demasiado tiempo cargando.
—No quería decírtelo así, pero después de escucharte no podía permanecer más tiempo callado—soltó sin aliento—No sé si significa algo para ti o en qué lugar me deja en todo esto, pero tenía que ser honesto.
Andreas bajó la mirada sintiendo cómo el corazón le latía con fuerza. No era rechazo lo que sentía, pero tampoco claridad. Era sorpresa, confusión, y una punzada de algo que no sabía si era alivio o miedo.
—Víctor… —murmuró, acercándose un poco—No sé qué decir, estoy desbordado.
—No tienes que decir nada ahora —respondió Víctor con suavidad—Solo quería que lo supieras y que no sientas que estás solo en esto. Que hay alguien más que al igual que tú también siente cosas que no sabe cómo manejar.
Andreas se le quedó mirando como si lo viera por primera vez. Ya no era el Víctor bromista que convertía todo en juego. Frente a él estaba alguien distinto. Más sereno, más claro y con una verdad que no se escondía detrás de risas.
Y entonces lo entendió.
Víctor había estado ahí siempre ofreciéndole una amistad sincera, un refugio y una casa que podía llamar hogar. En Navidad, cuando Rose no permitió que Andreas pasara esa noche solo, compartió mesa con ella, Anouk y Víctor sintiéndose parte de una familia que nunca había tenido.
No hizo falta que dijera nada, sus ojos lo dijeron todo. Víctor lo vio y lo entendió. Dio un paso al frente y lo besó con suavidad en los labios como quien pide permiso sin palabras. Andreas se dejó besar, y luego respondió con más fuerza rodeándolo con los brazos, deseando que ese instante no se acabara nunca.
Desde la orilla, Melissa y Anouk observaban la escena con los sándwiches a medio comer, atónitas ante lo que sucedía en el lago.
—¿Pero qué pasa hoy? —preguntó Melissa, sin apartar la vista— ¿El agua del lago es mágica o qué? Tom con Bill, tu hermano con Andreas…
—Y tú y yo nos besamos la otra tarde —le recordó Anouk con una sonrisa —Lo acabas de decir, es magia. El lago saca a la luz lo que llevamos dentro.
—Fue solo un beso —murmuró Melissa bajando la mirada.
—Fueron más de uno y estuviste metiéndome mano—insistió Anouk sin perder la calma—Las dos llegamos al orgasmo y yo no me arrepiento. Siempre me has gustado, y si tú quieres podemos empezar algo. Hoy empiezo una nueva vida, y quiero que estés en ella.
Melissa se quedó en silencio. No encontraba palabras, pero el rubor en sus mejillas hablaba por ella. Así que sin decir una palabra se inclinó y se apoderó de sus labios, con la determinación de quien ya no quiere esconder lo que siente.
No le importaba si alguien las estaba mirando ni si el momento no era el adecuado. Solo importaban Anouk y ella, allí con el sol reflejándose en sus ojos y el lago como testigo silencioso.
El beso no fue tímido ni fugaz. Fue claro y firme, como una promesa que no necesitaba explicación alguna.
Y en ese instante, todo lo demás se desdibujó. Las voces lejanas, el murmullo del lago incluso las dudas que Melissa había estado durante semanas arrastrando.
Continúa…
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