MPDQ 22

«Mi profesor de Química» Temporada I

& Capítulo 22 &

& Bill &

Esperábamos un grito por parte de David, un insulto, alguna regla de la preparatoria quebrantada. Nada, él únicamente nos miraba a ambos. Su mirada se paseaba desde el rostro de Tom al mío, del mío al de Tom y así de forma repetitiva. Sus ojos reflejaban ira, su respiración se dejaba oír, agitada; su pecho subía y bajaba. El profesor Haider nos miraba, aún sin comprender o más bien aceptar lo que por él mismo había oído. Tom sujetó mi mano por encima de la mesa, entrelazando algunos de mis dedos.

— No me retractaré de lo que he dicho — dijo Tom, apretando la unión de nuestras manos — Y no puedes decirme, ni muchos menos impedirme nada. ¿O sí Jost?

— Lo que haces no es correcto, Thomas… — cogió una silla y se sentó junto a nosotros. ¡Qué tipo más descarado! — Eres el profesor de la escuela secundaria más prestigiosa de toda la ciudad, eres el mejor profesor de química que ha tenido San Candido, en mucho, no; muchísimo tiempo. Estás echando a perder tu esfuerzo todo por un romance con un alumno ¿lo notas?

— No digas estupideces — interrumpió, y notó como yo liberaba mi mano y bajaba mi cabeza luchando para contener mis lágrimas. ¿Acaso yo sería el responsable si Tom perdía su trabajo? — Dentro del establecimiento, soy ese Thomas que tú dices. Un hombre que trabaja y educa por el futuro de esta sociedad. Pero ahora, soy yo en mi vida íntima. Por lo tanto, estando fuera de mi trabajo tú no eres ni mi jefe, ni el director de Bill. ¡No puedes jodernos! ¿Entiendes David?

— Mira Tom, si yo lo dejase pasar y alguien se enterase probablemente se quejaría ante el consejo de profesores, de estudiantes o incluso de ambos — añadió David en un suspiro, y no me atreví a levantar la vista. Sentía sus miradas fijas en mí, expectantes de mi llanto — De ser así, me obligarían a contecer una expulsión.

— Eso lo decides tú, no ningún consejo — el tono de voz de Tom, comenzaba a sonar más rudo, luchador e incluso defensor. Yo no emití palabra alguna. — No porque el consejo, comité, junta como quieras llamarles te diga algo tú debes hacerlo. No eres de esos tipos.

— Perdería alumnos. — remató y ahora sí, alcé la mirada para encontrarme con la de Tom. Claramente, no pudo resistir al verme llorar, y evadió mi mirada, fijando la suya en David aún más desafiante — Y eso no es todo.

— No le busques la complicación — mi adorado profesor golpeó el puño contra la mesa y el profesor Haide, David y yo nos sobresaltamos — te callas y nadie lo sabe… No me arruines la felicidad, tú que decías ser mi amigo no lo hagas.

— Tú mismo estás arruinándote — otro golpe para mí. No te quiero arruinar Tom, no quiero destruirte, sólo quiero hacerte feliz. ¿Por qué nadie lo ve? ¿Por qué nadie nota cuanto te amo? ¿Por qué sólo mis padres nos apoyan, quieren y desean que seamos felices? ¿Qué estamos haciendo mal? ¿A quién le hacemos daño? — ¿No te das cuenta? Perderás tu empleo, perderás a tu familia. No soy homofóbico, si es lo que crees en este momento, de hecho yo soy bisexual. Pero lo que tú haces no es correcto. Es tu alumno, tú eres su profesor. ¿Sabes que pueden verte como un degenerado, como un violador? No, no lo sabes. Porque tú te encierras en tu mundo color de rosa con el niño y no lo ves. ¿El día que tú y él rompan su relación? ¿Qué harás? Allí será cuando notes que te has quedado sin nada, será demasiado tarde Tom.

El profesor Haide y él se pusieron de pie, se apartaron llamando a una muchacha pidiendo una mesa fuera, lejos de nosotros. ¿El día que tú y él rompan su relación?— ¿Y quién dijo que nos separaremos? No…

— Pequeño — resopló Tom — no llores. Me duele verte llorar, mi corazón deja de latir cuando te veo triste, tu tristeza destruye mi alma.

— No quiero destruirte — sollocé — No quiero arruinar tu vida, no quiero arruinar lo que tienes tú, Tom.

— Vamos Bill… — estaba molesto. Ahora estaba molesto, y también sería mi puta culpa — Esto comienza a ser una mierda. Te llevaré a casa.

— ¿No piensas decirme nada? — bien, éramos dos los molestos. El muy imbécil no respondía a mis preguntas, la radio con el volumen al máximo, las ventanillas del vehículo hasta abajo, con el frío viento colándose y estremeciéndome. Andando por la carretera a toda velocidad, cuando sabe que me pone nervioso correr de ese modo — Idiota, eres un idiota.

— ¿Qué? — minimizó el volumen y me miró por el espejo retrovisor entrecerrando los ojos. ¿El grandísimo imbécil me trataba de niño o qué? Estaba con el cinturón de seguridad ajustado hasta cortarme la circulación en el asiento trasero como un mocoso de cuatro años. — ¿Qué has dicho pequeño?

Tras hacer énfasis en ‘pequeño’ contuve la respiración. ¡Te lo dije Tom! ¡Te lo dije! Algún día voy a golpearte. — Idiota. I, d, i, o, t, a ¿Tiene dificultad con el abecedario profesor?

— Niñito — gruñó entre dientes — Eso eres, así te comportas. ¡Cómo un niñito!

— ¿Qué demonios te sucede Tom? — en un intento de quitarme la puta seguridad me quebré una uña — ¡Arg, maldición! ¿Por qué me tratas así?

— Cobardica, eso además — subió el volumen de la música. Aish, te mataré — No eres capaz de defendernos ante David. No, claro el niño se calla la boca y me lo deja todo a mí solo. Total, ataquen a Tom que él es más rudo.

— ¿Eh? — ¿Qué me estaba contando? Luego de que Jost me hiciera sentir la basura, la escoria, el culpable, el responsable y el alumno antes que el jovencito enamorado ¿Me llamaba cobarde? — ¿¡A quién le llamas cobarde grandísimo idiota!?

— A ti, a ti niño — subió aún más el volumen, otra vez se haría el sordo. No, si yo esta noche lo mato. — Mi pequeño cobarde.

Ya, no lo toleraba. Primero Jessica, luego Andreas, después David. ¿Ahora él también?

— ¿¡Sabes qué!? — Grité totalmente fuera de sí, quitándome por fin el cinturón y abalanzándome hacia delante — ¡Tienes razón! ¡Todos tienen razón! Soy un marica, soy un niño estúpido, soy tu alumno, soy afeminado, soy un llorica, soy un imbécil, soy un sensible, soy un cobarde, soy el responsable de tus cambios de actitud, soy el idiota que anda detrás de tu culo porque te ama, seré el culpable si te expulsan. ¡Pero nadie ve, nadie ve! ¡Nadie ve que todo eso que soy, lo soy por ti! ¡¿Sabes por qué?! Nadie comprende que te amo más que a mi propia vida, Tom… ¡Nadie!.

— ¡Bill, cálmate! — me gritó y cerré los ojos con fuerza, totalmente desquiciado. Con el dolor, la furia, el amor, el enojo y el odio corriendo por mi sistema. ¿Y sabes qué sucede cuando un cóctel de sentimientos corre por tus venas? Sí, echa a llorar con más fuerza.

Oí un freno, un fuerte y veloz desliz hacia abajo seguido de un golpe. — B—bill ¿Estás bien?

Abrí la puerta de mi lado. Con medio cuerpo fuera, y medio dentro del coche me abracé a mis piernas y rompí a llorar. ¿Cuándo haré las cosas bien?

— Pequeño — suspiró… y noté sus pasos. Unas hojas crujieron y de repente una mano se depositó en mi cabeza…Oh, esa sensación es tan bonita y sobre protectora. — Perdóname, no quise llamarte de ese modo. Sólo estaba furioso por esas palabras…a mí me han dolido tanto como a ti. Lo siento.

Alcé mi cabeza, y me encontré con esa mirada. Con esa mirada que tanto me atrapa, me envuelve, me enamora. Con una mirada llena de arrepentimiento, sincera, pura…enamorada.

— No quiero arruinar tu vida. ¿Me crees? — sollocé y asintió sonriendo débilmente. — No quiero que pierdas lo que tienes, no quiero.

— Yo no quiero perderte a ti, eso es más importante — se inclinó hacia mí y atrapó mis labios — No les demos el gusto, no peleemos. No me gusta pelear contigo.

— Yo te amo Tom, y lo único que deseo en este mundo es tu felicidad — me recostó con suavidad en los asientos traseros y a gatas se colocó sobre mí — Y si como Jost dijo un día nos separamos quiero que busques a alguien que te ame como yo y…

— Shh — me interrumpió susurrando contra mi piel — No vas a dejarme, no voy a dejarte. Jamás. Nadie me amará como tú me amas a mí. Y nadie podrá amarte como yo te amo a ti.

Le miré hipnotizado, mientras cerraba la puerta y arrodillado con cada una de sus piernas a ambos lados de mi cuerpo comenzaba a acariciarme debajo de la camiseta. Sus manos recorrían la piel de mi torso dándole calor. Cerré los ojos maravillado y a los pocos segundos sentí sus labios posarse sobre los míos, formando un beso tan tierno e inigualable. En realidad… cada segundo con él es inigualable.

Me apoyé sobre mis manos mientras lentamente me desnudaba, sin dejar de recorrer mi cuerpo con la mirada. Lentamente comencé a mover mis caderas para contactar su entrepierna y la mía por sobre la tela. Al desprender mis pantalones, volvió a recostarme para luego deslizarlos hacia abajo arrastrando consigo mis boxers preferidos. Al sentirme expuesto a él, no pude evitar sonrojarme levemente; mis mejillas ardieron.

— Nunca dejes que nadie te toque, sé que siempre te lo he dicho. Pero sólo yo debo tener este tipo de acceso a ti — sonreí asintiendo observando como terminaba de quitarse él mismo sus prendas. Separé las piernas y automáticamente lo rodeé por la cadera con ellas haciendo una leve presión para frotar nuestras erecciones. Juntó nuestros labios, sin perder la suavidad y la calma acariciándome los costados con las yemas de sus dedos. Luego, me dejó respirar y con sus húmedos labios recorrió mi cuello, y mi hombro inhalando casi con desesperación el perfume que se alojaba en la unión de ellos. Luego bajó por mi pecho, hasta dar con mi pezón atrapando entre sus dientes el derecho, e inevitablemente se puso erecto al sentir su cálido aliento. Gemí por lo bajo cuando sus labios bajaron más de la cuenta y atraparon mi miembro. Le tomé de la cabeza al ver como se alejaba y reemplazaba esa labor por sus manos. Me miró inquieto y ensalivó uno de sus dedos para posteriormente guiarlos hasta mi entrada, ejerciendo una presión que hace semanas comenzaba a disfrutar. Oh sí, sus manos hacen magia.

Movió su índice en círculos dentro de mí, sin dejar de mirarme. Mi corazón estaba loco en mi interior, desesperado, latiendo al borde de un paro cardíaco. Llevó su mano hasta su vista, y ensalivó el mayor para unirlo con su largo y fino índice a la tarea de dilatarme. Suspiré largamente, pudiendo sentir como mi cuerpo se adaptaba a la sensación pidiendo algo más grueso y duro.

Como si leyera mis pensamientos, tomó una de mis piernas para separarlas aún más y condujo su miembro hasta mi intimidad.

— Te amo — murmuramos al mismo tiempo, a medida que nos uníamos lenta y tortuosamente centímetro a centímetro. Al entrar por completo, se recostó sobre mí uniendo nuevamente nuestros labios — Te amo — repetí, y comenzó a moverse despacio, entrando y saliendo de mi cuerpo. Arañé su espalda, lo sentía tan grande dentro de mí que enloquecería pronto. Tomé sus hombros y moví mis caderas logrando que la penetración fuera aún más profunda. Los gemidos morían dentro de la boca del otro, ya no que no romperíamos ese beso por nada del mundo.

El ritmo, dejó de ser calmo y se transformó en frenético. Los besos dejaron de ser suaves para transformarse en hambrientos. El amor se unió a la pasión, para transformar la escena romántica en erótica. Una vez consumados ambos sentimientos, bañó mi interior con su esencia y su cuerpo se destensó, descansando sobre el mío, ya exhausto tras correrme sobre su abdomen.

— Jamás cambiaría esto, ni por todo el oro del mundo — susurró en mi oído antes de que cayera profundamente dormido. Y esa frase la recordaría para siempre.

& Tom &

— Descansa pequeño — susurré más para mí mismo, dejándole un beso en la frente tras recostarlo sobre el sofá al llegar a casa. Había dormido como un bebé todo el camino, y al bajar no tuve más opción que cargarlo en brazos.

Su rostro, es lo más precioso que he visto en mi vida. Tan angelical, tan inocente.

Tomé su ropa y me dispuse a llevarla hasta la canasta de ropa sucia, cuando el sonido del timbre me sobresaltó. ¿Quién podría ser a estas horas? Dejé la ropa a un lado, y tapé a Bill hasta los hombros. Gimió entre sueños y se abrazó a una almohada por debajo de las tibias mantas, sus cabellos cayeron sobre su rostro y su espalda desnuda quedó al descubierto.

Miré mi reloj de pulsera. Sólo un demente podría venirme a molestar a estas horas.

— Buenas noches hijo — saludó mi madre, invadiendo la sala de mi casa como si nada — ¿Cómo has estado?

— Mamá— murmuré demasiado tarde. Sus ojos habían hallado a aquella persona que descansaba desnuda sobre el sofá.

— ¿Quién es? — susurró entre dientes mi madre. Bien Tom, ha llegado la época en que todos te pillan in fraganti. Preparémonos pequeño.

Continúa…

por Ignacio Pelozo

Escritor del Fandom

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!