Incomplete 86

Fic TOLL de lyra

Capítulo 86

No podía creerlo.

¡Era libre!

Su padre había cedido con mucha más rapidez de la que jamás habría imaginado y en esos momentos Alexander salía de la casa acompañado por John que no le pensaba quitar los ojos de encima ni por un segundo. Y por si fuera poco, había quedado con Gustav y Natalie para ir al club a darse un baño en el lago, tomar el sol y disfrutar, por fin, de una mañana sin restricciones.

Subió al coche sin poder borrar la sonrisa y pocos minutos después John aparcaba en el parking dejando el coche bajo la sombra. Alexander echó a andar sin decir nada plenamente consciente de que John seguiría cada uno de sus pasos y se dirigió directamente al embarcadero donde había quedado con Gustav y Natalie, que seguramente ya estarían tomando algo.

—¿Alexander?

Se giró para ver quién lo llamaba y se encontró con Tom mirándolo fijamente mientras sostenía una pesada bandeja repleta de bebidas.

—Pensaba que no podías salir de casa —comentó Tom sin poder evitarlo.

—Y yo pensaba que tu trabajo consistía en servir mesas, no en dar consejos que nadie te ha pedido —replicó Alexander fulminándolo con la mirada—Para tu información he quedado con Gustav y Natalie, asi que tráeme un té bien frío y date prisa que hace muchísimo calor.

Siguió su camino dejando a Tom plantado donde estaba y al localizar a sus amigos sentados a solas en una de las mesas se reunió con ellos seguido de cerca por John.

—¿Ha habido algún problema? —preguntó Gustav.

—El camarero, que ha decidido meterse donde no le llaman —respondió Alexander mientras tomaba asiento.

—Ya sabes cómo es el servicio —comentó Natalie con una sonrisa—A veces les cuesta recordar cuál es su sitio. Eso le pasa por vivir en una mansión con la que nunca antes había soñado y codearse con la clase alta, se cree que es uno de nosotros cuando en realidad no es nadie.

Gustav asintió con la cabeza de acuerdo con sus palabras mientras se recostaba en su silla entrecerrando los ojos por el sol.

—No hablemos de ese perdedor—comentó con frialdad—Estamos celebrando la libertad de Alexander, pensé que tu padre jamás te iba a dejar salir de casa.

Alexander soltó una risa breve, casi incrédula.

—Yo también lo pensé, pero me lo he sabido ganar diciéndole exactamente lo que necesitaba oír —murmuró esbozando una sonrisa amplia.

—Conociéndote, vete tú a saber qué le has soltado—dijo entre risas Natalie.

—La verdad, que me subía por las paredes estando encerrado en casa—empezó a explicar Alexander— Luego exageré un poco la situación insinuando que si no me dejaba salir era capaz de hacer alguna tontería, eso es lo que le ha acojonado y no ha tenido mas remedio que ceder.

—Este es mi Alex —comentó Gustav con una sonrisa—Siempre tan manipulador.

Alexander soltó una carcajada suave ante el comentario de Gustav, aunque ladeó la cabeza con fingida indignación.

—Manipulador no —corrigió llevándose una mano al pecho—Estratega, suena mucho mejor.

—Lo importante es que ha funcionado, yo ya pensaba que te habías vuelto un ermitaño metido tanto tiempo en esa casa—añadió Natalie dándole un golpecito con el pie por debajo de la mesa—O peor, que te habías vuelto obediente.

Alexander puso los ojos en blanco, pero una sonrisa se le escapó.

—No exageréis, solo han sido unos días—murmuró sin dejar de sonreír.

—Días eternos —corrigió Gustav—Y ahora que estás aquí, vamos a aprovecharlo. Nada de caras largas, nada de pensar en tu padre y nada de dejar que John te respire en la nuca más de lo necesario.

Las miradas se dirigieron a John que sentado a la sombra en una mesa cercana no apartaba de ellos la mirada pero no podía escuchar nada de lo que estaban diciendo debido a la distancia.

—Eso último no depende de mí—dijo suspirando Alexander—Es la condición impuesta por mi padre para poder salir, estar constantemente vigilado por John.

—Pues depende de nosotros hacer que te olvides de él —dijo Natalie, inclinándose hacia adelante con una sonrisa cómplice—Hoy toca lago, sol y libertad.

Alexander sintió cómo algo dentro de él se aflojaba, como si por primera vez en días pudiera respirar sin permiso.

—Sí —admitió—Hoy… hoy quiero olvidarme de todo.

Natalie asintió con firmeza y antes de que pudiera decir algo más Tom apareció con su bandeja, llevando en ella varias bebidas y entre ellas el té helado que Alexander le había pedido.

—Aquí tienes, Alexander—murmuró con una cortesía impecable aunque sus ojos no lograban ocultar cierta molestia contenida.

Alexander lo miró un segundo más de lo necesario, evaluándolo como si decidiera si darle importancia o no.

—Gracias —respondió al fin sin demasiada calidez viendo como dejaba su bebida en la mesa—Esta vez has sido rápido, te has ganado una buena propina.

Tom apretó la mandíbula apenas un instante, lo suficiente para que Natalie lo notara pero no tanto como para que pudiera considerarse una falta de respeto.

—Intento hacer bien mi trabajo —replicó con una sonrisa que no llegaba a los ojos.

Gustav intervino con un gesto de la mano, como espantando una mosca.

—Pues ya está, misión cumplida. Puedes irte.

Tom asintió pero antes de volverse su mirada se cruzó con la de Alexander. No había desafío, pero sí algo parecido a un reproche silencioso. Luego se marchó perdiéndose entre las mesas.

—De verdad, no sé por qué te molestas en hablarle—dijo suspirando Natalie— Siempre parece a punto de ofenderse por cualquier cosa.

Alexander dio un sorbo a su té dejando que el frío le bajara por la garganta.

—No me molesta hablarle —dijo con calma—Me molesta que crea que puede opinar sobre mi vida.

—Exacto —apoyó Gustav—A veces se le olvida quién es quién.

Alexander no respondió de inmediato. Observó el lago, el brillo del sol sobre el agua y la gente riendo a lo lejos. Por primera vez en días, sentía algo parecido a alivio… pero también una punzada de incomodidad que no sabía ubicar.

—Da igual —murmuró finalmente dejando el vaso sobre la mesa—No pienso dejar que nadie me arruine la mañana.

—Así se habla—dijo Natalie sonriendo satisfecha—Y ahora, ¿qué hacemos? ¿Vamos a darnos un baño o seguimos criticando al servicio?

—Podemos hacer ambas cosas—contestó Gustav echándose a reír.

—Vayamos al agua —decidió Alexander—Necesito sentir que de verdad estoy fuera.

Se puso en pie dejando que la brisa cálida del lago le revolviera el pelo. Gustav y Natalie lo imitaron con rapidez recogiendo sus cosas con la despreocupación de quien sabe que el día apenas empieza.

—Venga, vamos antes de que esto se llene —dijo Natalie ajustándose las gafas de sol.

Gustav le pasó un brazo por los hombros a Alexander durante un segundo, un gesto rápido, casi fraternal.

—Hoy toca disfrutar, Alex—dijo con una amplia sonrisa—Nada de dramas familiares.

—Prometido—murmuró Alexander esbozando una amplia sonrisa.

Los tres echaron a andar hacia la zona de la playa, donde la arena clara se extendía hasta el borde del lago. El sol brillaba con fuerza arrancando destellos plateados del lago y el murmullo de las conversaciones ajenas se mezclaba con el chapoteo de los que ya se habían metido a nadar.

Detrás de ellos, a unos pasos de distancia, John los seguía con su andar firme y silencioso como una sombra entrenada para no perderlos de vista. No intervenía, no hablaba, pero su presencia era imposible de ignorar.

Natalie miró de reojo hacia atrás y soltó una risita.

—Parece un guardaespaldas de película—comentó entre risas.

—Ojalá lo fuera —murmuró Alexander—Sería más fácil olvidarme de él.

Gustav le dio un leve empujón con el hombro.

—Pues hoy lo vas a intentar, y si no puedes ya nos encargaremos nosotros de distraerte—dijo guiñándole un ojo.

Alexander dejó escapar una risa sincera, la primera que le nacía sin esfuerzo desde hacía días. Al llegar a la orilla del lago se detuvo un instante para respirar profundamente sintiendo el olor del agua, del sol y de la libertad recién estrenada.

—Vale —dijo finalmente, con una determinación tranquila—Empecemos.

Los tres amigos caminaron entre las tumbonas buscando las más alejadas para dejar en ellas sus bolsas antes de zambullirse en el lago mientras que John se mantenía unos metros atrás vigilante, inevitable, pero incapaz de apagar la sensación de que, al menos por esa mañana, Alexander volvía a ser dueño de su vida.

&

Desde el embarcadero Tom observaba cómo Alexander, Gustav y Natalie se alejaban hacia la playa. No era envidia exactamente… pero algo en su pecho se tensó. Quizá era la forma en que ellos caminaban como si el mundo entero les perteneciera, o quizás era simplemente que sabía que aquello iba a traer problemas.

Suspiró y dio media vuelta entrando de nuevo en el club. El aire fresco del interior lo recibió con un golpe agradable, mezclado con el olor a madera pulida y a cítricos de los cócteles recién preparados.

En la barra Melissa y Anouk trabajaban sin descanso al igual que el resto de sus compañeros.

—Vaya, mira quién vuelve —comentó Melissa al verlo acercarse— ¿Ya has terminado de servir a los dioses del Olimpo?

Tom dejó la bandeja sobre la barra con un golpe suave.

—Ojalá fueran dioses, sería más fácil tratar con ellos—murmuró resoplando.

—¿Y ahora qué ha pasado?—preguntó Melissa alzando una ceja.

—Alexander, está aquí —murmuró Tom casi incrédulo—Se ha ido a nadar con Gustav y Natalie.

—Pero… ¿no estaba castigado? —preguntó Melissa frunciendo el ceño.

—Eso parecía —respondió Tom—Pero míralo, tan tranquilo, y encima con esos dos.

—Bueno, son sus amigos, ¿no? —musitó Melissa.

—¿Qué clase de amigos se apuñalan por la espalda? —soltó Tom incapaz de contenerse.

Melissa le dirigió una mirada cargada de significado, una de esas miradas que no necesitaban palabras para advertir que había algo no encajaba.

Tom notó su mirada y comprendió al instante de que había dicho más de lo que debía sin haberse dado cuenta y, confiando en que Melissa era de las pocas personas en las que podía apoyarse, decidió contarle aquello que ya era un secreto a voces para unos cuantos.

—Gustav y Alexander eran amantes—empezó a explicar en voz baja—Yo me enteré hace tiempo, por pura casualidad. Y Bill… bueno, él lo supo hace poco aunque ya sospechaba algo.

Melissa escuchaba en silencio con un nudo en la garganta. Sentía mucho afecto por Bill y en esos momentos estaba sintiendo mucha lástima por él, Alexander se había estado riendo a su espalda y le había traicionado de la peor de las maneras.

—Y Alexander tuvo la brillante idea de contárselo a Natalie el otro día —continuó diciendo Tom poniéndose cada vez más tenso—No sé qué mas ha pasado entre ellos desde entonces, pero ahora mismo están más unidos que nunca.

—A saber… aunque no veo a Natalie como alguien capaz de perdonar y olvidar así como así, no sin sacar algo a cambio —murmuró Melissa suspirando—Pero ahora lo realmente importante es que Bill no se entere de que Alexander está aquí con ellos. No tengo ni idea de cómo podría reaccionar.

Tom asintió con la cabeza al tiempo que apoyaba los codos en la barra con un cansancio que le pesaba más en la mente que en el cuerpo. No era solo que Alexander estuviera allí, era la compañía en la que estaba.

Después de lo que Bill le había contado sobre cómo Natalie se le había insinuado cuando fue a ver a Alexander, ninguno de los dos entendía qué hacían Gustav y ella pegados a alguien que durante toda su vida los había estado manipulando, mentido y, para rematar, se había vengado revelando su mayor secreto de Gustav delante de la misma Natalie.

No tenía sentido que siguieran tratándose como si fueran los mejores amigos del mundo.

Pero, claro, nada de lo que hacía Alexander tenía sentido.

—¡Melissa!

La voz de David lo sacó de golpe de sus pensamientos haciéndole ponerse derecho al momento.

—Tengo que ausentarme un par de horas por un asunto personal —explicó David mientras se acercaba a la barra—Dejo a Bill al mando, pero quiero que tú y Andreas le echéis una mano. Voy a decirle que salga del despacho y se dé una vuelta por el club para asegurarse de que todo está en orden.

—¿Es necesario? —preguntó Melissa, sin poderse contener—Quiero decir que no hace falta, Andreas y yo ya nos ocupamos de eso. Seguro que Bill está hasta arriba de trabajo.

—¿Ha pasado algo?—quiso saber David mirándola fijamente.

—Alexander está en el club —respondió Tom sin rodeos—Ahora mismo estará bañándose o tomando el sol en la playa. No creo que a Bill le haga ningún bien verlo… y mucho menos saber que está con Gustav y Natalie.

David se quedó pensativo unos segundos, dejando que toda aquella información encajara, y finalmente asintió despacio. A sus oídos había llegado el rumor de una discusión habida en el parking del club días atrás entre Gustav y Natalie, con Alexander metido de por medio. No conocía todos los detalles, pero el tono de Tom no dejaba lugar a dudas.

Algo había ocurrido entre los tres, y Bill o bien no estaba al tanto o ya lo sabía y lo estaba encajando como podía. En cualquier caso, lo más sensato era evitar que descubriera que Alexander estaba allí mismo, en el club, acompañado precisamente por Gustav y Natalie

—De acuerdo, le diré que no hace falta que salga del despacho porque Melissa y Andreas se encargarán de todo —cedió al fin—Tom, échales tú también una mano. Y si surge cualquier problema, me llamáis de inmediato.

Tom y Melissa asintieron, y solo entonces David regresó al despacho para informarle a Bill de los cambios.

—Pues mejor —dijo Bill resoplando mientras apartaba una factura llena de tachones—Estoy liado con esta factura, está todo mal y quiero meterme de lleno y no parar hasta encontrar el error.

—Tómatelo con calma —murmuró David, consultando la hora en su reloj—Cuando vuelva si no lo has solucionado lo miramos entre los dos. Me voy, se me ha hecho tarde.

Salió del despacho y se dirigió a la puerta trasera del almacén para evitar cruzar todo el club. Su deportivo negro esperaba en el parking bajo la sombra y se subió a el. Mientras arrancaba puso el móvil en manos libre e hizo una llamada.

—Ya estoy fuera. ¿Nos vemos en tu despacho?

Comenzó a conducir sin dejar de hablar por el móvil.

—No, ni Bill ni Tom sospechan nada —aseguró con firmeza—Tranquilízate, Jörg. Pronto saldrás de dudas… aunque eso signifique tener que separarlos si no queda más remedio.

Colgó y aceleró perdiéndose entre el tráfico. No podía evitar pensar en los resultados que le acababan de llegar y que Jörg no se atrevía a leer él solo.

Necesitaba que él estuviera a su lado por si al final se confirmaba lo impensable, que Bill era el hermano gemelo de Tom que fue separado de él al nacer.

Y si así era, David sabía que Jörg haría todo lo posible por alejar a Tom de su hijo asegurándose de que sus caminos no se volvieran a cruzar nunca.

&

El agua estaba fría, pero no lo suficiente como para disuadirlos. Natalie fue la primera en lanzarse, salpicando a Gustav con una carcajada que resonó sobre la superficie del lago. Él fingió indignación antes de seguirla con un salto torpe que levantó una ola improvisada.

Alexander se quedó un segundo más en la orilla observándolos. Había algo reconfortante en ver a dos personas tan cómodas entre sí, tan despreocupadas. Algo que dolía un poco, sí, pero que también le recordaba que la vida podía ser así de simple.

—Si sigues ahí plantado voy a pensar que te has vuelto aburrido—gritó Natalie desde el agua.

Alexander rodó los ojos, pero la sonrisa le salió sola. Dio unos pasos hacia adelante sintiendo cómo la arena húmeda cedía bajo sus pies y se sumergió de golpe. El frío le atravesó el pecho, pero también le despejó la mente como si alguien hubiera abierto una ventana.

Cuando emergió, Gustav le salpicó sin piedad.

—Bienvenido de vuelta —dijo, y por primera vez en mucho tiempo, Alexander no sintió que esas palabras fueran una carga.

A unos metros, John permanecía en la orilla de brazos cruzados intentando parecer indiferente mientras no le quitaba los ojos de encima haciéndole sentir muy incomodo.

Alexander tragó saliva intentando ignorar la punzada en la nuca que siempre le provocaba la mirada de John. No era hostil, no exactamente… pero era demasiado constante y demasiado presente. Como si cada movimiento suyo necesitara supervisión.

Natalie se acercó nadando hasta quedar a su lado, empujándolo con el hombro bajo el agua.

—Pasa de él —pidió casi en un susurro que solo él pudiera oír—Hoy no toca pensar.

Alexander asintió aunque no estaba seguro de poder cumplirlo.

Gustav mientras tanto se había alejado unos metros flotando boca arriba con una expresión de falsa solemnidad.

—Hemos venido a divertirnos, ¿no? —dijo volviéndose hacia ellos con una ceja alzada—Pues hagamos algo divertido.

—Si dices «carrera hasta la boya», te juro que te hundiré—murmuró resoplando Natalie.

—No, nada de juego infantiles—dijo Gustav sonriendo—Es algo mucho mejor mejor.

—¿Qué estás tramando?—preguntó Alexander mirándole fijamente.

Gustav sonrió con esa mezcla de niño travieso y adulto responsable que solo él podía combinar sin parecer ridículo.

—Un juego, algo sencillo—contestó Gustav sin querer dar más pistas—Algo que nos haga olvidarnos de todo lo que nos rodea.

Alexander siguió la dirección de su mirada, John seguía inmóvil en la playa como una sombra que no sabía disimular.

—Vale —dijo Alexander volviendo la mirada hacia sus amigos— ¿Qué clase de juego estás proponiendo?

—El tipo de juego que empieza con «confía en mí»—contestó Gustav sonriendo ampliamente.

—Eso nunca acaba bien—murmuró resoplando Natalie.

—Perfecto —dijo Alexander sonriendo satisfecho—Justo lo que necesito.

—Seguidme entonces—pidió Gustav echando a nadar.

Natalie y Alexander fueron tras él dejando atrás la orilla del lago y en ella a John que trataba de no perderlos de vista, y cuando quisieron darse cuenta estaban en la orilla opuesta, una bonita playa rodeada de sauces que sabían que solían usar los camareros del club para bañarse sin molestar a los clientes.

En esos momentos estaba vacía y era toda para ellos.

Gustav salió primero sacudiéndose el agua del pelo con un gesto despreocupado. Natalie llegó detrás, riéndose mientras intentaba acomodarse el bikini de nuevo que la fuerza del agua había desplazado de su cuerpo.

Alexander emergió el último respirando profundamente. El silencio de esa pequeña playa escondida era distinto, más suave y más íntimo. Como si el mundo se hubiera quedado del otro lado del lago junto con John.

—¿Y bien? —preguntó Natalie plantando las manos en la cintura— ¿Cuál es tu plan maestro, Gustav?

—Hoy es el día de Alexander— empezó a decir Gustav— Vamos a hacer todo lo que nos pida el sin poner negarnos a nada.

—Eso me gusta mucho— dijo Natalie sonriendo mirando fijamente a Alexander—Tú decides, hoy eres el que mandas.

Alexander se les quedó mirando fijamente. La playa estaba vacía, el agua tranquila y los sauces se movían con una brisa suave. Por primera vez desde que había llegado al lago no sentía la sombra de John pegada a su espalda. Era como si la distancia física hubiera creado un pequeño refugio emocional.

—No sé qué pedir—murmuró cruzándose de brazos.

—No tienes que saberlo —dijo Gustav sonriendo—Solo piensa en algo que te apetezca. Algo que te haga sentir… tú.

Alexander tragó saliva. Era ridículo lo difícil que le resultaba pensar en algo tan simple como un deseo. Como si llevar tanto tiempo aislado en casa sin contacto alguno con nadie más que con sus padres le hubiera borrado la capacidad de querer cosas.

— ¿Puedo decidir algo por ti?—preguntó de repente Natalie.

—Pero es el día de Alexander—le recordó Gustav.

—Es algo que sé que le va a gustar mucho—dijo Natalie sonriendo ampliamente.

Alexander se le quedó mirando fijamente, había algo en la sonrisa de Natalie que hizo que su cuerpo se estremeciera. La conocía perfectamente, más desde que habían intimado y esa sonrisa suya solo podía significar que tenía una buena idea en mente.

—Está bien —murmuró con un hilo de voz—Decide por mí, confío en ti.

—De eso iba el juego, ¿no?—preguntó Natalie guiñándole un ojo a Gustav—Quiero…quiero veros juntos.

— ¿Vernos juntos, cómo?—preguntó Gustav sin entender sus palabras.

Pero Alexander las había entendido claramente y dando un paso se acercó a Gustav todo lo que pudo.

—Quiere ver cómo nos enrollamos—susurró en su oído.

— ¿Aquí?—preguntó Gustav mirando a su alrededor.

—Aquí—contestó Natalie mirándole fijamente—Ya os he visto besaros pero quiero que esta vez vayáis más lejos.

Gustav tragó saliva con esfuerzo, tenía que admitir que el juego era de lo más provocador pero estaban al aire libre y quien sabía si les podía ver alguien como John que les estaría buscando desesperadamente.

Antes de que pudiera reaccionar Alexander ya había colocado una mano sobre su sexo apretando con suavidad sobre la tela su bañador.

—Pero…no tenemos lubricante—murmuró Gustav tragando con esfuerzo.

— ¿Tú también lo necesitas como Bill?—preguntó riendo Natalie.

—Y tampoco condones, y dejamos claro al abrir la pareja que usaríamos siempre protección—dijo Gustav tratando de ignorar la mano de Alexander sobre su bañador.

Pero imposible no hacerlo, sus caricias estaban logrando que se fuera poniendo cada vez más duro y que poco a poco fuera cediendo esa resistencia inicial de ponerse a follar allí mismo a expensas de ser vistos.

—Vamos Gustav—dijo Alexander mirándole fijamente—Tú lo has dicho, hoy es mi día y tienes que hacer todo lo que yo quiera sin poder negarte.

Gustav se le quedó mirando también fijamente sintiendo que le costaba respirar, que su corazón latía con mucha fuerza en su pecho y que si no obtenía un orgasmo en los siguientes minutos iba a explotar.

— ¿Alguna vez te he dicho que no cuando me lo pides de esa manera?—preguntó en voz baja.

Entonces se inclinó sobre él y apoderándose de sus labios empezó a besarle una y otra vez como si no hubiera nadie más en esa playa, rodeados de sauces y siendo observados únicamente por una ansiosa Natalie que no pensaba apartar de ellos la mirada.

&

Tal y como le habían prometido a David, Melissa y Andreas se encargaron de vigilar que nada fuera de lo normal ocurriera en el club con Tom echándoles una mano. Por suerte, la mañana transcurrió sin incidentes y cuando llegó su turno de descanso Andreas dejó a Melissa al mando y salió al parking para tomar un poco de aire fresco.

No esperaba encontrarse allí también a Tom, apoyado en un árbol y fumando a su sombra. Le había visto, así que Andreas ya no podía darse la vuelta y desaparecer por la puerta que conducía a la cocina.

Tragó saliva y avanzó hacia él consciente de lo extraño que había estado toda la mañana… y de que Tom lo había notado. Tenían que hablar, y esa era la oportunidad perfecta.

—¿Podemos hablar? —preguntó sin rodeos al llegar a su lado.

—¿Va todo bien? —preguntó Tom con cautela mientras exhalaba una bocanada de humo.

Andreas negó con la cabeza, sin saber por dónde empezar.

—No sé si tienes problemas con Víctor —empezó a decir Tom—Os he estado observando esta mañana y apenas os habéis mirado o cruzado palabra.

—Tú eres mi problema, Tom —soltó Andreas antes de poder contenerse.

Tom se quedó sin aire por un segundo al escuchar su respuesta.

—No sé cómo sacarte de mi cabeza —confesó Andreas—Víctor lo ha notado y está muy dolido conmigo. Me esfuerzo por olvidarte, de verdad que lo intento, pero no puedo si te veo todos los días y si trabajamos codo con codo. Y tampoco puedo pedirte que te vayas. Además… no sirve de nada. Yo me fui, estuve un año entero sin verte y aun así no conseguí olvidarme de ti ni un solo día. Sé que tengo que aprender a vivir con esto, superarte de una vez y centrarme en no perder a Víctor que es lo mejor que me ha pasado después de ti.

Tom lo escuchaba en silencio. En el fondo siempre había sabido que Andreas seguía sintiendo algo por él, algo que él no podía corresponder y que reencontrarse había sido un error. Pero necesitaba su ayuda, estaba desesperado y había acudido a él porque era el único amigo que tenía y que con solo una mirada sabía lo que estaba pasando por su cabeza sin necesidad de que se lo explicara.

Le pidió ayuda, y Andreas se la dio sin pensar en el dolor que sentiría cuando sus caminos se juntaran de nuevo.

—Lo siento mucho, Andreas —murmuró Tom tras un largo silencio—No sé qué puedo hacer para que no te sientas así.

—Dejar de ser tan tú —respondió Andreas con una sonrisa cansada—No hay nada que puedas hacer, en serio. Solo dame tiempo. Y si me ves como hoy… dame una bofetada para que reaccione y deje de comportarme como un imbécil.

—Prometido —dijo Tom, devolviéndole la sonrisa.

Se le quedó mirando fijamente, Andreas volvía a parecer el de siempre… o al menos lo intentaba poniendo todo de su parte para que nadie notara las grietas de su corazón.

—Me gustaría ser rico por un día —comentó de repente Andreas resoplando—Pasarme todo el día sentado en el club sin hacer nada y sin preocuparme por llegar a fin de mes.

Tom sonrió al escucharle mientras daba una calada agradecido porque cambiara de tema y hablara como si no pasara nada malo entre ellos.

No pudo evitar pensar en lo distintos que eran sus mundos en esos momentos.

Él había tenido la suerte de acabar en casa de Bill, donde disfrutaba de pequeños lujos que antes ni imaginaba como la ropa nueva que Jörg Kaulitz le había comprado, o el simple placer de darse un baño en la piscina cada tarde al terminar el turno.

Pero también echaba de menos la compañía de Andreas, sentarse juntos en el porche del bungalow a ver el atardecer mientras fumaban y compartían una cerveza, o esas cenas improvisadas con Melissa sin las estrictas normas que la madre de Bill imponía en su casa.

—¿Qué tal habéis dormido? —preguntó de repente Andreas—Fijo que Bill no vuelve a quedarse a dormir en ese sofá.

—No ha sido para tanto —respondió Tom riendo—Se ha levantado con dolor de espalda, pero nada grave.

—Y me imagino que tú esta mañana habrás hecho todo lo posible para remediarlo—murmuró Andreas, mirándolo de reojo.

—Hemos estado hablando —murmuró Tom.

—¿En serio? —preguntó Andreas, alzando una ceja— ¿Ni siquiera aprovechasteis cinco minutos para unos arrumacos?

Tom dio una calada antes de contestar soltando lentamente el humo , como si necesitara ordenar las palabras antes de dejarlas salir.

—Hubo tiempo para eso—empezó a decir—Pero luego…es que Bill tiene muchas cosas encima. Cosas que no son fáciles.

Andreas se le quedó mirando fijamente esa vez sin rastro de burla.

—¿Cosas como qué?—quiso saber.

Tom dudó un segundo. No quería traicionar la confianza de Bill, pero también necesitaba desahogarse un poco, y Andreas era de los pocos que entendían sin juzgar.

—Alexander—contestó sin tener que dar más explicaciones.

Andreas frunció el ceño al escucharlo, bien sabia que conociendo a Alexander se podía esperar de él cualquier cosa de él solo que no se podía imaginar que le hubiera hecho algo grave a Bill.

—No ha sido precisamente bueno con él—empezó a explicar Tom pasándose una mano por la nuca incómodo—Le ha hecho sentir pequeño, como si todo lo que hacía estuviera mal. Le ha hablado muy mal, lo ha manipulado y lo ha hecho dudar de sí mismo. Y Bill… ya sabes cómo es. Se lo ha tragado todo en silencio.

—Alexander es toda una pieza—murmuró Andreas apretando la mandíbula.

—Una pieza muy dañina —confirmó Tom—Bill nunca lo va a decir pero… le ha dejado marcas. No físicas, ya me entiendes. Pero le cuesta confiar, le cuesta creer que alguien pueda quererle sin condiciones. A veces hasta le cuesta creer que merece algo bueno.

—Eso explica muchas cosas —murmuró Andreas bajando la mirada pensativo—Lo reservado que es, lo rápido que se disculpa por todo y lo de ponerse siempre en segundo plano.

—Exacto, y por eso no quiero presionarlo ni confundirlo—asintió Tom suspirando—Ni que piense que espero algo de él. Quiero que vaya a su ritmo, que sienta que puede hablar conmigo, que puede parar si ve que vamos demasiado rápido y que puede decir lo que sea sin sentir miedo alguno.

Andreas lo observó un momento, con una media sonrisa sincera.

—Te importa mucho—murmuró Andreas suspirando—Porque estás enamorado de él desde que le viste por primera vez aquí en el club.

Tom no intentó negarlo.

—Bill necesita justo eso, alguien que no le haga daño y que no lo haga sentir menos—dijo Andrea con firmeza—Y tú eres ese alguien.

Tom bajó la mirada hacia su cigarro pensativo.

—Ojalá él lo vea así—confesó en un susurro.

—Lo verá—aseguró Andreas—Dale tiempo, y sigue siendo tú mismo. Con eso ya has hecho más que Alexander en toda su vida.

—Es un miserable—dijo Tom sin poderse contener—No puedo creer que le haya hecho sentirse que no servía para el sexo, le ha dejado traumatizado.

Andreas se quedó en silencio al escucharle, lo que le acababa de decir era una confesión muy íntima.

—Esta mañana…hemos practicado sexo oral—empezó a explicar Tom en voz muy baja—Yo a él, luego Bill ha querido hacérmelo a mi y no me he dejado. Es la segunda vez que pasa y me niego porque veo que siempre quiere hacerlo o porque siente que me lo debe o me quiere resarcir por algo que no ha hecho pero se siente culpable. Y luego me ha confesado que Alexander le decía que no sabía cómo hacerlo, que siempre le dejaba insatisfecho y no quiero que se sienta obligado o defraudado si no logra complacerme.

—Alexander es un cabronazo—soltó Andreas sin poderse contener—Es horrible todo eso que le ha hecho a Bill, y seguro que hay más cosas que aún no te ha contado.

Tom bajó la mirada al suelo, aplastando lo que le quedaba del cigarro con la punta del pie.

—Lo sé —admitió en voz baja—Y eso es lo que más me jode. Pensar en todo lo que tuvo que aguantar… y en lo que aún carga encima.

—Bill siempre ha sido así—murmuró Andreas suspirando—Aguanta, calla y se hace pequeño para no molestar. Y Alexander se ha aprovechado de eso. Le ha quitado seguridad, la alegría y hasta la voz.

—A veces lo noto —confesó Tom sintiendo un nudo en el pecho—Cuando duda de sí mismo por cosas que no tienen sentido, cuando se disculpa por existir y cuando me mira como si estuviera esperando que yo… no sé, que me enfade con él o que desaparezca.

—Es Alexander hablando desde el pasado, no Bill—dijo Andreas asintiendo con la cabeza.

Tom tragó saliva, procesando esas palabras.

—Quiero ayudarle como sea—dijo al fin—Pero no quiero presionarlo, no quiero que piense que espero algo de él. Solo… quiero que esté bien y que se sienta seguro conmigo.

—Pues ya estás haciendo más de lo que crees—dijo Andreas mirándole con una mezcla de ternura y respeto— Bill confía en ti. Y eso para él, es un gran paso.

—A veces no sé si lo estoy haciendo bien—confesó Tom suspirando.

—Lo estás haciendo de puta madre —aseguró Andreas dándole un golpecito en el brazo—Y te digo algo más, Bill no necesita a un héroe. Solo necesita a alguien que no le haga daño y tú no se lo haces.

Tom se le quedó mirando agradecido por sus palabras, sorprendido por lo mucho que le afectaban mientras pensaba en qué quería hacer con todo aquello que Bill por miedo aún no se atrevía a contarle.

Continúa… 

Gracias por la visita. No te vayas sin comentar 🙂

por lyra

Escritora del Fandom

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