
Fic TOLL de lyra
Capítulo 72
Llegaron a casa bajo el cielo estrellado con el murmullo de la moto apagándose al detenerse frente al garaje. Al entrar, Tom no pudo evitar detenerse un momento para admirar la colección de coches que el padre de Bill guardaba allí. Todos vehículos de alta gamas y de marcas reconocidas en impecable estado, relucientes bajo la luz tenue como si acabaran de salir del concesionario. Era evidente que Jörg cuidaba cada uno como si fueran tesoros personales.
Cogió su mochila y siguió a Bill. Entraron en la casa con pasos tranquilos aún con el recuerdo de la agradable velada en su cabeza. Al cruzar el vestíbulo la voz de Jörg resonó en el llamándoles. Se dirigieron al salón donde le encontraron sentado en una de las butacas hojeando unos documentos con una copa de vino a medio terminar sobre la mesa.
Antes de que Jörg pudiera decirles nada más Bill se adelantó con cierta incomodidad.
—Siento mucho habernos saltado la cena sin avisar—se disculpó por los dos.
Jörg dejó los documentos a un lado y le dedicó una sonrisa comprensiva.
—No pasa nada, Bill—dijo Jörg mirándole fijamente—Tu madre y yo ya sabíamos que a partir de ahora las cosas iban a cambiar y que tendríamos que respetar tus decisiones, cosa que nunca hemos hecho antes.
Bill sintió una oleada de alivio al escuchar aquellas palabras. Por primera vez, percibía que sus padres comenzaban a respetar sus decisiones, otorgándole esa libertad que durante tanto tiempo había deseado. Era como si al fin le reconocieran como alguien capaz de trazar su propio camino.
—¿Tienes todo lo que necesitas, Tom?—preguntó Jörg dirigiéndose a su invitado al ver la mochila que cargaba—¿Cómo te estás adaptando?
—Sí, gracias—contestó Tom esbozando una tímida sonrisa—Ha sido un día intenso, pero me voy adaptando bien.
—Me alegra oírlo —respondió Jörg—Quiero que sientas que esta casa también es tuya ahora. Si necesitas algo, solo tienes que pedirlo.
—Gracias—repitió Tom de nuevo.
—Esta tarde, con la ayuda de Louise hicimos algunas compras que llegarán mañana —se apresuró a explicar Bill—Algo de ropa.
—Por supuesto, sim problema—dijo Jörg con tono sereno—Ahora subid a descansar, ha sido un día muy largo , ya he hablado con David y os ha concedido unos días libres en el club. Especialmente a ti, Tom. Quiere que vuelvas cuando te sientas preparado y si hay algo o alguien que te incomoda, por favor, no dudes en decírselo.
—No puedo ausentarme demasiado tiempo—respondió Bill con firmeza—En el club hay mucho trabajo y David necesita que le eche una mano. Mañana es mi día libre, pero el lunes pienso volver. No quiero que nadie piense que por ser el hijo del jefe tengo privilegios especiales.
Jörg sonrió al escucharlo, con una mezcla de orgullo y ternura reflejada en su mirada. Ver a su hijo asumir responsabilidades con tanta convicción le confirmaba que estaba madurando.
Salieron del salón y subieron las escaleras rumbo a sus habitaciones. Caminaron juntos por el pasillo en silencio sabiendo que lo mejor era despedirse allí antes de retirarse. Se fundieron en un abrazo largo y cálido, y sus labios se encontraron en un beso suave cargado de ternura.
—Si no puedes dormir, ven a verme —susurró Bill rozando sus labios con los de Tom.
—Entonces no dormiríamos ninguno de los dos —respondió Tom con una sonrisa cómplice.
Bill soltó una risa nerviosa, estaba deseando volver a compartir la cama con él pero sabiendo que ya habría tiempo para eso. le dio otro beso y le deseó buenas noches antes de entrar en su habitación.
Tom hizo lo mismo cerrando la puerta tras él. Se quedó unos segundos quieto en mitad de la estancia observando la amplia cama que era toda para él. El colchón parecía muy cómodo y empezaba a sentir el cansancio acumulado en sus hombros. Había sido un día largo lleno de emociones, reencuentros y decisiones importantes.
Dejó la mochila sobre una silla pensando que ya colocaría su ropa al día siguiente. En ese momento lo único que deseaba era meterse en la cama y cerrar los ojos.
Fue al baño para hacer sus necesidades y lavarse los dientes con movimientos lentos, y luego regresó a la habitación quitándose la ropa y quedándose en bóxers. Abrió la cama y al acostarse comprobó que efectivamente el colchón era tan cómodo como parecía, y las sábanas desprendían un aroma limpio y reconfortante.
Cerró los ojos suspirando y por primera vez en mucho tiempo durmió profundamente sin sentir miedo ni tensión alguna, sin ninguna preocupación rondándole la cabeza haciendo que sueño fuera interrumpido.
Solo había paz a su alrededor, una calma que nunca antes había sentido
&
Al caer la noche Alexander decidió regresar a casa tras haber pasado el día entero haciendo lo que le venía en gana sin dar explicaciones a nadie. Apenas cruzó la puerta su padre se acercó con gesto serio.
—¿Dónde te habías metido? —preguntó con firmeza—Tu madre ha estado todo el día preocupada, te fuiste diciendo que no volverías nunca.
—¿Y por qué no vino nadie a buscarme?—replicó con desdén Alexander—Ambos sabíais perfectamente que estaría en el club pero ninguno de los dos os habéis tenido tiempo o ganas de venir a por mí. ¿Eso es todo lo preocupados que estabais?
—Sabes que los dos tenemos trabajos que requieren una dedicación constante—respondió Gordon esforzándose por mantener la calma—Yo tenía pacientes a los que no podía abandonar y tu madre clientes importantes en la galería.
—Claro, vuestro trabajo es mucho más importante que ese hijo adoptado que ha crecido y ahora os sobra —murmuró Alexander con una mezcla de rabia y tristeza en la voz—Qué fácil era cuando era pequeño y me dejabais con cualquier desconocida que me cuidara de mi o me apuntabais a clases extraescolares que no necesitaba solo para que no os estorbara.
—Te estábamos dando la vida que creíamos que merecías —apuntó Gordon—Queríamos formarte para que fueras alguien de provecho en el futuro y cuando no podíamos cuidar de ti en persona te dejábamos en las mejores manos.
—¿Para qué me adoptasteis si no teníais tiempo de cuidar de mí? —estalló Alexander—Me he sentido muy solo desde niño, normal que al crecer haya salido así. Es culpa vuestra que ahora tenga la sensación de que nadie jamás se ha preocupado por mí y nunca lo hará.
Gordon se le quedó mirando en silencio, sin saber si responder o dejar que el peso de sus propias palabras cayera sobre él. La tensión entre ambos era como una cuerda a punto de romperse.
—¿Has tomado algo? —preguntó mirándolo fijamente con el ceño fruncido.
—Sí —respondió Alexander sin molestarse en ocultarlo.
—Sabes que es peligroso —murmuró Gordon con tono grave.
—Me ayuda a soportar esta mierda de vida —soltó Alexander con una mezcla de rabia y resignación.
—Hay otras formas más adecuadas de sobrellevarlo —insistió Gordon—Si necesitas ayuda sabes que puedes contar conmigo, puedo conseguirte algo que te estabilice sin que corras el riesgo de una sobredosis. Hay ansiolíticos que podrían ayudarte…
—¿Y acabar como un zombi?—replicó Alexander con desdén—No, gracias. Ya he visto sus efectos en Bill
—Entonces buscaremos otra medicación —dijo Gordon con firmeza—Pero esto no puede seguir así, Alexander. No puedes seguir escapando de tus problemas metiéndote una raya. Esto no es vida.
Alexander apartó la mirada cruzando los brazos con gesto defensivo. No quería escuchar, pero una parte de él sabía que su padre tenía razón. Aunque admitirlo era otra historia.
—Mañana, cuando tu organismo esté limpio del todo, comenzaremos con un tratamiento —dijo Gordon percibiendo que empezaba a ceder.
—Pero nada de ingresarme en una clínica —advirtió Alexander con firmeza—Eso no va a pasar nunca.
—Puedo tratarte yo mismo aquí en casa —insistió Gordon con calma—Pero tendrás que seguir mis normas al pie de la letra. Nada de cocaína ni alcohol, sesiones de terapia dos veces por semana y cuando vea que estás algo más estable te dejaré retomar tu vida. Pero si no hay avances o si te saltas alguna regla, te ingreso en la mejor clínica que encuentre. Sin discusión.
Alexander lo miró en silencio, sabiendo que su padre hablaba en serio dispuesto a ponerle límites por primera vez en mucho tiempo.
Y aunque aquello debía ser motivo de reflexión, en el fondo Alexander lo detestaba. No soportaba la idea de someterse a normas, ni mucho menos de aceptar ayuda. Pero por el momento jugaría el papel que esperaban de él. Fingiría colaborar y aparentaría mejorar hasta recuperar el control de nuevo. Luego volvería a hacer lo que le diera la gana, como siempre había hecho.
Además, tenía cuentas pendientes.
Bill lo había humillado frente a todos y eso no iba a quedar impune.
Alexander jamás perdonaba, y mucho menos olvidaba.
La venganza, silenciosa y calculada, ya empezaba a tomar forma en su retorcida mente.
&
Despertó a la mañana siguiente con la agradable sensación de haber dormido durante días. Se estiró lentamente en aquella cama tan cómoda soltando un largo bostezo y permaneció tumbado de espaldas contemplando el techo de su nueva habitación. Era una casa muy extraña con sus normas y horarios que aún le resultaba complicado de entender, pero tenía admitir que empezaba a sentirse cómodo viviendo allí.
Sobre todo teniendo a Bill cerca aunque en ese momento lo echaba mucho de menos allí en su cama. Se le pasó por la cabeza la loca idea de colarse en su habitación y despertarlo a besos, pero sabía que debía comportarse. Se lo había prometido a Jörg y no quería hacer nada que pudiera disgustarle, especialmente a su mujer a quien aún no había tenido la suerte de ver en el tiempo que llevaba allí.
Suspiró y se levantó con rapidez en cuanto escuchó la alarma de su móvil. Bill ya le había explicado que en esa casa se desayunaba a las ocho en punto todos los días sin excepción y para esa hora ya tenía que estar entado a la mesa bien vestido y arreglado, así que la noche anterior puso la alarma media hora antes del desayuno para poder tener tiempo suficiente para ducharse y cuidar su aspecto, evitando así incomodar a Simone Kaulitz.
A las ocho menos cuarto ya estaba frente al espejo de cuerpo entero que tenía en la habitación estudiando su reflejo. Llevaba sus mejores prendas aunque comparado con Bill y su familia sentía que parecía un mendigo. Sus ropas no eran de las mejores marcas, y a pesar de llevar puesta una camiseta negra de manga corta que era una de sus mejores prendas mostraba pequeños signos de desgaste.
El pelo lo tenía aún ligeramente algo mojado y se lo había peinado lo mejor que pudo recogiéndolo recogido en una impecable coleta.
Entonces escuchó la puerta de la habitación de Bill abrirse. Tras un último vistazo al espejo salió de la habitación y le vio parado en mitad del pasillo, tan guapo como siempre dedicándole una amplia sonrisa que Tom le devolvió antes de apoderarse de sus labios y darle un beso de buenos días.
—¿Qué tal has dormido? —preguntó Bill suspirando.
—Muy bien —respondió Tom mirándolo fijamente a los ojos—Pero te eché de menos en mi cama.
Bill se ruborizó al escucharlo. Él también lo había echado de menos y y estaba deseando poder compartir de nuevo un momento de plena intimidad con él.
Se cogieron de la mano y bajaron juntos al comedor. Al llegar notaron que de nuevo solo había cubiertos para dos. Una vez más los padres de Bill se ausentaban, el padre seguramente por trabajo y la madre se negaba a compartir mesa con su invitado.
Tom no se sentía para nada molesto con su actitud, todo lo contrario. Pensaba que cuanto menos contacto tuviera con ella, mejor.
Tomaron asiento y al momento Greta apareció con un suculento desayuno que consistía en café recién hecho, tostadas, croissants y tortitas con caramelo y nata.
—¿Qué se celebra? —preguntó Bill al ver las tortitas sorprendido.
Eran su desayuno favorito pero su madre nunca le permitía tomarlas alegando que ya no era un niño. Greta no respondió, solo le guiñó un ojo al dejarle el plato y desapareció por la puerta.
Mientras desayunaban, comenzaron a planear la mañana. La ropa que Louise había encargado llegaría a las nueve, y dedicarían parte del tiempo a escoger qué prendas se quedaría Tom.
—Luego si estás con ánimo podríamos salir a dar un paseo y comer fuera —sugirió Bill saboreando con tristeza el último trozo de tortita.
—Vayamos al club —propuso Tom—Podemos comer en la cocina con Rose, seguro que está preocupada por mí. Luego podríamos darnos un baño en el lago, en la orilla opuesta donde solemos ir los camareros para no molestar a los clientes. Diles a Louise y Georg si quieren apuntarse.
A Bill le pareció una excelente idea, sobre todo que Tom quisiera regresar al club. Pero el sonido de su móvil interrumpió la conversación. Nunca lo llevaba consigo durante las comidas, si llegaba a sonar como acababa de ocurrir su madre lo fulminaría con la mirada y no dudaría en confiscárselo.
Sin embargo, tal como había dicho su padre, a partir de entonces las reglas habían cambiado y su madre tendría que acostumbrarse a escuchar su móvil sonando en la mesa. Trabajaba en el club y eso implicaba estar disponible para cualquier imprevisto importante como justo en esos momentos cuando al coger el móvil vio un mensaje de David se apresuró a leerlo en voz baja.
—Tengo que echarle una mano con uno de los proveedores —murmuró suspirando—Hay un problema con el pedido que se les envió, parte de la mercancía está equivocada y Melissa le está echando una mano pero no logra solucionarlo.
—¿Tienes que ir al club? —preguntó Tom.
—No hace falta —explicó Bill poniéndose en pie—Tengo la tablet en mi habitación, me conectaré desde allí. No tardo nada.
Salió del comedor con rapidez dejando a Tom solo terminando su desayuno. Fue entonces cuando escuchó el sonido de unos tacones acercándose y segundos después Simone Kaulitz apareció por la puerta del comedor, rodeó la mesa y se tomó asiento frente a él con la espalda rígida sin tocar apenas el respaldo.
—He pensado que sería un buen momento para que hablemos—dijo con tono seco.
Tom tragó lo que tenía en la boca y se pasó la servilleta de lino por los labios, notando el gesto de desagrado que Simone hizo al verle usar una pieza tan delicada.
—Buenos días, señora Kaulitz —saludó con educación—Antes que nada, quiero darle las gracias por su generosidad al acogerme en su casa.
Sabía perfectamente que su presencia allí no era gracias a ella, pero ya estaba acostumbrado a la falsedad de la gente de su clase, a como guardaban las apariencias y a sus gestos vacíos. Así que jugaría su papel como si lo hubiera hecho toda la vida ignorando el hecho de que si no fuera por ella nada de eso habría ocurrido. No habría sido arrestado ni tendría que vivir bajo su techo.
Y Simone lo sabía.
Pero no pensaba reconocérselo.
Mantuvo la mirada fija en Tom, con la misma rigidez con la que se había sentado.
—No estás aquí por mi generosidad —dijo con frialdad—He tenido que ceder pero eso no significa que esté de acuerdo con tu presencia.
Tom se mantuvo sereno aunque por dentro sentía cómo cada palabra de Simone se clavaba como una espina. No era la primera vez que alguien lo miraba con desprecio, pero que viniera de la madre de Bill lo hacía más difícil de digerir.
—Entiendo que no sea fácil para usted —respondió con calma—Pero le aseguro que no estoy aquí para incomodar a nadie. Solo quiero hacer las cosas bien.
Simone entrecerró los ojos, como si evaluara cada palabra.
—Hacer las cosas bien empieza por saber cuál es tu lugar —dijo con tono cortante—Esta casa tiene reglas, y espero que las respetes. No quiero escándalos, ni escenas y mucho menos que mi hijo se vea arrastrado por tus problemas.
Tom apretó , conteniéndose.
—Bill sabe quién soy y lo que he vivido, no le he ocultado nada—murmuró Tom apretando la servilleta entre los dedos —Si está conmigo es porque lo ha decidido libremente.
—Mi hijo aún no entiende lo que está en juego—replicó Simone—Tú vienes con un pasado que no puedes borrar, y tarde o temprano eso le afectará. No quiero que lo arrastres contigo.
Tom se inclinó ligeramente hacia ella, sin perder la compostura.
—No puedo borrar mi pasado, señora Kaulitz—dijo con firmeza—Solo construir algo nuevo. Y si Bill quiere formar parte de eso, lo hará con o sin su aprobación.
Simone se le quedó observando en silencio durante unos segundos, como si no esperara una respuesta tan firme.
—Solo espero que sepas tratarlo con respeto —murmuró con tono contenido.
—Lo he hecho desde el primer momento —respondió Tom con firmeza.
—Y ya que vas a compartir tu vida con él, espero que estés en condiciones de hacerlo —añadió Simone clavando la mirada en él.
Tom se la quedó mirando sin comprender a qué se refería, Simone era una persona que le gustaba hablar en clave.
— ¿Estás sano?— preguntó Simone yendo directa al grano— ¿Hay algo en ti que pudiera hacerle daño a mi hijo, que pudieras contagiarle?
Entonces comprendió de inmediato a qué se refería.
Simone daba por hecho que él había estado con muchos más chicos antes que Bill y que probablemente no había sido nada cuidadoso. Lo estaba juzgando sin conocerlo.
—Bill y yo nos hemos hecho análisis —explicó con firmeza—Ambos estamos sanos.
—Me alegra oír eso —murmuró Simone aunque sin suavizar el gesto—Entiéndeme, cuando estaba con Alexander me sentía más tranquila. Era un chico en quien podía confiar plenamente pero a ti no te conozco en absoluto, no sé en qué ambientes te has movido ni con quién.
—Cuando quiera puedo hablarle de mi vida sin problema —replicó Tom—Pero no debería confiar tanto en Alexander. Si Bill y yo tuvimos que hacernos esos análisis, fue precisamente por su culpa. Solo tiene que preguntarle.
Simone frunció el ceño sorprendida por la firmeza de su respuesta. Pero no quiso decir nada más. Se levantó con elegancia alisando la falda con las manos.
—Veremos cuánto dura esta relación—murmuró antes de salir del comedor sin mirar atrás.
Tom se quedó a solas con el sabor del café aún en la boca y una mezcla de rabia y orgullo en el pecho. Había sido una conversación de lo más tensa, pero había dejado claro que no pensaba dejarse pisotear por nadie y mucho menos por ella.
&
Alexander despertó sintiendo el cuerpo pesado y la mente aún nublada. Se quedó unos minutos tumbado de espaldas mirando el techo sin moverse, como si el día no hubiera empezado realmente. Pero sabía que no podía seguir postergándolo. Tal y como le había dicho su padre, ese día comenzaría el tratamiento con el cual quería ayudarle a mejorar.
Se incorporó lentamente con el estómago revuelto y la cabeza aún cargada por los excesos del día anterior. La habitación permanecía en silencio con un ligero desorden que delataba que la noche anterior se había desnudado sin preocuparse por doblar la ropa ni guardarla, las prendas seguían esparcidas por el suelo donde las había dejado caer.
Salió con dificultad de la cama y se encogió de hombros al notar que estaba pisando la ropa sin darle mayor importancia mientras se dirigía al baño, ya subiría la doncella más tarde para recogerla y encargarse de hacer la cama.
Al entrar al baño se miró en el espejo. Tenía ojeras marcadas, la piel pálida y los ojos apagados. Se lavó la cara con agua fría intentando despejarse, sabía que su padre no iba a permitirle seguir actuando de la manera en la que lo hacía. No más cocaína ni más noches sin control. A partir de ese momento acudiría a terapia dos veces por semana, se mantendría limpio y seguiría una rutina que le parecía asfixiante.
Pero lo aceptaría, de momento.
Fingiría colaborar al menos por un tiempo. Lo suficiente para recuperar el control para que su padre bajara la guardia. Y después… volvería a hacer lo que le diera la gana.
Como siempre.
Y quedaba aún un tema pendiente con Bill. Quería vengarse de él, pero en esos momentos tenía que dejar a un lado su venganza y jugar el papel del hijo arrepentido. El tratamiento empezaba, y con el su estrategia.
Se dio prisa en asearse y vestirse antes de bajar a desayunar. En cuanto cruzó el umbral del porche, su madre se levantó de inmediato y lo envolvió en un abrazo apretado.
—Me tenías muy preocupada —murmuró Eleonore estrechándolo con fuerza.
Alexander se dejó abrazar saltando un leve resoplido al tiempo que sentía que le faltaba el aire. Su madre pareció notarlo y lo soltó con suavidad, acariciándole la mejilla con ternura.
—Tu padre me lo contó todo anoche —dijo Eleonore con una sonrisa cálida cogiéndose de su bazo—Estoy muy orgullosa de que hayas aceptado su ayuda. Vamos a empezar esta nueva etapa con buen desayuno saludable, seguro que tienes hambre.
Sin oponer resistencia, Alexander se dejó llevar y se sentó a la mesa permitiendo que su madre le sirviera el desayuno como si aún fuera un niño pequeño. Sobre la mesa había de todo desde fruta fresca cortada con esmero a tostadas, zumo recién exprimido, café humeante y unas tortitas que desprendían un aroma reconfortante. Todo dispuesto con el cuidado que solo su madre sabía poner en los pequeños gestos.
—Hoy es el primer día de tu nueva vida —comentó Eleonore mientras cortaba su tortita con el cuchillo.
—Suena a frase de galletita de la suerte —murmuró Alexander, sin levantar la vista del plato.
Eleonore pasó por alto su comentario y tomó de nuevo asiento a su lado no tardando en llenar el silencio con su habitual charla animada, como si quisiera disipar cualquier sombra que aún quedara en el ambiente. Mientras le servía más zumo de naranja, comenzó a hablar de la nueva adquisición de la galería como si fuera lo más emocionante del día.
—Ayer llegó una pieza maravillosa —dijo con los ojos brillantes—Una escultura de mármol blanco, de un artista italiano emergente. Tiene una expresión tan serena… me recuerda a los bustos clásicos, pero con un toque moderno. Estoy pensando en colocarla justo en la entrada, para que sea lo primero que se vea al entrar.
Alexander se limitó a asentir sin mucho interés mientras que su madre continuaba hablando sin notar su apatía.
—Y también estoy considerando reorganizar la iluminación—siguió diciendo Eleonore—Las nuevas lámparas que vimos en el catálogo de París quedarían perfectas. ¿Recuerdas. que te las mostré? Las que tenían ese diseño tan elegante, como pétalos de cristal.
Alexander tomó otro sorbo de café dejando que su madre hablara. Era más fácil dejarse envolver por sus palabras que enfrentarse a lo que realmente le esperaba ese día.
—Ayer hablé con Simone —dijo Eleonore, poniéndose seria de repente—Quería hablar con ella, necesitaba su consuelo… me sentía mal por cómo te habías ido de casa pero la encontré muy distante y fría.
Alexander levantó la mirada atento a la conversación de su madre por primera vez.
—Me dijo que jamás debimos haberos adoptado a ti y a Bill—continuó Eleonore con tristeza en la voz—Que ella nunca quiso tener un hijo, y que todo lo que había hecho para convertir a Bill en un hombre de provecho se había venido abajo. Se siente muy abatida y ha desistido de tratar de cambiar a Bill.
Eleonore se detuvo un momento respirando hondo, y luego miró a su hijo fijamente a los ojos.
—Pero yo no pienso hacerlo contigo—dijo Eleonore con firmeza—Jamás me arrepentiré de haberte adoptado, Alexander. Y voy a hacer todo lo que esté en mis manos para ayudarte a salir de esto. Cueste lo que cueste.
Las palabras de Eleonore se quedaron flotando en el aire, como una manta cálida que Alexander no sabía si aceptar o apartar. Se quedó en silencio con el tenedor suspendido sobre el plato sin saber muy bien cómo reaccionar. Su madre acababa de decirle que jamás se arrepentiría de haberlo adoptado, que lucharía por él sin importar lo que hiciera falta.
Y eso, aunque reconfortante, también le incomodaba.
Sentía removerse por dentro una mezcla de emociones difíciles de clasificar. Parte de él quería creer a su madre, dejar que le cuidara y le salvara. Pero otra parte, más oscura y desconfiada, le gritaba que no se fiara, que todo el mundo acababa decepcionándose de él tarde o temprano.
Que el cariño siempre venía con condiciones.
Sentía un nudo en la garganta que no tenía nada que ver con la comida. No estaba acostumbrado a que lo defendieran así, a que alguien apostara por él sin exigirle nada a cambio. Y aunque no lo dijera en voz alta, esas palabras de su madre le habían tocado más de lo que quería admitir.
Se llevó el café a los labios intentando disimular el temblor en sus manos.
No era el tipo de chico que lloraba en la mesa.
No era el tipo de chico que se dejaba salvar.
Pero por primera vez en mucho tiempo, se sintió visto. Y eso, aunque le asustara, también le dio una chispa de esperanza.
&
Bajó las escaleras con paso rápido aún con la tablet en la mano tras haber ayudado a David a resolver el problema con el proveedor. Al llegar al salón Bill vio a su madre cruzar la puerta del comedor con expresión imperturbable y dirigirse al jardín sin reparar en su presencia. Aquello le encendió todas las alarmas.
Aceleró el paso y entró al comedor donde encontró a Tom aún sentado a la mesa terminando su café con gesto contenido.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Bill acercándose de inmediato visiblemente preocupado.
—Tu madre me estaba dando la bienvenida a su casa —respondió Tom levantando la vista y esbozando una sonrisa irónica
— ¿Te ha dicho algo fuera de lugar?—quiso saber Bill frunciendo ceño.
—Digamos que ha dejado claro que no está encantada con mi presencia —murmuró Tom—Pero no te preocupes, he sabido mantener el tipo.
Bill se sentó a su lado tomándole la mano con suavidad.
—Lo siento —dijo con sinceridad—No debería haberte dejado solo, sabía que esto podía pasar.
—No pasa nada —respondió Tom apretando su mano—Estoy acostumbrado a que me miren por encima del hombro, pero esta vez no me pienso dejar pisotear.
Bill se le quedó mirando con orgullo y ternura. Sabía que Tom era fuerte, pero también sabía lo difícil que era enfrentarse a su madre. Y aún así, lo había hecho con dignidad.
Terminaron de desayunar y se levantaron con calma dejando que Greta recogiera a mesa. El ambiente se había relajado un poco después del tenso encuentro con Simone, aunque Tom aún sentía el eco de sus palabras en la cabeza.
—¿Estás bien? —preguntó Bill mientras caminaban hacia el salón.
—Sí —respondió Tom con una sonrisa leve—No ha sido el desayuno más tranquilo de mi vida, pero he tenido peores.
Bill le rodeó la cintura con ternura acercándolo a él en un gesto cálido.
—La ropa llegará sobre las nueve —murmuró sin soltarle.
Tom se dejó abrazar disfrutando del contacto hasta que el timbre de la puerta rompió el momento. Arthur se dirigió a abrir y al instante varias personas entraron cargadas con bolsas y elegantes cajas.
Tom se quedó observando la escena, sorprendido por la cantidad de prendas que habían seleccionado la tarde anterior. No recordaba que fueran tantas.
—Buenos días —saludó uno de los recién llegados— ¿Dónde dejamos todo esto?
—Por aquí, por favor —indicó Arthur con amabilidad.
No hizo falta que Bill dijera nada, Tom se probaría toda la ropa en su propia habitación para no incomodar a su madre que seguramente se escandalizaría al ver semejante despliegue. Pero su padre había sido claro, debía comprarle todo lo que necesitara y Tom apenas tenia nada.
Fueron tras ellos y una vez a solas pasaron casi toda la mañana revisando cada prenda con atención. Bill ayudaba a Tom a decidir qué ropa le quedaba mejor, cuál se ajustaba a su estilo y qué piezas debían devolverse por no ser de su talla o simplemente no encajar con él. La habitación se convirtió en un improvisado vestidor con perchas, cajas abiertas y montones de ropa cuidadosamente desplegada.
Tom se sentía abrumado por tanta generosidad. No estaba acostumbrado a ese tipo de trato, y menos aún a recibir ropa de marcas reconocidas. Era evidente que Louise tras despedirse la tarde anterior había seguido trabajando, además de lo que habían escogido juntos había añadido varias prendas más de firmas como Chanel, Dior y otras que Tom solo conocía por haberlas visto en escaparates.
Había de todo, Camisetas, pantalones, chaquetas, ropa interior, calcetines, bañadores, incluso gafas de sol con diseños elegantes. Cada pieza parecía pensada para que Tom se sintiera parte del mundo de Bill, para que no desentonara en ningún entorno por exigente que fuera.
—No sé qué pensará tu padre cuando vea la factura de toda esta ropa—murmuró Tom mientras se probaba una camisa de lino—No sé si voy a poder agradecerle todo lo que está haciendo por mi como se merece.
—No tienes que agradecer nada, solo tienes que sentirte bien—dijo Bill acercándose para acomodarle el cuello de la camisa—Eso es lo único que él quiere.
Tom se le quedó mirando en silencio con una mezcla de gratitud y vértigo. Era mucho más de lo que había imaginado. Y aunque aún le costaba creer que merecía tanto, empezaba a entender que en esa casa había personas dispuestas a apostar por él.
Continúa…
Gracias por la visita. Si te ha gustado, comenta 😉