
Fic TOLL de lyra
Capitulo 7
No podía creer lo que estaba viendo, no podía ni respirar de las emociones vividas en los últimos momentos. Ver caer a Bill por el torreón…era una imagen que jamás se podría sacar de la cabeza. Recordaba sus ojos muy abiertos, llenos de un miedo intenso mientras caía gritando y pidiendo ayuda. Casi se desmayó al ver como salía el sol y Bill se transformaba en un bello halcón, que remontó el vuelo y se perdió chillando en la lejanía.
Sus chillidos fueron escuchados desde abajo, pues cesaron los golpes de inmediato. Pero Georg no se movió del torreón, aún conmocionado por lo que acababa de ver. Se quedó tal y como estaba, inclinado sobre la pequeña muralla que rodeaba el torreón y con los brazos extendidos como si aún pudiera sentir la mano de Bill entre la suya. Desde esa posición vio como salían los jinetes de la fortaleza con el tal Andreas a la cabeza. Se alejaron al galope y entonces pudo moverse.
Se levantó y echó a correr escaleras abajo. Fue donde se encontraba Gustav, sentado sobre una muralla mientras se masajeaba la mandíbula.
—¿Estás bien?—preguntó arrodillándose a su lado.
—No es nada…—murmuró Gustav entre jadeos—Bill escapó, ¿verdad?
Asintió en silencio. Se puso en pie tras comprobar que estaba bien y empezó a recoger sus cosas.
—¿Te vas?—preguntó Gustav levantándose.
—Si, tengo que encontrar a Tom y ver si él también está bien—contestó Georg.
—Dile…dile que sé como romper la maldición—murmuró Gustav.
—¿Por qué no vienes y se lo dices tú en persona?—preguntó Georg mirándole.
—No querrá volver a verme, le hice mucho daño—se negó Gustav.
—Le has salvado la vida a Bill, ya verás como te escuchará—le animó Georg.
Le vio asentir resoplando y pasando por su lado entró en la habitación donde había curado a Bill y recogió sus cosas. Mientras, Georg echó a andar saliendo de la fortaleza, pensando que camino tomar cuando vio que se acercaba un jinete. No hacia falta agudizar la vista para ver quien era, el halcón que llevaba sobre su hombro le delataba.
Se le acercó corriendo, comprobando que estaba en buen estado.
—Gustav le sacó la flecha—explicó Georg sin necesidad.
Vio como arrugaba la frente y miraba por encima de su hombro, dándose la vuelta para ver a Gustav acercarse con paso lento.
—Gracias—murmuró Tom con dureza.
—Gustav ha dado con una manera de romper la maldición—saltó Georg sin poderse contener.
—Así que le has contado la historia—dijo Tom fulminando a Gustav con la mirada.
—Estaba implicado en ella, era mejor que la supiera y viera donde se había metido sin remedio—se excusó Gustav—Pero tienes que creerme, dentro de dos días Bill y tú…
—No vuelvas a mencionar su nombre en mi presencia—cortó Tom enojado—Es por tu culpa que nos encontremos en este estado, nada de lo que hagas podrá resarcirnos.
Y tras decir esas palabras, espoleó a Goliat y siguió su camino sin ver si Georg le seguía o no.
—Vamos—murmuró Georg mirando a Gustav.
—Tengo que coger unas cosas, ve con él que yo os sigo—dijo Gustav entrando de nuevo en la fortaleza.
Georg asintió y echó a correr tras Tom y Goliat. Se puso a su lado y caminó en silencio.
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Cabalgó de regreso a la casa de David Jost, sabiendo que al llegar con las manos vacía le esperaba una buena. No hizo descanso alguno y casi reventó al caballo por el camino. Pero le dio igual, dejó al medio muerto animal a las puertas del establo y entró corriendo en la casa.
—¿Le tienes?—preguntó David nada más verle entrar por la puerta.
Andreas negó con la cabeza al tiempo que se inclinaba tratando de recuperar el aliento.
—¡Inútil! ¿Tanto cuesta atrapar un simple halcón?—estalló David muy enfadado.
—Salió volando y yo no tengo alas—señaló Andreas, como si fuera obvio—Además, pensé que conmigo disfrutabas en la cama.
David soltó una carcajada al tiempo que negaba con la cabeza.
—Me vales como pasatiempo Andreas—dijo sin dejar de reír—Pero eres uno más del montón, no como Bill que tiene algo muy especial. Sé que gozaré con él cuando le tenga donde quiero, desnudo y retozando bajo mi cuerpo…
Andreas escuchaba sintiendo que la sangre le hervía. No sabía para qué le encargaba a él la tarea de traerle a Bill de vuelta, si por él fuera lo estrangularía con sus propias manos al tiempo que reía viendo como se apagaban sus dulces ojos.
—¿No tienes nada más que contarme?—preguntó David dejando de reír.
Andreas negó con la cabeza, lo que hizo que David acortara la distancia y le cogier del cuello con fuerza.
—Ha llegado a mis oídos que Bill fue alcanzado por una flecha—siseó David muy enfadado.
—Le llevaron a Gustav y le salvó—explicó Andreas sin aliento.
—Tráeme la cabeza del que osó dispararle—escupió David soltándolo—Ya no me sirves de nada, vete donde no pueda verte.
—¿Qué hay de Bill?—preguntó Andreas llevándose una mano al cuello.
—Le he encargado un trabajillo a Jörg Kaulitz—explicó David riendo con malicia.
—¿Al padre de Tom?—repitió Andreas sin entender.
—Ya sabes que es un buen cazador, le he pedido que me traiga la piel de un lobo negro—dijo David sin remordimiento alguno.
—¿Le has mandado matar a su propio hijo?—susurró Andreas.
—No sabe nada de la maldición y que Tom se transforma en lobo por las noches—contestó David encogiéndose de hombros—Apuesto a que estas horas ya ha sembrado el bosque de trampas y esta noche le dará caza.
—¿Y cómo sabrá qué lobo es Tom?—preguntó Andreas.
—Cazará todos los lobos que se encuentre, le he dicho que busque un lobo acompañado de un chico muy hermoso al que no debe tocar—contestó David, recalcando las últimas palabras.
Andreas tragó con esfuerzo, sabía de la ira de David, él mismo la había sufrido en sus propias carnes. Esa vez pagaría por él el jinete que disparó la flecha, pero David le tenía esperando una buena por haber regresado con las manos vacías.
—Regreso a Aquila—dijo David pasando por su lado—No vengas hasta que te llame, y más te vale no hacerme esperar.
Asintió en silencio viendo como David pasaba por su lado y salía de la casa, preguntándose que le podía haber pasado por la cabeza para actuar de esa manera.
«Bill le ha hechizado»—pensó resoplando—»Le mataré con mis propias manos y volverá a ser el mismo de antes»
Salió de la casa de David con una sola idea en mente. Iría al bosque y mientras que Jörg Kaulitz estaba entretenido dando caza a su propio hijo, él se encargaría de Bill. Le haría caer en una de esas trampas, y todas las culpas recaerían sobre el padre de Tom…
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Llegada la tarde hicieron un alto en el camino, consciente de que el sol se iba a poner y Tom «desaparecería». Además, había empezado a llover y dieron con una pequeña aldea. Georg se adelantó y consiguió alojamiento en un pajar de nuevo, donde Tom entró y se ocupó de soltar a Goliat.
—Cuida de Bill—murmuró Tom acariciándolo.
Lo llevaba sobre el hombro, ajeno a sus palabras. Suspiró al tiempo que pasaba los dedos por su pelaje, aspirando ese familiar aroma que tanto echaba de menos por las noches.
—Le diré que estás bien—dijo Georg, incómodo ante esa escena.
—Dile que le quiero—susurró Tom arrugando al frente de dolor.
Dejó a Bill sobre un tocón de paja y se despojó del abrigo que llevaba, dejándolo al lado de una bolsa de cuero que abrió y enseñó a Georg.
—Aquí tiene su ropa—le explicó.
Georg asintió y vio como salía del pajar. Se había desatado una fuerte tormenta y los truenos se escuchaban en la lejanía. Las ropas de Georg estaban algo húmedas y siendo consciente de que la hora se acercaba, cogió algo de ropa seca de su bolsa y salió del pajar dándole a Bill la intimidad necesaria.
Cerró al puerta tras él y resguardándose de la lluvia bajo un alero, Georg se cambió de ropa. Esperó uno minutos y luego abrió la puerta asomando la cabeza por ella. Sonrió al ver a Bill de nuevo, siendo humano, claro. Entró en el pajar del todo y se le acercó estudiándolo.
Estaba algo pálido y llevaba el brazo derecho cogido por el izquierdo, señal de que lo tenía resentido por la herida.
—¿Estás bien?—preguntó Georg muy preocupado, viéndole asentir—Me distes un buen susto.
—Lo siento mucho—susurró Bill suspirando.
Se le veía cansado, sus ojos estaban apagados y llenos de tristeza.
—¿Quieres salir y comer algo?—preguntó Georg de repente—Hay una pequeña cantina y tengo algo de dinero.
—Hace mucho que no disfruto de una buena comida casera—comentó Bill asintiendo.
—Démonos prisa, que está lloviendo—dijo Georg extendiendo una mano.
Bill la aceptó y cogió el abrigo de Tom, que echó sobre los dos para resguardase de la lluvia. Abrieron la puerta y echaron a correr bajo la lluvia, pero no se esperaban que hubiera un carro en el camino y se chocaron contra el gimiendo.
—Cuidado—gritó una voz áspera.
Georg alzó la mirada a ver quien les hablaba, pero el grito que dejó escapar Bill le cortó la respiración. El carro iba cargado con una docena de lobos muertos…
Continuará…