
Fic TOLL de lyra
Capítulo 89
La comida transcurrió sin mayores contratiempos y cuando terminaron decidieron dar un paseo por la playa y buscar unas tumbonas donde acomodarse para tomar el sol. Antes de retirarse Louise entró en el club para saber algo de Bill, no había podido quedarse a comer con ellos y le echaba mucho de menos.
Se dirigió a la barra donde Melissa y David se afanaban en reponer las bebidas consumidas, recoger vasos y dejarlo todo limpio. El turno de comida ya había terminado y en el interior del club reinaba una calma agradable.
Pocas mesas seguían ocupadas y las demás estaban siendo recogidas y limpiadas por varios camareros, entre los que estaba Tom. En cuanto la vio entrar le dedicó una amplia sonrisa y se acercó.
—¿Qué tal la comida? —quiso saber Tom.
—Bien, hemos salido vivos —respondió Louise con una sonrisa— ¿Sabes dónde está Bill?
—En la cocina, echando una mano —contestó Tom suspirando—Hoy hemos tenido mucho trabajo y nos faltaba personal.
—Ya me he dado cuenta, el club está cada día más lleno sobre todo a la hora de las comidas —comentó Louise echando un vistazo a su alrededor—En verano siempre está hasta arriba aunque luego, con el mal tiempo, nadie viene a bañarse al lago y el ritmo baja.
—¿Hace mucho que tú y Georg venís? —preguntó Tom, muy interesado.
—Desde que éramos niños —respondió Louise sonriendo—Mucho antes de que lo comprara el padre de Bill.
—Entonces habéis conocido el club en sus inicios—comentó Tom apoyándose en una mesa ya limpia.
—Antes era solo una caseta vieja con cuatro sillas y un embarcadero medio roto—exageró Louise entre risas—Pero para nosotros era el paraíso igualmente.
Tom sonrió al escuchar sus palabras como si intentara imaginarse algo así.
—El padre de Bill se esforzó muchísimo en transformarlo en lo que ves ahora —explicó Louise—Vio un filón en el club y, con el tiempo, quiso convertirlo en un lugar donde los jóvenes pudiéramos disfrutar del sol y del lago. Aunque, si te soy sincera, creo que lo hizo sobre todo para que Bill tuviera un sitio donde divertirse y encontrar la tranquilidad que le falta en casa.
Tom asintió en silencio, sabía perfectamente a lo que se refería. Allí Bill tenía esa libertad que desde niño le fue negada en su propia casa.
—Supongo que por eso os lleváis tan bien con Bill—comentó suspirando—Habéis crecido juntos.
—Nuestros padres son amigos y nosotros también debíamos serlo—dijo Louise sonriendo—Pero con Bill es distinto, tanto Georg como yo siempre vimos lo frágil que es y lo mucho que necesitaba alguien en quien poder confiar ciegamente y contar sus problemas y secretos.
Tom se la quedó observando por unos segundos con una mezcla de curiosidad y algo que parecía admiración.
—Se nota —dijo al fin—Cuando está con vosotros es como si se olvidara del resto del mundo.
Louise sintió un leve calor en las mejillas, aunque intentó disimularlo con una sonrisa tranquila.
—Bill no es así con todos —confesó en un susurro—Le cuesta abrirse y que se vea cómo es realmente, pero contigo no ha tenido problema alguno.
Tom sonrió ante sus palabras, era verdad que Bill le había confesado retazos de su vida compartida con Alexander donde le había dejado ver lo mal que había sido tratado y cuánto le costaba hablar de eso para pedir la ayuda que necesitaba.
Antes de que pudieran seguir hablando, Bill apareció. Salió de la cocina y se les quedó mirando con un gesto claramente cansado.
—¡Bill! —lo llamó Louise muy emocionada—He venido a ver si puedes escaparte un rato con nosotros a las tumbonas.
—Creo que sí… mi turno terminó hace una hora —murmuró Bill suspirando.
Se acercó a ellos y saludó a Tom con un beso breve en los labios. Llevaban horas sin verse y había echado de menos el sabor de sus labios.
—¿Te reúnes luego con nosotros? —preguntó aún con la respiración un poco temblorosa tras el beso.
—Claro, aprovecha para descansar y darte un baño en el lago —dijo Tom sonriendo.
—Entonces voy a cambiarme de ropa —murmuró Bill.
Se dirigió al almacén y los dejó conversando mientras entraba en el vestuario para cambiarse.
En el embarcadero, Georg y Gustav charlaban animadamente, mientras Natalie revisaba en su móvil el mensaje que acababa de recibir de Alexander.
«Os echo de menos.»
No dudó en responderle de inmediato, acordando verse en media hora. Después guardó de nuevo el móvil en el bolso.
—Cambio de planes —anunció poniéndose en pie—Gustav y yo tenemos otra cosa mucho mejor que hacer.
Gustav se la quedó mirando sin entender. Ya habían hecho planes con Louise y Georg para recuperar el tiempo perdido, hacía mucho que no se reunían todos para disfrutar de una tarde tranquila. Incluso iba a estar Bill, quien pese a saber que Alexander y él le habían estado engañando, parecía dispuesto a olvidarlo por una tarde.
—¿Cómo que otra cosa mejor que hacer? —preguntó Georg extrañado.
Natalie se colocó bien las gafas de sol antes de contestar como si ese gesto pudiera darle más autoridad.
—Alexander nos reclama—dijo simplemente como si eso lo explicara todo.
No hizo falta que explicara nada más, Gustav se puso en pie al momento esbozando una amplia sonrisa.
—¿De verdad vais a dejarnos plantados por Alexander? —preguntó Georg sin poder contenerse—Habíamos quedado en pasar la tarde juntos como en los viejos tiempos.
—Pues lo siento—murmuró Natalie sin sonar realmente arrepentida—Te recuerdo que lleva encerrado en casa desde hace días y no puede salir. Hoy su padre ha hecho una excepción y a saber cuando le podrá volver a dejar salir. Ahora mismo nos necesita y me apetece más pasar la tarde con él.
—Podéis venir si queréis —propuso de repente Gustav—A Alexander le haría mucha ilusión que todos sus amigos fueran a verle.
Natalie le lanzó una mirada fulminante por encima de las gafas de sol. ¿Para qué los invitaba? Con ellos la tarde sería todo un aburrimiento, los tres solos se lo pasaban mucho mejor con sus divertidos e improvisados juegos.
—Ya iremos a verle en otra ocasión—contestó Georg para su alivio—Hoy ya hemos hecho planes y no creo que a Bill le haga mucha gracia cambiar el lago por la piscina de Alexander.
—Pues entonces nos vemos otro día —se despidió Natalie con tono cortante antes de que Gustav pudiera añadir algo que los hiciera cambiar de opinión.
—Mañana Louise y yo pasaremos el día en el lago, como hacíamos siempre —informó Georg.
—Pues ya nos veremos, si eso… depende de lo que planeemos con Alexander —murmuró Natalie—Despídenos de Bill y Louise, y gracias por la invitación a comer.
Georg asintió y los observó alejarse por el embarcadero en dirección al parking. Cuando desaparecieron entre la gente se quedó con una sensación amarga en el pecho, aquellos minutos que habían compartido le parecieron un espejismo, un intento fallido de recuperar algo que ya no existía.
Estaba claro que con la separación de Bill y Alexander el grupo también se había fragmentado, y aunque nunca había disfrutado demasiado de la compañía de Gustav y Natalie echaba de menos aquella época en la que todos eran un grupo unido capaz de pasar el día entero a orillas del lago sin pensar que fuera a pasar algo que les hiciera separarse.
&
Minutos después Bill salía del vestuario con su bañador puesto, una camiseta ligera y una toalla del club colgada al hombro. Se dio prisa en reunirse con Louise y tras despedirse de Tom con un profundo beso echó a andar junto a ella por el club en dirección al embarcadero.
—Espero que no te importe que estén Gustav y Natalie —comentó Louise arrugando la frente.
—Sí me importa —admitió suspirando Bill—Pero sé que no puedo pediros que elijáis entre ellos o yo.
—Georg y yo nos encargaremos de que Natalie no te diga ni haga nada que te incomode —prometió con firmeza Louise.
Aún recordaba la conversación que había tenido con Bill, cuando él le contó cómo Natalie se le había insinuado al ir a ver a Alexander. Había sido un momento muy incómodo y desagradable, y Louise esperaba que no volviera a repetirse.
Al salir al embarcadero ambos sintieron alivio al ver a Georg sentado a solas con la mirada perdida en la lejanía. No había rastro de Gustav ni de Natalie, aunque no imaginaban que se hubieran marchado por una discusión surgida entre ellos.
—¿Georg? —llamó Louise, extrañada.
Georg se puso en pie al momento y les dedicó una sonrisa.
—Nos han abandonado —explicó por encima respondiendo a la pregunta silenciosa de ambos—Parece que les han ofrecido un plan mejor para pasar la tarde.
No hacía falta decir quién había sido la persona que les había ofrecido ese «plan mejor», el nombre de Alexander flotaba en el aire sin necesidad de pronunciarlo.
—Pues ellos se lo pierden —dijo con firmeza Louise —Y nosotros estaremos mucho más tranquilos. Vamos a buscar unas buenas tumbonas con vistas privilegiadas al lago y darnos un buen baño.
—Me ha parecido ver a mi primo y a sus amigos cerca de las boyas —añadió Georg sonriendo—Podríamos ir con ellos; son una compañía mucho más agradable que Gustav y Natalie.
Louise asintió y se cogió de su mano dirigiéndole a Bill una mirada viéndole asentir con un leve gesto, visiblemente aliviado de no tener que pasar la tarde en compañía de Gustav y Natalie.
Minutos después, Bill tomaba el sol plácidamente en su tumbona con los ojos cerrados después de haber disfrutado de un agradable baño junto a Georg y Louise. Peter y Helen se les habían unido, y en esos momentos jugaban a las palas a orillas del lago con Louise y Georg observando desde sus tumbonas y comentando el partido animadamente.
—Vamos Peter, te estás dejando ganar —bromeó Georg entre risas.
—¿Quieres probar tú? —replicó Peter tendiéndole la pala.
—Nada de esfuerzos—intervino Louise con rapidez—Georg está aún convaleciente, tendrás que ganar tú solito a Helen… y admitir que te está dando una buena paliza.
—No pienso admitirlo —protestó Peter desde la orilla, aunque su sonrisa lo delataba.
Se sumergió de nuevo en el juego sintiendo que Louise tenía razón y Helen le estaba machacando sin piedad.
—¡Eso es, Helen! —dijo Louise aplaudiendo cuando la pelota pasó rozando el borde de la pala de Peter.
En ese momento unas sombras se proyectaron sobre ellos. Bill abrió un ojo y vio a Tom acercarse con su bandeja en las manos sobre la que llevaba una jarra de limonada bien fría y varios vasos.
—Servicio especial para mis clientes favoritos —anunció.
—Justo lo que necesitaba, muchas gracias Tom —dijo Louise con una amplia sonrisa desde su tumbona.
Tom le devolvió la sonrisa y dejando la bandeja sobre la mesa comenzó a servir la limonada. En ese momento Peter pidió tiempo muerto y se acercó sediento a por su vaso seguido de Helen.
—¿Te apetece una partida, Tom? —lo invitó Helen.
—Más tarde… todavía me quedan casi dos horas de trabajo—contestó Tom suspirando.
—Una pena, porque Peter ya se siente derrotado —bromeó Helen entre risas.
Louise y Georg se echaron a reír también mientras mientras que Peter lanzaba a su novia una mirada indignada y Tom se dejaba caer en la tumbona de Bill y, sin pedir permiso, le tomó el vaso de limonada de las manos para echar un trago.
—¿Puedes beber en horas de trabajo?—preguntó Bill con una sonrisa divertida.
—Estoy en mi descanso —aclaró Tom dejando la bandeja en la mesita entre las tumbonas—Ya lo necesitaba, según Melissa parezco un alma en pena cuando no estás cerca.
Bill se sonrojó apenas, aunque trató de disimularlo recuperando su vaso y llevándoselo a los labios.
—Melissa siempre exagera—murmuró antes de dar un trago.
Cuando terminó dejó el vaso en la mesita y se acomodó de nuevo en la tumbona con Tom sentado a su lado inclinado hacia él de forma natural.
El resto del grupo estaban a lo suyo. Peter y Helen retomaron la partida entre risas mientras que Louise comentaba algo con Georg, y el sol envolvía a todos en un resplandor dorado que hacía que el tiempo pareciera más lento.
Tom bajó un poco la voz, lo justo para que solo Bill pudiera oírlo.
—Te hacía falta desconectar —susurró observándolo con una mezcla de ternura y cansancio compartido.
—Sí… —admitió Bill suspirando—Hoy ha sido un día muy largo.
—No lo decía solo por hoy —aclaró Tom mirándolo fijamente—Hacía mucho que no pasabas una tarde tranquila con tus amigos. Necesitabas desconectar del club… y de todo lo que te ha pasado en tan poco tiempo.
Bill se le quedó mirando en silencio dándole la razón mientras pensaba que en apenas unos días su vida había dado un gran cambio.
Había descubierto que era adoptado.
Había descubierto que Alexander le engañaba había y roto con él de inmediato.
Había empezado una nueva relación con Tom que era lo mejor que le podía haber pasado y eso había desembocado en una falsa acusación de abuso de la que Tom solo pudo quedar libre cuando su padre demostró que él también era menor de edad.
Y en esos momentos le tenía viviendo en su casa bajo la tutela de su padre que había prometido remover cielo y tierra para encontrar cualquier pista que le indicara el paradero de su hermano gemelo.
Sí, se había ganado esa tarde de descanso con creces.
El ambiente a su alrededor seguía siendo el mismo con risas a lo lejos, el chapoteo suave del agua y el sol tibio sobre la piel. Pero entre ellos dos algo había cambiado, el mundo parecía haberse quedado un poco más quieto como si el verano contuviera el aliento para no interrumpirlos.
Tom bajó la mirada hacia las manos de Bill aún frías por la limonada y luego volvió a sus ojos. No había prisa ni tensión, solo una sinceridad tranquila que pocas veces podían permitirse.
—Has pasado por demasiado en muy poco tiempo—empezó a decir en voz baja, casi un susurro que solo Bill podía oír—Y aun así sigues aquí intentando sonreír.
Bill tragó saliva sorprendido por lo mucho que le afectaban esas palabras. No era solo lo que Tom decía, sino cómo lo decía sin dramatismo, sin pena y sin intentar salvarlo.
Solo reconociendo su cansancio, su esfuerzo y su vulnerabilidad.
—No sé cómo habría podido hacerlo sin ti a mi lado—confesó Bill sin apartar la mirada.
Tom sonrió, pero no fue una sonrisa amplia ni juguetona. Fue una de esas sonrisas pequeñas e íntimas que nacen del pecho y no de los labios.
—No tienes que hacerlo tú solo —dijo con firmeza—Ya no.
Bill sintió un nudo cálido en la garganta que no era tristeza sino alivio. Era la sensación de que, por primera vez en mucho tiempo, alguien lo veía de verdad.
Tom estiró lentamente la mano como si le estuviera dando tiempo a apartarse si lo necesitaba. Pero Bill no se movió, y cuando los dedos de Tom rozaron los suyos, fue un contacto mínimo y casi imperceptible pero suficiente para que Bill sintiera que algo dentro de él se aflojaba.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta de ti? —preguntó Tom de repente sin apartar la mano.
Bill negó suavemente con la cabeza.
—Que incluso cuando estás roto, sigues intentando cuidar de los demás —dijo Tom mirándole fijamente—Y yo solo quiero que alguien cuide de ti también.
Bill cerró los ojos un instante dejando que esas palabras lo envolvieran como el sol. Cuando los abrió de nuevo Tom seguía ahí, tan cerca que podía sentir su respiración mezclarse con la suya.
—Gracias —susurró Bill.
Y no era una respuesta automática, era un agradecimiento profundo y sincero que llevaba días queriendo salir.
Tom apretó un poco más su mano con suavidad sin reclamar nada más.
—No tienes que darme las gracias —murmuró—Solo dejarme estar contigo.
Y Bill lo hizo.
No con un gesto grandioso, sino inclinándose apenas hacia él lo suficiente para que sus hombros se rozaran, para que el silencio entre ellos se volviera cómodo e íntimo, lleno de una promesa que ninguno necesitaba poner en palabras.
El mundo seguía su curso alrededor, pero para ellos por un momento todo se redujo a ese pequeño espacio compartido en una tumbona y a la certeza tranquila de que no estaban solos.
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Alexander abrió los ojos justo cuando la brisa cambiaba de dirección, trayendo consigo el murmullo de pasos sobre el césped. Aún estaba medio adormilado cuando escuchó el leve carraspeo de Nora anunciando su tímida presencia.
—Señorito Alexander —llamó Nora en voz baja—El señorito Gustav y la señorita Natalie acaban de llegar.
Alexander se incorporó lentamente en la tumbona al tiempo que se estiraba como si quisiera sacudirse la modorra y de paso el mal humor que John le había dejado horas antes.
—Perfecto —respondió acomodándose el cabello con un gesto impaciente—Acompáñalos hasta aquí.
Nora asintió y dando media vuelta fue a buscar a los invitados para conducirlos de nuevo hasta donde Alexander se encontraba.
—Prepáranos la merienda, Nora —ordenó Alexander sin suavizar el tono—Y dile a John que quiero que sea él quien la sirva.
Nora se quedó en su sitio un instante. No lo miró, pero el leve endurecimiento de sus hombros lo decía todo. Entendía perfectamente el mensaje, y también que no era el momento de cuestionarlo.
—Como usted ordene, señorito —respondió antes de desaparecer de nuevo hacia el interior de la casa.
Alexander dejó escapar una sonrisa lenta casi perezosa mientras se acomodaba en la tumbona. La tarde prometía ser entretenida, y si John tenía que pagar un poco por su intromisión en el lago… bueno, tampoco era el fin del mundo.
Gustav y Natalie tomaron asiento observándole ambos con una expresión extraña, como si intentaran descifrar qué se traía entre manos.
—¿John va a ser nuestro camarero? —preguntó Natalie con una sonrisa divertida— ¿Me he perdido algo?
—Solo quiero darle una lección —respondió Alexander sin molestarse en disimular—Así aprenderá a no interrumpir cuando no debe.
—No te pases con él, que luego irá corriendo a contárselo a tu padre—murmuró resoplando Gustav.
—No lo hará —replicó Alexander con firmeza—Ya le he dejado claro lo que puede pasar si lo hace. A partir de ahora va a hacer todo lo que yo quiera sin rechistar y me cubrirá cada vez que quiera salir de casa sin su molesta sombra detrás.
En ese momento John apareció por el sendero del jardín con una reluciente bandeja de plata entre las manos, impecable como siempre aunque Alexander no pasó por alto la rigidez en sus hombros ni la forma en que evitaba mirarlo directamente.
Perfecto.
Justo lo que quería.
Le vio dejar la bandeja sobre la mesa baja que había entre las tumbonas con un gesto medido casi ceremonioso.
—La merienda, señorito Alexander —murmuró John con esa voz neutra que usaba cuando estaba molesto pero no podía permitirse el lujo de demostrarlo.
Alexander se acomodó en la tumbona cruzando una pierna sobre la otra con una calma exagerada.
—Gracias, John. Aunque… —empezó a decir alargando la frase a propósito, disfrutando del leve parpadeo nervioso del mayordomo—Creo que te has olvidado de algo.
John se puso tenso sin poder evitarlo haciendo que Gustav y Natalie intercambiaran una mirada divertida.
—¿De qué, señorito? —preguntó luchando por contenerse.
Alexander señaló la bandeja con un gesto perezoso.
—Las servilletas—contestó Alexander señalando la bandeja con un gesto perezoso— Ya sabes que a Natalie le gusta tener una doblada en el regazo. Y Gustav… bueno, Gustav es un desastre comiendo.
Gustav soltó una carcajada encantado de ser parte del juego.
—Es verdad, John, soy todo un peligro —añadió dándole cuerda a Alexander.
—Disculpe, iré a por ellas ahora mismo—murmuró John dando media vuelta dispuesto a cumplir la orden.
Alexander levantó una mano, deteniéndolo.
—Espera—le detuvo Alexander levantando una mano—Esta vez asegúrate de que combinen con la sombrilla, no quiero que mis invitados piensen que en esta casa no sabemos coordinar colores.
Natalie se tapó la boca para no reírse. John, en cambio, parecía debatirse entre la obediencia y el orgullo herido.
—Por supuesto, señorito—respondió al fin inclinando la cabeza antes de retirarse.
Cuando desapareció por la puerta del porche, Alexander dejó escapar una sonrisa satisfecha.
—Esto va a ser divertido —murmuró, lo bastante alto para que sus amigos lo oyeran.
Esperaron expectantes hasta que John regresó al cabo de unos minutos, esta vez con las servilletas perfectamente dobladas y, por supuesto, combinando con la sombrilla azul cielo bajo la cual descansaban. Las colocó una a una frente a cada invitado con una precisión casi exagerada. Alexander no se movió, solo lo observaba recostado en la tumbona disfrutando del espectáculo.
Natalie fue la primera en reaccionar. Se inclinó hacia Gustav para hablarle en su oído.
—Está a punto de explotar—murmuró lo bastante alto para que tanto Alexander como John lo oyeran.
—John siempre ha tenido mucha paciencia —comentó divertido Gustav sin molestarse en disimular—Pero Alexander tiene talento para ponerla a prueba.
John, que claramente lo había escuchado todo, apretó la mandíbula antes de enderezarse.
—¿Hay algo más que desee, señorito Alexander? —preguntó con una cortesía tan tensa que casi sonaba a amenaza envuelta en terciopelo.
Alexander ladeó la cabeza, como si estuviera evaluando la pregunta. Luego, con una calma provocadora, señaló la jarra de limonada.
— ¿Estás esperando que nos sirvamos nosotros mismos, John?
El silencio que siguió fue delicioso. John parpadeó una vez muy despacio como si necesitara procesar la orden. Natalie se mordió el labio para no reírse y Gustav directamente se llevó una mano a la boca.
John obedeció al momento. Tomó la jarra y sirvió primero a Natalie, luego a Gustav, y por último a Alexander. Cada movimiento era impecable, pero la tensión se podía cortar con un cuchillo.
Cuando terminó, Alexander sonrió con una suavidad casi inocente.
—Gracias, John. Ahora ya puedes retirarte.
John inclinó la cabeza, rígido, y se marchó sin decir nada más.
Apenas desapareció por la puerta del porche Natalie soltó una carcajada.
—Alexander, en serio… ¿qué le has hecho?—preguntó sin dejar de reír.
—Si sigues así, mañana te envenena el desayuno—añadió Gustav también entre risas.
La tensión seguía vibrando en el aire pero mezclada con diversión. Alexander, satisfecho, se acomodó en la tumbona como quien acaba de mover la primera pieza de un juego que piensa ganar.
—Lo tengo comiendo de mi mano —murmuró muy satisfecho.
—¿Por qué? —preguntó Natalie inclinándose hacia él— ¿Te ha amenazado con contarle a tu padre que te has escapado en el lago y ahora te estás vengando?
—Exactamente —respondió Alexander sin molestarse en suavizarlo—Además, tú y yo estábamos pasando un buen rato y él decidió arruinarlo. No es quién para echarme ninguna bronca así que le di la vuelta al asunto, le dije que si se le ocurría decirle algo a mi padre yo contaría mi propia versión de que nos estaba espiando mientras nos besábamos y se estaba tocando.
— ¡No jodas!—soltó Gustav entre risas— ¿Y John se ha creído tus amenazas?
Alexander soltó una risa breve, casi incrédula.
—¿Qué si se lo ha creído? —negó con la cabeza, divertido—No solo se lo ha creído, se ha puesto blanco.
Gustav levantó las cejas, impresionado.
—¿Tanto?
—Tanto —confirmó Alexander sonriendo con aire victorioso—John vive para quedar bien con mi padre. La idea de que yo pueda decir que estaba espiándonos en un momento tan delicado lo aterra, no sabe con certeza si mi padre me creería o no pero tampoco quiere arriesgarse.
Natalie se echó hacia atrás, riéndose.
—Pobre hombre, debe de estar ahora mismo repasando mentalmente cada cosa que ha hecho hoy.
—Exacto —añadió Alexander disfrutando del efecto—Y mientras esté ocupado temiendo por su puesto, yo puedo manejarlo como quiera.
—Eres terrible—dijo Gustav sin dejar de reír.
—No —corrigió Alexander esbozando lentamente una sonrisa —Solo estoy equilibrando la balanza.
Natalie alzó su vaso con una sonrisa traviesa, el brillo en los ojos dejando claro que estaba disfrutando más de la situación de lo que admitiría en voz alta.
—Brindemos —dijo levantando la limonada—Por Alexander y sus juegos, que nunca terminen.
Gustav chocó su vaso con el de ella, divertido.
—Mientras no nos metas a nosotros en tus venganzas, yo me apunto —comentó, aunque la risa lo delataba.
Alexander levantó su propio vaso con una calma casi teatral, disfrutando del momento.
—No prometo nada —respondió con esa media sonrisa que siempre anunciaba problemas—Pero admito que hoy estoy especialmente inspirado.
El tintineo de los vasos se mezcló con la brisa del jardín, y por un instante todo quedó suspendido en esa mezcla de complicidad, tensión y diversión que solo ellos tres sabían manejar.
&
Apoyado en la barandilla de la terraza del embarcadero David observaba el entorno con el ceño fruncido. Desde donde estaba podía divisar a Tom cómodamente relajado sentado en una de las tumbonas junto a Bill mientras disfrutaba de su descanso. No podía reprochárselo, estaba en su derecho pero él mismo había prometido mantenerlo lo más alejado posible de Bill.
Por eso le había pedido que fuera él uno de los camareros que cubriera el turno de Paul hasta encontrar un sustituto recurriendo a la absurda excusa de que algunos compañeros se habían quejado de un supuesto favoritismo. Nada más lejos de la realidad, no hacía más que recibir elogios y buenas palabras sobre su esfuerzo y su dedicación.
Tom era un buen camarero, y lo estaba demostrando con creces.
Pero por el momento tenía que seguir con aquel plan, Jörg se lo había pedido desesperado.
Como si le leyera el pensamiento, sintió el móvil vibrar en su bolsillo. Lo sacó de inmediato y vio el nombre de Jörg en la pantalla. Contestó mientras entraba en el club y se dirigía a su despacho buscando algo de intimidad.
—¿Has cambiado de opinión? —preguntó David mientras avanzaba por el local.
—No, sabes que prefiero no arriesgarme —respondió Jörg al otro lado.
—¿Y si ha habido un error? —insistió David—Deberías estar completamente seguro antes de tomar una decisión tan drástica.
—Por eso he pedido una segunda prueba, esta vez con mayor precisión —replicó Jörg—La primera se hizo con demasiada rapidez, quiero que esta vez se tomen todo el tiempo necesario y sea lo más detallada posible.
—Y mientras tanto quieres que mantenga a Tom ocupado para que él y Bill no pasen tanto tiempo juntos —murmuró David suspirando.
—Es una idea absurda, lo sé —admitió Jörg agotado—Pasan casi todo el día juntos en el club, y por la noche sus habitaciones están una frente a la otra. No hay que ser muy listo para imaginar lo que puede estar ocurriendo en una de ellas cuando deberían estar dormidos. Es mi casa, estoy enterado de todo lo que pasa en ella.
David cerró la puerta del despacho con el pie dejando fuera el murmullo del club. Se apoyó en el borde del escritorio masajeándose el puente de la nariz mientras escuchaba la respiración agitada de Jörg al otro lado de la línea.
—No puedes vigilarles eternamente —dijo con suavidad, aunque sabía que esa frase solo podía ponerle más tenso de lo que ya lo estaba.
—No es vigilar —replicó Jörg al momento—Es… proteger. No quiero que ninguno de los dos salga herido, sobre todo Bill.
—Te estás adelantando a algo que ni siquiera sabes si es real—apuntó David.
—Precisamente por eso necesito más tiempo —murmuró Jörg—Hasta que tenga los resultados definitivos no puedo permitir que esto se descontrole.
David apoyó la cabeza contra la pared, mirando el techo como si allí fuera a encontrar una solución.
—¿Y qué esperas que haga si empiezan a sospechar?—quiso saber— Tom no es tonto. Y Bill… Bill es demasiado transparente.
—Lo sé —admitió Jörg agotado—Pero confío en ti. Solo…intenta mantenerlos separados el máximo tiempo posible.
David apretó los labios. Desde el principio había prometido ayudar en todo lo que pudiera pero cada vez se sentía más como si estuviera manipulando piezas que no le pertenecían.
—Está bien —cedió al fin—Haré lo que pueda.
Escuchó al otro lado a Jörg respirar aliviado, como si hubiera estado conteniendo el aire desde el principio de la llamada.
—Gracias, de verdad—murmuró Jörg.
—No me las des todavía —respondió David mirando por la ventana hacia la playa donde Tom seguiría disfrutando de la compañía de Bill—Esto va a complicarse más de lo que crees.
—Cuando todo esto termine, prometo que te recompensaré —dijo Jörg con firmeza.
Aquellas palabras le arrancaron una sonrisa. Apartó la mirada de la ventana y se sentó frente al ordenador encendiéndolo con un gesto automático. Abrió una carpeta privada a la que solo él tenía acceso y entre todos los documentos que allí había encontró el que buscaba. Abrió uno de los archivos y al momento apareció en la pantalla una foto de ambos tomada el año anterior.
Recordaba perfectamente aquel viaje que hicieron a las Maldivas cuando Jörg se tomó unos días libres y pudieron escaparse juntos. Allí habían podido amarse sin reservas, sin esconderse como siempre hacían. Extrañaba profundamente esa libertad de disfrutar de su compañía sin vigilar cada gesto, sin temer que alguien notara una mirada demasiado directa, una sonrisa compartida o la caricia fugaz de una mano sobre otra.
—¿Sigues ahí? —preguntó Jörg sacándolo de sus pensamientos.
—Estaba en las nubes—contestó suspirando David— ¿Crees que mañana podrás escaparte a nuestro apartamento? Necesitas relajarte, y sabes que yo puedo ayudarte con eso.
—Suena tentador. No te prometo nada, pero lo intentaré —dijo Jörg sonriendo—Tengo que dejarte, David. Me esperan para una reunión y ya voy tarde.
—Te quiero —se despidió David sin apartar la mirada de la foto en la pantalla.
—Yo también te quiero mucho —respondió Jörg antes de colgar.
David también colgó y se guardó el móvil en el bolsillo de nuevo. Se quedó mirando la foto mientras sentía el peso de la decisión tomada en su pecho.
Luego apagó el ordenador, se puso en pie y salió del despacho.
El ruido del club volvió a envolverlo, cálido y familiar, pero él caminó directo hacia la terraza con una determinación que no sentía del todo propia.
Desde allí dirigió la mirada hacia donde Bill y Tom estaban, viendo a Bill levantarse de la tumbona mientras se estiraba con pereza y a Tom a su lado mirándolo con una sonrisa que no tenía nada de profesional.
David tragó saliva.
Aquello iba a ser un desastre.
Y él estaba justo en medio.
Continúa…
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