
Fic TOLL de lyra
Capítulo 78
Pasó el resto de la mañana sumergido en su trabajo sin apenas un respiro para pensar en cómo despedir a Paul sin que el club quedara expuesto. La rutina lo arrastraba de una tarea a otra, y la tensión seguía latente en el fondo de su mente.
Cuando llegó la hora de servir las comidas, por fin tuvo unos minutos libres para poder hablar con Tom a quién apenas había visto en toda la mañana. Se encontraron junto a la barra aprovechando un instante de calma.
—Por fin he conseguido despejar la mesa de David de toda esa montaña de papeles —murmuró suspirando—No he parado de clasificar albaranes y revisar facturas, ha sido una mañana de lo más entretenida.
—Mi mañana no ha sido tan entretenida como la tuya —comentó Tom con una sonrisa cansada—David me ha dejado tras la barra seguro que para evitar que la gente piense que me paseo alegremente por la playa presumiendo de mi puesta en libertad.
—Lo ha hecho para que no seas el centro de las miradas y las conversaciones —opinó Bill, aunque comprendía que mantenerlo encerrado en el club tampoco era la mejor solución.
—Lo que necesito es salir de aquí aunque sea a servir mesas, así puedo respirar un poco de aire fresco—añadió Tom resoplando—Aquí también soy el centro de las miradas y siento que me ahogo, luego le preguntaré si me deja escaparme aunque sea unas horas.
Bill asintió suspirando consciente de que ambos estaban atrapados en la tensión del día, cada uno a su manera. Mientras Tom buscaba escapar del encierro de la barra, él seguía dándole vueltas al problema de Paul y a la forma de resolverlo sin que todo se viniera abajo.
—¡Bill!
La voz de Louise irrumpió como una brisa fresca en medio del bullicio. Se acercó de inmediato y lo saludó con un fuerte abrazo.
—Venimos a comer —explicó con naturalidad.
Detrás de ella apareció Georg que tras saludar a Tom en silencio mientras le miraba fijamente le regaló a Bill una sonrisa.
—¿Qué tal la mañana? —preguntó carraspeando.
—Mucho trabajo —contestó Bill suspirando— ¿Mesa para dos?
—En realidad seremos cuatro —informó Georg—Hemos quedado con Gustav y Natalie.
Bill se quedó mirándolo sin comprender del todo. No sabía nada de ellos desde el día anterior y en el fondo no tenía fuerzas en esos momentos para enfrentarse a nadie y en especial a Natalie.
—En el embarcadero estaréis más cómodos —intervino Tom intentando suavizar la situación.
—¿Seguro? Hace mucho calor, prefiero el aire acondicionado del club —murmuró Louise con cierta duda.
—Vayamos fuera, seguro que a la sombra no hace tanto calor —dijo Georg tomando con firmeza a Louise del brazo.
—Bill, llévalos a la mesa siete —pidió Tom antes de que Louise pusiera otra objeción.
Bill asintió en silencio y los acompañó hasta la mesa con la mente todavía atrapada en la sorpresa de aquel encuentro inesperado.
—Hemos quedado en quince minutos con Gustav y Natalie —explicó Georg por el camino—Pero quisimos venir antes para saludarte.
—No entiendo qué te ha dado de repente para quedar con ellos a comer—murmuró Louise sin poder contenerse—Después de lo que pasó ayer con Tom en el club…
—Son nuestros amigos —replicó Georg con calma—Vamos a hablar y ver si podemos arreglar la situación y seguir como antes.
—De acuerdo, aunque dudo que logremos algo —insistió Louise con desconfianza.
—¿Queréis tomar algo mientras esperáis? Invita la casa —ofreció Bill intentando suavizar el ambiente.
—Un té helado, por favor —pidió Louise tomando asiento.
—Que sean dos—dijo Georg sentándose a su lado.
—Ahora le digo a Tom que os lo prepare —respondió Bill con una sonrisa.
Se despidió de ellos y regresó a la barra desde donde Tom parecía observar el club con mucha atención.
—Dos tés helados para Louise y Georg —pidió Bill.
Tom asintió en silencio y se puso a prepararlos evitando cruzar la mirada con Bill, quien lo notó de inmediato.
—¿He dicho o hecho algo que te haya incomodado? —preguntó Bill con cierta cautela.
—No, es que hay mucho trabajo —murmuró Tom dejando sobre la barra las bebidas que le había pedido.
Era verdad, a esas horas el club empezaba el turno de la comida y el club estaba ya casi lleno. Bill se movió a un lado de la barra para no molestar dejando que Tom atendiera a los clientes que acababan de llegar. Tras hacerlo levantó la cabeza y tras localizar a Paul le hizo una señal con la mano.
—Esto es para la mesa siete —informó cuando lo tuvo delante.
—Estoy hasta arriba de trabajo, ¿no hay más camareros? —murmuró Paul resoplando con fastidio.
—Esa mesa es una de las tuyas, deja de quejarte y atiéndelos con tu mejor sonrisa—ordenó Tom con firmeza.
—Que te tires al hijo del jefe no te da derecho a darme ordenes—soltó Paul sin cortarse un pelo mirándole con descaro.
Tom apretó la mandíbula conteniendo la respuesta que amenazaba con escaparse. Sus ojos se clavaron en Paul con rabia consciente de que cualquier palabra de más podía desatar un conflicto en mitad del club y no era eso lo que buscaba, no ese día en que Paul estaba en el punto de mira de David quien como siempre pasaba estaba presente cuando presentía que había algún altercado la estabilidad de club.
Desde la puerta del almacén David había estado observando la escena en silencio, grabando cada detalle en su memoria y tomando nota mental de todo lo ocurrido.
Y no había sido el único, a cierta distancia Bill había sido testigo de la conversación y los observaba aturdido. La insolencia de Paul lo había dejado sin aire y la tensión entre ambos camareros parecía a punto de estallar. El murmullo del club seguía su curso, ajeno a la tormenta que se gestaba en la barra mientras Bill se debatía entre intervenir o dejar que Tom manejara la situación por sí mismo.
Pero Tom decidió quedarse en silencio observando cómo Paul colocaba las bebidas en la bandeja con gesto mecánico sin añadir una palabra más y dando media vuelta se marchó como si nada hubiera pasado dejando tras de él un rastro de insolencia y desdén.
Solo entonces Tom se movió y se acercó hasta donde Bill se encontraba intentando tranquilizarlo.
—No le hagas caso, sus días aquí están contados —murmuró forzando una sonrisa que apenas logró suavizar la tensión.
—Aún no se nos ha ocurrido nada para poder despedirlo con discreción—confesó Bill en voz baja.
—No te preocupes, al final del turno todo habrá terminado —susurró Tom con calma.
—Eres demasiado optimista —murmuró Bill suspirando.
Tom le guiñó un ojo como respuesta y volvió a centrarse en la barra mientras Bill regresaba al despacho de David para seguir repasando los albaranes acumulados durante los dos días que no había ido a trabajar.
—¿Estás bien? —preguntó David cuando pasó por su lado.
Bill asintió en silencio sin detener sus pasos. Sabía que David había escuchado el comentario de Paul y que no lo dejaría pasar por alto. Pero también era consciente de que aquello no bastaba como motivo de peso para despedirlo, como mucho Paul sería amonestado por David pero nada más.
Debían esforzarse en encontrar un motivo sólido para despedirlo, algo lo suficientemente grave como para que Paul se marchara del club y no regresara nunca más.
No era suficiente una simple discusión, una respuesta impertinente o esa insolencia habitual que Paul exhibía cada vez que alguien intentaba llevarle la contraria.
Necesitaban una razón que no dejara lugar a dudas, un argumento que cerrara cualquier puerta a su vuelta y protegiera al club de la sombra que se cernía sobre él.
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Mientras tanto, en el embarcadero, Natalie y Gustav ya habían llegado y estaban sentados estudiando la carta.
—Nos hemos enterado de que anoche hubo una barbacoa —comentó Natalie de repente con su frialdad habitual—Hubiera estado bien ser invitados.
—Fue solo una reunión de unos pocos amigos —murmuró Georg restándole importancia.
—Creo que fueron algunos de los camareros del club—insistió Natalie mirándolos fijamente— ¿Ahora también son amigos vuestros?
—De hecho, sí —respondió Louise con firmeza.
En ese momento se desató una pequeña discusión entre Louise y Natalie sobre lo que significaba ser un «amigo verdadero», mientras que Gustav y Georg permanecían en silencio incapaces de intervenir.
—¿De verdad lo crees?—preguntó Natalie con un tono cargado de reproche— ¿Alguien a quien apenas conocéis puede ser considerado un amigo?
—Un amigo no es solo quien lleva años a tu lado —replicó Louise cada vez más tensa.
—Los verdaderos amigos no aparecen de repente, se construyen con tiempo y confianza—contraatacó Natalie mirándola fijamente.
—Y los verdaderos amigos tampoco desaparecen cuando las cosas se complican —soltó Louise con rabia devolviéndole la mirada.
—Ni Gustav ni yo hemos desaparecido, ni nos hemos ido de fiesta como vosotros —estalló Natalie alzando la voz—Estábamos al lado de un amigo que nos necesitaba.
Se refería a Alexander y Louise lo sabía, lo que no lograba entender era cómo después de todo lo que les había hecho permanecían a su lado.
—Ninguno de vosotros se ha molestado en interesarse por su estado —continuó Natalie con tono acusador.
—¿Te refieres al otro día, cuando estaba tan exultante pasando de todos? —replicó Louise con dureza— ¿Cuándo no dudó en traicionar a Gustav solo por el placer de humillarte una vez más?
El rostro de Natalie se tensó de inmediato, no soportaba que le recordaran la humillación que había sentido.
—Estaba muy mal ese día —murmuró intentando restarle importancia—No logra superar lo de Bill y creo que se tomó algo pero ahora ya está en tratamiento y su padre le está haciendo terapia. Está encerrado en casa, limpio del todo y arrepentido de lo sucedido.
—Alexander nunca se arrepiente de lo que hace—soltó Louise con dureza—Parece mentira que a estas alturas todavía no le conozcas.
Natalie se quedó inmóvil con la mirada fija en ella, el comentario había caído como un golpe seco imposible de ignorar.
Por un instante la discusión dejó de girar en torno a la barbacoa o a los que si habían sido invitados a ella para centrarse en esa verdad incómoda que Louise había puesto sobre la mesa.
La naturaleza imprevisible y dañina de Alexander.
La tensión entre las dos mujeres se palpaba en el aire, como si cada frase fuera un golpe disfrazado de argumento.
—¿Ya sabéis qué vais a pedir? —interrumpió Paul carraspeando con impaciencia.
Llevaba un buen rato de pie junto a la mesa libreta en mano esperando a que alguien reparara en su presencia y le dictara la comanda. Sin embargo, las chicas seguían enfrascadas en una discusión cada vez más acalorada mientras que sus novios permanecían en silencio ajenos a todo lo que ocurría a su alrededor.
Antes de que nadie se le adelantara Georg cogió de nuevo la carta que apenas había mirado aunque ya sabia de sobra lo que iba a pedir.
—Yo quiero el filete de pollo a la plancha con salsa satay, acompañado de una ensalada de rúcula, pepino, aguacate y melón —pidió de carrerilla—Y que esté ya venga aliñada con aceite de oliva y limón.
Paul asintió mientras anotaba con rapidez.
—¿Qué lleva exactamente la salsa satay? —preguntó Georg de repente—Es que soy alérgico a los cacahuetes.
—Pues… no sé, creo que no lleva—murmuró Paul frunciendo el ceño tratando de hacer memoria—Lleva mantequilla, leche de coco, salsa de soja, ajo y lima. Es muy cremosa, ideal para pollo o ternera.
—Genial, pues eso para mí —dijo Georg con una amplia sonrisa.
—Yo quiero el solomillo al horno y la ensalada mediterránea con salsa de yogur y hierbas frescas —pidió Gustav—Y tranquilo que a mí me da igual lo que lleve la salsa de yogur, no tengo alergia a nada.
Paul siguió tomando nota esbozando una sonrisa pensando que a veces los clientes podían ser de lo más quisquillosos.
—¿Y vosotras? —preguntó Gustav dirigiéndose a Natalie— ¿Vais a pedir de una vez o todavía no habéis terminado de hablar?
Natalie lo fulminó con la mirada aún enojada por la conversación con Louise. Ni siquiera había abierto la carta, en esos momentos tenía el estómago cerrado y de buena gana se levantaba y se largaba. No le apetecía en absoluto comer en aquella compañía, siempre tan correcta cuando se trataba de decirle las cosas a la cara.
—Pídeme lo mismo —murmuró al fin con un cansancio evidente en la voz.
—Yo quiero lo mismo que Georg, por favor —pidió Louise a su vez esforzándose por sonar educada.
Paul anotó sus pedidos sin entretenerse más tiempo y se marchó hacia el club aparentando indiferencia. Sin embargo había estado atento a la conversación entre las dos amigas, sobre todo cuando mencionaron a Alexander. Sabía que era uno de los clientes habituales de Anouk y si la tarde anterior ella había recurrido a él desesperada era porque Alexander ya no tenía quién le suministrara.
Paul lo supo al instante, tendría que hablar con él y ofrecerle sus propios servicios. Era un buen cliente, constante y no le daba importancia al dinero, si Anouk lo dejaba escapar mejor para él. Era una oportunidad que no debía dejar pasar.
Mientras en la mesa esperaban los platos, Natalie retomó el tema que había quedado flotando en el aire aún con gesto serio.
—No puedes juzgar a Alexander solo por lo que pasó ayer—insistió mirando con firmeza a Louise—Todos cometemos errores y él está intentando salir adelante.
—Intentarlo no es suficiente cuando ya ha hecho daño tantas veces —replicó Louise—No puedes esperar que confiemos en alguien que traiciona a sus amigos cada vez que se le presenta la ocasión.
Georg se removió en su asiento incómodo mientras Gustav bajaba la mirada hacia la mesa. Ninguno de los dos parecía dispuesto a intervenir, conscientes de que cualquier palabra podía avivar aún más la discusión.
—No lo entiendes, ahora mismo Alexander necesita el apoyo de sus amigos no más reproches—dijo con cansancio Natalie dispuesta a no ceder—Si lo dejamos solo, volverá a caer.
—El problema es que nunca se levanta del todo, siempre encuentra la manera de arrastrar a los demás con él —murmuró Louise convencida de todo lo contrario.
—No pensaba que fueras tan rencorosa —replicó Natalie con dureza—Eres incapaz de perdonar a nadie y dar una segunda oportunidad.
—¿Tú ya le has perdonado lo de Gustav? —preguntó Louise con la voz impregnada de incredulidad.
—No fue para tanto —contestó Natalie, esbozando una sonrisa desafiante—Admito que me dolió descubrirlo, pero luego hemos hablado y me explicó sus razones. Al final entendí que estaba perdido, que no sabía cómo manejar lo que sentía por Gustav y preferí darle otra oportunidad antes que seguir guardándole rencor.
Louise la miró con incredulidad, incapaz de aceptar aquella justificación.
—¿Otra oportunidad? —replicó con dureza— ¿Cuántas más necesitas para darte cuenta de que siempre acaba cometiendo los mismo errores?
—Quizá las que hagan falta —respondió Natalie con calma—Entiendo que no seas capaz de perdonarle pero yo no pienso abandonarlo.
—¿Y si cambiamos de tema? —pidió Gustav resoplando.
Se sentía terriblemente incómodo hablando tan abiertamente de su relación con Alexander, un asunto que siempre había preferido mantener en secreto pero que Natalie por el contrario lo sacaba a la luz con total naturalidad como si no hubiera nada que ocultar, y eso lo hacía sentirse expuesto.
En esos momentos Gustav solo deseaba que la tierra se abriera bajo sus pies y lo tragara, alejándolo de aquella conversación que le resultaba insoportable.
Para alivio suyo y de los demás Paul reapareció justo en ese momento en que más lo necesitaban.
—Dos filetes de pollo a la plancha con salsa satay, acompañados de una ensalada de rúcula, pepino, aguacate y melón —enumeró mientras dejaba los platos frente a Louise y Georg—Y dos solomillos al horno con ensalada mediterránea y salsa de yogur con hierbas frescas para este otro lado. Buen provecho.
—Gracias —respondió Georg con una amplia sonrisa.
Paul le devolvió la sonrisa con cierta incomodidad y se marchó de inmediato a seguir con su trabajo.
—¿Con salsa satay? —preguntó Louise mirando el plato de Georg con preocupación— ¿Le has dicho que eres alérgico a los cacahuetes?
—Por supuesto, cariño —contestó Georg comenzando a comer con aparente tranquilidad.
Cogió su cuchillo y su tenedor, cortó un trozo de pollo y lo untó en la salsa antes de llevarlo lentamente a los labios mientras sus ojos recorrían el lugar como si buscara a alguien.
—Parece que buscas a alguien con la mirada —murmuró Natalie, siempre atenta observándolo todo.
Georg la ignoró y tras un breve vistazo a su alrededor empezó a comer masticando lentamente. Lo había visto, a lo lejos en el embarcadero con la mirada puesta en su mesa. Fingió indiferencia y tratando de mantener la calma continuó comiendo, pero al tragar el segundo bocado una sensación extraña lo golpeó de repente.
El tenedor cayó de su mano sobre el plato provocando que los demás dejaran de comer y lo miraran alarmados.
—Georg, ¿qué pasa? —preguntó Louise muy preocupada.
—No sé… me pica mucho la boca y la garganta —susurró Georg con dificultad.
No hizo falta que dijera más, Louise reconoció los síntomas y se levantó de inmediato pidiendo a gritos que llamaran una ambulancia mientras rebuscaba en su bolso con manos temblorosas.
—¿Qué ocurre? —preguntó Tom acercándose corriendo.
—Es alérgico a los cacahuetes —explicó Louise visiblemente nerviosa—En el bolso siempre llevo una inyección extra de epinefrina por si acaso.
Mientras hablaba Georg luchaba por respirar mientras tosía sin parar con el rostro cada vez más desencajado.
—La ambulancia está de camino —anunció David que había llegado también intentando mantener la calma en medio del caos.
A su alrededor el resto de los clientes observaban con miedo paralizados por la escena. Entre ellos estaba Bill, que había salido corriendo al ver que David también lo hacía.
Louise reaccionó con rapidez, con la inyección en una mano usó la otra para sujetar el muslo de Georg y presionó con firmeza durante diez segundos. Solo entonces la retiró viendo cómo él asentía con la cabeza mientras su respiración comenzaba poco a poco a normalizarse.
Pocos minutos después llegó la ambulancia, Georg fue trasladado al hospital de inmediato junto a Louise mientras Gustav y Natalie decidieron acompañarlos también en su coche, aunque ya no eran tan amigos como antes en una situación como esa lo suyo era estar a su lado.
—Por favor, sigan comiendo —pidió David a los demás clientes tratando de mantener la calma—Todo ha sido un susto.
Los clientes regresaron a sus asientos aunque muchos apenas podían probar bocado tras lo ocurrido.
—Tom, ¿puedes ocuparte de las mesas?—pidió David mirándole fijamente.
Tom asintió y se puso de inmediato a trabajar, mientras David entraba en el club seguido de Bill. Sus ojos buscaban a Paul a quien encontró saliendo de los baños.
—Paul, a mi despacho ahora mismo —ordenó con voz seca.
Paul lo siguió sin entender qué era lo que pasaba, recorrió el almacén y entró en su despacho sin molestarse en cerrar tras él la puerta.
—David, tenía que ir al baño o me lo hacía encima—se defendió antes de que el otro pudiera hablar.
—Dime exactamente qué te pidieron en la mesa siete—exigió David saber mirándole seriamente— Quiero que repitas palabra por palabra lo que pidió Georg Listing.
Paul tragó saliva, nervioso.
—Pues… un filete de pollo a la plancha con salsa satay, acompañado de una ensalada de rúcula, pepino, aguacate y melón —respondió casi sin aliento.
—¿Con salsa satay? —repitió David clavando los ojos en él— ¿Le advertiste de lo que lleva esa salsa?
—Sí, me lo preguntó y yo se lo dije —contestó Paul sin comprender aún el motivo de aquel interrogatorio.
—¿Qué le dijiste exactamente? —insistió David cada vez más serio.
—Que llevaba mantequilla, leche de coco, salsa de soja, ajo y lima —respondió Paul convencido de su explicación.
—¿Mantequilla?—gritó David sin poderse contener—No lleva mantequilla normal y corriente, lleva mantequilla de cacahuetes. Georg es uno de nuestros clientes habituales, y todos sabéis que es alérgico a los cacahuetes. Seguro que él mismo te lo advirtió por si se te había olvidado.
Paul se quedó sin palabras. No era su trabajo memorizar las alergias de cada cliente ni conocer al detalle la composición de todas las salsas. Él era camarero, no cocinero. Bastante tenía con aprenderse los nombres de platos ridículos que apenas entendía.
—Y si no sabes qué lleva una salsa preguntas en cocina antes de servirla—replicó David como si le hubiera leído la mente— Has cometido un fallo imperdonable, estás despedido.
—¿Qué? David, no es para tanto—balbuceó Paul, incrédulo.
—Georg podría haber muerto —dijo David con firmeza—Recoge tus cosas y vete sin armar escándalo si no quieres perder la paga extra. Es lo único que puedo hacer por ti.
—Ha sido un error, y todos cometemos errores —insistió Paul alzando desesperado la voz —No puedes despedirme solo por eso… ¿o lo haces por lo que dije de Bill y Tom?
David se le quedó mirando fijamente sin pestañear, la defensa de Paul sonaba más a excusa que a justificación, y su intento de desviar la atención hacia los comentarios fuera de lugar que había escuchado solo aumentaba la gravedad de la situación.
—No se trata de lo que dijiste sobre Bill y Tom—dijo tratando de no perder la calma— Se trata de que tu negligencia ha puesto en riesgo la vida de un cliente. Eso es lo único que importa.
Paul abrió la boca para replicar, pero David lo cortó con un gesto tajante de la mano.
—No quiero más excusas, has cometido un error imperdonable y ahora debes asumir las consecuencias.
Paul bajó la mirada, consciente de que cualquier palabra que añadiera solo agravaría su situación. Al menos tenía la suerte de que David le había prometido entregarle lo que le correspondía de la paga extra siempre y cuando se marchara sin provocar más escándalos.
David permanecía erguido e implacable, como un juez que ya había dictado sentencia viendo como salía del despacho consciente de que no había nada más que hacer ni que decir. Se cruzó por el camino con Bill que se había mantenido fuera del despacho escuchando y apenas lo miró antes de entrar en el vestuario donde cerró de un portazo.
Solo entonces Bill entró en el despacho y se aseguró de dejar bien cerrada la puerta tras él.
—¿Lo has despedido? —preguntó en voz baja.
—Ese era el plan, ¿no?—murmuró David suspirando.
Bill asintió con la cabeza. Al final todo había salido según lo habían planeado aunque jamás habría imaginado un motivo tan retorcido para justificar la expulsión de Paul del club.
—Qué casualidad que Georg tuviera ese percance con Paul justo cuando buscábamos un motivo para echarlo—comentó David con cautela— ¿Has tenido algo que ver?
—Por supuesto que no—respondió firmemente Bill—No se me ocurriría recurrir a algo así.
—De acuerdo—concluyó David tras un breve silencio—Vuelve al trabajo y al final del turno ve a ver cómo está Georg, yo llamaré al hospital para ver si pueden informarme de su estado y luego hablaré con tu padre.
Bill asintió y salió del despacho. Regresó al club y se encontró con Víctor hablando en voz baja con Anouk. Fue directamente hacia ellos no pudiendo evitar esbozar una sonrisa.
—Ya está, lo han despedido—explicó en un susurro.
—¿Por lo de Georg? —preguntó Víctor aún sin podérselo creer.
Ya todos en el club sabían lo que había pasado, ni él ni Anouk habían estado presentes pero en esos momentos no podía evitar sentirse muy aliviados.
—Buscábamos un motivo para despedirlo y el destino nos lo ha dado—contestó Bill mirándolos fijamente—En cuanto pueda hablaré con Alexander y Gustav para que os dejen tranquilos. Pero necesito que me prometáis que nadie más pasará drogas en el club, y si os enteráis de algo me lo hagáis saber de inmediato.
—Cuenta con ello —respondió Víctor con seriedad.
—Gracias por todo, Bill —susurró Anouk, con un brillo de alivio en los ojos.
Bill los observó en silencio con una mezcla de compasión y tristeza. No pudo evitar pensar en lo distintas que eran sus vidas, él lo tenía todo al alcance de la mano mientras ellos apenas lograban salir adelante luchando día tras día como buenamente podían.
Aquella diferencia lo golpeó con fuerza, dejándole un regusto amargo en la conciencia.
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La jornada transcurrió sin más contratiempos y, al llegar el final del turno Bill se apresuró a recogerlo todo. Quería ir al hospital para ver a Georg y asegurarse con sus propios ojos que estaba bien.
—¿Ya has terminado? —preguntó David entrando en el despacho.
—Sí, ya están todos los albaranes pendientes revisados y he dejado preparados los pedidos de mañana —explicó Bill—Ahora solo queda cubrir el puesto de Paul, mientras tanto habrá que reorganizar los turnos.
—De momento habrá gente que tenga que hacer horas de más o doblar turnos —comentó David con calma—Sé que no habrá problema, tu padre paga bien las horas extras.
Bill asintió. Por lo que había escuchado entre los camareros nadie se quejaba cuando tocaba doblar turno, la recompensa valía la pena y estaban conformes con sus honorarios.
—Logré hablar con Louise —dijo David de repente—Georg se encuentra bien, le estaban haciendo unas pruebas rutinarias y lo más seguro es que mañana le den el alta.
—Son buenas noticias —murmuró Bill respirando más aliviado— ¿Se lo has dicho ya con mi padre?
—Nada más salir del juicio —contestó David—No quise entrar en detalles por teléfono, solo le dije lo más importante que es que Georg estaba bien y que Paul había sido despedido. En cuanto pueda hablaremos en persona, debe saber que se estaba pasando droga en el club para que tome las medidas necesarias.
Bill sabía que aquella noticia iba a disgustar mucho a su padre, y que haría todo lo posible para que algo así no volviera a repetirse.
—Tu padre me pidió que te dijera que ha enviado a Arthur para llevaros a ti y a Tom al hospital —comentó David con calma—Debe de estar ya esperándote en el parking.
Bill asintió con la cabeza y despidiéndose de David y se dirigió al vestuario, donde encontró a Tom cambiándose de ropa. Cerró la puerta tras de sí y se fundió con él en un profundo abrazo.
—¿Estás bien? —preguntó Tom, estrechándolo entre sus brazos.
—Georg me ha dado un buen susto —contestó Bill enterrando la cara en su cuello.
Tom sintió su aliento rozar su piel y cómo temblaba entre sus brazos, consciente de que aquel miedo aún no se había disipado del todo.
Lo estrechó con más fuerza, como si quisiera protegerlo de todo lo que había ocurrido aquel día. Sentía el temblor de Bill contra su pecho y el peso de su respiración agitada, cada exhalación cargada de miedo y alivio.
—Ya pasó —susurró Tom acariciándole la espalda con calma—Georg se pondrá bien y pronto lo tendremos de vuelta.
Bill cerró los ojos dejándose abrazar permitiendo que por unos instantes todo el caos del club quedara fuera de aquel abrazo. El calor que Tom le transmitía y su voz tranquila eran justo lo que necesitaba para recuperar fuerzas.
—No me quedaré tranquilo hasta que no lo vaya a ver—murmuró Bill aún con la cara enterrada en su cuello—Necesito comprobarlo con mis propios ojos.
—Entonces vayamos a verle ahora—dijo Tom aún sin soltarle.
El silencio que siguió fue breve, pero lleno de significado. Bill alzó la mirada y encontró en los ojos de Tom la certeza de que no estaba solo. Esa complicidad y esa calma compartida era lo que lo sostenía en medio de la tormenta.
Los labios de Tom buscaron los de Bill y se fundieron en un beso breve pero lleno de intención, transmitiéndole la fuerza que necesitaba para seguir adelante. Solo entonces se separaron, conscientes de que debían cambiarse de ropa y dirigirse juntos al hospital para ver a Georg.
Salieron del club y encontraron a Arthur aguardando con el coche ya en marcha. Subieron sin perder tiempo y minutos después cruzaban las puertas del hospital con la única intención de ver a Georg y comprobar por sí mismos que se encontraba bien.
El hospital estaba tranquilo a esas horas con el murmullo lejano de pasos y voces apagadas en los pasillos. Caminaban con determinación hasta la habitación donde Georg descansaba, sintiendo Bill como su corazón latía con fuerza con cada paso que daba.
Al abrir la puerta lo encontraron recostado en la cama con el rostro aún pálido pero respirando con normalidad con Louise inseparable a su lado. El monitor marcaba un ritmo estable y esa simple señal bastó para que Bill soltara un suspiro de alivio. Se acercó despacio como si temiera romper la calma del momento y al ver a Georg abrir los ojos y esbozar una débil sonrisa sintió que el peso del día se desmoronaba de golpe.
— ¿Estás bien?—preguntó emocionado Bill mirando atentamente a Georg.
Georg asintió con suavidad sintiéndose demasiado cansado para poder hablar pero con las fuerzas suficientes para transmitir tranquilidad.
—Todo ha quedado en un pequeño susto—dijo Louise suspirando—Georg está mucho mejor y los médicos dicen que mañana seguramente le den el alta.
—Esas son buenas noticias—murmuró Tom mirando fijamente a Georg.
—Natalie y Gustav estuvieron aquí hace un rato, pero se marcharon apenas hace unos minutos—explicó Louise—Han sido muy amables al preocuparse por Georg, en cuanto supieron que estaba mejor decidieron irse. Imaginaban que vendríais en cuanto pudierais y prefirieron no incomodar.
Bill asintió en silencio comprendiendo la tensión que aún flotaba entre ellos, pero prefirió centrarse en lo que realmente importaba. Georg estaba recuperándose, y eso era lo único que necesitaba escuchar en ese momento.
—Me imagino que en el club todos se habrán puesto bastante nerviosos con lo ocurrido —comentó Louise dejando escapar una risa nerviosa.
Bill asintió despacio, recordando el murmullo inquieto de los clientes y la tensión que se había apoderado del lugar.
—Sí… fue un caos por unos minutos—explicó—Nadie sabía cómo reaccionar y todos estaban asustados.
—David hizo lo posible por tranquilizar a la gente—intervino Tom—Pero después de algo así es difícil que todo vuelva a la normalidad de inmediato.
Louise bajó la mirada hacia Georg que descansaba en la cama, y su expresión se suavizó.
—Lo importante es que está bien—susurró.
—¿Y sus padres? —preguntó Bill en voz baja.
Georg descansaba con los ojos cerrados y no quería molestarle.
—Su madre y su padrastro fueron los primeros en llegar —explicó Louise también en voz baja—Su padre estaba en plena operación, pero en cuanto terminó vino de inmediato. Ahora mismo está hablando con el médico que lleva el caso de Georg. No logra comprender cómo pudo suceder, Georg siempre ha sido muy cuidadoso con su alergia y en el club todos lo saben.
—Ha sido un error imperdonable, y el culpable ya ha sido despedido —informó Bill con firmeza—Y estoy seguro de que mi padre se encargará de darle todas las explicaciones necesarias.
—¿Han despedido a Paul? —preguntó Louise sorprendida.
—Queríamos hacerlo desde el principio pero no encontrábamos un motivo que no levantara sospechas—murmuró Bill suspirando—Al final, todo ha sido obra del destino .
—Con una pequeña ayuda mía —intervino Georg desde la cama con voz débil pero cargada de intención.
Louise y Bill lo miraron sin comprender a qué se refería al tiempo que Tom esbozaba una amplia sonrisa y le guiñaba un ojo.
Todo había salido exactamente tal y como los dos lo habían planeado.
Continúa…
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