MPDQ 6

«Mi profesor de Química» Temporada I

& Capítulo 6 &

& Tom &

— ¡Contesta idiota! — continuaba tuteándome y era lo más tierno y agradable del planeta. Si hubiese sido otro alumno, probablemente le reprendería y lo mandaría a la dirección pero con Trümper era lo que esperaba hace rato: que me tratara de tú. Nadó hasta el borde de la piscina y se sujetó intentando salir.

— ¿¡Vas a estar viéndome o me ayudarás!? — reprimí una risa y le tendí la mano. Jaleé con fuerza pero el muy traidor utilizó toda su fuerza y caí de cabeza al agua. Tragué un poco y se me puso la piel de pollo, estaba jodidamente congelada.

— ¿Qué haces? — le miré fijamente. Nos miramos. Sus cabellos caían mojados sobre su rostro. Mis pantalones comenzaron a pesar por el agua y lentamente acerqué mi mano hasta su rostro apartando algunos cabellos. De repente comenzó a descojonarse de la risa, se llevó las manos a la boca doblándose por las carcajadas.

— ¿Qué? — Su risa contagiaba, y en mi rostro ya se había pintado otra sonrisa de oreja a oreja — no es gracioso, has tirado al agua a un profesor quedarás expulsado.

Y de la nada la risa se le esfumó y me miró con los ojos muy abiertos.

— Y sobre todo por tutearme — aclaré y le di la espalda caminando hasta el borde de la piscina — Era broma.

— ¡Idiota! — Rió nervioso comenzando a salpicarme el rostro con agua — me ha asustado.

— Ya comienzas a tratarme de usted — me quejé — ¡Está helada! Pero a todo esto ¿te sientes mejor?

— Sí — suspiró y miró un punto fijo en la pared. Sus mejillas estaban encendidas y sus manos ya se frotaban como si quisieran darse calor.

Salí con más lentitud que él, mis pantalones me hacían presión hacia abajo por el peso; me quedé sentado intentando escurrirlos un poco.

— Iré por toallas — dijo sin mirarme — ¿dónde están?

— Ve por aquel pasillo, están los vestidores y las duchas — señalé pero era estúpido, no estaba mirándome — sobre unos estantes de madera.

Comenzó a caminar rápidamente y cuando presté atención corría entre saltitos. Parecía un niño pequeño… ¿Por qué sentía esa necesidad de beneficiarle? ¿De ayudarle? ¿O de estar cerca de él?

Apreté un poco más la tela de mis enormes jeans y el charco que se formaba en el piso comenzó a agrandarse un poco más. Levanté la vista y nuevamente corría hacia mí con dos toallas blancas en las manos.

— Son las únicas pequeñas que he encontrado — me gritó y se lanzó al suelo de rodillas patinándose hasta mi lado. Era más inocente de lo que imaginaba — ten.

Cogí la toalla sonriente, agitándola en el aire para desdoblarla mientras Bill secaba su delicado rostro arrastrando el poco maquillaje que se había esparcido por sus mejillas.

— Eres precioso sin maquillaje — susurré, creo que estaba pensando en voz alta pero él me oyó y agachó la cabeza mientras secaba sus brazos.

— Gracias — murmuró completamente ruborizado y volví a sonreír. Cada vez que lo tenía cerca, me daba la seguridad que ese muchacho lograba que sonriera varias veces en un día.

— ¿Tienes novia? — jamás debí haber preguntado semejante cosa. Pensará que quiero entrometerme en su vida, y… no es así. Bueno no de ese modo, me intriga y deseo conocerlo es todo.

— No — y levantó la mirada cruzándose con la mía — no he tenido novia.

— ¿No has tenido…? — me sorprendí, era un niño muy bonito para no haber conseguido novia mínimamente una vez.

— Nop — rió con ternura, pero su hermosa sonrisa fue interrumpida por una tos ronca — nunca.

— Te hará mal estar mojado, estás comenzando a toser — agregué realmente preocupado — mejor será que regreses a casa y te pongas ropa seca.

— No se preocupe, he estado tosiendo hace un par de días — comentó — ¿Y usted… ama a su novia?

— Bueno yo… — qué pregunta.

— No deje, soy un metiche — interrumpió poniéndose de pie — no sé qué cosas pregunto, ¡Dios! Usted es mi profesor y yo me tomo todas las confianzas de preguntarle semejante cosas.

— Cállate — ordené — y vuelve a tutearme, estamos en horario fuera de clases.

— Lo siento — sonrió — tiene-tienes razón.

— Te contaré, jamás lo he hablado con nadie — suspiré— pero mientras recojamos las cosas y vayamos al auto.

— ¿A-al auto? — Tartamudeó sorprendido— ¿A qué auto?

— Al mío, te llevaré a casa — por milésima vez en el día sonrió ruborizado — eres toda risas tú. Bien te contaré: Jessica y yo estamos juntos hace tiempo, pero nuestra pareja no es como las demás.

— ¿Por qué no? — preguntó curioso sin dejar de mirarme atentamente.

— Ella y yo no compartimos cosas. Ella vive en mi casa pero es como si fuéramos dos desconocidos, compartimos la misma cama pero ni siquiera nos decimos buenas noches.

— ¿La famosa rutina? — Me quedé pensando un momento, jamás se me ha ocurrido pensar en esa probabilidad — Tal vez es cansancio o algo así.

— Lo dudo — suspiré pesadamente — siempre hemos sido así. Desde el comienzo, jamás hicimos esas cosas que todas las parejas hacen como salir a cenar, a caminar, o al río. O regalarse un peluche.

— ¿Y entonces cómo rayos se han enamorado? — sus ojos se tornaron vidriosos, parecía que iba a llorar. Como si…sintiera lo que en ese momento yo sentía. O más bien, me sentía: un fracasado.

— La conocí cuando ingresé a trabajar, acordamos salir a cenar una noche pero terminamos yendo a una discoteca. Esa noche la llevé a mi casa, porque yo ya vivía solo y pasó lo que no esperaba que pasara. Sucedió todo muy rápido, al mes ya estábamos conviviendo pero siempre ha sido lo mismo: preparatoria, cena, sexo, preparatoria, cena, casa, sexo. No hay amor de por medio, o al menos no por mi parte — un nudo se formó en mi garganta al ver como mi pequeño alumno rompía a llorar y me abrazaba con fuerza — No llores, yo no lloro. Sólo me duele.

Le separé lentamente secando sus lágrimas y caminamos en silencio hasta mi vehículo. Sollozó para luego volver a toser, su garganta comenzaba a preocuparme.

— ¿Si no sientes amor por ella, por qué continuas a su lado? — me preguntó de la nada, y por más que tuviera razón no hallaba respuesta a esa pregunta.

— No lo sé — resoplé — mamá la adora, papá también.

— ¿Y tú? — Su tono sonaba molesto — Tú te mereces que alguien te ame.

Nuevamente nos quedamos callados, encendí el motor y cruzamos mirada. La mía estaba acuosa, la suya reflejaba tristeza.

— ¿Por qué? — Susurró mientras comenzaba a andar por la calle — ¿Por qué no dejas que alguien te ame como debe ser? ¿Por qué no buscas a esa persona que pueda darte felicidad y no comodidad?

— Tal vez para mí esa persona no exista — me aferré al volante con fuerza. No me permitiría llorar delante de mi alumno — tal vez tenga que ser así.

— Sí existe — su seguridad me aterró, y carraspeó un poco — quiero decir, alguien en todo este planeta en este mismo momento puede estar esperándote y hasta incluso amándote…en silencio.

— ¿Tú crees? — una pequeña chispa se encendió en mi interior, una pequeña chispa denominada ilusión — Ojalá no te equivoques.

— No me equivoco — suspiró volteando su cabeza a la ventana, mirando detenidamente el exterior — si sólo miras hacia fuera, pero te quedas dentro jamás podrás saber que se siente estar allí.

— ¿A qué te refieres? — cuestioné mirando en dirección a su dedo.

— A que si solo te ves a ti, a Jessica y a la costumbre de su relación los años van a pasar para ti, y cuando sea tarde caerás en la cuenta que jamás existió amor, que has desaprovechado la oportunidad de que alguien te haga feliz, que la vida ha pasado y tú no la has estado viviendo — de repente ese niño inmaduro que veía clase a clase se esfumó, y su voz sonó tan madura que me tocó el corazón — sé feliz, es el propósito primordial que debes ponerte en la vida ¿podrías?

— Si tú me ayudas — agregué — ayúdame a buscar a ese amor que tanto dices.

— Lo haré, aquí estaré yo para lo que necesites. Si quieres reírte o hasta llorar confía en mí, que estaré contigo siempre. — sonrió — palabra de alumno.

Me quedé viéndole, yo siendo aconsejado por un niño de diecisiete años ¿Tan mal estaba?

— Ahora mira al frente y déjame guiarte o vamos a estrellarnos y hacernos puré — me ordenó, con la inocencia regresando a su cuerpo nuevamente.

Y ese pasaje de inocente a maduro…comenzaba a encantarme.

— Tal vez… no haga falta buscar tan lejos — pensé — tal vez esa persona esté más cerca de lo que yo imagino, tal vez sea la persona menos esperada, tal vez… sea un estudiante.

& Bill &

Tosí repetidamente durante el camino, pronto me resfriaría; seguramente. Pero necesitaba bajar del maldito auto y llorar. ¿Lo ves Bill? ¡Él siente como si nadie lo ama! ¡Como si nadie va a amarlo nunca! Y yo…estoy aquí, a su lado y ni siquiera me atrevo a confesárselo. Soy un cobarde. Ojalá pudiera decirle, que yo voy a amarle toda la vida.

— A la derecha, la casa de rejas negras — señalé y se detuvo. Pude ver a Andreas practicando fútbol en el jardín. Si rompía una planta de mamá le costaría hasta el pellejo — Aquí es.

Nos miramos. Mi cuerpo temblaba cuando me miraba, sentía un cosquilleo viajar por toda mi espalda que me enloquecía.

— Gracias — mi corazón comenzó a bombear rápidamente, al sentir su mano sujetando la mía — Nadie nunca me ha escuchado, gracias.

— ¡No lo mereces! — Grité más de la cuenta, hasta Andy reaccionó a que estábamos ahí y dejó de patear el balón — no mereces, no mereces estar solo. Tú no estás solo, jamás te sientas solo ¿me has oído? ¡Me tendrás siempre! Toda la vida si hace falta… ¿has entendido? Yo estaré contigo, porque te… quiero Thomas.

Le llamé por su nombre y no se enfadó. Me abrazó cálidamente acariciando mi espalda por sobre la húmeda camisa escolar.

— ¿Puedo considerarte un amigo? ¿Un pequeño amigo? — jamás creí que la amistad dolería de tal manera que quisiera rechazarla. Tener un amigo en quien confiar, con quien reír y con quien llorar es algo que no se cambia por nada; pero cuando no quieres que precisamente sea una amistad comienzas a debatirte en el todo o en el nada.

— Claro que sí — y el aroma de sus hombros penetró por mi nariz y cerré los ojos — nos vemos.

— Cuida tu garganta — asentí y me abrió la puerta. Bajé cargando mi mochila a mis espaldas y sentí como arrancaba y aceleraba tras mis espaldas — Adiós Bill.

— Adiós profesor — suspiré. No me oyó ya se había ido.

— ¡Hey tú! — gritó mi primo. Me había quedado parado en la puerta mirando hacia la calle— ¿Bill de dónde vienes?

— De la escuela — respondí. No llores, yo no lloro. Sólo me duele. Le dolía, él sufría.

— ¿Por qué has venido con el profesor? — Tal vez para mí esa persona no exista. ¡Sí existe! Yo puedo amarte.

— ¿Bill por qué lloras? ¿Bill? — Andreas comenzó a molestarme, las lágrimas se me desbordaron y rompí a llorar desahogándome todo eso horrible que sentía dentro. Si tú me ayudas amigo…amigo…amigo. — ¿Bill?

— ¡Mierda Andreas! ¿Puedes dejarme en paz? — grité furioso entrando a la casa. El muy imbécil caminaba detrás de mí.

— ¡Dime qué demonios te sucede y te dejaré en paz! — él también alzó la voz.

— ¡Me cago en la puta! ¡Me enamoré! ¡Me enamoré! … me enamoré del profesor de química — me desplomé sobre el sofá cubriendo mi rostro con las manos — ¿Feliz? Eso me pasa.

— ¿Te enamoraste…? — preguntó llevándose las manos a la boca.

— Me enamoré, lo amo. Tom se ha metido en mi corazón — admití y sentí como me abrazaba intentando consolarme — y no quiero dejarlo salir.

Continúa…

por Ignacio Pelozo

Escritor del Fandom

Un comentario en «MPDQ 6»
  1. les puedo asegurar que no van a parar de suspirar >///< Es una historia muy tierna, sobre todo en sus inicios, cuando los personajes descubren y aceptan sus sentimientos. Gracias por la visita. Beshoshs.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!