
Fic Twc de Xim_Alien
Capítulo 21
Gordon llegó exactamente en cinco minutos a casa, subió todo el equipaje a su camioneta, una vieja y muy buen cuidada Toyota roja. Yo subo en la parte de atrás, abrocho mi cinturón de seguridad mientras Gordon termina por subir todo a la cajuela. Aún no entiendo nada, y mi confusión se intensifica cuando Gordon sube al volante, enciende la camioneta y veo a mi madre como una loca al teléfono. Está discutiendo con la otra persona en la línea, nunca la había visto así, había perdido el control de todo y se me hacía increíble cómo alguien de su complexión, delgada y un poco bajita, podía tener ese arranque tan inusual.
—¿Al menos tú me puedes decir qué carajo pasa? —Hago que Gordon levante la vista de su celular.
—Eso le corresponde a tu mamá.
—Claro, te pones de su lado.
—No estoy del lado de nadie, sólo que si te digo ella me mata.
—Bien, entonces te haré preguntas de sí o no.
—Arranca.
—¿Hice algo malo?
—No directamente.
—¿Asunto de mi papá?
—Sí.
—¿Mi mamá va a perder la cabeza?
—Totalmente.
—¿Cabe la posibilidad de que regresemos a Alemania?
—No lo creo.
—¿Qué pasará con Tom?
—Esa no es una pregunta de sí o no.
—¿Volveré a ver a Tom?
No dice nada, su voz no sale aunque veo su boca abierta, lista para disparar algo que no quiere o que no puede, de cualquier forma y en contra de cualquier pronóstico, sé que esta decisión que mi madre ha tomado, estará perjudicando directamente en mi vida.
Luego de unos minutos más discutiendo con aquella persona al teléfono, la veo arrojar el celular y este choca contra la acera, destruyéndose por completo. Ella no hace más que secarse, con el dorso de la mano, las lágrimas rebeldes que resbalan por sus mejillas.
—¿Ya me vas a decir qué diablos pasa? —pregunto en total calma. Ella me mira por el retrovisor y sus lágrimas se intensifican.
—Perdóname, mi cielo. En cuanto lleguemos te lo diré todo.
—¿Puedes decirme al menos si sigo teniendo novio?
—Hablaremos de eso después.
—¡¿Eso es un no?! —chillo de repente.
Mi mamá ignora por completo mi reacción, entonces recurro a un plan antiguo pero funcional. Saco mi iPod y me coloco los auriculares para distraerlos. Así podré escuchar lo que ellos hablan en nivel de ultratumba, mismo tono que mamá y Gordon han formado. Con la mirada enfocada en la calle de mi lado, pongo total atención en su conversación.
—Deberás decirle ya.
—No lo haré, hablé con Jörg, también se irá.
—Pero Simone, escucha, él debe saberlo, no creo que estés haciendo lo correcto, ni siquiera sabes si ya tuvieron…
—Te voy a pedir un favor, ya no me digas nada y llévame a casa de mi madre, es todo.
Silencio nuevamente.
Ella habló con Jörg ¿Cuántos Jörg conoces Bill? Sólo uno pero… No, no, ellos no se conocen. ¿Dijo que habló con él y que también se irían? Dios no, no puede ser el mismo Jörg. ¿Y si es el mismo Jörg? Debo estar enloqueciendo, Tom habló con su papá cuando íbamos en el taxi y por lo que escuché a Tom decir, su padre no tenía idea de que ya veníamos de regreso. Ahora, Gordon le dijo a mamá que tendría que decirlo algún día, ¿Decir qué a quién? ¿A mí? ¿Qué cosa? Esto me está generando jaqueca.
Saco mi celular del bolsillo de mis pantalones y busco el número de Tom.
«Tom, no sé qué está pasando pero mi mamá me está llevando a Bélgica, sé que algo está pasando, no me llames por el momento.
Te ama: Bill».
Envío tal mensaje sin estar seguro qué más agregar, sin embargo, aunque tengo las esperanzas de que no obedezca lo que le he pedido, me quedo con mi celular en las manos, deseando que aparezca una llamada de él, una respuesta en un texto, pero nada, ni la llamada ni el mensaje. Nada.
Después de unas largas horas por la autopista y con el culo dormido, llegamos a casa de mi abuela.
—Baja, Bill —dice mamá.
En cambio ella sólo baja de la camioneta y entra directamente a la casa de la abuela.
Ya la había olvidado, tres pisos, fachada de piedra, pareciera que es fría y que es una extensión de cualquier castillo en Rumania, pero por dentro, la chimenea es impresionante, las baldosas son tan claras que mi abuela puede ver cualquier avistamiento de partículas indeseables.
Enseguida veo salir a mi abue, una persona de casi 76 años, con la mirada apacible, rasgos de haber vivido más de lo que ella imaginaba, con arrugas marcadas, dulce, pero también cascarrabias cuando uno no hace lo que ella quiere.
—Adelante, adelante. Gordon, qué gusto verte.
Entra primero él con cuatro maletas, dos mías, dos de mi madre y yo traigo sólo una, la de Gordon.
—Digo lo mismo, Stella, ¿cómo ha estado?
—Bien, hijo. Al menos esta casa me mantiene viva. ¿Bill? ¿Eres tú, mi vida?
—Hola, abue.
—¡Mira cómo has crecido! ¿Y esos pelos?
—¿Te gustan?
—Me gustan tus ojos.
Esa era una linda cualidad de mi abuela, me fascinaba y siempre me hacía reír; siempre que algo no le gustaba, lo tenía que cambiar de forma casi inmediata por algo que sí le gustaba.
—Tu madre fue a su habitación, la tuya ya está preparada también.
—Gracias. Gracias por la invitación.
—¿Cuál invitación?
—Mi mamá dijo que nos invitaste a venir aquí.
—¡Oh sí! ¡Claro que los invité! Faltaba más. Discúlpame, mi niño, pero últimamente se me va todo de la cabeza. Discúlpame, ya no tengo veinte —finaliza con un susurro y se mete a la cocina.
Voy a mi habitación y así es, la cama está hecha, todas mis cosas que suelo usar cuando vengo están ahí, intactas también, como las dejé hace tres años. Salgo y voy a la que era de mamá, toco dos veces y ella me responde con un débil «adelante». Cuando entro, mis ojos lo único que ven es el color rosa en cada una de las paredes, su cama tiene un dosel desde el techo, un tapete blanco con muchos pelitos, y muñecas, tantas muñecas que no caben en una repisa, sino también junto a su cama, bajo la ventana y encima de un buró.
—Tu habitación sigue intacta —musito lo bastante bajo pero con intención de que me escuche.
—Me gusta venir aquí cuando tienes problemas —responde, acostada en su cama.
—¿Qué?
—Me ayuda mucho a recordarme a tu edad, y con eso parto para ser tu guía.
—¿Hay alguna idea ahora? —pregunto sabiendo dónde estoy pinchando con eso.
—¿Qué?
—Esta de aquí se parece a la que tengo yo —observo, tomando una muñeca de la repisa, misma que se encuentra en la pared frente a la cama.
—Pediste a Santa una muñeca cuando tenías cinco años, ese año nos estaba yendo un poco mal, y yo tenía esa repetida.
Sabía que los abuelos son ricos desde hace mucho tiempo, pero por qué una niña tendría dos muñecas «repetidas». Además, la mía tenía una blusita verde, debajo del vestido, la de mamá es amarilla.
—¿Repetida?
—Eran gemelas —explica y de repente, su voz se corta con un llanto que me alarma. Volteo a verla y tiene la cara hundida en sus propias manos.
—¿Qué pasa? ¿Por qué estás así?
—Nada, ya te lo dije, tu abuela nos invitó a pasar unos meses aquí, además ya terminaste la escuela y me pareció perfecto que te des un respiro —finaliza sentándose en la cama.
—No tengo cinco años, mamá, Gordon dijo que le tendrías que decir algún día, ¿qué le tienes que decir a quién?
Mamá no responde, me mira como si estuviera hablando de que los alienígenas existen o algo peor.
—¡Eso no es asunto tuyo!
—¡No grites! Sólo dime lo que está pasando.
—Mi nieto favorito —llega la abuela—. Anda, corazón, el abuelo tiene algo para ti, está en su despacho.
La abuela pone una de sus manos en mi hombro, me hace girar sobre mis propios pies y pierdo de vista completamente a mamá. Ella me hace salir de su habitación con una parsimonia que me siento en cualquier otro plano terrenal, pero no en la tierra, no sobre las baldosas claras.
—¡Ve con el abuelo, y luego te explico todo! —susurra la abuela con toda la cautela que puede manejar—. Ah y Bill, compórtate con tu mamá, la está pasando algo difícil.
—A eso me refiero, siempre soy la persona en quién confía cuando nuestra familia está en aprietos, fui la primera persona que se enteró cuando nuestra cuenta estaba medio vacía, cuando conoció a Gordon yo le ayudé a un vestido bonito, y ahora no me quiere decir qué pasa.
—Baja, ahorita te digo.
—¿En serio?
—Ve abajo —asiente y termino de bajar las escaleras con dirección al despacho del abuelo.
—¿A dónde vas, muchacho? —la voz rasposa de mi abuelo me hace dar un salto justo afuera de su despacho, volteo a verlo y está sentado en la sala, junto a él yace Gordon, ambos están comiendo cacahuates de un pequeño tazón, y hay tragos en la mesa se centro.
—La abuela dijo que estabas en tu despacho.
—Billy, ¿sigues con esas manías tuyas de pintarte la cara?
—Dave, déjalo ya. —Me defiende mi abuela como siempre lo hizo, viene bajando las escaleras.
—Ven aquí, muchacho. —Extiende su mano y veo que hay dos billetes—. Tómalos, mete al banco todo eso que ahorres y no olvides que la vieja Alemania ya no existe.
Siempre me dejaba así, pensando en qué diablos significa lo que acaba de decirme. Volteo a ver a Gordon pero él está ahogando una risa de forma casi olímpica.
—Ve a tu habitación, Bill, duerme un poco. La cena ya está casi lista.
Asiento, salgo de la sala y voy hasta está, en la entrada, Gordon ha dejado mis dos maletas. Entro nuevamente a la que es mi habitación en vacaciones de invierno, y ahora sí pongo atención a cada cosa ahí adentro, todo está recién sacudido. Sonrío porque a pesar de su edad, mantiene esta casa limpia. Espero que no se le olvide que ella se ofreció a explicarme todo este embrollo.
Continúa…
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