Incomplete 92

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Fic TOLL de lyra

Capítulo 92

Las horas pasaron y cuando Bill quiso darse cuenta su jornada había terminado. Esa vez no había hecho falta que echara una mano en la cocina, tal y como había dicho David los tres camareros nuevos aparecieron a esa hora para familiarizarse con el ambiente y no dudaron en ayudar. Dos de ellos se colocaron tras la barra junto a Melissa mientras que el tercero se ofreció para apoyar en la cocina.

David supervisó todo el proceso y tuvo que admitir que Anouk había elegido muy bien. Nicole sería quien sustituyera a Paul a jornada completa, mientras que Alison y Steve cubrirían los turnos de comidas y cenas como refuerzo.

Gracias a ese apoyo extra Bill pudo terminar su trabajo a tiempo. Apagó el ordenador y se dirigió al vestuario para cambiarse con la esperanza de encontrarse allí con Tom.

Pero no fue así.

Se cambió con rapidez y sabiendo que Louise y Georg estarían terminando de comer decidió reunirse con ellos en el embarcadero. Al llegar descubrió que Natalie también estaba allí y a su lado la silla vacía de Gustav esperaba su regreso.

Ya lo habían visto.

No podía darse la vuelta sin quedar como un idiota asi que tomó profundamente aire y avanzó con paso decidido.

—¡Bill! —lo saludó Louise poniéndose en pie—Al fin apareces.

Le dio un abrazo fuerte que Bill respondió antes de acercar una silla libre y sentarse a su lado.

—¿Qué tal la comida? —preguntó procurando sonreír con naturalidad.

—Deliciosa, como siempre —contestó Georg.

—Más bien… como siempre —añadió Natalie con un deje malicioso.

—¿Hay algo que no te haya gustado? —quiso saber Bill manteniendo el tono amable con dificultad.

—Bueno, para ser un club a orillas del lago está pasable —empezó a decir Natalie—Pero con estos precios, tu padre ya podría innovar un poco con los platos.

—Ayer parecías disfrutar mucho de tu ensalada… y de la patata frita que le robaste a Gustav —comentó Louise sonriendo.

—Ayer estaba muerta de hambre y me habría comido lo que fuera —replicó Natalie fulminándola con la mirada.

—¿Por qué seguís viniendo al club si ya a no es de vuestro agrado? —preguntó Louise sin poderse contener.

—Porque puedo ir donde me dé la gana, ¿no? —replicó Natalie fulminándola con la mirada.

Louise guardó silencio, con el gesto serio. Era inútil intentar razonar con Natalie, cada vez que lo hacía desaparecía la poca educación que ella conservaba.

—¿Dónde se ha metido el maldito camarero? —preguntó resoplando Natalie, echando un vistazo a su alrededor— Desde luego el servicio es cada vez más pésimo, me apetece un helado y a este paso voy a tener que levantarme para pedirlo yo misma, por no hablar de que Bill lleva sentado más de diez minutos sin que nadie se digne venir y a preguntarle si quiere algo.

—No me apetece nada, gracias —intervino Bill esforzándose por mantener la calma—Llevamos un tiempo con mucho trabajo a estas horas. Faltan manos, hay camareros nuevos aprendiendo y los demás se esfuerzan todo lo que pueden incluso doblando turnos.

—Ayer mismo Bill estuvo ayudando en la cocina —añadió Louise tratando de ayudar—Y Tom es uno de los camareros que están doblando turno quedándose hasta casi media tarde.

—Qué tragedia —comentó Natalie con un sarcasmo tan evidente que casi cortaba el aire.

Pero mientras hablaba, su mente ya estaba trabajando…

Si Tom se estaba quedando hasta tarde, Bill estaría solo todo ese tiempo quizás en casa sin planes ni distracciones. Una oportunidad perfecta para que Alexander la aprovechara, si de verdad quería recuperarlo.

Sin Tom de por medio, el camino quedaba despejado y Alexander no debería desaprovecharlo.

Gustav regresó justo cuando el ambiente empezaba a volverse espeso y tomó asiento de nuevo lanzando una mirada rápida al grupo, no era difícil notar que había llegado en mitad de algo tenso.

—¿De qué habláis? —preguntó con un tono que intentaba sonar casual, aunque sus ojos se movían de Natalie a Louise buscando alguna pista.

Ignoró deliberadamente a Bill, todavía incómodo por el hecho de tenerle sentado en su misma mesa después de que su relación secreta con Alexander hubiera salido a la luz y provocado la ruptura entre ellos. Ya le resultaba bastante difícil volver a ver a sus otros amigos como si nada hubiera pasado, sabiendo que por sus cabezas estarían desfilando imágenes suyas con Alexander.

Aquello pertenecía a su intimidad, nadie debería haberse enterado y mucho menos debería ponerse a especular sobre ello.

—De la comida —respondió Georg con demasiada rapidez—Nada importante.

Natalie soltó un bufido apenas audible, pero lo bastante claro para que Gustav lo captara. Él frunció ligeramente el ceño.

—Ah —murmuró sin saber si debía creerlo o no.

Bill, que había estado intentando mantener la compostura, sintió cómo la tensión subía un grado más. Gustav evitaba mirarlo directamente, como si temiera que un simple cruce de ojos revelara demasiado. Natalie, por su parte, lo observaba todo con una amplia y satisfecha sonrisa.

En otras circunstancias, Louise habría sido la primera en intervenir sacando cualquier tema para relajar el ambiente. Pero en ese momento no estaba para conversaciones vacías, seguía molesta con Natalie y prefirió mantenerse en silencio.

—Pues si ya has vuelto del baño, nos vamos —anunció Natalie de repente poniéndose en pie.

Gustav la imitó al momento y ambos empezaron a recoger sus cosas.

—¿No querías un helado, Natalie? —preguntó Bill incapaz de contenerse.

—Ya se me han quitado las ganas —murmuró ella—Además, donde vamos sé que me van a dar algo realmente delicioso.

Gustav se detuvo a medio movimiento, con el bolso de Natalie de la mano. No dijo nada, pero el comentario que acababa de soltar le hizo sonreír ampliamente y desviar la cara para que nadie lo notara.

Pero Louise no era tan tonta como ellos pensaba y se dio cuenta del gesto de Gustav y de esa fea sonrisa que lucía.

Ese «algo realmente delicioso» no era inocente.

No era casual.

Y desde luego no era amable.

Volvió la cara y se quedó mirando a Bill de reojo. Se mantenía con la espalda rígida y los dedos entrelazados con fuerza sobre la mesa. No estaba molesto por el comentario de Natalie pero sí incómodo.

Muy incómodo.

Gustav finalmente se recompuso y carraspeó antes de hablar haciendo que su voz sonara baja y controlada pero con un filo que pocas veces dejaba ver.

—Natalie, vámonos ya.

—Claro, cariño —dijo Natalie sonriendo ampliamente.

Gustav se la quedó mirando mientras le sujetaba aún su bolso pero Natalie se tomó su tiempo, estirándose con elegancia antes de cogerle el bolso de la mano y colgárselo al hombro. Su sonrisa seguía ahí, fija, como si quisiera asegurarse de que todos la vieran.

—Hasta otro día—se despidió del grupo, con un tono que sonaba más a despedida teatral que a cortesía.

Louise respondió con un gesto escueto, Georg levantó la mano sin mucho entusiasmo y Bill apenas inclinó la cabeza.

Gustav ya había empezado a caminar cuando Natalie lo alcanzó enlazando su brazo con el suyo. Desde atrás la imagen parecía la de una pareja perfectamente sincronizada pero cualquiera que los conociera perfectamente como Bill, Louise y Georg lo hacían sabría que aquello era solo fachada.

Esa pareja no era tan sólida como aparentaba.

Entre ellos había silencios que pesaban demasiado, mentiras que se habían acumulado con el tiempo y manipulaciones tan sutiles que, desde fuera, costaba verlas pero que desde dentro lo estaban desgastando todo.

Y mientras se alejaban por el embarcadero, esa armonía aparente no hacía más que subrayar la grieta que los separaba.

Una grieta que, tarde o temprano, iba a romperse del todo.

&

Llegada la hora de comer Gordon despidió a su último paciente y en cuanto se quedó a solas en el despacho se acomodó tras el escritorio y sin perder un minuto más marcó el número de John en su móvil.

Llevaba toda la mañana dándole vueltas, sabía con certeza que Alexander le había mentido y la única persona capaz de sacarlo de dudas era John. Él también había estado allí y necesitaba escuchar su versión de lo ocurrido.

Se aclaró la voz antes de hablar, intentando que su tono sonara tan casual como fuera posible, aunque la tensión se le escapaba por los bordes.

—John, por favor, venga a mi despacho cuando pueda —pidió en cuanto el mayordomo cogió el teléfono.

Al otro lado John respondió con su habitual corrección y entonces Gordon colgó. Se quedó mirando el móvil unos segundos, apoyándolo después sobre el escritorio con un leve golpe seco.

No quería sonar alarmado.

No quería sonar desconfiado.

Pero necesitaba respuestas.

Mientras esperaba entrelazó las manos y apoyó los codos en la mesa, dejando que su mente repasara cada gesto de Alexander durante la sesión.

La tensión en sus hombros.

Las evasivas.

La forma en que había evitado su mirada cuando mencionó a John.

Y, sobre todo, ese detalle que lo había tranquilizado más de lo que admitiría en voz alta. Fuera lo que fuera lo que había pasado, no tenía nada que ver con la cocaína.

Eso le hacía respirar con tranquilidad.

Unos golpes suaves en la puerta lo sacaron de sus pensamientos.

—Pase, John—pidió poniéndose recto en su asiento.

Así lo hizo John, abrió la puerta y entró en el despacho dejando bien cerrado tras él.

—John, necesito que me cuente cómo fue exactamente la salida de ayer de Alexander—pidió Gordon yendo directo al grano.

Hubo un breve silencio, como si John necesitara un instante para ordenar sus pensamientos o para elegir con extremo cuidado qué decir.

—Señor… —empezó a decir —Alexander se comportó bien, no hubo incidentes.

Gordon entrecerró los ojos. Esa respuesta era demasiado pulida, demasiado rápida y demasiado segura.

—John —interrumpió con suavidad, pero con un filo claro—No le he preguntado si se comportó bien, le he pedido que me cuente lo que pasó.

John tragó saliva.

No era un hombre que se pusiera nervioso con facilidad, pero hablar de Alexander siempre lo colocaba en una posición incómoda. Después de lo que había ocurrido el día anterior al regresar a la casa, llevaba todo el tiempo debatiéndose internamente sobre si debía contárselo o no al doctor Vandael porque una vez hecho no habría vuelta atrás, y las consecuencias podrían ser terribles.

— ¿John?—llamó Gordon esforzándose por mantener la paciencia.

—Fuimos al club, como usted autorizó —empezó a explicar John—Allí Alexander se reunió con Gustav y Natalie, estuvieron nadando un rato y luego tomaron el sol.

—¿Estuvo a su lado en todo momento? —interrogó Gordon.

—Por supuesto, señor —respondió John con rapidez.

—¿Incluso cuando estuvo nadando en el lago? —insistió Gordon afinando la mirada.

John tomó aire antes de contestar procurando mantener la calma.

—No, señor —admitió—Pero estuve observando desde la orilla. Estuvieron nadando y hablando en el agua, nadie se les acercó.

Gordon apoyó los dedos sobre el escritorio, tamborileando apenas, un gesto que John reconocía como señal de que algo no le cuadraba.

—¿Y no notó nada extraño? —preguntó en voz baja.

John dudó un instante, lo justo para que Gordon lo percibiera.

—Alexander parecía…cansado cuando regresamos a casa —respondió John—Quizá por todo lo que estuvo nadando.

Gordon entrecerró los ojos, repasando mentalmente cada palabra.

Alexander parecía cansado cuando regresó a casa.

Exactamente el mismo término que Alexander había usado.

Demasiado idéntico.

Demasiado conveniente.

Como si hubieran preparado una coartada.

—Señor… ¿puedo hablar con libertad? —preguntó John de repente.

—Por supuesto —asintió Gordon, invitándolo a continuar.

—Sé que debo cumplir todas sus órdenes, señor—empezó a decir John— Usted me contrató como mayordomo, pero entre mis funciones no está la de cuidar de un adolescente que piensa solo en divertirse. Entiendo que su hijo está pasando por un mal momento, lo comprendo… pero si necesita que alguien lo vigile o lo acompañe constantemente, le pediría que buscara a otra persona. Ayer falté medio día y tengo trabajo acumulado, y si hoy debo volver a salir con él… sinceramente, no sé cuándo podré ponerme al día.

Gordon guardó silencio unos segundos dejando que las palabras de John se asentaran. No se sintió ofendido porque se hubiera atrevido a ser sincero con él, todo lo contrario. Algo en su expresión se suavizó como si por fin alguien hubiera dicho en voz alta lo que él mismo llevaba tiempo evitando admitir.

—Tiene razón, John —dijo al fin, con un tono sincero y sin rastro de reproche—Le he puesto en una situación que no le corresponde y le pido disculpas por ello.

John bajó ligeramente la cabeza, sorprendido por la franqueza.

—Señor, yo solo…

—Lo sé —lo interrumpió Gordon con un gesto tranquilo—Ha hecho más de lo que le corresponde y se lo agradezco. Pero no es su responsabilidad cuidar de Alexander, no debería haberle cargado con eso.

John respiró un poco más aliviado, aunque seguía tenso.

—Si me permite, señor… su hijo necesita a alguien que pueda dedicarle tiempo. Alguien que esté preparado para manejar… ciertas situaciones.

Gordon asintió, aceptando la verdad sin discutirla.

—Lo sé, y voy a ocuparme de ello cuanto antes —añadió, apoyando las manos sobre el escritorio—Solo le pido unos días más. Necesito encontrar a la persona adecuada, alguien que pueda supervisarlo y sepa cómo actuar si Alexander llega a mostrarse… impulsivo.

John asintió, más tranquilo.

—Por supuesto, señor. Le agradezco que lo comprenda.

Gordon se recostó en su asiento dejando escapar un suspiro que llevaba tiempo conteniendo.

—Gracias por su sinceridad, John. Y por su paciencia.

John inclinó la cabeza en señal de respeto, pero en su mirada había un matiz de alivio que no intentó ocultar.

Mientras el mayordomo salía del despacho, Gordon se quedó mirando la puerta cerrarse lentamente.

Sabía que tenía que actuar rápido.

Sabía que Alexander no podía seguir así.

Lo que no sabía… era que su hijo ya estaba planeando adelantarse a todos sus movimientos.

&

Louise esperó a que Gustav y Natalie se alejaran lo suficiente. Solo cuando los vio desaparecer por las escaleras del embarcadero soltó el aire que llevaba reteniendo desde hacía minutos.

Bill, en cambio, seguía mirando el punto donde habían estado con el ceño apenas fruncido y los hombros tensos. No estaba enfadado… pero sí tocado. Y Louise lo notó al instante.

—No pienses más en ellos—dijo apoyando un codo en la mesa y volviéndose hacia él—Ya sabes cómo es Natalie, siempre quiere llamar la atención.

Bill bajó la mirada hacia sus manos, entrelazadas sobre la mesa. Había algo en su postura, en la forma en que respiraba, que delataba un cansancio más emocional que físico.

—No entiendo por qué siempre tiene que ser así —susurró suspirando—Siempre parece que está jugando a algo.

—Porque lo está, siempre lo está—dijo Georg soltando una risa breve carente de humor—Y en todos sus juegos, tú eres la pieza principal.

Bill levantó la vista, sorprendido.

—¿Yo?

—Me temo que sí —asintió Louise—Desde que dejaste claro que no te gustaba ha hecho todo lo posible para vengarse de ti a su manera, humillándote delante de los demás si es necesario ¿No has visto cómo se miraban ella y Gustav? Esperaban ver tu reacción, cuánto tardabas en saltar.

Bill se quedó en silencio procesando sus palabras.

—No quiero estar en medio de ninguno de sus juegos—confesó con un hilo de voz.

—Lo sé, cariño—dijo suspirando Louise—Pero a veces no depende de ti. Y Natalie… bueno, Natalie no es precisamente famosa por respetar los límites de los demás.

Bill dejó caer la espalda contra el respaldo de la silla sintiéndose agotado.

— ¿Estás bien?—preguntó Georg preocupado.

Bill tardó un poco en contestar.

—No lo sé —admitió—Solo… me gustaría que las cosas fueran más simples.

Louise sonrió con ternura, apoyando una mano sobre la suya.

—Con ellos nunca lo serán—susurró suspirando.

—No pensemos más en ellos —dijo Georg con firmeza— ¿Qué hacemos? ¿Damos un paseo, nos bañamos en el lago…?

—La verdad, no me apetece mucho —respondió Bill, desganado—Estoy muy cansado.

—Es normal, llevas trabajando muchísimo estos días —dijo Louise dedicándole una sonrisa suave—Si quieres ve a descansar y luego nos reunimos de nuevo para cuando Tom termine.

—Podríamos hacer algo juntos —propuso Georg al momento—Ir a cenar a otro sitio, o a tomar algo.

Louise asintió, apoyando la idea.

—Sí, algo tranquilo. Lo que os apetezca, Bill.

Bill miró a ambos, agradecido por el esfuerzo que hacían por animarlo, pero también consciente de que su cuerpo le pedía parar un poco. Además tenía que contar con Tom, y él estaría aún más agotado ya que era el segundo día consecutivo que le tocaba doblar turno.

—No tienes que decidirlo ahora —dijo Louise al notar su indecisión—Te llevamos a casa, descansas un poco y luego nos dices qué te apetece hacer.

Bill asintió con la cabeza, aquella opción le parecía la más sensata. Se puso en pie y entró al club para despedirse de Tom, encontrándolo atendiendo una mesa. Esperó pacientemente a que terminara y lo acompañó hasta la barra, donde dejó los vasos sucios que acababa de recoger.

—¿Mucho trabajo? —preguntó Bill, mirándolo con cariño.

Tom asintió suspirando, sentía que si no se tomaba un descanso en ese mismo instante iba a desplomarse. David le había insistido en que se tomara todos los descansos que necesitara, y recordando sus palabras decidió hacerlo.

—Melissa, ¿puedes pedirle a Víctor que se encargue de mis mesas mientras me tomo un pequeño descanso?

—Por supuesto Tom, sin problema —respondió ella con una sonrisa.

Tom se lo agradeció con otra sonrisa cansada y tomando a Bill de la mano lo condujo al almacén. Atravesaron el pasillo hasta el vestuario y tras comprobar que no había nadie más se dejaron caer en el sofá aprovechando esos minutos de intimidad.

—¿Pasarás la tarde en la playa con Louise y Georg? —preguntó Tom—Luego os paso a ver.

—No, me van a llevar a casa —respondió Bill suspirando—Estoy agotado, y después del desagradable momento que he pasado con Natalie estoy por los suelos.

Tom sabía perfectamente cómo se sentía, Natalie siempre dejaba esa sensación a su paso. Pasó un brazo por sus hombros y lo atrajo hacia él para consolarlo.

—No debería quejarme tanto… tú estarás mucho más cansado que yo —murmuró Bill escondiendo la cara en su cuello.

—Será solo por unos días —le prometió Tom—David me ha dicho que en cuanto los nuevos cojan experiencia me dará unos días libres. Y se les ve muy espabilados, pronto me levantará el castigo.

Bill sonrió al escucharlo, deseando que esos días llegaran cuanto antes para poder pasarlos juntos.

—Louise y Georg querían quedar después de que terminases —le explicó Bill—Ir a tomar algo a otro sitio o incluso cenar los cuatro juntos, pero si estás cansado podemos dejarlo.

—No, me apetece —respondió Tom sin dudar—Creo que podré salir a las seis, incluso puedo ir al bungalow de Andreas para ducharme y arreglarme para ahorrar tiempo.

Bill sonrió al escucharle sintiéndole inclinarse hacia él para apoyar la frente contra la suya. Ese gesto, tan simple, siempre lograba que Bill se relajara.

—Ve a casa y descansa —murmuró Tom acariciándole la mejilla con el pulgar—Te vendrá bien desconectar un rato.

Bill asintió aunque no hizo ademán de levantarse todavía. Le gustaba demasiado estar allí, en ese pequeño refugio improvisado entre turnos y cajas de almacén.

—Nos vemos luego —susurró rozando apenas sus labios.

—Te estaré esperando—prometió Tom sonriendo contra sus labios, cansado pero feliz.

Lo abrazó una última vez, como si necesitara recargar energía antes de volver al trabajo. Luego se incorporaron lentamente sin romper el contacto visual y de nuevo cogidos de la mano salieron del vestuario. Caminaron por el almacén y antes de abrir la puerta se fundieron en otro beso, más largo y profundo esta vez.

—Te quiero mucho —susurraron al unísono.

Se echaron a reír al darse cuenta y tras un último beso salieron del almacén… sin imaginar que aquel gesto de despedida, junto a su promesa de amor eterno, había sido visto por David desde la puerta de su despacho.

&

Una tarde más, Alexander descansaba en el jardín después de haber almorzado en soledad. Su padre, como siempre, había terminado de atender a sus pacientes en casa y se había marchado a despejarse comiendo en uno de sus restaurantes favoritos mientras que su madre haría lo propio con algún cliente de la galería.

Y él, en cambio, debía permanecer encerrado en casa bajo la estrecha vigilancia de John y Nora. Un encierro que pensaba aprovechar disfrutando de la compañía de sus amigos mientras seguía dándole vueltas a su plan de venganza contra Bill, a quien consideraba culpable de todo por lo que estaba pasando.

De sentirse humillado.

De estar encerrado.

De ver su vida reducida a un castigo que no creía merecer.

Recostado en una de las tumbonas junto a la piscina tomaba el sol mientras esperaba a sus amigos, que por suerte no tardaron en llegar.

John fue el encargado de anunciarles y acompañarles hasta donde se encontraba, recibiendo a cambio una mirada altiva de Alexander que ni siquiera se molestó en agradecerle que a su modo de ver estuviera haciendo mínimamente bien su trabajo.

—¿No ves que mis invitados están sedientos? —preguntó Alexander con impaciencia viéndole a punto de retirarse en silencio—Ve a traerles algo bien frío.

—Queremos té helado, con mucho hielo —pidió Natalie al momento.

—Ya la has oído —murmuró Alexander sin apartar la mirada de John.

—Ahora mismo le diré a Nora que lo prepare —respondió John evitando mirarlo directamente.

Se retiró en silencio mientras Natalie se acomodaba en su tumbona sin poder evitar echarse a reír.

Gustav, por otro lado, había estado observando la escena con el ceño fruncido. No era la primera vez que veía a Alexander comportarse de esa manera pero cada vez le resultaba más incómodo.

—¿Todavía sigues jugando con él? —preguntó sin molestarse en suavizar el tono.

Alexander esbozó una sonrisa lenta, casi perezosa, que no llegaba a los ojos.

—Solo hasta que encuentre otra distracción mejor.

Natalie soltó una carcajada breve y seca, como si la respuesta no la sorprendiera en absoluto.

—Eres de lo peor—dijo, aunque sonaba más divertida que crítica.

—Ya te cansarás de jugar con John y acabarás buscando otra víctima —murmuró Gustav sentándose a los pies de Natalie.

—Bill, por ejemplo —sugirió Natalie al instante, como si la idea le divirtiera.

—Bill… —repitió Alexander saboreando el nombre como si fuera algo desagradable—Ese ni siquiera merece que lo llame distracción. Es tan básico y tan predecible, siempre con esa cara de cachorrito abandonado esperando que alguien lo rescate.

Natalie soltó una risita, aunque Gustav frunció el ceño.

—Además, míralo ahora —continuó diciendo Alexander acomodándose en la tumbona— Rodeado de gente que lo trata como si fuera especial, como si no fuera el mismo idiota que se ha dejado manipular por Tom hasta volverse insoportable.

Gustav abrió la boca para decir algo, pero Alexander no le dio tiempo.

—Y lo peor es que todavía va por ahí creyéndose víctima—añadió con un brillo cruel en los ojos—Como si yo fuera el único malo de la historia, como si no hubiera sido él quien lo empezó todo.

Natalie lo observaba con interés, como si estuviera viendo cómo se abre una grieta en una pared que llevaba tiempo esperando romperse.

—Te obsesiona demasiado—comentó Gustav sin poderse contener.

—Eso sí que es entretenido—apuntó divertida Natalie.

Alexander chasqueó la lengua.

—No me obsesiona, me molesta—murmuró Alexander chasqueando la lengua—Y cuando alguien me molesta…suelo ocuparme de que deje de hacerlo.

Gustav intercambió una mirada rápida con Natalie pero ella solo sonrió, encantada con el espectáculo.

Nora regresó en ese momento con la bandeja de té helado, y Alexander la observó frunciendo el ceño.

—¿Y John? —preguntó con frialdad.

—Tenía trabajo pendiente, me pidió que me encargara yo de servirles —explicó con cautela Nora.

—Su trabajo es hacer lo que yo ordene —replicó Alexander sin molestarse en disimular el desprecio en su tono—Y si tiene algo pendiente, que lo haga en su tiempo libre. Él no es nadie para darte órdenes, Nora. Que no se le olvide.

Nora asintió en silencio y se retiró con toda la rapidez que pudo.

Gustav se removió incómodo en la tumbona. Cada frase de Alexander le tensaba un poco más los hombros pero no dijo nada, sabía que discutir solo empeoraría las cosas. Aun así, su mirada se desvió hacia Nora que seguía alejándose con pasos rápidos, ansiosa por desaparecer de la escena.

Natalie, en cambio, parecía encantada con el ambiente. Se estiró en su tumbona como una reina satisfecha y tomó su vaso de té helado dándole un sorbo lento.

—Bill debería agradecer que no esté de humor para arruinarle la vida hoy—murmuró Alexander retomando la conversación.

—Tienes razón en una cosa—empezó a decir Natalie con una sonrisa ladeada—Bill es demasiado sensible, cualquier comentario lo deja hecho polvo. Es casi… aburrido.

Alexander sonrió complacido, como si esas palabras fueran exactamente el combustible que necesitaba.

—Eso es lo que digo —respondió estirándose con pereza—Se toma todo demasiado en serio y luego va por ahí haciéndose la víctima. Es patético.

Gustav apretó la mandíbula, pero se obligó a mantener la calma.

Natalie lo notó, por supuesto.

Siempre lo notaba todo.

—Ay, Gus, no pongas esa cara —dijo dándole un golpecito juguetón en la pierna—Sabes que Alex solo está diciendo la verdad. Bill siempre ha sido muy frágil.

—Frágil y manipulable—murmuró Alexander—Por eso Tom lo tiene tan bien agarrado aunque, sinceramente, no sé qué le ve.

—Quizá deberías dejar de pensar tanto en Bill —dijo de repente Gustav—No merece tanta atención tuya.

Alexander alzó una ceja divertido por su comentario.

—¿Y quién la merece entonces?—quiso saber.

—Alguien que esté a tu altura—contestó sonriendo Natalie—No un pobre desgraciado que se rompe por un simple comentario.

Gustav desvió la mirada hacia la piscina, deseando estar en cualquier otro lugar. No entendía para qué habían ido, siempre terminaban en lo mismo. Era como si Alexander no pudiera sacarse a Bill de la cabeza y la única forma de distraerse fuera burlarse de él. Y cuando se cansaba de eso, recordaba que ellos estaban allí y les concedía unos minutos de atención.

Pero Alexander, alimentado por cada palabra de Natalie, parecía más encantado que nunca consigo mismo.

Dejó que sus palabras se deslizaran por su ego como si fueran aceite caliente. Primero ladeó la cabeza y luego esbozó esa sonrisa lenta que siempre anunciaba problemas.

Se incorporó un poco en la tumbona, apoyando los codos en los reposabrazos, como si acabara de recibir un título honorífico.

—A mi altura… —repitió, saboreando la frase—Exacto, eso es lo que la mayoría no entiende.

Natalie sonrió, satisfecha por el efecto.

—Bill nunca estuvo ni cerca —añadió Alexander con un brillo cruel en los ojos—Por eso se rompía tan fácilmente, no podía seguirme el ritmo ni estar a mi nivel. Y lo sabía.

Gustav desvió la mirada, incómodo, pero Alexander estaba demasiado encantado consigo mismo para notarlo.

—La gente como él existe para admirar a gente como yo —continuó diciendo sonriendo satisfecho—No para estar a mi lado.

Natalie soltó una risa suave que lo infló aún más.

—Y tú sí lo entiendes —dijo Alexander mirándola con aprobación—Por eso me gusta tenerte cerca, porque ves las cosas como son.

Natalie le guiñó un ojo, encantada de haberlo llevado justo donde quería.

Gustav, mientras tanto, permanecía en silencio preguntándose cuánto más podría aguantar esa tarde sin decir algo que desatara una tormenta.

—Entonces… ¿vas a seguir jugando con Bill? —quiso saber Natalie sonriendo ampliamente.

—Todo el tiempo que me plazca —respondió Alexander devolviéndole la sonrisa—No pararé hasta haberlo humillado igual que él hizo conmigo, solo tengo que tener paciencia y esperar el momento adecuado.

—Esta tarde, por ejemplo —apuntó Natalie encantada con su propia idea—He oído en el club que hay muchísimo trabajo y faltan manos. Tom tiene que doblar turno de nuevo así que ahora mismo Bill estará solito sin saber qué hacer. Puedes aprovecharlo, mándale un mensaje diciendo que estás mal, que te gustaría verle y hablar con él… algo así.

Alexander se quedó pensativo, mirando el reflejo del sol en la piscina. La idea era simple, casi demasiado fácil y precisamente por eso funcionaría.

Bill siempre caía en esas cosas.

Siempre.

—Le daría lástima —murmuró Alexander más para sí que para ellos—Y conociéndolo aceptará que nos veamos, intentará ayudarme como siempre.

Natalie sonrió, satisfecha.

Gustav, en cambio, sentía un nudo en el estómago.

Y Alexander ya imaginaba el mensaje que iba a enviarle y la expresión de Bill al recibirlo, seguro de que aceptaría de inmediato en cuanto él se rebajara lo necesario para despertar su lástima.

Entonces, por fin, obtendría su venganza.

Dejaría a Bill por los suelos.

Haría que se arrepintiera de haberlo traicionado.

Continúa… 

Gracias por la visita. No te vayas sin comentar 🙂

por lyra

Escritora del Fandom

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