Incomplete 8

Incomplete 8

Fic TOLL de lyra

Capítulo 8

Cuando el beso llegó a su fin, Alexander se apartó apenas unos centímetros, lo justo para observar el rostro de Bill. Este permanecía en silencio con la respiración entrecortada y mirándole fijamente a los ojos como si le viera por primera vez.

Era una mirada que Alexander conocía bien. La había visto antes, muchas veces. Con un destello de asombro, deseo y miedo que se encendía en los ojos de Bill cuando bajaba la guardia.

—¿Lo ves? —susurró Alexander— Cuando te entregas por completo, al final sabes cómo disfrutar del momento.

Bill aun respiraba con dificultad tratando de recuperar el aliento, Alexander tenía esa habilidad inquietante de desarmarlo con una sola caricia, de borrar sus pensamientos dejándole sin aire, sin juicio y sin voluntad.

En esos instantes, todo lo demás desaparecía. Ya no recordaba nada, ni que había habido una pelea ni como se llamaba la otra persona implicada

Solo quedaba él, y esa forma de amar que lo consumía.

Pero no era olvido.

Era evasión.

Y Alexander lo sabía.

Lo había visto mil veces en él, esa forma de rendirse y dejarse llevar, de buscar refugio en lo único que parecía calmarle. Y por eso lo usaba. Porque sabía que Bill no podía resistirse a esa intensidad, a esa forma de amar que dolía más de lo que sanaba.

—Cuando estás conmigo todo lo demás desaparece—susurró Alexander mirándole fijamente.

—Incluso yo mismo—susurró con miedo Bill.

Sentía que se perdía cada vez que Alexander le tocaba, que le transportaba a un mundo donde no sentía nada. Y eso en el fondo no le gustaba.

Porque él no quería desaparecer ni dejar de sentir. Con Alexander desaparecía su dolor, su tristeza y su rabia. Pero también su voluntad y su dignidad.

Dejaba de ser él, se convertía en una sombra moldeada por los deseos de otro. Y aunque parte de él lo deseaba, otra parte gritaba por tratar de escapar.

Viendo que eran los únicos que quedaban en el parking decidieron moverse. Alexander ocupó su asiento en su Cabriolet, un Mercedes todoterreno descapotable regalo de sus padres por sus buenas notas…obtenidas gracias a la ayuda de exámenes filtrados y algún que otro soborno.

Bill se sentó en el asiento de al lado sin decir nada y entonces Alexander se puso en marcha sonriendo con la radio puesta a todo volumen. Podía notar el sabor de Bill aún en sus labios, pero su sonrisa no era debido a eso ni por la forma en que Bill se había entregado sin reservas.

Era por el estúpido de Gustav.

Por la cara que habría puesto viéndolos besarse con más pasión que nunca, fijo que mientras habría estado apretando con fuerza los puños incapaz de disimular los celos que le consumían.

Ambos estaban atrapados en su juego, y eso le encantaba.

Y la respuesta de Bill al beso…jamás se la hubiera esperado. Parecía que le molestara ser besado en público y más de es manera, nunca se dejaba llevar delante de sus amigos. En cambio, esa vez había participado dándolo todo.

Se había dejado arrastrar por el momento, por la intensidad del beso y por el fuego que Alexander sabía encender en él. Su cuerpo había hablado más que sus palabras, y en ese instante Alexander descubrió que le deseaba más que nunca.

No por capricho, ni por un juego.

Lo que dejaba a Gustav en el olvido, a su lado Bill era ardiente como el fuego cuando quería entregándose a su placer sin importarle nada más.

Condujo en silencio hasta la casa de Bill. Aparcó delante de la mansión de la familia Kaulitz y apagando el motor bajó del coche seguido de Bill.

— ¿Tenemos tiempo para un baño en la piscina?—preguntó Alexander.

—Solo si prometes comportarte—contestó Bill en un murmullo.

—No prometo nada—murmuró sonriendo Alexander.

Bill suspiró al escucharle,

Sabía que a esas horas su padre aún no había regresado del despacho y su madre podría estar ya en casa dando instrucciones para la cena a Greta. No quería que Alexander hiciera nada que incomodara a su madre, a quien aún parecía costarle aceptar que fuera gay y encima tuviera novio.

Bill lo sabía.

Lo sentía cada vez que ella evitaba mirarlos a la cara cuando Alexander estaba cerca, cada vez que cambiaba de tema si alguien mencionaba su relación.

Simone Kaulitz había terminado aceptando a regañadientes que su hijo era gay, pero no porque lo entendiera o quisiera dejar que se mostrara como él realmente pensaba que era. Y no quería que nada ni nadie se lo recordaba. Prefería vivir en su burbuja cuidadosamente construida, donde era una madre ejemplar dedicada al hogar y a criar a su único hijo que simplemente era peculiar.

Para ella, Bill seguía siendo un niño al que le gustaba ser rebelde. Sacaba buenas notas pero de vez en cuando tenía que mostrarse tajante con él para no se saliera del estricto camino que tanto ella como su padre le habían marcado.

Para ella no era un chico que amaba a otro de su mismo sexo. No era quien sufría en silencio por una relación que ella se negaba a ver y a aceptar.

Porque aceptar era una cosa.

Y asumirlo, otra muy distinta.

Incluso aún se pensaba que era virgen…

La primera vez que Bill se había acostado con Alexander había sido de lo más traumática porque no se había sentido aún preparado para ello y en el fondo sentía que Alexander le había obligado. No por la fuerza, sino por esa presión silenciosa que sabía ejercer tan bien.

Porque Alexander no pedía.

Tomaba.

Así lo hizo esa vez, y muchas otras.

Y las que faltaban.

— ¿Vienes o te vas a pasar la tarde soñando despierto?

La voz de Alexander le hizo pestañear, cuando Bill pensaba en su madre y en la forma en la que le trataba perdía la noción del tiempo sin poder remediarlo.

Asintió con la cabeza y rodeando la casa llegaron a la verja de madera blanca que separaba la entrada principal del jardín. Antes de poder llegar a rozar la puerta para abrirla Alexander ya se le había adelantado y abierto él mismo como si fuera el dueño de la casa.

Pero recordando sus modales se hizo a un lado y le dejó pasar primero con una amplia sonrisa iluminando su cara.

Bill se la devolvió con esfuerzo y echó a andar por el camino de piedra que atravesaban los rosales que tanto gustaban a su madre y conducía a la gran piscina que su padre había mandado ampliar cuando compró la mansión como si su tamaño pudiera ser un reflejo de todo el éxito profesional del que gozaba y a quien le gustaba alardear de ello ya fuera comprando una gran mansión o añadiendo un nuevo coche a su colección.

Ante la piscina se extendía una hilera de tumbonas perfectamente alienadas y bajo una pérgola de madera blanca había larga una mesa rodeada de numerosas sillas para poder tomarse algo mientras se disfrutaba del día.

A sus padres les encantaba recibir visitas. Ya fuera para una comida formal, una cena elegante o una merienda a orillas de la piscina de la que apenas disfrutaban. Era Bill el único que la usaba ya fuera él solo, con Alexander o con sus amigos a los que pocas veces invitaba ya que a su madre parecía no gustarle el alboroto que podían formar o lo poco cuidadoso que podían ser son sus preciadas pertenencias, y él evitaba hacerlo cuando sabía que estaba en casa.

No por miedo, sino por precaución.

Prefería ahorrarse los comentarios incómodos envueltos en la cortesía impecable de su madre que lograban ridiculizarlo sin levantar la voz ni usar palabras ofensivas para hacer que sus amigos se sintieran fuera de lugar ya fuera dando un toque de atención por el desorden que reinaba o hacer una crítica constructiva sobre uno de sus amigos cuyo comportamiento no era el adecuado, casi siempre siendo Gustav o Natalie los más señalados.

Con el tiempo Bill había aprendido a anticiparse, a evitar conflictos antes de que ocurrieran cuando su madre estaba cerca como no reír muy alto por si sonaba vulgar o dejar rastro alguno de su presencia que por lo visto debía ser silenciosa, perfectamente contenida.

Como si su existencia tuviera que ser discreta.

Casi invisible.

—Sigues soñando— dijo Alexander entre risas.

Bill suspiró resignado y empezó a quitarse la ropa con desgana quedándose de nuevo en bañador. Alexander había tomado ventaja y ya se estaba tirando de cabeza a la piscina tratando de impresionarle con su buena técnica. Bill le vio recorrerla bajo el agua casi por completo hasta que sintió que le faltaba el aliento y entonces salió a la superficie de nuevo soltando un gran grito que fijo que se había escuchado en la casa.

Seguro que su madre ya se habría asomado a la ventana con esa expresión entre escandalizada y molesta preguntándose quién había tenido la osadía de profanar su jardín perfecto.

Porque en esa casa, todo estaba medido.

Todo debía encajar.

Y Alexander, como siempre, encajaba solo cuando le daba la gana.

— ¡Vamos!— gritó Alexander sin poder contener su entusiasmo— El agua está de puta madre.

Bill frunció el ceño al oírle. No era por el comentario, sino por el volumen. Sabía que si seguía gritando así su madre acabaría saliendo, y con solo una mirada dejaría claro lo que pensaba.

Alexander no era bien recibido.

Si no fuera hijo de los mejores amigos de sus padres, Bill dudaba que le permitieran siquiera cruzar la puerta, mucho menos ser su pareja.

Con un suspiro resignado se lanzó al agua. No por ganas, sino para silenciar a Alexander antes de que su presencia se volviera aún más incómoda de lo que ya era.

Se puso a nadar hacia dónde él estaba, acercándose todo lo que podía pero manteniendo las distancias. Conocía perfectamente a Alexander, cualquier ocasión era buena para mantener relaciones sexuales y con lo pasado esa tarde en el vestuario había tenido más que suficiente por un día.

—Acércate, que no muerdo— dijo Alexander sonriendo.

Bill dio un par de brazadas más, lo justo para no parecer distantes pero evitando colocarse a su alcance. Sabía que con Alexander, la cercanía siempre venía cargada de intenciones.

Pero fue inútil.

En un movimiento rápido y decidido, Alexander acortó la distancia entre ellos y lo rodeó con sus brazos, estrechándolo con fuerza contra su pecho.

Bill se quedó quieto, sintiendo el calor del cuerpo de Alexander a través del agua, esa mezcla de deseo y control que siempre lo envolvía cuando estaban juntos. No había espacio para la duda, ni para la distancia.

Alexander nunca la permitía.

—Quiero follarte…aquí mismo—susurró Alexander en su oído rozándole con su cálido aliento.

Bill apenas tuvo tiempo de reaccionar. Alexander ya había posado los labios en su cuello, besándolo con lentitud, como si cada roce fuera una promesa. Sus manos descendieron por la cintura de Bill, y una de ellas se deslizó con determinación bajo el bañador, encontrando su objetivo sin vacilar.

Las caricias fueron suaves, calculadas. Bill cerró los ojos, intentando resistirse, pero su cuerpo traicionero respondía sin que él pudiera hacer nada por impedirlo. Un jadeo escapó de sus labios, profundo r involuntario.

—Siempre igual… —murmuró Alexander contra su piel—Me dices que no quieres, pero tu cuerpo te delata.

Bill se maldijo en silencio. No era de piedra, y Alexander lo sabía. Conocía cada rincón de su cuerpo, cada punto exacto que tocar para hacer que su deseo se encendiera sin poder reprimirlo. Bastaban unos segundos, una caricia bien dirigida y Bill sentía que se perdía.

Sentía su mano acariciarle de arriba abajo, sentía como se iba poniendo cada vez mas duro entre sus dedos y le costaba tomar aliento sintiendo que le era difícil pensar con claridad ni impedir que Alexander le bajara el bañador y girara para tomarlo ahí mismo, sin importar el lugar ni las consecuencias.

En la piscina de sus padres, con su madre en casa ajena a lo que pasaba a escasos metros.

Fue en ese instante cuando Bill recuperó la consciencia, como si una ráfaga de lucidez atravesara el deseo que lo envolvía. Negó con la cabeza, intentando apartarse del contacto de Alexander.

—Aquí no—susurró, con la voz temblorosa mientras luchaba por soltarse.

Sus ojos se dirigieron instintivamente hacia la casa imaginando que en esos momentos salía su madre y cruzaba el jardín como si nada, descubriéndolos haciendo el amor en la piscina.

Ese pensamiento lo paralizó. Tenía miedo no solo a ser visto, sino a ser juzgado. Pillado en una situación que no sabría qué explicación poder dar.

Ajeno a su angustia, Alexander insistía sonriendo tirando del bañador de Bill con descaro.

—Vamos Bill, un polvo rápido—suplicaba en un susurro— ¿Quién se va a enterar?

Pero Bill sí se enteraría. Su cuerpo podía arder, pero su mente no dejaba de gritarle que ese no era el lugar.

Ni el momento ni las formas.

Empezó a negar con la cabeza al sentir a Alexander frotarse contra él. Podía sentir su dureza tratando de clavarse en él como si de un cuchillo afilado se tratara. No sería la primera vez que le hiciera mucho daño al entrar en su cuerpo sin estar él del todo preparado, sus ojos se llenaban siempre de lágrimas mientras era embestido una y otra vez sintiendo que le desgarraba las entrañas.

No era deseo.

Era invasión.

Y aunque parte de él aún ardía por la cercanía, otra parte gritaba por detenerlo

—Nos pueden ver, y no quiero tener que dar explicaciones—insistió Bill con una firmeza jamás oída antes.

El tono usado hizo que Alexander cesara en sus caricias y le soltara al fin. Permitió que se subiera el bañador y se girara de nuevo para poder hablarle cara a cara.

— ¿A qué explicaciones te refieres?—preguntó incrédulo Alexander— ¿Todavía no le has hablado de lo nuestro a tus padres?

— ¡Claro que saben que somos novios!—dijo Bill desconcertado.

— ¿Y que hay…de lo otro?—murmuró Alexander mirándole fijamente.

El sexo.

¿Acaso Alexander pensaba que hablaría de ese tema con sus padres?

Su padre, ausente como siempre, mostraría indiferencia como con todo lo que le rodeaba y no estaba relacionado con su trabajo. Y su madre fijo que gritaría escandalizara como si le hubieran profanado lo más sagrado. Lo llevaría al medico de inmediato para que le hicieran un reconocimiento completo y asegurarse así de que todo fuera una mentira, que su hijo se mantuviera aún puro e intacto y nadie le hubieran mancillado

No, Bill jamás podría hablar de sexo con sus padres.

—No es tan sencillo —murmuró, sintiendo cómo la vergüenza se mezclaba con el miedo.

—¿No es sencillo para ti… o para ellos?—inquirió Alexander.

Bill tragó saliva. Quería responder, pero no sabía cómo. Porque la verdad era que no lo había contado ni pensaba hacerlo. Su madre prefería no saber. Su padre… le ignoraba, ni siquiera le preocuparía saberlo. . Y él, atrapado entre el deseo de ser libre y el miedo a perderlos, seguía callando.

Por eso callaba, se sentía atrapado entre el deseo de ser libre y el miedo a defraudar a sus padres y así perderlos.

—Para todos —dijo al fin con la voz quebrada—Para mí, porque aún me cuesta entenderlo. Para ellos, porque no quieren verlo. Y para ti… porque sé que en el fondo te duele.

No sabía si era cierto o no, no conocía a Alexander lo suficiente como para distinguir entre lo que era real y lo que solo parecía serlo. A veces sentía que su relación era un espejismo, un juego más de Alexander donde cada gesto podía ser una estrategia y cada caricia una trampa.

Bill se preguntaba si lo que compartían era amor o simplemente necesidad.

—Bill, mis padres y los tuyos son amigos —le recordó Alexander sin poderse creer que hubiera pasado por alto ese detalle—Los míos saben desde el primer día que tú y yo somos novios y que ya nos hemos acostado. Y seguro que lo han comentado entre ellos.

Bill se quedó helado. La idea de que sus padres supieran más de lo que él había confesado le revolvía el estómago.

— ¿Se lo has dicho tú a tus padres?—preguntó Bill sin podérselo creer.

—Vamos Bill, sabes que no eres el primer chico con el que salgo y yo perdí mi virginidad hace años—replicó Alexander exagerando—Mis padres lo saben, y aunque no se lo haya contado con pelos y señales dan por hecho que tú y yo nos estamos acostando juntos desde el primer momento.

Bill bajó la mirada, sintiendo cómo se le encogía el pecho. Para Alexander todo parecía tan fácil y natural. Pero para él cada paso era una batalla interna. No por vergüenza, sino por miedo a decepcionarles, a romper la imagen que sus padres tenían de él.

Miedo a que lo que sentía fuera juzgado, silenciado o ignorado.

¿Y con qué cara iba a mirar a los padres de Alexander la próxima vez que se los encontrara? Una cosa era que supieran que estaban juntos y que hubieran visto algún inocente beso que otro, pero que ya supieran que habían ido más allá…

A su madre le daría algo cuando se enterara. No por el hecho en sí, sino por lo que representaba la pérdida de control que tenía sobre él. Su madre le veía como un hijo peculiar, pero aún moldeable y dentro de los márgenes que ella consideraba aceptables. Y saber que había cruzado esa línea, que ya no era solo un adolescente enamorado sino alguien que había vivido el deseo en carne propia, rompería esa burbuja cuidadosamente tejida.

Y Bill lo sabía. Por eso callaba y fingía. Porque a veces el amor no dolía por lo que se sentía sino por lo que se temía que otros vieran.

Sentía los ojos llenos de lágrimas, y eso gesto tan vulnerable descolocó a Alexander. Tanto que le estrechó de nuevo en sus brazos, pero esa vez fue distinto. Lo abrazaba con cuidado, como si temiera romperlo. Como si por primera vez entendiera que no necesitaba ser tomado, sino sostenido.

Y Bill se quedó sorprendido por esa ternura inesperada. Nunca antes lo había sentido así. Alexander siempre había sido intensidad, fuego e impulso. Pero en esos momentos era abrigo y consuelo.

Y eso, más que cualquier caricia, lo desarmó por completo.

— ¿Por qué nunca hemos hablado de esto?—preguntó Alexander en un susurro.

Antes de ser amantes, habían sido amigos. Alexander conocía los fantasmas que habitaban en Bill, conocía parte de los problemas que le atormentaban, cosa que no le extrañaba viendo los padres que le habían tocado.

Un padre ausente, más comprometido con su trabajo que con su hijo. Y una madre estricta que confundía el control con el amor, que creía que moldear a Bill era protegerlo

Todo esto hizo que Bill tuviera problemas, más desde que empezó a dar señales de ser especial.

Simone Kaulitz no se cortó un pelo en llevar a su hijo al psicólogo apenas notó que no encajaba en el molde perfecto que ella había diseñado, cuando vio que actuaba de manera diferente a los demás niños de su edad.

No porque buscara respuestas.

Buscaba correcciones.

Quería que alguien le ayudara a «arreglar» a Bill, que hiciera que su hijo cambiara de opinión, que e convenciera de que estaba equivocado. Que volviera a ser normal.

Por suerte el psicólogo que Simone eligió para «corregir» a su hijo resultó ser el padre de Alexander, y Gordon Vandael no pudo complacer los caprichos de Simone, solo abrirle los ojos y que comprendiera que Bill era normal, que no había nada en él que sanar.

Que ser diferente no era una enfermedad, sino una forma legítima de existir.

Alexander recordaba bien esa época, Bill acudiendo a su casa para una de sus sesiones con los ojos más tristes que él había visto nunca. Siempre obedeciendo a su madre sin rechistar, dejándose manipular por ella una vez más.

Le dio mucha pena y empezó a hablar con él, a escuchar su atormentado corazón. Y sin darse cuenta, comenzó a enamorarse. Y lo que había empezado como una simple amistad terminó siendo algo más serio, primero fue por empatía y luego porque veía en él una salida a sus problemas.

Porque sus padres siempre habían valorado las apariencias y les tranquilizaba verle con alguien como Bill, educado, reservado y de buena familia. Y lo mismo debieron pensar los padres de Bill ya que aunque no la celebraron, tampoco la impidieron.

Veían en él una figura aceptable al ser el hijo de sus mejores amigos. Bien posicionado y aparentemente estable. Una pareja que no desentonaba.

Y Alexander creía que por parte de Bill no había ningún secreto, pero se estaba dando cuenta de que había cosas que nunca le había contado como que incluso en su propia casa debía medir cada gesto y cada palabra. Que con su madre, la discreción no era una elección, sino una obligación.

Siempre había pensado que la incomodidad de Simone Kaulitz se debía a su actitud un tanto impulsiva y provocadora a veces, y eso era lo que le molestaba y le hacia fruncir el ceño al verle.

Y no era por eso. Seguía siendo el hecho de que Bill fuera gay y ella no quería verlo.

— ¿Bill?—llamó en voz baja, viendo que se mantenía en silencio.

Bill no sabía qué contestarle, esa nueva faceta de Alexander le impedía pensar con claridad.

—No lo sé —murmuró al fin, con la voz apenas audible—Tal vez porque siempre ha sido más fácil fingir que enfrentarse a la realidad.

Alexander esperó en silencio que continuara hablando, y aunque a Bill no le apetecía mucho sentía la necesidad de abrirse ante Alexander por primera vez en su vida.

—Sabes que mi madre no acepta bien que yo sea…que no me gusten las chicas—susurró Bill sintiendo que se sonrojaba—Aún piensa que es pasajero y cambiaré de idea con el tiempo. Mi padre le ha dicho que a mi edad es normal estar confuso, y que debe dejarme experimentar. Creen que solo estamos tonteando, nada más…

—¿Y tú qué piensas? —preguntó Alexander en voz baja mientras acariciaba su desnuda espalda.

Bill se encogió de hombros, sin saber cómo responder. No era fácil poner en palabras lo que llevaba años sintiendo. Lo que había aprendido a esconder incluso de sí mismo.

—Pienso que… me gustaría que me vieran como soy—dijo al fin—No como alguien que está probando, ni como un error que se puede corregir.

—Yo te veo como eres—murmuró Alexander—Siempre lo he hecho.

Bill quería creerle. Quería pensar que ese Alexander que le estaba hablando con ternura era real, y no solo otra máscara más.

—A veces creo que tú también juegas conmigo—confesó, bajando la mirada—Como ellos.

—Sé que mi actitud deja a veces mucho que desear, y eso te puede haber hecho confundirte alguna vez—confesó a su vez Alexander—Y entiendo que eso te haya hecho dudar. Pero contigo nunca es un juego, todo lo que siento por ti es real.

Bill lo miró, sorprendido por la confesión. No estaba acostumbrado a ese Alexander que hablaba sin arrogancia, sin esa seguridad que solía envolverlo como una armadura. Esta vez parecía desnudo de certezas, expuesto.

—Es difícil creerlo —susurró Bill sin poder contenerse— Cuando todo lo que haces parece una prueba difícil de superar.

Alexander se puso tenso al escucharle, Bill era más listo de lo que él se pensaba. Y dejando atrás esa faceta vulnerable que le acababa de mostrar cogió aire y tras soltarlo lentamente volvió a ser el Alexander manipulador de siempre.

—Yo solo quiero entenderte— dijo con firmeza—Conocerte de verdad.

—Entonces no me empujes —pidió Bill con la misma firmeza— No me tomes como si fuera tuyo. Porque a veces, cuando estás cerca, siento que dejo de ser yo.

—No sabía que te hacía sentir así —confesó Alexander—Prometo que pondré todo de mi parte para que no se vuelva a repetir.

Bill se le quedó mirando en silencio. Por primera vez sentía que Alexander no hablaba desde el ego, sino desde el miedo a perderle, a haberle herido más de lo que imaginaba.

—No se trata solo de prometer —dijo Bill con voz queda—Se trata de entender y de cambiar.

Alexander asintió, tragando saliva. No era fácil para él. Nunca lo había sido. Pero algo en la mirada de Bill le hizo comprender que esta vez no bastaba con un gesto, ni con un beso. Tenía que demostrarlo.

Con hechos y con tiempo.

—Quiero hacerlo bien —añadió con firmeza Alexander—No por mí sino por ti. Porque mereces que te amen sin que sientas que eso te haga desaparecer.

Bill sintió que algo se aflojaba en su pecho.

No era perdón, aún no.

Pero era un buen comienzo.

Continúa… 

Gracias por la visita. Si te ha gustado, comenta y regresa, porque pronto tendremos más 😉

por lyra

Escritora del Fandom

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