Incomplete 9

Incomplete 9

Fic TOLL de lyra

Capítulo 9

Salieron de la piscina antes de que se les hiciera tarde. Era la primera vez que habían mantenido una conversación de verdad, Bill sentía que se había desahogado y quitado un gran peso de encima.

Y también había sentido que por primera vez Alexander le había escuchado no sólo con los oídos, sino con el alma mostrándole su comprensión y apoyo. No había más que recordar el beso que le había dado cuando dieron la conversación por finalizada, suave y casto, sin esperar que sucediera nada más después.

Y por primera vez, Bill creyó que tal vez no estaba tan solo como se imaginaba.

Salió del agua y recogiendo una de las toallas perfectamente dobladas al pie de una de la tumbona se la entregó a Alexander quien la aceptó con una amplia sonrisa, ajustándosela a la cadera mientras veía que Bill coger otra para él y se envolverse en ella dándole la espalda.

Entonces su sonrisa se desvaneció de inmediato. La conversación que habían tenido había sido muy honesta, Bill le había abierto su corazón y Alexander le había escuchado. Pero cuando Bill le pidió con firmeza que dejara de empujarle y respetara sus tiempos…cuando en resumen le pidió que cambiara su actitud, Alexander abrió los ojos y al fin despertó.

No por dolor, sino por orgullo.

¿Quién demonios se creía Bill que era para exigirle nada?

¿Acaso él le exigía que dejara de ser tan melodramático?

Que superara de una vez por todas sus traumas familiares. Ya no era un niño para ir llorando por los rincones por un padre que le ignoraba y una madre lo asfixiaba con sus exigencias y expectativas.

Alexander no lo quiso decir en voz alta, pero si que lo pensaba. Y en ese pensamiento, Bill dejaba de ser el chico vulnerable que lo conmovía… y volvió a ser el problema que no quería resolver.

—Alexander, me había parecido que eras tú.

La fría y a la vez educada voz de Simone Kaulitz interrumpió sus pensamientos como una ráfaga de aire frío. Era cortés, sí, pero también distante. Educada en la forma, helada en el fondo.

Alexander se volvió con rapidez y recuperó su sonrisa, esa que sabía usar como escudo. Se mostró impecable con su postura recta, tono amable y mirada serena. El chico perfecto.

—Buenas tardes señora Kaulitz—saludó Alexander— ¿Ha visto el buen tiempo que ha hecho hoy?

—Maravilloso —respondió Simone sin alterar el gesto— ¿Qué tal están tus padres?

—Muy bien, ¿y ustedes?— preguntó Alexander a su vez.

Bill lo observaba en silencio, reconociendo en Alexander esa habilidad para decir siempre lo correcto y encajar en cualquier conversación como si fuera parte del mobiliario. Su madre lo toleraba pero no lo aceptaba. Fingía cordialidad, como quien soporta una visita incómoda por educación.

Y Alexander lo sabía. Pero aún así entraba al juego con su papel bien aprendido. El del chico educado, refinado y digno de ser presentado en sociedad. Porque en ese juego de apariencias, todos sabían sus líneas. Y nadie decía lo que realmente pensaba.

— ¿Quieres quedarte a cenar?—invitó Simone, con una cortesía inesperada que dejó a Bill desconcertado—Hoy Greta nos está haciendo su maravilloso asado de cerdo con salsa de piña.

—Será un placer—aceptó Alexander con naturalidad—Me encanta todo lo que lleve piña.

—Le diré a Greta que ponga un plato más—dijo Simone a modo de despedida.

Bill permaneció en silencio, observando la escena con una mezcla de sorpresa y resignación. Su madre, que apenas toleraba la presencia de Alexander, acababa de invitarlo a cenar. Y Alexander como siempre había sabido decir justo lo necesario para quedar bien. Era como si jugara un papel que dominaba a la perfección, mientras Bill seguía sintiéndose fuera de lugar incluso en su propia casa.

La vieron marcharse en silencio, y apenas hubo cruzado el umbral de la casa, Alexander soltó una carcajada contenida, como si se hubiera estado aguantando desde que viera aparecer a su madre.

—Odias la piña—apuntó Bill ajeno a sus risas.

—¿Y qué? No iba a quedar mal delante de tu madre—dijo Alexander encogiéndose de hombros entre risas.

Bill lo miró de reojo envuelto aún en su toalla, como si intentara descifrar si hablaba en serio o si todo era parte de su eterno juego de apariencias.

—Vamos, tenemos el tiempo justo de ducharnos antes de la cena—murmuró Bill suspirando—Ya sabes que mi madre no tolera los retrasos.

—Entonces, mejor que nos duchemos juntos para ahorrar tiempo—dijo Alexander sin perder esa sonrisa que parecía hecha para desarmar cualquier resistencia—No hagamos esperar a tu madre, y así…podemos terminar lo que empezamos en la piscina.

Bill sintió cómo se le secaba la garganta, Alexander volvía a ser el mismo de siempre. Dominante, esperando que todo se hiciera como él quería.

Y él… tenía que volver a ceder. Como tantas veces.

Como si no supiera cómo decir que no.

No quería, no era el momento. Lo que necesitaba en esos momentos era espacio y respeto . Pero las palabras no le salieron y una vez más tuvo que ceder en silencio.

Y Alexander sabía muy bien cómo moverse entre sus dudas, cómo disfrazar el deseo de ternura…cómo hacer que Bill se sintiera culpable por resistirse.

Era manipulador.

Y Bill, por más que lo reconociera, seguía dejándose llevar.

&

Recogieron las mochilas que habían llevado al lago y entraron en la silenciosa casa. Subieron directamente al primer piso donde estaba la habitación de Bill y la de los invitados separadas por un pasillo largo y perfectamente iluminado. Sus padres dormían en la planta superior, en habitaciones separadas para ser más exactos.

Un detalle que siempre había llamado la atención de Bill aunque nunca se atrevió a preguntar. Alguna vez escuchó a su padre justificarlo comentando que con lo tarde que llegaba a casa de trabajar no quería molestar a su madre y que era por eso.

Pero Bill intuía que había algo más.

Algo que se escondía entre las paredes de esa casa, como los silencios que les rodeaba cada vez que se sentaban juntos a comer o a cenar.

Abrió la puerta de su habitación y entró en ella sabiendo que Alexander seguía cada uno de sus pasos. Abajo su madre se pensaba que usaría el baño de una de las habitaciones de invitados, no se le pasaba por la cabeza que iban a compartir ducha porque él una vez más no sabía como imponerse y negarse.

—Siempre me he preguntado porqué tus padres tienen habitaciones separadas—comentó Alexander dejando la puerta bien cerrada tras él.

Era un dato que conocía Alexander por su madre, Simone le habría hecho un comentario a Eleonore Vandael en confidencia y su madre no había perdido el tiempo en soltárselo.

—Desde que tengo memoria—murmuró Bill, pensando si alguna vez le había hablado él del tema—Pero nunca hablan de eso.

Alexander asintió, como si entendiera, aunque Bill sabía que no lo hacía. Nadie entendía realmente lo que pasaba en esa casa. Ni siquiera él mismo.

Se acercó a la ventana y la abrió dejando que el aire fresco de la tarde entrara y disipara un poco la tensión. Fuera el jardín parecía inmóvil, como si el tiempo se hubiera detenido justo ahí entre los setos perfectamente recortados y las luces tenues que empezaban a encenderse.

—Siempre me ha encantado tu casa—comentó Alexander a su espalda —Es…bonita

—Sí, bonita y fría—murmuró de nuevo Bill—Como todo aquí.

Alexander se acercó por detrás y apoyó las manos en sus hombros. El contacto era suave, pero Bill lo sintió como una presión. No quería eso.

No en esos momentos.

—Vamos a la ducha antes de que tu madre se impaciente—susurró en su oído Alexander.

Bill cerró los ojos por un momento. Quería negarse, pedirle espacio. Pero las palabras se le quedaron atrapadas en la garganta, como tantas otras veces.

Y Alexander, como siempre, supo aprovechar ese silencio.

—Lo estás deseando—susurró de nuevo poniendo las manos sobre sus brazos.

Empezó a acariciarle con suavidad al tiempo que se movía haciendo que él también se pusiera en movimientos. Le empujó con suavidad guiándole hacia el baño contiguo a la habitación

Entraron en el y de nuevo Alexander se encargó de dejar bien cerrada la puerta tras ellos. Solo entonces le soltó y se movió por el baño con total naturalidad como si todo lo que hubiera dentro de el le perteneciera. Entró en la gran ducha que ocupaba todo un lateral del baño y abrió el grifo dejando correr un poco el agua caliente.

El vapor comenzaba a llenar la habitación mientras se quitaba la toalla y dejaba caer al suelo junto con su bañador. Bill permanecía quieto donde estaba mirando su reflejo en el espejo empañado.

No se reconocía.

O tal vez sí, y eso era lo que más le dolía.

Alexander comprobó que el agua saliera justo a la temperatura adecuada y entonces entró del todo en la ducha metiéndose bajo el chorro suspirando. Se volvió hacia Bill con una sonrisa que pretendía ser cómplice, pero que a él le pareció una burla.

—¿Vienes? —preguntó extendiendo una mano.

Bill se mantuvo quieto y en silencio sin saber que hacer, buscando una buena excusa para salir de allí corriendo.

—No pienses tanto y déjate llevar—murmuró Alexander.

Bill se limitó a suspirar y se deshizo de la toalla ante la atenta mirada de Alexander. Puso las manos en el borde del bañador y cogiendo aire se lo bajó escuchando el gemido que Alexander soltó. Alzó la mirada para comprobar lo que ya se imaginaba, se estaba tocando mientras le veía a él desnudarse.

Caminó con lentitud hacia la ducha y entró en ella. Alexander le hizo hueco y Bill se giró dejando que el agua acariciara su espalda. Sintió a Alexander moverse tras él deslizando los dedos por su espalda con una delicadeza ensayada. Bill cerró los ojos, intentando convencerse de que no pasaba nada, como si fuera una simple ducha y nada más.

Pero no podía ignorar la presión que sentía en el pecho diciéndole que se estaba traicionándose a sí mismo.

Que lo que necesitaba no era contacto, sino espacio.

Que lo que deseaba no era compañía, sino respeto.

—Estás muy tenso —murmuró Alexander apoyando la frente en su hombro.

Bill no respondió. El agua caliente seguía cayendo pero él sentía mucho frío.

—Podrías tratar de relajarte un poco, no todo tiene que ser tan complicado —añadió Alexander, con ese tono que usaba cuando quería que las cosas salieran como él quería—Solo digo que podrías dejarte llevar, no todo tiene que ser una batalla.

Bill cerró los ojos para impedir que así saliera las lágrimas que sentía en ellos. Quería poder contestarle lo que realmente estaba pensando y no quedarse una vez más en silencio.

—No es una batalla, Alexander, es mi límite. Y tú no lo entiendes porque nunca has tenido que poner uno—era lo que le quería gritar.

Pero las palabras no salieron de su boca, y tuvo que dejar que Alexander ganara esa batalla una vez más.

Le sentía a su espalda empezar a frotarse contra él, como su erección se iba poniendo más dura acariciando sus nalgas una y otra vez. Iba a tomarle allí mismo de un momento a otro, y como siempre sería a la fuerza y sin pedir su consentimiento.

Le iba a hacer mucho daño a no ser que él se negara o hiciera algo para tratar de convencerle en vano. Porque cuando Alexander tenía algo en mente, no había nada que le hiciera pensar en lo contrario.

Nada…a no ser que Bill le ofreciera otra cosa a cambio.

Tragó con esfuerzo abriendo los ojos y se volvió mirándole con una forzada sonrisa que volvió loco a Alexander pues se apoderó con fiereza de sus labios y empezó a besarle ahogando cualquier posible negación o protesta.

Bill respondía al beso con cierta torpeza, sentía su lengua invadirle la boca impidiéndole poder respirar ni pensar con claridad. Apoyó las manos sobre el agitado pecho de Alexander y le empujó con suavidad expulsándole así de su boca.

Se movió antes de que Alexander protestara, se inclinó y empezó a besarle el cuello pasando la lengua por su piel húmeda. Sabía que eso le volvía aún más loco y pudo sentir con alivio como le permitía tomar el control de la situación.

Aprovechó la ocasión y siguió besando cada centímetro de su cuerpo que se encontraba en su camino mientras que iba descendiendo poco a poco hasta quedar de rodillas en el suelo de la ducha. Entonces Alexander comprendió sus intenciones y antes de que pudiera echarse atrás tomó el control y con un movimiento de sus caderas entró con brusquedad en su boca.

Bill abrió los ojos como platos al sentir su enorme miembro ocupar toda su boca. Separó los labios todo lo que pudo y dejó que le embistiera una y otra vez al tiempo que sentía que le faltaba el aliento.

Apoyó las manos en los muslos de Alexander, quien tenía las suyas puestas sobre su cabeza para poder así llevar mejor el ritmo de las embestidas, sin impórtale llegar hasta lo más hondo de su boca lo que le estaba provocando más de una arcada.

Por suerte estaba tan excitado que segundos después Bill pudo notar como explotaba dentro su boca, derramándose en ella sin que pudiera hacer nada por impedirlo.

Cerró los ojos con fuerza, sintiendo como parte de su esencia bajaba por su garganta hasta que Alexander sintió que quedaba saciado del todo y entonces le liberó saliendo de su boca y dejando que se apartara para poder recuperar un poco de aire mientras su esencia bajaba por la comisura de sus labios y se perdía por su agitado pecho.

—No era lo que tenía en mente, pero aún así ha sido magnífico—soltó Alexander entre jadeos tratando de recuperar el aliento.

Había disfrutado mucho pero no porque Bill fuera todo un experto. Era todo lo contrario, no tenía mucha idea de como chuparla y al final era él quien tomaba el control si quería lograr lo que había ido a buscar.

Bill permanecía aún de rodillas en la ducha, inmóvil con la mirada perdida en algún punto indefinido mientras dejaba que el agua lavara su cuerpo de la esencia de Alexander quien dándose al fin por satisfecho empezó a enjabonarse mientras silbaba.

—Date prisa, recuerda que tu madre nos espera con la cena—murmuró sin mirarle con tono firme.

Como si le hubiera dado una orden, como si disfrutar viéndole hacer todo lo que él le pedía. Como si todo lo que había ocurrido fuera parte de un acuerdo que Bill nunca había firmado, pero eso a Alexander no le importaba en absoluto.

Bill se puso en pie lentamente con dificultad y empezó a ducharse al lado de Alexander como si nada hubiera ocurrido. Sabía que tenía que actuar con normalidad sobre todo ante su madre que jamás se podría imaginar lo que había pasado en su propia casa una vez más.

Pero también sabía que algo dentro de él se había roto un poco más. Y que Alexander, con su sonrisa perfecta y sus palabras medidas nunca jamás lo vería.

&

Terminaron de ducharse y salieron de la ducha envolviéndose cada uno en un mullido albornoz perdido en sus pensamientos.

Alexander se mostraba muy relajado y satisfecho. Todo lo ocurrido había sido simplemente otro momento de placer sin cuestionarse nada y sin ninguna consecuencia más que el placer que Bill le había hecho sentir a pesar de lo torpe que era.

Bill en cambio una vez más se sentía roto por dentro. Trataba de aparentar total normalidad, pero sentía que algo en él se había quebrado aún más. El agua no había lavado la culpa ni la incomodidad, solo había silenciado momentáneamente el dolor que sentía cada vez que tomaba aliento.

Nunca reclamaba nada ni se quejaba, solo se adaptaba como ha aprendido a hacer desde que era niño. Y sabía que en la cena no podía mostrar debilidad ante la mesa. Su madre no lo permitiría, y Alexander jamás lo entendería.

Salieron del baño y recogiendo su mochila Alexander le dejó a solas para que se vistiera mientras que él se marchaba a una de las habitaciones de invitados donde había pasado alguna que otra noche, o eso era lo que Simone pensaba las raras veces que se auto invitaba a quedarse a dormir en esa casa.

Pero la verdad era otra.

Las veces que Alexander se quedaba a dormir lo hacía en la cama de Bill. Eran noches que no siempre comenzaban con deseo, pero sí terminaban con una entrega que Bill no sabía cómo evitar.

No era pasión, era rendición.

Y aunque Simone nunca preguntaba, Bill sabía que su madre prefería no saber. Fingía que todo estaba en orden, como si la ignorancia pudiera protegerlos de la verdad que se escondía entre las paredes de esa casa.

Alexander cerró la puerta tras de sí, y Bill aún en el baño se quedó mirando su reflejo empañado en el espejo.

No se reconocía.

O tal vez sí, y eso era lo que más le dolía.

Se dio prisa en arreglarse para la cena, si llegaba tarde su madre no se cortaría en reñirle delante de Alexander como si fuera aún un niño incapaz de asumir responsabilidades. Ese tipo de humillaciones ya no le sorprendían, pero seguían doliendo.

Cogió una toalla y se secó en ella el pelo con movimientos rápidos. Luego usó el secador hasta dejarlo completamente seco y terminó con las planchas para dejárselo perfectamente liso. Necesitaba que todo estuviera perfecto. No sólo por vanidad, sino por necesidad. Porque en esa casa, cualquier imperfección era motivo de juicio

Abrió el cajón superior del armario y sacó de el un neceser. Usaba maquillaje cuando salía de fiesta con sus amigos, y eso era otra cosa más que su madre no soportaba porque lo consideraba una provocación innecesaria.

Por eso se aplicó solo un toque de base, algo de corrector, y un poco de brillo en los labios. Lo justo para sentirse él mismo sin despertar sospechas. Guardó el neceser en el bolso de mano que pensaba llevar esa noche. Terminaría de maquillarse más tarde ya fuera en casa de Alexander tras la cena cuando pasaran por ella a que se cambiara de ropa o en el coche camino del Sisyphos.

Todo eso a salvo de los ojos que juzgaban sin entender. Porque en ese mundo de apariencias, Bill había aprendido a esconderse en los pequeños detalles.

Salió del baño y empezó a vestirse. Abrió el gran armario que ocupaba toda una pared de su habitación y estaba repleto de ropa de marca de los mejores diseñadores, toda perfectamente colgada y ordenada por color, como si fueran parte de una exposición.

El orden impecable del armario no era obra de la casualidad, sino de Alice, la doncella de su madre. Era ella quien se encargaba de mantener cada rincón de la casa en un estado casi clínico, como si el desorden fuera una ofensa personal. Era muy eficiente y trabajadora, y sabía ser invisible para no molestar sobre todo a su madre.

Era ayudada a veces por Arthur que además del mayordomo y chófer era su marido. Ambos vivían en una zona apartada de la casa junto con el resto del servicio.

Pasó percha tras percha mientras pensaba qué ponerse esa noche. Por suerte ahí su madre no ponía impedimento alguno, insistía en que debía vestir impecable, como si la elegancia pudiera compensar lo que faltaba en casa. Toda su ropa provenía de las mejores boutiques de Berlín sin importar el precio o que tuviera el armario a rebosar.

En su mundo las apariencias eran una necesidad no un lujo. Y Bill lo sabía. Cada prenda era una armadura, un disfraz cuidadosamente elegido para poder encajar.

Escogió una camisa negra de seda y unos pantalones ajustados que su madre aprobaría sin decir palabra. Porque aunque no dijera nada siempre estaba observando cerciorándose que todo fuera correcto. Y él como tantas veces había hecho no solo se estaba vistiendo para sí mismo, sino para sobrevivir a la cena.

Se calzó unas botas también negras de tacón ligero pero discreta y solo entonces salió de su habitación con el pelo perfectamente peinado, el maquillaje apenas visible y la expresión cuidadosamente neutral.

Sabía que había tardado mucha más que Alexander en arreglarse quien ya le estaría esperando en el comedor tomando un refresco que le habría servido Alice o Greta sin necesidad de que lo pidiera.

Caminó con paso firme por el pasillo bajando las escaleras y fue directamente al comedor donde efectivamente le estaba esperando Alexander cómodamente sentado a la mesa mientras tomaba una coca cola mientras esperaba.

Bill respiró hondo antes de cruzar la puerta. Sabía que no iba a ser una cena más, sería todo una representación. Y él como siempre tenía que interpretar su papel sin fallo alguno.

Su madre aún no había bajado, faltaban apenas unos minutos y ella era rigurosamente puntual. La imaginaba sentada ante el tocador de su habitación con la espalda recta y el rostro impasible mientras controlaba la hora en el reloj de pulsera que llevaba. Y cuando quedase exactamente un solo minuto saldría de la habitación sin prisa y se reuniría con ellos en el comedor.

No antes ni después.

Como siempre.

Bill por supuesto ya debía estar sentado en la mesa para entonces. No por cortesía, sino por obligación.

Por eso entró en el comedor con paso rápido y silencioso. Tomó asiento al lado de Alexander que ya estaba sentado en el lugar habitual que siempre ocupaba cuando era invitado a comer o a cenar.

Frente de Bill se sentaría su madre y la cabecera de la mesa por supuesto estaba reservada para su padre quien si llegaba a tiempo se les uniría a la cena aunque esta ya hubiera empezado.

Bill se acomodó en la silla con la espalda recta y las manos sobre el regazo como su madre le había enseñado cuando era niño o más bien le había exigido. Cogió aire y esperó con los ojos cerrados hasta que segundos después escuchó los tacones de su madre entrando por la puerta.

Abrió los ojos al momento viéndola tomar asiento, y solo entonces se abrió con discreción la puerta que comunicaba el comedor con la cocina y por ella apareció Greta empujando un carrito donde ya estaban los platos servidos. Colocó cada plato con cuidado frente a cada uno de ellos menos el de su padre que seguía trabajando. Luego se retiró con el mismo silencio con el que había entrado como si nunca hubiera estado allí.

Tanto Bill como Alexander se quedaron en silencio esperando hasta que Simone cogió el tenedor y dio el primer bocado. Ese gesto fue el permiso que necesitaban para empezar a ellos también.

Cenaron en absoluto silencio, nadie hablaba porque para Simone eso sería una falta imperdonable de educación. Solo se escuchaba el tintinear de los cubiertos, y así transcurrió la cena como tantas otras resultando de lo más absurdo para alguien como Alexander que no tenía más remedio que acatar ridículas normas para que Simone Kaulitz estuviera satisfecha.

Se limitó a comer en silencio con la sonrisa justa y la postura impecable, como si fuera parte del mobiliario.

Bill por su parte ya estaba acostumbrado, para él era sólo una repetición más de un ritual que conocía a la perfección desde niño donde el afecto no tenía cabida, y donde el respeto se confundía con el miedo.

Y así entre bocados silenciosos y miradas contenidas la cena transcurrió como tantas otras.

Perfecta en apariencia, pero vacía en esencia.

Continúa… 

Gracias por la visita. Si te ha gustado, deja un comentario 😉

por lyra

Escritora del Fandom

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!