Incomplete 94

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Fic TOLL de lyra

Capítulo 94

A solas en la piscina mientras esperaban el regreso de Alexander, Natalie tomaba el sol tranquilamente con los ojos cerrados mientras que Gustav no dejaba de pensar en lo mucho que empezaba a cansarle aquel juego.

Su relación con Alexander había cambiado, echaba de menos la época en la que se veían en secreto y hacían el amor como si no hubiera un mañana. Pero desde que habían incluido a Natalie todo lo que hacían parecido sacado de una película porno carente de todo sentimiento y amor.

—Estás muy callado y muy serio —murmuró Natalie abriendo los ojos— ¿Sigues dándole vueltas a lo mismo?

—No puedo quitármelo de la cabeza —respondió Gustav resoplando.

—Es solo un juego, nada más —repitió Natalie con cansancio—Nos estamos riendo un poco de Alexander, ya verás como vuelve de casa de Bill con la cabeza agachada y así le bajamos un poco esos aires de superioridad que siempre tiene.

—¿No te da miedo que quiera vengarse? —preguntó Gustav inquieto.

—Alexander no me da absolutamente ningún miedo —respondió Natalie sin dudar.

Gustav se pasó una mano por el pelo incómodo.

—A veces creo que te divierte demasiado provocarlo —murmuró sin mirarla.

Natalie se incorporó un poco en la tumbona entornando los ojos por el sol.

— ¿Y qué?— inquirió mirándole fijamente— Él hace lo mismo con todos incluso con nosotros, solo que yo ya no me dejo.

—Sí, pero… últimamente parece que todo gira en torno a picarle para ver hasta dónde llega—murmuró Gustav apretando la mandíbula—Y yo ya estoy cansado, Natalie.

—No dramatices—pidió Natalie suspirando exageradamente, como si él fuera quien complicaba las cosas—Alexander es fuerte, puede soportar una simple broma.

—No es una broma cuando lo haces cada día —replicó Gustav, esta vez con un tono más firme—Y no es divertido para todos.

Natalie se le quedó observando un instante como si evaluara si valía la pena discutir.

—Pues si estás tan harto, no participes —dijo al fin, encogiéndose de hombros—Nadie te obliga.

Gustav desvió la mirada hacia la piscina sintiendo cómo algo dentro de él se tensaba.

—Ojalá fuera tan simple —murmuró antes de ponerse en pie.

—¿Qué haces? —quiso saber Natalie al instante incorporándose un poco.

—No quiero seguir jugando, me retiro —contestó Gustav sin mirarla—Puedes quedarte si quieres para reírte tú sola de Alexander.

—¿En serio te vas a poner así por una tontería?—preguntó Natalie frunciendo el ceño sorprendida por el tono.

—No es una tontería para mí—contestó Gustav con firmeza—Estoy harto de sentir que todo esto es… no sé, una competición absurda.

—Pues no lo conviertas en eso —replicó Natalie cruzándose de brazos.

—No soy yo quien lo convierte —confesó Gustav en voz baja, como si temiera que la sinceridad se le escapara demasiado—Solo que ya no me hace gracia.

Hubo un silencio tenso. El agua de la piscina se movía apenas, como si también esperara la respuesta de Natalie.

Ella se lo quedó observando con una mezcla de fastidio y desconcierto, incapaz de decidir si estaba exagerando o si, por primera vez, debía tomárselo en serio.

—Haz lo que quieras, Gustav —murmuró al fin apartando la mirada—No pienso detenerte.

Él asintió, aunque la respuesta le pesó más de lo que esperaba.

—Eso haré—dijo con tono decidido.

Y dando media vuelta echó a andar por el jardín dejando que Natalie siguiera tomando el sol ella sola sintiendo que algo en el aire había cambiado aunque ninguno de los dos quisiera reconocerlo.

&

Sabían que era algo pronto pero tras pasar casi una hora en el centro comercial Louise y Georg llegaron a recoger a Bill un poco antes de lo previsto con el coche cargado de bolsas y la sensación de que habían matado el tiempo de la manera que mejor sabían mientras Bill descansaba. Louise llamó al timbre con suavidad imaginándose que Arthur les iba a decir que Bill continuaba descansando, quizás incluso profundamente dormido.

Arthur abrió la puerta al momento con su habitual compostura.

—Buenas tardes —saludó inclinando la cabeza dejándoles pasar.

—Buenas tardes Arthur, ¿sabes si Bill sigue en su habitación descansando?—preguntó Louise sonriendo —Porque si es así esperaremos a que despierte.

—No lo sé, la verdad—contestó Arthur arrugando la frente—El señorito Alexander vino a verle y yo no me he movido del jardín hasta ahora.

Louise y Georg se quedaron inmóviles un segundo, mirándose con una mezcla de sorpresa y alarma. Louise fue la primera en reaccionar, frunciendo el ceño.

—¿Alexander está aquí? —preguntó en voz baja como si necesitara confirmarlo.

Arthur asintió con una serenidad que contrastaba con la tensión que acababa de instalarse en el aire.

—Así es, señorita Louise—contestó—Vino hace media hora y le dejé esperando en el salón.

Georg soltó un suspiro contenido y se pasó una mano por la nuca mientras que Louise entraba del todo en la casa con paso decidido. Georg fue tras ella y al llegar al salón se detuvieron en seco.

Allí no había nadie.

Solo una caja.

La caja que Alexander había traído y depositado en el suelo como un recordatorio silencioso de algo que no debía estar ocurriendo. Louise se acercó lentamente como si temiera que al tocarla fuera a estallar mientras que Georg la observaba con el ceño fruncido sintiendo que había algo que no se le escapaba.

—¿Dónde está Alexander? —preguntó Louise en voz baja más para sí misma que para Georg.

El salón estaba perfectamente ordenado sin rastro alguno de él , de Bill o de una conversación reciente.

Solo estaba la caja, pesada en significado y ligera en presencia.

—Esto no me gusta nada —murmuró Georg dando un paso más mirando alrededor.

Louise apretó los labios, sintiendo cómo la inquietud le subía por la garganta.

—Vamos arriba —dijo al fin—Seguro que está en su habitación y Bill no debería estar a solas con él.

Y sin esperar respuesta salió del salón con una determinación que Georg no había visto jamás en ella. Echaron a correr escaleras arriba y al llegar a la habitación de Bill abrieron con suavidad la puerta pero allí no había nadie tampoco, todo estaba perfectamente ordenada como siempre a excepción de una albornoz arrugado tirado en el suelo.

Pero lo que más les llamó la atención fueron unas minúsculas gotas de sangre que habían el el y por en el suelo también cerca del baño. Echaron a correr hacia allí sin perder el tiempo y entonces escucharon el sonido de la ducha. Georg fue el encargado de abrir la puerta quedándose Louise fuera por respeto.

Allí Bill se encontraba sentado en el suelo de la ducha dejando que el agua le cayera mientras lloraba abrazado a su tembloroso cuerpo.

No hacia falta imaginarse mucho lo que allí había pasado apenas minutos antes de su llegada.

Georg entro del todo en el baño y mordiéndose el labio se inclinó hasta quedar a su altura.

—Bill, soy yo—llamó en voz baja para no asustarle.

Pero aun así, lo hizo.

Bill pegó un pequeño bote y alzando la cara se le quedó mirando con los ojos llenos de lágrimas.

— ¿Ha sido Alexander?—preguntó Georg sintiendo que él también iba a echarse a llorar.

Bill sintió con la cabeza sin poder articular palabra. Georg resopló y entonces se incorporó para cortar el agua. Se volvió y abriendo un armario cogió un albornoz nuevo con el que abrigar y cubrir la desnudez de su amigo. Dio media vuelta y le tendió una mano ayudándole a ponerse en pie.

—Vamos, no cojas frio—susurró envolviendo su tembloroso cuerpo en el albornoz.

Una vez puesto le ayudó a salir de la ducha y a caminar fuera del baño. Louise paseaba por la habitación sin poder apartar la mirada de la sangre que había en el suelo, que aunque fuera poca hacía que se sintiera muy nerviosa por lo que sabía que allí había ocurrido.

Les vio salir del baño y siguió con la mirada hasta la cama donde Georg le llevó notando que Bill se sentaba sobre ella con mucha lentitud y suavidad.

—Bill, escúchame bien—pidió Georg con firmeza—Necesitas ir a un hospital…

Bill no le dejó terminar de hablar, enseguida se puso a negar con la cabeza mientras le miraba fijamente.

—Si, tienen que examinarte y tomar pruebas—insistió Georg—Tienes que denunciarle, no puede quedar libre después de lo que te ha hecho.

—No quiero tener que volver a recordarlo—susurró Bill con la voz entrecortada—Ni que nadie me examine, no quiero que nadie me toque.

—Pero Bill, te ha hecho daño—intervino Louise—Hay sangre en el suelo, debemos asegurarnos que estés bien.

—Lo estoy—dijo Bill con firmeza—No es la primera vez que me ocurre, se pasa enseguida y no es tan grave como parece.

Louise y Georg se miraron en silencio, nada de lo que dijeran le haría cambiar de opinión. Estaba en estado de shock por lo sucedido, su cuerpo temblaba sin que pudiera hacer nada por evitarlo y solo quería olvidar lo que le había pasado. Le dejaron sentado en la cama y se alejaron unos pasos para poder hablar entre ellos sin ser escuchados.

—Deberíamos llevarle al hospital—insistió Georg en voz baja—¿Por que no quiere ir?

—Seria muy traumático para él—contestó Louise suspirando—Muchas victimas de violación no denuncian porque tienen que pasar por un reconocimiento médico que es casi como una segunda violación. Debemos respetar su decisión aunque no estemos de acuerdo con ella.

—Alexander no puede quedar impune de lo que le ha hecho—dijo Georg con rabia.

—No hay pruebas físicas de que haya sido él—apuntó Louise resignada—Bill se ha lavado, ha eliminado cualquier rastro de su cuerpo que lo delatara y legalmente ahora mismo Alexander es inocente. Si le denuncia y van a juicio tendría que volver a revivirlo todo y no saldría bien parado. Quizás lo mejor es no decir nada y estar a su lado para que pueda superarlo.

— ¿Ni siquiera a Tom?—quiso saber Georg—Debería saberlo

—Pero tendría que ser Bill quien se lo contara—apuntó Louise.

—Nunca lo hará, y Tom no es ciego—apuntó a su vez Georg—Lo descubrirá al momento viendo como se comporta y la tristeza de sus ojos. Tú quédate con Bill, yo iré a buscarle y le contaré lo que ha pasado.

—Querrá matar a Alexander en cuanto lo sepa—murmuró Louise suspirando.

—Y yo le ayudaré si es necesario—dijo con firmeza Georg— ¿Has oído lo que ha dicho Bill? No era la primera vez que ocurría, Alexander ha abusado más veces de él y ha callado todo el tiempo por miedo y por vergüenza .

—Ten mucho cuidado—suplicó Louise—Estoy segura que cuando se lo cuentes a Tom su reacción va a ser golpear algo o alguien. Y quitaos de la cabeza la idea de tomar la justicia por vuestra mano, Alexander no merece que paséis el resto de vuestras vidas en la cárcel. Pensad que Bill os necesita a los dos a su lado.

Georg se lo prometió resoplando, no le gustaba la idea de que Alexander quedara sin recibir lo que se merecía pero Louise tenía mucha razón en lo último que había dicho, Bill iba a necesitar tenerlos a su lado para poder superarlo.

Dio un paso en su dirección y le abrazó con fuerza sintiéndola estremecerse entre sus brazos.

—Date prisa—pidió Louise entre sus brazos—Yo trataré de hacerle entrar en razón, hablaré con Bill para que me deje llevarle al hospital y se aseguren que esté bien.

—Puedo hablar con mi padre—sugirió Georg sin dejar de abrazarla—Id a su clínica o que venga a examinarle aquí mismo.

—Pero entonces se lo contaría al padre de Bill—murmuró Louise sin saber qué hacer.

—Debemos decírselo a alguien—dijo con firmeza Georg—Jörg Kaulitz es abogado, se encargará de que Alexander reciba lo que se merece sin tener que llegar a juicio.

Louise asintió en silencio, lo mejor era buscar ayuda aunque Bill no quisiera. Lo que había ocurrido era demasiado grave como para mirar hacia otro lado.

Se despidió de Georg con un beso breve en los labios y lo vio salir de la habitación quedándose a solas con Bill que desde la cama temblaba y sollozaba sin poderse contener.

&

Media hora después de la marcha de Gustav, Alexander regresaba a casa con la caja de regalos que Bill le había devuelto. Llamó a la puerta y John abrió casi de inmediato.

—He vuelto, tal y como te prometí —murmuró Alexander al entrar sin dedicarle una mirada—Para que veas que siempre cumplo lo que digo.

John tragó saliva con dificultad mientras lo observaba recorrer la casa con paso seguro dirigiéndose al jardín con una sonrisa amplia y satisfecha dibujada en los labios.

Y sin dejar de sonreír se dirigió a la piscina donde solo encontró a Natalie tomando el sol tranquilamente. Fue a su lado y dejando la caja sobre una tumbona su sonrisa se intensificó, tanto que parecía hecha para provocar.

—Bueno, bueno… —anunció extendiendo los brazos como si esperara aplausos— ¿Me habéis echado de menos?

Natalie se incorporó lentamente en la tumbona arqueando una ceja.

—Vaya, vienes muy contento —comentó midiendo cada palabra.

—Digamos que la visita ha sido… productiva —respondió Alexander dejándose caer en una tumbona con un suspiro satisfecho—Bill y yo hemos compartido un momento… ya sabes, de esos que solo pasan cuando hay química.

— ¿Tú y Bill?—inquirió Natalie ladeando la cabeza mientras solaba una risa incrédula— Por favor Alexander, seguro que ni te ha dejado entrar en casa.

—Eso es lo que tú pensabas que iba a pasar, pero algunos tenemos encanto natural—murmuró Alexander chasqueando la lengua ofendido.

—O un ego del tamaño de esta piscina —murmuró a su vez Natalie sin molestarse en disimular.

—No te lo creas si no quieres—replicó Alexander mirándola con una mezcla de diversión y desafío—Pero ha pasado, y ha sido de lo más intenso.

Natalie entrecerró los ojos estudiándolo, había algo en su tono y en su postura que no terminaba de cuadrarle.

—Claro, claro—dijo sonriendo, convencida que estaba tratando de tomarla el pelo—Intenso, como todo lo que dices que haces.

—Si quieres te doy detalles jugosos—invitó Alexander sonriendo.

—No, gracias—murmuró Natalie negando con la cabeza—Hace un rato que me he tomado una tostada con queso crema y mermelada de frutos rojos que me trajo Nora y no quisiera vomitar.

Alexander se echó a reír mientras se recostaba en la tumbona suspirando y echaba un vistazo a su alrededor.

— ¿Dónde se ha metido Gustav?—preguntó al darse cuenta de que no estaba.

—Se ha ido— contestó suspirando Natalie—Parece que tu juego ya no le hace gracia.

—¿Qué juego?—quiso saber Alexander frunciendo el ceño confundido y molesto a partes iguales.

—El de siempre—murmuró Natalie—Pero conmigo no tienes que jugar, deja de tratar de convencerme de que has vuelto con Bill porque no me lo creo.

—Yo no he dicho que haya vuelto con Bill en ningún momento—aclaró Alexander, con una calma que sonaba demasiado ensayada—Solo he dicho que hemos follado.

Natalie desvió la mirada incómoda con sus palabras. Sus ojos se posaron en la caja que Alexander había dejado sobre la tumbona donde estaban los regalos que le había hecho a Bill y que este le había devuelto por petición suya.

Alexander siguió la dirección de su mirada y al ver que se había quedado fija en la caja sonrió ampliamente.

—¿Quieres algo? —preguntó con falsa generosidad—Al fin y al cabo, ya no son de nadie.

—No creo que haya nada que me interese —respondió Natalie sin apartar del todo la mirada, aunque su tono dejaba claro que prefería no tocar ese tema.

Alexander ladeó la cabeza divertido por su incomodidad, como si la caja fuese un trofeo y no un recordatorio de que Bill había cortado con él sin miramientos.

Se puso en pie y abriendo la caja sacó la misma pulsera que primero había insistido en que Bill se quedara para luego quitársela convencido de que sacaría mejor provecho vendiéndola para poder comprar un par de rayas.

—Con esta pulsera dejé a Bill sin palabras —explicó alzándola entre sus dedos—Pensaba venderla pero si la quieres es toda tuya.

Natalie se quedó observando la pulsera de plata. Le gustaba, sí, pero no iba a aceptar nada que viniera de Bill y menos como una especie de compensación por haberlo perdido.

—¿No? —preguntó Alexander al verla negar con la cabeza—Pues lo dicho, la vendo y le pediré a Gustav que me consiga algo de coca. Ahora mismo la necesito con urgencia.

—¿Coca? —repitió Natalie poniéndose tensa al momento—Ya lo habías dejado, Alexander. No lo estropees ahora.

—No lo he dejado —aclaró él encogiéndose de hombros—Solo me he tomado un respiro para que mi padre me deje en paz.

Natalie se le quedó mirando con una mezcla de incredulidad y cansancio, como si de pronto entendiera que la sonrisa triunfal con la que había llegado tenía más grietas de las que él quería admitir.

Se cruzó de brazos clavando en él una mirada que Alexander evitó por un segundo demasiado largo.

—¿Un respiro? —repitió con ironía— ¿Cuánto tiempo llevabas consumiendo? ¿Meses? Lo llamas «respiro» y lo que creo es que jamás quisiste dejarlo pero no tienes valor para admitirlo.

—No empieces, Natalie— murmuró Alexander chasqueando la lengua— No estoy de humor para sermones.

—Pues deberías estarlo —replicó Natalie sin suavizar el tono—Porque cada vez que te pones así acabas arrastrando a Gustav contigo y esta vez no pienso permitirlo.

—Yo no arrastro a Gustav a nada— murmuró Alexander poniéndose tenso como si la acusación le hubiera rozado un nervio sensible— El hace siempre lo que quiere.

—Claro —asintió Natalie con una sonrisa amarga—Como Bill, ¿no? Él al final hizo lo que quiso cuando por fin tuvo el valor de dejarte.

Alexander apretó la mandíbula. La pulsera brilló entre sus dedos, demasiado simbólica para su gusto.

—No metas a Bill en esto—pidió en voz baja.

—Tú lo has metido —replicó Natalie sin apartar de él la mirada—Vienes aquí presumiendo de que habéis follado pero traes una caja llena de cosas que él no quiere volver a ver nunca más. ¿De verdad crees que eso demuestra algo?

—No tienes ni idea de lo que pasó—murmuró Alexander dando un paso atrás como si necesitara espacio para respirar.

—Tengo ojos —lo cortó Natalie—Y sé reconocer cuando alguien está mintiéndose a sí mismo.

—¿Ahora eres psicóloga?—soltó Alexander esbozando una sonrisa afilada— ¿Quieres hacerle la competencia a mi padre?

—No, solo estoy cansada —dijo Natalie bajando un poco la voz pero sin perder firmeza—Cansada de ver como te haces daño y finges que todo está bajo control.

Alexander desvió la mirada hacia la piscina, como si el agua pudiera darle una salida.

—No necesito que me salves—murmuró en voz baja.

—No estoy intentando salvarte —respondió Natalie—Solo estoy diciendo que, si vas a volver a lo de siempre, no cuentes conmigo para aplaudirte.

La sonrisa de Alexander se quebró apenas un instante, lo suficiente para que se viera el cansancio que había detrás de su fachada.

—No necesito tu aprobación —dijo poniéndose a la defensiva aunque sonaba más herido que enfadado.

—Perfecto —murmuró Natalie cruzándose de brazos—Porque no la vas a tener.

Alexander apretó los labios, como si quisiera responder pero no encontrara nada que no lo delatara. Natalie, cansada, se recostó en la tumbona dispuesta a seguir tomando el solo como si nada hubiera pasado.

—Haz lo que quieras, Alexander —dijo sin mirarlo—Pero no esperes que te siga más el juego.

Él se quedó quieto sosteniendo aún en su mano esa pulsera que brillando débilmente entre sus dedos parecía que de repente pesara más de lo que recordaba.

El silencio que quedó entre ambos no fue una pausa, fue un límite.

Y los dos lo sintieron.

&

No sabía qué hacer o decir para tratar de convencerle de que llevarle al hospital era lo más crucial en esos momentos. Tras varios minutos sin apartar la mirada de su amigo, Louise cogió aire con fuerza y se sentó a su lado en la cama sintiendo como se ponía tenso sin poder evitarlo.

Todo ese tiempo Bill había permanecido sollozando en silencio tratando de poner en orden sus pensamientos y de alejar la imagen que aún flotaba en su cabeza de Alexander sobre él haciéndole más daño de lo que jamás le había hecho.

No solo físico, también mental.

Porque jamás hubiera esperado de él una reacción así por haber cortado la relación. Habían estado hablando, le había dicho que había cambiado y que solo deseaba que ambos pasaran página y empezaran desde cero,

Pero una vez más le había estado mintiendo y manipulando para obtener eso que tanto deseaba.

Venganza.

Debía haberlo imaginado, conocía perfectamente a Alexander y sabía que jamás perdonaba y mucho menos olvidaba.

¿Por qué iba a ser distinto con él?

Era la persona que más le había fallado, la que le había humillado al dejarle por un simple camarero que no era nadie.

Se sentía un idiota por no haberlo visto venir, por pensar que de verdad había cambiado y por haberle dejado abusar de él una última vez. Debería haber gritado, peleado con todas sus fuerzas para demostrarle que eso que le estaba haciendo no era lo que él quería y que jamás le iba a volver a dejar hacerlo.

Porque quedándose callado permitiendo que ocurriera solo había demostrado que era muy débil, que no tenía fuerzas para enfrentarse a él y que cuando lo deseara podía volver a repetirlo porque sabía que jamás iba a hacer o decir nada.

— ¿Bill?—llamó Louise en voz baja.

Bill no alzó la mirada, sabía que iba a permanecer a su lado todo el tiempo que lo necesitara mientras que Georg se había ido quizás para darles un poco más de intimidad por si quería hablar.

Apenas recordaba nada de lo sucedido tras la marcha de Alexander, no sabía como había tenido las fuerzas necesarias para levantarse del suelo y entrar en la ducha para lavar su cuerpo. No sabía cuanto tiempo había permanecido dejando que el agua caliente borrara de su piel cualquier rastro que Alexander hubiera podido dejar en él. No sabía cuando habían llegado sus amigos y entrado en la habitación viendo sobre el suelo su albornoz tirado con sangre en el.

Fue entonces cuando Georg entró en el baño y le ayudó a ponerse en pie, le cogió con suavidad para ayudarle a caminar y le dejó sobre la cama donde en esos momentos aún se hallaba mientras que él y Louise conversaban en voz baja.

Los había escuchado susurrar pero no había entendido nada lo que habían dicho, no recordaba en qué momento dejó de escuchar a sus amigos y empezó a oír solo el latido de su corazón retumbando con fuerza en sus oídos.

Sabía que estaban allí a su lado hablándole con esa mezcla de preocupación y rabia que no sabían disimular pero su cabeza estaba lejos como si se hubieran sumergido en un profundo sueño.

— ¿Puedes mirarme un segundo?—suplicó con suavidad Louise.

Pero Bill no podía.

Tenía la vista clavada en sus propias manos que temblaban sin que pudiera evitarlo. Se dio cuenta de ellos y aferrando el albornoz limpio que llevaba puesto se frotó contra el las manos como si intentara borrar algo que no estaba ahí.

Ojalá pudiera borrar también lo que sí estaba.

—No tienes que decir nada si no quieres—empezó a decir Louise tratando de que le escuchara.

Pero eso era lo peor.

Bill sabía que en algún momento tendría que decirlo, que no podía quedarse callado guardándolo dentro porque en algún momento estallaría y solo entonces podría sentir algo de paz en su interior.

Además, ¿qué iba a pasar con Tom? Lo leería en sus ojos en cuanto le mirara, se sentiría dolido por no haber confiado en él ese secreto que tanto le atormentaba y no quería perderlo por nada del mundo porque era lo mejor que le había pasado en toda su vida.

Sabía que hablar le haría bien, pero no sabía cuándo podría hacerlo.

—Podemos quedarnos aquí —propuso Louise procurando mantener la calma—O salir a dar un paseo, lo que tú quieras.

Lo que él quisiera, qué ironía. Ni siquiera había sabido decir que no cuando más importaba. ¿Cómo iba a saber qué quería en esos momentos?

Sintió una presión en el pecho, como si alguien me estuviera empujando desde dentro. Intentó respirar profundamente pero el aire se quedó a mitad de camino. Se llevó una mano al cuello como si ese gesto le fuera a ayudar mientras separaba los labios jadeando muy despacio.

—Creo que deberíamos ir al hospital—susurró Louise al verle actuar así.

—No —logró decir Bill con voz ronca—No quiero… no quiero volver a hablar de esto.

—No tienes que contarlo todo —murmuró Louise—Solo van a ayudarte a que te sientas un poco mejor, a asegurarse que estás bien.

Sabía que jamás lo iba a estar, pero poco a poco empezó a entender la gravedad del asunto. Una vez más Alexander no había usado protección alguna, recordaba que le había mencionado algo sobre una relación que mantenía en esos momentos con Gustav y con Natalie, y a saber si no era tampoco precavido con ellos.

Cuando se acostó con Tom la primera vez se dio cuenta de lo imprudente que había sido y enseguida se hicieron ambos unos análisis que descartaran cualquier infección o enfermedad de transmisión sexual.

Y después de lo que había pasado, debía volver a repetir esos análisis de inmediato para estar del todo seguro.

Asintió con la cabeza para alegría de Louise y con ayuda suya se levantó de la cama para vestirse. Louise se movió con rapidez, abrió su armario y sacó de el las primeras prendas que vio sin pensar en nada más. Se las dejó sobre la cama y salió de la habitación para darle toda la intimidad que sabía que en esos momentos necesitaba.

—Estaré en el pasillo esperando, tómate todo el tiempo que necesites—explicó Louise saliendo por la puerta.

Le vio de nuevo asentir con la cabeza y cerrando la puerta tras ella soltó un suspiro de alivio mientras cogía el móvil y le mandaba un mensaje a Georg.

Minutos después Bill sabía ya vestido y con el pelo aún mojado recogido. Seguía temblando ya fuera por los nervios o de frío y se había puesto una sudadera negra que Louise notó que le quedaban grande y pensó que sería de Tom.

—Lo mejor sería ir a la clínica del padre de Georg—explicó Louise—Allí serán más discretos, vamos a pedir un taxi porque si nos lleva Arthur avisaría a tu padre de inmediato al ver tu estado. Es mejor que tú mismo se lo digas cuando estés preparado, sabes que tiene que saberlo.

Bill asintió de nuevo y se pusieron en marcha. Mientras bajaban por las escaleras Louise llamó al taxi agradeciendo no cruzarse por el camino con Arthur ni con Alice.

Salieron de la casa y pasearon por el camino de grava alejándose de la casa para que desde allí nadie viera que se iban en un taxi, que continuaran trabajando ajenos a lo que allí había pasado y nadie había podido evitarlo.

&

El club estaba más tranquilo de lo habitual para esa hora. El sol caía fuerte sobre las mesas del embarcadero y Tom sentía que llevaba ya horas sirviendo bebidas sin parar. En sus manos llevaba la bandeja llena de vasos usados y entró en el club dirigiéndose a la barra donde David le hizo una señal para que se acercara mientras terminaba de hablar con Víctor quien asintió con la cabeza sonriendo antes de volver a su trabajo.

—¿Ocurre algo?—preguntó Tom dejando la bandeja sobre la barra.

—Nada, no te preocupes—contestó David mirándole fijamente—Solo que he estado pensando y creo que no debí pedirte que doblaras hoy también turno.

Tom se le quedó mirando sin saber muy bien como reaccionar.

—He organizado los turnos y Víctor puede sustituirte lo que queda del día y también mañana—explicó David—Puedes irte ya.

—¿Seguro, David?—preguntó Tom parpadeando aún sorprendido por su cambio de decisión.

—Seguro —repitió con firmeza David—Víctor ha aceptado el repentino cambio de turno, siento mucho estar siempre pidiéndoos estos cambios de improvisto.

—No te disculpes, David —respondió Tom con una sonrisa cansada—Sabemos que todo puede cambiar de un segundo a otro y tienes que tomar decisiones rápidas.

David le agradeció sus palabras, sabía que le había prometido a Jörg mantenerle alejado de Bill todo lo posible pero sentía que se había excedido, veía a Tom muy cansado y no se merecía el trato que le había dado.

—Vamos, ve a aprovechar el tiempo libre, te lo has ganado—dijo David dándole un golpecito en el brazo—Seguro que Bill se llevará una sorpresa al verte.

—Muchas gracias David, voy corriendo a cambiarme—murmuró Tom suspirando.

Se sentía agotado pero saber que iba a poder estar con Bill antes de lo que habían planeado le hizo dirigirse con rapidez al vestuario.

Desapareció por la puerta del almacén justo cuando Georg entraba sin aliento en el club echando un vistazo rápido a su alrededor. Al ver a David fue a su encuentro a toda prisa.

—¿Has visto a Tom? —preguntó sin aliento.

—Está en los vestuarios cambiándose de ropa —contestó David señalando hacia la puerta del almacén—Le he dejado salir antes y…

No terminó la frase, en cuanto Georg obtuvo la respuesta que buscaba echó a correr de nuevo. Conocía perfectamente como estaba organizado el club y que los vestuarios se hallaban a la derecha del almacén.

No se lo pensó ni un segundo y se dirigió al vestuario de los chicos donde sabía que encontraría a Tom. No se molestó en llamar, abrió la puerta de golpe dándole un buen susto a Tom que se cambiaba de ropa ante la taquilla que compartía con Bill

—¡Tom! —llamó Georg sin aliento y con el rostro tenso—Necesito hablar contigo.

No hizo falta que dijera nada más.

Tom reconoció al instante ese tono y esa urgencia, y el escalofrío que le recorrió la espalda confirmó lo que ya temía.

Algo le había pasado a Bill.

—¿Qué ha pasado? —preguntó en voz baja sintiendo mucho miedo de saber su respuesta.

Georg se aseguró de dejar bien cerrada la puerta tras él para poder hablar con él de ese tema tan delicado que le había llevado hasta allí.

—Se trata de Bill—empezó a decir Georg tratando de ganar tiempo para hallar las palabras adecuadas—Louise y yo hemos ido a buscarle y él… estaba en su habitación, pero…

Tom lo escuchaba con el corazón golpeándole el pecho. La torpe manera en la que Georg dudaba enredándose en sus propias palabras solo aumentaba su ansiedad.

—Georg —le llamó con la voz tensa—Dime de una maldita vez qué le ha pasado a Bill.

Georg tragó saliva, consciente de que ya no podía seguir rodeos.

—Cuando llegamos Arthur nos dijo que Alexander estaba en la casa—explicó Georg mirándole fijamente—No le veíamos por ningún lado y fuimos corriendo a la habitación de Bill, y allí descubrimos que Alexander le…vimos sangre en el suelo y no tuvimos ninguna duda de que…

Tom dejó de escucharle, sentía un zumbido en sus oídos desde que había escuchado el nombre de Alexander. Podía hacerse una idea de lo que había sucedido sin que Georg se lo contara, podía verlo en sus ojos llenos de lágrimas.

Entonces separó los labios y dejó escapar un grito que le rompió la garganta al tiempo que cerraba la mano en un puño y lo estampaba en la pared incapaz de contener la rabia que estaba sintiendo en esos momentos.

—¡Tom! —exclamó Georg asustado.

Tom se quedó jadeando en silencio sin ser del todo consciente de lo que acababa de hacer. No sentía nada, la mano debería dolerle horrores después del puñetazo que había dado a la pared con toda sus fuerzas pero era como si su cuerpo aún no hubiera registrado el golpe. Solo notaba un temblor recorriéndole el cuerpo de arriba abajo y en su pecho un latido desbocado que no conseguía calmar.

Continúa… 

Gracias por la visita. No te vayas sin comentar 🙂

por lyra

Escritora del Fandom

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