
«Mi profesor de Química» Temporada I
& Capítulo 29 &
& Narrador omnisciente &
Allí estaba de pie ante el espejo. Melancólico y dolido ante su propio reflejo, roto por dentro. El sueño de todo hombre es estar de pie, nervioso, con las manos temblorosas y sudadas a la expectativa en el altar esperando a que ingrese la novia— la mujer de sus sueños— para convertirse en su esposa, según dicen ante una deidad divina. ¿Pero por qué él iba a cumplir un sueño que no es suyo? ¿Por qué casarse con una mujer si su corazón pertenecía a un hombre? La respuesta es porque su orgullo, sus ambiciones, sus necesidades y comodidades habían penetrado en su mente, triunfando por encima de su corazón. Ahora ese órgano oscuro, palpitaba inquieto dentro de su pecho. Cobarde y mentiroso —repitió en su mente. No había tenido el valor si quiera para cumplir sus promesas, y amarle para siempre. Ahora rogaba que el mundo se detuviese, rezaba porque el tiempo se congelara y las manecillas del reloj se petrificaran, porque a cada segundo que moría, su corazón también lo hacía tortuosamente.
Miró su traje, se veía bien. Saco de tres botones, recto y negro. Botoncillos plateados, camisa blanca y corbata de firma. Por encima del traje una pañoleta gris que colgaba de sus hombros.
Su mirada se concentró nuevamente en su reflejo. En el reflejo de lo que quedaba de un hombre enamorado, lo que quedaba de aquel muchacho enamorado que había quebrantado millones de reglas todo por amor ¿y ahora qué? Todo a la basura tan sólo por un poco de dinero. Ahora a unirse para el resto de su vida, con una persona a la cual odiaba y que para su suerte esperaba hijos de él. Gemelos, padre, marido. ¿Qué más?
Suspiró en la penumbra de la habitación, sintiendo como la soledad y la tristeza ahora se transformaban en su fieles compañeras. Miró la sombra que formaban los muebles y luchó por contener el llanto.
— ¿Estás listo cariño? — Gracias al espejo, notó como su madre se adentraba en la habitación y agachó la cabeza — Estás haciendo lo correcto cielo.
— No lo digas, ni le menciones a él por favor — lloriqueó colocándose el Rolex — Me he ganado un pasaje al infierno. No es lo que sienta, lo que realmente quiera. Pero él me ha traicionado, y no puedo continuar queriéndole. El culpable soy yo, nadie me ha mandado a amarle tanto hasta cegarme. Soy un estúpido.
— Te ves guapo — le sonrió su madre, con la sonrisa más falsa que pudiera dibujarse en su rostro — Estás hecho un hombrecito hecho y derecho.
— Lo sé, lo soy — suspiró pesadamente secándose el vago rastro de unas lágrimas que se deslizaban por sus mejillas — Bill… siempre me decía que me veía guapo.
— ¿Esa pañoleta, chalina o como coño sea? No es la que el diseñador te ha hecho — dijo molesta, y se acercó hasta su hijo observando con atención — ¿Por qué te la has puesto?
Recordó cuando su pequeño, se la había obsequiado y permaneció en silencio. Su madre lo comprendió, y no tuvo más remedio que callar. Tom se sentó sobre el suelo, cruzando las piernas y miró detenidamente su rostro, su mirada, la tristeza que su bello rostro reflejaba.
— Te esperaré abajo ¿de acuerdo? — miró a su madre a través del espejo y asintió — El coche vendrá en diez minutos.
Simultáneamente, como dos mundos paralelos el pequeño adolescente se maquillaba ante el espejo. Su traje era gris, su camisa blanca y un moño en su cuello que le daban un toque elegante. Él también llevaba una chalina, blanca en su caso. Sonrió ilusionado, el gran día. Su corazón palpitaba agitado, ansioso. Ahora todo importaba una verdadera mierda. Todos irían con sus guapas novias, para competir entre quién la tenía más grande o cuales de sus novias poseía tetas más grandes. Él no, Bill sonreía porque no tenía compañera, sino compañero.
Se perfumó, y recogió su cabello peinándolo hacia atrás para acompañar la elegancia del traje que el mismo Tom había escogido para la ocasión. Bajó las escaleras mordiéndose el labio inferior cada dos segundos, relamiendo y mordiendo. Los nervios le carcomían vivo. Miró el reloj de pared. 19:40 hs aún quedaban algunos minutos para que su caballero llegase. Suspiró completamente arrobado y se miró —una vez más— en el espejo de la sala.
Sonrió así mismo pensando lo guapo que era, lo bien que le asentaba la formalidad. Miró la pequeña mesa y cogió entre sus manos una fotografía. Sus padres.
— ¡Cuánto daría porque ustedes estén aquí! — pensó en voz alta presionando la fotografía contra su pecho, intentando moderar las lágrimas o sino su maquillaje se estropearía — Que mamá me dijera: cielo, luces estupendo esta noche, y tú papá: ‘Vas demasiado marica esta noche, cariño’.
Río emocionado y dejó un beso sobre la imagen, para luego guardarla en el bolsillo de su pantalón.
Impaciente, volvió a mirar el reloj. Estaba muy nervioso, no dejaba de caminar de un lado al otro, hasta que oyó claramente como un vehículo estacionaba en la puerta de su casa. Se acercó hasta la ventana y vio una cabellera rubia dar contra el suelo. Andreas que regresaba de la tintorería con su traje color café.
— ¡Joder! — gritó Andreas adentrándose en la sala — ¡Llegaré tarde! ¡Llegaré tarde!
— Menudo golpe te has dado — rió el pelinegro, descojonándose de la risa — Pero… ¿Para qué te apresuras? Tienes toda la noche.
— Pasaré por Annie, pero antes festejaremos la graduación juntos — sonrió con picardía, y se ruborizó levemente — Y no me mires así, apuesto a que de camino al baile, tú y el profesor echaran un buen polvo en su gran coche.
— No digas tonterías — Interrumpió Bill algo avergonzado — Y ve a ducharte, si quieres disfrutar de tu pre-fiesta.
— Claro — corrió hacia las escaleras y a los pocos segundos, se oyó el fuerte portazo de su habitación. Bill suspiró sonriente y se desplomó sobre el sofá. Al sentarse, el móvil vibró en el bolsillo de su pantalón y con sus manos algo temblorosas atendió.
— Tom — le saludó, y el de trenzas pudo estar casi seguro que del otro lado le vio sonreír. Un nudo se atoró en su garganta y sintió como el mundo se acercaba a él para aplastarle — Amor, ¿estás bien?
— Sí — habló por fin, y respiró profundo intentando calmar ese agudo dolor dentro de su pecho — ¿Cómo estás?
— Nervioso, esperándote — cerró los ojos con fuerza, y su labio inferior tembló — Pero aún tenemos tiempo.
— Sí — volvió a suspirar, y Bill se inquietó de inmediato. — Quería avisarte que llegaré un poco tarde.
O tal vez… jamás.
— No hay problema — Bill casi podía estar seguro de que estaba conduciendo, los sonidos provenientes del otro lado de la línea se lo demostraban — ¿Conduces?
— Sí… — volvió a contestar algo distante — Pequeño quiero pedirte algo.
Miró a través de la ventana. La catedral de la ciudad. Bajó la mirada y titubeante añadió.
— Quiero que hagas una cosa Bill — dijo con un nudo en la garganta y antes de que pudiera responderle, agregó — Va a cortarse, pero antes quiero que recuerdes los momentos que más te han marcado conmigo. ¿De acuerdo?
— Bien — sonrió, y cerró los ojos, sumergiéndose en un mar de recuerdos.
— Recuerda el día que nos conocimos — susurró Tom del otro lado.
Buenas días alumnos — dijo. Era el profesor. Y su voz… su voz consiguió sonrojarle cuando volvió la mirada hacia el niño — bien, para los que no me conocen soy Thomas Kaulitz, profesor de química. Y para los que ya me conocen soy el molesto, jodido, exigente y esa bola.
— Cómo no recordarlo — suspiró — Creí que con diecisiete años había alcanzado el puto paraíso.
— Ahora recuerda — tragó saliva, el dolor en su pecho se expandía más a cada segundo — Recuerda tu primer pequeña escena de celos.
Tarde Trümper — le regañó.
Igual que usted profesor — añadió molesto.
— Pf, aún tengo celos de esa zorra — rió Bill con inocencia— pero bueno, sí un celoso hasta los huevos.
— ¿Recuerdas la primer clase? — Susurró con lágrimas comenzando a caer por sus mejillas — ¿Cuándo me gritaste completamente loco?
¿Bill? — Preguntó el profesor desde el borde de la piscina — ¿Cómo te sientes?
¡Mojado! — Gritó con todas mis fuerzas— ¡¿Quién te crees que eres tú para lanzarme al agua imbécil?!
— Sí — se sonrojó al instante con tan sólo recordarlo — Joder, nunca antes me había sentido tan apenado.
— ¿Y el primer abrazo? — volvió a preguntar sollozando.
¡Claro que sí! — Sonrió el profesor contagiándole — puedo darte clases de matemáticas, luego del taller en el gimnasio o en la biblioteca. Donde tú quieras. Siempre y cuando no me descuides química por eso, eh.
Luego sus brazos rodearon su cuerpo, y su corazón latió con fuerza.
— Fue precioso — sonrió Bill emocionado — ¿Cómo me podré olvidar la primera vez que me sentí protegido por ti?
— Ahora, mantén los ojos cerrados y recuerda lo que te ha hecho feliz. — Tom presionó sus ojos con fuerza, tapándose los labios para que su pequeño no oyera sus quejidos y se hundió en sus propios pensamientos.
— Quiero, deseo, pido y ordeno… — susurró y le miró fijamente — que me hagas el amor ahora.
Jamás podría olvidar, la primer propuesta y la tan mágica primera vez juntos.
— No quiero…no quiero… — ¿Qué? No me asustes — No quiero que me dejes jamás, Tom. Yo no sé qué haría sin ti. Mi vida gira alrededor de ti. — No lo haré pequeño, no lo haré.
Mentiroso, se dijo a sí mismo.
— Te amo, te amo, te amo — comenzó a repetir como un desesperado, sintiendo el orgasmo cerca amenazándome con llegar.
Hasta el principio del fin, toda mi vida te amaré. — pensó destrozado.
— ¿En el laboratorio? — sonrió ruborizado y el mayor asintió — Bueno tú eres profesor de química, que lugar mejor que este ¿cierto?
Las primeras aventuras, poniendo a prueba su vergüenza riéndose cuando casi eran pillados.
— ¿Te apetece cenar algo? ¿Quieres quedarte a dormir? Puedo decirle a mi mujer que les prepare el sofá cama. No me miren así, que no tengo nada en su contra. Si haces feliz a mi hijo, todo estará bien de lo contrario te mataré.
Simone y Gordon, las mejores personas que había conocido en toda su vida.
— Oh Tom, ¿qué dices? Te juro por cada una de esas estrellas que te amaré hasta el último día de mi vida.
— Y yo para siempre jamás voy a dejar de amarte ¿entiendes?
Mentiroso. Cobarde. Embustero. Falso, grandísimo imbécil.
— ¿Por qué? — Susurró mientras comenzaba a andar por la calle — ¿Por qué no dejas que alguien te ame como debe ser? ¿Por qué no buscas a esa persona que pueda darte felicidad y no comodidad? Si sólo miras hacia fuera, pero te quedas dentro jamás podrás saber que se siente estar allí.
Comodidad. Dinero. Lujos. Esposa e hijos. El dolor le embistió con una fuerza bestial y, Bill abrió los ojos atemorizado, al oír el llanto incesable de Tom del otro lado. Entonces lo comprendió.
— ¿Tomi? — le llamó asustado, con el corazón latiendo muy rápido.
— Shh…sí, te necesito. Te necesito más de lo que tú crees. Te necesito sin importar si esté bien o esté mal. Te necesito porque tú claramente me has dicho que una persona me enseñaría el mundo y me haría feliz… Pues tú eres esa persona. Tú desdibujas la rutina, tú eres el único capaz. Y poco me importa que tú seas un hombre, poco me importa que seas menor, poco me importa que seas mi alumno. Tú haces que nada me importe, tú haces que me sienta muy bien. Haces que todo esté bien, con tan solo estar en mi corazón.
Las palabras más bellas que le habían dicho en sus diecisiete años de vida. Pero algo en su interior, le advertía que algo más sucedía. Una extraña conexión daba señal de que algo marchaba muy mal.
¿Qué perturba tu alma Tom? ¿Qué sientes? ¿Quién está haciéndote daño? ¿Por qué la luz de tu interior ha dejado de brillar y ahora sólo es una tenue y débil lucecita? ¿Dónde ha quedado la llama? ¿Cuándo ha sido reemplazada por una simple velilla? ¿Por qué tu alma hace esfuerzo por sonreír? ¿Por qué ya no nace de ti de manera natural? ¿Qué tienes mi amor? ¿Qué está doliéndote en este preciso momento? ¿Por qué no me lo dices? ¿Por qué no me dejas ayudarte?
— ¡Tom! — Repitió, y suspiró — Dime de una vez qué sucede, si no puedes venir a por mí no hace falta que te sientas mal, puedo moverme solo.
— No iré — se quedó de a cuadros y Andreas se detuvo a su lado, mirándole atentamente al ver la expresión triste de su rostro — No iré.
— ¿Por qué mi amor? — Se puso de pie de inmediato — Puedo esperarte.
— Estoy en la puerta de la catedral — toda expresión de su rostro se petrificó al instante — Voy a casarme con Jessica.
— ¿Q-qué? — tartamudeó llorando casi involuntariamente. Un llanto sucio e imparable — ¿Qué dices?
— Lo que oyes. Voy a casarme con Jessica, hoy y ahora. Recuerda cada uno de estos momentos que hemos vivido, jamás los olvides porque… se han terminado, y no volverán a suceder porque me largo de la ciudad esta maldita noche. Lo siento pequeño. — fueron las últimas palabras y luego, colgó.
— Adiós Tom — dijo en un hilo de voz y Andreas le estrechó en sus brazos — ¡Te odio!
Continúa…