
Notas de la administración: El gran final de esta conmovedora historia. Gracias por leer y suspiren, es hermoso y jamás se arrepentirán de haber llegado hasta aquí.
Mi profesor de Química
Las memorias de Davis White
Breve resumen de los últimos: Bill descubre que Nick es en realidad Davis White y que tiene antecedentes. Secuestro y rescate de Bill. Muerte de Davis White. Encarcelación de Mateo Dos Santos e interés de Bill por beneficiarlo en el juicio. Regreso a Lübeck y visita a la antigua escuela, ya abandonada.
CAPÍTULO FINAL PARTE I
Tres meses más tarde…
—¿Nervioso? —preguntó masajeándole suavemente la espalda.
—Si dijese que no sería un embustero —suspiró—. No quiero viajar hacia atrás. No ahora cuando todo ha acabado. Créeme que si pudiese succionar mis recuerdos y botarlos lejos de aquí, lo haría sin titubear. Pero… esto es necesario…
—¿Y olvidarte de mí? ¿Nuevamente? No, Pequeño. Olvidar no es necesario. Perdonar, aceptar, resignarse y dejarlo ir, sí, lo es.
Tom plegó el ceño. La idea lo aterraba.
—Silencio a todos los presentes —ordenó el juez golpeando el martillo con determinación—, por favor. Demos inicio a la sesión.
Bill parpadeó expectante y Tom se removió sobre su asiento en busca de mayor comodidad (si es que eso podría encontrarse en una situación abrumadora como aquella).
El bullicio en la sala se acalló inmediatamente.
—A cuatro meses del fallecimiento del señor Davis White, se ha reabierto la causa para solicitar una reducción en la condena del procesado, Mateo Dos Santos, dado a que sus acciones en contra de los demandantes no han sido en voluntad propia, sino bajo la extorsión y violencia tanto física como psicológica del propio White. Y este juzgado se ha reunido hoy aquí para probarlo.
Tom reposó su espalda contra la banqueta, exhaló abatido y, simultáneamente, pudo sentir una delicada mano aferrándose a la suya.
Bill estaba al borde de una crisis nerviosa.
—¿Cómo es posible que un recuerdo me produzca emociones aún más fuertes que un ser de carne y hueso? Siento que mi corazón abandonará mi cuerpo en cualquier momento —murmuró tiritando con sus sienes palpitantes como de costumbre.
—El acusado ha confesado en el último interrogatorio que White tenía unas libretas personales en las cuales volcaba sus pensamientos e, incluso, ideaba sus planes con lujo de detalles —prosiguió el letrado—; y en ellas se encargaba de relatar, minuciosamente, cómo ideó el plan, cómo, cuándo y dónde lo llevó finalmente a cabo. Cabe destacar que otras personas se ven implicadas en los siguientes hechos, algunas aquí presentes y otras que ya no están. Los agentes han analizado minuciosamente el elemento y confirmado que le pertenecía al imputado y difunto White.
El juez le echó un vistazo y ambos asintieron.
El abogado avanzó hacia donde Mateo, cabizbajo y avergonzado, esperaba su nueva sentencia. Cogió entre sus manos un cuaderno color algarrobo, se colocó pequeñas gafas de leer y carraspeó.
Bill presionó aún más fuerte la unión de sus manos.
«Siempre me he preguntado porqué demonios me has hecho tanto daño», pensó ignorando los fuertes latidos que tamborileaban contra su pecho. «Pero no sé si estoy preparado para todo esto. Nunca se está realmente listo para oír las razones por las cuales alguien decide hacerte daño. Sencillamente, porque nadie está preparado para sufrir.»
—Las siguientes palabras que leeré a continuación han servido de prueba fiel que White poseía una múltiple-personalidad y psicopática —recalcó con el fin de beneficiar a Mateo—, utilizando a la gente a su antojo, sin vergüenzas ni remordimientos como si fuesen objetos y creando sus propias reglas de comportamiento.
Sólo hay una verdad.
Y Davis White la había plasmado sobre el papel.
Sádica verdad escrita con su puño y letra. Tintada de sangre inocente.
8 de agosto del 2006.
Adolf mató a Max. Adolf jamás ha logrado entender cómo fue capaz de disfrutar enroscando aquella cuerda alrededor de su cuello; amó apretar hasta que sus nudillos palidecieron.
Adolf se sintió llenó cuando Max rogó por última vez con su rostro azul y sus labios purpúreos. Se idolatró a sí mismo al inhalar su último respiro.
Adolf carcajeó con alegría cuando la mirada color cielo de Max apagó su luminiscencia.
Adolf murió cuando yo nací. Ahora sólo necesito un nuevo nombre donde Adolf y sus antepasados puedan reencarnar con tranquilidad y seguir el legado.
Yo obtengo oxígeno de la mismísima muerte. Ese es el punto.
Amo a los hombres, joder que sí.
Un buen culo no se compara con nada. Pero… no puedo permitir que ellos me dejen. ¡No! Tienen que morir. Míos y de nadie más.
No sólo soy homosexual, sino que además debo añadir que soy un jodido mariquita. ¡Lo acepto!
Soy más inseguro que cualquier integrante de mi lista de víctimas. Sólo necesito a un compañero de tiempo limitado a mi lado. Eso es todo.
Porque sí. ¿Acaso no lo sabes? Hasta la mayor escoria sobre este planeta se ablanda al recibir un poco de afecto. Cariño y atención. El amor y el placer son quienes mueven al universo. El planeta es un títere y los sentimientos el titiritero.
Aceptarlo, jamás. Mis pensamientos lucen mejor en un papel que en mi boca.
Pero, ¿por qué todos tienen la jodida manía de intentar reemplazarme?
Myra, mi madre biológica, se fue detrás de una polla de veinticinco centímetros. Harta del maltrato de mi padre, exhausta de tener que esforzarse en vano. Lo comprendo, tampoco aguantaría a un tipejo que lo único que hace es beber cerveza y mirar televisión. Pero, ¿y yo? ¿Cuándo diablos entraba en escena?¿Cuándo regresaba a por mí? Nunca, maldita zorra. Siempre te he estado esperando.
Niño ingenuo, sí.
Creía que eso cambiaría a papá. Mi pequeña mente se creó su propio mundo en el que yo era todo lo que mi padre quería, amaba y necesitaba. Su único y nuevo tesoro. ¡Já! El muy hijo de perra no se tardó más de tres semanas en traer a casa otro par de tetas que ocuparan el lugar de Myra.
A pocas semanas de conocer a Amanda, oficializó que ocuparía el rol de mi nueva madre y yo pasé a ser un simple niño molesto.
Follaban delante de mis narices como si no existiese.
En realidad, no existía.
Nunca he existido.
Por eso he tenido todas las identidades que se me ha dado la jodida gana.
Mi próxima identidad ha sido elegida. Me llamaré: Nicholas d’ Imon.
Yuki esta tarde me presentará a un colega suyo que busca un dinerillo.
Un angelito será bienvenido al infierno. Al Infierno repleto de ángeles en el que yo reino.
Estoy ansioso por conocer a mi próximo juguete.
Davis sólo quiere recuperar su infancia.
Davis quiere un amigo con el cual jugar…
Y Nicholas se la dará, ya verá.
—Estaba loco de remate —balbuceó Tom mientras el abogado rebuscaba entre las páginas.
Mateo contempló a la pareja apenado. Él sabía todo aquello que aún no habían oído. Aquello que jamás imaginaron que iban a oír. Aquello que él tenía para decir.
Y lo peor aún no había formado parte del relato.
20 de agosto de 2006.
Mateo. Ese es el nombre de mi nuevo cómplice.
Un moreno con cabello rizado y culo pequeño. Es guapo, ¿para qué negarlo?, con ello ya tiene el pase directo a ser mi nuevo ayudante.
Es muy capullo, sí. Inocente. Me dijo que trabajaría unos días conmigo para saldar una deuda en la cual estaba metido. En ese instante, me pregunté qué clase de deuda sería. Hierbas, quizá. Pero me sorprendió al oír que le había obsequiado un piano a su madre y que se había retrasado en saldar algunas cuotas. Joder, ¿en serio?
Su primera tarea ha sido conseguir una fotografía de todos los jóvenes de su clase.
Davis, perdón, Nicholas… necesita carne fresca.
Pura.
Virginal.
Bill sintió una corriente de aire frío ascender a lo largo de su columna vertebral.
El intenso —y ya frecuente— dolor de cabeza no era lo suficientemente aniquilador para distraerlo.
Dejó caer sus párpados dispuesto a seguir escuchando cada uno de los detalles que se presentaron a continuación.
2 de septiembre de 2006.
No puedo dejar de contemplar la imagen. ¡Mierda! Me tiene totalmente hipnotizado.
Antes, me llevaba trabajo escoger un muchacho. No era fácil encontrar una persona que reúna todas las características encontradas en bases y condiciones de mi contrato especial: Belleza, juventud, ingenuidad, inocencia, virginidad (en lo posible), y, por supuesto, que fuese homosexual.
Si además tenía pose chula de nenaza… ¡perfecto!
Lo sé. Soy tan exigente…
La cuestión aquí es que lo he encontrado.
La fotografía era grupal. Los alumnos del último año de San Cándido estaban ordenados para posar. Niñatos ricos, impecables y prolijos. (Lo apuntaré en los próximos requisitos.)
Mis ojos desecharon automáticamente al alumnado femenino y, con cautela, mi mirada se paseó examinando uno a uno aquellos rostros masculinos.
Pude divisar a Yuki y a Mateo uno junto al otro.
Par de mariconas. Se follan en secreto, lo sé. Y si no lo han hecho, ya lo harán.
Lo cierto es que ninguno de ellos poseían las señas físicas que necesitaba.
Iba a dejarla a un lado, casi derrotado, cuando un par llamaron mi atención.
Un tío de cabello trenzado, que ante la falta de uniforme deduje que se trataba del profesor, sonreía ampliamente desde la esquina de la toma. Junto a él se hallaba una persona increíblemente bella, naturalmente hermosa, también con una sonrisa en su rostro. Tenía la cabeza ladeada hacia la izquierda y, dado a su más baja estatura, casi la reposaba sobre el hombro del tipo que tenía al lado.
No dudé ni un segundo en coger el móvil y llamar a Mateo.
“¿Un chaval que tiene aires de tía? ¿Cabello oscuro? ¿Maquillaje? ¿Delgado y pálido?”
Exacto. Ideal. Perfecto. Ese mismo.
“Ah. Ese no, hombre. Su nombre es Bill. Es muy guapo, es verdad, pero las malas lenguas dicen que se lo tira Kaulitz, el profesor de química. Incluso, se ha oído que le ayuda en matemáticas a cambio de una mamada en el gimnasio. ¡Una maricona de primera! Hace poco lo han operado de la garganta y ya han dicho que se debe a alguna polla que se le ha quedado atravesada. En la escuela todos somos crueles. Sinceramente, no le conozco mucho. Creo que es una nenaza, pero buena persona.”
«Hazte su amigo y sácale todo lo que yo deba saber», esa fue mi orden.
“Lo intentaré. El grupo de Yuki ha querido atraparlo más de una vez, pero como todo un gatito saca sus uñas el muy hijo de puta.”
Bill, Bill.
Quiero conocerte.
A la mierda ese profesor. Yo te daré otro tipo de clases…
Te encantarán, ya verás.
Tom carraspeó llamando la atención de los oyentes.
—Si relata cuando te besaba y tocaba, le corto la polla.
—Tom… —suspiró Bill un tanto abochornado— Davis está muerto.
—Estoy hablando de este infeliz que lee hasta los detalles —reprochó en voz baja.
—Es su trabajo. Y nosotros debemos saberlo —agregó quebrando los escasos milímetros que les separaban presionando su figura contra la de su pareja—. Y créeme que aunque no lo desee, necesito oírlo todo.
11 de septiembre de 2006.
Mateo ha entrado en acción. ¡No puedo esperar!
Hace unos minutos he recibido un mensaje anunciándome que tras una estúpida pelea en la clase de arte —acordada con el puto chino— han logrado que castiguen a Bill con uno de ellos. Los mandarán a limpiar la biblioteca y allí Mateo le hablará de mí, luego de conseguir un poco de información.
Estoy ansioso…
Necesito tenerte conmigo, Bill.
—¿El castigo formaba parte de su plan? Aún recuerdo ese día —masculló el mayor.
—Comienzo a creer que el autor de nuestras desgracias no ha sido el Destino sino…
—Davis White —añadieron al unísono.
Tom exhaló acariciando con sus dedos la epidermis de Bill.
—Pero ha terminado, Pequeño.
—Aún no —agregó observando al abogado quitarse el saco y beber un sorbo de agua su copa antes de continuar—. Aún no, Tom.
5 de octubre de 2006.
Joder, joder, joder. Estoy desesperado.
¡Yuki y Mateo son dos buenos para nada!
El profesor se está tirando a mi presa. Y no sólo eso. Acaban de informarme que ha dejado a su novia por él. ¡Ese hijo de puta me ha sacado el primer lugar!
Nada ha funcionado. NADA.
Jessica, Jessica. Ese es el nombre de la zorra.
Tengo que conocerte maldita sea.
Tengo que hacerlo.
Necesito pensar…
Necesito idear. Vamos, Nick. Tú puedes.
El abogado cerró la primera libreta, observó al juez y, luego de recibir un leve asentimiento, se dirigió hacia el atril donde aguardaba Mateo.
—El Sr. Dos Santos declaró que White conocía a la señora Kaulitz —continuó el jurisconsulto. Bill se sintió fuera de lugar al recordar que Jessica y su Tom habían estado casados—. Las libretas también prueban estos hechos, pero me gustaría que el jurado oiga con atención lo que el declarante tiene para decir.
Mateo contempló a los espectadores sintiéndose diminuto.
Se aclaró la garganta y, frente a algunas muecas de odio y desprecio, relató—: Sí. Ella enseñaba literatura. Yuki le dijo a White donde podía encontrarla… después de haberle sacado él mismo la dirección a nuestra profesora con la excusa de entregar un informe sobre literatura contemporánea fuera de término. Una noche, White nos contó muy emocionado cómo luego de montarse a un taxi robado la había recogido. Repitió aquello cada noche, fallando algunas, acertando en otras; hasta que logró hablarle y, sin rodeos, decirle quién era él y cuáles eran sus intenciones. Fue Davis quién sembró en Jessica la duda de que su novio le estaba siendo infiel, hasta que ella… lo probó con sus propios ojos. Y de eso Davis también estaba al tanto porque fue ella quien desesperada le pidió su ayuda luego de haber encontrado a Bill y Tom… intimando.
La pareja se sintió observada, pero el abogado retomó su alegato de inmediato.
—A continuación, cito un fragmento del día treinta y uno de octubre del años dos mil seis —informó re-acomodándose las gafas sobre el tabique de su nariz—: “Estoy esperanzado. Muy esperanzado. Vengo de una cita con Jessica y le he encomendado dos tareas. La primera será que converse con sus suegros (homofóbicos, debo resaltar) sobre el nuevo amorío que tiene su hijo. Tiene que dejar a Thomas por los suelos, como un pedófilo homosexual que se irá al infierno… aunque ese papel sea originalmente mío. La muy estúpida se rehusaba a hacerlo, ¿qué sentido tiene? De todos modos, es cornuda. Cedió, lo hará cuando llegue el momento adecuado. Y la segunda será embarazarse, cosa a la cual también se negaba por una cuestión estética; pero finalmente aceptó. Ella muy apenada me confesó que Tom lleva mucho tiempo sin tocarla. Fácil. Le dije que lo emborrachara, apenas pudiese, pero que debía ponerle viagra o de nada serviría. Me prometió hacerlo. ¿Dije que estoy esperanzado?”
Bill sintió un mareo. Tom abrió los ojos de forma desmesurada. Ambos estupefactos ante aquello que acababan de oír. ¿Cómo era posible?
—Lamento decir que no es todo —añadió el letrado inhalando con profundidad—. Al parecer, Davis White cada vez que robaba un auto, obligaba al acusado a cambiarle las ruedas y quitarle la placa; logrando así pasar desadvertido. Hemos asociado casos no resueltos donde los vehículos han sido robados e incendiados con el fin de borrar toda evidencia. Su señoría me cuestionará qué tiene esto que ver. Y yo les digo: mucho.
Ante la sorpresa de todos, la melodía de las páginas hojeadas resonó en la sala.
16 de noviembre del 2006
He tomado la nave de la Sra. Zorra Kaulitz. La he dejado en manos de mis dos muñequitos preciosos para que le quiten la placa y la modelen un poco.
He oído que los padres de Bill dejan la ciudad. Ocasionaré un desastre esta noche.
Tendrás consuelo muy pronto, bebé. Muy pronto…
Bill sintió una daga atravesando su corazón.
—Es imposible… —musitó en un hilo de voz—. Eso es mentira…
—Davis me había encargado aquello sin mencionar para qué —comenzó a declarar Mateo—. Yo sabía que ese era el coche de Jessica, pero no tenía idea de cuán macabro era su plan. Esa noche, Yuki y yo habíamos cenado en su departamento y me había alojado allí. Me habían echado de la casa por tener “malas compañías”. Cuando Davis llamó no dejaba de reír. Me llamó por la madrugada. No recuerdo exactamente la hora, pero yo dormía. Dijo algo como: “ahora que es huérfano, lo tendré sólo para mí”. Tuve que ausentarme a clases durante un mes. Cada vez que veía el sitio de Bill vacío, me sentía en parte responsable. Y no podía continuar viviendo con eso.
Bill presionó los párpados con saña; palpó las lágrimas humedeciendo sus mejillas y pestañas. Y lo recordó:
—Dime una cosa, Andy —habló con aquel malestar alojado en su pecho—. ¿Se sabe cómo fue el accidente? ¿Cómo te has enterado?
—Me han llamado al móvil. Por lo que me han explicado, el celular de tu padre fue lo único que quedó a salvo de la tragedia y el primero en su agenda era yo —explicó—. Pedí más información y todo cuanto pudieron decirme en ese momento fue que un Ford Focus Coupe les cerró el paso y los envió banquina abajo. Impactaron contra un mural… y, pues, ya sabes.
—¿Focus Coupe? —cuestionó Bill sin dejar de observar a Tom—. Qué coincidencia.
—¿Por qué? —interrogó Andreas sin comprender aquella escalofriante complicidad.
—El nuevo auto de Jessica es un Focus Coupe —completó el profesor.
—No puedo con esto, por el amor de Dios —balbuceó Bill poniéndose de pie y huyendo de la sala.
El juez ante la conmoción pidió un receso de quince minutos.
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Las lágrimas cesaron luego de unos cuantos besos de consuelo, un vaso de agua y dos aspirinas.
—¿Te sientes mejor, Pequeño? ¿Cómo va tu cabeza? —interpeló con notoria preocupación.
—Bien, bien —suspiró—. No puedo creer como he vivido con el asesino de mis padres por cuatro años y bajo el mismo techo.
—Shh, tranquilo —chistó Tom acurrucándolo contra su pecho sin dejar de acariciar sus cabellos—. Yo estoy aquí.
—Y no sé qué haría sin ti —murmuró perdiéndose en aquel abrazo reconfortante tan similar al primero que se habían dado en los pasillos de la escuela.
Andreas ingresó a toda velocidad. Lo primero que recibió como bienvenida fue una mueca automática de silencio por parte del mayor.
“No preguntes”, era lo que gritaba la mirada de Tom.
—Siento llegar tarde —se disculpó agitado—. El tránsito es un desastre y está lleno de periodistas allí fuera.
—¿Cómo están los niños? —cuestionó Bill sin abandonar la posición.
—Muy bien, tranquilos —animó su primo—. Un poco revoltosos, lo normal. Annie puede batallar con ellos, pero tuve que decirles que sus padres iban a llevarles algún obsequio por el abandono momentáneo.
El joven de rastas bicolores sonrió.
Ritter y Lizzie eran los ángeles que le daban auténtica luz a su vida.
—Señores, se reanuda la sesión —informó el policía que custodiaba aquel sector de espera.
Ambos cogieron aire y, con sus almas pendiendo de un hilo, fueron dispuestos a oír más.
Tom sujetó la mano de Bill y la estrujó con fuerza.
“Todo está bien”.
&
Todos los presentes de la sala de audiencias retomaron sus lugares originales.
El abogado no perdió ni un segundo en continuar con la lectura de las memorias de Davis White.
19 de febrero del 2007
Bill ha estado deprimido por meses. Mi juguete precioso se sintió roto por unas cuantas semanas y ayer tuve la primera oportunidad para repararlo.
¿Infierno? ¿El infierno? Su culito precioso es el infierno. Sentí que moriría al entrar en su cuerpo tan joven, tan ardiente; caliente.
¡Y eso no es todo! Jessica me llamó a las tres de la madrugada para decirme que se había encontrado al profesor con el corazón roto bebiendo en un bar. Jaja, mariquita de cuarta.
Según sus últimos reportes, mi plan le ha salido de puta madre.
No lo hubiese logrado de amenazar a Mateo y a Yuki con que se diesen prisa.
No lo hubiese logrado sin la pastillita azul de la vida sexual.
Quiero. No. Necesito.
Necesito más.
Tom sintió la ira abrigando su organismo.
No podía recordar nada de aquella noche, pero ahora comprendía cómo había logrado tocar a Jessica estando en aquel estado tan deplorable.
Y, por otro lado, aquella imagen que lo había torturado en sus años de infinita soledad como un dominio asfixiante que le impedía respirar y moverse con plenitud. Su Pequeño y el diablo.
Bill no pudo evitar rememorar aquel momento.
—Eh, voy a una cita —contestó irritante— con el profesor.
—Ahh… —fue todo cuanto Yuki emitió. Inmediatamente, arrojó la colilla del cigarro y fijó sus ojos en los de Bill—. Hay alguien que te quiere. Tienes un admirador secreto.
La curiosidad no siempre mata al gato.
A veces, lo tortura.
—Mucho gusto. Yuki me ha hablado de ti —saludó extendiendo su mano. Bill, sintiéndose un completo imbécil, se la tomó—. Nick.
—Mucho gusto —repitió casi encantado. El adulto se quitó las gafas deslumbrando al jovencito, quién apreció arrobado cada rasgo tildándolo como “bellísimo”—. Pero soy Bill.
—Sí, lo sé —Yuki analizaba a ambos con demasiada alegría—. Yo soy Nick.
Pero, antes de torturarlo, lo encandila con su luminiscente falsedad.
—Todo esto fue mi culpa —sentenció Bill llamando la atención de su pareja cuando rompió la unión entre sus manos—. Si yo lo hubiese rechazado…
—Él hubiese ido mil veces a por ti —lo interrumpió hablándole serenamente—. O estarías muerto ahora.
—Silencio en la sala, por favor —pidió el juez superponiendo su voz—. Dr. prosiga.
—Las libretas afirman en repetidas ocasiones que tanto el imputado, Mateo Dos Santos, como Yuki Tanaka no forman parte de los siguientes siguientes delitos que se les ha adjuntado: falsificación de documentos legales del dominio público, cédulas de identidad y certificados de propiedad; hurto agravado de archivos gubernamentales y de utilidad pública; fraude bancario agravado y, en consecuencia de las menciones anteriores, falsificación de pagares y cheques sin fondo, repetidos episodios de violación…
—Nick… —llamó un Bill desesperado, pero sus labios se vieron atrapados dentro de un furioso beso—. ¡Nick, no quiero!
—Lo siento mi amor, lo siento mucho —murmuró contra su cuello, besuqueando y mordiendo con vehemencia su piel y alterando por completo sus nervios.
Asco. Sintió asco.
—Voy a hacerte el amor —soltó de repente y, por instinto, el menor pegó un salto alejándose de él—. Voy a marcar tu cuerpo para que el mundo sepa que tú eres mío.
—No me apetece… —tartamudeó retrocediendo, pero a cada paso que daba hacia atrás, Davis avanzaba hacia él. El mayor llevó una mano al bolsillo de su pantalón y sacó un profiláctico—. Nick, por favor… ¿qué te sucede?
—Eso es, ruégame porque las reglas las establezco yo. ¿Has entendido?
—Portación ilegal de armas y estupefacientes; intento de homicidio por envenenamiento y secuestro —completó el abogado—. Los escritos de White son las pruebas irrefutables de que el Sr. Dos Santos participó del secuestro organizado por extorsión, no por su propia voluntad.
—El juzgado solicita treinta minutos de receso para revaluar las pruebas y dictaminar la sentencia —anunció el juez y, luego de golpetear el martillo, todos se pusieron de pie.
Bill le dirigió una mirada a Mateo.
Una mirada de disculpas aceptadas. Una mirada de paz.
Las cartas estaban echadas.
El futuro estaba cerca.
Continúa…