MPDQ 24

«Mi profesor de Química» Temporada I

& Capítulo 24 &

& Bill &

— ¿Y entonces? — Insistió Tom en un tono molesto. Mis padres, ya se habían marchado para festejar y lo cierto es que, a pesar del momento tenso que estaba viviendo en ese preciso instante, una enorme felicidad florecía en mi pecho, y se enredaba poco a poco por mi alma convirtiéndome en inmune a cualquier dolor o tristeza. Un hermano. Un nuevo bebé. ¡Pensar que lo he deseado por años! — Pequeño, termina la historia o dejo los espaguetis y me encargo de transformar a Yuki en una porción de sushi.

— Vale, vale — sonreí. Los celos, brotaban en Tom como el sudor cada vez que se asomaba por su piel cuando hacíamos el amor — Pues como te decía, esa noche que tú me citaste por una extraña razón me crucé con Yuki y no se ha mostrado para nada agresivo, molesto, enojado o cualquier cosilla que le parezca.

— ¿Ha mencionado algo sobre aquella vez que nos vio besándonos? — una expresión de picardía se asomó en mi adorado profesor, y mi cuerpo sufrió una leve descarga de calor al recordar esos besos hambrientos tras la puerta del retrete. Me mordí el labio inferior negando con la cabeza, joder Tom comienzas provocarme cuando me miras de ese modo. — ¿Entonces pequeño? Dime, ¿qué más sucedió? ¿Te ha dicho algo?

— Creo que ha intentado besarme — mi tono preocupado no fueron recibidos por la furia que nacía dentro de Tom — Se acercó lentamente y su boca dio con la comisura de mis labios. Juro que me quedé estático, de a cuadros, helado. No me lo creía. ¡No me lo creo! ¿Yuki? ¿El malo de la clase me ha querido besar? Pf, vaya a saber por qué.

— El puto chino te ha querido besar…bien — se relamió los labios apartando el plato de espaguetis de un golpe. Por un momento me atemoricé y a mi cabeza se le vinieron esas estúpidas imágenes de mujeres brutalmente golpeadas por sus maridos. Pobrecitas — ¿¡Y encima dices que no te lo crees!? ¿Qué esperabas pequeño? ¿Qué Yuki te comiese la boca? ¿O que te invitase a pasar a su casa para follarte?

— No te pases — murmuré dolido, bajando la cabeza sintiendo como unas lágrimas marcaban territorio en mis ojos. Maldición, no quiero llorar. — Además, un beso, un roce o como le dices tú ‘un rato para follar’ sea de quien sea, lo rechazaré siempre. Yo te pertenezco entero a ti Tom…

— Tú eres mío y de nadie más — golpeó la mesa con fuerza, el vaso amenazó con caer y hacerse añicos contra el suelo y yo, inevitablemente dejé caer la primera lágrima — Mi pequeño. Mío.

— Nunca dudes de mi fidelidad — susurré cubriéndome el rostro con las manos — ¡Soy incapaz de traicionarte! Entérate, que si un día me dejas soy incapaz de estar con alguien más.

Sentí unos brazos rodearme por la espalda, estrujándome con fuerza hasta que mis huesos crujieran. Los labios de Tom presionaron con fuerza contra mi parte sensible, mi debilidad: mi cuello.

— Te creo, perdóname soy un celoso nato — añadió con suavidad en mi oído y sin esperármelo, la punta de su lengua acarició mi lóbulo y fue inevitable sentir como todo mi cuerpo era violentamente azotado por un sofocante calor, desde la punta de mis pies hasta las raíces del cabello — Te amo, y te necesito todo el tiempo conmigo, junto a mí. Necesito protegerte. No me perdonaría jamás, si otro te tocase.

— Nada podrá sucederme si estamos juntos — me giré lentamente para sonreírle. Sus masculinas y suaves manos, borraron rastros de mis lágrimas. Uní nuestros labios, sintiendo esta vez como mi corazón dejaba de latir atemorizado, para latir con fuerza. Al separarnos, acaricié su mentón y su barbilla sin rastro de vello, su nariz y sus labios húmedos por el beso. Miré sus ojos, sus ojos… no estaban como siempre. Me quedé sin palabras, viéndole atentamente. ¿Qué perturba tu alma Tom? ¿Qué sientes? ¿Quién está haciéndote daño? ¿Por qué la luz de tu interior ha dejado de brillar y ahora sólo es una tenue y débil lucecita? ¿Dónde ha quedado la llama? ¿Cuándo ha sido reemplazada por una simple velilla? ¿Por qué tu alma hace esfuerzo por sonreír? ¿Por qué ya no nace de ti de manera natural? ¿Qué tienes mi amor? ¿Qué está doliéndote en este preciso momento? ¿Por qué no me lo dices? ¿Por qué no me dejas ayudarte? — ¿Sabes Tom? Yo jamás voy a abandonarte. Nunca, jamás.

— Pequeño, yo juro amarte hasta incluso después de la muerte. ¿Sabes por qué? — Me puse de pie rodeándole por el cuello, sin dejar de buscar en su mirada, intentar ver y sentir detrás de ella eso que no alcanzo a descifrar.

— ¿Por qué mi vida? — Tienes miedo Tom. Eso tienes, eso veo, eso siento, eso percibo. Alguien te asecha, alguien busca dañarte, alguien quiere herirte dónde más te duele. ¿Quién Tom? ¿Quién? Dímelo.

— Porque necesito de ti siempre — unió nuestros labios, y entrecerrando los ojos, noté como los suyos se cerraban con calma al mismo tiempo que saboreaba de mí con su lengua — Porque sin ti me siento… mal, vacío y muy solo.

— No, no profesor — bromeé intentando animarle — No debes sentirte mal, yo siempre estaré contigo. ¿De acuerdo? Siempre.

— Siempre — repitió y me volteó de repente acorralándome contra la pared de la cocina. Oh no Tom… — Gracias al cielo estamos solos.

— ¿T-tienes algún plan en… en mente? — cuestioné con dificultad. Joder, la sangre bombeaba hacia otro rumbo. Tom: odio cuando me acorralas como una inocente oveja. Maldito zorro.

— Uno genial — murmuró con voz ronca y el vello de mi nuca se erizó, arqueé la espalda por instinto y me entregué — una vez más — por completo. — ¿Qué me dices pequeño?

— Has conmigo lo que quieras — gemí y sentí como comenzaba a desnudarme.

— Sujétate fuerte — me ordenó. Y mis brazos se aferraron al sofá, apretando con saña la tela de cuerina de éste. — Alza un poco el trasero…

— ¡Tom! — Me quejé avergonzado, sus manos tomaron mis caderas y acercó todo eso a su bendita masculinidad — Siento que de pie, va a dolerme.

— Tú relájate — habló en voz bajita mientras su lengua se deslizaba por mi espalda, desde la unión con mi hombro hasta cerca de mi trasero. Mierda, no… — Siénteme.

— Te amo — agaché la cabeza, mirando el suelo mientras sentía como sus labios succionaban en mi espalda arrancando gemidos exagerados de mí. Y no me avergonzaba de ello, o más bien poco a poco iba perdiendo la conciencia. Las manos de Tom recorrían mis costados, las yemas de sus dedos quemaban contra mi piel. Apreté mi agarre y moví suavemente las caderas buscando rozar su miembro con mi entrada. Le necesitaba en ese momento. — Aah, Tom…demonios — cerré los ojos con fuerza. Pequeñas estrellas brillantes aparecieron bajo mis párpados. Los finos dedos de mi adorado profesor atraparon mi pezón, tironeando de él, jugueteando, provocándome. Luego, con la palma acarició mi pecho, bajó por mi abdomen y… Oh no, atrapó mi pene presionando en la punta.

— Voy a entrar en ti — susurró mientras me acariciaba de arriba a abajo, desde abajo hacia arriba con una velocidad tan lenta que en cualquier momento iba a correrme. No, Bill debes resistir. De repente, sentí como me penetraba bestialmente pero siempre —como cada vez— sin dejar de repetirme cuánto me amaba, al oído. Esa mezcla de amor y pasión causaban una felicidad ilimitada. Su pecho se adhirió a mi espalda, y nuestras respiraciones se mezclaron, agitadas como nunca.

— Muévete — me ordenó consiguiendo que me estremeciera y comenzara a mover mi cuerpo de adelante hacia atrás, moviendo la cabeza con los ojos cerrados ante tanto placer concentrado en un único lugar. Su miembro entraba y salía de mi cuerpo frenéticamente y sus gemidos daban contra mi oído coreando con los míos que pronto dejarían de ser simples sonidos para transformarse en gritos de éxtasis. Dios, estaba rompiéndome. Una de sus manos continuaba su tarea con mi miembro, pero la otra me tomó de la cintura presionándome, ejerciendo toda su fuerza para que pudiera sentirlo muy profundo.

— Oh, Bill, pequeño, Bill — comenzó a desvariar intercalando mi nombre con el típico ‘pequeño’. Y pronto lo haría yo también. Estiré mi cuello hacia atrás y mis ojos se pusieron en blanco. Mi mirada estaba nublosa, mi aliento caliente y mi cuerpo sudaba a chorros. Mi intimidad ardía, quemaba, dolía inyectando placer en todo mi organismo.

— Te amo — gritamos al mismo tiempo tras corrernos y caer desplomados sobre el sofá. Él sobre mí, yo boca a abajo. El cansancio tomó la mano del sueño y a los pocos segundos todo se tornó una cálida oscuridad.

& Tom &

El microondas emitió su típico pitido y me apresuré en retirar la taza de café. No quería que mi pequeño despertara tan pronto. Su primo aún no regresaba, y realmente hasta yo comenzaba a preocuparme. Cogí un papel, un bolígrafo y me senté solitario en la mesa de la cocina. Miré hacia la ventana. ¿Sientes Tom? Como tu cuerpo, tu alma y tu corazón se sienten llenos al estar junto al pequeño, ¿lo sientes?

‘Mamá, papá’ — escribí nervioso. No era típico de mí comunicarme a través de una simple carta, pero últimamente estaba hecho un cobarde — Los días pasan, las horas mueren, los minutos se esfuman y mi cabeza no deja de trabajar constantemente. Aún me pregunto qué habré hecho mal en todo esto para decepcionarles de la forma en la que me acusan, y además; quisiera poder encontrar la solución, el camino, las palabras para explicarles que no he dejado de ser el Tom de siempre. Su pequeño Tom, el Tom que ustedes han criado, amado y cuidado más que a nada. Quisiera que me contasen cómo se han conocido, cómo se han enamorado, qué es eso que ustedes dicen ‘amor’, para atar cabos y demostrarles que lo que su hijo siente también lo es. Tal vez, no sea lo que han esperado para mí, tal vez soñaron un futuro diferente, con nietos quizás. Incluso, yo también, pero desde que Bill ha aparecido en mi vida, todo ha cambiado y créanme soy feliz. Sé que me arriesgo a que dejen de leer si continúo mencionándolo, pero quiero confesarles algo. Siempre han sido mis confidentes y mis consejeros. Hoy me siento muy mal. Tengo miedo, miedo de perder a lo que amo en este momento y de quedarme sin nada — como David Jost me dijo—. Miedo de perderle y abrir los ojos y hallarme solo. Solo, sin padres, sin compañeros, sin amigos. Nadie garantiza el futuro, no existe una relación sin ruptura, un amor sin dolor, una felicidad sin tristeza. Y temo, temo de quedarme completamente en soledad. Tres meses, es el tiempo que ustedes y David me han dado, vaya casualidad, mismo tiempo en aprietos. Y suena inocente, pero aún, tengo la esperanza de que en estos tres meses sean ustedes quienes cambien de parecer y vean, lo que siento dentro. Porque más allá de lo que decida, más allá de lo que pase; bueno o malo siempre amaré a mi pequeño. Y no miento.

Los ama. Tom

Doblé el papel, dejé caer una lágrima sobre él y me dispuse a tomar una rápida ducha. Mi pequeño me espera durmiendo en el sofá.

— Buen diiiiiiiiiiiiiia — sentí un peso sobre mis piernas y lentamente abrí los ojos. La luz del día me encegueció y me limité a sonreírle a mi pequeño — Te he traído el desayuno.

— Imagino que estará en buenas condiciones — bromeé reincorporándome, y Bill se sentó a mi lado, compartiendo la misma charola. Tomé una galleta y la saboreé gustoso — Hm, Sí, es comestible. Pero no como tú.

Nos sonreímos arrobados. En momentos como estos, me siento un adolescente menor que Bill. ¿Será el amor?

— Ah. Yo estoy enojado contigo — soltó de repente y le miré sin entender. Arqueó una ceja y cerró los ojos — Me he levantado con un dolor en todo mi cuerpecito y casi no he podido caminar. ¡Es injusto!

— ¿Te duele el culo? — Hablé con la boca llena y su rostro se ruborizó al máximo — Bueno pequeño, así es la vida.

— Yo no puedo caminar y tú te burlas — sonrió siguiéndome el juego. — Quedamos así Tom.

— La próxima… — bebí un sorbo del té, y me quemé hasta las tripas — Joder, quema. La próxima compraré una silla de ruedas.

— Gracias, al menos tendré el culo pegado a ella sin moverme — bromeó echándole un poco de leche a su taza. Claro, muy listo — Tú te encargarás de moverme de un lado a otro.

— Como siempre — añadí de inmediato con doble intención. Y rió a carcajadas — Está delicioso mi amor. Gracias.

— Mi amor — suspiró — suena bonito.

— Ven aquí…— le tomé de la nunca y nos fundimos en un beso húmedo y tranquilo.

— ¡Bill! ¡Bill! — el corazón se me subió a la garganta. — ¿¡Bill!?

Andreas. Entró completamente fuera de sí, con su camisa rota y sucia. Su rostro con restos de sangre y lodo.

— Andy — susurró mi pequeño en un hilo de voz — ¿Q-qué te sucedió?

— ¡Bill! ¡Bill! — gritó el rubio. Ambos nos pusimos de pie ante él, y yo le sacudí para que reaccionara. Estaba como en… shock.

— Andy, mírame — le ordenó, y yo le miré impresionado.

— Tus padres han tenido un accidente Bill — mi pequeño parpadeó nervioso.

— ¿Qué? — Preguntamos al mismo tiempo — No es posible.

— Tus padres se accidentaron en la carretera rumbo a Leipzig esta madrugada — Y probablemente, salgamos fuera de la ciudad para darle la noticia al resto de la familia. Mierda. No. — Tus padres están muertos Bill.

Continúa…

por Ignacio Pelozo

Escritor del Fandom

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!