
Fic TOLL de lyra
Capítulo 97
Tras la marcha de Gustav, Natalie cogió aire profundamente para enfrentarse con rabia a Alexander.
— ¿Es eso verdad?—preguntó sin aliento —¿Has abusado de Bill?
Alexander parpadeó, sorprendido por el tono. Retrocedió un poco, como si no esperara que ella también lo confrontara.
—¡Claro que no! —susurró negando con la cabeza—Me conoces perfectamente, sabes que jamás haría algo así.
Pero Natalie no se creyó sus palabras, no bajó la mirada ni suavizó la voz.
—No me respondas con lo que quiero oír —dijo con una calma que era más peligrosa que un grito—Respóndeme con la verdad.
Alexander abrió la boca, pero no salió nada. Su mirada se desvió hacia la caja de regalos en el suelo, como si buscara una excusa allí.
Natalie se le quedó observando con una mezcla de incredulidad y miedo.
—Gustav no se inventaría algo así, ni Bill tampoco—continuó diciendo—Y si ahora mismo está en el hospital es porque algo muy grave le ha pasado, algo que tú no estás contando.
Alexander tragó saliva, inquieto.
—Bill exagera —murmuró al fin—Siempre lo hace, se pone dramático por cualquier cosa.
Natalie sintió un vuelco en el estómago al escuchar esa frase, el tono usado y la forma de minimizar el daño.
—Alexander… —susurró como si de pronto lo estuviera viendo por primera vez— ¿Qué has hecho?
Él apretó los puños, molesto, incómodo, atrapado.
—Nada —repitió, pero su voz ya no sonaba segura—Nada que merezca todo este escándalo.
Natalie dio un paso atrás, como si necesitara distancia para procesar lo que acababa de oír.
—Dios mío… —murmuró llevándose una mano a la boca—No puedo creerlo.
Alexander intentó acercarse, pero ella levantó la mano, deteniéndolo.
—No me toques —pidió con un temblor que no era miedo sino decepción—No hasta que me digas toda la verdad.
—¿Y qué esperabas que pasara? —estalló Alexander cansado ya de esa absurda conversación —Ya has oído a Gustav, me has estado provocando, manipulando y empujándome para que intentara volver con Bill a toda costa.
—Pero no te dije que le hicieras eso —murmuró Natalie con un temblor de rabia contenida—Sí, me he estado riendo de ti, te he estado picando porque jamás imaginé que fueras a llegar tan lejos. Si lo llego a sospechar no lo hubiera hecho.
Alexander abrió la boca para replicar pero no encontró las palabras. Su respiración se volvió más rápida y más agitada, como si de pronto se diera cuenta de que la excusa que intentaba usar no tenía ningún peso.
—Una cosa es que te molestase que Bill te dejara y otra muy distinta es que le hicieras eso —continuó diciendo Natalie sin apartar de él la mirada— ¿En qué demonios estabas pensando?
Alexander apretó los puños frustrado, atrapado entre la culpa y la negación.
—No fue para tanto —murmuró bajando la mirada.
Natalie sintió un vuelco en el estómago.
—¿No fue para tanto? —repitió con la voz rota—Le has mandado a al hospital, Alexander. ¿De verdad vas a seguir fingiendo que no es grave?
Alexander no respondió. Y ese silencio, más que cualquier palabra, fue lo que terminó de romper algo en ella.
—Soy idiota—murmuró Natalie mientras empezaba a recoger sus cosas con manos temblorosas—He perdido mi tiempo preocupándome por ti intentando ayudarte a salir de tus adicciones y ahora veo que nunca quisiste hacerlo, que solo nos has estado utilizando para divertirte.
Alexander frunció el ceño, dolido en su orgullo más que en su conciencia.
—Tú también me has utilizado —le recordó, con un tono afilado—Todo esto lo has provocado tú, asume tu parte de culpa. Al igual que Bill, yo también soy una víctima.
Natalie se detuvo en seco, levantó lentamente la mirada como si necesitara asegurarse de haber escuchado bien. Sus ojos, antes llenos de rabia en esos momentos estaban cargados de una incredulidad helada.
—¿Víctima? —repitió casi sin voz— ¿Tú?
Alexander asintió con la cabeza abriendo la boca para seguir hablando pero Natalie levantó una mano impidiéndoselo.
—No eres ninguna víctima, Alexander —dijo con una calma que dolía más que cualquier grito—Eres el culpable de todo, y lo sabes.
Se le quedó mirándole fijamente unos segundos como si quisiera grabar en su memoria la imagen exacta de lo que él acababa de convertirse para ella. Luego, sin decir nada más, terminó de meter sus cosas en el bolso con movimientos tensos casi mecánicos.
Cuando se enderezó ya no quedaba rastro de la chica que intentaba salvarlo, de la amiga que lo defendía ni de la persona que había creído que aún podía ayudarle.
Solo quedaba alguien profundamente decepcionada.
—No puedo seguir aquí —dijo al fin, con una voz baja pero firme—No después de escucharte decir que eres una víctima y de ver cómo te justificas.
—Natalie, espera—pidió Alexander dando un paso hacia ella— No te vayas así….no me dejes solo ahora.
Ella negó lentamente con la cabeza con una tristeza que pesaba más que la rabia.
—No te estoy dejando solo, Alexander—murmuró sin apartar de él la mirada—Tú te has quedado solo, has empujado a todos lejos de ti y ni siquiera te das cuenta.
Se colocó el bolso al hombro y echó a caminar hacia la casa pasando a su lado, Alexander intentó tocarle el brazo pero Natalie se apartó con un gesto rápido.
—No —dijo sin levantar la voz—No vuelvas a tocarme hasta que seas capaz de asumir lo que has hecho. Ojalá algún día entiendas todo el daño que has causado, y ojalá no sea demasiado tarde para ti cuando lo hagas.
Y se marchó.
Alexander la siguió con la mirada viéndola recorrer el jardín hasta llegar al porche, entrando en la casa y cerrando la puerta que comunicaba con el jardín con una suavidad casi delicada, pero para Alexander sonó como un portazo dado con toda su rabia.
Se encontraba solo, todos sus amigos le habían abandonado dejándole sumido en ese pozo del que parecía imposible salir por si solo.
Por primera vez, no había nadie allí para tratar de ayudarle.
&
En intimidad de la sala de espera, Tom seguía estrechando entre sus brazos a Bill sintiendo que empezaba a calmarse poco a poco. No del todo, pero si lo suficiente como para que su respiración dejara de ser tan irregular. No lo soltó, solo aflojó un poco el abrazo para poder mirarlo sin romperle el refugio.
—Bill… —llamó en voz baja, casi un susurro— ¿Cómo estás?
Bill tragó saliva, no sabía por dónde empezar. Tenía los ojos hinchados, sentía que le ardía la garganta y un cansancio tan profundo que parecía venirle de los huesos. Se pasó una mano temblorosa por la cara intentando recomponerse.
—No lo sé —admitió apretando los labios para contener otro temblor—Me siento… vacío, asustado y…sin saber cómo procesar todo esto.
Tom asintió lentamente sin apartar la mirada de él. No había juicio ni prisa, solo una presencia firme y cálida.
—No tienes que procesarlo todo ahora —murmuró con suavidad—Solo tienes que respirar. Estoy aquí, no voy a ninguna parte.
Bill bajó la mirada incapaz de sostenerla mucho tiempo. Le temblaban las manos, así que Tom las tomó entre las suyas con cuidado, como si temiera hacerle daño.
—No quiero que me veas así —murmuró Bill con la voz rota—No quiero que pienses que soy un desastre.
Tom negó con la cabeza, acercándose un poco más.
—No pienso eso —dijo con una firmeza tranquila—Pienso que has pasado por algo horrible y que estás siendo increíblemente fuerte por seguir en pie hablando conmigo. Eso es lo que veo.
Bill cerró los ojos, y una lágrima silenciosa volvió a escaparse. Esta vez no se disculpó por ella.
—Dime qué necesitas ahora —pidió Tom apretando un poco más sus manos—Lo que sea.
—Solo… quédate conmigo —susurró Bill respirando profundamente.
—Eso ya lo estoy haciendo—dijo Tom sonriendo con una ternura que casi dolía.
Y volvió a abrazarlo esta vez más despacio y más consciente, como si quisiera sostener no solo su cuerpo, sino todo lo que Bill no podía decir todavía.
Siguieron abrazados unos minutos más respirando al mismo ritmo como si el mundo entero se hubiera reducido a ese contacto. Cuando por fin se separaron, Bill se secó las mejillas con el dorso de la mano y entonces lo vio.
La venda blanca en la mano derecha de Tom.
Frunció el ceño, sorprendido y preocupado a la vez.
—¿Qué te ha pasado? —preguntó tomando su mano con delicadeza temiendo hacerle daño.
—No es nada—contestó Tom intentando restarle importancia con una sonrisa cansada— Estoy bien.
Bill se le quedó mirando fijamente sin creerse del todo sus palabras mientras que con sus dedos acariciaba con suavidad la venda.
—¿Te duele mucho? —preguntó en un susurro.
—No —mintió Tom sin pestañear.
Pero la verdad era que sí le dolía. El analgésico que se había tomado aún no había hecho efecto y cada latido le enviaba un pulso sordo por la muñeca. Aun así no apartó la mano, la dejó en las de Bill como si ese contacto fuera más importante que el dolor que estaba sintiendo.
Bill bajó la mirada, acariciando con el pulgar el borde de la venda.
—No quiero que te pase nada por mi culpa —murmuró con la voz todavía temblorosa.
—Esto no es por tu culpa —dijo Tom con firmeza inclinándose un poco hacia él—Y aunque lo fuera… volvería a hacerlo. Todas las veces que hiciera falta.
Bill levantó la mirada sorprendido por la intensidad tranquila de esas palabras, y por primera vez desde que todo había ocurrido algo parecido a un alivio le aflojó el pecho.
Tom apretó su mano vendada entre las de Bill, ignorando el dolor.
—Estoy aquí —añadió mirándolo fijamente—Y tú también, eso es lo único que importa ahora. Juntos vamos a superar todo esto.
Se inclinó lentamente con la intención apenas insinuada de rozar sus labios con un gesto suave pero Bill se puso tenso sin poder evitarlo desviando la cara para alejarse de su contacto.
—Lo siento… —murmuró Bill avergonzado, retirándose un poco.
—No pasa nada —dijo Tom al momento—Perdóname tú a mí por intentarlo.
No había reproche en su voz, solo comprensión.
Sabía que tenía que ir con mucho cuidado, que ciertos gestos podían despertar recuerdos que Bill aún no estaba preparado para enfrentar. Sabía que tendría que tener paciencia, más de la que jamás había necesitado con nadie y estaba dispuesto a ello.
Se limitó a cogerle con suavidad de la mano y a sostenerla entre las suyas, sin presionar y sin pedir nada más.
—No tienes que forzarte —añadió con suavidad—Vamos paso a paso, al ritmo que tú marques.
Bill asintió respirando profundamente, agradecido por esa comprensión silenciosa que Tom siempre parecía tener justo cuando más la necesitaba.
&
Salió del despacho de David y regresó a su trabajo, o al menos lo intentó. No podía sacarse de la cabeza sus palabras, Tom había tenido un pequeño accidente y a Bill le había ocurrido algo grave, algo de lo que David no quiso darle detalles. Solo le aseguró que Bill estaba en buenas manos y Andreas ya podía imaginarse quién estaría a su lado en esos momentos dándole todo el apoyo y consuelo necesario.
Le costaba entender qué podía haberle pasado a Bill quien tenía de todo y no le faltaba nada, tenía la vida resuelta. ¿Qué podía ser tan grave? ¿Qué se le hubiera roto una uña tal vez?
Se echó a reír de su propia ironía y se acercó a la barra donde se apoyó suspirando mientras observaba como Melissa terminaba de prepararle un pedido para Víctor.
—¿Pasa algo? —preguntó Melissa al ver la cara que traía.
—No… estaba hablando con David sobre la hoguera de este sábado —respondió Andreas en voz baja.
—Qué ganas de que llegue ya —dijo Víctor emocionado—Va a ser una fiesta increíble donde no faltará de nada…bueno si, alcohol pero siempre podemos llevar algo escondido y mantenerlo lejos de los menores.
—Mejor no hacer nada que moleste a David —advirtió Andreas muy serio—Ha estado a punto de cancelarla pero ha cambiado de idea en el ultimo momento.
—¿Por qué? —quiso saber Melissa frunciendo el ceño—Sabe que la hoguera es especial para nosotros, la llevamos esperando todo el año.
—Por eso mismo no la ha cancelado… pero después de lo que ha pasado… —empezó a decir Andreas.
Se quedó callado buscando las palabras adecuadas. Melissa y Víctor lo miraban fijamente e impacientes.
—¿Vas a decirlo de una vez? —pidió Melissa, desesperada—Me estás matando con tanta intriga.
—No tengo mucha información —admitió Andreas bajando aún más la voz—Solo sé que Tom ha tenido un pequeño accidente y que a Bill le ha pasado algo grave.
—Pero… ¿están bien? —preguntó Melissa muy preocupada.
—No me ha dado más detalles, pero intuyo que sí —respondió Andreas con un suspiro—Si fuera algo realmente terrible David no estaría aquí intentando mantener la calma.
—Es todo un profesional —murmuró Melissa—Si fuera algo que le afectara directamente a él nadie se enteraría, seguiría trabajando como si nada sin dar una sola pista.
—Podríamos llamar a Tom —sugirió Víctor—Preguntarle cómo está y si puede contarlo que nos diga qué le ha pasado a Bill…
—Quizá él tampoco lo sabe —apuntó Melissa—Y nosotros no tenemos ninguna información que darle, solo conseguiríamos preocuparlo más y dejarlo sin saber con quién hablar para enterarse de lo ocurrido.
—Sigamos trabajando —pidió Andreas intentando mantener la calma—Cuando terminemos el turno hablamos con Tom, y si vemos antes a Louise o a Georg les preguntamos. Ellos seguramente sabrán algo.
Melissa y Víctor asintieron, era lo único que podían hacer hasta saber con certeza qué les había pasado a sus amigos y compañeros.
Cada uno volvió a su trabajo, aunque todos seguían atrapados en sus propios pensamientos.
Andreas, especialmente, no podía sacarse a Tom de la cabeza dándole vueltas una y otra vez a lo mismo.
¿Qué podía haberle ocurrido allí, en el club, sin que él se hubiera enterado?
Ese pensamiento lo inquietaba más de lo que quería admitir.
Víctor, desde el otro extremo de la barra, no podía apartar de él la mirada, sabía exactamente en qué estaba pensando porque ya lo había visto demasiadas veces. Ese gesto suyo distraído, esa preocupación que iba más allá de la simple amistad…y aunque intentaba no darle importancia, no podía evitar sentir un pinchazo de dolor.
Siempre era lo mismo.
Siempre tenía que luchar contra un fantasma que Andreas no lograba del todo olvidar.
Tom.
Víctor apretó los labios, respiró hondo y volvió a su tarea intentando convencerse de que no debía tomárselo como algo personal.
Pero la punzada seguía ahí.
Silenciosa y persistente.
&
Nada más salir de la casa de Alexander, Natalie cogió el móvil sintiendo un temblor en sus manos imposible de ignorar. Necesitaba hablar con Gustav, necesitaba que le explicara con más detalles que le había pasado exactamente a Bill y que tal estaba.
Necesitaba… algo que la anclara.
Marcó su número.
Una vez.
Dos.
Tres.
Gustav no contestaba.
El silencio del buzón de voz le cayó encima como un golpe. Se mordió el labio, sintiendo cómo la ansiedad le subía por el pecho. Volvió a intentarlo. Nada.
—Por favor, Gus… —susurró, aunque sabía que no podía escucharla.
Finalmente, le escribió un mensaje con los dedos temblorosos:
«Gus, por favor, necesito verte. Es urgente, dime dónde estás.»
Pasaron unos segundos eternos antes de que la pantalla se iluminara con su respuesta.
«Estoy en el club.»
Nada más. Ni un «¿estás bien?», ni un «qué pasa», ni un simple emoticono. Solo eso.
Natalie sintió un nudo en la garganta, sabía que Gustav estaba muy enfadado. Lo había visto en sus ojos antes de marcharse de la casa de Alexander; había visto la decepción, la sospecha y la distancia.
Y en esos momentos, después de lo que había pasado con Alexander… no sabía qué versión de la historia había llegado a oídos de Gustav.
Ni cuánto sabía.
Ni cuánto sospechaba.
Cogió el móvil de nuevo y llamó un taxi para que le llevara al club. Estuvo paseando mientras esperaba sintiendo el corazón golpeándole con fuerza en el pecho.
Tenía que hablar con Gustav, tenía que explicarle lo que había pasado y sobre todo tenía que hacerlo antes de que Alexander lo hiciera por ella porque conociéndole era capaz de llamarle para tratar de manipularle y quedar de nuevo como una víctima echándole a ella la culpa de todo lo que le había pasado a Bill.
Y, sobre todo, tenía que hacerlo antes de que Gustav decidiera que ya no quería escucharla.
El taxi tardó más de lo que su ansiedad podía soportar y diez minutos después llegaba al parking del club. Pagó con rapidez y salió del vehículo echando un vistazo a su alrededor hasta localizar el coche de Gustav. Estaba allí aparcado en una esquina, con él dentro.
Se acercó frunciendo el ceño y llamó suavemente a la ventanilla para avisarle de su llegada. Gustav levantó la vista y al abrir la puerta ella comprobó con un alivio casi doloroso que estaba sentado tranquilamente bebiendo una cerveza que le calmara. Por un instante, había temido encontrarlo en otro estado… metiéndose una raya de coca para evadirse como solía hacer cuando la situación lo sobrepasaba.
Ella jamás se había metido una raya, solo le había pedido a Gustav que se controlara y que no se perdiera en aquello. Y él lo había había hecho con más éxito del que jamás tuvo Alexander.
Abrió la puerta del coche pero no se atrevió a entrar, Gustav la observaba fijamente desde el asiento del conductor con la botella de cerveza apoyada entre las piernas y una expresión que no era rabia… sino algo peor, distancia.
Natalie sintió un vuelco en el estómago, ese silencio decía más que cualquier grito.
—¿Puedo…? —señaló el asiento del copiloto intentando que su voz no temblara.
Gustav asintió con la cabeza encogiéndose de hombros sin mirarla directamente. No era una invitación, era una concesión.
Ella entró en el coche sentándose lentamente y cerrando la puerta con cuidado. El interior del coche olía a cerveza y al perfume que Gustav usaba y que ella le había regalado, un aroma que siempre la había tranquilizado pero que en esos momentos la ponía aún más nerviosa.
Gustav no habló, ni la miró. Solo bebió otro trago de su cerveza amarga.
—Gus… —llamó Natalie con un hilo de voz.
—No me llames así —cortó Gustav sin desviar la mirada del parabrisas.
El golpe fue seco y directo haciendo que Natalie tragase saliva con esfuerzo.
—Necesito hablar de todo lo que ha pasado—insistió intentando mantener la calma.
—No hay nada de qué hablar—replicó Gustav, apoyando la cabeza en el reposacabezas—Ya nos hemos dicho todo lo que nos teníamos que decir.
Natalie sentía que el aire se le escapaba del pecho.
—Alexander… él… —empezó a decir buscando desesperadamente las palabras—Nos ha estado manipulando, confundiéndonos a los dos hasta llevarnos a hacer cosas que jamás habríamos imaginado…
Gustav se la quedó mirando por primera vez desde que había entrado en el coche. Sus ojos estaban fríos y heridos, como si cada palabra de ella fuera un golpe más.
—¿Qué has hecho con él? —quiso saber en voz baja—Os habéis acostado, ¿verdad?
Natalie se mordió el labio, apretando las manos sobre sus rodillas sintiendo cómo la garganta se le cerraba.
—Yo no quería… —susurró.
—¿No querías? —repitió Gustav incrédulo— ¿Me estás diciendo que también ha abusado de ti? ¿Estás comparando lo que ambos habéis hecho sin remordimiento alguno con lo que le ha pasado a Bill?
Las lágrimas le nublaron la vista a Natalie.
—Estaba asustada —logró decir—Me arrastró a una situación que no supe manejar, no sabía cómo salir sin que él… sin que él se enfadara. Tú ya sabes cómo es y cómo se pone.
Gustav apretó la mandíbula.
Sí, lo sabía.
Y precisamente por eso le dolía tanto escuchar sus palabras.
—¿Y por qué no me lo has dicho hasta ahora? —preguntó con la voz rota— ¿Por qué callarlo todo este tiempo mientras seguías viéndolo?
—Porque tenía miedo —admitió Natalie bajando la mirada—Miedo de que no me creyeras, de perderte… de que pensaras que yo… que yo quería eso.
Gustav cerró los ojos un instante como si necesitara recomponerse.
—No puedo hacer como si nada hubiera pasado —murmuró suspirando.
—Tú también te acostaste en secreto con él —recordó Natalie mirándolo fijamente—Y te perdoné porque sé cómo es Alexander y lo fácil que resulta caer en sus juegos. Ha estado manipulándonos a los dos sin que nos diéramos cuenta hasta que ha sido demasiado tarde. Pero lo hemos dejado atrás. Y nosotros… nosotros podríamos volver a ser los de antes.
Extendió la mano hacia él buscando su contacto pero Gustav se apartó apenas un centímetro. Un gesto mínimo pero devastador que le rompió a Natalie por dentro.
—Dime qué tengo que hacer —suplicó en un susurro—Dime cómo puedo arreglarlo, estoy dispuesta a lo que sea para que me perdones.
Gustav se la quedó mirando con una mezcla de dolor, decepción… y una duda que lo estaba desgarrando por dentro.
—No lo sé —respondió al fin—No sé si lo nuestro tiene arreglo.
—Ahora estamos heridos y los dos necesitamos tiempo —empezó a decir Natalie—Lo que tenemos que hacer es…
—Es ir a hablar con Bill —terminó Gustav por ella.
Natalie lo miró como si acabara de hablarle en otro idioma, no entendía a qué venía aquello.
—¿Quieres que vayamos y le contemos a Bill que los dos nos hemos estado acostando con Alexander? —repitió incrédula— ¿Que le hablemos de nuestros jueguecitos sexuales y de cómo nos hemos reído de él a sus espaldas?
—No —negó Gustav con un suspiro cansado—No hablo de eso, me refiero a ir a ver cómo está después de lo que ha pasado. A mostrarle nuestro apoyo y estar ahí aunque no nos quiera cerca.
—No va a querer hablar con nosotros, y mucho menos vernos —aseguró Natalie—Los dos le hemos hecho daño, tú manteniendo una relación con Alexander mientras ellos estaban juntos y yo metiéndome siempre con él y humillándolo porque me rechazó en el pasado.
Gustav bajó la mirada reconociendo que había mucha verdad en sus palabras.
—Lo sé, pero debemos intentarlo—insistió con firmeza—Nos conocemos desde hace muchos años y por una vez quiero hacer lo correcto aunque luego Bill no quiera saber nada de nosotros. Al menos que sepa que si alguna vez nos necesita estaremos ahí.
Natalie respiró profundamente, no estaba convencida del todo pero tampoco tenía fuerzas para discutir.
—De acuerdo —cedió al fin—Pero no hoy, démosle tiempo para recuperarse de todo esto. Cuando esté más fuerte… entonces intentaremos hablar con él.
El silencio cayó sobre el coche como una manta pesada y espesa, casi irrespirable. Ninguno de los dos sabía qué decir sin romper algo más y sin abrir otra herida que ya no sabrían cerrar.
Gustav se recostó en su asiento con la mirada perdida en el parabrisas pero sin ver realmente lo que tenía delante. La botella de cerveza seguía entre sus dedos pero ya no bebía, su respiración era lenta y contenida, como si estuviera haciendo un esfuerzo enorme por no venirse abajo.
Natalie, a su lado, mantenía las manos entrelazadas sobre las rodillas con los nudillos blancos de la tensión. Miraba hacia la puerta, hacia sus propios pies y hacia cualquier sitio que no fueran los ojos de Gustav. Cada vez que intentaba tragar saliva, sentía un nudo que no cedía.
El motor apagado hacía que todo sonara más fuerte, el murmullo lejano del club, el viento rozando el coche y el latido acelerado de ambos.
Gustav suspiró pesadamente, apenas un hilo de aire pero suficiente para que Natalie lo escuchara. No era un suspiro de enfado, era uno de cansancio y de derrota.
Ella cerró los ojos un instante intentando no llorar. No en esos momentos, no delante de él. No cuando ya no sabía si tenía derecho a hacerlo.
Gustav volvió la cabeza un poco, lo justo para mirarla de reojo pero no dijo nada. No trató de tocarla y tampoco de consolarla, pero tampoco la echó del coche. Y ese gesto mínimo, esa ausencia de rechazo total, fue lo único que mantuvo a Natalie entera.
Los dos estaban allí juntos pero separados por un abismo que ninguno sabía cómo cruzar.
Y aun así, ninguno abrió la puerta para marcharse.
Porque, aunque no lo dijeran, aunque no lo admitieran y aunque doliera, todavía quedaba algo entre ellos.
Algo frágil y roto pero vivo.
El silencio siguió llenando el coche y por primera vez desde que todo había empezado ninguno intentó romperlo.
Solo se quedaron allí respirando lentamente mientras intentaban entender en qué momento sus vidas se habían torcido tanto.
Y qué demonios iban a hacer a partir de entonces.
&
Salieron del despacho sin intercambiar palabra. No hacía falta, los dos sabían que lo que venía a continuación no iba a ser fácil para ninguno.
El trayecto hasta la casa de Gordon fue silencioso. Jörg conducía con las manos tensas en el volante, la mandíbula apretada y la mirada fija en la carretera. No era rabia lo que lo sostenía, sino una mezcla amarga de decepción, miedo y una necesidad casi visceral de enfrentarse a Alexander, de mirarlo a los ojos y decirle lo que llevaba demasiado tiempo callándose.
El coche avanzaba en silencio, con ese tipo de quietud tensa que solo aparecía cuando ambos hombres estaban pensando exactamente lo mismo y ninguno se atrevía a decirlo en voz alta.
Jörg fue el primero en romper el silencio.
—¿No vas a decirle nada a Eleonore? —preguntó sin apartar la mirada de la carretera—También es su hijo, Gordon. Tiene derecho a saber lo que va a pasar.
Gordon cerró los ojos un instante apoyando la cabeza en el reposacabezas. Cuando habló su voz sonó cansada pero firme.
—No puedo llamarla ahora para decirle que voy a ingresar a Alexander sin haberle pedido su opinión —murmuró—No así, no de esta manera.
—Pero es su madre—insistió Jörg frunciendo el ceño.
—Por eso mismo —replicó Gordon volviendo la cabeza hacia él— Ahora está en la galería trabajando y no puedo decírselo por teléfono, lo único que conseguiría es que entrase en pánico. O peor…que intentase impedirlo.
Jörg apretó el volante, comprendiendo demasiado bien lo que quería decir.
—Se lo diré en cuando vuelva de la galería—siguió diciendo Gordon—Con calma y sin prisas. Sé que le va a costar aceptarlo pero en cuanto le explique lo que le ha pasado a Bill y lo que llevo tempo viendo visto en Alexander, estoy seguro de que lo comprenderá y aceptará. Eleonore le tiene mucho aprecio a Bill, siempre me lo ha dicho. Tiene que comprender que no podemos seguir mirando hacia otro lado después de lo que ha pasado.
Jörg asintió lentamente y por primera vez desde que salieron miró a Gordon con algo parecido a respeto. No por lo que estaba a punto de hacer, sino por lo que estaba dispuesto a perder para hacerlo.
Un hijo.
Y quizás el respeto de su mujer.
Cuando llegaron a su destino Gordon abrió la puerta de su casa con un gesto automático. Jörg fue tras él con paso decidido, el ambiente estaba cargado como si la casa misma percibiera lo que estaba a punto de ocurrir.
—¿Estás seguro de que quieres estar presente cuando vengan a por él? —preguntó Gordon sin tono de reproche.
—Sí —respondió Jörg sin dudar—Debo hacerlo, se lo debo a Bill.
Gordon asintió, lo entendía demasiado bien.
—No quiero que esto se convierta en un espectáculo —pidió en voz baja—Los enfermeros vienen a hacer su trabajo y debemos dejarles hacer sin interrupciones.
—No voy intervenir de ninguna manera —prometió con firmeza Jörg—Pero necesito ver cómo se lo llevan con mis propios ojos y que me escuche una última vez, que comprenda que lo que le ha hecho a Bill no puedo dejarlo pasar y que debe afrontar las consecuencias.
Gordon asintió en silencio. Era lo mínimo que podía hacer Jörg, sobre todo después de haber decidido no denunciar a Alexander. De todos modos, con el estado mental en el que se encontraba no acabaría en prisión, lo más probable es que un juez ordenara su ingreso en una clínica donde cumpliría la condena que le correspondiera.
Y eso era exactamente lo que ambos habían decidido hacer sin obligar a Bill a revivir lo ocurrido ante un tribunal ni exponerlo a la atención mediática que inevitablemente atraería el caso, algo que él tampoco podría soportar.
— ¿Alexander intentará escapar? —preguntó Jörg de repente.
—Por supuesto que lo intentará —respondió Gordon sin dudar.
Se dirigió a su despacho con Jörg siguiéndolo de cerca. Abrió el primer cajón del escritorio que siempre permanecía cerrado con llave y sacó un pequeño frasco de pastillas. Además de la medicación que había empezado a darle a Alexander para intentar estabilizarlo guardaba allí otros fármacos, tomó un sedante suave con la esperanza de que Alexander lo tomara sin oponer resistencia cuando llegara el momento del ingreso.
—¿Eso es lo que creo que es? —preguntó Jörg al ver el frasco.
—Machacaré un par de pastillas y pediré a Nora que prepare una bandeja con limonada —explicó Gordon—Las echaré ahí, Alexander no sospechará nada y así estará más tranquilo. No quiero que intente huir al verse acorralado.
—Mejor que no me vea hasta que lleguen los enfermeros —murmuró Jörg.
—Quédate en el despacho—pidió Gordon—Alexander estará en la piscina y desde aquí podrás verlo todo.
Jörg asintió y se quedó allí mientras Gordon se dirigía a la cocina. Allí encontró a Nora empezando a preparar la cena y a John conversando con ella en voz baja. Ambos se sobresaltaron al verlo entrar.
—No lo habíamos oído llegar —dijo John poniéndose recto al instante—No lo esperábamos hasta esta noche.
—Ha surgido una urgencia —explicó Gordon sin detenerse—Nora, prepara un vaso de limonada y llévaselo a Alexander por favor.
Ella asintió al momento mientras que Gordon abría un armario y buscaba lo necesario para triturar las pastillas, consciente de la mirada fija de John sobre él.
—¿Son para Alexander? —preguntó incapaz de contenerse.
—Son necesarias —respondió Gordon mientras partía las pastillas con precisión.
John respiró profundamente, como si hubiera tomado una decisión difícil.
—Tengo que contarle la verdad sobre lo que pasó el otro día en el lago —empezó a decir—Lo perdí de vista unos minutos, se fueron nadando a la otra orilla y yo tuve que dar un amplio rodeo por el embarcadero. Cuando llegué él estaba besándose…con Natalie.
—¿La novia de Gustav? —preguntó Gordon sorprendido.
—En cuanto me vio se levantó de golpe —continuó diciendo John—Se estaba poniendo el bañador a toda rapidez y juraría que Natalie tampoco llevaba nada de ropa mientras que Gustav estaba en la orilla sin enterarse de nada. Alexander se me encaró, me dijo que si hablaba él me acusaría de haberlos estado espiando y… de tocarme mientras lo hacía.
Gordon se quedó inmóvil. Ya casi nada podía sorprenderlo respecto a Alexander, pero aun así sintió un nudo en el estómago.
—Y cuando volvimos a casa fue a peor —murmuró John mirándole avergonzado—Sabía que no iba a decir nada por miedo a lo que pudiera inventarse sobre mí y para asegurarse se desnudó ante mis ojos y se me insinuó. Sé que debería haberlo contado antes, pero en ese momento… no supe cómo reaccionar.
Gordon dejó de machacar las pastillas y se le quedó mirando con gravedad.
—Te agradezco que me lo hayas dicho, y ahora necesito que me ayudes con Alexander —pidió—Van a venir a buscarlo, será ingresado en una clínica porque ha demostrado ser un peligro para sí mismo y para los demás.
John palideció.
—¿Ha hecho algo más? —preguntó con voz temblorosa pensando que quizá podría haberlo evitado si hubiera hablado antes.
—Le ha hecho mucho daño a Bill—contestó Gordon con una firmeza que no dejaba espacio para dudas—Y tiene que afrontar las consecuencias.
John bajó la vista, apretando los labios.
—Si hubiera hablado antes quizás no habría pasado—murmuró sintiéndose muy culpable.
—No, John —dijo Gordon con una firmeza inesperadamente suave—Alexander lleva tiempo cruzando límites. Esto no empezó en el lago, ni contigo y ni con Natalie. Esto viene de mucho antes y si alguien debería sentirse culpable soy yo por no haberlo sabido parar a tiempo.
John asintió, aunque la tensión en sus hombros no disminuyó.
Nora dejó el vaso de limonada sobre la encimera con un leve temblor en las manos. Había escuchado lo suficiente para comprender que algo muy serio estaba ocurriendo, pero no lo suficiente para atreverse a preguntar.
Gordon terminó de machacar las pastillas, las vertió con cuidado en el vaso y removió la mezcla con una cuchara hasta que desapareció por completo.
—Nora—pidió sin levantar la voz—Alexander estará como siempre descansando en la piscina, llévele allí la limonada.
Nora asintió, tragando con esfuerzo sintiendo que John daba un paso poniéndose con firmeza a su lado.
—¿Quiere que esté presente? —preguntó—Por si… por si intenta algo.
—No, si le ve podría ponerse a la defensiva pero se lo agradezco—contestó Gordon negando lentamente—Necesito que esto sea lo más tranquilo posible.
John bajó la mirada, pero no discutió.
Nora se movió con rapidez y cogiendo el vaso lo colocó sobre una bandeja. Salió de la cocina seguida de Gordon quien se obligó a recuperar la compostura profesional que tantas veces había usado con su hijo… aunque esa vez, por primera vez, no era para protegerlo, sino para detenerlo.
Continúa…
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