
Fic TOLL de lyra
Capítulo 93
Sintiendo en sus labios el sabor del último beso que se habían dado, Bill salió del almacén con Tom caminando a su lado sintiéndose más relajado que cuando había empezado el turno, como si esos minutos juntos le hubieran devuelto algo de aliento.
Louise y Georg los esperaban en la puerta del club y se dirigieron hacia ellos.
—¿Todo listo? —preguntó Louise, fijándose en la expresión tranquila que lucían ambos.
Bill asintió con la cabeza sintiendo que Tom le apretaba la mano unos segundos antes de soltarle, consciente de que tenía que volver al trabajo.
—¿Entonces, nos vemos luego? —preguntó Georg.
—Saldré sobre las seis, y le pediré a Andreas que me deje prepararme en su casa —explicó Tom.
—Te recogemos allí, entonces —dijo Georg asintiendo.
—Perfecto. Yo tengo que volver dentro —comentó Tom suspirando sin apartar la mirada de Bill.
Bill le devolvió la mirada, esa que siempre le dedicaba cuando no quería separarse de él, mientras que Louise los observaba con una mezcla de ternura y discreción.
—Vamos, Bill —dijo sintiendo mucho tener que romper ese mágico momento—Te llevamos a casa.
Se despidieron de Tom y saliendo del club echaron a andar hacia el parking. Tom se quedó observándolos marcharse y cuando Bill se giró para mirarlo una última vez levantó la mano en un gesto pequeño, íntimo, que solo él entendió.
Luego dio media vuelta y regresó al club, mientras Bill, Louise y Georg seguían avanzando hacia el coche, listos para llevarlo a casa.
Minutos después, Bill descansaba en casa. Por suerte su madre no estaba, Arthur le había informado de que pasaría toda la tarde fuera. No podía soportar la idea de enfrentarse a ella, gracias a su trabajo en el club apenas coincidían y eso le permitía respirar con un poco más de tranquilidad.
Se encontraba en su habitación tumbado en la cama intentando dormir un rato pero le resultaba imposible hacerlo. Natalie lo había dejado demasiado alterado con sus palabras, siempre buscando provocarlo, siempre empujándolo a reaccionar solo para divertirse a su costa.
Estaba a punto de cerrar los ojos tratando de quedarse dormido cuando el móvil vibró sobre la mesita. El sonido le atravesó el pecho como un latigazo haciendo que se incorporara con rapidez y lo cogiera de inmediato.
Vio un nombre en la pantalla.
Alexander.
El estómago se le encogió, dudó unos segundos antes de abrir el mensaje pero al final lo hizo, porque siempre lo hacía.
El texto no era precisamente breve con ese tono que Alexander sabía usar para desarmarlo.
«He estado pensando en lo que hablamos el otro día. Mi padre sigue insistiendo en que lo mejor para mí es empezar de cero y creo que tiene razón. No puedo seguir aferrándome a aquello que solo me hacen daño y me impide avanzar en mi recuperación. Deberíamos devolvernos cuanto antes todo lo que nos regalamos, es mejor que no tengamos nada que no haga recordar una época que jamás volverá»
Bill sintió un golpe seco en el pecho. No era la primera vez que Alexander mencionaba esa idea, días atrás ya se lo había dicho cuando fue a ver qué tal estaba y luego tuvo ese momento incómodo con Natalie.
Y de nuevo se lo suplicaba con esa mezcla de tristeza y distancia que lo dejaba sin aire. Su mensaje era tan directo y definitivo que le dolió más de lo que se esperaba.
Se incorporó en la cama, apoyando la espalda en la pared sintiendo que las manos le temblaban ligeramente.
Alexander siempre sabía exactamente que tecla apretar para hacerle sentirse mal consigo mismo.
En el fondo tenía que admitir que odiaba la idea de devolverle nada, porque cada regalo suyo tenía un significado, un momento y una historia. Sabía que debería hacerlo para como bien decía Alexander empezar desde cero pero aún así, la idea de tener que hacerlo lo destrozaba.
Alexander lo sabía, y aun así lo decía porque era lo más lógico del mundo.
Bill tragó saliva, sintiendo cómo la culpa volvía a apretarle la garganta.
«Empezar de cero»
Como si él fuera el peso que Alexander necesitaba soltar.
Como si todo lo que habían vivido fuera algo que había que borrar.
Porque aunque hubieran sido pocos, había momentos donde Alexander le hizo sentirse especial y esos recuerdos no se podrían borrar con facilidad.
Se pasó una mano por la cara intentando calmarse. Natalie ya lo había dejado nervioso, pero el mensaje de Alexander le había descolocado por completo.
Miró el móvil de nuevo.
Alexander sabía que había recibido el mensaje y leído, pero no había enviado nada más para no insistir y darle tiempo para pensar.
Pero Bill conocía ese silencio.
Era un silencio que pedía respuesta, que exigía una reacción.
Y él, como siempre, no podía negarse a dársela.
Y cuanto antes lo hiciera mejor.
Cogió el móvil con firmeza y recordando que aún tenía unas horas libres antes de reunirse de nuevo con Louise y Georg para encontrarse con Tom, decidió que lo mejor sería aprovechar ese momento y no posponerlo por más tiempo.
Respiró hondo intentando que las manos dejaran de temblarle. Sabía que si no respondía en esos momentos pasaría el resto del día con un nudo en el estómago. Así que abrió la conversación con Alexander y empezó a escribir, borrando y reescribiendo varias veces antes de atreverse a dejar algo fijo.
«Si tu padre cree que es lo mejor, estoy de acuerdo. No quiero ser un obstáculo para tu recuperación. Si devolver las cosas ayuda a que puedas empezar de cero, lo haré. ¿Puedes venir a mi casa en media hora? Cuanto antes lo hagamos será lo mejor para los dos»
Se quedó mirando el mensaje unos segundos más sintiendo cómo cada palabra le pesaba más que la anterior. Lo encontraba quizás demasiado formal, demasiado frío… pero cualquier cosa más emocional lo habría dejado expuesto, y no quería darle a Alexander más armas de las que ya tenía.
Aun así, añadió una última línea, casi sin pensarlo.
«Espero que estés bien.»
La leyó tres veces.
Dudó.
Podía borrarla.
Podía dejarlo en algo neutro, correcto, distante.
Pero no pudo y envió el mensaje.
El móvil vibró en su mano al confirmar el envío y Bill sintió cómo el corazón se le aceleraba. Sabía que Alexander leería ese mensaje con una sonrisa interpretándolo como una rendición.
Y aun así… no podía evitarlo.
Se levantó de la cama y pensó en empezar a arreglarse, no sabía cuánto tiempo tardarían en devolverse los regalos y no quería que, después, se le hiciera tarde para reunirse con Tom.
Pero antes de eso abrió el armario y en el fondo encontró la caja donde había guardado tiempo atrás todos los regalos que Alexander le había hecho. Eran recuerdos que debía aprender a olvidar.
Sacó la caja y la dejó sobre el escritorio antes de entrar en el baño dispuesto a darse una ducha que lo ayudara a calmarse y a poner en orden sus ideas, algo que le permitiera aunque fuera por unos minutos dejar de pensar en lo nervioso que se sentía ante la idea de volver a enfrentarse a Alexander, quien siempre encontraba las palabras exactas para hacerlo sentir culpable de todos y cada uno de sus males.
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Después de enviar el mensaje y mientras esperaba la respuesta de Bill, Alexander permanecía recostado en su tumbona jugueteando con su móvil sin demasiado interés mientras Natalie hablaba animadamente de algo que él apenas escuchaba. Gustav, sentado a un lado, llevaba toda la tarde en silencio mirando la piscina como si quisiera desaparecer en ella.
Alexander dejó a un lado el móvil y se dio cuenta de su estado.
—¿Y a ti qué te pasa? —preguntó con un tono más impaciente que preocupado—Estás rarísimo hoy.
Gustav tardó unos segundos en reaccionar, como si lo hubieran arrancado de un pensamiento incómodo.
—Nada… estoy bien —respondió sin mirarlo.
—Ay, por favor, Gus. que te conozco—dijo Natalie alzando una ceja—Cuando te callas tanto es porque algo te ronda la cabeza.
Gustav apretó los labios con firmeza, no quería entrar en ese terreno en esos momentos. No con Alexander con su estado de superioridad permanente.
—Solo estoy cansado —murmuró.
Alexander soltó una risa breve, incrédula.
—Cansado… —repitió, como si fuera una excusa ridícula—Pues anímate un poco, ¿no? Nos estás arruinando la tarde.
Gustav bajó la mirada.
No valía la pena discutir.
Natalie abrió la boca para añadir algo más, pero en ese momento el móvil de Alexander vibró. Le vio cogerlo con rapidez conteniendo el aliento hasta que su gesto cambió al ver de quien era el mensaje que acababa de recibir.
Era de Bill.
La sonrisa que se le dibujó fue lenta, satisfecha y casi cruel.
—Bueno, bueno… —murmuró, enderezándose—Mirad quién ha picado.
Natalie se inclinó hacia él con curiosidad mientras que Gustav sintió en esos momentos como su estómago se encogía.
Alexander abrió el mensaje y lo leyó con una expresión de triunfo absoluto. Luego levantó el móvil para que ambos lo vieran.
—¿Lo veis? —dijo, con orgullo—Le tengo justo donde quería.
Natalie soltó una risita complacida. Gustav, en cambio, desvió la mirada, incómodo.
—Eres increíble —comentó Natalie divertida—Siempre cae.
—Porque no aprende —respondió Alexander poniéndose en pie con un aire de importancia—Quiere que nos veamos en media hora asi que me voy a preparar, no quiero llegar tarde a mi propia victoria.
— ¿Podemos esperarte aquí?—preguntó con pereza Natalie—Asi luego nos cuentas cómo ha ido, con todo lujo de detalles.
—Estáis en vuestra casa—contestó Alexander encogiéndose de hombros.
Dio media vuelta y se despidió de ellos con un gesto despreocupado para dirigirse a su habitación.
Tras su marcha, Natalie se acomodó en su tumbona estirando las piernas con un suspiro exagerado mientras veía a Alexander alejarse por el jardín. En cuanto le vio desaparecer dentro de la casa volvió la cabeza y se enfrentó a Gustav.
—A ver, Gus… —empezó a decir con un tono que mezclaba curiosidad y fastidio— ¿Qué demonios te pasa hoy? Estás más callado que nunca.
Gustav siguió mirando la superficie de la piscina, donde el sol se rompía en destellos. No quería hablar, pero tampoco podía seguir tragándose aquello.
—No me parece bien —respondió al fin en voz baja.
—¿El qué? —quiso saber Natalie, aunque ya intuía la respuesta.
—Lo que está haciendo Alexander con Bill—contestó Gustav apretando los labios— No… no está bien. Y tú lo sabes.
—Ay, por favor—soltó Natalie entre risas—No es para tanto, Alexander solo está… equilibrando las cosas.
—¿Equilibrando? —repitió Gustav mirándola por primera vez, con una mezcla de cansancio y decepción— ¿De verdad crees que esto va a arreglar algo? ¿Qué humillarlo va a hacer que se solucionen las cosas entre ellos?
—No sé si se solucionarán o no pero Alex necesita desahogarse y Bill siempre se lo pone fácil—murmuró Natalie encogiéndose de hombros como si el tema no le afectara en absoluto.
—Esto no es desahogarse, Natalie—dijo Gustav negando con la cabeza— Es cruel, y tú lo estás animando.
Ella se le quedó mirando con una sonrisa ladeada, como si él fuera ingenuo por preocuparse.
—Así funcionan las cosas Gustav—dijo con firmeza—Alexander está dolido porque Bill lo traicionó. ¿Qué esperabas? ¿Un abrazo?
Gustav volvió a apartar la mirada hacia el agua, incapaz de seguir discutiendo.
Sabía que Natalie no iba a entenderlo.
Sabía que Alexander tampoco.
Y aun así, no podía evitar sentir que estaban cruzando una línea de la que ninguno volvería igual.
—Además, ¿qué crees que va a pasar? —preguntó Natalie entre risas— ¿Que Bill lo va a recibir con los brazos abiertos?
Gustav se le quedó mirando sin comprender del todo a qué se refería.
—Es parte del juego —explicó Natalie sonriendo con malicia—Llevo días animando a Alexander a que aproveche cualquier ocasión para intentar recuperar a Bill, cuando es obvio que es imposible ya está completamente colado por Tom.
—¿Y por qué lo animas entonces? —preguntó Gustav desconcertado.
—Para reírme un poco de Alexander —contestó Natalie, como si fuera lo más evidente del mundo—Me lo debe por haberme quitado a Bill, cree que lo he perdonado pero te aseguro que eso no va a pasar jamás.
—¿Solo lo has hecho para vengarte de Alexander? —quiso saber Gustav, incapaz de ocultar la incredulidad.
—Por supuesto—contestó Natalie con total naturalidad— ¿Qué otra razón iba a tener?
—Si tanto lo odias, ¿por qué ese empeño en estar a su lado fingiendo preocuparte por su bienestar? —preguntó Gustav, incapaz de contenerse más.
Natalie soltó una risa suave, casi divertida por su ingenuidad.
—Porque es útil —murmuró con una frialdad que lo dejó sin aliento—Alexander baja la guardia conmigo. Cree que soy su amiga, que lo entiendo y que estoy de su parte. Y mientras él se cree eso, yo me entretengo.
— ¿Y que hay de todo lo demás?—preguntó Gustav sintiendo que le costaba respirar—Todos esos juegos en los que me he visto obligado a participar, me he sentido utilizado y humillado.
— ¿Qué hay de malo en disfrutar un poco de sexo libre y salvaje?—dijo sonriendo Natalie—Ambos nos hemos acostado con él y disfrutado, quédate con esa parte.
—Eso es… cruel—murmuró Gustav frunciendo el ceño.
—No, cariño —corrigió Natalie, inclinándose hacia él con una sonrisa afilada—Eso es justicia poética. Alexander me quitó a Bill, ¿recuerdas? Me dejó en ridículo y ahora se piensa que lo he perdonado, que soy su confidente y que me preocupa su «estado emocional» cuando es justo rodo lo contrario. Pero si él quiere creerlo, ¿quién soy yo para quitarle la ilusión?
Gustav sintió un peso en el pecho. No sabía qué le inquietaba más si la frialdad de Natalie o la certeza de que Alexander no tenía ni idea de lo que se estaba gestando a su alrededor.
—No sé en qué va a acabar todo esto —susurró suspirando.
—En nada que te afecte a ti —respondió ella encogiéndose de hombros—Tú solo relájate y disfruta del espectáculo, yo lo pienso hacer con una amplia sonrisa en los labios.
Pero Gustav no podía hacerlo.
Y, por primera vez en mucho tiempo, deseó no estar allí.
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Echó una rápida carrera hasta su habitación y entró en ella sin molestarse en cerrar la puerta. Allí sobre una estantería y dentro de una caja estaban todos los regalos que Bill le había hecho. Algunos fueron de su agrado mientras que otros solo los había aceptado fingiendo entusiasmo para no herirlo. En esos momentos no podía evitar mirarlos con una mezcla de fastidio y superioridad. Cada objeto era un recordatorio de cuánto poder había tenido y seguía teniendo sobre Bill.
Se preparó con esmero, quería estar de lo más atractivo posible para que Bill cayera rendido a sus pies y cuando terminó bajó las escaleras con la caja en brazos en busca de John, encontrándole en el salón terminando de revisar que todo estuviera impecable antes de sus padres regresaran a casa, acomodando libros y ajustando cortinas en un estricto silencio.
—Necesito que me lleves a casa de Bill —exigió con un tono frío.
John se volvió al escucharle, no le había sentido entrar en el salón.
—No puede salir sin permiso de su padre, lo sabe—le recordó John.
—¿Y tú sabes que puedo hablar con mi padre y contarle lo que realmente pasó ayer en el lago?—le recordó a su vez Alexander mirándole con una peligrosa calma—Por no hablar de la manera en la que me miraste al llegar a casa, cuando estábamos en el vestíbulo y me obligaste a quitarme el bañador delante de ti con la excusa de que lo ibas a llevar a lavar.
John palideció y bajó la mirada al instante.
—Prepararé el coche —murmuró casi sin aliento.
Alexander sonrió satisfecho y pasó a su lado sin dedicarle ni una palabra más.
La caja pesaba poco.
El momento, en cambio, pesaba muchísimo más.
Minutos después, John aparcaba frente a la casa de Bill y Alexander bajaba del coche con una amplia sonrisa.
—Regresa a casa, no quisiera interrumpir tus tareas —ordenó sin mirarlo— Ya volveré dando un paseo.
John obedeció y arrancó de nuevo pensando que aquello no podía seguir así por más tiempo, no debía dejarse chantajear por Alexander y tarde o temprano no le quedaría más remedio que hablar con el padre y contarle toda la verdad.
Sintiendo el coche alejarse Alexander llamó a la puerta y al momento fue recibido por Arthur.
—He quedado con Bill —informó Alexander.
Arthur asintió con la cabeza y se echó a un lado dejándole pasar.
—Puede esperar en el salón—le indicó —Si necesita algo, estaré en el jardín. También puede llamar a Greta o a Alice, que están en la cocina.
Alexander asintió y se quedó a solas. Dejó la caja en el suelo y, tras asegurarse de que nadie lo observaba decidió subir las escaleras.
Se dirigió a la habitación de Bill y abrió la puerta con sigilo. No estaba allí pero la puerta del baño permanecía entreabierta y por ella salía el sonido del agua cayendo. Sin pensarlo demasiado entró por completo en la habitación dejando la puerta bien cerrada tras él. Se dedicó a pasear mientras esperaba hasta que sintió como se cortaba el agua. Minutos después Bill salió del baño envuelto en un albornoz y al verle en la habitación se llevó un buen susto.
—¡Alexander! —exclamó Bill, sobresaltado.
—Perdona, no quería asustarte —se disculpó Alexander mirándole fijamente.
Bill permanecía inmóvil ajustando el albornoz con fuerza contra su cuerpo. La incomodidad lo atravesaba por completo, estar casi desnudo frente a quien había sido su novio le resultaba insoportable.
—No deberías estar aquí arriba —dijo Bill con voz firme intentando recuperar el control de la situación.
—Es que… te estaba esperando abajo yo solo, empecé a sentirme mal y necesitaba hablar con alguien —empezó a disculparse Alexander mirándolo con insistencia—Entiendo que no me creas, que pienses que intento engañarte o manipularte… pero lo único que quiero es arreglar las cosas.
—¿Arreglarlas cómo? —replicó Bill poniéndose a la defensiva— ¿Entrando en mi habitación sin permiso?
—Lo siento, otra vez he vuelto a estropearlo todo —murmuró Alexander suspirando—Mejor me voy y te espero abajo, te dejo para que puedas vestirte tranquilo sin que mi presencia te incomode.
Su voz sonaba suave, casi frágil, pero en sus ojos brillaba una chispa extraña, un destello que no encajaba con la vulnerabilidad que intentaba mostrar. Cada palabra parecía calculada y diseñada para despertar la culpa en Bill.
Y Bill lo sabía.
Conocía demasiado bien esa forma de actuar, esa mezcla de aparente debilidad y manipulación. Sin embargo, no pudo evitar sentirse mal por haber reaccionado con tanta dureza. Se reprochaba haber sido demasiado tajante justo cuando Alexander parecía al borde de un ataque de ansiedad.
Aferró el albornoz con nerviosismo contra su cuerpo y bajó la voz.
—Perdona… no quise hablarte de esa manera —se disculpó —Me sorprendió encontrarte en mi habitación y reaccioné sin poder evitarlo.
Alexander levantó la mirada lentamente como si las disculpas fueran un bálsamo que había estado esperando.
—Lo entiendo —dijo con calma acercándose un paso más—Sé que en el pasado he hecho cosas que te han hecho mucho daño y no espero que vuelvas a confiar en mí de inmediato. Pero créeme, Bill, estoy intentando cambiar.
Bill tragó saliva incómodo. La tensión era palpable, por un lado la aparente vulnerabilidad de Alexander lo desarmaba y por otro esa misma actitud parecía esconder un cálculo frío, una estrategia para recuperar terreno.
Alexander percibió el titubeo en la mirada de Bill y lo aprovechó al instante. Dio un paso más cerca, suavizando el tono de su voz hasta hacerlo casi un susurro.
—Sé que te cuesta confiar en mí, pero quiero demostrarte que puedo ser distinto —insistió Alexander con voz suave—Que aún puedo ser alguien en quien apoyarte.
Sus palabras parecían impregnadas de dulzura, pero era una dulzura engañosa, calculada al detalle. Cada frase estaba cuidadosamente elegida para despertar compasión en Bill, para hacerle bajar la guardia y permitirle recuperar terreno.
Comenzó a pasear de nuevo por la habitación alejándose unos pasos para darle espacio y evitar que se sintiera incómodo con su presencia. Se detuvo frente al escritorio donde descansaba la caja con los regalos que alguna vez había recibido de él. Con gesto pausado tomó un estuche de terciopelo negro y lo abrió. Dentro brillaba una pulsera de plata, aquella que le había regalado al inicio de su relación. Recordó cómo una tarde paseando por el centro comercial Bill había comentado que le encantaba. Dos días después Alexander se la entregaba dejándolo sin palabras.
—No he dejado de pensar en lo unidos que estuvimos los últimos días —murmuró Alexander con la mirada fija en la pulsera—En que habíamos encontrado una manera de volver a conectar. ¿Tú también lo sentías?
Bill se puso tenso pero no respondió de inmediato. La pregunta lo había golpeado con fuerza arrastrándolo de nuevo a los recuerdos de los últimos días de su relación, aquellos instantes de plena cercanía que lo habían hecho creer, por un momento, que estaba al lado de la persona indicada.
Alexander continuó hablando sin darle tiempo a reaccionar.
—Recuerdo aquellas conversaciones profundas, cuando parecía que nada más existía fuera de nosotros —murmuró esbozando una sonrisa teñida de melancolía aunque en sus ojos se adivinaba un brillo calculado—Incluso cuando estabas enfadado, la forma en que me mirabas me hacía sentir que lo nuestro era indestructible, que jamás podría terminar.
Bill tragó saliva, incómodo. La mezcla de recuerdos y la aparente nostalgia lo desarmaban despertando emociones que prefería mantener enterradas. Al mismo tiempo, sabía que Alexander estaba usando esas memorias como armas, envolviéndolas en dulzura para quedarse más tiempo, para ganar terreno.
—Alexander… —murmuró con voz insegura—No deberías torturarte pensando en eso.
—No puedo evitarlo —dijo suspirando Alexander—Sé que todo se arruinó por mi culpa, por no haber sabido cuidarte. Creía que estaba haciendo lo correcto… estaba cegado por tu amor, y aún lo estoy.
Se giró con la pulsera en la mano y se la tendió con gesto solemne.
—Quiero que la conserves—le suplicó con firmeza—Recuerdo la ilusión que te hizo recibirla… fue el primer regalo que te hice.
—No sería correcto quedármela —murmuró Bill bajando la mirada incómodo.
—Quiero que tengas algo mío—insistió Alexander con una sonrisa cargada de falsa ternura—Algo que te recuerde que, aunque fueron pocas las veces, supe comportarme como el novio perfecto y no fui tan imbécil como ahora parezco.
Bill se quedó mirando la pulsera en silencio como si aquel objeto condensara todos los recuerdos de su relación. Las ilusiones del principio, los momentos de cercanía, pero también las heridas que aún le dolían. Tragó saliva con esfuerzo pensando que lo mejor era aceptar la pulsera si así se quedaba tranquilo Alexander.
—Está bien—murmuró tendiendo la mano con cierta vacilación—Me la quedo.
Cogió la pulsera y se la quedó mirando sintiendo cómo la nostalgia lo envolvía y al mismo tiempo lo incomodaba. Sabía que aceptar la pulsera era abrir una rendija peligrosa, pero no había podido resistirse al peso de los recuerdos.
Alexander sonrió con una mezcla de alivio y triunfo, un gesto que parecía sincero pero que escondía un cálculo preciso.
—Me alegra que quieras conservarla —dijo suavemente—Es una parte de nosotros, de lo que fuimos… y de lo que algún día aún podríamos ser.
—Alexander, no… —empezó Bill negando con la cabeza.
—Déjame terminar —pidió Alexander con firmeza alzando apenas la voz—Sé que ahora estás con Tom, y que lo que sientes por él es tan fuerte como lo que yo aún siento por ti. Quiero que sepas que siempre estaré esperándote, que nunca dejaré de pensar en ti. Tú me das las fuerzas que necesito para salir de toda esta mierda, si no fuera por ti me sentiría perdido.
Bill se quedó inmóvil atrapado entre la incomodidad y la punzada de culpa que le provocaban aquellas palabras. Sabía que Alexander estaba jugando con su vulnerabilidad, pero la intensidad de su confesión lo desarmaba, dejándolo sin respuesta inmediata.
Alexander dio un paso más hacia él acortando la distancia con una calma calculada. Su voz se mantuvo suave, pero su presencia se volvió más intensa, envolvente.
—No sabes lo que significas para mí —susurró inclinándose apenas, como si buscara que sus palabras quedaran suspendidas entre ambos.
Bill quiso retroceder instintivamente medio paso, pero se quedó quieto. La pulsera en su mano pesaba como un recordatorio de todo lo que habían compartido y la cercanía de Alexander lo desarmaba aún más.
Alexander aprovechó esa vacilación. Extendió la mano, rozando con delicadeza el brazo de Bill, un gesto que pretendía ser reconfortante pero que estaba cargado de intención.
—No quiero que me alejes de ti para siempre—dijo con firmeza disfrazada de ternura—Solo necesito sentir que aún hay algo entre nosotros.
Bill sentía que le faltaba el aliento. Su mente le gritaba que aquello era una trampa, que Alexander estaba manipulando cada gesto y cada palabra. Pero la mezcla de nostalgia, culpa y ansiedad lo mantenía paralizado, incapaz de reaccionar con claridad.
Alexander lo notó y se acercó un poco más notando que no se apartaba y entonces se inclinó lentamente hacia él. Sus labios rozaron los de Bill con suavidad, un gesto cargado de aparente ternura.
Bill, atrapado entre la nostalgia y la manipulación, se dejó besar. Al principio permaneció inmóvil, pero poco a poco fue devolviendo tímidamente el beso como si la memoria de lo que habían compartido lo arrastrara contra su propia voluntad.
El beso se prolongó unos segundos, y Alexander aprovechó la rendija abierta para intensificarlo buscando ir más lejos y acercarse con mayor ímpetu. Fue entonces cuando Bill reaccionó, la consciencia de lo que estaba haciendo lo golpeó de repente como un jarro de agua fría.
Quería apartarse, mantenerse lejos de su contacto pero Alexander le cogió con fuerza por los brazos impidiendo que se moviera de su lado.
—No… —suplicó Bill con los ojos llenos de miedo—Esto no está bien.
—No luches contra lo que sientes —susurró con firmeza Alexander—Yo sé que aún está ahí, aunque te niegues a verlo. ¿No ves como reacciona tu cuerpo bajo mi contacto?
Tras decir esas palabras llevó una de sus manos abajo colocándola sobre la fina tela que los separaba, al momento le abrió el albornoz sin que Bill pudiera hacer nada por evitarlo, y antes de que pudiera reaccionar ya le estaba acariciando sintiendo como se iba poniendo contra la palma de su mano.
— ¿Lo ves? —preguntó Alexander sonriendo—Siempre es igual, tu cabeza dice que no pero tu cuerpo te delata. Estás hambriento de mi, ardes por tenerme dentro.
—No quiero hacerlo—suplicó Bill con los ojos llenos de lágrimas.
Pero Alexander no veía sus lágrimas ni escuchaba sus palabras.
Estaba enfermo, deseoso de llevar a cabo su venganza y abalanzándose sobre él cayeron los dos al suelo con pesadez. Se quedó encima aplastándole con el peso de su cuerpo mientras que se desabrochaba los pantalones con rapidez. Estaba más que preparado, desde que había entrado en la habitación portaba una erección que dolía mantener y Bill no la había notado.
El albornoz se le había abierto del todo con la caída dejándole expuesto, se acomodó sobre su cuerpo haciéndose sitio entre sus piernas ignorando su aterradora mirada y alzando sus caderas entró con brusquedad en su cuerpo. Se sintió pleno al momento, llevaba tiempo deseando volver estar dentro y lo estaba consiguiendo. Tuvo que frenar las ganas que sentía de embestirle una y otra vez hasta correrse de placer, quería disfrutar del momento y aunque estaba ya a punto empezó a moverse lentamente para retrasar el momento y hacerle disfrutar a él también.
Pero Bill no podía hacerlo, lo que le estaba pasando era algo que jamás se hubiera imaginado. Alexander estaba abusando de él, como ya había hecho en otras ocasiones pero era distinto esa vez porque mientras que le sentía entrar y salir con violencia de su cuerpo no podía dejar de pensar en Tom en ningún momento y en si podría volver a mirarle a la cara alguna vez sin ver en ella que lo había traicionado de la peor manera posible.
Sentía los ojos llenos de lágrimas y a Alexander mirándole fijamente con una amplia sonrisa en los labios mientras no dejaba de embestirle. Desvió la cara para no ver en la suya ese gesto de satisfacción que se la recorría sintiendo como le echaba el aliento en su cuello.
Se mordió los labios para no gritar ni que se le escapara ningún sollozo, sabía que Arthur estaba en casa y si le escuchaba gritar acudiría en su ayuda de inmediato pero no podía permitir que ni él ni nadie le viera en una situación como esa, desnudo bajo Alexander quien era el único que estaba disfrutando.
Se le estaba haciendo eterno como el dolor que sentía en su cuerpo al ser mancillado una vez más. Entonces le escuchó jadear con fuerza y sabía lo que iba a venir a continuación, le conocía perfectamente y sabía que ese era el sonido que emitía cuando estaba a punto de conseguir un prolongado orgasmo.
Y entonces le sintió derramarse en su interior con una ultima embestida que sintió clavarse en lo más profundo de su cuerpo arrancándole un pequeño gemido de dolor.
Pero Alexander tomó ese gemido por uno de placer y sin dejar de sonreír en ningún momento mientras que aún permanecía en su interior soltando hasta la ultima gota de su semilla, bajó una mano y cogiéndole sin suavidad alguna le estuvo masajeando hasta que segundos después le hizo correrse entre sus dedos sintiendo su calidez bajar por la palma de su mano.
— ¿Lo ves?—preguntó entre jadeos—Aunque quieras negarlo lo has disfrutado, siempre te ha gustado el sexo fuerte y con dolor, es lo que te ha hecho correrte en mis manos de puro placer.
Levantó la mano y se la quedó mirando observando en ella la esencia cálida y blanca que Bill había derramado. Solo entonces se la llevó hasta los labios y lamió saboreando cada una de las gotas de ese manjar amargo.
—Delicioso—susurró con los ojos cerrados—Hacia mucho tiempo que no disfrutaba de tu sabor y lo había echado mucho de menos.
Bill le escuchaba con las mejillas bañadas en lágrimas. Quería que saliera de su cuerpo de una vez y se marchara, quería levantarse como pudiera y regresar a la ducha para lavar su cuerpo hasta no dejar en el ningún rastro de Alexander.
Sus plegarias fueron escuchadas y segundos después Alexander salió con la misma brusquedad con la que había entrado. Se puso en pie mientras se recomponía la ropa observándole como trataba de moverse lentamente hasta quedar tumbado de costado en el suelo tratando de encogerse todo lo que podía mientras lloraba amargamente.
—Bill, no seas niño—le pidió Alexander con firmeza—Ahora no me vengas con que no lo has disfrutado porque si así fuera no re habrías corrido de placer entre mis manos.
Le vio negar con la cabeza pero nada más, Bill no tenía fuerzas para hablar y tampoco sabía qué le podía decir.
¿Qué le había hecho mucho daño?
¿Qué jamás le volviera a tocar de esa manera?
Alexander siempre obtenía lo que quería de una manera o de otra, y eso Bill ya debería saberlo.
—Ha sido un placer follar contigo de nuevo—dijo Alexander sonriendo—Podemos repetirlo siempre que quieras, Tom no tiene por qué enterarse. Tener una relación abierta es lo mejor, asi si te aburres buscas en otro lado eso que no te da tu pareja. Míranos a Gustav y a mi, follamos entre nosotros y también con Natalie que tiene una mente mucho más abierta que la tuya. ¿Sabes que le propuse sexo anal y aceptó encantada? Ella si que sabe como complacer a los que le rodean y quedó de lo más satisfecha, estoy seguro que ya lo ha hecho también con Gustav y eso ha hecho que sus sentimientos sean ahora más fuertes que antes.
Bill le escuchaba con los ojos cerrados pero no prestaba atención a ninguna de sus palabras. Solo quería que se fuera de una vez y que le dejara a solas con su dolor.
—Se me ha hecho tarde—dijo suspirando Alexander—Te he dejado en el salón la caja con todos tus regalos, me llevo los míos y también la pulsera. Sé que en el fondo no te la quieres quedar y me costó mucho, puedo venderla y me dará para unas cuantas rayas de coca que es lo que ahora mismo me está pidiendo el cuerpo.
Y recuperando la pulsera salió de la habitación dejando a Bill tirado en el suelo sintiéndose humillado y mancillado.
El en cambio caminaba con la cabeza bien alta y una amplia sonrisa iluminándole la cara. Por fin había obtenido su venganza, y cómo la había disfrutado.
Continúa…
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