
Fic TOLL de lyra
Capítulo 85
Melissa llegó hasta la puerta del baño y entró sin molestarse en llamar encontrándose con Andreas saliendo en esos momentos de la ducha y cogiendo una toalla con la que cubrir su desnudez.
—¿Melissa? —dijo Andreas sobresaltado— ¿Qué haces entrando así?
—Lo mismo que hago siempre, evitar que llegues tarde al trabajo—contestó Melissa apoyándose en el marco de la puerta.
—Estaba duchándome—explicó Andreas como si no fuera obvio—Podías respetar mi intimidad.
—Nos hemos visto desnudo miles de veces—murmuró Melissa encogiéndose de hombros
—Eso eran otros tiempos—murmuró suspirando Andreas.
—Y no he venido a recordarlos, tranquilo—dijo con firmeza Melissa—Sino a que me cuentes qué te pasa.
—No empieces, Melissa—pidió Andreas apartó la mirada incómodo.
—Si, voy a empezar —insistió Melissa cruzándose de brazos—Porque acabo de ver a Víctor en la cocina y está roto, y tú sabes perfectamente el motivo.
Andreas cerró los ojos un segundo como si de esa manera pudiera desaparecer.
—No quería preocuparlo—confesó en un susurro.
—Pues lo has hecho—replicó Melissa—Y mucho.
Hubo un silencio breve y pesado. Andreas se apoyó en el lavabo respirando pesadamente.
—No puedo evitarlo —admitió en voz baja—No puedo… apagarlo así como así.
Melissa entró del todo en el baño y se puso a su lado. Sabía de sobra cuál era la respuesta, pero quería escuchar que su amigo se lo contara porque le iba a ayudar mucho hablar de ello.
—¿Apagar qué?—quiso saber.
Andreas tragó saliva con los ojos brillándole de frustración.
—A Tom —confesó al fin—No puedo olvidarlo tan fácilmente, Melissa. Lo intento, de verdad que lo intento. Pero cada vez que lo veo… cada vez que escucho su voz… es como si me arrancaran algo.
Melissa se le quedó observando en silencio unos segundos, sin juicio y sin prisa.
—Y mientras tanto, Víctor se está rompiendo por no saber cómo ayudarte—dijo con suavidad.
—Lo sé—murmuró Andreas apretando los labios—Y eso es lo peor. No quiero hacerle daño, no se lo merece. Es… es lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo.
—Entonces díselo —respondió Melissa—No lo que crees que debería oír, dile lo que realmente sientes porque si sigues guardándotelo bien dentro los dos vais a acabar hechos polvo.
—Tengo miedo—confesó Andreas sintiéndose derrotado.
—Lo sé, pero no puedes quedarte atrapado en los recuerdos—dijo Melissa poniendo una mano en su hombro firme y cálida. —Y Tom ya no está contigo, está con Bill. Pero Víctor si lo está y tienes que decidir dónde quieres estar.
Andreas respiró hondo, tembloroso.
—No sé si puedo—susurró Andreas suspirando.
—Pues empieza por intentarlo —insistió Melissa—Y por vestirte, que salimos en cinco minutos.
Andreas no pudo evitar echarse a reír débilmente.
—Eres imposible—dijo sacudiendo la cabeza.
—Y tú un drama con patas —replicó Melissa dándole un golpecito en el hombro—Venga, muévete.
Salió del baño, dejándolo a solas con la toalla ajustada a su cadera, el vapor que llenaba el baño y perdido en sus pensamientos.
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Alexander abrió los ojos con esa sensación espesa que llevaba días acompañándolo. La casa estaba en silencio, demasiado silenciosa, como si cada pared le recordara que llevaba encerrado allí más tiempo del que podía soportar. Tenía terapia con su padre esa mañana, otra sesión en la que intentaría convencerlo de que aquello era por su bien, y él ya sabía lo que quería pedirle.
Que le dejara salir de la casa, respirar un poco de aire que no fuera el mismo de siempre. Sentir que no estaba encerrado entre esas paredes.
Se levantó con pesadez de la cama y tras darse una larga ducha bajó a desayunar. Esa mañana su sesión se había adelantado a las ocho de la mañana, su padre tenía más pacientes que visitar y al tenerle en casa decidió empezar por él a primera hora de la mañana.
Se dio toda la prisa que pudo y con lo que le quedaba de su croissant de la mano se lo fue comiendo camino del despacho de su padre donde entró antes de acordarse de llamar.
Gordon ya estaba allí terminando de revisar unas notas.
—Buenos días —saludó sin levantar la vista, pero con ese tono suave que usaba cuando intentaba no presionarlo—Toma asiento Alexander, empezaremos en un minuto.
Alexander así lo hizo y se acomodó en el diván donde termino de comerse el croissant hasta que su padre decidió dejar las notas a un lado y ocupar su sitio libreta en mano mirándole fijamente.
—Estás haciendo un buen trabajo, Alexander—empezó a decir Gordon—Has avanzado mucho y me has demostrado que estás poniendo todo de tu parte para dejar atrás tu pasado. Y las visitas de tus amigos te están ayudando mucho.
—¿Qué amigos?—repitió Alexander soltando una risa seca incrédula.
Gordon alzó la mirada, sorprendido por el filo en su voz.
—Los únicos que vienen a verme son Gustav y Natalie —continuó diciendo Alexander—De los demás no sé nada, ni un mísero mensaje preguntando que tal me va. Nada, es como si les diera igual que me esté consumiendo encerrado en esta casa.
Gordon dejó de apuntar en su libreta cada una de las palabras de su hijo y se le quedó mirando.
—No creo que les dé igual —empezó a decir con calma—A veces la gente no sabe cómo acercarse cuando alguien está pasando por algo así. No es falta de cariño, es miedo a hacerlo mal.
Alexander apretó los labios, dirigiendo la mirada hacia la ventana.
—Pues ojalá lo intentaran aunque fuera mal —susurró—Porque esto… esto de estar aquí metido sin ver a nadie, sin saber nada del mundo exterior me está volviendo más ansioso de lo que ya lo estaba.
—Hicimos un trato, Alexander —le recordó Gordon con calma—Yo te trataba aquí en casa y tú seguías cada una de mis normas. Y permanecer encerrado era la primera, aún no estás con fuerzas para enfrentarte a lo que te espera fuera. Puedes recaer…
—No confías en mí —cortó Alexander sin levantar la voz, pero con un filo que no había mostrado en días.
Gordon respiró hondo, como si la frase le hubiera golpeado más de lo que quería admitir.
—No es eso —respondió eligiendo cada palabra con cuidado—Confío en ti, pero no confío en la enfermedad. Y sé lo rápido que puede aprovechar cualquier grieta.
Alexander apartó la mirada de la ventana clavándola en su padre mientras se aferraba con fuerza a los reposabrazos del diván. Sentía que sus manos le temblaban de rabia y no quería que su padre lo notara.
—Llevo días encerrado—empezó a decir tragando saliva—Y estoy completamente limpio, estoy haciendo todo lo que me pides o al menos lo estoy intentando… de verdad que lo intento. Pero esta casa se me está cayendo encima, siento que no puedo mejorar si me siento atrapado.
Gordon se le quedó observando en silencio. No con dureza, sino con esa mezcla de preocupación y amor que a veces resultaba más asfixiante que cualquier norma.
—Solo quiero salir un par de horas al menos—suplicó Alexander—No para irme de fiesta o meterme en un bar, ni siquiera para ver a nadie que me pudiera hacer recaer. Solo quiero dar un paseo fuera de esta casa, respirar aire limpio y recordar que existe un mundo ahí fuera que no me va a devorar.
Gordon entrecerró los ojos estudiándolo con firmeza. Alexander le sostuvo la mirada, por primera vez en mucho tiempo sin esconderse.
—Si no me dejas salir, todo lo que estamos avanzando no servirá de nada—añadió, con una sinceridad que lo dejó desnudo—Voy a terminar volviéndome loco y haciendo algo impulsivo que no vas a ver venir
—¿Estás diciendo que podrías poner en peligro tu vida de alguna manera? —preguntó Gordon sin elevar la voz.
—No lo sé —admitió Alexander pasándose una mano por el pelo—Solo sé que cada día aquí dentro me siento más atrapado, más ansioso, más… fuera de mí y no puedo seguir así.
Dejó de hablar por unos segundos y respiró profundamente intentando ordenar las palabras antes de que se le rompieran en la garganta.
—Déjame salir un rato—suplicó de nuevo—Quiero estar con Gustav y Natalie, ellos no dejarán que me descontrole. Y si no te fías, que John venga y me vigile, no me importa. No quiero hacer ninguna tontería papá, solo necesito aire y necesito sentir que no estoy encerrado en una maldita jaula.
Gordon se le quedó mirando por unos minutos como si necesitara asegurarse de que su hijo no le estaba hablando desde un impulso sino desde un lugar real y profundo, luego apoyó las manos sobre la libreta entrelazando los dedos con calma deliberada.
—Alexander—empezó a decir con esa voz baja que usaba cuando quería que lo escucharan de verdad—No sabes lo difícil que es para mí oírte decir que te sientes atrapado. No es lo que quiero para ti, no es lo que pretendía cuando te exigí que te quedaras en casa.
Alexander bajó la mirada, pero no retrocedió.
—Pero también tengo que ser honesto contigo —continuó diciendo Gordon—Me da miedo que salgas y algo te golpee en el momento equivocado. Me da miedo que alguien te diga algo que no estás preparado para escuchar. Me da miedo que la ansiedad te arrastre antes de que puedas pedirme ayuda.
Hizo una pausa, respirando hondo.
—No porque no confíe en ti —añadió con más suavidad—Sino porque sé lo vulnerable que estás ahora mismo, y porque te quiero demasiado como para fingir que no lo veo.
Alexander sintió un pinchazo en el pecho, mezcla de rabia, ternura y agotamiento.
—Pero también sé que no puedo ayudarte si lo que te estoy pidiendo te está haciendo daño—siguió Gordon mirándolo con una sinceridad que casi dolía—Si este encierro te está rompiendo más que protegiéndote, entonces tengo que escucharlo.
Alexander levantó la mirada sorprendido por ese matiz.
—Déjame hablarlo con John —dijo Gordon cediendo al fin—Y con Gustav y Natalie, quiero asegurarme de que si sales no vas a estar solo ni un segundo. Quiero que haya un plan, no un salto al vacío.
Alexander sintió cómo algo en su pecho se aflojaba por primera vez en días.
—No te prometo que será hoy —añadió Gordon—Pero te prometo que no voy a ignorar lo que me has dicho. Y que vamos a encontrar una forma de que respires sin ponerte en riesgo.
No era un sí rotundo, pero tampoco era una negación.
Y para Alexander, en ese momento, eso ya era un cambio enorme.
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Andreas se quedó quieto un momento el eco suave de los pasos de Melissa perdiéndose por el pasillo. El vapor seguía pegándose a su piel, pero el nudo en el estómago no tenía nada que ver con la ducha caliente.
Respiró profundamente , apoyó las manos en el borde del lavabo y se obligó a mirarse en el espejo. Tenía los ojos ligeramente enrojecidos, como si hubiera dormido mal… o como si hubiera pensado demasiado. Lo segundo era más cierto.
Tom.
Siempre Tom.
Sacudió la cabeza como si eso bastara para despejarlo y se ajustó la toalla antes de salir del baño. Se dio prisa en ir a la habitación y allí se vistió sin mirar mucho la ropa que se estaba poniendo o si combinaba o no.
Una vez vestido salió y fue a la cocina a prepararse rápidamente un café que lo despejara por completo y allí estaba esperándole Melissa. Al verlo le tendió una taza de café recién hecho y Andreas se lo tomó en silencio mientras echaba un vistazo a su alrededor.
¿Dónde estaba Víctor?
Seguramente habría salido ya y le estaría esperando fuera junto al resto de sus amigos. No tendría fuerzas o ganas de enfrentarse a él de nuevo y mecho menos delante de Melissa, que quería ayudarles como fuera pero Andreas sentía que era algo que debían hablarlo en privado.
—¿Vienes o te quedas a hacerte otro drama interno? —preguntó Melissa tratando de bromear para aliviar la tensión que flotaba.
—Voy —contestó Andreas tomándose lo que le quedaba de café de un sorbo.
Dejó la taza usada en el fregadero y solo entonces salió del bungalow seguido de Melissa. Como ya se imaginaba Víctor estaba ya fuera hablando con su hermana. Y no estaba solos, Tom estaba apoyado en la barandilla del bungalow riéndose de algo que Bill le había dicho.
Esa risa tan fácil y tan luminosa le atravesó el pecho a como un recuerdo que no sabía dónde colocar.
Víctor notó al momento cómo se quedaba mirando fijamente a Tom y se ponía tenso, su mandíbula se apretó apenas en un gesto pequeño que solo alguien que lo conociera bien habría notado.
Y Andreas lo conocía.
Lo suficiente como para sentir la punzada de culpa.
—Buenos días, dormilones —saludó Tom sin malicia, sin intención… y sin darse cuenta de lo que estaba pasando a su alrededor.
Andreas tragó saliva.
Víctor dio un paso más cerca de él como si quisiera recordarle algo sin palabras.
Anouk, que siempre captaba los cambios de humor de su hermano antes que nadie, se le quedó observando con una ceja levantada pero sin intervenir.
Melissa sí lo hizo, de nuevo para aliviar la tensión que flotaba en el ambiente desde esa temprana hora de la mañana.
—Venga, que si llegamos tarde otra vez David nos pone a ordenar las toallas por colores —dijo Melissa dándole a Andreas un empujón suave con el hombro.
—¿Pero… no son todas blancas? —preguntó Bill genuinamente confundido.
Tom soltó una carcajada y se inclinó hacia él para darle un beso rápido en la mejilla. Un gesto pequeño, cotidiano, casi automático… pero que a Andreas le atravesó como un latigazo silencioso. Bajó la mirada al instante, como si necesitara esconder el temblor que le había provocado.
Fue el primero ponerse en marcha hacia el club y los demás lo siguieron poco a poco formando un pequeño desfile improvisado con Melissa enlazando sus dedos con los de Anouk, con Bill y Tom caminando también cogidos de la mano mientras hablaban entre ellos de algo que nadie más parecían entender, y con Andreas y Víctor en cambio caminando un poco más atrás lo bastante cerca para parecer una pareja pero con esa distancia mínima que decía más que cualquier gesto.
Cada pareja parecía estar sumergida en su propia burbuja excepto ellos dos, que avanzaban en una especie de equilibrio extraño lleno de silencios que ninguno sabía cómo nombrar.
Llegaron al club y después de cambiarse en los vestuarios salieron con el uniforme puesto. Tal como había dicho Melissa aquella mañana ella y Anouk tenían turno juntas detrás de la barra así que se encaminaron hacia ella para empezar a preparar todo antes de que llegaran los primeros clientes.
A Víctor le tocaba servir mesas dentro del club en el salón principal y por capricho del destino a Andreas y Tom les habían tocado servir las mesas del embarcadero y la zona de playa.
Un emparejamiento perfecto para cualquiera menos para ellos dos.
Por otro lado, Bill se dirigió al despacho de David donde pasaría toda mañana poniendo al día los albaranes, realizando los pedidos necesarios y solucionando cada pequeño problema que fuera surgiendo. Era el tipo de trabajo que no se veía desde fuera, pero sin el cual el club se vendría abajo en cuestión de días.
Nada más llegar lo primero que hizo fue llamar suavemente a la puerta antes de asomar la cabeza.
—Buenos días.
David estaba inclinado sobre la mesa rodeado de papeles, el portátil abierto y una taza de café que apenas había tocado. Levantó la mirada y le dedicó una sonrisa cansada pero sincera.
—Menos mal que has llegado temprano—dijo haciéndole un gesto para que pasara—Hoy vamos a ir un poco justos.
Bill entró del todo en el despacho y se acercó al escritorio.
—Dime qué necesitas—pidió con firmeza.
David empezó a enumerar mientras buscaba un par de documentos entre el caos organizado de su mesa.
—Primero revisa los albaranes de ayer, hay uno que no coincide con el inventario y quiero saber si es un error nuestro o del proveedor—empezó a decir David—Luego necesito que hagas el pedido de bebidas para el resto de semana, ya sabes cómo se pone esto cuando hace buen tiempo. Ah, y revisa también las reservas del embarcadero porque hay un par de cambios de última hora.
Bill asentía mientras mentalmente ordenaba la lista.
—¿Algo más? —preguntó, aunque ya intuía que sí.
David soltó un suspiro breve.
—Sí, a media mañana me tendré que ausentar por un problema personal—murmuró carraspeando como si quisiera restarle importancia—Quiero que te quedes por el club por si surgiera algún problema, Melissa y Andreas te pueden echar una mano en eso ya que siempre que tengo que ausentarme les dejo a ellos al cargo.
—¿Ha pasado algo? —preguntó Bill incapaz de ocultar la preocupación que sentía en esos momentos.
La pregunta salió sola, casi antes de que pudiera pensarla. Y en cuanto lo hizo, su mente empezó a trabajar con demasiada rapidez pensando en cientos de posibilidades y todas girando en torno a David y a su padre, a esa relación que ambos mantenían en secreto tan cuidadosamente que a veces parecía frágil.
¿Habrían discutido por algo relacionado con él?
¿Su madre tendría algo que ver?
Quizá se había quejado a su padre de que pasaba demasiado tiempo fuera de casa desde empezó a trabajar en el club allí, o quizá se había quejado directamente a David, y él había tenido que soportarlo en silencio.
Bill sintió un nudo en el estómago, esa mezcla de culpa y miedo que solo aparecía cuando se trataba de su madre y su manera de lanzar criticas sin medida alguna.
—No es nada de lo que debas preocuparte —respondió David como si le hubiera leído la mente—Ponte a trabajar, por favor. Quiero dejar unos asuntos cerrados antes de marcharme.
Se puso en pie cediéndole el escritorio y salió del despacho sin añadir nada más. La puerta se cerró con suavidad dejando a Bill a solas con los albaranes, el ordenador… y ese torbellino de pensamientos que no conseguía apartar por mucho que intentara concentrarse.
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A media mañana el club estaba a rebosar. Los camareros se movían a toda velocidad para atender a la avalancha de clientes, pero aun así no daban abasto.
—Melissa, por favor, necesito una jarra de limonada bien fría para la mesa cuatro —pidió Tom, acercándose a la barra con la bandeja a rebosar de vasos sucios—Y también tienes que prepararme lo de la mesa dos, que siguen esperando.
Dejó la bandeja sobre la barra y Melissa le echó una mano para vaciarla y volver a llenarla con un nuevo pedido.
—¿Les has dicho que solo tenemos dos manos? —preguntó con ironía mientras servía la limonada.
Dejó la jarra en la bandeja de Tom y antes de que él pudiera marcharse ya estaba preparando dos cafés fríos, la cerveza y el batido que la mesa dos había pedido minutos antes sin ser conscientes en la carga de trabajo que tenían.
—Anouk, ¿me pasas más vasos limpios? —pidió sin levantar la vista.
—Si los clientes dejaran de romperlos, sería más fácil —respondió Anouk, sacando una bandeja recién lavada y dejándola a su lado— ¿Qué más necesitas?
—Un milagro —murmuró suspirando Melissa mientras servía el batido con una precisión casi quirúrgica.
Tom soltó una risa breve.
—Si lo encontráis, me avisáis. La mesa dos está a punto de devorarme vivo.
—Diles que se esperen —replicó Melissa, arqueando una ceja—O mejor, diles que vengan ellos a prepararse el café si tanta prisa tienen.
—No les des ideas —intervino Anouk—Que como se acerquen aquí, nos invaden la barra y no salimos vivas.
En ese momento, Andreas apareció por detrás de Tom, sudando y con el pelo ligeramente despeinado por el viento del embarcadero.
—Melissa, necesito tres refrescos y dos helados para la playa —dijo intentando recuperar el aliento—Y si tienes un minuto… ¿puedes decirle a David que la sombrilla de la mesa siete se ha roto otra vez?
—¿Otra vez?—preguntó Melissa resoplando— Esa sombrilla tiene más vidas que un gato.
—Pues era la última que le quedaba—respondió Andreas resignado—Yo creo que ya no tiene arreglo.
Tom lo miró de reojo apenas un segundo, pero suficiente para que Andreas desviara la mirada hacia cualquier otra parte.
Melissa observó el gesto pero tuvo que dejarlo pasar, estaban hasta arriba de trabajo y ya encontraría tiempo para hablar con Andreas. No podía dejar que lo que había entre él y Tom afectara a su trabajo, esa mañana se le veía muy despistado.
Siguió preparando las bebidas que Tom le había pedido y en cuanto la bandeja estuvo llena él la tomó con cuidado, le dio las gracias y se marchó de nuevo hacia la playa. Melissa, sin perder el ritmo, empezó a preparar lo que Andreas le había solicitado.
—Sonríe un poco, que no estás en un funeral —le pidió en voz baja sin dejar de moverse.
—Tengo un mal día, perdona —murmuró Andreas soltando un suspiro cansado.
—Y los clientes lo están notando —dijo Melissa mirándolo con firmeza mientras servía hielo en un vaso—Hoy estás muy despistado y un poco borde con ellos, y ya sabes que como David reciba una queja…
Andreas apretó los labios como si la reprimenda le hubiera tocado un nervio sensible. Bajó la mirada hacia la barra, observando cómo Melissa terminaba de colocar los refrescos que le había pedido.
—Lo sé… —murmuró al fin pasándose una mano por la nuca—No es mi mejor día pero estoy haciendo lo que puedo, de verdad.
Melissa dejó el último vaso en la bandeja y lo miró de frente, sin dureza, pero sin suavizar la verdad.
—No te estoy pidiendo que seas perfecto —dijo dedicándole una sonrisa de ánimo—Solo que estés aquí, en cuerpo y alma. Porque hoy no lo estás, tu cuerpo está aquí pero tu cabeza en otro lado.
Andreas tragó saliva, sabía que Melissa tenía razón.
Sabía exactamente por qué no estaba «ahí».
—Es que… —empezó a decir sintiendo que la frase se le quedó atascada.
—¿Es que, qué?—insistió Melissa alzando una ceja con paciencia.
Andreas respiró hondo, como si necesitara valor para decir algo que no quería admitir.
—Es que cada vez que lo veo me descoloca—susurró, apenas audible—Y hoy está demasiado cerca, está siendo demasiado… él.
Melissa no dijo nada durante un segundo. Solo se le quedó observando con esa mezcla de comprensión y firmeza que la caracterizaba.
—Pues tendrás que encontrar la manera de respirar a su lado sin hundirte —respondió al fin—Porque te ha tocado trabajar con él toda la mañana y no puedes permitir que te pase por encima.
Andreas asintió, aunque la tensión en sus hombros no cedió del todo.
—Lo intentaré —prometió recogiendo la bandeja.
—No lo intentes, hazlo —corrigió Melissa dándole un golpecito en el brazo—Y si necesitas un minuto para respirar, vienes aquí o te encierras en el baño pero no te me rompas delante de los clientes.
Andreas esbozó una sonrisa mínima, frágil, pero real.
—Gracias—susurró antes de dar media vuelta.
Se volvió con la bandeja en las manos, respiró hondo… y volvió hacia la playa, donde Tom trabajaba sin saber el huracán que su presencia le provocaba.
Melissa lo vio alejarse en silencio con la bandeja temblándole apenas entre las manos. A su lado, Anouk también lo siguió con la mirada, había escuchado lo suficiente de la conversación para sacar sus propias conclusiones.
—¿Va todo bien entre Andreas y mi hermano? —preguntó al fin incapaz de contenerse.
Melissa soltó un suspiro profundo sin dejar de preparar otra ronda de bebidas.
—Depende de lo que entiendas por «bien» —respondió con esa sinceridad práctica que la caracterizaba.
Anouk frunció el ceño esperando algo más mientras que Melissa la miraba de reojo sin dejar de trabajar.
—Digamos que hoy… no es el mejor día para ninguno de los dos—explicó en voz baja.
—Dirás los tres, porque sé que Tom está metido en medio —soltó Anouk sin poderse contener.
Melissa se detuvo un segundo mirándola con una mezcla de sorpresa y resignación.
— ¿Tan evidente es? —preguntó en voz baja.
—Solo digo lo que veo—contestó Anouk apoyándose en la barra— Y lo que veo es que Andreas está hecho un lío, Tom va por la vida sin enterarse de nada, y mi hermano está a punto de venirse abajo.
Melissa dejó la coctelera a un lado y apoyó las manos en la barra, mirándola con un gesto más suave.
—No te alarmes Anouk, no es nada grave —intentó tranquilizarla—Solo… emociones revueltas. Mucho trabajo, mucha gente y demasiadas cosas sin hablar.
—Eso suena a que sabes más de lo que me estás contando—murmuró Anouk mirándola fijamente.
Melissa soltó un suspiro resignada.
—Sé lo que cualquiera que tenga ojos en la cara puede ver—admitió—Andreas está tenso, Tom está… siendo Tom, y tu hermano está cargando con más de lo que quiere admitir.
Anouk apoyó los codos en la barra, inclinándose un poco hacia ella.
—¿Pero hay algo que deba preocuparme? —preguntó esta vez más seria—Porque si Víctor está mal, quiero saberlo.
Melissa dudó un segundo. No porque no quisiera responder, sino porque sabía que cualquier palabra podía encender más alarmas de las necesarias.
—No está mal —dijo al fin—Solo… está en un punto delicado. Y cuando está así, se cierra. Ya lo conoces.
—Sí, y cuando se cierra hace muchas tonterías—murmuró Anouk mordiéndose el labio.
—Por eso estás tú aquí, ¿no?—dijo Melissa esbozando una sonrisa—Para evitar que las haga.
—Ojalá fuera tan fácil —replicó Anouk devolviéndole la sonrisa pero con la preocupación aún en los ojos—Pero me duele que no me haya querido decir nada. Soy su hermana, joder. Tendría que haberme enterado por él y no por mi novia.
—Llevas mucho tiempo fuera del club, y Andreas, Víctor y yo somos muy amigos —dijo Melissa restándole un poco de dramatismo con un gesto suave—Es normal que los dos se hayan abierto conmigo. Dale un poco de tiempo a Víctor y verás cómo acaba contándotelo él mismo. Pero si ves que se hunde, me avisas. Entre las dos lo mantendremos a flote.
Anouk asintió a regañadientes y regresó a su trabajo metiendo en el lavavajillas una bandeja de vasos sucios sin poder evitar que su mirada se desviara una y otra vez hacia Víctor quien ajeno por completo a la conversación que acababan de tener, iba de mesa en mesa con una sonrisa automática demasiado tensa para ser real. Sus pasos eran rápidos, casi mecánicos, y cada vez que un cliente le hablaba su expresión se endurecía apenas un segundo antes de recomponerse.
La preocupación se le notaba en la cara incluso desde lejos.
Anouk sintió un pinchazo en el pecho. Quería ir hacia él, preguntarle y sacarle la verdad a la fuerza si hacía falta.
Pero sabía que no funcionaría así.
Así que respiró profundamente y se obligó a centrarse en su trabajo aunque sus ojos volvían a buscarlo una y otra vez entre la multitud como si temiera que si dejaba de mirarlo un segundo su hermano pudiera desmoronarse sin que nadie pudiera notarlo.
Continúa…
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