
«Mi profesor de Química» Temporada I
& Capítulo 25 &
& Bill &
— ¿Qué quieres ser cuando seas grande? — preguntó papá, tomando el mando de la tv cambiando de canal.
— ¿Cómo quien quieres ser? — sonrió mamá, a mi otro lado. Nueve años, único hijo. ¿Qué más podía pedir? Los tres, una noche de invierno y yo en el medio de los dos como un bebé.
— Hm — gruñí pensando — quiero ganarme las cosas con mi propio esfuerzo, quiero ser como papá.
Él suspiró emocionado y me estrechó en sus brazos.
— Pequeño… — un susurro atravesó mi cabeza, pero las lágrimas y el dolor, se habían transformado en dueños de mi cuerpo — Bill.
— Tus padres están muertos. — Esa voz. Esa frase repitiéndose todo el tiempo, daba paso a una grieta que con el tiempo sería un pozo oscuro dentro de mi pecho. Esa parte de mi corazón en donde ellos estaban grabados se había enfermado muriendo lentamente, y pronto contagiaría al resto de mi órgano… sin dudas dejaría de latir.
— Bill — Mamá siempre entrando en mi habitación sin permiso — Cielo ¿Podemos hablar?
— Dime — cerré mi cuaderno, había dibujado un ligero Tom; pero el arte no es lo mío — ¿De qué quieres hablar?
— Tú sabes que puedes confiarme siempre, aquello que más desees — Me miró de una manera tan extraña, que no supe que contestar — Sabes que siempre aceptaré gustosa lo que te haga feliz y… que jamás te rechazaré.
— No sé… de qué hablas mamá — tartamudeé y miré la hoja que había dejado sobre el escritorio. Una T y un corazón.
— ¿Tienes novio? Cariño… — suspiró y unas lágrimas aparecieron por mis ojos — Como sea, sé feliz. Cuando algo te haga falta me tendrás a mí. Y si alguna vez, sientes que nadie te quiere y te han dejado solo… no olvides que tienes una madre toda tu vida, Bill. Una madre que jamás te abandonará.
Le abracé entre lágrimas, reconociendo que he tenido suerte en tener una madre como ella.
— ¡Mentirosa! — grité con todo lo que dieron mis pulmones y caí de rodillas al suelo — ¡Par de malditos desagradecidos! ¡Se fueron! ¡Se han olvidado de mí! ¡Me han dejado!
— Bill, cálmate — No sé si el reto provino de un susurro de Andreas o de Tom. Pero no quería oír, no quiero oír a nadie. No quiero estar aquí. ¿Mamá? ¿Papá? Regresen, vengan y abrácenme.
— Mami no te vayas — lloriqueé, y una joven cogió mi guardapolvo, casi arrastrándome — ¡Mami no te vayas! ¡Mami ven a por mí!
— Esto es el jardín cielo, nos veremos en unas horas — me saludó sonriente y rompí a llorar.
— ¡Mami, llévame! ¡No te vayas! ¡Mami! ¡Mamá, mamá! ¡Mami no me dejes!
— Te pedí que no te fueras — susurré meciendo mi cuerpo de atrás hacia adelante, sujetando mis piernas con fuerza sin poder controlar las lágrimas, sin saber si lloraba o reía. Sin saber si estaba vivo o… muerto. — Te pedí que no te fueras, te has ido. ¿Ves como eres? ¿Notan como son? Los únicos que me querían tal cual soy, los únicos dispuestos a apoyarnos, los únicos… se han ido. Nos han dejado. Me han dejado. ¡¿Por qué?!
— Bill cálmate, Bill mírame — Tom secó mi rostro. Noté a Andreas detrás de él taparse el rostro con ambas manos — Sé cómo te sientes, lo siento mucho.
Me abrazó y sollocé con fuerza. Le tengo a él, sólo a él.
— La vida nos arrebata lo que más queremos, amor, pero la vida continúa. No será igual y lo comprendo pero continúa — sus ojos se llenaron de lágrimas y besó mis labios con suavidad — Yo perdí a mi padre a los cinco años, fue una jodida mierda. Él era un hombre como pocos ¿sabes? Pero a pesar de ser un niño dolió su partida. Luego mi madre se casó con Jörg, un hombre adinerado que transformó a mi madre y la convirtió en una desconocida. Y bueno el dolor no ha desaparecido, los recuerdos tampoco. Pero ha cesado, luego llegaste tú y me pintaste felicidad. ¿Lo notas? Luego de algo como esto, vendrá algo feliz.
No supe qué decir, sólo continuar llorando en sus brazos y esperar que mis ojos se dignaran a dejar de emitir lágrimas.
— Bill — suspiró mi primo — cuando te sientas listo, debes ir a reconocer los cuerpos. Eres el único.
Tom y yo le miramos. Y comprendí que me habían arrebatado a mi única familia. Mis padres y mi hermano.
— Dime una cosa Andy — de repente, una extraña sensación se adueño de mi pecho — ¿Se sabe cómo fue el accidente? ¿Cómo te has enterado?
— Me han llamado al móvil, por lo que han dicho el celular de tu padre fue el que se ‘salvó’ de la tragedia y el primero en su directorio era yo. — Explicó, vale entendía a medias. Además, mi primo ya tiene sus dieciocho cumplidos — Pedí una breve explicación, y lo único que pudieron decirme fue que un Ford Focus Coupe les cerró el paso y los envió banquina abajo. Impactaron contra un mural…y pues ya sabes.
— ¿Focus Coupe? — Tom me miró. No es posible, deja de buscar culpables. Ha sido un accidente, estas abatido eso es todo — Qué coincidencia.
— ¿Por qué? — Andreas nos miró a ambos, y Tom fijó su mirada en mí.
— El nuevo auto de Jessica es un Focus Coupe — respondió Tom por mí. Pero sólo era eso. Una coincidencia.
— ¿Quieres pasar solo? — Miré la puerta, y frío recorrió por mi cuerpo. Otra vez lágrimas, no sé si sería fuerte. — Pequeño, ¿quieres que entre contigo?
Asentí débilmente y le cogí de la mano, dando paso. A veces pienso en como gente como el señor que estaba de pie en el umbral esperando mi decisión, pueda trabajar en un lugar tan frío e insensible como una morgue. Qué horror. Al entrar, mi pecho se encogió. Cuerpos cubiertos en sabanas amarillentas, un frío de cojones y un silencio terrorífico. Andreas nos siguió, y por un motivo que desconozco el señor nos señaló otra puerta más pequeña. Tragué saliva y me volteé, Tom y mi primo se habían quedado de pie y asintieron. Cerré los ojos con fuerza, casi no podía oír los latidos de mi corazón.
Dos camas, dos cuerpos cubiertos por las mismas sábanas. Mi corazón se agitó con fuerza, cobrando vida, preparándose para recibir el golpe más fuerte. Caminé entre medio de ambas y por instinto señalé la de mi derecha. El señor, tomó el extremo de las sábanas y jaló de ellas. En mi alma, se abrió otra grieta.
Su rostro, toqué su rostro y una lágrima cayó sobre su herida mejilla. Su rostro siempre bonito, con sus rasgos delicados, pero estaba tan frío — Mamá — susurré y mi temblorosa mano tocó su vientre por encima de las sábanas. — Mami — repetí, rompiendo a llorar abrazándole con fuerza, esperando que todo fuese una pesadilla y sus brazos me rodearan diciéndome: cielo, cariño, Billy, hijo… pero nada. Ella estaba callada. Fría y callada. Para siempre.
Me reincorporé con cuidado. Y las sábanas la cubrieron otra vez. Me volteé mientras el señor repetía lo mismo. Papá… su rostro, su rostro estaba completamente herido. Dios mío. No resistiría más, el dolor estaba arrastrándome hacia la muerte a mí también. Joder, no. Agaché la cabeza mientras acariciaba su brazo, observando el tatuaje que se había hecho años atrás con mi nombre y el de mamá. El hombre que me había dejado una enseñanza: «Jamás te avergüences de ti mismo, eres un gran chico y serás un gran hombre. Mucho más hombre que cualquier heterosexual ¿entiendes? Pero por sobre todas las cosas, serás mi hijo.» Papá…
Caminé nuevamente hacia la pequeña puerta y me volteé. Allí estaban, mi héroe y la única mujer en mi vida. Juntos, como siempre lo habían estado. La vida los había unido, el amor los había cobijado y ahora la muerte se los llevaba, juntos. Las únicas personas que se han encargado de enseñarme la vida, se han ido. ¿Y ahora?
Tres personas ocupan mi corazón. El rincón que poseía a esas dos personas, hoy está vacío y así estará hasta que deje de palpitar.
— Vamos a casa pequeño — susurró Tom detrás de mí. Eché un vistazo una vez más y noté un detalle. Papá tenía el puño cerrado con fuerza, y en el un pendiente colgando. El pendiente de mamá. Automáticamente lo comprendí: Le había abrazado antes de morir.
— Vamos — suspiré.
& Tom &
— Se ha quedado dormido después de tanto llorar — caminando de puntitas, me adentré en la cocina — Pobre, lo siento de verdad Andy.
— Lo sé Tom, lo sé. Gracias — se puso de pie y noté que aún llevaba la ropa sucia — Será muy duro todo para Bill a partir de ahora. Sólo nos tiene a nosotros.
No quería pensar en el plazo. Pero fue inevitable. ¿Y si me veía obligado a dejarle?
— Andreas — le llamé y se volteó de inmediato — Escúchame. Jamás le abandones ¿de acuerdo? Ni como primo, ni como amigo, ni siquiera como compañero.
— No lo haré Tom — se acercó a mí, fijando su mirada en mis ojos — Pero tú tampoco.
Tragué saliva y negué con la cabeza. Espero no hacerlo, espero que este amor sea lo suficientemente fuerte como para continuar.
— Oye — volví a llamarle — ¿De dónde venías con esas pintas?
— De un encuentro con Annie Hünicken — sonrió de medio lado — pero más bien fue un encuentro cercano con la muerte. Su puto perro me mordió, bueno apenas unos rasguños y al huir me caí en el lodo.
— Eres un personaje — sonreí contagiándole — Andy… ¿ella está embarazada?
— Sí. Pero los padres no se han enojado, sólo esperan que reconozca al niño, y claramente lo haré — respondió, en un tono responsable que para un niño de su edad es admirable — En fin, iré a tomar una ducha y descansar. Deberías hacer lo mismo.
— Lo haré, en cuanto termine mi café — añadí, y se despidió.
Miraba a Bill y a su madre con atención, sonriendo ampliamente ante su tonta discusión — Tú eres mi niño.
— Disculpe Simone, no es sólo su niño — le interrumpí para dar mi opinión — Ahora es mi niño también.
— Es cierto — suspiró su madre— nuestro niño está creciendo. Al menos ahora sé que cuando sea una vieja tendrá a un hombre tan guapo y bueno como tú Tom.
Ojalá mi madre fuera como ella lo era. Cómo me hubiese gustado conocerle más a fondo.
— Tom, mi marido y yo queremos decirte algo — susurró mientras Bill ponía la mesa en el comedor — Algo que consideramos importantes.
— Díganme — sus serias expresiones me impidieron sonreír — soy todo oídos.
— Confiamos en ti — dijo Gordon — confiamos en que realmente estarán juntos toda la vida, confiamos en que esto que sienten el uno por el otro es amor. Confiamos que el día que Bill se vaya de la casa, o tal vez a uno de nosotros nos pase algo tú cuidarás de él más que de tu propia vida.
— La vida, el corazón y el alma de nuestro hijo estará en tus manos Tom — me quedé petrificado, y ambos me abrazaron. Claro que lo haría, Bill es mi mundo.
— Se los prometo — murmuré con un nudo en la garganta sin romper el acogedor abrazo.
Me puse de pie, bebí mi café y me encaminé a la habitación. Al subir las escaleras, un extraño dolor me produjo ver las fotografías. Culpa, dudas quizás.
Me adentré en la habitación, y vi a mi pequeño dormir con un retrato en las manos. Se lo quité con suavidad y se me rompió el corazón. Una foto de días atrás. Gordon, Simone, Bill y yo. Los ojos se me llenaron de lágrimas y al dejarla sobre la mesita de noche, solté en un susurro: Prometo, cumplir con la promesa. Tarde o temprano, la cumpliré.
Me cubrí con las sábanas y le abracé por la espalda a mi pequeño — Siempre cuidaré de ti — se removió en mis brazos, pero sólo dormía. Una leve y fría brisa entró por la ventana y caí en sueños.
Continúa…
Oh, quiero llorar. No solo por la muerte de Simone y Gordon, sino por todos los capis de esta entrega. Las amenazas a Tom, la extraña coincidencia del auto de Jessica provocando el accidente. El miedo de Tom de fallar a su promesa. Dios, necesito leer más o la angustia no me dejará.