
Fic TOLL de lyra
Capítulo 4. Un amigo en el camino
Caminó deprisa por la oscura calle. Solo quería llegar cuanto antes al apartamento, encerrarse en su habitación y no salir de ella hasta que alguien le dijera que todo fue un mal sueño, que nada fue real.
Que no le acababan de violar…
Se limpió con ambas manos las lágrimas que bañaban sus mejillas. Agachó la mirada por si se encontraba con alguien que le pudiera reconocer. En esos momentos no quería que nadie le viera, y menos en ese lamentable estado.
Un ruido a su derecha le hizo detenerse en seco, llevándose una mano al pecho y observando la calle con miedo. A su alrededor resonaba el eco de unos pasos, pero no conseguía enfocar la vista para ver quién era.
Giró la cabeza a ambos lados sin llegar a ver nada hasta que fue demasiado tarde.
— ¡Te pillé!—dijo una voz, a la vez que una mano le cogía por el hombro.
El grito que se le escapó levantó un eco que se extendió por toda la solitaria calle. Alzó las manos tratando de golpear en vano, pero sus muñecas fueron sujetadas con cuidado para evitar que hiciera daño.
—Bill…tranquilo…soy yo…—dijo Andreas entre jadeos.
— ¿Andreas?—preguntó Bill asustado.
Cuando consiguió calmarse y abrir los ojos que por el miedo había cerrado, enfocó la mirada en la cara de su amigo que le miraba preocupado.
— ¡Andreas!—susurró antes de romper a llorar.
Andreas le soltó las manos y se apresuró a abrazarlo, notando como se aferraba a su cuerpo llorando sin consuelo. Se mordió los labios maldiciéndose por haberle asustado.
Le vio cruzar la calle corriendo, y por más que levantó la mano y le saludó, Bill no le vio. Echó a correr tras él con una sonrisa en los labios, pensando en el susto que le iba a dar. Se escondió cuando le vio pararse en seco, sonriendo más al verle mirar a todos los lados, buscándole sin poder encontrarle, escondido como estaba tras un coche. Lo rodeó y fue a su encuentro, escuchando sus jadeos en el eco de la solitaria calle.
Cuando vio que le daba la espalda, salió a su encuentro tomándole por el hombro sonriendo. El grito que dio le dejó helado, sorprendiéndose más cuando rompió a llorar buscando refugio en sus brazos.
Y entre ellos trató de darle consuelo, que su cuerpo dejase de temblar, que sus lágrimas dejasen de manar.
Le acarició el pelo con una mano, sintiéndose incómodo por ello, pero viendo que era necesario en esa situación. Cuando los sollozos remitieron y le sintió moverse en sus brazos, le apartó con cuidado esbozando una sonrisa con esfuerzo.
—Era una broma, lo siento—se excusó sujetándole por los hombros.
—Tú…no me has…hecho daño—dijo Bill entre hipos.
— ¿Daño? ¿Qué te ha pasado?—preguntó Andreas asustado.
Bill negó con la cabeza con el miedo reflejado en los ojos. No quería que nadie lo supiera. Por vergüenza. Porque sabía que volverá a pasar.
—Bill, me lo dices a mí o a Tom, pero no te lo puedes callar—insistió Andreas.
El hecho de que mencione a su hermano le hizo llorar más. Se cubrió la cara con las manos, sollozando contra ellas. No quería que le viera la cara cuando le hiciera su confesión, porque en el fondo sabía que se lo tenía que contar a alguien, que necesitaba hablar…
A Tom jamás se lo contaría, así que solo quedaba una persona que era como si fuera su otro hermano, su amigo de la infancia que sabía que le apoyará y que podía confiar en que nunca iba a decir nada.
—Me…han violado…—dijo en un susurro.
— ¡¿QUE?!—gritó Andreas sin poder evitarlo.
Se puso rígido sin soltarle, notando como sus lágrimas acudían a sus ojos al imaginar la situación.
—Dime quien ha sido, se lo haré pagar—dijo Andreas furioso.
Bill negó entre sollozos. Sintió como le soltaba los hombros y le separaba las manos de la cara, como un dedo levantaba su barbilla y le obligaba a mirarle.
—Tiene que pagar por lo que ha hecho, no se merece quedar en libertad—insistió Andreas tratando de convencerle.
—Por favor…déjalo así—susurró Bill con miedo en la voz.
Andrea arrugó la frente con dolor. Le volvió a atraer en sus brazos e hizo algo que nunca jamás había hecho en todo el tiempo que conocía a los gemelos. Le giró la cara y le besó en la mejilla tratando de darle un mejor consuelo.
—Me imagino que no querras que Tom se entere…—dijo abrazándole más fuerte.
Bill negó de nuevo con la cabeza. Sabía lo que Tom diría si se llegara a enterar de que le siguió el juego al loco ese.
Se separó de su amigo y le miró agradecido. Porque le hubieran consolado. Porque guardase su secreto. Andreas le acarició la mejilla con suavidad, terminando de secar esas lágrimas que habían dejado de bajar.
— ¿Cómo te puedo ayudar? ¿Te llevo al hospital?—preguntó preocupado.
—No, allí avisarán a la policía, lo sabría más gente—contestó Bill asustado.
—Ellos serán discretos—insistió Andreas— Si te ha herido, necesitas que te examinen, que te hagan un análisis de sangre por si te ha contagiado algo.
En eso no había pensado. No utilizó condón, aunque él tampoco se lo pidió. En esos momentos solo rezaba para que todo terminara cuanto antes, sin acordarse de utilizar la protección adecuada. Además, le hizo sangrar…
Asintió con la cabeza viendo como Andreas suspiraba aliviado. Le tomó del brazo y caminaron hasta la parada de taxis más cercana. Se montaron en uno y sin decir palabra le pasó sus gafas de sol que llevaba en un bolsillo interior de la cazadora.
Bill las aceptó y se las puso agradecido de ocultar sus ojos a las miradas ajenas.
Entraron por la puerta de urgencias viendo con alivio que no había gente en la sala de esperaba. Se acercaron al mostrador de la recepción y Andreas habló con la enfermera en voz bajó, quien asintió en silencio tras echarle un vistazo al amigo que casi traía en brazos.
Le hizo una señal a un enfermero, quien acercó una silla de ruedas en la que Bill se sentó con la ayuda de Andreas. En esos momentos sentía lo mucho que le dolía el cuerpo, como le ardía por dentro haciendo que se encogiera en la silla gimiendo.
Andreas le acompañó hasta la puerta de la sala de observación, en donde le dejó en manos de los médicos.
.
Tras media hora paseaba nervioso por el pasillo. Hacía solo un minuto que salió una enfermera que le informó que iban a llamar a la policía, y que también querrían hablar con él. Se giró cuando la puerta se volvió a abrir y se asomó para ver a su amigo encogido en la camilla, llevando un blanco camisón de hospital que le hizo parecer más pálido.
Vio como se cubría la cara con las manos, señal de que el reconocimiento había acabado. Habían dejado de examinar su cuerpo, dejándole descansar hasta que fuera la policía a tomarle declaración.
Una de las enfermeras le vio y le hizo una señal para que entrase. Andreas corrió a su lado, acariciándole el pelo como hizo la primera vez que necesitó su consuelo, viendo como una mano abandona su cara y se aferraba a la suya con fuerza.
—Estoy aquí—fue lo único que le pudo decir.
Tras diez minutos, llegaron dos agentes de policía y se presentaron. Andreas le ayudó a incorporarse y puso unas almohadas tras su espalda para que se recostase y descansase. Le vio agachar la cabeza y retorcer con fuerza la sábana con la que habían tapado su cuerpo para darle más intimidad en el examen médico.
—Señor Kaulitz…—dijo uno de los agentes policía, haciendo que levantase la mirada de golpe buscando con miedo a su padre.
—Llámeme Bill—pidió tras calmarse.
—Bill. Sé que este es un momento muy difícil, pero necesito que me respondas algunas preguntas.
—Lo intentaré—murmuró carraspeando.
—Tal vez es mejor que hablemos en privado—dijo el policía mirando a Andreas.
—Prefiero que se quede—dijo Bill cogiéndose a su mano de nuevo.
Andreas se la apretó con fuerza y le puso la otra en el hombro para que notase más cerca su presencia.
— ¿Puede decirme como empezó todo? ¿Discutieron? ¿Se negó y le obligó?—le preguntó casi sin respiración.
Se quedó en silencio meditando su respuesta. Hubo una pequeña discusión cuando le telefoneó, pero esa no cuenta. Le suplicó que no lo hiciera, y él solo se rio de sus palabras…
—Sí—susurró Bill al cabo de unos minutos.
— ¿Sí? ¿Puedes explicarte mejor?
—Le dije que no…pero no me escuchó—murmuró Bill arrugando la frente con dolor.
El policía anotó su respuesta en la libreta mientras pensaba en su siguiente pregunta.
— ¿Le había visto antes?
—Hace unos días, se me acercó y se presentó—recordó Bill.
— ¿Podrías darnos una descripción suya?
Bill le miró confuso. Sólo tenía que mirarse al espejo para tenerle delante, para saber cómo era, pues era una persona idéntica a él. Menos en su interior. Carecía de alma, aunque esa noche cogió la suya y se la robó.
—No le vi la cara, sucedió muy deprisa—mintió Bill agachando la mirada.
Se la vio perfectamente, todo sucedió lentamente.
—Pero acabas de decir que le habías visto hacía unos días, ¿cómo sabías que se trataba de la misma persona si no le viste la cara?
Bill se mordió los labios al darse cuenta de su error. Apretó la mano de Andreas para pedirle silenciosa ayuda.
—Creo que ya basta por hoy, no estaba en condiciones de contestar más preguntas—dijo Andreas con firmeza—Solo quiere olvidar lo sucedido.
—Lo dejaremos por hoy. Te daré mi tarjeta por si recuerdas algo más—murmuró el policía tendiéndosela.
Andreas la cogió al ver que Bill no se movía. Vio la mirada que le dirigía y asintió con la cabeza entendiendo el mensaje que le transmitía.
—No es necesario que le recuerde que nada de lo que hemos hablado puede salir de estas cuatro paredes—dijo Andreas, esperando no haber ofendido al policía—Mi amigo es famoso ya lo sabe, no quiere que nada de esto se filtre a la prensa. Solo quiere olvidarlo y tratar de recuperar su vida normal.
—Lo entiendo perfectamente—contestó el policía con firmeza.
Se despidieron de ellos y salieron de la habitación, momento en el cual Bill rompió a llorar cubriéndose la cara de nuevo.
—No debí venir…me harán más preguntas hasta que le diga la verdad…—susurró entre sollozos,
Andreas se sentó en la cama y le abrazó con fuerza.
—Si detienen al que te lo hizo, podrás vivir sin miedo—trató de consolarle— ¿Por qué no has dicho la verdad? ¿Por qué no me la querías contar a mí?
Bill decidió sincerarse con su amigo de nuevo, sintiendo la necesidad de contar a alguien por todo lo que estaba pasando.
—Me han amenazado. Si no hago lo que me pide contará una cosa sobre mí que nadie más debe saber—explicó en un susurro.
—No puedes seguir así toda la vida. Te tiene bien cogido y nunca te soltará. Déjame ayudarte, dime quien ha sido, le obligaré que te deje vivir tranquilo—insistió Andreas.
Bill se destapó la cara, y por una vez en toda la noche consiguió esbozar una débil sonrisa. Le miró agradecido mientras se limpiaba de lágrimas las mejillas.
—Gracias por ayudarme. Con el tiempo te lo podré contar, pero ahora no. Estoy cansado, quiero irme a casa—suplicó Bill.
Andreas asintió y no insistió más. Esperaron en silencio hasta que el médico regresó con los resultados de su analítica. Solo tenía una pequeña infección que con los antibióticos que le habían recetado se curaría en una semana.
Le dejaron marchar a casa tras hacerle prometer que guardaría reposo al menos dos días, para que su cuerpo cicatrizase tanto física como mentalmente. Andreas le ayudó a levantarse de la camilla y a vestirse, viendo como arrugaba la frente con cada movimiento que realizaba.
Le acompañó a la salida y se subieron a otro taxi, en donde se volvió a poner sus gafas de sol recostándose contra la ventanilla con los ojos cerrados. Andreas no dejaba de mirarle, mordiéndose los labios por todo. Por sentirse impotente, por no poder ayudarle. Porque no podía contar con la ayuda de su hermano.
Tom sabría cómo ayudarle a superar esa situación, y entre los dos podrían ir tras ese desalmado que le había robado la alegría a una bella persona que no se merecía pasar por ese calvario.
Que no merecía estar marcado para el resto de su vida…
Continúa…
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