
Fic Twc de Xim_Alien
Capítulo 29
Luego de que su cabello estuviera limpio, Simone cocinó como loca, tres platillos diferentes, cada uno el favorito de su hijo. No lo llevó de la mano hasta la mesa del comedor porque tal vez sería demasiado, y lo que menos quería era abrumarlo. Gordon estaba ahí, terminando de llenar una jarra con jugo de naranja. Sonrió cuando vio a Bill sentado a la mesa, revolviendo con una cuchara el arroz y la carne del primer plato.
—¿Quieres que te corte las puntas del cabello? Podría darle forma nada más.
—Suena bien.
—Voy al supermercado, no hay leche —dijo Gordon tirando todas las cáscaras de las naranjas.
—De acuerdo.
—¿Quieres algo?
—Tomates y zanahorias, y queso. Ah, el cereal de Bill, queda poco.
—Bien. No tardo.
Simone no podía dejar de ver a su hijo, orgullosa de verlo saliendo de un periodo de depresión, y aunque no quería orillarlo a que se pusiera de mal humor, tenía miles de preguntas para hacerle, preguntas importantes y decisivas. Sin embargo, reprimió todas las ganas de saber si quería volver a la escuela o ya no, o qué era lo que seguía para Bill, su hijo.
La casa quedó en un silencio horrible, el cuál en ocasiones era interrumpido por el ruido de la cuchara de Bill, de su vaso al dejarlo en la mesa, y sólo pudo probar dos bocados del plato número dos. Era suficiente.
—Gracias —dijo haciendo a un lado el plato.
—A ti, mi cielo. Extrañaba verte así.
Bill no hizo ni agregó nada más que formar una sonrisa casi vacía.
—¿Puedo ver un rato la televisión? —preguntó con miedo.
—Por supuesto, cariño.
Sí regresó a la escuela, sí concluyó la secundaría, sí volvió a comer normalmente, pero ya no era Bill, el Bill que Simone, Gordon y Gustav conocían había muerto el día que Tom dejó Alemania para regresar a Dinamarca con su padre. Ese Bill ya no estaba más. En su lugar, quedó un joven menudo, el que ahora caminaba por las aceras con la mirada agachada, su cabello creció y decidió que hacerse rastas sería una buena opción para no tener que perder tiempo en arreglarlo diario. En lugar de buscar una universidad, decidió que era más viable conseguir un trabajo de tiempo completo, y así, con veinte años, sigue trabajando en el centro comercial, en una tienda de libros, en un mes más, estaría recibiendo la gerencia. Aún así, Bill no parecía vivo, parecía la sombra del niño que amaba a su mamá, el que amaba llegar de la escuela y amaba contarle los últimos acontecimientos, tanto buenos como malos. No pasaba todo el tiempo en su habitación, pero sí lo bastante como para evadir las preguntas repetitivas de Simone. Al menos Gordon parecía entenderlo y lo dejaba estar donde quisiera estar.
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Termino por reacomodar mi habitación, el que todo haya estado igual por tanto tiempo ayuda a que mi mente no olvide detalles, así que si muevo algunas cosas, todas, mi mente se esfuerce por no recordar cada maldito detalle del pasado.
Mi celular suena y mi corazón, el que latía como loco cuando aparecía una notificación, ya no late igual. Veo la pantalla y es mi mejor amigo, Gustav, quien seguramente quiere saber cómo estoy. Contesto sin muchas ganas y su voz al otro lado de la línea, me dice que ha estado bebiendo.
—Hola, Gus.
—Hola, Bill. Oye, ¿por qué no vienes? Está genial el ambiente y la música está… ¡Escucha!
Sí, la música electrónica que tanto amaba, ¿qué pasará si voy? ¿Empezaré a verlo como Bella ve a Edward cuando se va?
—¿Escuchaste?
—Sí.
—Te enviaré la dirección, ojalá vengas —dice y cuelga la llamada.
Un minuto después llega su mensaje a mi teléfono, el bar no se encuentra muy lejos, a diez minutos, siete si me propongo ir rápido. Antes de salir, me cambio la camiseta, me cambio los tenis y voy hasta mi tocador, donde tomo mis accesorios. Una vez terminado de hacer todo, salgo de mi habitación y veo a mamá desde arriba, pasando por la sala a la cocina, pero no solo caminando, más bien, corriendo, como si la hubiera atrapado haciendo algo.
Bajo las escaleras y voy a la cocina. Cuando entro, ella está revisando algo en el refrigerador. Entonces, siento eso que llaman Dejá Vu.
—¿Qué haces, ma? —pregunto a sus espaldas.
—Eh nada, se me antojó algo. —Sonrío porque veo en ella a la niña que sigue teniendo en su interior—. ¿Saldrás? —me pregunta con una sonrisa al verme.
—Eh sí. Eso creo… No me tardo, iré con Gustav.
—Genial, sí… Me saludas a ese chico. Bien, cuídate y diviértete.
—¿Estás bien?
—Genial, anda vete… Bill —me hace voltear a ella cuando estoy a punto de abrir la puerta—, nada, diviértete.
—Te quiero.
—Y yo a ti.
Salgo de casa con intención de cualquier cosa, a pesar de que en mi mente no hay ninguna idea de cómo ni de qué hacer para lograr eso.
Divertirme.
Traigo puestos unos jeans negros ajustados, playera negra ajustada, con una chaqueta negra de piel artificial, botines negros y claro, mis rastas bien arregladas. El maquillaje que hace mucho no usaba, vuelve a ser parte de mí, de mi rostro y de la imagen que me gusta dar.
Llego al lugar acordado después de tanto caminar, sin atender a las miradas que se fijan en mí como si se tratara de la más fantástica y bella criatura.
—¡Bill! Cuánto tiempo sin verte, me alegra en verdad que estés bien —Le decía su amigo de infancia casi dando saltos de alegría.
—Hola, Gus; hola, Hayley.
—Hola, Bill. No te había visto desde la graduación de la secu.
—Sí —suelto una risita tonta y me aparto de ellos. Siento los pasos de Gustav detrás de mí y me siento en la barra.
—A mí también me da gusto que estés aquí.
—Gracias, amigo.
Trato de sonar amigable y amable, pero sé que todos aquí saben que no puedo hacerlo, por más intentos que haga, no puedo. Y me pregunto si podré hacerlo algún día.
Gustav lo sabe todo, estoy seguro que mamá se ha encargado de dejarlo al tanto de cada detalle por minúsculo que parezca, y por supuesto, también supongo que le ha pedido que intente sacarme de la casa.
&
—Hola, ¿qué te ofrezco?
—Hola —saludó al barista sin reaccionar a la mirada que le ha dado al saludarlo—, un trago de vodka.
—Sírvele uno doble. —Una voz se añadió a la que debió ser una corta conversación.
Bill volteó para agradecer el gesto, pero no tenía intenciones de aceptar invitaciones ni insinuaciones por deprimido que estuviera. En cuanto vio el rostro del buen samaritano, el banco donde estaba sentado se movió como si el piso no fuera una superficie estable. Toda su cabeza giró provocándole ganas de votar todo.
No podía creer lo que veían sus ojos, estaba delirando y aún no probaba ni una gota de alcohol.
—Hace muchísimo tiempo que no te veo, Bill.
—¿Qué haces aquí?
—Eso debería preguntar yo.
—Aquí tienes.
El barista acercó el trago doble a las manos de Bill, dejándolo en el posavasos para no echar a perder más la barra. La gente cuando ya está alcoholizada se olvidan de la existencia de esas cosas en cada lugar, a veinte centímetros de distancia de uno con otro.
—¿Y cómo estás, Bill?
Continúa…
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