Incomplete 88

Incomplete 88

Fic TOLL de lyra

Capítulo 88

De vuelta a casa, Alexander entró sintiendo cómo John cerraba la puerta tras ellos con un golpe seco. No parecía intencional, pero sonó como una sentencia.

Se volvió un instante y se le quedó mirando fijamente con una sonrisa apenas dibujada, después de lo ocurrido en el lago sabía que lo tenía justo donde quería y también sabía que podía usar ese momento a su favor para salir de nuevo de casa esa vez sin supervisión y sin que su padre lo supiera.

—Voy a subir a cambiarme, estoy empapado—explicó sin apartar de él la mirada— Dile a Nora que me prepare la comida en porche, quiero comer admirando las vistas del jardín… y luego puedes retirarte que ya has trabajado bastante por hoy, pero antes recoge mi bañador y llévalo a lavar.

Antes de que John pudiera reaccionar las manos de Alexander fueron rápidas hasta el borde del bañador que llevaba y se lo quitó ante sus ojos dejándolo caer al suelo con un golpe seco. Se quedó ante él mostrando la desnudez de su cuerpo y disfrutando de su incomodidad al verle de esa manera.

— ¿Ves algo que te guste, John?— preguntó dando un paso en su dirección.

John retrocedió al momento desviando la mirada.

— Bueno, si cambias de opinión ya sabes cuál es mi habitación—murmuró Alexander sonriendo—Mi padre no tiene por qué enterarse nunca y así haces más ameno mi encierro.

Esperó unos segundos a que John dijera algo pero viendo que no iba a ocurrir dio media vuelta y se dirigió a su habitación

John se quedó a solas en el vestíbulo viendo a Alexander subir las escaleras. No se movió, ni siquiera respiró con normalidad. El silencio de la casa lo envolvió como un peso húmedo, pegajoso, difícil de sacudir.

La puerta aún vibraba ligeramente por el golpe seco con el que la había cerrado. Ese sonido seguía resonando en su cabeza mezclándose con las palabras de Alexander, con la amenaza velada y con la sonrisa que lo había desarmado por completo.

Humillación.

Rabia.

Miedo.

Todo se mezclaba en su pecho como un nudo imposible de deshacer.

Se pasó una mano por la nuca intentando calmar el temblor que no quería admitir. No era solo el miedo a perder su trabajo. Era algo más incómodo, más íntimo y más difícil de nombrar. Algo que Alexander había visto, o creía haber visto, y que en esos momentos podía usar contra él cuando quisiera.

Y lo peor era que John sabía que no podía permitirse discutir, no podía arriesgarse a que el doctor Vandael escuchara siquiera una versión distorsionada de lo que había ocurrido. No podía arriesgarse a que Alexander abriera la boca.

Puedes retirarte había dicho Alexander riéndose de él, quien llevaba años trabajando en esa casa cuidándolo, vigilándolo y protegiéndolo de sí mismo y de los demás. Como si fuera él quien cargara con las consecuencias si Alexander decidía romper las reglas.

Apretó los dientes.

No podía enfrentarse a él.

No en eso momentos.

No después de lo del lago.

Pero tampoco podía seguir así mucho tiempo.

Se obligó a moverse, a inclinarse para recoger la prenda mojada que Alexander había arrojado sonriendo al suelo y a caminar hacia la cocina para indicarle a Nora de que le sirviera en el porche la comida aunque cada paso le pesaba como si caminara con cadenas. Sabía que, en cuanto Alexander bajara de su habitación, la dinámica ya no sería la misma.

Y eso lo inquietaba más que cualquier reprimenda del padre.

Entró en la cocina intentando recomponerse, pero el temblor leve en sus manos lo delataba. El olor a pan recién hecho y a césped cortado llenaba el aire, un contraste casi cruel con el nudo que llevaba en el estómago.

Nora estaba de espaldas, cortando verduras con la precisión tranquila de quien lleva años en la casa. Pero en cuanto oyó sus pasos, se giró. Lo miró apenas un segundo… y frunció el ceño.

—¿Todo bien? —preguntó sin poderse contener.

John se aclaró la garganta antes de contestar, Nora nunca había sido de rodeos.

—Alexander quiere comer en el porche—explicó por encima— ¿Puedes prepararlo?

Nora se le quedó observando con esa mirada que veía más de lo que él quería mostrar. Dejó el cuchillo sobre la tabla con un golpe seco, no agresivo, pero sí definitivo.

—Estás pálido —comentó—Y no es por el calor.

John apretó la mandíbula. No quería hablar, no podía hablar después de lo que acababa de pasar con Alexander.

—Estoy bien —murmuró dando media vuelta.

Entró en la habitación que se usaba como lavandería y que estaba justo al lado de la cocina y metió el bañador de Alexander en el cubo de la ropa sucia. Cuando salió Nora seguía observándole fijamente como si evaluara si insistir o no.

—Ese chico nos va a matar a disgustos —murmuró mientras volvía a las verduras—Su padre no puede con él por más que se empeñe en tratar de demostrar lo contrario.

—Solo… haz lo que te he pedido y no hablemos de eso—pidió John intentando sonar firme, pero la voz le salió más cansada que autoritaria.

Nora no respondió pero mientras preparaba la comida su silencio hablaba por ella, un silencio que decía que había visto demasiado en esa casa, que sabía cuándo algo no iba bien y que no se creía ni una palabra de lo que John intentaba ocultar.

Cuando le vio salir de la cocina lo siguió con la mirada y aunque no sabía exactamente qué había pasado, sí sabía una cosa.

Algo había cambiado entre John y Alexander.

Y nada de lo que había visto en esa casa a lo largo de los años le hacía pensar que ese cambio fuera a pillar por sorpresa a nadie. Era como si todos, en silencio, hubieran estado esperando que algo así sucediera para poder hablar con firmeza de lo que pasaba en la casa pero nadie se atrevía a decirlo en voz alta.

Nora lo sabía.

Lo había visto en los gestos, en las miradas esquivas, en los silencios demasiado largos durante las comidas.

Había visto cómo Alexander había ido cambiando poco a poco.

Primero pequeñas rebeldías, luego ausencias inexplicables y después ese brillo extraño en los ojos, mezcla de desafío y cansancio. Y había visto también cómo su padre evitaba enfrentarlo, cómo John cargaba con un peso que no le correspondía y cómo la casa entera parecía sostener la respiración cada vez que Alexander cruzaba una puerta.

Había algo que iba mal en él. Algo que no era nuevo, pero que en esos momentos empezaba a desbordarse. Y si nadie actuaba a tiempo, si nadie rompía ese pacto silencioso que todos fingían no haber hecho, las consecuencias iban a ser terribles.

Nora tomó aire, apoyándose un momento en la encimera. No era su hijo, no era su responsabilidad pero llevaba demasiados años en esa casa como para mirar hacia otro lado.

Mientras seguía haciendo la comida no pudo evitar pensar que quizás lo que había ocurrido entre Alexander y John no era un simple malentendido. Quizá era el principio de algo que llevaba demasiado tiempo gestándose.

Y que, cuando estallara, nadie podría decir que no lo había visto venir.

&

El turno de comida había arrancado con fuerza, y se notaba. Todas las mesas estaban ocupadas, tanto las del club como las del embarcadero. Los camareros iban a contrarreloj, haciendo todo lo posible para atender a los clientes sin que nadie se quejara por la espera.

La falta de personal era evidente, y David lo pensaba mientras observaba el ajetreo desde la barra. Además del puesto de Paul, quizá tendría que contratar a un par de camareros extras más para las horas punta, y reforzar así la barra con otra persona viendo que Melissa y Anouk no daban abasto. Por no hablar de buscar un ayudante para Rose en la cocina.

No lo dudó y entró tras la barra para echar una mano.

—Anouk, ¿por qué no vas a la cocina y ayudas a tu madre? —preguntó al verla terminar de preparar un pedido—Debe de estar desbordada y eres la única con experiencia en cocina. Yo te cubro aquí.

—Claro, David, pero hay que cambiar un barril de cerveza y nos estamos quedando sin vasos limpios —advirtió Anouk.

—Yo me ocupo del barril, y le diré a Bill que apunte más vasos con urgencia para el próximo pedido —murmuró David resoplando.

Cogió uno de los delantales extras doblados bajo la barra y se lo puso rápidamente justo cuando un grupo de clientes sedientos entraba y se dirigía hacia él.

Mientras tanto, Anouk salió de la barra y fue a la cocina para ayudar a su madre, que, tal y como David había supuesto, estaba completamente saturada de trabajo.

—¿Qué quieres que haga? —preguntó lavándose primero bien las manos.

—Pelar patatas —respondió Rose con un suspiro—Y de paso vigila la pasta que aún le quedan unos minutos y procura que no se queme lo que está en el horno, es la décima hornada de pan.

Anouk se puso a pelar patatas de inmediato, mientras pensaba que aquella cocina era demasiado pequeña para dos personas. El club se llenaba a la hora de comer y con tantos clientes hambrientos su madre no podía abarcarlo todo en un espacio tan reducido. Y trabajaba sola. Necesitaba un ayudante, quizá incluso dos.

Como si alguien hubiera escuchado sus pensamientos, Bill apareció por la puerta dispuesto a ayudar.

—¿No ibas a comer con Louise y Georg? —preguntó Anouk, sorprendida de verlo allí.

—Solo fui a saludar —explicó Bill recogiéndose el pelo—Pero al ver cómo se llenaban el club no podía quedarme de brazos cruzados y como no sé servir mesas, puedo echar una mano aquí con lo que haga falta.

—Pela patatas —indicó Rose sin perder un segundo mientras le indicaba donde había un delantal—Así Anouk me ayuda con este guiso. Y cuando termine el lavavajillas, lo vacías y lo vuelves a poner con lo que vaya llegando.

Bill se puso a trabajar sin perder más tiempo sin poder evitar pensar que tendría que hablar con su padre. ¿Se había dado cuenta del volumen de trabajo que había en el club? Faltaba un camarero, sí, pero ni siquiera con uno más podrían trabajar con soltura.

No tuvo tiempo de seguir dándole vueltas. Se sumergió en el trabajo y perdió la cuenta de las patatas que había pelado y de las veces que había llenado y vaciado el lavavajillas.

El calor de la cocina era cada vez más intenso debido al calor que despedía el horno y el vapor que salía de las ollas. Rose iba de un lado a otro sin parar probando salsas, sacando bandejas del horno y dando instrucciones casi sin respirar. Bill, con las manos ya entumecidas de tanto pelar patatas, había pasado a cortar verduras mientras que Anouk removía el guiso que burbujeaba en la olla más grande.

—¡Anouk, vigila el pan! —exclamó Rose sin girarse.

—¡Voy! —respondió ella, dejando lo que estaba haciendo para abrir el horno justo a tiempo.

—Esto es peor que una maratón —murmuró Bill suspirando.

—Y sin medalla al final —replicó Anouk sacando la bandeja de pan con cuidado de no quemarse.

En ese momento, la puerta de la cocina se abrió de golpe y apareció David sudando y con el delantal manchado de cerveza.

—¿Cómo vais aquí dentro? —preguntó, aunque la respuesta era evidente.

—A punto de colapsar—contestó Rose parando lo necesario para mirarle fijamente—Necesito un par de manos extras o me va a dar algo.

—Lo sé, y fuera necesito al menos dos camareros más—murmuró David suspirando—Cuando termine este turno me pondré a reorganizar esto, no podemos seguir así.

Anouk intercambió una mirada rápida con Bill. Ambos pensaban lo mismo, por fin alguien lo decía en voz alta.

Pero no hubo tiempo para más. Desde la ventana que comunicaba con la barra se asomó Melissa para pasarles un nuevo pedido.

—Muy bien, sigamos—dijo Rose respirando hondo—Bill, pela más patatas. Anouk, corta más fina esa cebolla. Y David, si no te importa, tira esa bolsa de basura y que sea rápido.

—A sus órdenes, chef—logró bromear David entre todo ese caos.

Y se dio prisa en hacer lo que le habían pedido mientras que la cocina, una vez más, se llenaba del sonido de cuchillos, ollas y respiraciones aceleradas.

&

Mientras en la cocina todo estaba bajo control, en el embarcadero Louise y Georg disfrutaban de su comida o al menos así había sido hasta que vieron acercarse a Gustav y Natalie. No habían vuelto a saber nada de ellos desde el hospital tras el pequeño incidente con la alergia de Georg y al ver que estaban allí no dudaron en saludarlos con la mano.

—Georg, qué alegría verte —dijo Gustav tendiéndole la mano— ¿Cómo te encuentras?

Georg se puso en pie de inmediato y estrechó su mano.

—Al final todo quedó en un susto, ya estoy mucho mejor —contestó con una sonrisa.

—¿Queréis comer con nosotros? —propuso Louise.

—Claro, tenemos una comida pendiente —aceptó Natalie mientras tomaba asiento.

Gustav y Georg se sentaron también, y enseguida apareció Tom para tomar nota del pedido.

—Hoy estoy muerta de hambre—comentó Natalie repasando la carta con rapidez—Hemos nadado muchísimo.

—Yo lo tengo claro, una hamburguesa con bacon y con doble ración de patatas fritas —pidió Gustav sin molestarse en mirar la carta.

—Yo quiero una ensalada con salsa de yogur—pidió Natalie tras unos segundos.

—¿No decías que estabas hambrienta? —preguntó Gustav.

—Y lo estoy, pero tengo que cuidar la línea —replicó Natalie—No como tú, que te vas a meter una bomba calórica.

—¿Y para beber?—intervino Tom consciente de que iba a estallar una discusión de un momento a otro.

—Agua para mí, con una rodaja de limón y mucho hielo —respondió Natalie sin mirarlo siquiera.

—Yo una Coca-Cola light—pidió Gustav mirando a Natalie sonriendo—Para que luego digas que no me sé cuidar.

Natalie le dirigió una fulminante mirada mientras que Tom anotaba el pedido con rapidez en su libreta antes de dar media vuelta y dejarlos a solas para que continuaran conversando o discutiendo, con Natalie era imposible preverlo.

Se quedaron esperando en silencio a que les trajeran la comida, cada uno atrapado en sus propios pensamientos escuchando solo el murmullo del embarcadero y el golpeteo suave del lago contra los pilotes mientras la incomodidad flotaba entre ellos.

A su alrededor el resto de las mesas reían y charlaban como si nada pasara.

—¿Habéis pasado la mañana en el club? —preguntó Louise rompiendo por fin el tenso silencio.

—Quedamos con Alexander —respondió Natalie con una sonrisa—Su padre le dio permiso para salir un rato vigilado estrechamente por John, aunque estando con nosotros no hacía falta. Nadamos un buen rato y luego estuvimos…jugando un poco.

Gustav se puso tenso a su lado, no quería que Natalie diera más detalles sobre aquel juego en el que todos habían participado y tan bien se lo habían pasado. Ni Louise ni Georg lo entenderían, y no tenía ganas de escuchar sus sermones.

—¿Y cómo está Alexander? —quiso saber Georg.

—Mucho más animado por poder salir de casa y ver a sus amigos—contestó Natalie de inmediato—No creo que le haga ningún bien pasarse el día encerrado sin recibir visitas, eso en vez de ayudarle va a terminar volviéndolo loco.

—Pero podéis ir a verlo, ¿no? —señaló Louise.

—Y vosotros también, pero no queréis —añadió Natalie mirándolos fijamente—Entiendo que os hayáis puesto del lado de Bill como siempre, pero Alexander también es amigo vuestro. Aunque hayan roto él también debería sentir vuestro apoyo, sobre todo en estos momentos que tanto lo necesita.

—No empecemos otra discusión, por favor —intervino Georg enseguida—Estamos celebrando que me han dado el alta y tratando de volver a ser los amigos que éramos antes. Cada uno tiene su opinión sobre Alexander y nada de lo que diga el otro va a cambiarla.

Natalie se cruzó de brazos, decidida a no decir nada más al menos hasta que Tom regresó con la comida y empezaron a comer. Solo entonces recuperó las ganas de hablar.

—¿No te da miedo volver a comer aquí después de lo que pasó? —preguntó dirigiéndose a Georg—Quiero decir, despidieron a Paul, pero que yo sepa Rose sigue cocinando como si nada, y es ella quien ha preparado eso que te estás comiendo.

—Rose no tuvo la culpa de nada—respondió Georg con firmeza—No sabía que el plato era para mí, si lo hubiera sabido se habría asegurado de que no llevara cacahuetes.

—¿Y has pedido alguna indemnización o algo? —insistió Natalie.

—El padre de Bill se ha interesado por mi estado en todo momento —contestó con calma Georg—Y ha sido muy amable invitándome a todo lo que consuma en el club desde hoy.

—Barra libre, qué generoso —murmuró Natalie con una amplia sonrisa— ¿Eso se aplica también a nosotros?

—Ahora te arrepientes de haberte pedido una triste ensalada —bromeó Gustav entre risas justo después de darle un bocado a su hamburguesa.

Natalie le ignoró y siguió comiendo su ensalada con gesto de mártir como si estuviera sacrificándose por el bien de la humanidad y luego miró la hamburguesa de Gustav con un brillo calculado.

—¿Sabes? —dijo ladeando la cabeza—Esa hamburguesa tiene más grasa que todo lo que he comido en la última semana.

—Y aun así estás deseando probarla—murmuró entre risas Gustav.

—No, gracias —replicó al momento Natalie aunque sus ojos seguían la trayectoria de cada patata frita que él se llevaba a la boca—Estoy perfectamente con mi ensalada tan…verde.

Louise y Georg reprimieron una sonrisa, ya acostumbrados a ese juego.

—Si quieres una patata solo tienes que pedirla —comentó Gustav divertido.

—No quiero una patata, solo digo que huele demasiado bien para ser sano—dijo Natalie ofendida señalándole con el tenedor—Y que tú vas a acabar rodando por el embarcadero como sigas comiendo así.

—Pues mira, mejor rodar que vivir a base de hojas —murmuró Gustav dándole un bocado exagerado a la hamburguesa.

—Qué falta de respeto hacia tu propio cuerpo—siseó Natalie chasqueando la lengua.

Pero justo entonces, una patata frita cayó del plato de Gustav al centro de la mesa. Natalie se la quedó mirando fijamente sintiendo que la patata tenía también ojos y le estaba dirigiendo una fulminante mirada. Y mientras tanto, a su alrededor todos contuvieron el aliento.

—No la cojas —advirtió Gustav señalándola como si fuera una trampa.

—No la voy a coger —dijo Natalie muy digna.

Pero nada más terminar de hablar la cogió sin poderse contener.

—Es para que no manche la mesa —justificó antes de metérsela en la boca.

—Eres increíble, Natalie—dijo Louise entre risas.

—Lo sé —respondió ella, sin un ápice de vergüenza—Y además tengo razón, Gustav debería comer mejor.

—Y tú deberías admitir que te encantan las patatas fritas—replicó Gustav suspirando resignado.

—No me encantan —mintió Natalie limpiándose los dedos con una servilleta—Solo… las tolero.

Georg y Louise intercambiaron una mirada cómplice, la tensión inicial se había disipado siendo sustituida por ese caos habitual que siempre llevaba Natalie consigo haciendo que olvidaran todo lo ocurrido y volvieran a ser los amigos que siempre había sido.

&

Cerró la puerta de su habitación con más fuerza de la necesaria, el golpe resonó en el silencio pero no le alivió. Se quedó un momento apoyado en la madera respirando hondo como si necesitara asegurarse de que John no iba a subir tras él.

La habitación estaba en penumbra con la luz del mediodía filtrándose por las cortinas. Todo estaba en prefecto orden, la cama bien hecha, nada de ropa tirada sobre una silla y la ventana entreabierta dejando entrar el olor a césped recién cortado. Nada había cambiado… excepto él.

Se pasó las manos por el pelo, aún húmedo, y dejó escapar un suspiro largo casi tembloroso.

Lo del lago había sido un impulso. Un desafío, una necesidad de sentirse libre aunque fuera por unos minutos. Pero lo que había pasado después… eso era distinto.

Eso tendría consecuencias.

Se dejó caer en la cama mirando el techo sonriendo.

Había visto el miedo en los ojos de John.

No miedo físico, sino ese miedo más profundo que nace cuando alguien sabe que ha perdido el control. Y Alexander lo había aprovechado. Lo había usado. Y una parte de él se sentía satisfecha por ello.

«Ahora me toca a mí»— pensó con orgullo.

Tenía el control de esa casa aunque en el fondo no le gustaba la manera en la que lo había obtenido.

No quería que las cosas se volvieran así. No quería que todo se convirtiera en una guerra silenciosa dentro de su propia casa pero tampoco quería volver a sentirse vigilado, controlado y tratado como si fuera un niño pequeño.

Se incorporó lentamente apoyando los codos en las rodillas.

Tenía que pensar.

Tenía que decidir qué hacer con ese nuevo poder, con esa ventaja inesperada. Y tenía que hacerlo antes de que John recuperara el valor y decidiera hablar con su padre o éste empezara a hacer preguntas.

El sonido lejano de pasos en la planta baja lo sacó de sus pensamientos. No sabía si era Nora o John, sabía de sobra que no era ninguno de sus padres porque estaban sumergidos cada uno en sus trabajos. Pero fuera quien fuera, el mundo seguía moviéndose y él tendría que enfrentarlo tarde o temprano.

Por el momento solo necesitaba un minuto más. Un minuto para respirar y para entender en qué se estaba convirtiendo.

Se levantó de la cama con pesadez y abriendo el armario sacó la ropa que se iba a poner para comer. Entró en el baño y mientras se peinaba frente al espejo reparó en su propio reflejo. Seguía algo desmejorado después de tantos días encerrado en casa pero el breve tiempo que había pasado tomando el sol junto a Natalie empezaban a notarse. Tenía las mejillas ligeramente sonrojadas y, con una sonrisa amplia salió del baño silbando.

Bajó a comer y, tal como le había indicado a John, Nora ya le había preparado la mesa en el porche desde donde tenía unas maravillosas vistas del jardín.

Se sentó a la mesa y comenzó a comer saboreando la comida casera de Nora como si fuera un pequeño lujo cotidiano mientras dejaba que el silencio del porche y el olor del jardín le calmaran un poco.

La puerta que daba a la casa se abrió con un leve chirrido. Nora apareció con la jarra de agua entre las manos caminando demasiado recta, como si cada paso fuera medido. Lentamente levantó la mirada del plato y dejó el tenedor a un lado para observarla con más atención de la requerida,

La notaba tensa, no había más que fijarse en la forma en que apretaba los labios y en cómo sostenía la jarra con más fuerza de la necesaria antes de inclinarla para llenarle el vaso. Ni una gota cayó fuera, pero su pulso tembló apenas un instante. Lo suficiente para que Alexander lo notara.

—¿Va todo bien, Nora? —preguntó en un murmullo.

Nora respiró hondo sin atreverse a mirarlo a la cara sabiendo que algo en su gesto podía delatar cómo estaba realmente y lo nerviosa que le ponía su presencia.

—Sí, todo va bien señorito Alexander—contestó Nora en voz baja.

Alexander ladeó la cabeza, paciente. Sabía que había hablado con John y aunque no le hubiera contado con pelos y señales lo que había pasado en el lago y minutos antes en el vestíbulo sabía que Nora no era tonta y podía presentir que había pasado algo entre los dos pero su trabajo no consistía en hacerle preguntas para averiguar el qué.

—Deja la jarra y retírate—ordenó Alexander con tono seco—Y si ves a John pídele que se acuerde de lo que le dije, dile que hablaba muy en serio.

Nora se quedó quieta un segundo con la jarra aún entre las manos. No era habitual que Alexander usara ese tono con ella, lo conocía lo suficiente como para distinguir entre la brusquedad casual y la autoridad afilada. Y esa vez era lo segundo.

Depositó la jarra sobre la mesa con cuidado como si temiera que cualquier ruido pudiera empeorar la situación y bajó ligeramente la cabeza.

—Sí, señorito —dijo en un susurro.

Dio media vuelta para marcharse pero en el umbral del porche se detuvo apenas un instante. No miró atrás, aunque sus hombros tensos hablaban por ella. Había entendido el mensaje, y también que no debía insistir.

Alexander la observó retirarse con una amplia sonrisa iluminando su cara y cuando el porche volvió a quedarse en silencio tomó el vaso recién servido y bebió un sorbo dejando que el agua fría le despejara la cabeza. Había sido una mañana bastante entretenida, pero John lo había estropeado todo dejando entre ellos una tensión difícil de ignorar.

Porque en vez de sentirse molesto por ello, Alexander empezaba a ver a John con otros ojos. ¿Por qué nunca antes se había fijado en él?

Era muy apuesto, más de una vez se lo había comentado Natalie pero él al estar cegado con Bill no se había molestado en fijarse en el atractivo mayordomo que tenían sus padres en casa.

Pero lo haría a partir de entonces, al menos solo para divertirse un poco en los días que le quedaban de estar encerrado antes de que su padre viera que había cambiado y le concediera la libertad plena y absoluta.

Hasta entonces se entretendría molestando a John todo lo que pudiera sabiendo que jamás diría nada a su padre pues él podría arruinarle la vida dando otra versión mucho más distorsionada de lo que estaba ocurriendo en esa casa cuando ninguno de sus padres estaba y él se quedaba al cargo de John.

Siguió comiendo mientras disfrutaba del nuevo plan elaborado, pensando que tenia a John bien cogido y si no hacia lo que él le pedía haría que su padre le pusiera de patitas en la calle de inmediato.

Terminada la comida se levantó de la mesa sin molestarse en recoger nada. Se limpió los labios con la servilleta, la dejó caer sobre el plato y comenzó a pasear por el porche. Bajó los escalones que daban al jardín y se dirigió a una de las tumbonas situadas a la sombra dispuesto a descansar un rato mientras esperaba a que Gustav y Natalie se reunieran con él después de comer.

Llevaba el móvil encima y, en cuanto se acomodó en la tumbona, lo tomó y envió un mensaje.

«Os echo de menos»

No tuvo que esperar demasiado para recibir respuesta, acordaron verse en menos de una hora.

Sonrió, dejó el móvil a un lado y cerró los ojos suspirando mientras pensaba en cómo podrían entretenerse aquella tarde con sus amigos.

Quizás podrían divertirse un rato fastidiando a John, jugar con él hasta cansarse y luego dejarlo en paz.

Con esa idea rondándole la cabeza fue quedándose dormido poco a poco, imaginando qué podría hacerle en venganza por haberlos estado espiando mientras él y Natalie se besaban, cortándoles el momento de una forma imperdonable.

Continúa… 

Gracias por la visita. No te vayas sin comentar 🙂

por lyra

Escritora del Fandom

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!